Muy bien gente. He vuelto. Oh, si. He vuelto. Lamentablemente mi estadía en Córdoba no se prolongó por mucho más tiempo pues de verdad extrañaba a mi familia. Así que el martes me tomé un vuelo de diez horas directo desde Córdoba hasta Ushuaia y me volví. No sé que carajo voy a hacer éste año, pero por lo menos tengo tiempo para hacer las cosas que me gustan: leer, escribir, dibujar, ver Glee, no hacer nada, tocar la guitarra, no hacer nada. Así que supongo que me voy a tomar un año 'sabático'. 'Sabático' porque mis padres quieren que haga algo de mi vida para que mis neuronas no se vuelvan vagas, y tienen razón. Pero estoy cansada de estudiar, y me quiero tomar de verdad un año sabático. Arquitectura será el año que viene. La universidad siempre va a estar ahí, así que… Bueno. Alégrense, porque van a obtener actualizaciones más seguido! Si! Vamos a poder terminar esta historia.
Este capítulo que les presento aquí, es el último de la tercera estación –Sweet Darlin'- y por lo tanto, entramos luego a nuestra ante última estación. Pero, basta de cháchara. Vamos directo al asunto.
Alerta de Faberry Juice. Leer a su propio riesgo.
Formalidades: Glee y sus personajes son de Ryan Murphy. Los nombres de las canciones pertenecen a sus respectivos autores y todo eso. Yo sólo pedí prestado todo para crear esta humilde historia.
Length: ~6300
Capítulo 24: "Hot"
El sol brillaba fuerte, la primavera ya avanzaba y el calor se hacía presente. Los del equipo de football se encontraban en su rutinaria rutina de ejercicios durante la práctica dirigida por la entrenadora Beiste. Finn estaban sentado en el pasto, estirando sus piernas y secándose las gotas de sudor que aparecían en su frente. Estaba cansado pero sabía que el esfuerzo lo valía, esa temporada sentía que iban a ganar; con la adición de Sam como QB suplente y que a veces jugaba como Wide Receiver -cuando Finn jugaba como mariscal-, eran como una fuerza imparable. Todo gracias a Quesús.
- No saben lo que vi ayer -escuchó que susurraban cerca de él-. Estaba yendo a buscar unos libros para la hora de Mecánica a la biblioteca y pude ver a Berry besándose con Quinn Fabray.
- ¿En serio? -preguntaban algunos, chocando sus palmas y haciendo gestos-. Debe haber sido muy hot.
- Totalmente. Por poco y no me tuve que cambiar mis calzones -Finn arrugó su nariz ante aquella acotación tan burda, mirándolos de reojo. Seguro se trataba de una mentira y lo hacían para molestarlo. Continuó estirando mientras los demás seguían parloteando.
- Me hubiera gustado unirme -dijo el primero que habló.
Finn puso los ojos en blanco.
- Chicos, no sé por qué dicen éso, pero Rachel y Quinn son amigas, por muy raro que suene decirlo pues porque ella solía atormentarla; y, además, Rachel es mi novia y nunca me haría éso. Así que detengan lo que están haciendo, porque no está funcionando.
. . . .
La hora del almuerzo llegó rápido. Finn y Rachel quedaron en sentarse con el club Glee -lo que implicaba que se iban a sentar con Puck y Quinn, sonrió la morena- y el mariscal se encontraba parado en la fila, esperando a que llegara su turno para pedir su comida.
- No sabes lo que escuché, Janet -dijo una porrista delante de él.
- ¿Qué sucedió, Jess?
- Rachel Berry, de segundo, se besó con Quinn Fabray -dijo boquiabierta.
- Oh, Dios mío. ¿En serio? ¿Quién te dijo? -preguntó la otra, los ojos tan abiertos como los de Jessica. Finn refunfuñó por lo bajo; quería gritarles que estaban totalmente equivocadas. Él y Rachel estaban todo el tiempo junto y el único momento en el que ella estaba con Quinn era durante los recreos, cuando él (y a veces Puck) estaba presente, (y las veces que Rachel va al baño que, últimamente, se han multiplicado; pero Rach le dijo que era porque estaba teniendo problemas estomacales, así que no contaba) y nunca hubo intercambios de ese tipo. Además, por muy estimulante que ese pensamiento pudiera ser (Finn tenía que admitirlo; era muy estimulante, a decir verdad. Pero lo que no dijera, no lastimaría a nadie), a Rachel no le gustaban las chicas y, por sobre todo, era su novia; lo que implicaba que ellos estaban juntos y que, por lo tanto, sólo podían besarse entre ellos, con nadie más. Pero, aunque él les gritara todo éso, no lo iban a escuchar, no iban a parar.
- Azimio del equipo de jockey -respondió-. Dijo que lo hicieron en la biblioteca.
- Y ¿no serán algo?
- No me sorprendería -respondió Jessica encogiéndose de hombros.
