Capítulo —M—.
DAENERYS
La Madre de los Dragones al fin se hallaba cerca de cumplir su Destino, al fin volvería a Westeros, y lo haría al frente de un ejército poderoso y tres dragones adultos —Pobre de ti Viserys, morir como un exiliado después de vivir toda tu vida de limosnas—. Su hermano la había vendido a khal Drogo para hacerse de un ejército y reclamar el Iron Throne, pero ahora ella llevaría a cabo el sueño y la ambición de Viserys para reclamar lo que por 300 años le perteneció a su familia. La gloria de los Targaryen no perecería con ella—. Todo se está cumpliendo al pie de la letra, todo excepto la profecía que me hicieron cuando esperaba al hijo de mi sol y estrellas, que sería "el semental que montará al mundo"—. Después de la muerte de Drogo, de la muerte de su hijo, del nacimiento de sus dragones, Daenerys supo que jamás sería madre y sus únicos hijos serían Drogon, Viserion y Rhaegal… hasta hace unos meses.
Cuando vagaba sola, tratando de volver después de que Drogon la llevara lejos con él, poco antes de que la encontrar khal Jhaqo, se había sorprendido sangrando entre las piernas —Cuando el sol salga por el oeste y se ponga por el este. Cuando los mares se sequen y las montañas se mezan como hojas al viento. Cuando mi vientre vuelva a agitarse y dé a luz un niño vivo. Entonces volverás, mi sol y estrellas, eso fue lo que me profetizó Mirri Maz Duur. Cuando mi vientre vuelva a agitarse y dé a luz a un niño vivo, y el calor en mi interior me dice que puedo ser madre de nuevo, que la profecía se cumplirá y mi hijo se cubrirá de gloria—. El corazón de Dany latió con fuerza y la esperanza brilló con intensidad en su firmamento. El dragón tiene tres cabezas, y ella y su hijo serían dos de ellas, llegarían a Westeros para reducir a sus enemigos en fuego y sangre—. Al fin la suerte me sonríe y mi Destino se extiende ante mí.
Desde su regreso, hacía ya dos semanas, Dany le había dado de vueltas al mismo asunto: ahora podía dar vida, pero no tenía más a su sol y estrellas, ¿quién sería entonces el padre del semental que montará al mundo? En su corazón conocía la respuesta, aún antes de formularse, aún antes de que este milagro tomara vida en la realidad, un nombre era el único que se escondía dentro de ella, pero su cabeza le repetía una y otra vez que era un error—. No tengo a nadie más y debo dar a luz a un hijo, no es sabio que viaje a Westeros sin un heredero—. Y por dos semanas calló y meditó, no habló de esto con nadie, si quiera con Missandei, aunque no le quedaba duda alguna de que su fiel sirvienta sospechaba que un cambio se había producido en ella.
Daenerys no era caprichosa, le gustaba pensar que era más sabía de lo que Viserys alguna vez fue, de lo que su padre había sido, que no se dejaría llevar por sus deseos e impulsos, pero no había nadie más y ella quería, necesitaba, un heredero—. Un hijo mío no puede tener como padre a un mercenario como Daario Naharis—. Por más que le gustara, por más que lo deseara, jamás lo consideraría para tal honor—. Además, mi corazón sólo guarda un nombre, el mismo que mi deseo me susurra por las noches y hace temblar mi alma—. Era un error, lo sabía, pero cada día encontraba más y más razones para hacerlo, engañándose con argumentos y acallando la voz de su consciencia—. No tengo opción—. La tenía, pero no lo quería aceptar, así que esa noche envió a Missandei, a la única persona en la que confiaba sus secretos, para que trajera a Jaime a su presencia.
Levantó el rostro mientras esperaba, observando a través de la ventana que se trataba de una noche sin luna, una noche obscura y sin estrellas, una que vaticinaba tormenta, pero aquello le pareció bien, así ni los astros conocerían su lado más desagradable—. Estoy haciendo lo correcto, no pido nada imposible, nada que no sea justo—. Cerró los ojos y tomó aire—. El dragón tiene tres cabezas—. Los abrió de nuevo al escuchar ruido y se giró para encarar al recién llegado.
