Abril II

O

El de casarse, «las niñas caprichosas» y las indecisiones


I

Cuando llegó a su casa todo parecía estar en el mismo lugar en que lo había dejado, sin embargo un gran baúl a los pies de la escalera le hizo saber que sí, que por fin estaba en casa, de verdad. Cuando la puerta se cerró a su paso el estruendoso sonido resonó en todo el edificio y a su lado las paredes vibraron desesperadas. Y de repente una cabellera rubia apareció apoyada en una de las barandillas del piso superior.

–¡Charlie! –chilló su hermana con una sonrisa en los labios. No esperó respuesta alguna y la pequeña de las O'Connor bajó presurosa las escaleras y la abrazó con una fuerza que ninguna de las dos poseía.

–Hola Ciara –sonrió a su vez Charlie devolviéndole el abrazo.

–No sabes lo que te he echado de menos –musitó sobre su cuello.

–Yo también –volvió a contestar.

Oyó el murmullo de voces en el salón y temiendo que fueran su abuela y sus padres, le hizo una señal a su hermana y se apresuraron escaleras arriba hasta la habitación de Charlie. Ésta se encontraba del mismo modo que la había dejado, pero en ella se respiraba un olor a rancio que intentó despejar abriendo enseguida las ventanas.

Se quitó los zapatos y abrió el armario, mientras su hermana se apoyaba en la cama de matrimonio que presidía la habitación.

–Así que Sirius vino a verte –comentó casual la mayor mientras deshacía la bolsa con sus pertenencias.

–¿Cómo lo sabes? –se enrojeció la otra.

–Los rumores vuelan –se limitó a contestar. Se acercó al lado de la cama que su hermana ocupaba y soltó un suspiro–. Pensé que –

–Le dije que le quería Charlie –la cortó–, y sé que quiere estar conmigo.

–¿Cómo estás tan segura?

–Sólo lo sé –se encogió de hombros–. Quiero huir, quiero irme Charlie, no soporto nada de esto.

–Ciara –murmuró Charlie desolada, abrazando a su hermana por los hombros–, no sé cómo quieres que te ayude.

–La abuela nos vio, sabe que algo ha pasado, y desde entonces no me ha dejado vivir. Necesito que hables tú con él.

–Estás loca, yo no puedo hablar con ese imbécil –puso cara de asco, y sin embargo su corazón se achicó al tamaño de un grano de arena.

–Por favor Charlie, necesito hablar con él –le suplicó–. Él sabrá cómo ayudarme.

–Ciara no sé si –

–Charlie –sollozó y la miró con sus profundos ojos verdes.

–Está bien, veré lo que puedo hacer –se resignó la mayor entrecerrando los ojos y recibiendo un abrazo presuroso de parte de su hermana.

Sintió su calidez en su cuerpo y contuvo las lágrimas que estaban a punto de salir. ¿Por qué no podía parar de sentirse culpable? Porque era culpable.

Charlène la había engañado, a su propia hermana. Se había dejado engatusar por todo lo que sentía, y ahora tenía que pagar viendo en otra la felicidad que ella quería para sí misma. Porque muy en el fondo lo sabía, sabía que Sirius no había dejado de pensar en un mísero momento en la pequeña de las O'Connor, sabía que ella se había convertido en el sustituto más próximo a lo que verdaderamente él más ansiaba.

II

Cuando sonó el despertador al lado de su cama se sonrió, porque al fin y al cabo, si no quería, no tenía por qué levantarse. Permaneció en la cama al menos una hora y media, antes de decidirse a salir de su habitación, para asearse y desayunar. Sus padres y su hermana ya habían salido pronto esa mañana y por lo tanto tenía la casa para ella sola, como solía pasarle a menudo.

En la cocina, frente a su completísimo desayuno, aparecieron casi seguidas dos lechuzas, una enorme y la otra menuda; sólo con verlas pudo reconocer a sus dueños, y por tanto, a los dos remitentes de las cartas que ambos animales dejaron sobre la encimera de la cocina.

Esas dos cartas se quedaron toda la mañana en la cocina, no se vio capaz de abrir ninguna de las dos, y mucho menos contestarlas. A pesar de seguir cerradas, ello no impidió que su día se tornara un desastre, porque por mucho que intentaba evitarlo, las cartas seguían pululando en su mente, y no le permitieron realizar todo aquello que había planeado para aquel día.

