Closer

Advertencia: Historia con alto contenido sexual, lenguaje soez, una temática BDSM... si te molestan las malas palabras no leas y quienes leen lo hacen bajo su propia responsabilidad, no hay queja bajo advertencia, si quieres romance no leas, si quieres un drama elaborado no leas, ahora si quieres la historia entre un Dom y una Sumisa lee :)

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"En el mundo caminamos buscando un porqué para vivir en paz..¿será posible encontrar el final del camino con buen resultado?...Si hacemos las cosas como son debidas ..puede que si..¿probamos?"


Capitulo 25: Complacer y Servir.

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- ¿Le temes al final? – preguntó con sus ojos brillando ante la expectativa. La timidez bailando en sus facciones.

- No – dijo él, sonriendo en sus carnosos labios rosa. Ella frunció el ceño.

- ¿No? ¡He encontrado a la primera persona! – exclamó con sorpresa y algo de sarcasmo. Su actitud jovial provoco en él esa risita que no era burla en sí, que era muchas cosas y entre ellas hermosa. Sus ojos, brillaron cuan sabio va a expresar un ingenioso párrafo.

- Cuando estamos solos tememos dar pasos. Los que damos, están llenos de incertidumbre pero ¿Quién no da pasos seguros si alguien está a su lado?, alguien… especial, cuando sientes una mano sostener la tuya y sabes que esta junto a ti, no hay miedo posible. Te sientes seguro – su serena voz la llevo a pensar en su vida y su experiencia, en la suya tan corta, en la de él un poco más larga y vivida, permitiendole mostrarle una lección que bailaba ante sus ojos – Es por eso que no le temo al final – sonrió para ella, con sus ojos mirando al futuro. Él uno en el otro. – Porque sé que no estaré solo – no hizo falta decirle que se refería a ella, porque sus corazones lo sabían.

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Un extraño sueño… Fue el pensamiento de Isabella cuando tras aquellas palabras que aun resonaban en su mente, la consciencia gano terreno sobre la inconsciencia y la trajo de nuevo al mundo real. Sus ojos se adaptaron al muro blanco que tenía enfrente, observando la fina línea oscura que se formaba en el vértice del ángulo de noventa grados, haciendo una plegaria interna para que su Señor no se haya percatado de su pequeño desliz al mundo de los sueños.

Con su mente funcionando de nuevo sobre lo que era o no del agrado de él, concentro sus sentidos en sentirlo a su alrededor, tal vez oír su respiración pesada o sentir en su piel el ardor de su mirada clavada en ella, pero todo fue… vacío y soledad. La soledad mortífera de estar arrodillada contra el suelo de madera pulida, con figuras esculpidas que maltrataban sus rodillas y hacían su momento en el rincón más incómodo. Soledad de que lo único que podían ver sus ojos era blanco, pintura blanca sin ningún defecto, perfectamente lisa y sin superficies texturizadas.

Si pudiese surgir la pregunta de ¿Cómo había llegado allí? Con una cantidad de minutos considerables acumulados de constante e imparable reflexión sobre… todo. Bueno, eso era fácil de responder. Podría hablar de que su Señor no era ningún tonto, él sabía perfectamente, al ver sus ojos, su movimiento corporal para con él y la forma en que no respondía las preguntas escudándose en su sobrina la noche anterior; era evidente que ella se encontraba afectada por la repentina noticia acerca de su viaje.

Aquello no hubiese sido nada, nada si ella le hubiese respondido con sinceridad cuando él le pregunto que ocurría, aun cuando él sabía lo que para ella representaba todo aquello. Porque él lo sabía, había aprendido sobre el comportamiento emocional de su pequeña sumisa a través de los meses que, con la oportunidad de tenerla a su lado, no solo había disfrutado de ella sino aprendido de su persona y como tal, con el pleno conocimiento de ser su primera relación 24/7, sabia lo muy afectada que ella podría estar estos días, por eso y por razones y motivaciones personales, había hecho ese viaje, para darle una semana plena y que en su mente quedara un recuerdo ameno de sus vivencias juntos. Pero ella, su mente, se empeñaba en teñir su esfuerzo con su ceño fruncido, sus pensamientos perdidos… y con su completo, opaco y frustrante mutismo.

Por esas razones, principalmente, llevaba un tiempo considerable arrodillada contra el rincón, con su piel desnuda y su cabello recogido en una alta coleta, de modo que no tapara el collar que la identificaba como propiedad de su Señor, y lo que representaba a su vez la única prenda que cubría su desnudez.

Su cabeza golpeó la pared repetidas veces.

Tiempo

Tiempo

Tiempo

Final

Final

Final

¿Qué era el tiempo? ¿Qué era el final?

¿Era quizá el tiempo el camino y el final la meta?

No, en su mente el tiempo… era todo, eso que está a tu alrededor y no puedes ver pero que pasa y te persigue, te adelanta y viaja a tu lado, siempre… nunca se detiene y si le pierdes el paso te consume. Y el final, bueno… el final no importa si has disfrutado el camino, eso era lo que tenía que enfocar, el camino.

Mientras pensaba no sentía ninguna dolencia en su cuerpo, pero si por un momento su mente volvía a capturar algo de lo que estaba a su alrededor, era entonces que la presión en sus rodillas se hacía incesante, que sus piernas parecían estar acalambradas, incluso sus brazos, laxos a cada lado de su cuerpo, se sentían pesados. ¿Cuánto había pasado? Sabía que llevaba suficiente tiempo allí para que su estómago empezara a sentir hambre, suficiente para que todo su ser reclamara por un poco de atención de su Señor.

Era difícil concentrarse solo en él cuando todas sus acciones le indicaban que estaban cerca del fin, pero, ¿no era eso inminente? ¿No lo había sabido acaso desde el primer día? ¿Desde el día que firmó el contrato y él la había dominado tan audazmente con tan solo inclinarse sobre ella? Lo sabía y era por eso que tenía que dejarlo a un lado y así darle lo que quedaba de su ser para él. El propósito era complacer a su Amo, siempre lo había sido y era por lo que todo su ser clamaba. Si se concentraba en eso, más que en el sentir propio, estaba segura que lo podía lograr. Sonrió hacia la pared.

Desde otro punto de la casa. En lo que había sido un sueño de cabaña que se había convertido en una casa real de playa, de dos pisos, suelo de madera, incrustaciones lujosas aquí y allá, un segundo piso rebosante en vidrio para captar la hermosa vista del exterior, acondicionamientos exclusivos para él. La casa, era la personificación material de su personalidad, inclusive… en la sala de estar, sobre lo que era una pequeña chimenea, se encontraban guindando a la vista de todos diferentes tipos de fustas y varas, instrumentos que a la vista de cualquiera no representarían nada fuera de lugar. Sonrió para sí mismo pensando en la incredulidad de la gente.

Camino hacia su habitación, un salón grande de tonalidades grises y blancas, con puertas corredizas de vidrio a un lado que dirigían a un balcón, uno de sus lugares favoritos. Arriba, su reflejo solitario lo hizo sentir impaciente. Dejó el libro que traía en sus manos sobre una encimera donde había todo tipo de cosas para ella y los días que allí pasarían. La habitación era perfecta para él, para ella, para ambos. Solo esperaba ansioso ver la reacción de su sumisa para cuando diera un paso en ella.

Solo al llegar se había visto en la premura de enviarla al rincón, y solo el hecho de verla allí lo había instado a irse en la búsqueda de algún tipo de entretenimiento, para no tomarla por sus propias manos. Ella necesitaba un poco de reflexión, conseguir la paz en su propia mente. Ya que no permitía a él acercarse de esa manera, tal vez así lo consiguiera, esperaba que fuese así o tendría que mantenerla en un estado que si bien era placentero para él, a la larga seria doloroso para ella.

Pero ya había sido suficiente, llevaba más de dos horas arrodillada contra el rincón, la había observado por más de cuarenta y cinco minutos, pero tuvo que retirarse ante los impulsos y los bajos instintos de ver su piel arder bajo su mirada, de ver su cuerpo moverse a cada respiración. Su simple desnudez implicaba demasiadas cosas, y su sola rendición al estar allí arrodillada por sus órdenes, hacían su virilidad demasiado evidente y ansiosa por forzarla en diferentes cosas, y ella no se merecía eso, no en ese momento. Ahora… diferentes necesidades acaecían su cuerpo.

Caminó lentamente hacia el piso inferior, hacia la sala donde ella se encontraba. Tan lento y cansino, como si todas esas necesidades no estuvieran presentes en su cuerpo. Pero después de todo, de eso se trataba el control, de poder lidiar con ello y priorizar cada cosa que tenía que hacer. Le dio un vistazo desde el umbral del arco, viendo como ella aun permanecía allí, tan tranquila que podía jurar se encontraba dormitando, sin embargo, un movimiento apenas perceptible de su cabeza hacia delante y atrás, le indicó que estaba en sus sentidos. Se dio la vuelta a por el teléfono para ordenar algo que comer.

