Aquí en Venezuela, son las dos de la mañana y aunque sé que las actualizaciones son los martes y los sábados, caí presa de la carnada más insulsa, pérfida y traidora de todas… Un blog gracioso.

¡No pude contenerme! Todo lo que leía me daba risas. Lo admito, fui débil, y soy una deshonra para Fanfiction y todo lo que su eslogan – El cuál ahora que me doy cuenta, no existe – Representa. Merezco un castigo medieval por mi falta, de distraerme y no subir el capítulo cuando debía.

Si todavía quieren leerlo, aquí se los dejo. Tomatazos al final, por favor.

La nieve comenzaba a hacer estragos en el tráfico matutino de la ciudad de Racoon. Pocas veces, Albert Wesker, había tenido el privilegio de visitar el aeropuerto. No era una persona que disfrutaba mucho de salir del país, o siquiera llegar hasta otro estado. El prefería la paz que le podían conferir las cuatro paredes de su habitación, y, hasta hace poco, el cigarrillo que otroras veces, disfrutaba en la azotea de su pent-house.

Pero sin embargo, ahí estaba. No con la intención de viajar, sino de recibir a alguien, y a estas alturas, es difícil no darse cuenta de quién podía ser…

-¡Atención! ¡Atención!... Pasajeros del vuelo de Eslavia del Este, saliendo por la puerta número 07… Repito, pasajeros del vuelo de Eslavia del Este, saliendo por la puerta número 07

Detestaba el sonido de la operadora aeroportuaria, resonando por lo largo y ancho de todo el recinto. Era un espectáculo de muy mal gusto, a su parecer, pero al menos podía jactarse del hecho de tener algo de relevancia en el mensaje. Alexandra no podía tardar mucho en salir por esa puerta.

Un joven, de aproximadamente veinticinco, veintiséis años; se paró a su lado. Era alto, blanco, rubio y delgado. Vestía bien, y ensañaba una sonrisa muy pletórica, que a Wesker se le hizo curiosamente familiar. También portaba un cartel, que sostenía entre su brazo y su tórax. El mensaje, estaba de espaldas a Albert, por lo que no pudo leer su contenido.

Creía haberlo visto antes en algún otro lugar, y no podía ser una coincidencia. Él no creía en las casualidades, para Albert Wesker, esas cosas, no eran más que meras fruslerías, para buscar escapar de la verdad.

Y la verdad era, que aquel sujeto era Dimitri, el hermano de Alexandra.

Lo supo más, por las letras grandes rojas y escritas con entusiasmo que rezaban: "Alexandra", que por un capricho divino de su intuición... En ese momento, Wesker recordó que solo había oído hablar de Dimitri por su novia. Era un sujeto muy inteligente. De los pocos privilegiados en conseguir una beca en el exterior. Estudiaba ingeniería genética y estaba terminando de hacer una maestría, con miras a un post-grado.

Ahora no sabía si debía presentarse o alejarse del lugar, esperar a que Alexandra terminara su emotivo encuentro con su hermano y luego largarse del aeropuerto, con la satisfacción de que al menos, había podido verla en persona. De lejos, pero en persona.

-Entonces tú eres el novio de Alexandra.

Tantos años en Estados Unidos, han acabado por modificar, por completo, lo que en algún momento debió ser su acento… - No sabía que tu hermana, te había hablado de mí – Respondió Wesker.

-Te describió a la perfección – Objetó Dimitri con una sonrisa, que a un par de chicas de Kentucky, que pasaban con unas maletas y unos cuantos bolsos, alcanzaron a ver y les pareció de lo más encantador – Es difícil no notar a un sujeto prejuicioso y prepotente, cuando lo tienes justo al lado.

Wesker se volteó hecho una fiera, pero ya era tarde. Dimitri se reía a garganta seca, y no reparó en la mirada asesina, que de seguro aquel par de orbes le otorgaban, detrás de esas dos cuevas negras, que eran sus anteojos Ray-Baw.