— Lamento llamarte a esta hora —le dijo Daenerys en cuanto la puerta de sus habitaciones privadas se cerró y ambos permanecieron completamente solos.
Aún en su auto engaño, Dany podía ver a Jaime tenso, no era tonto, y desde antes de su partida, ella sabía que ya había notado el interés que mostraba en su persona, evitando pasar tiempo a solas con ella, alejándose—. Y a pesar de saber que no me es indiferente no utilizó esta ventaja en su beneficio, no quiso controlarme, no buscó ni mi poder, ni mis dragones—. Y aquello únicamente había aumentado su atractivo ante sus ojos violetas. Tenía que ser él, no había nadie más, el padre de su hijo debía ser así: soberbio, poderoso, un rey en todo menos en nombre—. Sus ancestros fueron reyes en la Roca, Loren I Lannister hincó la rodilla ante Aegon el Conquistador, así que él deberá hacerlo conmigo. Sí, es correcto que el semental que montará al mundo tenga un padre así, un hijo de reyes—. Y con esto en mente era que había bañado a Jaime de favores desde su regreso, que había aceptado a su hermano como su Mano, que le daba su lugar a Robb frente a Asha, quería amarrarlo a ella, tenerlo en deuda con su generosidad—. Jaime es demasiado orgulloso, tiene que ver por sí mismo que si quiere que se cumplan sus ambiciones deberá hacer lo que le pido.
— Su Majestad Real dirá qué puedo hacer por usted —Jaime habló primero, harto de aquel silencio que no hacía más que mermar su de por sí corta paciencia.
— Toma asiento a mi lado —palmeó el diván sobre el que se hallaba sentada, frente a la inmensa ventaba abierta de par en par. La habitación de la Reina se hallaba en lo más alto, frente a un jardín privado en el que no se veía un alma y fuertemente custodiado por los fieles Unsullied. Dany lo vio dudar, todos sus sentidos le decían que huyera, pero no podía negarse—. Te llamé aquí porque es el único sitio donde me siento segura, donde no habrá oídos y ojos entrometidos, pues lo que debe decirse es únicamente para ti.
— ¿Su Majestad sospecha de espías entre su gente?
— No, pero tenemos gente nueva, Asha Greyjoy y su séquito, por ejemplo, y la gran pirámide es un panal de pasadizos y pasajes secretos —Jaime no se molestó en ocultar su sorpresa, desconocía esto y la nueva información puso a trabajar su mente—. Como puedes ver, es mejor hablar aquí.
— Escucho, su Majestad Real.
— Jaime, creo que no miento al afirmar que he sido más que generosa contigo, y con Lord Stark —Daenerys habló con suavidad, pero no conseguía relajarlo, era la primera vez que le hablaba con tanta familiaridad, empleando su primer nombre y cada uno de los sentidos del León le decían que tuviera cuidado—. Estoy agradecida con ambos por todo lo que han hecho por mí, por luchar a mi lado y combatir a mis enemigos en mi ausencia, pero temo que hay algo más que debo pedir de ti, un favor especial si quieres verlo de esa manera.
— ¿Qué clase de favor?
— Sé que Lord Stark es lo más importante en tu vida, lo primero, el amor que los une es lo más hermoso que he contemplado y no le mentí a Stark cuando le dije que él debía ser el hombre más feliz del mundo —Jaime también desconocía aquello, pero calló, observándola cada vez más tenso, como un arco a punto de ser disparado—. Dime algo, si un día tuvieras que elegir entre él y yo, ¿qué harías?