Todo estaba perfectamente servido, acomodado por el Amo dispuesto a darle un poco de alivio a su pequeña mascota. Finalmente viendo todo listo, se dirigió a su búsqueda, llevando consigo una cadena recién pulida, solo para ella.

Los pasos de él resonaron en sus oídos, haciendo que lo que había sido la calma, gracias a la relajación que había logrado alcanzar, se convirtiera en el conocido martilleo incesante de su corazón y su errática respiración.

Había una sensación que ninguno de los dos podía ocultar, por más que la postura de él fuera rígida y la de ella fuese la de recién disciplinada, aunque el contexto no se presentara como tal; el morbo de todo aquello, el deseo que acrecentaba solamente la presencia del uno y del otro, de sentir su cuerpo hormigueando al saberlo cerca de ella, al oler su aroma. Era el verla allí entregada.

- Gírate y ponte sobre tus patas – fue una orden ronca y tajante. Ese sonido ronco que hablaba de cuanto le afectaba ella, no solo era evidente en su voz sino en su pantalón, donde una erección era remarcada, podía tener todo el control del mundo pero al final de la jornada… seguía siendo un hombre.

Ella podía sentirlo en el aire, como dagas amenazantes apunto de incrustarse en su cuerpo, pero una amenaza deseada, como si deseara esa muerte… ese fin que solo él podía darle. La tensión en el deseo reprimido por sentirse el uno al otro. ¿Cuánto duraría? Su mirada estaba puesta sobre sus zapatos pulidos. Sintió el impulso repentino de acariciar su mejilla en ellos, cuan gato deseoso de alguna caricia, lo que fuese. Habían sido muchas horas, así lo había sentido, sin saber nada de él y extrañaba cualquier cosa que pudiese darle, ni siquiera había tenido la oportunidad de apreciar la casa o saber dónde dormiría, porque el rincón había sido su lugar desde el mismo momento de la llegada.

Él se inclinó en sus pies para ajustar la cadena que traía en sus manos a su collar, irguiéndose luego sin dirigirle palabra alguna, pero sin poder evitar dejar una caricia sobre su collar… que sería sentido en su alma y su rostro que haría arder su piel.

- Vamos a cenar – su tono sonó más alegre y eso la hizo sonreír. Su momento en el rincón se había acabado, tenía claro que su deber era disfrutar esto y concentrarse en complacer y hacer feliz a su Amo. Y sabía que él tenía su fe en ella, para pensar que había captado aquello.

Complacer y Servir.

Al entrar a la estancia del comedor, un lugar cerrado y lúgubre, alumbrado por una lámpara que se dividía en miles de pequeños cristales brillantes. Su mirada se hallo perdida en aquel espacio nuevo que le rodeaba, viendo aquel repaso interrumpido cuando su Señor dio un tirón a la cadena instándola a seguir, fue entonces cuando el olor a comida caliente llego a sus fosas nasales y su estómago gruño en aprobación y anhelo.

- Aquí tienes tu plato – no lo veía. Pero sus palabras, que la sacaron de la distracción de seguir mirando y buscando en su mente a través del olor el alimento que se encontraba servido, estaban teñidas de cierta sonrisa, confundida entre maliciosa y sardónica. Tiro de su cadena hasta llevarla junto al que sería "su plato". Era la primera vez que comería de esa manera junto con él, no se sentía menospreciada, por el contrario, una extraña emoción lleno su interior, él acaricio su cabello con deleite y manteniendo la larga cadena anudada en uno de sus dedos se ubicó en su silla para comer.

- Cómelo todo – dijo, sonriendo hacia ella. Había cierta complicidad en el acto, que iba más allá de la perversión implícita en la orden del Amo. Era… natural.

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No usar mis manos para comer era un gran desaire, sin embargo, me las arregle para tomar los trozos de pollo en mi boca, con cierto sabor cítrico, y comer. Tener mi cabello recogido en una alta coleta facilito el trabajo y pronto, fuera de toda vergüenza, me encontré recogiendo hasta el último trozo de comida en mi plato, dándome cuenta cuan hambrienta estaba y cuan grande era mi deseo por ver una sonrisa explanarse en sus labios.

- ¿Lo has comido todo? – escucho su voz luego de un tiempo, había permanecido simplemente en mi sitio, relamiéndome los labios con insistencia. Asiento. – Gírate y siéntate sobre tus talones – le obedezco de inmediato volviéndome a él después de muchas horas, mirándole sus facciones que parecían relajadas, sus ojos que brillaban gustosos. – Bien – y ahí está, todo por lo que hago lo que hago, eso que infla mi interior porque él no solo me esta dando esa mirada de orgullo sino que su rostro se ilumina con una sonrisa deslumbrante.

Por un momento, en medio de esa sonrisa brillante, vi la indecisión pasar por sus ojos, una leve indicación de que su mente se encontraba maquinando los siguientes movimientos. Esos momentos de duda en sus ojos eran tan furtivos que casi nunca lograba capturarlos, sin embargo allí estaba y siempre era seguido de su fiera determinación y una orden tacita.

- Ven aquí – fuera de todo contexto, sus manos palmearon su regazo indicándome que fuese hacia allí. Mi cuerpo, satisfecho en cuanto a alimentos. Se agito ante otra de las necesidades primarias de las cuales era preso. Fui gateando hasta situarme a su lado, él se giró en su silla de modo que no había incomodidad con la mesa dispuesta a un lado; seguía dando leves golpes de sus dedos contra sus piernas cubiertas por un jean oscuro, me levante sobre mis piernas y sin pensarlo dos veces me senté a horcajas sobre él, donde de inmediato sus manos grandes, fuertes y calientes, estuvieron en mi cintura.

Más allá de mi desnudez, nada de lo que parecía haber ahora en sus ojos asemejaba nuestras posiciones como algo sexual, a pesar de la propia agitación de mi cuerpo que brincaba a la más mínima indicación de su voz. En este momento donde mirar sus ojos hace que el nudo en mi garganta, mi estómago y la sensación en mi pecho se acrecienten, tengo que retirar la vista, ver como su pecho sube y baja de forma tranquila y así poder armonizarme a él. Sus ojos son dagas intensas que me desarman.

Fui el objeto de su toque suave, un roce de la yema de sus dedos por mi cuerpo, aun sin palabras. Viendo la curva de su cuello, allí donde mi cabeza quería enterrarse, estrecharme en sus brazos. Una vez más sobre él y en él, sentía la imperiosa necesidad de ser protegida, porque no me sentía nada, solo masa moldeada en sus manos, débil y frágil. ¿Tal vez lo había dicho? O tal vez mis facciones estaban siendo demasiado transparentes. Una de sus manos viajo con ese roce delicado hacia mi espalda, empujándome contra él. Arriesgándome en entender bien o mal su gesto, metí mi cabeza en el hueco de su cuello, allí donde su olor masculino era concentrado, donde la sangre corría por sus venas y eso se sentía… bien, real y vivo. Si pudiera elegir un lugar donde estar, siempre seria este.

- Cuando te veo, soy capaz de replantear el mismísimo origen del mundo. Del placer, la perfección y el pecado… el origen del pecado – su voz ronca me hizo estremecer.

- El Pecado Original, comer del fruto prohibido y tentación de una serpiente a la mujer. Una versión llena de incredulidad y puntos inconexos – su voz seguía ronca. Y mi cuerpo se estremecía a medida que hablaba. Como respuesta a eso, sus manos cálidas hicieron figuras que delataban caricias en mi espalda y su barba puntiaguda repasaba mi hombro en un picoso y ardiente roce - Ha quedado demostrado que el ser humano tiene su propio demonio interno, ¿Por qué no entonces fue la mujer, la mismísima personificación de la perfección, quien corrompió el mundo? O… ¿Por qué tenía que corromperse? ¿Porque Dios tentó al mundo a través de un árbol prohibido si no debía comerse de él? Él creo la tentación aun cuando su prototipo de ser humano era imperfecto, porque era débil. Aun sabiendo que el vicio, la avaricia y los placeres morbosos iban a ser más fuertes que las fieras determinaciones de la obediencia. ¿Entonces quien dice aquí que yo empujo las cosas? ¿Qué mi deseo por azotarte el culo y colorearte la piel es invención de mi mente? ¿Que mis ganas por verte suspendida, sin control sobre tu cuerpo, lloriqueando y anhelando por placeres dolientes es algo que yo quiero? Eres tú, el cuerpo y la seducción, el alma y la entrega ¿soy culpable? – me aleja de su cuerpo, mostrándome sus ojos y la clara verdad y pasión con la que salían sus palabras – el cuerpo perfecto – su mano se pasó en mis parpados, bajando por mi rostro y recordándome de esa manera el repaso que una vez mis dedos habían hecho por él. – Cada milímetro de piel sedosa, curvas y aristas – descendió por mis labios – moldes perfectos y cálidos que llenan de placer, más curva y descenso de los ojos. Cimas que se impresionan a la vista – rozo mis pezones – músculos que se contraen con el toque – mi abdomen – humedad que prepara al cuerpo para la intromisión del placer – sus dedos tocaron allí donde la humedad y el calor se acumulaban, donde mis sentidos se concentraban para enfocar el repaso sus dedos haciendo todo tipo de movimientos que provocaban convulsiones en mi cerebro. Mi cuerpo entero estaba vibrando sobre el suyo, por su tacto y sus palabras.

