Capítulo 25
Lothíriel se sentía desconsolada se había puesto en tela de juicio su buena fe e incluso su integridad. ¿Realmente los elfos los percibían de esa manera a sus padres y a ella? La culpa se había instalado nuevamente en su corazón, el Consejero Real tenía razón, su cobardía había negado a los reyes la posibilidad de salvar sus vidas y, en consecuencia, había provocado un hondo dolor al elfo que decía amar…
-Aran Thranduil y el Honorable Tribunal demandan su presencia en la sala del trono.- anunció uno de los guardias reales sacando de sus pensamientos a los presentes.
El Honorable Tribunal esperaba en el salón del trono, los enjuiciados, testigos, familias y audiencia ingresaron en silencio, se acomodaron en sus respectivos asientos. Enseguida se volvió a abrir el gran portón, entró el Rey del Bosque Verde y todos los presentes se pusieron de pie observando la majestuosa presencia del elfo sinda subir al trono.
-El Tribunal ha tomado una decisión. Lothíriel te encargarás de todas las gestiones relacionadas con el pueblo del Valle, organización, orientación y cuidado; entre hombres y elfos. Hasta que sean capaces de reconstruir su hogar, mientras tanto, no podrás abandonar el bosque, bajo ningún punto de vista, hasta en tanto no hayas concluido con tu tarea. Me reportarás directamente. Dejarás la iniciación de los elfos hasta nuevo aviso.- dictaminó seriamente el Rey Thranduil. Lothíriel bajó la mirada al escuchar esto último, realmente amaba poder transmitir la historia de su pueblo, valoraba poder construir un vínculo tan profundo con los pequeños elfos…
-Centinelas, quedan removidos de sus puestos. Su tarea será apoyar a Lothíriel en la responsabilidad que se le ha comisionado. Igualmente no podrán salir del reino bajo ninguna circunstancia, ni cabalgar libremente por el bosque. Me reportarán de cualquier novedad.- sentenció el Rey Elfo.
-En caso de que sus responsabilidades no sean satisfechas como se espera serán desterrados del reino. El juicio ha concluido.- manifestó el Rey Thranduil quien salió del salón del trono inmediatamente para dirigirse a su despacho. Los presentes lo despidieron de pie y se retiraron poco a poco hasta que sólo quedó Lothíriel, los centinelas, Ivorwen, Belthil y los guardias reales que custodiaban la entrada.
-Lothíriel, estamos dispuestos a cooperar en todo lo necesario para que nuestros pueblos mantengan una relación de mutuo respeto y apoyo. Asimismo, una de nuestras prioridades es volver a nuestro hogar y reconstruirlo. Por ahora, no es posible, el Rey nos ha ofrecido pasar el invierno en su tierra pero, debemos idear una estrategia que nos permita volver a nuestro hogar.- explicó Belthil.
-Lothíriel ¿es verdad lo que se ha dicho sobre el saneamiento del río y nuestra tierra?- preguntó Ivorwen.
-Así es, procuraremos un plan para la reconstrucción. Hablaré al respecto con el Rey.- dijo la elfa con un semblante entristecido. –Siento haberlos involucrado.- se disculpó con los centinelas.
-Fue nuestra decisión, consideramos las posibles consecuencias y aquí estamos. Cuente con nosotros.- dijo uno de los elfos.
-Hantalë (Gracias). Si me disculpan, debo consultar a Aran Thranduil, me reuniré con ustedes en cuanto pueda hablar con él.- advirtió Lothíriel saliendo de la sala del trono. Caminó por los pasillos hasta llegar al que conducía al despacho real, allí se encontraba Anardil conversando con otros guardias.
-Por favor, quisiera hablar con el Rey, es importante.- pidió Lothíriel al Jefe de la Guardia Real.
-Consultaré si puede recibirla. Aguarde aquí.- dijo el guardia dirigiéndose al despacho del monarca.
-Amin hiraetha, Aranya (Lo siento, Mi Rey), Lothíriel quiere hablarle.- anunció Anardil de pie en el recibidor del despacho. Thranduil estaba absorto en los asuntos del reino, así que tardó algunos minutos en atender al guardia.
-Hazla pasar.- dijo el elfo sinda sin despegar los ojos de los pergaminos.
