Tu mayor tentación

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 25 Amor de familia


Ya habían pasado dos años. Candy y Terry eran una hermosa y sólida familia de cuatro integrantes. A Candy sólo le faltaba un año y medio para terminar su carrera y con Dios delante y la ayuda de Richard fundaría su colegio. Terry con sus habilidades no había hecho más que hacer crecer las ganancias de las empresas de su padre, especialmente el centro comercial que poseía, al cual con Archie como ayudante y su buen gusto, por sus ideas innovadoras levantaron las ventas y el consumo considerablemente. Si bien eso no era lo que había estudiado Archie, le iba muy bien y con Terry como jefe sus beneficios eran envidiables y Lizette era la imagen de todas las tiendas femeninas, aparecía en todos los carteles y claro, recibía buena paga por eso. Como era de esperar, el tiempo no pasa en vano. Amy ya tenía tres añitos y empezaría el pre-escolar. Candy estaba más triste que ella.

-Creo que voy a llorar cuando la deje allí. A su suerte...

Dijo Candy mientras le hacía dos coletitas a la niña y la miraba una y otra vez con su uniforme. Un pantolicito corto azúl marino y una camiseta polo azúl claro con el logo de la escuela y en una esquina su sombre.

-¿A su suerte, Candy? No sea exagerada. Es un colegio prestigioso y estará muy bien cuidada. Es bueno que haga amigos y se relacione con otros niños y personas.

Le dijo Terry pasándole la mano por el hombro mientras cargaba a Terry Jr. aún con su pijama.

-No quelo peinal.

Se quejó Amy pasándose las manitas bruscamente por la cabeza y acabando con las dos coletitas que Candy le había hecho con mucho trabajo.

-¡Amy! No seas malcriada. Si no, te voy a castigar.

La reprendió Terry, aunque no alzó la voz, no era necesario que lo hiciera porque la niña a él lo respetaba. Él establecía la autoridad porque Candy solía ser muy blanda. La niña aunque haciendo pucheros dejó que Candy con toda su paciencia la volviera a peinar.

-Papi, Emy no peinal.

Dijo Terry Junior en brazos de su papá. Eran dos gotas de agua realmente de no ser por los ojitos verdes que tenía. Le habían dejado crecer el pelo como a él, ya le llegaba a las orejas. Era adorable, aunque también de carácter fuerte y con Candy era un manipulador de primera.

-No, a Amy no le gusta peinarse. Como a tu mami.

-¡Terry! Sí me peino.

Se defendió Candy, pero cuando exclamó en voz alta el nombre de Terry, tanto el padre como el hijo voltearon a verla. Ya era costumbre por llevar el mismo nombre.

-Cuando tenías tres años no te gustaba.

-Cariño... ¿Qué te parece si haces algo útil? Como ir preparando el desayuno, por ejemplo.

Le espetó Candy molesta de que siempre la hiciera quedar mal en frente de los niños.

-Parece que alguien no amaneció de buen humor hoy. Vámonos, Junior. Dejemos solas a estas dos viejas sangronas.

-¡Escuché eso, Terry!

Gritó Candy en tono acusador y Terry desde la distancia le guiñó un ojo. Se derritió cuando vio al niño intentar hacer lo mismo. Cuando pasó por el lado de ellos, Junior le extendió los brazos para que lo cargara y ella fue incapaz de rechazarlo a pesar que estaba retrazada ya.

-Mi amor, bello. Ahora tienes que quedarte aquí con papi. Tengo que bañarme y...

-¡No! ¡Mami!

Terry Jr. se negaba a soltarla y se había colgado de su cuello y cintura como una fierecilla. Empezó a soltar un par de lágrimas de cocodrilo.

-Terrence, compórtate. Mami se tiene que ir... Terry... ¿podrías, por favor...?

Se dirigió a Terry por ayuda ya que el niño no cedía y Terry tuvo que quitárselo de encima a la fuerza. Candy fue arreglarse con el corazón partido en dos al dejar a su hijo llorando en la cocina.