-Pero si de algo te sirve – Dijo mientras se secaba una lagrimita – También te noté por el cabello rubio, las gafas, y ese semblante tan poderoso; que según ella, solo tú tienes, y que muy a pesar del orgullo de Alexandra, la trae loca por ti.

Suspiró. Suponía que Dimitri solo quería tomarle el pelo, pero se sentía inclinado a creerle. Aquellas, eran palabras que solo podían salir de la boca de su novia.

De pronto le hubiese gustado que Alexia y Excella estuviesen ahí. El joven Dimitri, era un buen prospecto y no carecía de seso, a juicio del buen Albert. Le hubiese gustado verlas arrancarse los cabellos, en su guerra por mostrar el escote, delante del eslavo.

La cartulina de cinco metros de largo, por uno de alto, pasó de las manos de Dimitri, a las de Wesker, sin que él se diese cuenta. En un abrir y cerrar de ojos, la tenía delante de su pecho, mientras él, muy incrédulo, bajaba la mirada para cerciorarse de que era cierto, de que ahora era él quien la cargaba.

¿Qué carajo se creía Dimitri? ¿Qué podía cansarse de llevar sus trastes y pasárselos al único pendejo que tenía cerca? Más temprano que tarde comprendió, que su futuro cuñado, le había hecho un favor.

Fue como un torbellino. Una ráfaga amarilla, que fue derribando bolsos, maletas, cajas, sillas y a unas cuantas personas, en su carrera por llegar a los brazos de su amado. Albert, apenas y se dio cuenta. Su manejo de la situación, se fue al garete; él pretendía esperar a Alexandra y verla llegar desde algún pasillo, llevando consigo sus materiales, sin que ella reparara en su presencia, pero la sucia jugada de Dimitri, lo sacaron de su escondite, y de pronto, ahora estaba en el suelo, recibiendo besos por todos los rincones de su rostro, de la único chica a la que había amado y que de seguro seguirían amando.

No tardó en corresponderle. Olvidó las ganas rocambolescas que tenía de mostrarle a Dimitri, su precioso y largo dedo medio, y obedeció a las súplicas de Alexandra, quién tapaba su rostro con una sábana de satén amarilla – Su cabello - Tan radiante, como fogosa era su pasión por Wesker.

A él le importaba muy poco, lo que pudieran decir los demás. Por él, podían hacerlo ahí mismo, pero Alexandra, seguía conservando su orgullo, a pesar de la excelsa demostración de afecto, y por desgracia para el rubio, la faena tuvo que concluir.

Se separaron, y sus rostros rozaban nariz con nariz. Ella reía. Al fin había podido escucharla reír. Solo Wesker y un puñado de soñadores, podrían decir en un futuro, lo bien que se siente escuchar la risa de la persona amada, después de meses y meses, e inclusive años o quizás hasta décadas, de no haberlas visto más.

En fin. Su risa era hermosa, y él hubiese deseado que no parara de reír. Pero luego continuaron sus pucheros, recriminándole con la mirada de aquel par de ojazos verdes, que no la volviese a dejar ir más nunca y luego vino lo mejor: Escuchar su voz.

-Me está dando un calambre, Albert.

-¿No conocen el atún, allá en Eslavia? – Comentó sardónico.

-Muy gracioso – Recriminó con una careta de disgusto, mientras se separaba – Llegó a demostrarte mis sentimientos, de la manera más hollywoodense que conozco y tú solo sabes ser un grosero y un patán de primera…

-¡Vamos, Alexandra! – Dijo, recordando lo mucho que lo lograba cautivar el carácter de la rubia – ¿No pretendías enamorarte de un Don Nadie, sin algo de encanto?

-Bueno… No negaré la parte del encanto.

