Disclaimer: Los personajes no me perteneces, son obra de Stephenie Meyer, y la historia esta más o menos basada en el libro Halo
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Summary:
La llegada inesperada de los hermanos Hale: Jasper, Rosalie e Isabella, supone un revuelo en la pequeña población de Forks. Son extremadamente bellos, inteligentes y misteriosos. ¿De dónde vienen? ¿Dónde están sus padres y por qué sobresalen sea la que sea la actividad que emprenden?
Los tres son en realidad ángeles del Señor con la misión de ser los ángeles guardianes de la familia Cullen. Tienen instrucciones claras: no deben establecer vínculos demasiado fuertes con ningún humano y deben esforzarse por ocultar sus cualidades sobrehumanas. Pero Bella, la más inexperta, rompe una de las reglas sagradas: se enamora del menor de la familia a los que debe proteger, Edward Cullen.
Desafiar al Cielo no resulta buena idea cuando te enamoras de tu protegido.
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25
No puedo vivir sin él
Los días siguientes transcurrieron borrosamente. Yo no sentía que estuviera viviendo, sino sólo observando la vida desde fuera. No fui al colegio, y mis hermanos no intentaron obligarme tampoco. Apenas comía, ni siquiera salía de casa; en realidad, casi no hacía otra cosa que dormir. El sueño era la única manera de escapar de la dolorosa añoranza de Edward.
Phantom se había convertido en mi único consuelo. Parecía percibir mi desazón; se pasaba todo el tiempo conmigo y hasta me arrancaba alguna sonrisa con sus travesuras. Agarraba con los dientes mi ropa interior, aprovechando que el cajón había quedado abierto, y la dejaba tirada por toda la habitación. Una vez se enredó de mala manera con los ovillos de Rosalie y tuve que ir a liberarlo. Otra vez arrastró por toda la escalera hasta mi habitación un paquete de golosinas de carne con la esperanza de que le diera una como recompensa. Esas diabluras me proporcionaban un respiro en el inmenso silencio que se extendía ante mí. Pero enseguida volvía a recaer en aquel comatoso estado de vacío.
Rosalie y Jasper estaban cada día más preocupados. Me había convertido prácticamente en la sombra de una persona o de un ángel; ya ni siquiera colaboraba en las cosas de la casa.
— Esto no puede seguir así —dijo Jasper una tarde, cuando volvía del colegio—. No es manera de vivir.
— Lo siento —me disculpé con tono inexpresivo—. Me esforzaré más.
— No. Rosalie y yo vamos a ocuparnos del asunto esta noche.
— ¿Qué vais a hacer? —pregunté.
— Ya lo verás —finalizó, negándose a revelarme nada más.
Salieron después de cenar y yo me quedé en la cama, mirando el techo. No creía que pudieran hacer nada para solucionar el problema, aunque les agradecía que lo intentaran.
Me levanté perezosamente y fui a mirarme al espejo del baño. Indudablemente, estaba cambiada. Incluso con la sudadera holgada que tenía puesto, saltaba a la vista que había perdido mucho peso en cuestión de días. Tenía la tez amarillenta y se me marcaban por detrás los omóplatos. El pelo me caía lacio y sin brillo, y los ojos se me veían apagados, oscuros y tristes. No lograba permanecer del todo erguida; me encorvaba como si apenas pudiera sostener mi peso y parecía tener una sombra permanente en la cara. Me preguntaba si alguna vez sería capaz de recomponer las piezas de mi vida terrestre, que habían quedado desbaratados cuando Edward me había abandonado. Se me ocurrió por un momento que él no había llegado a afirmar que nuestra relación se hubiera acabado, pero eso era lo que había querido decir en el fondo. Había visto su expresión; habíamos terminado. Volví a la cama arrastrando los pies y me acurruqué bajo el edredón.
Alrededor de una horas más tarde alguien llamó a la puerta de mi habitación, pero yo estaba sumida en una especie de estupor y apenas lo advertí. Sonó otro golpe, más fuerte esta vez, y oí que se abría la puerta y que alguien entraba. Me tapé la cabeza con la almohada; no quería que me engatusaran para que bajase un rato.