- ¿Por qué dices éso?
- La forma en la que Quinn trató a Rachel durante la mayor parte del tiempo antes de que pasara lo del embarazo, y la forma en que se estuvo comportando hasta hace un tiempo. Molestándola sin razón aparente; lo agresiva que era. Es como los niños pequeños en el jardín de infantes, que no saben cómo decirle a la niña que les gusta que en verdad tienen sentimientos por ella y entonces la tratan mal -hizo una pequeña pausa mientras le gesticulaba a la cocinera la comida que quería-. El odio es un sentimiento. Y del odio al amor...
- Hay sólo un paso -terminó la otra porrista.
- Exacto.
- Si son algo, pobre de Finn. Después de lo del año pasado; enterarse de que su novia no sólo le está siendo infiel, sino que le está siendo infiel con su ex novia, que a su vez le había sido infiel con su mejor amigo, debe ser terrible -dijo Janet, recibiendo un codazo de parte de Jess en el brazo, que miraba hacia detrás de ella, mirando al QB que las observaba pensativo, con su ceño fruncido. Janet se dio vuelta para ver qué observaba su amiga, pero ya se lo esperaba. Finn la miró severamente y ella y Janet se fueron en silencio.
. . . .
¿Qué día era? Quinn no lo podía recordar.
No había sufrido accidentes de ningún tipo, en absoluto; pero no podía recordar bien qué día era. Seguramente debía de ser por las maravillas que estaba haciendo cierta morena entre sus piernas pálidas con su tan habilidosa lengua.
Oh, Dios. Rachel era tan buena. Tan buena que podía no sólo provocar que se olvidara del día y la fecha en que se encontraban sino también su propio nombre.
Mientras que dejaba salir gemidos por su boca semi abierta, llevó una de sus manos hacia cabellos morenos, enredando sus dedos de porcelana con un buen manojo de hebras.
- Rachel. Oh, Rachel -repetía como un mantra sexual-. Más. Oh, Dios. Más.
Aquellas palabras que le decía la rubia no hacían más que incentivarla a seguir. Mientras que movía su cabeza hacia delante y atrás con más fuerza y rapidez, separó una de las manos que sostenía en su lugar a la cadera de Quinn -que comenzaban a moverse erráticamente (buena señal)- y la llevó hasta el manojo de nervios que estaba necesitado por su toque.
La rubia se arqueó en cuanto Rachel comenzó a ejercer presión sobre aquel botón mágico, haciéndole ver estrellas y sujetando aún más fuerte su cabello, manteniéndola en su lugar, adjuntada a su entrepierna lo suficiente para que ese inminente orgasmo por fin llegara, pues a Rachel le gustaba alargar el tiempo, le gustaba jugar con ella, muy al estilo del Club del Celibato, jugar -en el más sucio de los sentidos- pero nada de complacer -el deseo de acabar-.
En cuanto la niebla de lujuria se disipó un poco, la porrista entró en razón. Deberían ser más cuidadosas y deberían dejar de tener relaciones sexuales en salones vacíos del colegio durante el almuerzo porque podría pasar algo parecido a lo que había sucedido con el rumor de que ella y Rachel habían sido encontradas besándose en la biblioteca -que fue así, durante la hora libre de Biología, puesto que el señor Stapleton había faltado debido a una gastroenteritis-, que luego fue totalmente exagerado y se convirtió en un rumor acerca de que las habían encontrado teniendo relaciones -que no era del todo un rumor, porque tuvieron relaciones en la biblioteca, pero siempre en horas libres y no durante el recreo-. De cualquier manera, luego de un tiempo, el rumor desapareció misteriosamente.
. . . .
- Una palabra más sobre el asunto y van a conocer mi lado oscuro -dijo Santana a un grupo de deportistas en el cuarto de las regaderas de los hombres. Los estaba apuntando con su dedo índice, mirándolos severamente y con los ojos entrecerrados-. Y no quieren conocerlo. De verdad.
Los chicos se miraron entre ellos y asintieron luego de unos minutos. Lo mejor sería no meterse con Santana Lopez, porque ella era capaz de muchas cosas. Quién sabía, quizás hasta su padre podría ser el capo de la mafia mejicana o algo así. En fin, lo mejor sería hacer lo que ella dijera.
La latina sonrió satisfecha consigo misma y salió de allí, dirigiéndose a la práctica de las Cheerios, lista para hacerles entender a las demás porristas lo mismo que le había hecho entender a esos monos allá adentro.
Pronto, nadie volvió a mencionar algo sobre aquel tópico.
. . . .
Rachel lo había estado pensando, sinceramente. Sería lo mejor y sentía que de alguna manera se lo debía a Quinn -aunque ésta dijera que se lo merecía- por comprometerla de aquella manera, a nunca ser dueña completa de ella -aunque para Rachel, en realidad Quinn fuera su única dueña. Ella y sólo ella-, a no poderla tener completamente para sí misma, siempre teniendo que esperar hasta que Finn desapareciera para poder besarla y abrazarla y sonreírle, cuyos momentos eran definitivamente en los que Rachel era la persona más feliz del mundo.