Golpe bajo. Las risas de Dimitri, no se hicieron esperar y Alexandra, quién lo percibió más rápido y ágil que una gacela, saltó a sus fuertes brazos, para que él la cargara, como hacía cuando ella era tan solo una niña.

La bailó en el aire, y a Wesker, por primera vez, se le enterneció el corazón. Jamás creyó que una imagen tan repelente, tan poco desvergonzada y tan cargada de cursilerías, pudiera parecerle… Adorable. Pero ahí estaba, esbozando su mejor sonrisa de idiota y festejando el encuentro entre los dos hermanos.

-Ven – Le dijo Dimitri, mientras la devolvía al nivel del suelo – Es hora de ir a casa.

Palmeó el hombro de Wesker, queriendo indicarle que los siguiera, y así como habían llegado, estaban abandonando el aeropuerto.

Serían dos meses de fábula.

Los reporteros, que se conglomeraban, en filas de sillas casi hacinadas las unas sobre las otras, esperaban expectantes. Sally saldría de su camerino en cualquier momento, y hasta los momentos, solo el enorme membrete que significaba la chapa de promoción de su campaña, era lo único que sea alcanzaba a ver sobre el escaño, donde la Sanguijuela Mutante daría su charla.

Ben Bertolucci, el profesor de historia de Claire y reportero del Racoon Journal, creía firmemente, que esta podía ser la rueda de prensa más interesante en los últimos cincuenta años, de pleitos políticos en la ciudad del Medio Oeste Norteamericano. Inclusive el alcalde que espera ser reelecto, se encontraba ahí. Eso solo podía significar, que la información, que su contrincante iba a dar, debía de ser muy buena, pues de lo contrario, no se hubiese dignado a presentarse, como por supuesto, no lo había hecho en los anteriores plebiscitos.

Una muy elegante Claire Redfield, saltó al estrado desde la izquierda del nacimiento del telón de color azul, portando su traje de ejecutiva color cereza, que tan bien le asentaba en combinación con su cabello cobrizo. Tenía un porte y una sobriedad envidiables. Esta chica llegará muy lejos, algún día… Creía Ben.

Se colocó al frente del escaño, golpeó con los nudillos un par de veces el micrófono, solo para asegurarse de que funcionaba, y luego dijo:

-Con ustedes, Sally, La Sanguijuela Mutante.

Todo con un profesionalismo y entereza bárbaros. Dignos de una contendiente política. Al profesor de historia, casi le dio un retortijón en el estómago, el solo pensar que esta chica podía llegar a ser abogada, algún día.

El sonido de lo que podía parecer, alguien desmembrando una silla de mimbre, se comenzó a propagar por toda la habitación. Se oía por los conductos de aire, lo que preocupó enormemente a los reporteros, quienes creían, que el aire se podía estar contaminando. Luego escucharon con más detenimiento, y se dieron cuenta de que el sonido provenía desde detrás del telón.

Un par de guardaespaldas, halaron las cabuyas, para separar ambos extremos de las sábanas y dejar al descubierto a la "primera", contendiente política, por el puesto de alcaldesa de la ciudad de Racoon, que no era una humana.

O al menos eso creían hasta ahora. Todo se tendría que develar, después del discurso de la Sanguijuela.

Me permito abrir paréntesis en esta parta del capítulo, para recomendarles a todos el filme, de Colin Firth y Geoffrey Rush, El Discurso del Rey… En homenaje a tan magnífico trabajo cinematográfico, les invito a todos a escuchar la séptima sinfonía de Beethoven, a partir de esta parte de la lectura.

Si no lo hacen… Habrá tabla.