— ¡Por Dios, Bella! —era la voz de Edward desde el umbral—. ¿Qué te estás haciendo?
Permanecí inmóvil. No me atrevía a creer que fuese él realmente. Contuve el aliento, convencida de que cuando mirase la habitación estaría vacía. Pero él volvió a hablar.
— ¿Bella? Jasper me lo ha explicado todo… lo que hizo Tyler, y que incluso te amenazó —escuché el rumor de sus pasos arrastrándose hacia mí, pero no le di demasiada importancia—. ¡Oh, Dios, perdóname! Lo he estropeado todo.
Me incorporé en la cama. Allí estaba, arrodillado junto a mi cama, con una camiseta holgada y unos tejanos descoloridos: alto y guapísimo, tal como lo recordaba. Se le veía más pálido de lo normal y tenía cercos bajo los ojos, pero ésas eran las únicas señales de angustia. Noté que se estremecía al ver mi aspecto tan demacrado.
— Creía que nunca volvería a verte —susurré, mirándolo de arriba abajo, para asegurarme de que era real, de que efectivamente había venido a verme.
Edward se levantó, se sentó a un lado de la cama, tomó mi mano y se la llevó al pecho. Me recorrió un escalofrío al sentir el contacto de su piel; contemplé su mirada de esmeralda, tan llena de angustia, y no pude impedir que me rodaran las lágrimas por la cara.
— Estoy aquí —susurró—. No llores, estoy aquí, aquí.
Repetía una y otra vez estas palabras, y yo dejé que me rodeara con sus brazos y me estrechara contra él.
— No debería haber dejado que te fueras de aquel modo —me dijo—. Estaba muy disgustado. Pensaba… bueno, ya sabes lo que pensaba. Joder, he sido un tarugo al pensar siquiera mal de ti.
— Sí. Ojalá hubieras confiado en mí y me hubieras dejado explicarme.
— Tienes razón. Te amo y debería haberte creído cuando me dijiste la verdad. No entiendo cómo he sido tan estúpido.
— Creía que te habéis ido para siempre —le susurré, todavía con lágrimas en los ojos—. Pensaba que te habías apartado de todo porque te había fallado, porque yo misma había destruido lo único que me ha importado de verdad en toda mi vida. Esperaba que vinieras, pero no aparecías.
— Perdóname —noté que se le quebraba la voz. Tragó saliva y se miró las manos—. Haré lo que sea para compensártelo, yo…
Lo hice callar poniéndole un dedo en los labios.
— Ahora ya está —dije —. Quiero olvidar que ha ocurrido siquiera.
— ¡Cómo me dices eso! —dijo, notoriamente exaltado—. Bella, después de cómo te traté ese día, de haber pensado lo peor de ti y haber tenido tan poca fe en lo nuestro, ¿me pides que lo deje pasar, como si no fuese nada?
— Por favor —se me entrecortaba ligeramente la voz—. Solo quiero estar contigo. Quiero que me abraces y me hagas sentir que todo va a estar bien otra vez.
— Claro. Lo que tú digas —suspiró resignado.
Permanecimos un rato en mi cama en silencio, saboreando la felicidad de volver a estar juntos de nuevo. Yo agarraba con fuerza su camiseta, como si temiera que pudiera desaparecer si la soltaba. Edward me contó que Jasper y Rosalie se habían ido del pueblo para dejar que aclarásemos las cosas a solas.
Aprovechando nuestra libertad temporal, decidimos dar un paseo por la playa. Me vendría bien respirar aire fresco tras estar tantos días encerrada en mi casa. Por supuesto, Edward no se negó a mis deseos.
— Aguantarme sin hablar contigo varios días ha sido lo más difícil que he hecho en mi vida, ¿sabes? —me confesó Edward mientras las olas rompían en nuestros pies, cerca ya de la Costa de los Naufrágios
— Te entiendo —murmuré—. Yo quería morirme.