¿Cómo podía yo no querer algo de él? No querer siempre tenerlo a él, cuando hablaba y mi cuerpo respondía al suyo. Cuando él era el dueño de mi universo.

- Estas tan excitada – voz oscura, al igual que sus pupilas verde mate – Podría dejarte así y seria el hombre más feliz – medio gruño, medio susurro. Negué sin emitir sonido – Podría brindarte alivio – metió la punta de uno de sus dedos en mi interior y ahogue un jadeo – Podría llevarte más lejos – bombeo un poco y no controle más el sonido que pugnaba por salir – eso es… y dejarte allí – retiro sus dedos, mirándome con una especie de sonrisa burlona. Pareciendo él, contrariamente a sus palabras, la personificación del demonio.

- ¿Sería justo? – alzo el dedo que había estado en mi interior, empapado por los fluidos de mi cuerpo. Abriendo su boca coloco la punta de su dedo sobre esta, paladeando simplemente. Haciendo algo que tal vez para algunos podía resultar asqueroso pero que para mí… viendo el trasfondo de sus acciones en sus ojos, los cambios en su cuerpo, resultaba la raíz del erotismo y la seducción. Podía sentir mis ojos calentarse, superando mi temperatura corporal general y haciéndome saber, cuan muerta de deseo por él estaba en este momento, completamente carnal. Como si no pudiera sumarle más, veo como mueve el mismo dedo separándolo de su boca y llevándolo hacia mis labios que se encuentran entreabiertos absorbiendo cuanto aire le es posible.

- Estaría jugando conmigo mismo – dijo, sus ojos se entornaron, de nuevo la fiera determinación del deseo brillando en ellos. Deja de tocarme, aleja cualquier contacto de sus manos, solo para ir y desabrochar su pantalón. Mis ojos, hipnotizados por la cadencia de sus movimientos, siguieron en todo momento sus acciones, viendo con deleite aquella parte de su anatomía que tan bien sabia tratarme… y gritando internamente una sola palabra Mío.

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Un poco de todo y nada, yo lo tenía todo en este momento en mi puño, mañana… refiriéndome al futuro, tal vez no tuviese nada.

Ahora me encontraba en sus brazos, probablemente mi lugar favorito - sonreí - todo él lo era. El único lugar donde todo sabía a libertad. Íbamos subiendo las escaleras, algunas rechinaban con el típico sonido de una madera que no ha sido atendida desde hace más de un par de años. Él iba en completo silencio, sin camisa… esa había quedado tirada abajo. Su corazón se sentía desde mi posición, aun cuando mi cabeza estaba al otro lado de su pecho. Su piel tersa me llamaba, si bien estaba cansada, me encontraba lo suficientemente lucida para tener consciencia de lo cerca y llamativo que era mi Señor.

No había descansado en absoluto a partir de nuestro viaje, no había podido precisamente dormir durante el vuelo, solo dormitar y descansar con mis ojos cerrados. Pero a pesar de eso y de lo exhausta que me encontraba por nuestras actividades anteriores, cerrar los ojos en este momento para dejarme ir representaba una perdida en todos los sentidos. En momentos como estos, deseaba tener más derechos sobre lo que podía hacer para él, tocarlo tal vez, solo un poco. Solo… mis dedos se alzaron con temor y disimulo y como un imán que está siendo atraído fue a dar justo en el centro de su pecho, bajando con mi dedo medio lentamente por la pequeña fisura entre sus pectorales definidos, sintiendo mi rostro arder por la vergüenza, lo que a su vez me impedía llevar mi vista a sus ojos que sabía me estaban mirando.

Continuamos caminando, bueno… él lo hizo, conduciéndonos por los pasillos de una casa que a todas anchas, era desconocida para mí. Pero de la cual no tenía ninguna curiosidad por saber, al menos no ahora cuando mi atención estaba en mis dedos recorriendo lo que alcanzaba de su pecho.

- Suficiente – fue su declaración, alce mis ojos hacia él aun sin quitar mi mano de su pecho. Pero verlo fue todo lo que necesite para dejarla caer. La máscara fría enviando dagas hacia mí, era algo que no pensaba desafiar. Mis mejillas se encendieron a más no poder. – Gira el pomo – indicó cuando llegamos a una puerta doble de madera blanca al final de un pasillo. Tome el pomo y lo gire, quitando por primera vez mi atención de él y prestándosela por completo al salón que se abría ante mis ojos.

¿Por dónde empezar?

¿Dónde específicamente concentrar mi mirada? O ¿Cómo cerrar mi boca? Fui soltada al suelo y ni siquiera me di cuenta, él paso como el dueño de la casa y se internó habituándose a su alrededor, encendiendo la luz poco necesaria pues a través de unas puertas corredizas de vidrio entraba toda la claridad del día. Iluminando naturalmente el salón… la habitación.

La cama en el centro de sábanas blancas y cojines negros, tal vez hubiese sido atrayente para mi vista, tal vez no hubiese pasado por alto los puños colgantes de los barrotes de hierro forjado con incrustaciones de figuras claramente obscenas en ellos; su tamaño… no. Yo no podía enfocarme en eso cuando si miraba hacia arriba veía sin fines de arneses cayendo del cielo raso, abrí mi boca en sorpresa al ver mi reflejo y más allá el suyo moviéndose por la habitación, numerosos rectángulos… espejos, cubrían el cielo raso y entre las hendiduras bajaban tiras, columpios, cadenas. Estratégicamente ubicados, dándole un aspecto completamente distinto al de una habitación habitual; provocando que ignorase la alfombra a tonos acebrados dispuesta en el suelo, los muebles de madera y cuero o las lámparas de estilo ecléctico.

¿Él había mandado a habilitar la casa de esta manera para nosotros? ¿Seria… algo habitual venir para acá con alguna sumisa suya? Preguntas y preguntas empezaron a rondar por mi cabeza mientras miraba a mí alrededor sin prestarle atención a él o sus movimientos.

- Entra Isabella – su tono impaciente me hizo volver la vista a su posición, de pie a unos cuantos metros. Di un paso inseguro al interior del salón, abrumándome por la creciente oleada de pensamientos que me rondaban.

- Es-s ¿Mi hab-itación? – pregunté titubeante, dando un pellizco a mi lengua entre mis dientes por mi falta de seguridad.

- Nuestra habitación Isabella. Nuestra – sus ojos vivaces brillaron con aquella declaración. ¿Dormiríamos juntos?... tantas noches. Trague el taco grueso de saliva que se había espesado en mi garganta. Tuve que situar una mano en mi cuello, intentando con ello suavizar el palpitar atronador de mi corazón, al igual que el paso dificultoso de mi respiración. – Las habitaciones no son espacios para dormir… son espacios para sentirse uno mismo, su propia habitad, respirar el espacio vital acorde a nuestros pensamientos interiores y tomar pequeños descansos en ello. En nuestra estadía en este lugar, no vas a dormir Isabella, ni yo lo haré. Vamos a tomar descansos ¿entendido? – su calma podía tornarse como un comportamiento frió pero poco de ello podía tomar para analizar cuando aún estaba perdida en sus palabras, no dormir.

- Entendido, Señor – dije correspondiendo a su planteamiento.

- Ven aquí – demandó como era habitual, señalando el suelo delante de sus zapatos. Me moví hasta la posición indicada, manteniendo la cabeza gacha y enlazando mis manos nerviosamente a mi espalda. Una vez más, me sentía tímida y vulnerable ante sus ojos, aun cuando esto resultaba familiar.

- No está pasando nada más – sus manos se situaron sobre mis hombros, dando sobre ellos un ligero apretón – Mírame – seda… su voz era seda. Alcé mi mirada hacia la suya, parpadeando un par de veces en el proceso al observar tal transparencia – Deja el miedo y los pensamientos negativos en un baúl. Déjalo ser – parecía estar pidiendo – ahora ve a darte una ducha, no demores. Hay que descansar – fueron sus últimas palabras antes de instarme y empujarme hacia una puerta plegable que seguramente conducía al baño, internándome en este y dejándolo a él atrás.

El lujo presente no era una sorpresa. Él sabía cómo llevar las cosas a un punto equilibrado donde todo se magnificaban mas no parecía un exceso o derroche. Un espacio que no era grande, más sin embargo acogedor. Había allí todo cuanto yo necesitaba, indumentaria para el baño y una toalla. Sin husmear más de la cuenta me dirigí a la ducha para tomar un ligero baño, ignorando de manera olímpica la bañera ubicada en un rincón, lo suficientemente amplia para mi Señor y alguien más. Nunca pensaría en mí teniendo el privilegio a pesar de que ya hemos compartido tal actividad, pensarme de esa manera era excederme en confianza.

Unos minutos luego, estaba satisfecha con la limpieza a mi cuerpo, tome la toalla y me seque, concentrando el masaje en mi cabello que no había podido evitar lavar, se había sentido una necesidad el deseo de que el agua recorriese cada punto de mi cuerpo. Deje todo en su sitio y me dispuse a salir de nuevo a su encuentro.