Fue a la hora de la cena cuando el Señor Evans advirtió la correspondencia de su hija en la encimera. Petunia acababa de llegar al hogar y estaban todos en movimiento, unos preparando la mesa, otros preparando la cena. Las hermanas ya se habían sentado y la Señora Evans estaba sirviendo los platos, cuando el padre le tendió a su hija ambas cartas –antes habiendo comprobado dichos remitentes– a lo que Lily le miró sobre su asiento.

–¿Quiero saber por qué dos caballeros están cortejando a mi hija? –preguntó con sorna.

–No me están cortejando –se limitó a contestar y volviendo la vista a su plato.

–Mejor –volvió a decir con una sonrisa.

La cena no volvió a contar con ningún altercado ya que sus padres decidieron interesarse más por aquello que Petunia tenía que decir sobre un tal Vernon Dursley.

Más tarde, cuando toda la familia se encontraba en sus respectivas habitaciones, Lily –incapaz de dormirse– bajó a la cocina en busca de algún tentempié dulce, quizás de chocolate, que llevarse a la boca. En la cocina volvió a encontrarse las malditas cartas con las que no quería tener que lidiar, sin embargo se atrevió y las cogió, con intención de leerlas en la cama.

A pesar de haberlas subido a su habitación, jugueteó con ambas cartas antes de decidirse a abrir ninguna. No sabiendo cual escoger primero, cerró los ojos y abrió una al azar que resultó provenir de Barry.

Durante toda la carta, Elliott parecía desesperado, como intentando llamar la atención de una Lily a la que sentía que estaba perdiendo con el paso de cada segundo. Lily, ya de por sí nerviosa, se revolvió en la cama y se sentó en el escritorio, dispuesta a acabar con todo, escribir una carta, explicarle, hablarle, decirle. Pero no le salían las palabras. ¿Qué podía escribir?

Estaba tan aterrada de hacerle daño, y más aún por algo de lo que no estaba cien por cien segura.

Sin embargo después de escribir cientos, miles, de saludos diferentes, empezó una carta quilométrica que llenaba con párrafos que se escribían solos. A pesar de encontrarse a rebosar de palabras, la carta no decía nada, sólo le pedía verle, un cara a cara, en el que iba a explicarle, hablarle, decirle. El qué ya lo pensaría en el momento.

Ella sólo era consciente del peso que llevaba en el pecho, del que no se podía deshacer y el cual la estaba matando a ella, y a los que estaban a su alrededor.

Con todo, y a pesar de haber contestado y leído una de las cartas, la otra, la que James le había enviado, seguiría en la cama el resto de la noche, sin abrir, hasta caerse por el hueco de la pared; hasta quedarse olvidada durante años entre el polvo que se formaría debajo de la cama.

III

Ciara contaba las veces que masticaba, se concentraba en presionar los dientes sin olvidarse de saborear bien la comida, todo con tal de no atragantarse. Dejaba caer los párpados como si le pesaran demasiado, como si estuviera a punto de dormirse; sin embargo su mente estaba ávida, absorbiendo todo lo que escuchaba en la mesa. Estaba aterrada, muerta de miedo y creía ser descubierta en cada mirada que mandaba, en cada silencio que callaba, en cada movimiento que cometía.

Su hermana a su lado también callaba, pero su actitud era más plana, sólo en ella se mantenía la preocupación y una desesperación sutil que pasaba totalmente desapercibida. Mientras que la pequeña de las hermanas se concentraba en comer, la mayor prefería juguetear con la comida sobre el plato.

–¿No te agrada el estofado, Charlène? –le había preguntado su abuela a los cinco minutos de sentarse viendo que su nieta no había tocado el plato. En su voz, su nombre resonaba con el acento francés –del cual desgraciadamente su abuela no disponía– y que era propio del mismo. Ella sólo se había encogido de hombros.

La mecánica de los días pasados se había limitado al libre albedrío durante el día, seguido de comidas familiares silenciosas, y las tediosas cenas cargadas de política. Sin embargo la llegada del tío Dalaigh a Nordwich alteró a sus habitantes y las costumbres llevadas hasta aquel momento.

No era un secreto para nadie que Dalaigh O'Connor jugueteaba con la idea de unirse a las filas de Lord Voldemort. Aún se consideraba joven y creía ser poseedor de una verdad que estaba muy lejos de serla. Su decisión aún estaba en el aire, siendo alentado por su madre y desanimado por su hermano mayor. Sus sobrinas lo miraban acongojadas de pensar en él, quien siempre había sido su tío cariñoso, entendedor, convertido en un arma para luchar contra aquello que ellas defendían desde lo más hondo de sus pulmones.