Él me soltó la mano que teníamos entrelazada bruscamente.
— Nunca pienses así, Bella, pase lo que pase. No merezco tanto la pena.
— Yo creo que sí —repuse y él suspiró.
— No voy a decir que no entienda a qué te refieres —reconoció —. Es como el fin del mundo, ¿no? No recuerdo haberme sentido así por alguien antes de conocerte. Estar sin ti fue como…
— Como el fin de toda felicidad —terminé la frase por él—. De todo lo que has conocido. Es lo que pasa cuando haces que una persona lo sea todo para ti.
Edward sonrió.
— Entonces supongo que no hemos sido muy prudentes. Pero no lo cambiaría por nada del mundo.
— Ni yo tampoco —me quedé callada unos minutos. Le tomé la mano nuevamente y me di unos golpecitos con sus dedos en la punta de la nariz—. Ed…
— ¿Si?
—Si sólo unos días separados nos han matado, ¿qué pasará si el Cielo descubre lo que sucedió…?
— Ahora no —me cortó—. Acabo de recuperarte; no quiero pensar en perderte otra vez. No lo permitiré.
— No podrás impedirlo —le dije—. Que seas jugador de rugby no significa que puedas enfrentarte con las fuerzas celestiales. No hay nada que desee tanto como quedarme contigo, pero estoy muerta de miedo.
— Un hombre enamorado es capaz de hacer cosas fuera de lo común —dijo Edward —. Me da igual que seas un ángel. Tú eres mi ángel y no dejaré que te vayas.
— Pero ¿y si lo hacen sin previo aviso? —pregunté con desesperación—. ¿Y si me despierto una mañana en el lugar de donde vengo? ¿Has llegado a pensarlo?
Edward entornó los ojos.
— ¿Y cuál crees que ha sido mi mayor temor desde que lo hicimos? ¿No sabes el terror que me da que un día vaya al colegio y tú no estés allí?, ¿qué venga a buscarte y nadie abra la puerta? Ni una sola persona del pueblo, salvo yo, sabrá a dónde has ido. Y de nada me servirá saberlo porque es un lugar al que no puedo ir a buscarte. O sea que no me preguntes si he llegado a pensarlo, porque la respuesta es sí, lo hago todos los días.
Volvió a hacer círculos con su dedo gordo en mi mano y miró enfurecido las nubes del cielo, como si toda la culpa la tuvieran aquellos gases.
Mientras lo contemplaba en silencio, me di cuenta de que tenía ante mí a todo mi mundo: medía poco más de metro ochenta y estaba allí, cogido de mi mano. Comprendí al mismo tiempo que nunca podría dejarlo. Nunca podría volver a mi antiguo hogar, porque ahora mi hogar era él. Me sentí inundada de un abrumador deseo de permanecer lo más cerca posible de él, de fundirme con él y sellar así un compromiso para no permitir que nada pudiera separarnos.
Posé mis manos a cada lado de su cara, y acerqué mis labios a los suyos. Edward me miró con curiosidad. Yo le devolví la mirada sin decir palabra. Él se me acercó y me deslizó sus manos por la espalda. Di un suspiro y me dejé envolver en su abrazo. El contacto de su piel, aunque estuviera la ropa de por medio, me transmitió por todo el cuerpo una cálida irradiación. Me apreté contra él. Por primera vez desde hacía días, me sentía completa.
Besé sus labios, recorrí su rostro con las manos, palpando aquella nariz y aquellos pómulos tan familiares. Habría reconocido el contorno de su cara entre un millón; habría sido capaz de leerla como lee un ciego un texto en braille. Tenía un olor dulce y fresco. Apreté mi pecho contra el suyo. A mí modo de ver, él no tenía ni un solo defecto físico, pero no me hubiera importado si lo hubiese tenido. Igualmente lo habría amado si hubiera sido deforme o un mendigo harapiento. Simplemente porque era él.
— Te amo —dije, acompañado de un suspiro contra sus labios.
