Capítulo XXV

Caspian estaba muy nervioso, mientras jugaba a las cartas en el vagón del bar; no era la primera vez que jugara cartas; pero las miradas que Fredeick Zoller le lanzaba de cuando en cuando servían muy bien para hacer que se retorciera en su asiento, ¿A caso tendría noción de que cuando él se iba a tomarse una copa de brandy, él se escondía en un vagón fío, y con espacios para corrientes de aire frío con el fin de darse unos besos apasionados con Susan? El rey telmarino tenía noción de que debían ser un poco más discretos, un tren de pasajeros. No era un sitio muy ameno para que un par de amantes ardientes dándose un que otro beso escondidos bajo la clandestinidad que les brindaba el manto de la noche.

Miró su reloj de mano; que ya marcaba las once y cuarto, y la verdad no veía que ninguno de los jugadores tuviera sueño, el Führer era el más animado, ¿Cómo no serlo, cuando llevaba ya ganadas cuatro partidas?

Se repartió la siguiente mano. Miró rápidamente las cartas que le habían tocado.

Joseph Goebbels abría ligeramente los ojos cuando tenía buena mano; como sorprendido de su buena suerte. En esa ronda los tenía notablemente cerrados. Frederick Zoller no paraba de recolocar sus cartas si no acababa de sentirse satisfecho con el resultado. Hans Lagerfeld siempre le daba un trago a su brandy cuando estaba contento con lo que le había tocado, pero en esos momentos el contenido de su copa permanecía intacto. El mismísimo Führer se inclinaba hacia adelante cuando creía que iba a ganar, como preparándose para saltar sobre las ganancias; pero en cambio se echaba hacia atrás cuando el resultado era dudoso. En ese instante parecía a punto de escurrirse de la silla y caerse al suelo. Tenía unas cartas monstruosamente malas, que sin duda creía que no lo beneficiaban.

La partida continuó y cada uno de ellos fue apostando o pasando.

Todos se quedaron atónitos cuando descubrieron que finalmente era Karl von Thurn und Taxis quien ganaba finalmente la partida definitiva; la mesa estalló en aplausos, los cuales Caspian recibió afectuosamente.

Luego llegó la hora de las charlas encerados en pequeños compartimientos que se habían hecho en los vagones para aquellos, que quisieran disfrutar de un momento de charla. Caspian comprendía que era el momento de emprender una sabia retirada.

—¡¿Cómo!? —Hitler parecía asombrado, al igual que el esto, Zoller no le quitaba sus malditos ojos de encima, hecho que provocaba que Caspian, sintiera ganas de arrancárselos de una buena vez. —¿Nos rechaza usted?

—Me temo que así debe ser. —Caspian se ajustó el nudo de la corbata. —Tengo mucho trabajo mi Führer, es preciso dormir esta noche, ya que mañana será un día largo para todos los que precedimos de este viaje. Con permiso, y buenas noches.

Caspian se alejó sin más, emprendiendo velozmente el camino hacia el último vagón en donde sabía lo estaría esperando su reina benévola, siempre ansiosa de darle unos bonitos y dulces besos de las buenas noches.

En su camino se topó con Frau Van Hammersmark quien les ayudaba a encubrir sus encuentros, con su extensa red de mentiras.

La mujer no le dijo ni pío. Solo le tomó del brazo, obligándole a caminar más rápido de lo normal.

—No fue mi intención tardar tanto. —Mientras Frau lo arrastraba por los estrechos pasillos del tren en movimiento, Caspian intentaba formular una y mil disculpas en su mente.

— ¡Cállese! —Frau finalmente lo dejó descansar. — ¡No tiene idea de lo que sucedería si es que el marido de Susan se entera, de que usted y ella…!

Caspian resopló, se frotó el puente de la nariz, ese gesto Frau lo interpretó como signo de angustia o querer intentar calmarse.

—Lo sé, la amo, lo que menos quiero es que Frederick se entere, pero no pude hacer nada, fue el mismo Zoller el que me lo pidió.

Frau cayó en la cuenta.

¡Par de amantes estúpidos!

—Siento que esta será la última noche que la verá.

Caspian quiso protestar, no consideraba aquello justo.

—Yo fui la que les dio la idea, yo soy quien puedo echarme para atrás sin ningún tipo de remordimiento; no solo son sus ganas de retozar lo que está en juego Caspian entienda; es la cabeza de Susan.

Caspian comprendía.

—Entonces que así sea.