-Telens, cállate.

Le dijo la pequeña Amy con autoridad a su hermanito y señalándolo con su dedido índice.

-¡Léjame!

Respondió Arrogante Jr. con brusquedad y empujando a la niña.

-¡Hey! ¿Qué pasa? Terrence, no le pegues a tu hermana. A las niñas no se les pega.

Terry lo reprendió con más autoridad de lo habitual. El próximo año él también iniciaría pre-escolar y no quería que llegara con esas malas costumbres. Amy que era bien ñoña y consentida se acercó a Terry haciendo pucheros para que la cargara. Ella manipulaba a Terry, así que la situación estaba pareja. Sentó a ambos niños en el desayunador y les hizo pancakes en diferentes formas. Cuando Candy al fin bajó, ya todo el desayuno estaba hecho y se sentó con ellos. Tuvo que comer con Junior sentado en su regazo. A ese extremo estaban las cosas.

-Yo tambén quero con mami.

Dijo Amy poniéndose de pie y abriéndose paso en el regazo de Candy. Rutina diaria. Ya se habían acostumbrado. Terry no dijo nada, pues muchas veces era lo mismo con él, sólo que esa mañana era el turno de Candy.

-¿Puedo sentarme con mami yo también?

-No. Tú no cabe.

Respondió Amy y Candy comenzó a reirse. Entonces Terry se puso de pie y fue hacia ellos, como si fuera a sentárseles encima también.

-¿Están seguros que no quepo?

-¡Basta! Terry... van aplastarme. Y tu barba... raspa.

Se quejó Candy entre risas mientras Terry a propósito le rozaba toda la cara con el crecimiento de su barba de dos días.

-Bueno, ya nos vamos. Amy, dale un beso a papi.

Al contrario de Candy, Amy sí estaba emocionada por ir la escuelita. Le dio un besito a su papá y otro a su hermano aunque el niño refunfuñara resentido aún porque Terry lo había regañado a causa de ella. Candy montó a la niña en el auto y se dirigió a la escuelita. Estaba tranquila hasta que llegó el momento de entregar a su hija. En la puerta de entrada al que sería el salón de Amy, se agachó frente a ella con los ojos aguados.

-Amy... tienes que portarte bien. Haz todo lo que la maestra te diga. Te amo.

Le decía a la pequeña que ya estaba muy impaciente por entrar a su salón al ver a los demás niños jugar y correr mientras la joven maestra trataba de controlarlos. Candy le dio un besito a Amy y la niña entró corriendo a su salón, como si nada. Ingrata, pensó Candy y sonrió aún con los ojos aguados. Volvió a la casa para imprimir un trabajo que tenía que entregar y estudiar un poco antes de un examen. Agradeció no tener ninguna clase antes del mediodía. Cuando llegó saludó a Graciela que ya se encontraba ocupándose de Junior, pero en cuanto el pequeño vio a Candy, quiso safarse de la señora que llevaba rato luchando para bañarlo.

-Hola, cielo. ¿Tú si extrañaste a mami?

-¡Sí!

Y con esa tierna respuesta ella lo llenó de besitos deleintándose con sus dulces carcajadas.

-Ahora tienes que ir con Graciela para que te bañe.

-¡No quero Gacela!

-¡Terrence! Haz caso, ve a bañarte o no te traigo ningunos dulces por la tarde.

Cuando Terry Jr. escuchó "dulces" de pronto se volvió muy dócil e hizo lo que se le pedía. Candy se rió sin que él la viera y se dirigió a su habitación. Ahí estaba Terry terminando de vestirse. Ella le ayudó con la corbata y le dio un besito. Esa era una de sus dulces rutinas. Terry a sus treinta y dos años era un hombre con todas sus letras. Siempre era irresistible y siempre acediaban las zorras como decía ella. Ya el pelo no lo llevaba tan largo como antes, a veces se lo cortaba por completo y por complacer a Candy se lo dejaba crecer un poco nuevamente.