- Quinn, quiero que vuelvas a las porristas -dijo, provocando que la rubia se atragantara con su bebida y comenzara a toser exaltadamente; Rachel le pegó unas palmaditas en la espalda, para que aquella expulsión violenta y ruidosa de aire cesara; y en cuanto la rubia pudo estabilizar su respiración y tranquilizarse, comenzó a acariciarle la espalda lentamente, de arriba-abajo.
- ¿Por qué dices éso? -preguntó secándose la boca con el dorso de su mano.
- Creo que es lo justo.
- ¿Lo justo por qué? -preguntó sin entender.
- Pues porque sí. Al menos así saldrías ganando algo de todo ésto.
- ¿A qué te refieres? -preguntó, frunciendo el ceño débilmente, en confusión. Con tener a Rachel, salía ganando; así que no sabía a qué podía estar refiriéndose dicha morena.
- Mira, Quinn -dijo mirándola de manera seria-. Sé que dejaste las Cheerios por mí -empezó, y luego se detuvo, quedándose en silencio, con sus ojos perdidos en la nada, dejando caer sus cejas y se acercó súbitamente a la rubia-. Lo hiciste por mí, ¿no?
- En gran parte, sí -dijo extrañada.
- Bueno -dijo volviendo a su anterior posición-. Por éso. Ya me siento bastante mal por estar haciéndote pasar lo que te estoy haciendo pasar, y no quiero que dejes de hacer cosas sólo para satisfacerme. Si bien fue un lindo gesto y función bastante bien, obviamente -sonrió, arqueando una ceja-. Pero sé que te gustaba ser porrista. Eras muy buena en ello.
- Igualmente, si quisiera volver, la entrenadora Silvester no me dejaría. Es la segunda vez que hago lo mismo: dejar las Cheerios -dijo pensando.
- Además -continuó Rachel con su discurso-, debo admitir que siempre he tenido una especie de fetiche bizarro contigo en tu uniforme. Cuántas fantasías en las que en medio de una acalorada pelea me tirabas de la muñeca y me tomabas en el armario del conserje.
Quinn se quedó callada, boquiabierta, mientras Rachel sonreía, besándole la mejilla.
Definitivamente tenía que volver a las Cheerios. Era un hecho.
. . . .
Sabía que iba a ser difícil -entrar nuevamente al escuadrón- pues ya casi terminaba la temporada y también porque, bueno, una nunca vuelve al equipo luego de renunciar a su puesto; nunca nadie lo ha hecho.
Nadie, excepto ella; y era por éso que tenía confianza -poca; casi nada, en realidad- de que la iban a aceptar nuevamente. No tenía nada que perder, igualmente; seguiría teniendo a Rachel aunque no entrara, de todas formas, así que siente en punto Quinn se encontraba parada frente de la oficina de Sue Silvester con su puño levantado en el aire, y llamó a la puerta, tomando un hondo respiro para tranquilizarse.
. . . .
- ¿Sabes qué, Q? Tú eres como un marido infiel. Siempre vuelves rogando, llorando como una infeliz, gateando a besar mis pies, pidiendo por otra oportunidad, alegando que sólo lo habías hecho sin pensar -dijo, haciendo una pausa y quitándose sus anteojos, apuntando a Quinn con una de las patas de éste-. Pero tú, Q, algo que no tienes, es un pelo de tonta. Y, a excepción de esa bastarda tuya que anda por allá afuera, en el mundo, seguramente acogida por una familia de gays que se pelean por el color con el que deben pintar la habitación; no haces nada sin analizar las consecuencias. Eres una fría máquina de calcular. Eres una pequeña Sue Silvester, por mucho que me moleste decirlo en este instante -se colocó los lentes nuevamente-. Pero no creas que puedes entrar y salir cuando se te dé la gana de las Cheerios, porque no es así. En absoluto. Tienes suerte de que te necesitamos para ganar, porque si no, sabes muy bien que no hubieras tenido siquiera una segunda oportunidad.
. . . .
Cada vez que Rachel se tenía que ir, Quinn se sentía vacía y sola. En cuanto la morena cerraba la puerta detrás de sí misma para volver a los brazos de Finn, sentía un gran vacío dentro; como si en realidad nunca nada hubiera pasado entre ellas, como si hubiera sido sólo un sueño pues, cada vez que se levantaba, Rachel no estaba más a su lado y su colchón estaba frío en donde la morena había estado acostada hasta antes de que ella cerrara los ojos. Cuando se despertaba sola, sentía como si un pedazo de ella faltara y le daban ganas de llorar, sintiendo la angustia al pensar que quizás el hecho de que Rachel la haya personado había sido en realidad parte de un sueño. Pero cuando dicha morena la llevaba a un salón vacío y la besaba mientras la abrazaba fuertemente, pegándola contra su cuerpo, su pecho se hinchaba de alegría y del más puro amor, sintiendo la esperanza que tenía siempre, antes de abrir los ojos, visualizando cada rasgo que había memorizado con el tiempo de Rachel; y se quedaba sin aire, como si éste hubiera sido succionado de repente de sus pulmones.
