Capitulo 24
Cuatro caballeros siguieron el tronar de los caballos de Edward, Jacob y Lord Charlie al bosque. Cabalgaban como guerreros dispuestos a la batalla, sus rostros reflejaban una denodada determinación, severos y poderosos, listos para ani quilar a sus enemigos con un solo movimiento de sus poten tes espadas. Sólo la presencia de Caos y la ausencia de yelmos y armaduras revelaban que cabalgaban hacia una cacería y no a una batalla.
La decisión de esperar la protección de la noche y llevar só lo un perro había sido idea de Jacob. Su mente bien entre nada y táctica razonó que Bella había sido capturada por una sencilla razón, para hacer que Edward la siguiera. El rostro de Edward se mantuvo frío e indescifrable cuando el duque le explicó que creía que eran Tanya de Denali y sus hombres los que habían herido a Jasper y se habían llevado a Bella.
—Planean asesinarte, inventar un cuento para Dimitri so bre tu traición, que él estaría más que feliz de creer si esta fan tasía de ellos tuviera siquiera una remota oportunidad de rea lizarse.
—Voy a matarlos uno por uno —había prometido Edward con mortífera seguridad.
—Oui —asintió Jacob, estaba de acuerdo con el plan. Luego prosiguió: —llevamos un perro para que nos ayude a encontrarlos, después lo mantenemos callado mientras nos acercamos.
Edward estuvo de acuerdo.
—Rescatamos a Bella, luego masacramos al resto.
La noche descendió más temprano en el bosque sobre arboles de troncos pálidos que elevaban sus incontables y casi desnudas ramas al cielo. La escarcha colgaba de las hojas marchitas, pero Edward no sentía el frío bajo su capa negra. Impulsó a su caballo con fuerza y rapidez; la furia había encendido un fuego dentro de él que no sería extinguido hasta que todos los captores de Bella estuvieran muertos. No dudaba de que la rescataría viva. No podía dudarlo, porque si lo hacía, lo único que le quedaría sería hundir su propia espada en el corazón después de matar a Tanya.
No les llevó a los hombres mucho tiempo encontrar el cam pamento de Tanya. Desde la distancia se podía ver el humo elevándose sobre la bóveda de los árboles.
—Idiotas —sonrió Jacob salvajemente.
—Puede ser un truco —advirtió Lord Charlie.
—Non —el duque normando sacudió la cabeza volviéndo se hacia el padre de Bella—. Tuvieron que prender una fo gata. Está helando. Si no están allí, están congelados.
—Están allí —acordó Edward—. Caos nos guía —señaló al galgo que había salido corriendo en la dirección del humo, luego se detuvo a mirar impaciente a los jinetes que se demoraban.
Sin esperar a sus compañeros, Edward agitó las riendas y ca balgó con Jacob y los demás que lo seguían de cerca.
Tanya caminaba de un lado al otro alrededor del fuego co mo una bestia en celo, se retorcía las manos bajo la gruesa la na de su capa. Cada tanto el sonido de un animal corriendo por la maleza desviaba su atención de Bella.
— Él ya tendría que estar aquì. Lo escuché decir que te amaba. ¿Por qué no ha venido?
Los ojos de Bella buscaron entre los árboles intentando vislumbrar cualquier signo de movimiento.
—Escuché al bastardo decir que no ama a nadie —dijo Félix con voz ronca ajustando la espada a su costado—. Tal vez no le importa si ella vive o muere. El fuego lo traerá directamente hasta nosotros si llega a venir, de todos modos.
—Déjalo encendido —Tanya lo miró con rabia—, cuan to antes muera, más rápido podremos regresar con Dimitri.