-¿Cómo se quedó Pequitas?

-¿Cómo se quedó? A tu ingrata hija lo único que le faltó fue que me echara de la escuela.

Había reproche en las palabras de Candy. Terry la miró con ternura, ambas eran tan parecidas, pensó. Candy tenía la misma expresión que hacía la niña cuando estaba descontenta con algo o molesta.

-Era mejor así, mi amor. ¿Te imaginas que se hubiera quedado llorando? Ibas a llegar aquí destrozada al tener que dejarla así.

-Sí, es verdad... Es que... no me acostumbro. Para mí aún es mi bebé.

-Te entiendo. Pero aún tienes a Junior. Él está siempre pegado a ti como un chiclet.

La consoló él besándola. Ya estaba casi listo para irse, pero no se podía desprender de ella cuando la veía triste. Siempre dando cualquier cosa para cambiarle el mundo.

-El próximo año Terrence también irá a la escuela. Para entonces espero estar mejor preparada mentalmente...

-Seguramente sí. También podríamos tener otro bebé... ¿Te gustaría?

Le preguntó dándole besos en el cuello y el rostro mientras sus manos se deslizaban por el vientre plano. Se le pegó tanto que Candy pudo sentir la eminente erección de él en el muslo.

-Sí. Lo he pensado... tal vez se emocionen con otro hermanito y dejan de ser tan egoístas y competitivos...

-Otra pequitas...

-U otro arrogante...

Le respondió ella en el cuello y se le colgó a la cintura. Le estaba encantando la idea. O al menos la práctica, porque había pensado seguirse cuidando hasta que se graduara.

-Candy... no seas mala, tengo que irme.

Le decía él casi sin aliento, estaba muy excitado, aunque ya estuviera retrazado para una reunión que él mismo había convocado.

-Sólo será un momentito, mi amor. Me calentaste... ahora no me puedes dejar así...

Ella seguía colgada de él, frotándose de su pene y mordiéndole los labios sugestivamente mientras lo besaba.

-Tú ganas. ¡Que se esperen!

Fue la respuesta de él y comenzó a devolverle las caricias, devorándole el cuello. Dejó que siguiera colgada de él mientras su boca se concentraba en sus pechos. Ella se frotaba de él cada vez más fuerte. Tenía un sencillo y fino vestido. Terry podía percibir el olor de su excitación. Le encantaba tenerla así, tan ardiente y dispuesta. Le alzó el vestido hasta la cintura para besarla en el vientre y juguetar con su ombligo. Todo lo que él le hacía, por simple que fuera la ponía a cien. La vio tocarse y apretarse los pechos, pasando sus manos por donde él la había besado.

-¿Podrías seguir tocándote así?

Le preguntó con la voz ronca y ella obedeció. Se tocó los pechos, se los apretó y jugueteó coquetamente con sus pezones mientras se relamía los labios. Le ofreció uno de sus pechos y él lo tomó como un desesperado. Sintió su lengua acariciándolos, sus dientes que los rozaban. Estaba reprimiendo los gritos limitándose a gemir por lo divino que se sentía. Estaba en llamas. Comenzó a quitarle la correa para ir liberando su erección. Cuando lo logró, acarició suavemente su pene sintiendo como su mano se mojaba por el líquido preseminal. Lo sintió tan duro. Lo deseó como nunca.

-Terry... por favor... cógeme ya... mira como me tienes...

Le llevó una mano a su sexo para que viera que estaba bien mojada. Ese gesto lo encendió y siguió introduciendo sus dedos en ella mientras la veía gemir y desesperarse. Le rogaba que la penetrara. Cuando él retiró la mano de su interior, la llevó a la boca de ella, ella le chupó los dedos de una forma bien provocadora. Ya él no pudo seguir torturándola más, así que prácticamente le arrancó las bragas y entró a ella con una fuerte y profunda embestida que le sacó un grito que él tuvo que ahogarlo con un beso para que nadie la escuchara.