–Dime Dalaigh –empezó Úrsula O'Connor hacia la mitad de la cena–, ¿has tomado ya una decisión? Ten en cuenta que esta vacilación puede tomarse en consideración en tu contra.

–Madre –advirtió el mayor de los hermanos, cortando la respuesta de Dalaigh y mandándole una mirada de advertencia en referencia a Ciara y Charlie.

–Cormac –se escandalizó mirando a su hijo–, creo que va siendo hora de que ellas tomen una postura en este asunto. Más –se volvió, mirando a ambas hermanas–, teniendo en cuenta los acontecimientos que se han dado estas últimas semanas.

–¿Qué acontecimientos? –se atrevió a preguntar Charlène.

–Nolan McGuire ha pedido la mano de tu hermana –se limitó a contestar. El estruendo de unos cubiertos golpeando la fina porcelana a punto de romperse resonó en la habitación, seguida de un estridente silencio.

En seguida, Ciara se arrastró con la silla y salió pitando escaleras a arriba, seguida muy de cerca de su madre.

–Eres una fanática –le dijo Charlie a su abuela, mientras se levantaba de la mesa, con una mirada que rozaba el asco.

–Ni se te ocurra faltarle el respeto a mi madre en mi propia casa Charlène –le advirtió su padre, con un dedo amenazador.

–Déjala hablar Cormac –le cortó su madre, con una sonrisa en los labios–. Oh Charlène, estás muy equivocada. ¿Crees acaso que soy estúpida? Veo igual que lo que ven tus ojos. ¿Crees que no sé quién es Sirius Black? ¿Qué no sé qué relación tiene con vosotras? –preguntó, entendedora de muchas cosas que no iba a pronunciar sobre la mesa. Charlène le sostuvo la mirada, luchadora, dándole a entender que no le importaba lo que pudiera decir de ella. Sin embargo, a pesar de su valor, Úrsula entrevió el miedo en sus ojos y eso le bastó para continuar–: Claro que lo sé, como también sé que estás muy perdida, mi querida Charlène. Yo no saqué a Ciara de Hogwarts, sin embargo acudió a mí.

–No puedes obligarla a que se case, ni siquiera es mayor de edad –le refutó Charlie, escasa de argumentos.

–No, es cierto –admitió–, pero tienes que saber que cuando ella aceptó vivir en mi casa, aceptó mis reglas.

–No la obligues, abuela –suplicó, ahora sí. Se acercó unos pasos a la mesa, y vio como su tío y su padre las miraban perplejos ajenos a la información que se había perdido entre líneas.

–Ni en mis próximas cien vidas haría eso –se escandalizó, colocando los codos sobre la mesa–, sin embargo no puedo permitir, como madre y abuela, que esté bajo la tutela de nadie. Cormac no está nunca en casa –señaló a su hijo–, y Lorianne está totalmente incapacitada. Va a volver a Irlanda –sentenció.

–Está bien, lo comprendo –asintió con la cabeza la rubia–, pero no la obligues a casarse con McGuire.

–Te he dicho que no lo haré –Charlène estaba por marcharse del comedor, cuando la voz de su abuela la retuvo–. Pero tienes que entender que estamos rompiendo lazos con una familia muy antigua en Irlanda.

–Me da igual.

–A mí no –le espetó con rapidez y continuó–: ya no eres una chiquilla, y sin embargo sigues sin comprender cómo va el mundo.

–¿Qué quieres decir? –Charlie frunció el ceño.

–Que me debes un favor, Charlène.

La chica asintió con la cabeza y se encaminó escaleras arriba, ignorando la llamada de su padre. No se atrevió sin embargo a cruzar el umbral que la separaba del dormitorio de su hermana. En el interior podía escuchar el rumor de dos sollozos acompasados, además del murmullo de dos voces hiposas.

Dos cabezas rubias se volvieron hacia el sonido de la puerta cuando se abrió. Charlie pudo ver que además de su hermana, su madre también estaba llorando. Dos lagrimones le descendían por la cara en una caída libre hasta el cabello de su hermana.

Su abuela tenía razón: su madre seguía siendo una veinteañera que no había crecido, que lo había tenido todo y a la que se lo habían quitado todo después. Era sabido entre la alta sociedad que la francesa Lorianne había llegado a Inglaterra como la prometida de un embajador irlandés, instigada únicamente por el dinero que su apellido noble no le daba. Se había convertido en la mujer de un hombre, alcanzando sus deseos de poder y dinero, pero olvidándose de su voz, de su voto y de sus más profundos sueños.