Deseaba poder guardar aquellos pequeños pero significativos momentos, almacenarlos y conservarlos para cuando sucedía éso, cuando se levantaba desesperada sin poder encontrar el calor y la fragancia que el cuerpo de Rachel emanaba. Simplemente, todas las mañanas era lo mismo. Era como si de verdad todo hubiera sido un sueño, solamente un simple producto de su imaginación.
. . . .
De cualquier manera, aunque Rachel sentía que Quinn merecía volver a ser una Cheerio, porque era lo que le gustaba hacer, internamente tenía miedo. Miedo de que la rubia volviera a ser como antes en cuanto saboreara una pequeña pizca del poder que solía tener. Lo único que podía hacer era esperar que éso no se volviera en contra suya, otra vez.
La confianza lo es todo, pensó.
. . . .
Desde que había vuelto a las porristas, Quinn se sentía más ligera -probablemente por los ejercicios a los que la sometía una tal Sue Silvester- y éso la hacía ver más brillante, según Rachel. No lo malinterpreten, Quinn era súper feliz con la morena -excepto cuando ésta estaba con Finn-, pero sentía que por fin había logrado que sus dos partes -un pedazo de la Quinn vieja, la porrista; y la nueva y mejorada Quinn Fabray- se fusionaran. Lo mejor de los dos mundos.
Sin embargo, Rachel no era la única que notaba lo radiante que estaba lo reinstituida porrista y, puesto que para los ojos de todos -menos Santana, Brittany, Kurt y Puck; como siempre-, Quinn estaba soltera, totalmente disponible en el mercado, todos se arrimaban a coquetear descaradamente con ella, incluso aunque Rachel estuviera presente, hablando con dicha rubia. El otro día un tal Sam Evans -el chico nuevo- le dijo que tenía ojos bonitos -lo que es cierto, pero igual. Sólo ella se lo podía decir- en el idioma de los Avatar. La morena se excusó en cuanto vio a una boquiabierta Quinn observar intensamente, perpleja, a aquel rubio -teñido, según Kurt-.
La morena se sorprendía a sí misma teniendo que comprar nuevos pares de lápices negros porque cada vez que un chico se acercaba a Quinn, no podía evitar respirar profundo, intentando esconder la mueca de ira que amenazaba con manifestarse en su rostro, sus ojos cortantes como navajas. Pero, siendo ella, era imposible; los celos sacaban lo peor de ella a veces, y ahí era cuando escuchaba el 'crack' y al abrir su mano, veía el cadáver del pobre utensilio escolar y algunas astillas esparcidas por su palma.
. . . .
Quinn se encontraba acostada en la cama de la habitación de Rachel, esperando a que esta saliera de bañarse, sin nada interesante que hacer, pues le había propuesto a la diva tener sexo en la bañera, pero ésta se rehusó, para su desencanto. Quinn no entendía por qué exactamente la morena había estado actuando raro, pero le parecía que tenía algo que ver con todos aquellos chicos que se acercaban a coquetear con ella. Incluso uno se arrimó a decirle la cosa más cursi que se le hubiera podido ocurrir a cualquiera: "Tienes lindos ojos" que, si bien era cierto, había sido lo más ridículo que había escuchado decir (excepto cuando salía de la boca de Rachel, obviamente), y éso la dejó de verdad boquiabierta. Era demasiado patético el hecho de que aquel chico se hubiera creído que lo que le había dicho había tenido un efecto en ella. Quinn rió ante el recuerdo.
Miró a su alrededor, buscando algo para hacer. Movió su mirada por el cuarto de Rachel y estiró su mano izquierda hacia la mesita de luz del lado izquierdo de la cama de la morena en cuanto el mueble entró en su rango de visión.
Abrió el cajón rápidamente, sólo para usmear qué clase de cosas guardaba la morena allí y se sentó para ver mejor, de espaldas a la puerta del baño, y sonrió al ver que las cartas que le había escrito a Rachel estaban allí, la Diva las había conservado. Quinn creía que no se las había quedado, pero no; ahí estaban. Abrió la primera, que era la más pequeña. Se trataba del papel que le había dado el día de la juntada del club Glee para Navidad. La otra era más larga y se trataba, a juzgar por la considerable diferencia de tamaño entre ésta y la primera, de la carta que había tratado de escribir mil veces aquella noche de insomnio en la que sus enormes sentimientos y miedos, y frustraciones, no la dejaban respirar.