-Me vuelves loco, Candy. Es tan rico cogerte así.

Ella seguía gimiendo y moviéndose como una desquiciada. Terry no había disminuído su fuerza al penetrarla. No había ningula delicadeza, ella lo había puesto a millón, sus manos se agarraban de su trasero con presición y entraba cada vez más profundo en ella.

-Mmmm... Así... ohh... No te detengas, por favor... ya pronto me... ahhh...

-Hazlo, mi amor. Córrete para que yo también pueda hacerlo...

Y la penetró con más fuerza, con mas ganas. Todo era borroso a su alrededor. Sus ojos eran incapaces de distinguir nada. Disfrutó de sus gritos y todas sus contracciones al correrse hasta que él no pudo aguantar más y estalló en su interior. Fue tan fuerte que cayó sobre ella en la cama y así permaneció unos segundos.

-Te amo tanto, Terry.

-No más que yo, mi cielo. Ahora sí me tengo que ir.

Él le dio un último beso y comenzó a vestirse apresuradamente y se lavó las manos.

-Que tengas un buen día, cariño. Recuerda que por la tarde nos reuniremos en el parque con los niños. Ya todos confirmaron.

Le recordó Candy al momento que él se iba pasando completamente desnuda por su lado y con el pelo suelto y algo enmarañado.

-¡Dios, Candy! ¿De verdad quieres que vaya a trabajar hoy? No voy a concentrarme ni mierda.

Ella lo miró y le sonrió maliciosamente al notar que se había puesto duro nuevamente.

-Lo siento...

Le contestó y se mordió los labios al tiempo que le daba la espalda para dirigirse al baño contoneando las nalgas y las caderas de forma cruel. Entonces sintió que la levantaban por los aires y en cosa de segundos ya estaba siendo penetrada nuevamente.

-¿Esto es lo que querías, amor?

Le preguntó al momento en que entró en ella de una forma violenta y precisa. Se canceló la reunión.

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Annie había dado a luz una hermosa parejita de gemelos. William Jr. y Williannie. Ya tenían dos añitos, eran rubios como Albert, pero sus ojos eran azúl profundo como los de Annie y no celestes como los de Albert. Annie estaba embarazada nuevamente de seis meses. Esperaban otro niño. Cada año, a Albert le aumentaban el sueldo por su buen trabajo y desempeño. Annie ya no tenía que trabajar. Se dedicaba por completo a sus niños y a su esposo.

-¿Cómo estuvo la reunión, cariño?

-No hubo ninguna reunión. Terry la canceló a último momento luego de dejarnos colgados por más de una hora.

Respondió él a la vez que tomaba en brazos a ambos niños. Ellos eran la luz de sus ojos. Su sueño.

-Bueno... ve a preparte, mi amor. Yo prepararé a los niños. Tenemos que estar en el parque en una hora.

Le dijo Annie entusiasmada, pero los niños no querían soltar a su papá, especialmente la niña que estaba llorando como si estuviera siendo ejecutada.

-Está bien, vayan con mami. Si no, no hay helado.

-¡Lado!

Gritaron ambos a coro sacándole carcajadas a sus padres. Se bajaron de su regazo, de pronto muy cooperadores a la hora del baño. Albert se acercó un momento a Annie y a su abultado vientre.

-¿Cómo está el bebé? ¿Hoy me extrañó?

-Claro que te extrañó. Mira cómo está moviéndose

Dijo ella llevándole las manos a su vientre. La vida parecía ser un sueño para ella. Tenía un hombre maravilloso, además de guapo. Como padre había que quitarse el sombrero ante él y como esposo, era un encanto. Atento, detallista y consentidor a más no poder. Las dudas y los miedos eran algo que Annie había había dejado atrás hacía mucho tiempo. Ahora siempre brillaba, sonreía. Se desvivía por su esposo y sus pequeños. A veces los sobreprotegía, pues habían nacido antes de tiempo, motivo por el cual nunca llegaron asistir al primer añito de Amy, pero gracias a Dios, hoy día eran dos niños hermosos, fuertes y saludables.