Tuve un minuto antes de percatarme donde se encontraba, para volver a apreciar todo aquello que se exhibía en la habitación. Mi cuerpo vibro imaginándome en cada parte de ello, siempre a su disposición, siendo su objeto de admiración. ¿Pensaría él en ello? Los escasos rayos de sol del ocaso iluminaban su cabello, la puerta del balcón estaba abierta y mi Señor se encontraba apoyado a unos barandales de hierro, apenas un bóxer cubría lo que sería su cuerpo desnudo. Su cabello se apreciaba húmedo, lo que quería decir que él también había tomado una ducha. Se le veía pensativo, tan pacífico y retratable a mi retina que no hice ningún movimiento que llamara su atención. Este podía ser uno de esos momentos únicos en la vida, uno en los que mis ojos eran pinceles que retrataban en mi alma su figura estática y perfecta, esa que me acompañaría cada día como un recuerdo vivo y hermoso de mi Señor.

Fue como si él lo supiera, mis ojos sobre él y al siguiente segundo él se giraba hacia mí, provocando el sonrojo por el atrevimiento. Se evidenciaba en su mirada, el agotamiento de un día que no había dado respiro, no hasta ahora. Si pudiera sabía que querría descansar toda la noche, pero para él no había eso en planes. Su andar cansino lo hizo adentrarse de nuevo en la habitación, cortando la corriente de aire natural que representaba la puerta abierta hacia el balcón.

- Es hora de descansar – dijo. Me giré hacia la cama pero el sonido de su voz me hizo detener – arrodíllate en el centro de la cama – ordenó. No entendía el punto de arrodillarme pero preguntar no entraba en los planes. Me vi pronto arrodillada en el centro, suspirando ante la suavidad de las sabanas contra mi piel desnuda. Él se acercó, lo supe por el susurro del viento y su peso inclinando el colchón. – Así es como funcionamos – murmuró. No alce la cabeza para ver a que se estaba refiriendo, pero una de sus manos tomando la mía que permanecía contra mi pierna si me insto a hacerlo. Observé con deliberada curiosidad como mi mano era apresada en una de las ataduras que bajaba del techo, mi otra mano fue llevada igual. ¿No íbamos a descansar?

Alarma… supe que eso cruzo mis ojos cuando los suyos se volvieron a mí.

- ¿Qué ocurre? – su ceño se frunció apretando mis muñecas, estaba ¿temblando? – Tranquila – dijo. En un borrón de tiempo, cuerdas y tiras pasaron por mi abdomen y más temprano que tarde estuve elevada sobre el colchón… dispuesta horizontalmente, mis pies también habían sido atados. La forma en que las cuerdas y lazos pasaban mi cuerpo, hacían que no hiciera presión y no hubiese sensación de incomodidad, mis extremidades a pesar de estar apresadas se permitían cierta comodidad, mas no cabía en mis pensamientos que pudiese realmente dormir de esta manera o tan siquiera descansar, como él había dicho que haríamos.

- Si Picasso, Van Gogh, Da Vinci, Dalí, Miguel Angel… cualquiera de ellos hubiesen visto lo que yo veo – estaba arrodillado sobre el colchón, su rostro a la altura del mío, acunando mis mejillas entre sus manos y pasando sus pulgares por mis labios – serian conocidos por obras llenas de erotismo y perversión. Hubiesen retratado un universo de pecado y escándalo – su voz sonó ronca – de la musa que devoraría el mundo con su andar tímido y seducción discreta. Habrían enloquecido – declaró rozando mis labios con los suyos. ¿él me veía así? El roce de sus labios delicados no provocaba dobles intenciones a mi cuerpo, aunque el solo hecho del contexto me tuviese siempre en un punto sensible. Justo ahora, sus manos y labios sobre mí, solo provocaban un sentimiento incesante de vulnerable inseguridad… esa que acompañaba el sentimiento de saber que él era lo único y que delataba mi absoluta adoración por su persona.

Él se recostó en la cama, a un par de metros de mí.

- Descansa, mi pequeña puta… - sus ojos nunca se apartaron de mí y a pesar de que había dicho que no me imaginaba dormir de esta manera, mis ojos y mi cuerpo cansado, se adentraron en la bruma del sueño y la premura, en su presencia y con su olor.

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¿Has sentido alguna vez… la sensación de tenerlo todo?

¿A que venimos al mundo? Nuestras acciones son parte de una constante búsqueda de ¿Qué? ¿Felicidad? ¿Placer? ¿Paz? Tal vez una combinación de aquello. Pasas día a día encaminándote en acciones y decisiones que te irán construyendo como ser humano parte de una sociedad… ¿y qué? ¿Cuándo sabes que tienes lo que buscabas?

Yo había hecho ya muchas cosas para ser parte de la sociedad y había tenido mis pequeñas cuotas felices pero ¿lo era? ¿Lo había tenido en algún momento?

Al abrir mis ojos… supe que era el momento. Parpadee para aclarar mi vista, lo suficiente para que en mi pecho una sensación cálida y al tiempo dolorosa se instalara. El ser humano en su estado de mayor vulnerabilidad y a la vez de mayor paz. Mi Señor permanecía boca arriba, completamente dormido. Pareciendo una deidad digna de admiración.

Supe entonces, como una gran epifanía, que yo lo tenía todo en ese instante, que no me hacía falta nada para saber que estaba en la cima de mi propio mundo ahora, un lugar al que él parecía llevarme con constancia; pero que hoy se sentía especial, teniendo todo cuanto desee alguna vez. Sin necesidad de superficialidades, ni dinero, ni conocimiento… nada de ello. Una presencia, su cercanía y mi posición benevolente.

Felicidad de tenerlo y de ser suya.

Placer que extasiaba mi cuerpo.

Paz que me daba su ser.

¿Podía detener el tiempo ahora? Era el deseo apremiante, no de mantenerme a su lado, sino de atesorar este momento como el encuentro valioso con el clímax de mi vida. Mis ojos se humedecieron y una lagrima cayo directa sobre su pecho, ¡bendita gravedad que bañas con mi felicidad su cuerpo!… tal vez él se entere así, que ha sido el mejor Amo, al llenar de dicha y gozo el corazón y alma de su sumisa.

Cerré mis ojos por un segundo saboreando cuanto sentimiento me invadía.

- ¿Estas bien? Isabella – llamó él y abrí mis ojos, me miraba con la pereza de quien acaba de despertar, con una pequeña arruga de preocupación en su frente - ¿te has lastimado? – preguntó, su tono volviéndose uno más corriente. Negué.

- No ocurre nada Señor. Todo está bien – le sonreí, tratando de comunicarle así, lo perfectamente bien que estaba todo ahora.

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Como él había dicho, de esa forma era que funcionábamos, esa era la forma de tomar descansos. Sintiendo su respiración llegarme desde bajo mi cuerpo. Sin la cercanía que podía darme su piel pero con una proximidad espiritual que iba más allá de la propia comprensión de la mente.

No me quejaba de ello. Ni de nada de lo que él estaba dando. Ahora me encontraba en otro momento de descanso permitido, esta vez en una cima rocosa siendo bañada por los cálidos rayos de sol. Había tomado las suficientes precauciones sobre mi piel. Su voz había sido rotunda y clara cuando había ordenado no ver ninguna mancha sobre esta, era por eso que tenía que tomarme el baño de sol con calma y no excederme en la exposición.

Las cosas estaban pasando bien para mí. Enfocarme en servir y complacer me hacía no pensar en nada más que ello. Y a cada momento en que tenía que hacerlo, servirle y complacerle, sus sonrisas y palabras de orgullo y satisfacción dirigidas hacia mí, haciéndome feliz, me hacían saber que estaba haciendo lo correcto.

Ante mi tenía una majestuosa inmensidad que solo podía ser definida con una sola palabra: Infinito. Nada de lo que estaba ante mis ojos tenia final. Estaba el azul marino conjugándose con el océano en el horizonte, allí donde se mezclaba el azul del cielo, nada acababa. Siempre había un poco de ello, más allá. Si bien la casa estaba ubicada en las costas Californianas, su lugar estratégico, decía yo, no contaba con la presencia de personas a unos considerables kilómetros a la redonda, en este lugar... justo ahora, éramos solo mi Señor y yo. Había que hacer un significativo recorrido para llegar a la playa, pues la casa estaba enmarcada por cimas rocosas que llevaban a aguas profundas, cuando observaba allí abajo, las olas rompiendo con las rocas y formando esa brumosa espuma que a su vez era un sonido pacifico, me llenaba de calidez y me encontré sonriendo infinidad de veces al saber que él estaba, de cierta forma, compartiendo esto conmigo.

Un movimiento fue captado por mi vista periférica, uno que pudo haber sido el de una gaviota o un pelícano que se acercaba al agua para reclamar su alimento, era claro que aunque esa parte de la naturaleza resultase atrayente, yo le hubiese ignorado de inmediato; mas sin embargo no era nada de eso lo que me había hecho salir de mis cavilaciones.