-Enseguida Aran Thranduil.- respondió Anardil.
-Lothíriel sígame.- el Jefe de la Guardia Real guio a la elfa hasta el portón con el escudo del Reino del Bosque Verde grabado en plata. Anardil indicó a la elfa que ingresara a la estancia.
Lothíriel se quedó de pie, observó al Rey Elfo, ataviado exquisitamente y aún con la corona de zafiros sobre su cabeza dorada. La luz del atardecer se colaba por la ventana resaltando sus atractivas facciones. El monarca escribía sobre un pergamino, mientras consultaba un par de libros que reposaban sobre el escritorio.
El elfo sinda no le miró pese a que sabía que Lothíriel estaba allí de pie observándolo atentamente. Quizá hubiera sido preferible retrasar el encuentro, ya que, aún sentía un fuego en su interior que no lograba apaciguar. ¿Qué más le ocultaba?, ¿realmente la conocía? Él sabía lo mucho que Lothíriel valoraba la tradición oral y su encomienda como depositaria de la memoria de su pueblo; sabía que prohibirle esta tarea le provocaría una enorme tristeza, aun así lo hizo y no podía negar, al menos así mismo, el disfrute que esto representó.
Thranduil había sabido de lo trascendental de la presencia de la elfa en el saneamiento de aquella tierra de hombres, había puesto su vida en peligro por ellos, por él. Ni si quiera había explicado en el juicio los acontecimientos de los que había sido testigo. Sin embargo, ese fuego oscuro que ardía en él podía arrojarlo a la senda más destructiva, para sí mismo y para todo lo que amaba.
-Thranduil mírame.- pidió Lothíriel aproximándose lentamente al Rey Elfo.
-¿Tienes algo en mente para agilizar la reconstrucción del pueblo del Valle?- preguntó el soberano sinda sin dejar de escribir.
-Thranduil, alassenyan (por favor).- dijo Lothíriel tocando la mano del Rey. –Aquél día de madrugada, junto a los demás elfos que ayudábamos a preparar a los que partirían a la guerra…-
-¡Áva quetë! (¡No hables!)- ordenó exasperado el Rey poniéndose de pie aún sin mirarla, se dirigió a la mesilla junto a la ventana y se sirvió vino, el cual, bebió rápidamente.
-… corríamos de un lado a otro llevando las armas, armaduras, flechas, alistando los caballos y llenando las alforjas. La angustia y el miedo nos invadían a todos, aunque muchos intentaban ocultarlo. Cuando el Rey Oropher dio la orden para que la formación avanzara…- explicaba Lothíriel compungida.
-¡Maldición, no me interesa, están muertos!- dijo disgustado Thranduil mirándola por primera vez, cuando de pronto la copa que tenía en la mano se quebró, incrustándose los vidrios en la mano del soberano que de inmediato empezó a sangrar profusamente. No obstante, el elfo arrojó lo que quedaba de la copa contra el suelo, se giró para tomar otra y llenarla con vino.
Lothíriel optó por no acercarse, el Rey parecía sumamente alterado. -…abracé con fuerza a mi adar (padre), le di un beso en la frente, mi naneth (madre) hizo lo propio, ambas nos sujetamos fuertemente de la mano, mientras veíamos a mi padre partir. De pronto, aquél cuerno resonó por todo el Reino del Bosque, anunciando la partida. Observé a los reyes y a ti, encabezando al ejército, de pronto, ante mis ojos aparecieron los rostros de todos los que morirían en la guerra... recuerdo que el primer rayo de luz del amanecer se reflejó en tu armadura y supe entonces lo que pasaría: los reyes no volverían.- recordaba Lothíriel con lágrimas en los ojos.
-Entonces corrí y corrí, detrás de la última línea. Grité lo más fuerte que pude, que los reyes y muchos elfos morirían, que quizá sería mejor aguardar. Pero fue inútil nadie regresó, después desperté en casa. No insistí lo suficiente… alassenyan, Thranduil, goheno nin (por favor, Thranduil, perdóname).- expresó Lothíriel inclinando la cabeza mientras tomaba la mano herida del Rey Elfo y la cubría con una parte de su vestido.