Rachel,
Nunca he hecho ésto -escribir una carta, me refiero- antes. No sé por dónde empezar ni qué decirte pero ¿por qué no empezar desde el principio? O algo así. Supongo que éso sería lo más fácil.
Primero. Quiero decirte que no estoy escribiendo esta carta para rogarte que me quieras, no te preocupes, porque sé que no va a funcionar y que te mereces mucho más que una triste y miserable carta para que siquiera puedas empezar a considerar pensar en hablarme otra vez; pero sé que te molesta que me acerque y creo que entonces sería mejor que haga algo inteligente y escuche lo que tienes para decirme y te haga caso de una vez.
Segundo. Sé que ya te debo de haber agotado para esta altura de la carta, así que no te quiero hacer perder mucho más tiempo. Te quiero pedir perdón, sinceramente. Mi actitud y mi comportamiento hacia tí fueron de lo peor y sé que aunque lo diga no va a hacer desaparecer el dolor que te hice sentir al hacerte pasar por todo éso.
Perdón, de verdad.
Yo no fui más que una estúpida por tratarte así y no darme cuenta antes de lo preciosa que eres para mí. No sé por qué tengo esa manía de reconocer el verdadero valor de las cosas cuando las pierdo -generalmente por culpa mía-.
Rachel, tú eres impresionante, talentosa, brillante, cariñosa y, por sobre todo, tienes un futuro, un gran y prometedor futuro; porque eres tú la que está poniendo manos a la obra para que así sea. Eres diferente, eres única. No dejes que lo que dicen los demás te moleste o te hiera; nadie es tan fuerte como para soportar éso sin salir herido; y si bien eres una muchacha muy fuerte -porque has soportado mis malos tratos. Yo, por mi parte, hubiera llorado de estar en tu lugar- sé que te duele y es por éso que te digo ésto.
Sé que no necesitas que te lo diga, igualmente.
Dios, estoy balbuceando.
Eres maravillosa y todos están celosos porque saben que nunca van a poder salir de aquí u que tu vas a estar allá, haciendo lo que más amas hacer.
Sé que ésto no es suficiente, nunca nada es suficiente, pero necesitaba decirlo de alguna manera. Necesitaba que lo supieras. Sólo quiero que estés bien.
Qué hipócrita ¿no? Antes no quería más que hacerte sentir mal, despedazarte, y ahora estoy velando por tu bienestar. Pero ¿Sabes qué? Quiero que seas quien eres, porque eres increíble, y que vueles lo más alto que puedas, más alto que los aviones.
No sé lo que estoy diciendo a esta altura. Tantos dichos me confunden, pero lo que de verdad quiero decir, en este decimoprimer intento de escribirte una carta, es que me interesas -porque eres una persona muy interesante- y me importas; y si lo que quieres es que te deje en paz, entonces voy a dejar éso de lado, voy a dejar de lado lo que yo quiero, si éso es lo que te hace feliz.
Quinn.
Había estado tan concentrada en leer lo que le había escrito hace ya un tiempo a la morena que no había escuchado el sonido de la puerta del baño abrirse, la voz de Rachel llamando a su nombre, ni los pasos de dicha diva hacia ella.
- Me ganaste con ésa última frase -dijo Rachel sorprendiendo a Quinn, que se volteó con la carta en la mano, parándose del susto; la morena sonrió adorablemente, cautivada por la inocencia de la rubia-. Pero necesitaba saber si lo que me habías escrito era cierto. Necesitaba estar segura, no podía dejarte entrar otra vez a mi vida y abrirte mi corazón así, sin más.
- ¿Y qué te parece? ¿Dije la verdad? -preguntó Quinn. Rachel sonrió.
- A juzgar por el simple hecho de que te interpusiste en la trayectoria de un slushie que iba dirigido hacia mí, que provocó una reacción en cadena de slushies repartidos a lo largo de la semana que comenzaron a ser lanzados hacia tí; y que dejaste las Cheerios; creo que tengo pruebas suficientes para reafirmar la verdad de tus palabras.
- Pero volví a las Cheerios -dijo torciendo la boca.
- Pero porque yo te lo pedí.
- ¿Y por qué lo hiciste? -preguntó intrigada.
- Porque sé que es algo que te apasiona.
- Tú me apasionas más -Rachel sonrió y le dió un rápido beso en la boca.
- Me siento halagada. Pero quiero que lo hagas. Además, ya te dije que tengo un pequeño gran fetiche con la malvada Quinn Fabray, Perra a Cargo de la secundaria McKinley -Quinn torció su boca una vez más ante la mención de su antigua yo, de la vieja Quinn. Rachel pudo observar aquel gesto y la abrazó por la cadera, apoyando el costado izquierdo de su cabeza en el pacho de la rubia-. Tranquila, Quinn -dijo, escuchando el latir de su corazón mientras la porrista respondía el cálido abrazo-. Yo ya te perdoné; es hora de que te perdones a tí misma y que dejes el pasado donde pertenece: al pasado.