Mi Señor se alzaba sobre una cima rocosa, su piel pálida envolviendo sus músculos fibrosos resplandecía en medio de una masa de tonos azules, grises y amarillentos. Vestido con una pantaloneta y con su cabello y barba dorados brillando en todo el esplendor de su tono dorado-cobrizo. No me di cuenta sino hasta que empezó a doler, que me había quedado sin respirar ante su vista. Estaba más que hipnotizada observando su cuerpo inclinarse en la punta de aquellas rocas, haciendo que mi corazón palpitara desbocado, lleno de temor, por el peligro que pudiese rodearle y a su vez emocionado y lleno de adrenalina por la hazaña que él tenía pensado hacer y que mi mente ya había descubierto.

Una flexión de sus piernas y movimiento de toda su masa muscular, hizo que todo su cuerpo se impulsara en un salto limpio hacia adelante. En cuestión de segundos estuve de pie, observando su cuerpo desaparecer en las profundas aguas azules.

La brisa húmeda golpeaba mi rostro sonriente cuando lo vi emerger a la superficie, sacudiendo su cabello en distintas direcciones para alejar el agua de allí. Él era hermoso.

Desde el punto en que se encontraba, su cabeza giro en mi dirección con la serenidad y seriedad que solo a él podían caracterizar, pero incluso desde semejante distancia, era apreciable el brillo del triunfo y el asalto en su mirada. Él estaba disfrutando de estos días tanto como yo, no era mentira, al menos esa parte, que él necesitaba de unos días de relajación. Y observarlo de esta manera, en lo que parecía parte de su elemento, era algo para degustar.

Ya había sentido yo esto alguna vez, esa "necesidad" que llenaba mi cuerpo y me empujaba a ir en su búsqueda, esas ganas inquebrantables de tenerlo a mi lado y respirar su mismo aire. Algo que parecía ir más allá de mi misma y que invadía cada articulación y eclipsaba cada pensamiento, impulsándome solo y únicamente a moverme hacia su posición, sin ninguna orden de su parte solo mi propio cuerpo reclamándolo.

Por supuesto que me moví, mis pies parecían no obedecer mi mente o tal vez mi mente, el subconsciente, era todo cuanto me dominaba ahora. Estaba en su camino o en el que me llevaba hacia donde él se encontraba, sus brazos moviéndose en brazadas fuertes que lo llevarían a la orilla; el agua escurriendo de su cuerpo. Un gesto que nada tenía que ver con premeditado, me hicieron suspirar y sacudir mi cabeza. Su mano se alzó y sacudió su cabello audaz y fuerte, con una gran sonrisa en sus labios.

Mis pasos dejaron de ser movimientos seguros, la audacia me abandono aunque la necesidad seguía presente. Un paso más tímido seguido de otro y espere paciente porque él tomase la decisión de acercarse o no a mí. Siempre su elección.

Venia sacudiendo su pantaloneta negra, removiéndose el cabello una y otra vez hasta dejarlo hecho un nido desordenado cuyas puntas daban en todas direcciones. Sus pies arrastraban arena que se iba pegando a su piel. Estaba muda, contemplándolo y sin saber exactamente si debía decir algo, generalmente los silencios de mi parte eran mejor comprendidos por su persona de lo que yo podría imaginar desear transmitir. Sus ojos brillaban tan verdes como el agua marina y sus labios tan rojos y carnosos, como una súbita invitación.

- El blanco te sienta - Dijo mientras llevaba su dedo húmedo a acariciar mi abdomen. Me estremecí por el contraste con mi piel caliente. - ¿Buscas algo? - arqueo una ceja. A él, era su presencia lo que buscaba - ¿Quieres intentarlo? - preguntó señalando la cima de la cual se había lanzado hace minutos, levante mis cejas con incredulidad.

- No... yo solo - respondí con temor.

- Solo... Puedes hablar, no te estoy poniendo un bonito bozal ahora - dijo inclinándose a mí, bajando a mi altura.

- Yo quería acercarme - dije con nerviosismo, retorciendo mis dedos.

- Eso está bien. Pero vamos a intentarlo - dice y mi corazón se dispara.

- A ¿intentarlo? - preguntó con debido miedo.

- Si... quiero que saltes - dice - vamos - me empuja, y caminamos por un pequeño camino que poco a poco nos va conduciendo a la cima desde la cual él se lanzó. Mi cuerpo tiembla en autentico miedo, una cosa es poner mi cuerpo en sus manos y otra era exponerme a un peligro real como este.

- Señor - digo cuando ya estamos en la cima, él está parado tras de mi transmitiendo todo su calor corporal, la salinidad del agua le da un toque especial a su esencia y si estuviera en mí, ya me hubiese estrechado en él. Sin embargo ahora a pesar de mi miedo y de él, estoy admirando como se ve todo desde acá. La brisa marina, mi cabello revoloteando en direcciones y aún más infinito a la vista.

- Quiero que confíes en mi... nada va a pasar, disfruta del salto. Abajo las rocas están lejos y el agua es profunda - dictaminó con sus manos puestas en mi cintura acercándome más hacia el punto final.

- Yo tengo miedo - dije intentando retroceder, su pecho firme detuvo mi huida.

Contrario a lo que mis pensamientos me decían, él se situó a mi lado izquierdo, sin emitir ningún sonido, orden o regaño. Apreciaba el perfil de su mandíbula cuadrada, buscó a tientas mi mano y la metió entre la suya.

- Vamos a saltar - dijo, parpadee un par de veces por la conmoción de la sorpresa - No hay nada que temer - declaró, en ese instante, los recuerdos de mi sueño mientras estuve en el rincón vinieron a mi mente. ¿Cómo podía temerle a algo si él estaba sujetándome? - No te voy a soltar. Solo disfrútalo. ¡Ahora! - un grito de júbilo escapo de mi garganta.

No había temor, su cuerpo insto al mío a impulsarse, un recorrido claro y un salto limpio... lo siguiente fue el vacío. La nada, el aire siendo cruzado por nuestros cuerpos, la adrenalina y la sensación de libertad recorriendo cada poro de mi cuerpo. Su mano, la fuerza de su presencia a mi lado, un último vistazo, en ese último segundo a su persona y pronto estábamos internándonos en el agua.

Su mano nunca dejo la mía, por más que la fuerza de la corriente marina intentara empujarme lejos de él al emerger a la superficie. Se sintió bien, me sentí dichosa y plena e inclusive solté alguna risita al poder tomar aire de nuevo, segundos después el salió, viéndose complacido de la misma manera.

- Lo has hecho bien pequeña.

- Gracias a usted Señor - dije elevando mi voz por encima del ruido de las olas chocando.

Fue otro momento para atesorar.

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...

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Los días pasaban, el tiempo no esperaba y el final cada día era tan inminente como cercano. Aunque en ninguna de nuestras acciones fue demostrado. Él día de hoy, cuarto día de nuestra llegada. Luego de descanso tras sesión y descanso finalmente había amanecido y me encontraba en la cocina, sin ropa, como era su requerimiento. Estaba hambrienta y probablemente él lo estaría por igual por lo que estaba preparando tostadas y café para el desayuno, sin evitar tomar trozos en el proceso, mi estómago gruñía clamando por algo que ingerir.

Tuve todo sobre una bandeja, yo había tomado los suficientes trozos de tostadas, huevos y queso, que me había llenado por completo. Sorbí una taza de humeante café y deje todo intacto para subir con la bandeja para él.

No me tomo nada llegar hasta la puerta doble.

- Señor, ¿puedo pasar? - pregunté antes de dar un paso en el interior.

- Adelante - dijo, el sonido de su voz se oía amortiguado por la pared divisoria. No más abrir, lo divise recostado en la cama con un chándal puesto y las piernas estiradas y cruzadas, en sus manos traía su celular y era aquello lo que recibía toda su atención.

- Aquí le traigo su desayuno Señor, ¿desea comerlo ahora? - pregunto manteniéndome de pie en la parte de abajo de la cama. Veo como el deja a un lado el celular y me evalúa de arriba abajo, un escrutinio que podría hacerme encoger en mi lugar pero ¿qué sentido tenia? ya eso no era un problema.

- Tráelo - ordena limpiamente y me acerco los pasos restantes hasta su lado. Sus manos se extienden permitiéndome ofrecerle la bandeja.

- Ponte en posición sobre la cama, a mi lado - suena con toda la naturalidad del mundo, con la misma que me muevo hasta estar sobre la cama. - Recta Isabella - dice, me las arreglo para que mis piernas y brazos creen un apoyo más o menos equilibrado de mi espalda. Espero que coloque la bandeja sobre mí pero lo que siento es muy distinto a ello.

- ¡Ah! - una sutil queja sale de mis labios al sentir la cerámica caliente de la taza de café directamente sobre mi espalda, apenas me muevo.

- Quieta, por tu bien no tires nada - dice, su humor sádico a veces me sorprende pero... lo soporto, respiro profundo e intento calmar los temblores de mi cuerpo mientras mi piel se adapta a la temperatura de la taza. No digo nada, en este momento soy su objeto y está bien para mí.