-¡Qué sabes tú de lo que pasó, nada! Tu perdón no traerá los muertos a la vida.- manifestó iracundo Thranduil haciendo a un lado a la elfa.
-Ni las culpas los devolverán.- respondió Lothíriel.
Thranduil se acercó a ella arrinconándola contra la ventana. Por primera vez Lothíriel tuvo miedo del elfo sinda. -¡No juegues conmigo!- advirtió el Rey Elfo con dureza.
-El Rey Oropher puso su espada en sus manos para que fuera usted y no la oscuridad quien se llevara su último suspiro…- dijo Lothíriel mirando directamente a los ojos a Thranduil.
De pronto, el Rey Elfo bajó la mirada y comenzó a reír e inesperadamente clavó una daga justo al lado de la cabeza de Lothíriel. –¡Vaya qué consuelo! Debo admitir que ha sido una buena broma- señaló el elfo sinda fuera de sí. -¡Qué considerado mi padre, el gran Rey Oropher, por regalarme ese honor que me perseguirá por el resto de mis días! Quizá después de todo deba ir al mausoleo a agradecérselo.- expresó irónicamente Thranduil mientras bebía directamente de la botella. -Y ahora dirás que mi madre se dejó devorar por la pena de ver a mi padre morir a manos de su hijo ¿es eso? Aunque, ahora que lo pienso de esa forma ¿quién querría regresar al bosque con semejante deshonra a cuestas? Sé lo inútil que sería intentar justificar el homicidio. Posiblemente por eso mi madre no quiso dejar ni un trozo de su cuerpo en este mundo, no quería que fuera profanado por las manos de un asesino. Ni hablar Reina Amanthil, hágase tu voluntad, brindemos.- manifestó el monarca levantando la botella para después beber todo el contenido y arrojarla contra el ventanal quebrándolo al instante y dejando entrar una intensa corriente de aire frío.
-¡Maldición traigan más vino!- gritó Thranduil y observó a Lothíriel que se había quedado estática al lado del ventanal, parecía realmente asustada.
-Thranduil, por favor, no bebas más. No te hagas daño pensando de esa manera, las cosas no fueron así puedo sentirlo, no sé cómo explicarlo adecuadamente. Nunca sabremos las verdaderas motivaciones que llevaron a tus padres a tomar sus decisiones pero, ellos te amaban incondicionalmente.- dijo Lothíriel tratando de recomponerse y de mostrarse segura ante el iracundo monarca.
-Vamos puedes hacerlo mejor que eso. Ahora entiendo porque te puse al frente de la misión de los hombres, creo que te obsesionan las causas perdidas y quizá también por eso dices que me amas.- opinó Thranduil acercándose nuevamente a la elfa.
-Amin hiraetha Tari meletyalda (Lo siento Majestad), considero que es mejor que hablemos en otro momento.- manifestó Lothíriel dirigiéndose al portón.
-Lá (No), hablaremos ahora. Así lo has solicitado.- mandó Thranduil tomándola del brazo.
-Aranya (Mi Rey) traigo el vino que ha pedido.- dijo Nimphelos dejando una bandeja de plata sobre la mesilla con un par de copas y una botella. Se dio cuenta de la tensa situación, no hizo comentario, con una reverencia salió del despacho e informó de lo que había visto a Anardil.
Thranduil tomó la botella, la destapó y bebió directamente. -¿Alguna otra conjetura o novedad de la que quieras informarme?- indagó sarcásticamente el Rey Elfo.
-Lamento que te hayas enterado de esta manera. No tengo excusa simplemente no quise comentarlo pero… había una penumbra envolviendo el corazón del Consejero. Él no podría haberme escuchado puesto que cabalgaba en la avanzada del ejército.- reflexionó Lothíriel. –Thranduil, por favor, escúchame: no puedes seguir debatiéndote con el mal tú solo, has ido más allá que cualquiera internándote en las sombras de una malignidad inconmensurable, tu alma puede ser apresada y no encontrará descanso aunque Arda se desvanezca.- expresó Lothíriel preocupada.
-¿Cómo sabes eso?- cuestionó Thranduil.