- ¿No es un poco redundante éso? -rió un poco. Rachel levantó su mirada, apoyando ahora su mentón en el pecho de Quinn y puso los ojos en blanco.
- Lo digo en serio.
- Ya sé -sonrió y le dio un beso. Rachel la miró a los ojos seriamente unos segundos más y luego le sonrió. Se parón en puntas de pie y besó a la rubia frente a ella, apoyando sus manos en el pecho de ésta para mantener el equilibrio.
Sus labios se separaron y Rachel la miró intensamente, todavía con sus manos apoyadas en su pecho y comenzó a empujarla hacia atrás, contra la cama. En cuanto su cuerpo tocó la superficie del colchón sintió las piernas de Rachel flanquear su estómago e inmediatamente después, unos labios rellenos se posaron sobre los suyos.
- Me haces tan bien, Rachel -dijo mientras la morena se encontraba sobre ella. Rachel sonrió fascinada, feliz. Ése era el tipo de cosas que no escuchaba salir de la boca de Quinn tan seguido; definitivamente no el tipo de cosas que pensó que estaría dirigido a ella-. Cada vez que te veo, por más cursi que suene, y créeme, lo es; me robas la respiración, te llevas cada partícula de oxígeno que pueda haber dentro de mis pulmones y a veces me dan ganas de gritar -dijo, levantando un poco la voz de la emoción, provocando que Rachel riera divertida-. Eres fabulosa y perfecta.
La rubia la besó, intentando demostrarle cuán en serio era lo que estaba diciendo, cuan ciertas eran las palabras que había pronunciado. El beso se volvió más acalorado, ninguna de las dos supo quién lo profundizó primero, pero en cuanto lo notaron, estaban gimiendo en la boca de la otra, haciendo a sus lenguas bailar juntas en una danza de pasión.
. . . .
- Señor Schuester, tengo una propuesta -dijo Quinn levantando la mano. William sonrió. Quinn estaba participando. Éso era siempre bueno.
- Perfecto, Quinn. Siéntete como en casa -dijo gesticulando para que pasara. La rubia caminó hacia el frente.
- Ésta canción se llama "Amazing" y es de Madonna.
. . . .
Rachel se estaba cansando rápidamente de que los chicos avanzaran tan descaradamente intentando meterse en los pantalones de Quinn; pero no quería decirle nada a la rubia porque no era culpa suya ser tan hermosa; y éso la frustraba más, el no poder descargarse. A los chicos que estaban detrás de la pollera de la Cheerio no les podía decir nada, pues para toda McKinley High -a excepción, de nuevo, de Santana, Brittany, Kurt y Puck- la porrista reinstituida estaba totalmente soltera; pero tampoco podía desquitarse con Quinn. Aguantarse en silencio las cosas que le molestaban no era algo típico de ella, pero a veces se tenían que hacer sacrificios; Quinn valía la pena; pero estaba muy frustrada y ver a Puck tan cariñoso con la rubia simplemente fue la gota que derramó el vaso, y la morena necesitaba de inmediato una manera de descargarse; no iba a llegar a ninguna parte con una actitud pesimista, así que en cuanto tuvo un momento libre y el auditorio no estaba ocupado, se dirigió a hacer lo que mejor hace.
. . . .
- Hey, Finnocencia, ¿Quieres saber qué han estado haciendo tu novia y Q mientras tú estabas ocupado con tu entrenamiento de football? -Santana le preguntó a Finn mientras tenía plantada una sonrisita en el rostro. Por alguna razón, el QB estaba sólo y la latina aprovechó la oportunidad.
- ¿Qué han estado haciendo? -preguntó algo extrañado.
- Han estado haciendo cosas sucias en las duchas -dijo meneando sus cejas.
- No es cierto -dijo, entrecerrando los ojos.
- Espera y verás -dijo y desapareció del lugar.
. . . .
Quinn había salido de la práctica de las Cheerios y cuando entró a las duchas para irse a bañar, vio que Rachel no estaba ahí, lo que era raro pues, desde que ella se había reintegrado al escuadrón, solía encontrarse todo el tiempo después de las prácticas allí para jugar en la ducha.
- ¿Rachel? -dijo mientras buscaba a la morena entre las filas de lockers, pero nadie respondió. Dejó caer sus cejas y salió al pasillo en busca de una pequeña morena.
Por supuesto. Quién lo hubiera pensado. Rachel estaba en el auditorio. Quinn se las ingenió para entrar por detrás del escenario para no interrumpir a la morena que estaba cantando.
You got a lotta lotta lotta nerve.
Coming here, when I'm still with him,
and I can't have you.
It isn't fair.
Born March of '86.
My birthday's coming,
and if I had one wish,
yeah you'd be it.
When you're around,
I lose myself inside your mouth
You got brown eyes like no one else,
baby make it to me.
Again, again.
Again, again, again.
Never stop.