Espero a que empiece a comer pero él se levanta de la cama y va hacia algún lugar. Espero, sintiendo aun la calentura en mi espalda, el daño ya está hecho y mi piel se ha adaptado a sentir ese calor. Para cuando lo siento volver a la cama, él no está a mi lado, está a mis pies y recuerdo lo expuesta que estoy en este momento para él, aunque así es siempre, pero en este caso, no esperaba ninguna acción de este tipo por su parte.

Sus ojos están mirando mi piel expuesta. Sus dedos se posan sobre mis pliegues y hacen un movimiento ascendente y descendente que me lleva a torcer mis ojos.

- Señor - digo entre dientes, si él hace eso no voy a evitar derramar el café que esta sobre mi espalda.

- ¡Silencio! - demanda con calor en su voz, el mismo calor que empieza a inundar mi cuerpo. Muerdo mi labio inferior en un intento por suprimir mis ruegos porque pare. Aferro mis manos en la sabana, arrugándola en el proceso para sentirme en un punto de apoyo más estable.

Vuelve hacia mi lado dejando por un momento su "juego" en mi entrepierna, por un lado me siento aliviada porque ahora puedo respirar y tranquilizar los movimientos de mi cuerpo. Por otro lado, es una tortura frustrante dejar de sentir sus dedos sobre mi o en mí.

- Vamos a tener un buen desayuno - dice con algo de sonrisa en sus labios, sonrisa con todos los matices de intenciones ocultas, de intenciones que me van a dejar fuera de combate. No agacho la cabeza como probablemente debería hacer, muy por el contrario continuo viéndolo, él alza un trozo de tostada y lo mete a su boca, por un momento olvido mi frustración y el ardor contra mi espalda, mi pecho se infla de felicidad al escuchar los sonidos de satisfacción y aprobación que emite. - ¿Qué es esto? - dice señalando sus tostadas.

- E-s una mermelada, frambuesa.

- Es deliciosa - dice mirándome directamente, deja lo que queda de tostada sobre el plato y sacude sus manos. Luego busca sobre el colchón algo de lo que no me he percatado, lo tiene en sus dedos, es... ¿pequeño? - Veamos - murmura sacando una navaja que me hace recular pero ¿qué sucede? evidentemente la navaja en sus manos no representa ninguna amenaza, sacudo mi cabeza sin ser brusca. Sonrió pensando que él café se está enfriando y ya no será ningún problema para mí.

Me enseña lo que está entre sus dedos y frunzo el ceño. ¿Un ajo? ¿Para qué carajos un ajo? él suelta una risita.

- Evidentemente no sabes - dice leyendo las interrogantes en mi rostro. La sonrisa es parte de él en este momento y aunque no se los planes de su mente eso me hace sentir bien. Ante mis ojos él desaparece de nuevo, volviendo a colocarse hacia mi inferior, posicionándose para estar ubicado entre mis piernas.

No sé lo que hace y quiero saberlo pero girar mi cabeza es mover el cuello y arriesgarme a errar con la taza. ¿Por qué todo parecía un desafío? un desafío por no ser castigada. Parte de su juego sádico era mi propia lucha y eso lejos de representar molestias... me gustaba.

Sus dedos volvieron a ascender y descender por mis pliegues, recordándome la llama de deseo que no se había apagado, solo estaba disipada mientras era distraída por otras acciones suyas.

- Y... ya está - murmuró desde atrás - No tengo grandes habilidades culinarias pero machacar un ajo parece dárseme bien - dijo con ese mismo sentido de burla que había estado manteniendo - Ahora... veamos pequeña - dice y vuelvo a aferrar mis manos en las sabanas con fuerza ante el sentimiento de expectación por sus acciones.

No podría describirlo.

Sus dedos, volvieron a tocar mis pliegues, pude sentir pequeñas superficies de algo... de ¿ajo? ¿Era eso? sobre mí, humedeciendo y llenándome de aquello hasta introducir sus dedos en mi tibia carne con más de aquello. Bombear un par de veces. Y luego dejarme allí... esperando.

Él se levantó sin decir una palabra y se movió hacia la puerta del baño. Entonces fue cuando el verdadero calvario empezó.

Calor... Ardor, escozor, picor. ¿Qué palabra elegir? ¿Cuál era la correcta? Pensé en quitar la taza de mi espalda, en moverme para tocarme y comprobar que no me estaba incinerando la piel.

- ¡Señor! ¡Amo! - medio murmuré, medio grité. Cerrar mis piernas me atemorizaba ante el pensamiento de que realmente me estaba quemando. El calor no podía compararse, de dentro hacia afuera y de afuera hacia dentro. Como cientos de velas dispuestas directamente contra mi piel.

Ni siquiera fui consciente de él apareciendo nuevamente en mi plano de visión.

- Ah... el efecto del ajo - dice sentándose a mi lado mientras me agito y murmuro incoherencias, mi piel en pocos segundos está transpirando. El calor parece ir apoderándose de todo mi cuerpo.

Mi cuerpo parece estar en completo descontrol.

- Shhh. Silencio. Me gusta comer en silencio - dictamina, por la periferia de mis ojos vi como seguía engullendo la tostada y tomando de a sorbos diminutos café de la taza dispuesta en mi espalda.

A penas y podía controlar los espasmos de mi cuerpo. Veía rojo y se debía al calor que iba consumiéndome, creciendo y extendiéndose por mis piernas, subiendo hacia mi pecho y llegando a mi cabeza. Nada dejaba de arder pero otras sensaciones se iban abriendo paso. Mi piel se erizo, contraje mis músculos en tensión y rechine mis dientes, ¿por qué se sentía así? ¿Cómo algo tan pequeño generaba tanto?

- Señor... por favor - dije con voz cansada, no podía evitar sacudir mi cuerpo, sabía que la taza se podía caer en cualquier momento, lo veía en mis brazos que temblaban ante la fuerza de mi agarre. Alguna lagrima cayo, mis pezones se endurecieron al punto del dolor, un dolor que clamaba necesidad, mis paredes vaginales empezaron a contraerse en un intento de apresar algo que no existía... algo que podría dar alivio. Deseo, desgarrador... ese que impulsaba a querer tomarlo como sea.

- ¿Que ocurre pequeña puta? ¿Estas necesitando algo? - estaba sacudiendo sus manos de migas de la tostada, ya no quedaba nada en su plato, solo la taza que estaba segura aun contenía café en mi espalda.

- Por favor - lloriquee, pidiendo un poco de entendimiento - arde... mucho - dije en un intento por hacerle ablandar un poco.

- Si ardiera mucho, ya habrías dicho tu palabra segura y estoy completamente convencido de que no la has pensado - estaba en lo cierto, por mi cabeza no cruzaba decir la palabra de seguridad y todo porque solo quería que él aliviara lo que estaba sintiendo. La flama ardiente que poco a poco se iba convirtiendo en un hervidero de deseo. - Has aguantado bastante - dice, me niego a felicitarme por la aprobación que escucho en su voz, la taza de café es removida de mi espalda y siento la inquietud de la quemadura que he de tener allí. Más esa es una sensación que ha quedado muy atrás en escala de prioridades.

Él sale de la habitación con la bandeja en sus manos, un solo pensamiento arde en mi mente y es el demoledor deseo de aliviarme a mí misma, va más allá de mí. Es como ver comida si estas muriendo de hambre o un vaso con agua fresca si tu garganta duele de resequedad. Empujada por esa nube que cubre mi mente y que anula los pensamientos racionales, me di la vuelta en la cama.

No era necesario pensarlo o provocarlo, sin vacilación lleve mi mano derecha directo a mi entrepierna, asegurándome primero de que el calor era solo una sensación dominante, sintiendo los rezagos de aquello que él había puesto en mí. Solo un roce de mis dedos y di un brinco en la cama. Apreté mi pecho que hormigueaba, pidiendo ser tomado en cuenta. Toque mi intimidad con insistencia, provocando alivio y desenfreno en breves segundos. No era disfrutar, no... Era aliviar lo único que deseaba hacer y con cada repaso de mis dedos sentía que lo estaba consiguiendo. Deje escapar algún gemido, cerré mis ojos y apreté mis dientes, el exterior no existía... nada. Todo lo que importaba era calmar este ardor que incineraba mi mente.

Pero todo se vino abajo, en el movimiento del segundero en un reloj, lo mismo que demora un parpadeo. Mis manos estaban fuera del contacto con mi cuerpo, abrí los ojos y protesté, pero me callé cuando su cuerpo se asió sobre el mío, sus manos sujetaron mis muñecas y elevaron mis brazos por sobre mi cabeza.

Sus ojos a la altura de los míos me miraban con la fiereza de la ira cubriendo también sus facciones. Un rostro frio y desencajado. Sus piernas me aprisionaron el abdomen, como si yo pensara por un segundo en hacer algo para escapar de él. Su peso se sentía sobre mi cuerpo y era algo bueno, tenerlo cerca. Mis manos fueron encerradas en los puños que guindaban de los barrotes, acabando con mis ilusiones por un poco de alivio.