-Los que hemos estado en las penumbras la reconocemos. Aquella vez en el claro cuando dormías pude ver el fuego devorándolo todo y después en el río lo confirmé cuando toda esa maldad atravesó mi alma, la única luz que vi fue la tuya, fue la que me trajo de vuelta.- manifestó Lothíriel.
-¿Ma istanyel? (¿Te conozco?)- preguntó Thranduil encarando a la elfa.
Lothíriel una elfa noldor, sólo eso. No soy el ideal que has querido ver en mí. Esta soy yo con profundos defectos y cualidades igual que cualquier otro elfo. Me he equivocado un millón de veces y lo haré muchas más, me he caído, me he quedado tendida en el suelo sin esperanza, me he levantado, tropezado y seguido. Tampoco quiero ser el estandarte de la injusticia o justicia de tu mandato, no me interesa ser ejemplo, no estoy aquí para satisfacer las expectativas de nadie. –Mírame hodo (corazón), mírame como cuando éramos pequeños, encontrémonos en nuestros corazones y demos a nuestras almas la libertad de ser. Thranduil, melda tár, tye meláne (Thranduil, amado rey, te amo)- declaró Lothíriel, acariciando suavemente el rostro del Rey Elfo.
-Vanya sínomello (Vete de aquí)- indicó Thranduil deteniendo la caricia de la elfa.
Lothíriel asintió, caminó hasta donde había quedado clavada lada daga, la sacó, se acercó nuevamente a Thranduil y se la entregó. –Confío en ti, no importa qué…- abrió el portón y se marchó.
Anardil impaciente aguardaba en la entrada del despacho, al ver a Lothíriel, se alarmó, ya que su vestido estaba manchado de sangre. Corrió y entró al despacho, el Rey Elfo permanecía inmóvil junto al escritorio observando la daga en su mano. Thranduil le dirigió una mirada por el rabillo del ojo y el centinela supo que debía dejar al monarca solo. Al salir la elfa ya se había marchado.
Eilinel había vuelto a escaparse de su madre, deseaba ver a su padre pero, por alguna razón, durante varios días no la habían dejado verlo. Así que decidió idear algo, cuando Luinil regresó a casa a darse un baño, la pequeña elfa salió silenciosamente, caminó por los pasillos del palacio, quiso descender hasta los sótanos pero, fue interceptada por los guardias. Eilinel no se dio por vencida, explicó lo que sucedía, los elfos sabían que Seregon había pedido que su hija no fuera admitida, así que intentaron persuadir a la pequeña para que regresara pero ésta se negó. Y se quedó allí hasta quedarse profundamente dormida, los soldados, llevaron de vuelta a Eilinel con una preocupada Luinil. No obstante, la pequeña volvió los días subsecuentes y permanecía todo el rato hasta que era devuelta a casa.
-Naneth (Madre) ¿por qué no puedo ver a ada (papá)? ¡Quiero verlo!, ¿por qué está encerrado?- lloraba Eilinel después de haberlo intentado por varios días sin éxito.
-Amin hiraetha, veleth-nin (Lo siento, cariño), por ahora adar (padre) desea estar solo y hay que respetar su decisión. Sé que lo extrañas, yo también, él sabe que lo amamos.- explicó Luinil acongojada por la tristeza de su hija.
-Yo quiero que me encierren con él, por favor…- decía sollozando Eilinel. Luinil la abrazó protectoramente contra su pecho.
-Nana (Mamá), no queda mucho tiempo…- dijo Eilinel
-¿Qué dices Eilinel?- preguntó desconcertada Luinil a su hija, sin embargo, la pequeña sólo atinaba a repetir lo mismo.
-Creo que no deben seguirse fabricando más armas. Además conviene reorganizar el patrullaje del Bosque Verde, sugiero que se traslade a las fronteras, el enemigo ya ha decidido presentarse desde fuera, el ataque repelido por el Rey y su guardia así lo ha demostrado.- decía Elmoth a Vorondil quienes conversaban sobre sus obligaciones como Comandantes de la Guardia del Bosque Verde.
-No estoy de acuerdo, creo que hasta ahora se han repelido o mantenido a raya las potenciales incursiones orcas gracias a la estrategia estructurada por el Capitán Seregon y Aran Thranduil. En cuanto a las armas no creo que sea prudente hacerlas a un lado. Además si deseas tomar cualquier decisión debemos hacerlo en conjunto y presentarle la propuesta al Rey y lo sabes.- explicó Vorondil.