Frau no fue capaz de añadir algo más al asunto, abrió la puerta del vagón y Caspian se metió dentro de este sin decir una palabra más.

[…]

La escena era completamente favorable a lo que a continuación vendría; lo que antes hubiese sido un simple vagón de carga; ya estaba acondicionado; atrás quedó la paja, el mal olor a eses fecales de ganado vacuno, las tablas que hacían los corrales para el descanso de los animales…todo eso fue botado.

En su lugar, se encontraba una cama con sábanas blancas y dosel trasparente del mismo color, el piso seguía siendo el mismo aunque la madera ya no corría peligro de quebrarse con las pisadas humanas como en antaño; por donde Caspian dirigiera la mirada había pétalos de flores rojas esparcidas por el suelo y velas aromáticas del mismo color haciendo un camino que iba desde la puerta hasta la cama; el aire tenía un tenue olorcillo a canela y manzana producto del incienso que desde hacía más de treinta y cinco minutos que se consumía lentamente, mientras tanto; en el centro de la cama misma estaba el verdadero interés del rey:

Cubierta únicamente por pétalos de rosa en el cuerpo, se encontraba Susan Pevensie, su reina benévola, incitándole con la mirada, retándole con la sonrisa; era la imagen más deliciosa y al mismo tiempo lujuriosa que podía haber tenido.

—Cuanto tardaste. —Susan cruzó los brazos atrás de la nuca dejando ver un par de senos de buena proporción, tan blancos como la leche con un par de pezones tan rosados como las rosas.

Caspian se fue quitando la ropa poco a poco, primero fue la corbata, después la camisa, la camiseta de tirantes se la sacó por la cabeza, a continuación siguió el cinturón, los pantalones y los calzones fueron quitados de en medio con la misma secuencia, se sentó en la cama para quitarse los zapatos y los calcetines; una vez que estuvo completamente desnudo acompañó a Susan, esta simplemente se hizo a un lado dejándole sitio al amante ardoroso que esa noche, al igual que las otras dos, ardía en deseos de meterse hasta el fondo de ella.

—Tu marido. —Respondió finalmente el rey, dejando tras de si un rosario de besos, que abarcaron los labios de la reina hasta el ombligo de la misma. —No podemos seguir continuando con esto Susan; al menos no en un…

Caspian fue silenciado abruptamente.

Con un giro dominante, ella logró someterlo y al menos también logro callar su cháchara, ¿Qué Frederick estaba al tanto? Si eso ya lo sabía y definidamente era algo que al igual que a él la tenía con demasiado pendiente, por ello puso tanto esmero en condicionar ese condenado vagón, si no iba a poder tocarlo ni besarlo ni hacerle el amor durante cuatro días más al menos quería que la última noche que pasaran juntos en ese tren fuera inolvidable. Hasta que fuera el momento de encontrar un lugar adecuado para reanudar esos encuentros.

Caspian le permitió el asalto dejándose dominar completamente por ella; por su boca, por sus manos, por sus roces ¡Aslan que bien se sentía, estar de una vez entre sus brazos!

Su cuerpo perdió la voluntad, toda su voluntad le pertenecía ya a Susan Pevensie, quien no tenía que hacer más que sonreírle para tenerlo a sus pies.

Mientras su amada se frotaba contra él su miembro hacía lo suyo: comenzar a crecer aún encontrándose en medio de sus piernas; era la sensación más desesperante y placentera una tortura que a fin de cuentas, le encantaba experimentar en carne propia.

Finalmente Caspian terminó perdiendo lo poco que le quedó de raciocinio; dejándose llevar por aquel mar de besos que los labios de Susan iban marcando desde su boca, la clavícula, el cuello, el pecho y terminaba muy cerca de su desleal miembro viril; sentir el aliento de Susan justo en dónde sus partes sexuales intimas marcaban su inicio, le provocaban escalofríos que le recorrían la parte trasera del cuerpo.

Solo podía aferrarse a mantener los ojos cerrados; en tanto Susan se dedicaba a complacerse con la imagen: Caspian estaba cubierto en sudor, la respiración entre cortada y el pecho subía y bajaba constantemente a causa de las sensaciones. Susan se dedicó a jugar un poco con su vello púbico, Caspian se retorcía ligeramente aferrándose a las sábanas como si la vida se le fuera a ir en ello.

Cuando lograba arrancar de su sitio un que otro vello, Caspian se mordía los labios, no quería gritar pero por Aslan que poco le faltaba.

— ¿Qué quieres Caspian? —Para hacerlo salir del poco autocontrol que le quedaba, Susan arrancó un vello más. Entonces el rey abrió los ojos de golpe.