— Como yo te amo a ti.
Miré a nuestro alrededor, buscando cualquier señal de que alguien nos acompañara o estuviera cerca de nosotros. Quería estar a su lado, completamente a solas, y sin la interrupción de nadie; quería estar en completa paz junto a Edward. Afortunadamente, parecía que el lugar era un desierto; pero para nosotros, era como estar en nuestro propio paraíso.
Recorrí sus facciones nuevamente, al tiempo que él imitaba mis acciones. Su toque era delicado, como si estuviera tocando la más fina porcelana. Suspiré de placer, mientras lo sujetaba por la nuca, atrayéndolo más hacia mi cuerpo. Poco a poco nos fuimos recostando en la suave arena, Edward colocándose sobre mí, sin separar nuestros labios. Fui reviviendo aquel día, en su casa, cuando decidí entregarme a él en cuerpo y alma.
Nadie hubiera podido entender la falta que hizo en mi vida. Sentía que mis pulmones se expandían completamente, que el aire ya no me faltaba. A pesar de que siempre lo había sabido, Edward me complementaba en todos los sentidos. Ese hueco que se había formado en mi pecho parecía estar llenándose poco a poco, conforme nuestro beso empezaba a volverse más demandante.
— Perdóname, ángel —susurró contra mi boca—. Te eché tanto de menos.
Lentamente, nos fuimos despojando de nuestras ropas, haciéndolas a un lado mientras la suave marea nos acariciaba las puntas de los pies. Edward fue lo suficientemente inteligente en ese momento como para arrojarlas lo más lejos posible, para evitar que el mar se las llevara. Pero, siendo sincera, eso no me importaba en lo más mínimo.
Aunque me rondaban por la cabeza todos esos auto reproches, censurando lo que estaba a punto de hacer, los jalé hasta la parte más apartada de mi mente, tratando de disfrutar este momento junto al hombre que amaba. Quería detener el tiempo y que solo fuéramos él y yo.
Sus besos me trajeron a la realidad, pues comenzó a recorrer mi cuello con su boca, llegando al lóbulo de mi oreja y besando el hueco detrás de ella; habíamos descubierto que ese era un punto demasiado sensible de mi cuerpo, y a él le encantaban las reacciones que provocaba al hacerlo. Gemí y me arqueé contra hacia él, rozando de paso mis pezones contra sus firmes pectorales, duplicando la sensación placentera. Lo sentí sonreír contra la piel de mi cuello, disfrutando del efecto que causaba.
Dejé salir un profundo gemido y él soltó una risita, y me sorprendió enormemente cuando de pronto dio un pequeño mordisco en el punto entre mi cuello y el hombro; no había sido demasiado fuerte como para romper la piel o dejar una marca permanente, y la sorpresa fue aún mayor al descubrir cuánto lo había disfrutado. No había malicia en sus acciones, sino un delicioso placer envolviendo el ambiente.
Una de sus manos comenzó a recorrer mi cuerpo, con una tortuosa lentitud que me estaba volviendo loca. Acarició uno de mis pechos, pasando su pulgar por la punta, hasta seguir con su camino cuesta abajo. Sustituyó sus dedos con su boca, lamiendo y succionando la sensible piel. Sus manos los tocaban como si fuera el único par en todo el universo. Los exploraba de manera cuidadosa, disfrutando de ellos, conociendo su forma, su sabor; se tomó su tiempo, ya que en ese momento no sabíamos si nuestros encuentros estaban limitados. No había prisas.
Estaba tan enfocada en lo que sentía en ese momento, que no me di cuenta cuando sus manos retiraron nuestra ropa interior, dejándonos completamente expuestos a la brisa que soplaba el mar. La noche nos envolvía y las estrellas eran las únicas que atestiguaban nuestro encuentro.