-Aún no eres consciente de la encomienda, ahora los líderes de la Guardia del Bosque somos nosotros, Seregon está encerrado y ha sido relevado de su cargo. Los elfos que se dedican a la fabricación de armas, bien pueden servir a las labores que requieren los hombres del Valle. El reino está bajo la protección del Rey Thranduil entonces de lo que debemos protegernos es de lo que puede venir de fuera. Vamos Vorondil ¿qué puedo hacer para persuadirte?- manifestó Elmoth.
-¡Ser razonable!- sentenció Vorondil retirándose para adentrarse al bosque y hablar con algunos de los jefes de cuadrillas de la Guardia del Bosque.
-¿Eres razonable al haberte enamorado de una mujer del Valle? Por eso deseas retrasar la vuelta de esa gente a su tierra e impedir que los elfos de la armería cooperen con ellos.- dijo Elmoth lo que provocó que Vorondil detuviera la marcha y se girara para mirar al orfebre. –Ella morirá y tú estás atado a esta tierra…-
-En cierta medida puedes comprenderlo ¿no es así?- dijo Vorondil marchándose.
-Debemos conseguir toda la ayuda posible para lograr el objetivo.- dijo Lothíriel a los centinelas, a Belthil e Ivorwen; con quienes se reunía, en el campamento y cenaba alrededor de una agradable fogata. –Quizá debamos solicitar la cooperación de los hombres del bosque, Lórien e incluso Imladris.- expresó.
-Creo que nosotros podemos colaborar con herramientas, suministros y con mano de obra.- añadió uno de los centinelas.
-Considero que podemos iniciar con la limpieza y reconstrucción en cuanto lo dispongan. Iremos todos los hombres del pueblo, los organizaré.- propuso Belthil.
-Parece viable, debemos llevar la propuesta a Aran Thranduil para su evaluación.- advirtió Lothíriel.
-Lothíriel, creo que el trato que se la ha dado durante el juicio ha sido calumnioso. Ellos no estuvieron allí, no vieron lo que nosotros, si usted no hubiese intervenido ahora sólo seriamos un montón de cadáveres. Fue usted la que saneó el río y eso nos dará la oportunidad de regresar.- expresó Ivorwen.
-Es porque no estuvieron allí que deben ser precavidos, el Rey Thranduil fue testigo y confío en su juicioso discernimiento. No voy a negar que fue doloroso, heridas que creí cicatrizadas han vuelto a abrirse, y se me expuso de diversas maneras pero al final se me ha dado la ocasión de ayudar y concluir lo que comencé. Como yo lo veo, han depositado la confianza en mí para desempeñar una importante labor, como fue la gracia que los Valar me concedieron para poder expulsar el veneno del río y la tierra.- explicó Lothíriel con serenidad en sus bellas facciones.
-Hija, debes ser más cuidadosa con lo que dices.- dijo Belthil a Ivorwen, la cual, bajó la cabeza un tanto avergonzada.
De pronto, comenzó a escucharse el canto de una mujer que de inmediato fue seguido por unos improvisados instrumentos, el ritmo era alegre, las palmas de otros acompañaban la música. Los niños se levantaron e hicieron un círculo tomándose de las manos y comenzaron a bailar dando vueltas. Algunos hombres y mujeres hicieron lo mismo, todos reían animadamente, alumbrados por la luz de la fogata, el frío parecía mantenerse a raya alejado por la calidez de aquella agradable reunión. Al coro se habían integrado las voces de cada hombre, mujer y niño que se encontraban en aquél lugar; Lothíriel sonreía mirando con atención. De pronto Belthil se puso de pie y ofreció gentilmente su mano a la elfa, ésta acepto y se unió a un grupo que tomados de las manos cantaban bailando en círculos alrededor de la fogata.
La letra de la canción era compuesta por cada uno de los miembros presentes que agregaban algún verso gracioso, el cual hacía estallar en carcajadas a muchos dificultándoles seguir el compás y al mismo tiempo haciéndola divertida. Algunos elfos curiosos ante el barullo se acercaron a observar, los pequeños se unieron a los niños que bailaban. De pronto, la música cesó y la gente aplaudió entusiasmada. Lothíriel observó a todos con una cándida sonrisa en el rostro, sin embargo, Ivorwen parecía algo melancólica. Así que abandonó el círculo y regresó a sentarse junto a la mujer. Cuando otra canción dio inicio.