Bella cerró los ojos tratando de evitar que vieran sus lá grimas. Tal vez tenían razón. Tal vez ella no le importaba a Edward. Él había asegurado que nunca le importaría. Pero no podía evitar el recuerdo de sus ojos cuando la miraba, el bri llo de su sonrisa genuina, el modo en que su mano se cerraba sobre la de ella, y las palabras que le había dicho la noche an terior. Vendría a buscarla. Vendría con su padre y con Jacob. Y caerían directamente en la trampa de Tanya. De repente se le cruzó una idea por la cabeza, sorteando el pánico que le apretaba una vez más el estómago... una manera de salvar a todos los hombres que amaba.
—Edward no vendrá a buscarme, Tanya. Tú lo has destrui do. Él no me ama. No puede amarme.
Tanya se detuvo en su ir y venir y miró a Bella con los ojos entrecerrados.
—Dijo que te amaba, yo misma lo escuché.
Bella sacudió la cabeza.
—¿Sabes por qué vino Jacob aquí? Para comunicarle a Edward la orden de que me tomara como esposa —respondió antes de que lo hiciera Tanya—. Edward prefería comenzar otra batalla antes que casarse conmigo. Les dijo a Jacob y a mi padre que nunca me amaría. —Las falsas lágrimas de Bella ardieron en su piel y brillaron como la escarcha en sus mejillas. — Hice todo lo que pude, pero no logré que me amara. No vendrá, así que mejor me matas ahora mismo y te vas.
A unos metros de distancia, escondido detrás de unos densos arbustos de moras y grosellas, Edward escuchaba el testimonio de Bella y un temblor atravesó su alma. Juró pasar el resto de su vida convenciendo a su esposa de que la amaba.
En la oscuridad Edward giró hacia Jacob y asintió con la cabeza. El duque se colocó la capucha de su capa negra sobre la cabeza y salió de los arbustos arrastrándose en silencio, se mimetizaba con las sombras y los hombres de la partida de Tanya. Pasó inadvertido cuando se sentó en un gran tronco cortado y comenzó a tallar una rama seca con la daga. Pronto otra figura tan oscura como la primera ingresó al pequeño cla ro como un fantasma, con la capa y la capucha firmemente ajustada contra el cuerpo para protegerse del frío.
—Esperaremos hasta el amanecer y luego la mataremos y regresaremos con el rey Dimitri —dijo Tanya malhumora da, sabiendo que Bella probablemente tuviera razón. Nada había resultado como lo había planeado de todos modos, y Félix ciertamente tenía razón acerca de Jacob. Los norman dos atacarían Inglaterra si algo le pasaba al duque bastardo. Tal vez el rey igual la recompensaría. Le diría que Edward ha bía asesinado a su esposa, y una vez que la noticia llegara a los nobles sajones, el resultado sería el mismo. Edward sería ase sinado y el rey tendría sus tierras y ella las suyas.
Con un gruñido digno de un animal salvaje, Tanya pateó tierra en el fuego. Las llamas danzaron reflejando sombras a lo largo de los gruesos troncos, sobre el suelo nevado, y sobre los hombres, cayo número se había triplicado.
Félix se puso de pie ajustándose la capa alrededor de los hombros.
—Tengo frío y necesito el calor de una mujer —sus ojos se dirigieron hacia Bella, con un párpado colgando sobre su pupila oscura. Sonrió—, la tomaré a ella, Tanya, y si me interrumpes, te tomaré también a ti... antes de matarte.
—Puede que todavía él aparezca, Félix —Tanya lo miró con rabia—. ¿Por qué no esperas y lo obligas a observar?
—No, tengo frío ahora —dijo el caballero de la piel mar cada aferrando a Bella.
—Tengo el presentimiento de que entraré dentro de ti muy cómodamente —la mirada lujuriosa de Félix con su explíci ta intención hizo temblar a Bella, que cayó de rodillas, pero él dio un paso atrás con una mueca burlona—.Tal vez sólo te rompa en pedazos.
Detrás de él se elevó una sombra. Jacob se echó la capa sobre los hombros. En menos de lo que le llevó inhalar, el du que de Normandía liberó su espada. Resplandeció a la luz de la luna por un instante y luego desapareció en la espalda de Félix.