Se posicionó en el lugar donde hasta hace unos momentos, había estado Claire, y dijo:

-Buenos días – Luego tosió. Eso a Warren le gustó, en política, se refería a una señal de nervios o debilidad – La razón que me trae hasta acá, delante de ustedes, es porque soy una firme creyente de que para ocupar cargos de liderazgo, no se deben guardar secretos o al menos no secretos, que puedan perjudicar a la gente que cree en ti y sigue tus pasos… - Hizo pausa y Claire percibió, cierto temblor en sus manos – Notarán que pretendo ser una líder, en una condición atípica. Ninguno de ustedes – Prosiguió a señalar a toda la audiencia con una de sus largas enredaderas – Debe tener la más mínima intención de hacerle caso a algo con lo que ni siquiera se pueden entender. Muchos no sabrán cuales es mi porcentaje de peso en agua, que huelga decir, es mucho mayor al suyo, lo cual me permite moverme muy libremente, a pesar de mi tamaño y mi peso….

Los murmullos fueron en crecimiento, como una olla que de a poco comienza a botar humo, hasta que este llega a niveles tales, que toda la parafernalia de metal, se convierte en una superficie inmensamente plana y nublada. Pero Sally lo veía todo muy claro. Ella sabía a donde quería dirigirse.

-… Y te pregunto, Michael – El alcalde sintió todas las miradas sobre él, como un par de mancuernas muy pesadas, que apenas y podía cargar - ¿Tan avergonzado estás de ti mismo, como para liderar a estas personas, a expensas de lo que realmente, sepan de ti?

El semblante de Warren, sin embargo, se mantuvo inmutable. Claire creía, que se debía a los años de práctica. Pero Sally sabía que se debía a otra cosa.

-Michael… Si ellos creen en tus ideales y en tu nombre, poco importará como te veas… Te seguirán hasta el final. Ellos – Señaló al público – No serán digeridos por mis centenares de hijos, solo porque yo sea una sanguijuela.

Del ojo derecho de Michael Warren, brotó una lágrima. Esta, dilapido un poco el cutis del aspirante a alcalde, y a priori, dejo al descubierto una cierta cantidad de vello, bastante raro y desigual con respecto al cuero cabelludo de Michael.

Él lo sabía, ¡Ja!... De hecho, lo notó antes que cualquier otro. Rio de forma austera, y llevó su mano izquierda hasta el nacimiento de su cuello. Tomando los pliegues de su piel, como si fueran una tela muy abstracta, y jalándola en el acto, dejó el descubierto un rostro antropomórfico tan serio como sorprendente.

Tenía al menos una decena de bigotes a cada lado del alargado hocico, y unas ojeras tan largas y negras, como el par de circunferencias de unos binoculares. Sus ojos, pequeños y oscuros, y su boca, bien escondida debajo de esa pirámide de proporciones minúsculas, en comparación a sus hermanas mayores, que representaba su nariz. Cabe destacar que sus orejas puntiagudas, eran como un par de antenas, que culminaban su cabeza de mapache. Su semblante frío e inquebrantable, dejó a todo el mundo con la boca abierta. Algunos se paraban de la silla, para poder observar mejor. A otros, les bastaba con haber visto solo una vez, para llevarse la mano a la boca y bostezar un: "No lo puedo creer…"

Y ahí fue, cuando Sally supo, que el discurso ya no era de ella, sino de Warren.

-Curioso, ¿No? – Dijo, y luego rio para sí mismo – En la facultad de ciencias políticas, nos enseñan valores tan ambiguos, que es imposible que unos no se contradigan con otros y quizás el mejor de los valores que me inculcaron, es ocultar una verdad innecesaria. Y, ¿Por qué no? Una necesaria, también. Siempre y cuando sea para alcanzar un bien… Aunque nunca nos especificaron que tipo de bien.

Bertolucci, que sabía de sobra, a que se refería Warren, no pudo resistir la tentación de alzar la mano para hacer una pregunta.

-Adelante…

-¿Crees que hubiese sido posible, liderar la alcaldía de Racoon la primera vez, sin ayuda de tu falso rostro?

-Lo creía, en efecto, lo creía…

Intercambió miradas con la sanguijuela. Al final de cuentas, puede que ellos dos no fueran muy diferentes.