-¿Te encuentras bien?- preguntó Lothíriel a la joven pelirroja.
-Oh, sí, sí…- respondió Ivorwen cubriendo su pierna dañada con su capa.
-Los límites serán aquellos que tú misma creas tener, sólo deberás encontrar una manera de hacer las cosas diferentes. Ven, vamos.- explicó la elfa quien la ayudó a ponerse de pie con sus muletas. Ivorwen se sentía nerviosa pero intentó moverse para bailar.
-No te preocupes, yo te sostendré.- indicó Lothíriel sonriéndole amablemente.
Ivorwen hacía movimientos torpes y constantemente sus muletas se atascaban con la nieve pero, alzaba la cara al cielo dejándose llevar por la música y sonreía divertida. Bajó nuevamente la mirada y observó a Lothíriel quien le asintió. Ambas volvieron a sentarse y a observar la verbena.
-Definitivamente necesito practicar.- dijo la joven mujer.
-Tranquila con el tiempo lograrás hacer todo lo que te propongas.- respondió Lothíriel sonriéndole amablemente.
-Estoy segura que mi madre diría algo así.- sonrió melancólica la joven. –Lo siento, espero no haberla ofendido.- dijo.
-Claro que no. De hecho, me gustaría conocerla.- expresó Lothíriel.
Ivorwen miró un momento a la elfa, después desvió la mirada hacia su padre que aplaudía alegremente al centro de uno de los círculos de baile. –Mi madre murió…- indicó conmovida.
-Disculpa, no quise ser indiscreta.- se excusó la elegante elfa.
-Oh, no hay problema. Es sólo que la extraño mucho, ella era muy valiente e inteligente, tenía el cabello rojo…- decía con una el rostro anhelante. –Cuando era una niña, mis padres salieron a cazar, atravesábamos por una época de sequía y ello había provocado que los animales huyeran a tierras aledañas. Cuenta mi padre, que siguieron a una manada de ciervos cerca de la Montaña Solitaria, cuando algo asustó al caballo de mi madre, se desbocó y la tiró provocando que ella se rompiera el cuello y falleciera en el instante.- explicó Ivorwen con tristeza.
-Lo siento mucho.- expresó Lothíriel con empatía.
-Creo que mi padre se ha llegado a culparse por lo ocurrido, ya que mi madre estaba embarazada y él accedió a que ella lo acompañara. Sin embargo, mi madre no era de aquellas mujeres que los demás les dijeran lo que podían o no hacer y la apremiante situación en la que nos encontrábamos urgía a todos a colaborar… me hubiera gustado tener una hermana.- relató Ivorwen mientras removía la nieve con una de sus manos.
-Si en algo puedo ayudarte cuenta conmigo.- ofreció Lothíriel colocando una de sus manos sobre las de Ivorwen.
-Muchas gracias… puedo preguntar ¿es cierto que puede ver el futuro?- curioseó la joven de alborotados rizos.
-Una parte, así es…- respondió Lothíriel.
-¿Ha visto el futuro de mi pueblo?, ¿ha visto mi futuro?- preguntó Ivorwen interesada y emocionada.
-No, no lo he visto y aunque así fuera, debes saber que el futuro no es una sentencia inamovible es solo una versión de lo que puede llegar a ser. La más mínima intervención puede cambiarlo todo, para bien o para mal, dependiendo de la perspectiva desde la que se aprecie. Nadie puede tomarse la atribución de cambiar las cosas según su juicio, hay que saber el por qué o para qué se nos muestra, y a veces por más doloroso que sea, hay que dejar que las cosas sucedan.- explicó la elfa de cabellos azabaches con un dejo de melancolía.
-¿Cómo sabe cuándo debe intervenir?- averiguó la joven del pueblo del Valle.
-Temo que no hay una norma para eso.- respondió Lothíriel.