—Y tal vez no lo hagas —dijo Jacob secamente mien tras observaba al hombre caer.
El tiempo pareció detenerse mientras el duque levantaba su mirada de humo hacia Bella; luego giró tan rápidamente que los pliegues de su capa se elevaron y chasquearon contra sus piernas.
—¡Tanya! Ma cher! —exclamó con ironía mientras el bosque cobraba vida a su alrededor—, qué placer verte de nuevo.
De repente las capuchas fueron echadas hacia atrás revelan do rostros que Tanya había visto en el castillo, incluyendo el de Lord Charlie. Pasó un momento hasta que la sorpresa que inmovilizó a sus hombres se desvaneció de sus rostros, y en la luz de la fogata, Bella observó los ojos de Jacob que brillaban con la excitación de la batalla mientras chocaba el ace ro de las espadas.
El arma del. duque se hundía con destreza y sin esfuerzo en el vientre de los atacantes que se le acercaban. Antes de que su víctima cayera al suelo, Jacob retiraba la espada, le lim piaba la sangre en la capa del hombre y la volvía a envainar con la misma rapidez con la que la había sacado. Estudió la peque ña batalla con una sonrisa satisfecha, luego se volvió hacia la joven.
—¿Estás bien? —sacó una daga de su bota izquierda y co menzó a cortar las cuerdas para liberarla.
—Sí —ella respiró profundamente. En el momento en que sus manos estuvieron libres echó los brazos alrededor de su cuello y se colgó de él.
—Oui, la más bella de todas las mujeres —el tosco guerrero normando cerró los ojos contra el cabello cobrizo de Bella. Había una ternura paternal en el peso aplastante de sus brazos al sostenerla, y tanto alivio en la profunda exhalación que es capó de su garganta que pareció más un gruñido que un sus piro—. Gracias a Dios que estás bien.
—¿Jasper está vivo?
—Oui, lo está. Cuando lo dejamos, tres de tus doncellas lo estaban atendiendo como huérfanas carentes de amor.
—¿Dónde está Edward? —preguntó Bella cuando la soltó.
El duque se desató los lazos del cuello y con un movimien to de la muñeca echó a volar su capa alrededor de la joven. Señaló hacia una sombra que se movía como un borrón por la velocidad con la que luchaba.
—Està allí. Es el que maneja la espada que derrama màs sangre. Merde, pero si es un bastardo despiadado, ¿verdad? — Jacob parecía escandalizado pero su sonrisa contaba una historia muy diferente sobre lo que pensaba de su ami go preferido.
Bella miraba luchar a su esposo. La espada de Edward bri llaba salvajemente al descender, cortando el aire y derramando sangre en todas direcciones. Si su furia no hubiera sido tan aterradora, habría sido hermoso de observar. Era tan seguro, tan rápido, tan letal mientras giraba balanceando su pesada espada en ambas manos. Sus ojos resplandecían en la oscuridad, despiadados en su destrucción, como una indomable pasión liberada. Y aunque ante un enemigo él era una pesadilla hecha realidad, para Bella era admirable y magnífico.
—Yo lo entrené —dijo Jacob con orgullo.
Detrás de su enorme figura, se sentía totalmente protegida de la lucha que tenía lugar a su alrededor y le lanzó al duque una rápida y sardónica mirada de reojo.
—¿Usted no tendría que estar peleando junto a él?
—¡Pero si ya no queda prácticamente nadie contra quien pelear! —arguyó Jacob mostrándole con un gesto el peque ño campo de batalla.
Bella señaló a Tanya, que estaba a punto de montar en su caballo y huir. Jacob sonrió con malicia y salió tras ella.