La letra de la canción dejó boquiabierta a Quinn, pero en cuanto la morena dejó de cantar, sus pies la llevaron hacia ella y la preocupación invadió el cuerpo de la rubia.
- ¿Rachel? -preguntó mientras se acercaba, pero la morena no se volteó, quedándose cruzada de brazos-. ¿Qué sucede? -se quedó en silencio, y Quinn se acercó y la abrazó por la cadera desde atrás-. Has estado rara este último tiempo. ¿Hice algo malo?
- Estoy enojada -dijo Rachel mirando a un costado, exhalando como si estuviera cansada; dejando que sus brazos se posaran sobre los de Quinn en su cadera, acariciando lentamente con sus dedos el dorso de las manos de porcelana de la rubia.
- ¿Por qué? -preguntó Quinn, preocupada; intentando que la morena la mirara, pero no lo hacía.
- No debería sorprenderme. Ya debería de estar acostumbrada, en realidad, pero no puedo evitar sentirme así... Como si quisiera arrancarle la cabeza con las manos -dijo gesticulando el movimiento. Quinn rió. Si bien no sabía a qué se refería exactamente Rachel, entendía lo que sentía, pues ella lo había experimentado millones de veces.
- ¿De quién estás hablando exactamente?
- Noah.
- ¿Qué pasa con Puck? ¿Qué te hizo? -preguntó abriendo los ojos y la boca, tapándosela con una mano, a punto de salir del auditorio sólo para encontrarlo y romperle la cara por lo que sea que haya hecho que puso a Rachel así; sin embargo, unas pequeñas manos en su brazo la detuvieron.
- Es sólo que... Te abraza mucho -dijo torciendo el labio. Quinn rió otra vez.
- Es Puck, Rachel. Éso es a lo máximo que puede llegar.
- Pero no es sólo él. Son todos. Todos los chicos están todo el día encima tuyo y yo no puedo hacer nada para evitarlo porque tú estás... -dijo levantando su brazo para señalarla con la mano y dejándolo caer-. Tú sabes. Soltera.
- No te preocupes por éso, Rachel. Yo sólo quiero estar contigo. Soy tuya nada más -dijo Quinn sonriendo y acercando a la morena con mirada triste, abrazándola por la cadera-. Pero creo que no me haría mal que me lo recordaras.
Rachel arqueó una de sus cejas; una sonrisita apareció en el rostro de Quinn.
- ¿Cómo sabías que era yo cuando te abracé recién? -preguntó Quinn mientras tomaba la mano de la morena para caminar hacia el baño.
- Porque encajamos perfectamente -dijo, mirando sus manos juntadas-; y tus manos son mucho más delicadas y suaves que las de Finn; o las de Jesse o Puck, si viene al caso.
. . . .
En cuanto llegaron a las regaderas, donde por suerte no había ni rastros de las demás Cheerios, Quinn y Rachel se sacaron la ropa rápidamente, riendo por lo bajo mientras se besaban y se tocaban mientras caminaban hacia la ducha.
En cuanto la lluvia caliente comenzó a caer sobre su cuerpo, Quinn dejó salir un pequeño gemido de satisfacción. Las rutinas de la coach Silvester la tenían al límite y darse un baño era lo mejor que le podían dar. Lo mejor, después de sexo con Rachel en la ducha. Oh, sí. No hay nada que pueda superar éso.
Rachel la besaba lentamente, explorando todo su cuerpo con sus ansiosas y a la vez tranquilas -¿es éso posible?- manos; acorralándola contra un rincón de la ducha mientras ella apoyaba su brazo derecho sobre la pared de ésta -puesto que sólo cubría sus torsos nada más- para mantener el equilibrio y no resbalarse con el agua.
- ¿De quién eres? -preguntó entre besos la morena.
- Tuya -respondió mientras Rachel la apretaba aún más contra su cuerpo, su pierna moviéndose con gracia y delicadeza, ubicandose entre medio de sus piernas, conectándose con su centro en la más deliciosa de las formas, haciendo que un gemido gutural se escapara de su boca-. Rachel.
- ¿A quién quieres? -preguntó mientras bajaba su boca a uno de los pezones de Quinn mientras jugaba con el otro entre sus dedos índice y pulgar, haciendo que la rubia se arquera hacia ella.
- A tí -dijo y su voz subió una octava al ritmo del muslo de Rachel que comenzaba a subir y bajar, provocando un roce espectacular con su nudo de nervios allá abajo. La morena utilizaba su mano libre para sostener a Quinn por la cadera, para mentenerla quieta en su lugar-. Sólo a tí. A nadie más.
- Buena chica -dijo Rachel mientras se arrodillaba frente a la porrista y agarraba una pálida pierna para apoyarla en su hombro bronceado, relamiéndose los labios-. Ahora te voy a recordar por qué sólo me quieres a mí.