— Su Majestad Real es cruel, jamás osaría pensar en traicionarla…
— No, yo sé que no, pero no estoy hablando de pensar si no de sentir —lo interrumpió Daenerys, siempre en el mismo tono calmado, casi dulce, emocionada más de lo que ella misma pensó que estaría en este momento—. Uno no gobierna sus sentimientos y no te preocupes, no tienes que mentirme, sé que tu amor por Lord Stark es más fuerte que todos los juramentos que pudieras hacerme, por eso es que quiero hacer un trato contigo.
— ¿Qué clase de trato?
— Lord Stark y tú me necesitan para recuperar lo que les pertenece en Westeros, ahora incluso también tu hermano me necesita, y yo los necesito a ustedes, son mis aliados y, como les he dicho antes, reconozco su valía y agradezco sus esfuerzos; pero necesito una garantía de que un día tus sentimientos no te obligaran a traicionarme —Daenerys le sostuvo la mirada, y se estremeció de solo pensar en sentirlo sobre ella. ¡Qué ojos! Tan intensos, llenos de emoción, brillan con la fuerza misma de su alma.
Jaime no le respondió de inmediato, su corazón latiendo con furia y su mente corriendo s gran velocidad.
— ¿Qué garantía necesita?
— Un hijo.
— ¿Un qué? —era lo último que Jaime esperó escuchar, y aquello lo sacó de balance.
— Soy la última de los Targaryen, estoy lista para reclamar lo que es mío, pero no puedo marchar sola —explicó Daenerys con firmeza, como si expusiera un plan de ataque o una estrategia política a seguir. Estaba convencida de que lo que hacía era correcto, que era necesario y perfectamente razonable, y de esta forma lo expuso, como si se tratara de un negocio—. No sé qué me depare el Destino en los Seven Kingdoms, pero sé que un gobernante sin hijos ha condenado su reino a la extinción. Si algo llegara a ocurrirme, debo tener un Príncipe Heredero al cual sigan mis tropas, un estandarte bajo el cual se unan para continuar con mi lucha aún si la Muerte me arrebata de este mundo. Sabes que lo que te digo es verdad y es necesario.
Jaime se puso de pie, demasiado sacudido para permanecer inmóvil y caminó de un lado a otro, sacudiendo la cabeza, como el león enjaulado que era.
— ¿Por qué yo? Entiendo y acepto que necesite un hijo, pero no soy el único hombre sobre la faz del mundo, ¿por qué yo? —la encargó, olvidándose de que era una Reina, su Reina.
— Ya te lo he dicho, porque un hijo tuyo es mi garantía de que un día no elegirás a Lord Stark sobre mí… sobre la madre de tu hijo.
— ¿Nada más eso? —la retó Jaime, deteniéndose frente a ella, dejando que su temperamento tomara el control, harto de bailar en la palma de la mano de una Reina— ¿Es la única razón? ¡No me mientas! ¿Crees que no he notado tus miradas? Me deseas, ¿no es así? Y me has deseado desde hace mucho, pero sabes que jamás me fijaré en ti y por eso ideaste este ridículo plan.
Daenerys se enfureció y el color se le subió al rostro. Acababa de ver a través de ella, la acababa de exponer tal y como era, sacando a la luz el lado que más despreciaba de sí misma, y la ira se apoderó de su ser, incapaz de controlarla, incapaz de continuar engañándose detrás de su fría lógica—. ¡¿Cómo se atreve?! ¿Quién se cree que es para hablarme así? ¡No es mi dueño, no puede humillarme de esta manera, no me controla!
— No me importa qué es lo que pienses —se puso de pie y levantó el rostro, orgullosa, para encararlo—, no me importa qué es lo que creas saber, la realidad es que a mí me debes mucho. ¡Todo! No sólo les perdoné la vida, les di un lugar privilegiado en mi séquito, recibí a tu hermano como la Mano de la Reina, y estoy lista para acabar con Asha Greyjoy si es que hace algo por tan siquiera molestar a tu amante. No te estoy pidiendo que me ames, mucho menos que seas mi marido…
— Oh no, eso ya lo hiciste, ¿crees que soy idiota? —Jaime levantó la voz, furioso— El otro día que hablamos de tus opciones para contraer matrimonio, lo que en verdad deseabas era conocer mis pensamientos, si tenías alguna oportunidad de que accediera a tomarte como esposa —Daenerys tembló de furia, la estaba exponiendo, desnudándola y eso la asustó tanto como la llenó de ira. Estaba perdiendo el control de la situación y Jaime la dejaba como una estúpida, una niña berrinchuda.