Tomo con dureza mi rostro, podía sentir el recelo detrás de sus ojos y el temor detrás de los míos.

- No podías esperar un segundo más – murmuró apenas, como hablando para sí mismo. – Ahora ira peor, pequeña zorra, mucho peor – mi sentencia siempre empezaba por sus labios, que terminaban por iniciar la ejecución a tal dictado.

Bajó hasta mi cuello cubierto por el collar, lamiendo la extensión de este hasta mi barbilla. Solté un suspiro de pura satisfacción y moví mis caderas hacia arriba por puro instinto. Eso me hizo ganarme una mordedura en mi barbilla.

- El ritmo lo impongo yo – dijo, bajo raspando con su barba mi mejilla, mi pecho y cada uno de mis senos, los tomo en sus manos y raspo con su barba una y otra vez. Mis pezones erectos y sensibles dolieron por aquello, pero solo incremento el deseo por ser poseída. Siguió bajando aun raspando mi abdomen, con la brusquedad que le caracteriza a un hombre que ha sido desobedecido aunque no hubiese una orden clara. La brusquedad de mi Amo castigándome por buscar el placer en mis propias manos, sabiendo que él era el único dueño de aquello.

- Tu cuerpo me pertenece – dijo arrodillándose entre mis piernas, dejando atrás un rastro rojo descendiente por mi cuerpo. – Y voy a manejarlo como me plazca – dijo tomando de la cama diferentes objetos que, una vez más, perdida como me encontraba no había logrado apreciar.

- No quiero que mires hacia abajo o intentes alzar la cabeza porque entonces voy a buscar inmovilizarte. Y eso no será de tu agrado – advirtió. Mire hacia arriba y vi nuestros reflejos en los espejos.

No era necesario mirar hacia abajo, manteniendo mi vista firme hacia arriba podía apreciar su trabajo entre mis piernas. Empezando por ver los frascos que tenia a un lado de su pierna. ¿Qué era? ¿Comida? ¿Implementos de cocina? ¡Si ya había usado ajo! Una sacudida dio mi cuerpo ante el pensamiento de que más sensaciones como la del calor ardiente recorriendo mi cuerpo se pudiese presentar.

Veo con cierto deleite como él, a través de una caricia, abre mis piernas hasta su propia comodidad. Me veo brillante y necesitada. Exactamente como estoy allí abajo, mi piel se ha enrojecido. Por su parte, su frente tiene esa pequeña arruga que indica su concentración. ¿Sera esa su manera de ignorar la prominente erección visible en su pantalón? ¿Por qué no tomarlo fácil?

Me callé mentalmente. Mordí mis labios y mi lengua en el proceso cuando mi piel fue pellizcada por un par de pinzas que no había visto, de tal manera que quedaba expuesta a sus anchas.

Lo siguiente que ocurrió, difícilmente encuentre palabras para explicarlo como es debido. A lo mejor nunca olvidé las sensaciones que se contradecían la una con la otra.

- Dulce – dijo. Mire nuestro reflejo y en sus manos sostenía algo rojo, tiras rojas… ¡Ají!

Acaricio con aquellas tiras, lentamente… repasando como una sutil caricia que no hacía más que potenciar mi deseo. Rechiné mis dientes y apreté mis ojos. Podría decir que escudriño hasta conseguir el jugo del Ají, frotarlo contra mí, llenándome de él.

El calor volvió, ¡doble! ¡Intenso! ¿¡Por qué!? Sus manos estaban en mis piernas manteniéndome firme en mi lugar, acariciándolas de arriba abajo. Pero todo lo que mi mente veía era el calor, mi piel ardía una vez más, era extenuante sentir aquello. Aunque todo se convertía en humedad caliente que brotaba de mí, porque a mi cuerpo preso del masoquismo y las sensaciones hirientes le gustaba aquello y le gustaba ver su mirada de deleite. ¡Cuerpo traidor! ¡Deseo demoledor! No valía la pena la lucha, aunque era parte de la reacción.

Giró, las sensaciones giraron cuando el frió aplastante que solo podía ofrecer el hielo fue dado para mi. Observé sus dedos repasar con un cubo de hielo mi piel. Mis sonidos eran quejidos y suplicas incoherentes, murmullos que podían confundirse con plegarias. Sollozos que mi garganta dejaba escapar como jadeos. El frió fue peor porque quemo aún más sobre lo caliente, y mis paredes solo querían aferrarlo y retenerlo.

¡Alcohol!

¡Limón!

¡Más Hielo!

¡Zumo de Naranja!

Un intercambio de temperaturas y sensaciones que no salían del ardor, el calor, la quemazón.

El mantenía mis piernas abiertas, me encontraba desmadejada sobre la cama. Me había cansado de luchar para intentar aliviar un poco. Mi cuerpo se quemaba, era todo el pensamiento que podía concebir. Solo sentía los temblores que daba producto de las convulsiones de mi cuerpo.

- Mantén las piernas abiertas – dijo, alejándose por fin. Retirando todos los frascos de su lado.

- Señor – sollocé, lo llame, lo necesitaba.

- Tu placer me pertenece Isabella, cada cuota y en el momento en que yo lo desee – es su respuesta a mi sollozo. Me desarmó sobre la cama, aterrada de no sentir alivio. Presa del miedo de quedarme permanentemente con la sensación de estar siendo incinerada. - ¿Habías hecho alguna vez un experimento para crear un volcán? – escucho su voz, abro mis ojos para ver su mata de cabellos dorados volviendo a su posición en la cama.

- N-no – mi voz tiembla, como toda yo.

- Yo he dado los ingredientes. Aún falta la explosión – lo veo inclinarse hacia mí. Sopla su aliento cálido sobre mis pliegues abiertos, húmedos.

- ¡Por favor! – ruego porque calme lo que siento, solo un poco.

- ¡Cállate! – es su orden súbita, cierro los ojos y las lágrimas caen. Cuando creo que no hay salida para esto, algo terso y suave baja por el canal entre mis pechos. Vuelvo a mirar y el negro mate de una fusta es lo primero que mis ojos ven, de punta cuadrada y ancha.

Mis ojos arden ahora, se humedecen. Pero es todo parte del anhelo sexual que me invade. Este es el producto de su juego. Soy solo un animal en celo que de cualquier manera desea ser llenada y liberada. La fusta acaricia mis pezones, de uno hacia el otro, sin dar golpes. Solo la caricia suave de quien advierte un golpe certero, la delicadeza es tanta que mis temblores incrementan. Me he quedado muda porque muerdo constantemente mis labios. La fusta sube, acaricia mi collar. ¡Mío! Ya lo he aceptado, me he acostumbrado a él a pesar de que la sensación de molestia siempre está presente. Pero es como otra parte de mi piel. Sigue ascendiendo por mi garganta y va por mis mejillas, mis pómulos, ojos y frente. Desciende por mi nariz.

- Abre – ordena. Lo hago con una exhalación de aliento contenido. – Saca la lengua – obedezco sin rechistar y lo hago como una niña en una consulta. La fusta repasa mi lengua, hasta que la alza un poco y suelta un golpe sobre ella. Mi musculo sensible pica por el golpe, mas lagrimas escapan de mis ojos, más no emito sonidos o intento retroceder en mi boca. Él repite el proceso y golpea una vez más, hasta quedar satisfecho y descender la fusta por su lado transversal en toda la longitud de mi cuerpo.

Espero… Esperar es el verbo que más acción lleva en mi vida. Sus deseos, sus ordenes. Vuelve a abrir mis piernas que al parecer he ido cerrando en un intento por calmar la necesidad. Esta vez es la fusta húmeda por mi lengua la que repasa mi sexo, que se embarra de humedad. La constancia con que la mueve asemeja al movimiento insistente de mis dedos o los suyos. Un gemido se escapa de mis labios, se siente bien.

- Has sido una desvergonzada al intentar tocarte a ti misma. Si estuviéramos en otros tiempos. El castigo lo deberían llevar tus dedos – algo entre la lujuria y el sadismo brilla en sus ojos – Para que aprendas que el único placer que puedes sentir es el que yo te doy – aclara. Soltando un silbido que lleva a la fusta a chocar contra mi carne.

- ¡Dulce y tibia carne! – exclama en su momento de deliberada depravación, que comparte la mía. Los golpes de la fusta son certeros, sobre aquel lugar lleno de nervios que palpita, sobre la entrada a mi cuerpo que se aprieta con cada golpe. - ¡Maldito el que ose darte placer alguna vez! – no cesa, lloro por sus palabras, por el desliz de su mente, por el deseo sexual que me carcome. Golpe tras golpe, palabra tras palabra. Mis paredes se cierran, humedad es exudada. Me voy a liberar, y es todo lo que veo al final del túnel cubierto en bruma placentera. - ¡No te puedes correr! ¡No aun! – declara una nueva sentencia a mis oídos. No cesa sus movimientos, sigue golpe tras golpe. Mi cuerpo se impulsa hacia arriba y abajo, agradeciendo mediante el mutismo el dolor que recibe y alivia un poco la tensión.