-¿Ya estamos listos?

Preguntó Albert ya recién bañado y vestido con jean, una polo roja y tennis. Tan atractivo como siempre.

-Sí, ya. ¡Pero que guapos están mis dos hombres!

Exclamó Annie al ver a Albert y el niño vestidos iguales. Williannie tenía un conjunto de pantalón licra y blusita con tenis de Dora la exploradora. Annie la había peinado con una trenza. Cuando llegaron. Ya todos estaban ahí. Terry con una vestimente similar a la de Albert, sólo que Terry tenía franela, mostrando los brazos por completo y el nuevo tatuaje, aunque no muy grande, un discreto corazón en tribales, a tinta negra y al rededor decía Terrence Jr. Ya Candy había tirado la toalla con él sobre el asunto y él prometió que sería el último aunque ella no le creyó. Candy a sus veintidós años y a pesar de haber dado a luz dos veces, no había cambiado mucho. Seguía con la misma carita aniñada y aún tenía que mostrar su identificación en algunos lugares. Estaba vestida con un jean corto, camiseta blanca y tenis. Se había hecho dos trenzas bajas, tenía el pelo exactamente hasta las nalgas. En apariencia era como si aún tuviera dieciocho años, pero ya contaba con bastante madurez y era una madre y esposa excelente, además de bella. Archie siempre estaba guapísimo y simpático, con Lili en brazos, que ya tenía dos años y estaba hermosa con su pelito encaracolado sujeto hacia atrás con una banda que tenía una enorme flor anaranjada. Tenía un pantaloncito corto de jean, una camiseta naranja y tenis de las princesas de Disney. Era muy coqueta a su edad, rápido fue en busca de Terry Jr. Lizette rápido se ubicó junto a Candy luego de haber saludado a todo el mundo. También estaban Eliza y Stear con Gregory de diez años y Alissa que a penas era un par de meses mayor que Amy y fue junto a ella tan pronto llegó. Los últimos en llegar fueron Susana y Neil con el pequeño Adrián de dos años y medio y en brazos llevaba a Suzette, la bebé de nueve meses, rubia y con ojos ambarinos como los de Neil. Era preciosa.

-Candy... creo que Annie, tú y yo deberíamos trabajar con Terry también. Y tú, Susana. Pues hasta Lizette trabaja con él. Estamos fuera de grupo, ¿no creen?

Dijo Eliza y todas rieron. Por cosas de la vida, a excepción de Neil, todos los hombres trabajaban para las empresas Grandchester e incluso Lizette trabajaba para ellos modelando para promocionar las tiendas que formaban parte del mall.

-La que está fuera de grupo soy yo que soy la única que trabaja con ellos. Aunque ahora me dedicaré a la promoción de la tienda "Maternity House".

-¿Maternity House? No me digas que...

-¡Sí, Candy! Me enteré ayer, así que no te sientas mal. Espero que esta vez sea un niño.

-Insisto en que la gente debe pensar que no conocemos otro tipo de entretenimiento. Harán una campaña para donarnos televisores.

Dijo Susana y saltaron las carcajadas que llamaron la atención de los hombres que estaban jugando con los niños mientras las mujeres conversaban muy desentendidas.

-¿Qué es lo gracioso? ¿Habernos dejado a cargo de los niños mientras ustedes se dedican al chisme?

-¡Terry!

Lo regañó Candy, se refería al padre, pero Terry Jr. miró en su dirección.

-Pues si ustedes quieren seguir disfrutando de hacernos niños tienen también que disfrutar de cuidarlos. ¿O no, chicas?