— ¡Estás equivocado!
— ¿Ah, sí? Bueno, vamos a analizar lo que tú misma me estás diciendo —Jaime dijo con burla, empeorando su humor—. Necesitas un heredero, es verdad, entonces debiste aceptar la propuesta de matrimonio de Quentyn Martell, porque si en verdad estás pensando en qué es lo mejor para hacerte con el Iron Throne, debiste aliarte con Dorne y parir un hijo legítimo, no un bastardo como lo estás proponiendo.
— ¡No presumas de conocerme!
— Admite que yo soy un capricho, nada más —Jaime dio un paso hacia ella.
— Lo que yo solicito no es nada.
— ¿Nada? Tu propuesta me deshonra y me insulta, no soy ni tu esclavo ni tu ramera, mucho menos tu semental, para eso tienes a Daario, ¿no? —Daenerys quiso abofetearlo pero él detuvo su mano a tiempo.
— ¡Te estoy pidiendo lo único que Robb jamás podrá darte, lo único que puedo quitarte y reclamar como mío! —sus ojos violetas refulgieron con intensidad— ¿Crees que no sé que yo jamás me reflejaré en tu mirada como lo hace Robb? He visto como lo tocas, como le haces el amor a tu estrella del norte —Jaime la vio aún más molesto, si es que tal cosa era posible—. Mataría por conocer un amor así, por ser soberana en tu corazón, pero escúchame muy bien Jaime Lannister, no eres mi dueño y no me gobiernas, y si no me das la garantía que necesito, ni tú, ni Robb, ni Tyrion vivirán un día más.
Jaime soltó su mano y Daenerys se sorprendió así misma al haber explotado de esta forma. El León de Lannister consideró despacio sus palabras. Su orgullo le exigían que se retirara y que pasara lo que tuviera que pasar, tendría que correr a sus habitaciones y huir de Meereen con Robb y Tyrion, o tal vez matarla antes para ganar algo de tiempo, después de todo estaban solos ahí; pero cada nueva idea era desechada enseguida, y Daenerys, sin necesidad de tener la habilidad de leer mentes, podía saber exactamente lo que estaba pensando y en qué orden; había pasado días imaginando esta escena y tenía preparadas sus respuestas y sus acciones, así que aguardó en silencio a que se convenciera por sí mismo de que no tenía más opción que hacer lo que le pedía—. Tengo todo el jardín rodeado por los Unsullied, y él lo sabe, le pedí a Missandei que cuando lo trajera se asegurara de que viera a todos los guardias.
— Eres igual a tu padre —Jaime escupió con todo el desprecio que fue capaz de reunir, lastimándola más de lo que ella misma admitiría. Escuchando las historias de Ser Barristan se había prometido nunca ser como el Rey Aerys II, buscando siempre emular el ejemplo de su hermano mayor Rhaegar, temiendo caer en las garras de la locura de los Targaryen, en cometer los errores de Viserys. Ella no era como el Rey Loco, y con necedad se lo repitió—. Si aceptara lo que me estás pidiendo… —habló con los dientes apretados.
— Un hijo sería una garantía tanto para ti como para mí, no haré nada por dañar a su padre, y tendrás todos los honores que mereces. Tú y Robb estarán a salvo y obtendrán más de lo que buscaban cuando llegaron a mí —Daenerys habló una vez más en calma y control de sí misma, jurándose que no volvería a buscarlo una vez que un hijo se formara en su vientre. Le encantaba, lo deseaba, le estremecía siquiera el pensar en Jaime, pero no volvería a acercársele de esta forma en lo que le restara de vida. O eso se juró en este momento, su conciencia reclamándole sus acciones, pero su cuerpo pidiendo a gritos sentirlo—. No tengo intensiones de ocultarle a mi hijo quién es su padre, y él también verá por ti cuando su tiempo llegue.