Charlène alcanzó los pies de la cama y se sentó al lado de su hermana, abrazando a su madre por el regazo. Las tres se quedaron encerradas, permitiéndose llorar y reconfortándose las unas a las otras. Esta vez, no escucharon el chasquido de la puerta, aunque sí que oyeron el crujir de unos pies grandes sobre el parqué. Las tres a la vez, observaron como la grande figura de Cormac se acercaba a ellas y se sentaba al lado de Lorianne, abrazando a las tres mujeres de su vida.

–Ciara –se aclaró la garganta, la chica alzó la cabeza, y su padre se encontró con su mirada verde llorosa–, no quiero que pienses tan mal de mí como para pensar que daría mi consentimiento sin el tuyo antes –su hija le sostuvo la mirada–. Pero no quiero que dejes de pensar que es una gran oportunidad para ti. Es tu decisión pequeña.

–No quiero papá –le contestó negando con la cabeza en un acto reflejo.

–Está bien Ciara –su padre la rodeó con sus brazos por los hombros y la estrujó. Dejó un beso olvidado en su frente y se agachó para besar a Charlène también, aunque le mandó una mirada reprobatoria y de consecuencia.

Padre y madre dejaron a las niñas en la habitación, con la puerta cerrada. Charlène aprovechó para ocupar el lugar que sus padres habían dejado libre y se aclaró la garganta como al principio habría hecho su padre.

–Tienes que volver a Chapelizod Ciara –murmuró.

–¿Qué? No Charlie, ya has oído a la abuela –

–Precisamente por eso –la interrumpió–. Créeme, es lo mejor.

–No Charlie, no.

–Hazme caso por una vez, ¿quieres? –le espetó, con la voz más dura, más enfadada.

–Charlie…

–De verdad, te prometo que no te atosigará, hemos hecho algo así como un trato –dudó–. Dame crédito hasta el verano Ciara, luego haremos lo que queramos.

Ciara asintió de nuevo con las lágrimas en los ojos. Sin embargo el convencimiento de Charlie no dudaría mucho, porque las promesas se pagan; y los planes se truncan.

IV

Quizás fueran los nervios lo que sentía revolviéndose en su estómago. Miraba el reloj de la pared como si el mero hecho de observarlo hiciera que el tiempo pasara más deprisa. Si Fabian o Gideon le hubieran visto en aquel momento, con las rodillas temblorosas y con la respiración agitada, probablemente hubieran pensado que era un marica. El sonido del timbre lo sacó de su ensoñación momentánea.

Una pelirroja despampanante con las manos en los bolsillos, mirándose las zapatillas, le esperaba en la puerta.

–Hola Elliott –fue lo que le dijo cuando traspasó el umbral.

Sin embargo, él no se enredó en saludos inútiles, y se aprovechó de su vacilación para cogerla por la cara y estamparle los labios, desesperado.

Lily le respondió al acto, respiró fuerte por la nariz, y movió los labios con los suyos, abriendo la boca, buscando la lengua con la suya. Le mordió el labio inferior y se separó unos centímetros, acariciándole la poca barba que le salía en la barbilla.

–Me gusta cuando no te afeitas –le dijo con una sonrisa torcida.

–En realidad no lo hago para joder a mi padre –le devolvió la sonrisa y la besó fugaz en los labios–. Vamos, ven.

La cogió de la mano y la llevó al salón, donde ambos se sentaron muy pegados en el sofá. Jugueteó con los dedos de ella, mientras le hablaba.

–¿Cómo estás?

–Bien –se limitó a contestar, encogiéndose de hombros–. ¿Y tú?

–No sé –admitió, espatarrándose algo más en el sofá–, tener a Niki por aquí es raro; me había acostumbrado a vivir solo, ¿sabes?

–Ya –murmuró–, ¿y Erika?

–En casa de su abuela en Cardiff, con Amanda –volvió a encogerse de hombros–. Mi padre no lo lleva muy bien.

–Lo siento –contestó Lily mordiéndose el labio, temerosa.

–No pasa nada, son cosas de la vida supongo –a pesar de su tono, Lily entrevió una sonrisa en sus labios que pronto se vio convertida en una mueca–. Lily –le dijo, acariciándole el brazo, a lo que ella le miró a los ojos totalmente hipnotizada–, ¿qué nos ha pasado?