-… Pero alguien me hizo cambiar de opinión, y ahora la pregunta es mía… ¿Cómo pudiste conmover a un viejo mapache, con doctorado en demagogia, si apenas tienes unos meses de nacida?

Y entonces Sally, esbozó una sonrisa que nadie podía ver, pero estaba bien. Esa no era la intención de su mueca, difícilmente notable. Ella quería que sintieran, que sonreía, no que lo supieran.

-Uno viene al mundo con maestros, ¿Sabes?

… La semana pasó volando y los comicios electorales, finalmente llegaron. Ninguno de los chicos del instituto de Racoon City, estaba apto para votar o no cumplía con los requisitos, así que tuvieron que conformarse con ver el asunto por televisión. Mientras que Jill, ya recuperada en su totalidad, se reintegraba al comando de campaña de la sanguijuela.

Fueron unas elecciones muy duras. Después de las palabras de Sally – Que en opinión de Jill, fueron demasiado amables, como para ser de política – La gente que era adepta a Michael Warren, se volvió realista. Y empezaron a creer en una idea, dejando de lado el nombre de la persona que la representaba…

Estaban en la casa de Chris. Su grano mutante ya había desaparecido, y la experiencia de aquel mórbido sueño, quedado en el pasado… De ahora en adelante, miraría a Jill con sumo cariño, pues la imagen de ella como madre, se le antojó muy enternecedora… Eso sí, no quería ser padre a los dieciocho.

El narrador del canal 6, daba pormenores de los acontecimientos. Las largas colas de gente queriendo entrar a votar, no existían esta vez. Todos ellos estaban organizados por grupos, y estos grupos, a su vez, por horas de entrada. Así, si a alguien le tocaba salir a votar, a las seis de la tarde, podía quedarse en su casa hasta esa hora. Teniendo un límite de sesenta minutos, antes de que venciera su plazo para ir a votar.

Para evitar que el ocio y la pereza se apoderaran de todos los ciudadanos de Racoon, se decidió que la hora establecida, era la única hora posible para los determinados individuos en cuestión. No habría una hora extra o una segunda oportunidad. Con esta maniobra, también se prevenía que a altas hora de la noche, hubiese más del 50% de las personas, empotradas, en uno de los centros electorales, esperando para poder votar. Convirtiendo el lugar así, en un embudo gigante.

La efectividad de dicha idea, dio como resultado unas elecciones más rápidas y por consiguiente, unos resultados más exactos y prontos.

-… Nos informan, que tenemos el primer boletín – Decía el narrador. Su voz estoica y profesional, hacía poner los pelos de punta, en los momentos importantes – Treinta de los treinta y dos centros de votación, abiertos, han cerrado definitivamente sus cuentas, y con la contabilidad de los libros de registro, de estos centros, podemos sacar una conclusión definitiva de los resultados, sin temor, a que los otros dos puestos de votación, influyan notoriamente en el veredicto final, de la gente.

Esto quería decir, que: Si había una diferencia lo suficientemente amplia entre ambos contendientes, como para poder prescindir del resultado que arrojaran los otros dos centros de votación, entonces, se podía dar a ese candidato como ganador…

-… El Parlamento Electoral, ha publicado los resultados del primer boletín, y el nuevo alcalde, es…

¿No creyeron que les iba a decir quién ganaba justo en este capítulo, no? Una regla de publicidad, básica, como La Biblia, es dejar a las personas deseando más, y si hice bien mi trabajo, entonces todos ustedes me mandarán sicarios a la puerta de mi casa, con la sola intención de exterminarme y robar mi pendrive para poder obtener la continuación de este capítulo. De lo contrario, aceptaré con gusto los tomatazos, aunque berenjenas no, soy alérgico =P

Muchas gracias a todos, por seguir la historia, ¡Nos estamos leyendo!