Jaime no supo cómo interpretar esto último.
— De acuerdo —aceptó, sintiendo que accedía caminar al cadalso, asqueado—, pero después de esta noche, dame tu palabra de que no volverás a espiarnos ni a Robb ni a mí, que no habrá nada entre tú y yo.
— Lo juro sobre mis ancestros, mis hermanos y la vida mis dragones —pronunció las palabras con solemnidad.
Jaime asintió y Daenerys sintió que conquistaba una gran victoria, su cuerpo estremeciéndose de emoción. Tomó aire y llevó las manos a sus hombros para deslizar las suaves telas de su vestido y descubrirse poco a poco. Era una mujer muy hermosa, y estaba consciente de lo que provocaba en los hombres, sabía lo que pensaban de ella, así que buscando impresionar a Jaime le permitió admirarla con el cabello completamente suelto, su piel desnuda acariciada por la luz de las numerosas lámparas de aceite que iluminaban la habitación… y la decepción fue grande al ver que no conseguía que esos ojos esmeralda la vieran como ella imaginó—. Es fuerte e indomable, como mis dragones, digno padre de un Dragón—. Se dijo contenta, y se acercó a él, despacio, buscando besarlo, levantándose en las puntas de sus pies pues era mucho más baja que él, sus senos desnudos apretados contra su pecho, pero Jaime levantó el rostro para alejarse, viéndola con altiva arrogancia, casi con burla.
— Accedí a hacerte un hijo, no a hacerte el amor —y dicho esto, la tomó por el brazo, casi arrastrándola hasta su cama y sin ningún miramiento le dio la vuelta para dejarla en cuatro frente a él.
Dany quiso decir algo, protestar de alguna manera, la situación se le salía de las manos, como arena entre los dedos; lo escuchó abrir sus pantalones y tocarse con prisa, buscando acabar con este asunto lo más pronto posible—. No. Esto no debía ser así—. Quiso girarse, ella lo ayudaría, ella lo enardecería con sus besos y caricias, lo haría olvidarse por una noche de Robb; pero no se movió, no pudo, tan pronto entró en ella hasta de pensar se olvidó, incluso si sus dedos, como garras se enterraban en la piel de su cadera, si entraba en ella con odio…
-o-o-o-
Cuando la mañana llegó, Daenerys despertó con una sonrisa que ni siquiera el descubrir la ausencia de Jaime le pudo robar. Tenerlo sobre ella, dentro de ella, había sido perfecto, más hermoso de lo que imaginó, aún incluso si la había tomado con ira, con violencia, aquello parecía carecer de importancia, o eso se decía ella, eligiendo pensar que todo había salido de acuerdo a sus planes. Había deseado con todas sus fuerzas que la noche no terminara nunca, que el sol no saliera de nuevo, pues ella le exigió que al menos la tomara tres veces para asegurarse de que quedara embarazada—. Pero nada dura para siempre —se dijo de excelente humor, riendo sola, sonriendo a la mínima provocación. Ignoró la voz de su consciencia, esa vocecita que le decía que estaba viviendo una ilusión, que era una tonta por aferrarse a algo que no existía, pero nada de eso importaba; había vendido su alma por una noche, y aun así estaba convencida de que había obtenido la mejor parte del trato.
Su felicidad era absoluta y, cuando descubrió que esperaba un hijo, la felicidad fue perfecta—. Será un varón, el semental que montará al mundo—, se dijo con firmeza, observando a través del balcón de la pirámide a los Unsullied entrenar. Nada se le opondría ahora, y pronto estaría sentada en el Iron Throne con su hijo.
Continuará…