La pelirroja no le respondió, porque aunque en un principio había querido decirle muchas cosas, en aquel momento no le salían. No podía mirarle a la cara y confesarle todo lo que quería, porque en sus ojos veía la tristeza y el dolor de alguien que se lo guardaba todo dentro, de alguien que hablaba y hablaba sin parar, pero que no decía nada. No podía hacerlo porque en él se veía a sí misma y podía sentir todo lo que sentiría.

–Nada –respondió con una sonrisa y una mirada dulcificadas–. Nada, no nos pasa nada –le acarició de nuevo la barbilla áspera en un suave movimiento, atrayéndolo hacia ella hasta descansar los labios sobre los suyos.

Tuvo que contar hasta tres antes de decidirse a profundizar el beso, cosa que hizo después de la insistencia que notaba en la boca de Elliott. Le dejó pues, que le lamiera los labios, que le besara la boca, hasta que respiró agitado, hasta que la acarició sutil por debajo de la camiseta, encontrando su piel.

Se dejó recostar sobre el incómodo sofá, le dejó posicionarse entre sus piernas, se dejó besar el cuello, permitiéndole marcarla en un mordisco. Le sintió acariciarle el vientre con sus manos, subiéndole a cada paso más la camiseta, acercándose al encaje de su sujetador. Le sintió tocarla por debajo de la prenda, soltando un suspiro sobre su boca.

Y luego su mano bajó, hasta la hebilla de su cinturón; y su pecho subía y bajaba desesperado, no emocionado, sino preocupado; y su cara se convirtió en un puzle porque su mente se había quedado en blanco.

Sin embargo los dioses regidores del universo le dieron un respiro ya que dos «pops», uno detrás del otro, resonaron en la habitación, seguidos de «ohs» y «uhs» procedentes de dos voces graves y acompañados de sonoras carcajadas.

–¿Interrumpimos algo? –dijeron Fabian y Gideon Preweet a la vez, desternillándose de risa.

–Iros a la mierda, ¿queréis? –sonrió a su lado Elliott, irguiéndose del sofá y ayudando a Lily a adecentarse.

–Vaya –dijo Gideon–, la «Prefecta Perfecta».

–Aunque si te da lo tuyo Williams –añadió Fabian con una sonrisa–, no debe ser tan «perfecta».

–Callaros un rato, por favor –sonrió de nuevo Elliott, esta vez levantándose y abrazándose a sus dos amigos, a los que hacía tres semanas que no había visto debido a la misión que estaban llevando a cabo para la Orden.

–Cuidado Williams, si no fuera porque tu chica estaba medio desnuda hace un rato, cualquiera dudaría de tu hombría.

Y desde ese momento la habitación se llenó de risas, pero ninguna escapó de la boca de Lily Evans, que se sentía muy alejada de todo lo que la rodeaba. Se sintió la pieza de un puzle que no encajaba de ninguna de las maneras, que su sitio estaba muy lejos de allí, a miles de quilómetros.

Sin embargo se sintió segura, protegida. Sintió que todo era más fácil, sentada entre los grandes brazos de Elliott que la rodeaban y sus manos que siempre la tocaban temerosas de que en cualquier momento pudiera desaparecer.


N/A: ¡Buenas tardes desde las vacaciones de Pascua! Siento haber tardado un poco más, pero es lo que hay, aunque no os preocupéis, cada vez quedan menos capítulos (si sois curiosos: seis exactamente), que van siendo finalizados poco a poco y a los que pronto podré dedicar bastante más tiempo (específicamente desde la mitad de Junio). En fin, ¿se han comentado cosas importantes en este capítulo? ¡Sí! Tenemos una idea de por qué Lily está tan indecisa, ¿pero y quién con dieciocho añitos no lo está? No tiene ni idea de lo que realmente quiere, contrario a Charlie y a Ciara que sí que saben lo que quieren aunque es lo mismo, y como siempre, la que parece ceder ante todo es Charlie (¿Será así siempre?) Y por supuesto tenemos un poquito más de Úrsula, la bruja piruja que no las deja ser felices, y de los padres de las dos. Más en el próximo capítulo, (en el que se desentrañan muuuuchas cosas más), titulado «El de los reencuentros, los nuevos amigos y el de "desvelar el pastel"», el cual no sé cuándo tendré tiempo de subir. Que tengáis unas buenas vacaciones (si es que las tenéis tan fantásticas como las mías jajajaja), y después de esta laaaarga nota me despido. Viva la vida, Clara.

P.D. Muchísimas gracias por vuestros fantásticos reviews (y hits silenciosos). You make me happy. Si queréis hacerme un poquito más feliz, ya sabéis.