Dijo Eliza y se formó un parloteo entre todas que los hombres torcieron los ojos hacia arriba y se fueron a seguir jugando con los niños, también hacían de árbitro en alguna que otra riña.

-No. Vete...

Decía Terry Jr. empujando a William Jr. por querer jugar también con Lili.

-Junior. ¿Qué te he dicho de empujar a los otros niños?

Volvió a reprenderlo Terry y el niño, aunque molesto, dejó de empujarlo, pero en su carita brillaba la misma rabia que caracterizaba a Terry cuando estaba enojado. O celoso.

-Lili mía.

Respondió el pequeño Terrence tomando a Lily por un bracito y mirando de muy mal talante a William Jr. que parecía estar tranquilo y buscando entretenerse con otra cosa hasta que vio cerca a su gemela. Terry miró a su hijo siendo posesivo desde tan corta edad. Estaba celando a su amiguita y compañera de juegos. ¿Podía parecerse más a él?

-Terrence, Lili no es tuya. Es tu amiguita y tienes que dejar a los otros niños jugar con ella también.

Le explicaba Terry a su hijo con toda la paciencia de mundo. Aunque tenía sólo dos añitos y algunos meses, el niño era bastante inteligente y despierto como para entender lo que le decía su padre, pero que lo aceptara de buena gana era otra cosa. Y había decidido que Lili era suya.

-¡No! ¡Lili mía!

Volvió a gritarle el niño a Adrián, el hijo de Susana que también fue compartir unos juguetes con Lili. Al ver de lejos la riña, Candy se acercó.

-¿Qué pasa? Terrence, ¿por qué lloras?

Preguntó Candy, pero el niño no contestó. Llorando se arrojó a los brazos de ella. Terry contestó su pregunta.

-No quiere que nadie juegue con Lili.

Candy miró a Terry con toda la intención. Como diciendo: ¿"A quién habrá salido"?

-¿Así que no quiere compartir a Lili? ¡Qué raro! Fíjate que ese comportamiento me recuerdan a alguien...

-Candy, no empieces. Eso no tiene nada que ver... son niños y es normal que... ¡bah! No voy a explicarte nada.

Se molestó Terry porque Candy lo seguía mirando intencionadamente con su sonrisita cínica y burlona. Junior era tan celoso como su padre.

-Uniol, ven.

Lo llamó Lili a jugar y el niño por poco se lanza de boca de los brazos de Candy. Juntitos y de la mano se fueron a jugar en el área de arena con cubitos y palas y unos camioncitos de contrucción de Junior.

-¿Te imagina que sí terminen juntos cuando sean grandes?

Dijo Lizette que se acercó de pronto a echarle un ojo a Lili porque Archie estaba ya cansado de corretear y jugar detrás de los niños.

-Seguramente. Aunque pobre de Lili. Terrence también heredó lo posesivo y celoso de Terry.

Ambas rieron, aunque a Terry el chiste no le hizo gracia.

-No, Egory, no te vayas. Calgame...

Ahora era Amy la que lloraba detrás del hijo de Eliza. El niño como tenía diez años y era el más grande del grupo, jugaba y cuidaba de los demás. La había estado cargando y girando por los aires, pero ya estaba cansado y Amy no parecía entender.

-Es que tú pesas, Amy. Yo ya me cansé.

Respondió Gregory y Amy se puso a llorar como nunca, con mucho sentimiento, bien ofendida. Alissa la miraba y se le acercó, pero Amy la manoteó, no quería saber de su amiguita en esos momentos.

-Amy, princesa, ¿tú por qué lloras?

Preguntó Terry yendo donde ella. Candy tenía una idea de lo que pasaba.

-Egory... Egory no me quere calgal.

Respondió la pequeña ahogada en llanto. Terry de pronto sintió que estaba viendo a Candy a esa edad. Las mismas pataletas, las mismas perretas. Señalaba a Gregory con su dedido acusatorio mientras lo veía cargar a su hermanita Alissa, no comprendiendo por qué a ella sí la cargaba.