-Comprendo, debe ser una carga muy pesada. Si a usted se le ha concedido ese don es porque los Valar saben que cuenta con la sabiduría y el valor para cumplir con su destino.- expresó Ivorwen.
De pronto la música y el baile cesaron, todas las miradas se dirigieron hacia la figura de un alto elfo rubio que apareció de entre los árboles. Thranduil, ataviado con el traje de entrenamiento, observó a todos los presentes hasta que sus ojos se posaron sobre Lothíriel.
-Salve Su Majestad- dijo Belthil haciendo una reverencia seguido por el resto de las personas. El Rey Elfo caminó entre la gente mirándolos con atención, hasta que se detuvo frente a Lothíriel.
-Aiya brannon nin (Salve mi señor).- saludó respetuosamente la atractiva elfa.
-Lamento si hemos molestado, sólo…- se excusó Belthil.
-Es una buena señal, los planes para que puedan regresar a su tierra podrán acelerarse. Porque imagino que ya tienen una estrategia, ¿o me equivoco?- manifestó Thranduil dirigiéndose a Lothíriel.
-Lau Tari meletyalda (No Majestad), no se equivoca. Le presentaré la propuesta que hemos consensuado.- indicó Lothíriel.
-Quiero escucharla lo antes posible.- dijo el Rey Sinda seriamente.
-Rey del Bosque Verde, ¿nos haría el honor de compartir unos momentos con nosotros?- pidió Belthil a Thranduil.
El Rey se acercó a Belthil y comenzaron a conversar, los cánticos, la música y el baile siguieron, algunos elfos se habían integrado observando con curiosidad, lo que allí sucedía. Los pequeños elfos correteaban junto a los niños del pueblo del Valle. Lothíriel e Ivorwen paradas una junto a la otra disfrutaban de la reunión. La elfa sintió que alguien tocaba su hombro, se dio la media vuelta, Elmtoh le sonreía y le entregó una bella flor roja.
-A tulë asenyë vanimelda (Ven conmigo hermosa).- Elmoth tomó las manos de Lothíriel delicadamente y comenzaron a bailar. Hacía mucho tiempo que la elfa no se sentía tan animada, su sonrisa le iluminaba el rostro y la hacía lucir aún más atractiva. El elfo le atoró la flor a un lado de la oreja y le besó ambas manos. –Eres muy hermosa.- dijo.
Thranduil prestaba poca atención a lo que Belthil y otros aldeanos le decían, sus ojos buscaban constantemente a Lothíriel. Al verla con el orfebre la sangre le hervía, quería lanzarse contra él y arrojarlo al más profundo abismo. Aunque debía admitir que hacía mucho tiempo que no la veía divertirse.
Lothíriel se sonrojó ante los halagos de Elmoth y detuvo el baile. –Creo que debería regresar con Ivorwen, ella está sola.- expresó nerviosa la bella elfa de ojos grises.
-No me parece que esté sola.- indicó el Elmoth. La chica pelirroja era acompañada por algunas mujeres de su edad, las cuales, parecían platicar nerviosamente mientras veían de reojo al atractivo soberano sinda.
Elmoth acarició el largo, sedoso y brillante cabello de la elfa, le tomó de la barbilla para levantarle el rostro. –No me canso de mirarte, daría mi vida por ti, jamás dejaré de amarte…- pronunció acercándose más y asiéndola por la cintura.
-Alassenyan Elmoth, ava (Por favor Elmoth, no lo hagas).- advirtió Lothíriel al ver que Elmoth pretendía besarla.
-¡Daro! (¡Detente!)- ordenó el Rey Elfo con dureza. Elmoth soltó de inmediato a Lothíriel, ya que, no había reparado en la presencia del soberano.
Thranduil se interpuso entre Elmoth y Lothíriel. –¡Ego! (¡Largo de aquí!)- mandó el monarca mientras el orfebre lo miraba invadido por la rabia.
-No es necesario, ha sido un malentendido.- intervino nerviosa Lothíriel.
Elmoth se alejó rápidamente internándose en el bosque, Thranduil dio media vuelta y encaró a Lothíriel. Cuando estaba a punto de decirle algo, apareció Anardil.
-Aran Thranduil es urgente, por favor, acompáñeme.- advirtió el Jefe de la Guardia Real visiblemente agitado.