Tragó saliva y con dificultad logró articular las palabras.

—Lo que sea que vayas a hacer, mejor hazlo ahora Susan; me cuesta controlarme.

— ¿Seguro?

Caspian esta vez ya no estaba para juegos; a Susan le encantaba llevarlo al límite, pero esta vez su límite estaba excediéndose. Poco a poco sus ojos castaños se encontraron con los ojos celestes de Susan, estos lo veían con una mezcla de maldad, lujuria y diversión que para que negarlo, fue lo que terminó de prenderlo. Para el rey el tiempo se detuvo cuando sintió el dedo índice sobre aquella carne que aún permanecía tiesa, clamando atención y que a cada roce del dedo de Susan simplemente parecía echarse a temblar tanto como él mismo hacía en esos momentos.

—Pobrecillo. —Murmuró Susan. —Tan necesitado de atención el pobre; ¿Tú que dices, actuamos de una buena vez?

[…]

El día era agradable, Wilhem les dio permiso de ir a la playa a hacer castillos de arena; Edmund y Lucy estaban terminando de hacer una réplica exacta del castillo de Cair Paravel de Narnia, faltaban pocos detalles, empero necesitarían más agua.

Y la encargada de eso era Lucy.

La reina valiente cogió la cubeta para ir a llenarla con agua salada; pero mientras caminaba el mar desapareció completamente dejando rastro a un precioso bosque nevado, los árboles estaban hasta a punta cubiertos de nieve, en tanto a la reina cada pisada le costaba. La nieve le llegaba hasta la cintura, y cada vez sentía que los pies se le hundían más y más entre la maleza haciendo imposible el hecho de querer caminar.

Lucy se tropezó; sin embargo volvió a ponerse en pie. A lo lejos divisó el farol que vio cinco años antes; cuando había descubierto Narnia por primera vez.

Estaba todo cubierto de ramas, moho y hojas secas, una pequeña luz tenue y hermosa tintineaba dentro.

"¡Lucy!"

Escuchó su nombre en la lejanía pero no le tomó importancia, ella siguió caminando, estaba segura de que tendría que encontrar un sitio en donde hubiera menos nieve, y entonces podría caminar con más tranquilidad.

Había estado en Narnia en sueños, pero ahora todo le parecía demasiado real. La reina paró su pesada caminata junto a un árbol, de este surgió una náyade.

—Me manda Aslan mi señora. —La náyade hizo una breve reverencia. — El mensaje es el siguiente; ustedes serán los primeros, el caos está a punto de terminarse; con él marchará el dolor, la penuria y la muerte, los demás reyes podrán volver en cuanto todo acabe pues en ese mundo será igual otra vez. Ahora es preciso que vuelva.

Fue arrancada de ese hermoso paisaje narniano de un solo golpe, en su propio mundo; Wilhelm salía del mar con ella en los brazos, en tanto en tierra firme Edmund ya esperaba listo para echar sobre el cuerpo frío de su hermana una toalla seca.

Whilhem la puso sobre la tierra, comenzó a dar apretones entre el pecho y el estómago hasta que por fin Lucy abrió los ojos escupiendo agua salada por la nariz y la boca.

Todo cuanto la reina balbuceaba era "león" Edmund entendió el mensaje inmediatamente con ello, Lucy quería decir Aslan, ¿Pero porqué Aslan querría medio matar a su hermana? ¿No podría haberle dicho en sueños?

—Si quiere ver leones. —Dijo Wilhelm malhumorado al tiempo que se sacaba las botas, y les tiraba el agua que tenían dentro. —Solo avíseme y la llevo al zoológico de Cancún. Terminen su castillo y vuelvan adentro, no quiero que me maten por su culpa ingleses.

Edmund le observó marcharse con los ojos entrecerrados.

Para luego volverse hacia su hermana, que seguía cubriéndose con la toalla.

—Edmund. —Lucy apretaba el brazo derecho de su hermano.

—Tranquila Lu, está preocupado.

— ¡No es él quien me importa tonto! Aslan; dice que nosotros seremos los primeros en volver.

Edmund apenas podía creerlo, creía que regresarían todos al mismo tiempo, ¿Es que Susan, Peter y Caspian jamás volverían? Antes de que formulara su pregunta, Lucy le tiró un puñado de arena.

—Ellos también volverán pero después.

Edmund suspiró tranquilo, al fin todos estarían juntos, en Narnia en su verdadero hogar.