Nuevamente, sus dedos empezaron a acariciar ligeramente los pliegues de mi sexo, enviando descargas eléctricas por todo mi cuerpo. Sentía que mis pies se acercaban al borde de un precipicio, y mi respiración empezó a salir de manera irregular. Insertó un par de dedos, arrastrándome con más fuerza, y solo fue necesario rozar con la punta del pulgar mi clítoris para arrojarme de golpe hacia el final.
Jadeaba para llenar de oxígeno mis pulmones, sentía que cada parte de mi cuerpo estaba rellena de arena. Difícilmente iba a poder incorporarme sobre mis pies justo ahora.
Edward esbozó aquella sonrisa ladeada que sabía que yo adoraba, para después capturar mis labios en un beso cargado de adoración. Sonreí contra sus labios y acaricié los finos cabellos de su nuca. El cambio en nuestra relación era palpable: para nosotros era más que simple sexo, era una entrega mutua de nuestros cuerpos, hasta fundirnos en una sola persona.
En ese momento, era como si todo este tiempo no hubiéramos estado separados. Todos esos días de agonía apartada de su lado ahora me sonaban como una extraña pesadilla; algo que nunca había sucedido.
Quería corresponder a sus acciones. A pesar de lo inexperta que era en este tema, tenía una vaga conciencia de lo que tenía qué hacer, solo que no estaba segura de que tuviera el resultado que esperaba. Y con todo y eso, decidí aventurarme a acariciarlo de la misma manera tan íntima como él hacía conmigo.
Tomando la iniciativa, empecé un beso lento, saboreando el néctar de sus labios de manera sensual. Recorrí los fuertes brazos y pasé mis manos por su amplia espalda, sintiendo cada depresión formada por sus músculos. No importaba la juventud de su cuerpo, pues podía presumir que estaba muy bien formado gracias al constante ejercicio que hacía. Continué mi camino por sus pectorales, cepillando sus costados con las yemas de los dedos.
Entonces, decidí dar el paso final. Estiré mi mano hasta alcanzar su hombría, enrollando mis dedos alrededor de su miembro y ganándome un jadeo asombrado de su parte. Empecé a mover mi mano de arriba a abajo, aumentando poco a poco la velocidad, mientras la respiración de Edward empezaba a ser cada vez más elaborada. Sentía que todo mi cuerpo ardía por la vergüenza, pero mi satisfacción estaba en la mueca de placer que se dibujaba por su rostro. Después de unos instantes, él mismo comenzó a mover sus caderas contra mi mano, buscando su propia satisfacción.
Quería que llegara a su liberación, así como yo lo había logrado hace unos instantes, por lo que poco a poco empecé a aumentar la velocidad de mi mano sobre su miembro. Sin embargo, su gesto de placer se convirtió en una mueca torturada, y colocó su mano sobre la mía para detener mis movimientos.
— Para. Para, por favor —suplicó suavemente. ¿Acaso no le había gustado? ¿No lo estaba haciendo correctamente? —. No me malinterpretes, amor, pero no quisiera terminar de esta manera.
Sonreí tontamente por mis pensamientos paranoicos, y me limité a asentir con la cabeza.
Los besos y las caricias no pararon en ningún momento. Decidí enganchar mi pierna en su cadera, y con esto empezamos a mecer nuestros cuerpos de manera involuntaria, sin que entrara en mi cuerpo, tratando de sentir un poco más de placer. Mi corazón latía de manera desbocada, y por un instante llegué a pensar que se saldría de mi pecho.
— Llámame loco —gimió contra mi boca—, pero en este momento no puedo pensar en otra cosa que no sea sentirte. Necesito sentirte.
Lo besé nuevamente, como si con eso pudiera decirle que por mí estaba bien, pues compartíamos la misma necesidad. Poco a poco, sentí nuevamente que su miembro entraba en mi sexo, hasta llenarme completamente. Una vez que estuvo completamente dentro de mí, los dos gemimos de placer, y empezó aquella maravillosa danza.