-Ya, Amy, cielo. Gregory es grande. Ve a jugar con los otros niños.

Le dijo Candy, pero eso sólo encendió el coraje de la pequeña que se puso a patalear y a llorar más.

-¿Así que a Amy le gustan los chicos grandes? ¡Qué raro! Fíjate que ese comportamiento me recuerda a alguien...

-¡Terry! Tiene tres años y no tiene nada que ver con... ¡Olvídalo!

Exclamó irritada mientras Terry le devolvía la misma sonrisa cínica y burlona que hacía un rato ella le había dedicado. Como la niña seguía llorando, Gregory soltó a su hermana y fue hacia Amy.

-Ya no llores, Amy. Te voy a cargar.

Dijo el niño y comenzó a girarla en los aires mientras la pequeña reía. Había conseguido lo que quería.

-Tu hija sabe persuadir, Terry.

Le dijo Stear acercándose y maravillado de ver a su hijo siendo tan tierno con la pecosita. Siempre tan complaciente y protector, su papel de hermano mayor lo interpretaba a la perfección.

-Sí. Heredó lo manipuladora y necia de Candy.

Respondió Terry alzando la voz para asegurarse de que Candy lo escuchara. Amy mantuvo a Gregory por mucho rato haciendo su voluntad. El pobre sólo tuvo un respiro cuando llegó George con el pequeño Anthony. A sus cinco años, súper guapo como su difunto padre.

-¡Atony!

Gritó la pecosita safándose de los brazos de Gregory y corriendo hacia su primito. Candy también fue a recibirlo efusivamente. Adoraba ese niño. Era como si estuviera viendo crecer al mismo Anthony nuevamente. Así estuvieron todos por horas como una gran familia hasta que comenzó a oscurecer y se fueron despidiendo. Fue una tarde muy linda y amena. No había nada más glorioso que compartir entre amigos y familia y ver a los niños sonreir y disfrutar.

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Seis meses después...

Finalmente Candy y Terry dieron con la casa de sus sueños. Acababan de instalarse. Terry se encargó que quedara exactamente como Candy la quería. Tenía ocho dormitorios, cuatro abajo y cuatro en la parte de arriba. Estilo moderno, con un enorme patio, jardín y terraza. A pesar de lo grande, era cálida y acogedora. Para nada extravagante. Estaba pintada en blanco y azúl con hermosas puertas y ventanas francesas. Los niños estaban viendo televisión en el family room y Candy estaba en la cocina acomodando la vajilla que era lo único que faltaba. Terry la sorprendió abrazándola por la cintura.

-¡Terry! Me asustaste.

Le respondió feliz y girándose para besarlo. Él se quedó abrazándola. Un extraño sonido le llamó la atención.

-¿Qué es eso, Terry?

-¿El qué? ¿Esto?

Preguntó Terry haciéndose el inocente con una caja en la mano que tenía dos agujeros. Unos ladridos lo delataron.

-¡No!

Exclamó ella emocionda e incrédula.

-Sí. Aquí está justo el que querías.

Candy con emoción infantil abrió la caja y sostuvo al cachorro labrador blanco. Siempre quiso uno desde que vio la película "Marley and me".

-Es precioso, Terry. Precioso.

-¿Escuchaste, Marley? Ella piensa que eres precioso.

El perrito se movía inquieto y alegre. En lo que Candy jugaba con él y le hacía moriquetas, Terry fue por las demás cosas que había comprado para el perro. Los niños fueron corriendo hacia él y se le colgaron de las piernas, por poco se cae con todas las cosas encima.

-Niños, con calma. ¡Cuidado con...!

Demasiado tarde. Los dos pequeños entraron como un torbellino tirando al suelo varios platos que cayeron destrozados. El cachorro de pronto se asustó. Candy respiró profundo.