Sólo dos de los hombres de Tanya quedaban vivos y Lord Charlie los estaba despachando rápidamente cuando Edward bajó la espada y volvió sus ojos salvajes hacia su esposa. Instantáneamente su mirada se suavizó. Sus ojos la llamaban desde el otro lado de la hoguera. Sus hombros tensos se relajaron co mo si el solo verla lo hiciera humano otra vez.
"Hice todo lo que pude, pero no logré que me amara".
Pero sí te amo, Bella. Su corazón le gritaba.
Se hizo camino hasta ella sobre los cuerpos y las ramas, ansiando tomarla en sus brazos y decirle que significaba mas para él que la vida misma.
Estaba a centímetros de distancia cuando una figura saltó desde los árboles detrás de Bella. El terror consumió completamente a Edward al ver el brazo que rodeó el cuello de su esposa. La daga al final del brazo brilló sobre su garganta. La espada de Edward se alzó como un trueno. Ambas manos sostenían la empuñadura paralela a sus hombros y a la altura de los ojos.
—Suéltala y no te cortaré en pedazos —le prometió Edward a su captor. Su voz era baja y más letal que cualquier arma for jada a fuego. La punta de su espada permanecía tan quieta que parecía ser una ilusión óptica.
El atacante de Bella sacudió la cabeza mientras Lord Charlie y los demás se acercaban lentamente detrás de Edward.
—Dame un caballo y tiempo para huir o la mataré en se guida —replicó su atacante.
Silencio. Edward estaba inmóvil. Sus ojos ardían como te rribles llamaradas. No hubo una sonrisa ni brillante ni calcu ladora cuando habló, sólo una ira tan negra que cortaba el aire mismo al pasar por sus dientes apretados.
—Suéltala ahora.
Un temor salvaje cruzó el rostro de su atacante. Frunció el ceño, listo para matarla.
—Que así sea —presionó más fuerte la daga sobre el deli cado cuello.
Edward sólo gruñó. Con la velocidad de un rayo que sobre saltó hasta a Lord Charlie, su espada voló como una flecha lanzada directamente desde el arco. Cortó el aire silbando a un cabello de distancia del rostro de su esposa y atravesò la garganta del atacante con tal fuerza que lo clavó en el arbol ubicado a sus espaldas.
Cada fibra del cuerpo de Bella se deshizo al volverse len tamente para ver lo cerca que el filo había pasado a su lado. Luego miró a su esposo y se desmayó.
Lo primero que advirtió Bella cuando despertó fue el ca lor del cuerpo de Edward. Estaba recostada sobre su falda. Edward le acariciaba el cabello, como si fuera más preciosa pa ra él que el aire que llevaba a sus pulmones. Ella abrió los ojos y él bajó la cabeza y le sonrió, y luego frunció el ceño.
—Discúlpame por asustarte. El filo de mi espada jamás te hubiera rozado —le susurró.
Alzando los dedos hacia su áspera mandíbula, Bella de jó que su mirada recorriera el rostro de su esposo. Sus ojos le hablaban inundándola con la pasión que ella ansiaba. Con su perfecta mirada, él le revelaba su temor de perderla y su des bordante felicidad por tenerla. Le hablaba de una necesidad masculina de protegerla, no porque le perteneciera, sino por que ya no podía vivir sin ella. Y en la serenidad del momento que pasó dulcemente entre ellos, los ojos de Edward le dijeron cuán to la amaba.
—Sé que nunca hubieras dejado que me hiciera daño, Edward —le dijo suavemente.
El remordimiento cruzó sus ojos.
—Pero te he hecho daño, Bella. Nunca fue mi intención.
—Edward...
—Non —lasilenció inclinando su rostro hasta el suyo—, sólo bésame y deja que te dé mi corazón — trazó el contor no de su sonrisa con los labios—. Te amo, Bella —sus labios eran la luz del sol y la oscuridad al mismo tiempo, una tierna caricia y un ansia primitiva al atraerla más y más profundamente hasta que ella sintió el latido de su corazón y lo tomó.