Todos mis sentidos estaban completamente despiertos y alertas. Sentía cada poro de mi cuerpo arder de deseo, y enrollé mis piernas en su cintura, tratando de eliminar cualquier espacio entre nuestros cuerpos. Sus embestidas empezaron a aumentar de velocidad, y aquel borde que empezaba ser familiar para mí se avecinaba. Me sujeté de sus omóplatos, arañando sutilmente la piel que cubría su espalda, como una manera de sujetarme de algo y no salir disparada de mi lugar. Nuestros gemidos eran el único sonido en ese lugar, siendo acompañados de vez en cuando por el romper de las olas.
Los ojos de Edward no mostraban más que infinita adoración, y no pude evitar recorrer su rostro con las yemas de los dedos. Sonrió con ternura y besó mi barbilla, para después esconder su rostro en la curva de mi cuello, aumentando un poco más el movimiento de sus caderas contra las mías. Aunque el placer amenazaba con desmoronarme de un momento a otro, Edward se tomó su tiempo. Me hizo el amor de manera consciente, sin detenerse a preocuparse por el tiempo entre nosotros.
La burbuja en mi vientre no pudo soportar más y reventó, enviando ondas por todo mi cuerpo. Grité y me aferré con mayor fuerza a su cuerpo, tratando de no desvanecerme.
Sin embargo, esto no detuvo a Edward. Me sorprendió al tomarme de la cintura y girarnos hábilmente, dejándome sobre su cuerpo. Me quedé en shock por unos instantes, totalmente insegura de qué hacer. Por supuesto, él no permitió que mi miedo opacara tan hermoso momento, pues me tomó por las caderas y fue guiando mis movimientos sobre su miembro. El placer en esta nueva posición era indescriptible, pues con sus embestidas tocaba terminaciones nerviosas que desconocía, y bastaron unos cuantos minutos para que yo sola tomara el ritmo y empezara a mecerme sobre él.
Me sujeté de su pecho, y aumenté la velocidad, viendo nuevamente ese gesto de placer en su rostro. Él lo estaba disfrutando, y eso me era más que suficiente. Podía sentir que estábamos cerca de alcanzar el orgasmo. Quería que él sintiera una mínima fracción del placer que estaba experimentando a su lado.
En ese momento, llena de sensaciones indescriptibles, solté todo mi cuerpo y mis alas salieron abruptamente de par en par, mientras dejaba caer mi cabeza hacia atrás, soltando un gemido. En ningún momento temí por la reacción de Edward, pues sabía que con él podía ser completamente yo misma, y sobre todo, que mientras estuviera conmigo podía sentirme completamente a salvo.
— Sin duda alguna, eres la criatura más perfecta que he visto en mi vida.
Por supuesto, se había sorprendido por mi acción, además de que nunca me había visto con las alas desplegadas, pero más que una expresión de horror o miedo, solo pude encontrar amor en su mirada.
Salió de mi cuerpo, pero no me moví de mi lugar, quedando a horcajadas sobre él. Sacudí mis alas ligeramente, quitándoles la arena que seguramente estaba adherida a ellas, y Edward acarició las plumas con gran interés. Me incliné sobre él, escondiendo mi rostro en el hueco entre su hombro y su cuello, aún sin guardar nuevamente mis alas.
En ese momento, sentía como si literalmente fuéramos una sola persona, y no dos seres individuales.
— ¿Qué me has hecho, mi hermoso ángel? —susurró contra mi cabello, sin dejar de acariciar mis alas ni mi rostro—. Me tienes completamente atado a tus manos.
Y esa era la misma pregunta que yo me hacía, pues el sentimiento era mutuo.
Sin poder evitarlo, todas esas preguntas que rondaban mi cabeza volvieron con fuerza: ¿Qué significaba todo esto? No podía entender la intensidad de mis emociones, y temía que todo esto me explotara en la cara de un momento a otro.
Pero por ahora, solo quería disfrutar de la cercanía de mi amor, dejando las dudas y temores para más adelante.
*** Nota ***
Recomendación musical: "Perdóname ángel" y "Volvamos a empezar", de Melendi. Creo que ambas opciones van perfectamente con todo el capítulo.