-Tranquila, Pecas, no fue nada. Niños, vuelvan a ver televisión. Candy, si quieres ve acomodando las cosas del perro donde mejor creas. Yo recojo este desastre.

Candy puso el perrito en el piso y graciosamente la seguía a todas partes y también a los niños que se morían por cargar al perro, pero al ver que por poco lo dejaban caer, Candy se les dijo que jugaran con él en el suelo. Obedientes los niños le pasaban algunos juguetitos que Terry había comprado especialmente para él. Ya por la noche, los niños estaban acostados, el perro había dejado de llorar y dormía en su camita plácidamente. Terry y Candy al fin tenían un momento de paz.

-¿Estás feliz, Candy?

-Claro que lo estoy, mi amor. Esta casa está preciosa. Te tengo a ti, a los niños y al perro. ¿Qué más puedo pedir?

-¿Más niños para llenar las cinco habitaciones que faltan?

Dijo él rozándole la nariz mientras la acomodaba en sus brazos ya en la cama.

-¿Quieres más niños, mi amor?

Le preguntó ella acariciándole el cabello mientras él descansaba la cabeza en sus pechos.

-Sí. Ya quiero que tengamos otro bebé. Quiero que todas las habitaciones estén llenas.

-¿Todas? Terry... serían siente niños...

-Tú me dijiste que me ibas a dar muchos hijos...

Le recriminó él y alzó la cabeza para disfrutar de la expresión alarmada de Candy mientras consideraba el asunto de los cinco niños que faltaban.

-Siete niños es mucho... Podemos tener dos o tres más...

-Ya, Pecas. Estaba bromeando. Tendremos los que tú quieras. Si no quieres más, está bien. Tenemos a Amy y a Junior...

Le dijo con una sonrisa. Pero eso tampoco dejó conforme a Candy. A ella también le gustaría tener más niños, al menos dos más. Ella haría cualquier cosa para complacer a Terry.

-Voy a tener a tu bebé, mi amor. Dentro de un año, tan pronto me gradúe encargamos el otro bebé.

-¿Tanto tiempo?

-No es tanto tiempo, mi amor. Un año pasa rápido. ¿Quieres que desfile con una panza en mi graduación?

Le preguntó ella y le sonrió. Él también la miraba devertido.

-¿Por qué no? Te ves preciosa.

Y comenzó darle besitos en la barriga, haciéndole cosquillas con su nariz.

-Ya, Terry. No me vas a convencer. Espera un año.

Respondió ella entre risas hasta que el sonido del teléfono los sacó de su burbuja de jabón. Terry contestó. Era Richard. Le estuvo raro que lo llamara a esa hora.

-Papá... ¿qué sucede? ¿estás bien?

Al escuchar la preocupación en la voz de Terry, Candy se incorporó y se sentó. Tratando de entender qué pasaba.

-¿La abuela? ¿Qué pasó con ella?

Continuará...


¡Hola niñas lindas! Espero que les haya gustado este capítulo. Estuvo un poco corto, pero era necesario. Ya estamos terminando esta historia. A partir del próximo ésto va a ponerse interesante, ya verán por qué.

Espero que hayan tenido un hermoso día de San Valentín. El mío fue espectacular. Al estilo Candy y Terry, jejeje. (No diré nada más)

Bueno, he estado actualizando tan pronto como me ha sido posible. Es que no saben las ganas infinitas que tengo de empezar ya mi próximo fic. Es que me lo estoy viviendo como si fuera real. Ojalá ustedes puedan compartir la misma emoción cuando lo lean.

Gracias a todas mis fieles lectoras por su gran apoyo. Especialmente a Kary Cruz y familia. Bienvenidos y gracias por sus hermosas palabras. Hasta yo terminaré en rehabilitación jejeje. Me la paso hablando sola y delirando con mis ideas y pensamientos en voz alta sobre mi próxima historia.

Bueno, bellezas, nos vemos pronto, más pronto de lo que piensan.

Su amiga,

Wendy Grandchester