¿Qué soy?

¿Qué hago?

Su sumisa, presa del dolor y del placer que mi Amo me otorga. Una masilla febril que él ha creado. Una perra que chilla por ser follada. Eso soy. Eso quiero.

He cerrado mis ojos pero nada puede hacer que mi mente controlé las sensaciones de mi cuerpo. Mi cabeza tira de un lado a otro mientras mis dientes rechinan. El orgasmo que llama a la puerta me ahoga por no poder ser liberado. Pero es todo lo que puedo hacer, los golpes cesan, van bajando de intensidad y me retuerzo en mi lugar. Solo hasta sentir la punta dura de su sexo, solo hasta entonces abro mis ojos y veo una vez más nuestros reflejos.

El Amo y la sumisa.

El Dominante y su pequeña puta.

Transpirada y con mi rostro rojo lleno de lágrimas, mi cuerpo brilla húmedo, mi piel esta enrojecida. Mi cabello en una maraña en mi cabeza y a mi alrededor. Mi pecho sube y baja con desenfreno. Pero no soy solo yo. Sus músculos están tensos y su piel también brilla, todo esto le afecta aunque no esté sintiendo lo mismo que yo. Su mandíbula esta tensa y… lejos de todo, su miembro erecto esta fuera de su chándal, listo y dispuesto en la mano que no sostiene la fusta, apenas y tocándose contra mi piel.

En este momento en que no hay nada más que el deseo animal de llenar y ser llenada. Somos iguales. No hay distinción ni cuota de más o menos. Porque él se carcome tanto como yo ahora. Lo veo en los espasmos de su respiración. Y en las gotas de sudor viril que descienden por su frente.

La punta de su erección se posa sobre mi entrada, sin penetrar o hacer cualquier movimiento. Mis ojos se expanden cuando suelta un golpe con la fusta allí, en ese pequeño roce que representa nuestra unión. El gruñido gutural que sale de sus labios retumba en mis oídos, su cuerpo se sacude y el mío lo hace por la sensación y el reconocimiento de aquel azote compartido. La fusta vuela hacia algún lado de la habitación y de una sola y certera estocada me penetra por completo. Su fin esta en mi comienzo.

Su vaivén me aloca y me aviva, el calor se expande pero es un calor más cálido. La quemazón de hace instantes se evapora con su roce constante y desenfrenado. ¡Duele! Como no. Su forma de tomarme no conoce de reparos, su cadera golpea la mía creando el sonido más delicioso, él de su cuerpo chocando al mío, el dolor más excitante. Me retuerzo y muerdo.

- ¡Mírame! – gruñe desenfocado. Lo miro, mis ojos asiéndose en los suyos, quemándose una vez más. Mi Amo perdido en mi cuerpo y en mí, vuelvo a sentir mi pecho hincharse de felicidad, de adoración hacia él y lo que ven mis ojos.

Se inclina más sobre mí, sus abrazos a cada lado de mi cabeza, su pecho rozando el mío. Su rostro a tan escasos centímetros. Siempre cerca pero siempre manteniendo una distancia que representaba el respeto que le tenía y él exigía cada día más.

Gotas de sudor que se formaba en su frente cayeron en mi rostro, descendiendo por mis mejillas en un recorrido que habían dejado trazado mis lágrimas, no puedo evitar saborearlo en mi lengua, el sabor salado que exuda su cuerpo, es él. Su esencia.

- Condenadamente Mía – gruñe contra mí. Sus ojos me clavan en mi sitio, quiero rodearle con mis piernas pero me contengo para no tomar partida en nada y dejarlo hacer. Es un demoledor movimiento el de sus caderas contra las mías. Si estoy condenada, si soy suya. ¡Cuán suya Señor! – quiero gritarle – pero me contengo, todo es contenerme. Mis paredes aprietan su miembro en un movimiento conocido que nunca deja de ser placentero.

Es usted el poseedor de mis miradas más desdeñosas, de las más tímidas, de la lujuria, y de aquellas que solo en las fantasías de mi mente, recrean mis instintos primarios, evocándolo en mis ojos para usted.

Es usted el conocedor de mi cuerpo, nadie había tocado donde usted y nadie lo hará tan bien. Usted ha provocado los extremos en mi delirio, he conocido la locura y la demencia. Usted en su elemento ha poseído mi alma. ¿Cómo se siente aquello?

Todo cuando he nacido, todo cuando he formado en años, ahora le pertenece. Mi cuerpo que siempre lo desea, mi alma que tanto lo anhela y… mi corazón que tan mal le adora.

Muchos habrán conocido del Sexo, ¡oh si!, ellos lo practican y lo disfrutan. Pero ¿podrán conocer lo que usted hace? ¿lo que usted me hizo?. ¿Podre yo acaso disfrutar de aquello alguna vez en otros brazos? La posesión no tiene descripción.

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Aunque él no lo vaya a admitir y yo en palabras orales nunca lo exprese. Nuestros encuentros íntimos son cada vez más desenfrenados. Todo atisbo de control es cedido una vez que la sesión acaba, que él ha gozado perversamente de mi cuerpo y se dispone a buscar el placer carnal en él. Puedo reconocer la entrega que hay en él en cada uno. Me enloquece ese momento, me estoy acostumbrando a sentirme fuera de mi cuando él esta en mi interior.

Ahora es él día seis. Mañana será el día siete y será el fin de la semana. De nuestra semana y nuestro contrato. De mi vida como su sumisa. No he hecho por pensarlo, Complacer y Servir han sido mis mejores opciones, la mejor idea que se le ha ocurrido a mi mente para opacar lo negativo de esto.

Una vez más el sol perla mi cuerpo con sus rayos insistentes. Nunca volveré a pensar en el calor natural de la misma manera. Pues nada se sentirá igual al volcán caliente que él creo en mi cuerpo. Mis ojos están cerrados y una pañoleta protege mis parpados del sol.

Él ha estado nadando, hemos bajado hasta la pequeña playa privada. Hasta este día nos hemos mantenido en la casa, como si, complaciendo lo que pensaba desde un principio de nuestro contrato, este fuese por completo mi universo paralelo, uno en él que solo vivía para complacerlo y no existía nada más en mi mundo. No tenia idea de donde estaba mi celular y poco me importaba ahora.

Perdida en mis pensamientos, intentando conciliar el sueño mientras soy bañada por el sol. Siento un dedo descender por mi abdomen, se mueve y repasa en círculos. El toque no puede ser más que suyo. Respiro con tranquilidad, sin dar señales de mi consciencia.

- Isabella – su voz me llama pero mantengo mi lugar y mi tranquilidad. Quiero sentirlo así, cercano, sutil, aun cuando él cree que no soy consciente de aquello.

¿Real o estaba soñando?

- Mujer de sutil desnudez – murmura, su voz va adquiriendo un matiz ronco – ¿podría un hombre enfocarse en algo que no sea ella?… ¿podría no querer tumbar el sol por rozarle con sus rayos? Una deidad en medio de naturaleza que la rodea y se acopla a su figura. Un templo de deseo para el hombre, un lienzo en las manos de la perversión. Un pecado en medio del infierno. Un pecado merecedor de manos pecadoras – mi respiración se acelera un poco, sus palabras están creando cosas en mi que no esperaba.

- Llenas de vicio el mundo con tu andar sumiso. Eclipsas la naturaleza pues lo tienes todo en tu cuerpo… - su dedo recorre mis pechos – montañas – asciende y desciende – planicie – acaricia mi abdomen en círculos – valle – roza apenas mi sexo, un toque superficial, al que me cuesta demasiado no responder – él orgullo de un Amo por tenerla en sus manos, la envidia de otros por no ser poseedores. Soltarla al mundo es el trabajo del hombre – murmura.

- Un trabajo que nubla el control – siento sus labios rozarme.

Ojala yo pudiera describirle cuanto sentí sus palabras. Palabras que causaban dolor en medio del placer de paladear esos sentimientos en su interior. Cuanto quisiera purgar eso que acongoja su voz. Señor… si en mis manos estuviera, no habría queja para su persona, no habría cosa que perturbara su mente. La perfección dista de mi, pero por usted seria cualquier cosa ahora. Fui cualquier cosa antes. Lo fui todo para usted.

Abrir mi cuerpo y mostrarle lo ocurre en mi interior cuando usted habla. Es todo cuanto deseo hacer. Pero solo vera sangre derramándose de venas, órganos que funcionan sin parar. Mi corazón ha sido abierto para usted, como el tesoro más preciado que puedo dejar ahora en sus manos. No duele, porque entregárselo es ser libre.

Libre… es la palabra que le sigue al ser suya. Ser suya es ser libre… es serlo todo.


Saluditos.

Nos acercamos al final del contrato. Eso es más que claro.

Los párrafos en letra cursiva es parte de lo que Isabella escribe en su pergamino que sera dejado a Edward.

Aclarado eso, me despido. ¡Ah! Aquella mezcla de ingredientes se llama "Beso de Vulcano" ;) See ya.

Agradecimiento a quienes me acosan x_x

Besos :*