Quinn gimió ante aquellas palabras que prometían tanto, vibrando con anticipación y la mirada llena de lujura de Rachel, arrodillada frente a su centro, con su pierna en su hombro, mirándola como si quiesiera comérsela. Hizo su cabeza para atrás en cuanto sintió el primer contacto, enrollando sus dedos en el pelo de la morena con su mano izquierda e intentando, por su vida, soportar su peso con el brazo derecho apoyado firmemente en la pared.
- Oh, Dios. Rachel. Más -dijo cerrando fuertemente los ojos, mordiéndose el labio inferior y moviéndo sus caderas al ritmo de las estocadas orales que la morena le proveía. La diva cumplimentó como le había pedido la rubia y bajó la mano que tenía ocupada en un pezón rosa y la dirigió hasta la pelvis, haciendo de espejo de su otra mano, sosteniendo la cadera de Quinn y trayéndola con más fuerza contra su rostro, mientras intentaba llegar lo más profundo que podía con su lengua, las cálidas paredes de la rubia apretándola, sujetándola dentro. Ojos avellanas se hacían para atrás, ya no iba a aguantar mucho más, estaba muy cerca-. Rachel, ven aquí.
La morena se puso de pié, reemplazando rápida y habilidosamente su lengua por dos dedos y luego tres, estirando los músculos inferiores de la rubia, que gimió de placer y la agarró por el cuello, chocando sus labios en un apasionado beso.
- No pares nunca, Rachel -dijo Quinn, moviéndo entusiásticamente sus caderas, lo errático de los movimientos denotando que ya estaba por caer.
- Nunca -dijo, penetrando con todas las fuerzas que tenía a Quinn, que respiraba pesadamente.
. . . .
Más tarde ése día, luego de que Santana le hablara de Rachel y Quinn, Finn entró cautelosamente al baño de mujeres y escuchó extraños ruidos salir directamente desde las duchas.
En cuanto vió el sweater de animales apoyado en una de las bancas escarlata justo al lado de un bolso rojo que estaba debajo de un uniforme de las Cheerios, él supo que era lo que iba a suceder por consiguiente. Caminó rápidamente hacia la dirección de la que provenían los ruidos.
- Rachel -vio que decía una rubia que estaba siendo acorralada por una morena que le besaba el cuello con ansias. El aire se le fue de los pulmones y pudo sentir el latir de su corazón justo en sus oídos.
- No puedo creer que era cierto -gritó en cuanto la realización le golpeó la cara y se dio cuenta de que aquella rubia y aquella morena eran de hecho su ex novia y su actual novia besándose. Rachel y Quinn se separaron abruptamente mientras el alto QB salía furioso de las regaderas.
- Espera, Finn. No te vayas -dijo Rachel enrollándose la toalla alrededor de su torso, caminando detrás de él. Quinn se quedó petrificada, parada en donde estaba, el agua cayendo sobre su cabeza y deslizándose sobre su rostro, cayendo al suelo. Éso no tendría que haber pasado. La culpa la invadió de inmediato . Lo había hecho de nuevo; arruinó otra vez la vida de Finn.
Sabía que éso podía haber pasado y tendría que haber sido más cautelosa; tendría que haber pensado. Quinn no sabía por qué razón del mundo, pero cada vez que dejada de pensar, al menos por unos segundos nada más, terribles cosas sucedían: el haber tenido sexo con Puck que llevó a que quedara embrazada de Beth -justo. Justo la única vez que había tenido sexo, queda embarazada. Qué suerte-; el haberle mentido a Santana, diciéndole que Rachel la había besado y ahora que Finn las encontrara.
De verdad; qué suerte la suya.
- No puede creer que en verdad era cierto -gritó-. No puedo creer que fui tan estúpido. ¡¿Qué está pasando conmigo?
- No pasa nada, Finn. Es sólo que... Perdimos la chispa que solíamos tener. No sé qué era; pero se fue. Y no quería decirte porque... Porque tú estabas feliz y no quería herirte.
- Entonces creíste que ésto era mejor: engañarme con mi ex y no decirme nada y que yo me enterara por Santana -dijo mirándola severamente, caminando de un lado al otro y luego se detuvo, pasando sus dedos por su cabello y la miró-. ¿Tienes alguna idea de lo mal que me hace sentir ésto? ¿Siquiera pensaste en mí? ¿Acerca de lo que podría provocar en mí? ¿De cómo podría afectar la forma en la que me veo a mí mismo? ¿Alguna vez me amaste, Rachel? -la morena se quedó callada, mirándolo con la boca torcida y el ceño fruncido; tratando de encontrar la forma correcta de decir lo que quería decir sin lastimarlo ni hacerlo enojar aún más. Sin embargo, Finn tomó su silencio como una respuesta y decidió irse-. Fantástico. Fantástico -dijo, cerrando la puerta del baño detrás de él, dejando a Rachel en silencio, escuchando sólo el sonido de sus pasos hacia la puerta resonando con la fuerza de mil campanas a lo largo de todo el edificio.
