Advertencias:

El contenido de este capítulo puede afectar la sensibilidad de algunas personas, se recomienda discreción. No recomendado para menores de diecisiete años.


CAPÍTULO 25.

El Precio De Amar.

"Vivimos en el mundo cuando amamos.

Sólo una vida vivida para los demás merece la pena ser vivida."

Albert Einstein.


1 .

Entró en la mazmorra que habían improvisado en aquel barco para él y sus placeres, aunque no había sido difícil en un barco marino con distintas áreas de celdas. Aquella en particular había sido elegida por él a causa de su cercanía con el camarote principal, por lo que deducía que era para trasladar a prisioneros verdaderamente peligrosos, en especial por los distintos artilugios de kauroseki que había encontrado en su interior. Era una habitación oscura, y esa era otra de las razones por las que le fascinaba.

La luz estaba apagada, tal y como la había dejado. Se encaminó al interior y piso algo... pegajoso. Un quejido familiar lo hizo entender de qué se trataba, no se apartó mientras encendía la luz.

En cuanto las luces iluminaron la habitación pudo contemplar, a sus pies, los despojos que quedaban de un hombre con el que se había divertido. El piso tenía rastros de sangre, que denotaban que el hombre estuvo arrastrándose hasta la puerta desde la esquina derecha de la habitación donde Williams lo había dejado atado.

Se dibujó una sonrisa sádica llena de satisfacción en la cara de Amyas mientras contemplaba su obra de hacia horas, había estado tan ocupado con la captura de los muchachos de sombrero de paja que se olvidó completamente de él. Le dio una patada en las costillas y lo giró mientras sus intestinos se esparcían en donde minutos antes estaba tirado, la sangre salía incesante, casi estaba seguro que la había perdido toda. El pobre hombre aún estaba vivo, quejándose a punto de la inconciencia, presionando la herida en su vientre por la que se habían salido sus tripas, si no le faltara el otro brazo probablemente estaría intentando volverlas a su lugar. El lamentable estado de aquel hombre y su intento por escapar divertían al sádico notablemente, así que, jalando al hombre de los cabellos lo arrastro a un rincón de la habitación, con el melodioso sonido de sus quejidos desesperados y dolientes.

Al principio, Amyas había pensado que debían limpiar aquel lugar, pero el penetrante olor a sangre y el aspecto que había quedado le parecía perfecto. Inhaló hondo para llenar sus pulmones con ese aroma que tanto le fascinaba y que le habría el apetito en varios sentidos.

Observó los instrumentos que había usado no muy complacido, pero no podía quejarse, todos sus 'utensilios' habían desaparecido junto con la fortaleza de Eris, a donde planeaba volver pronto por una ruta alterna, seguramente nadie le buscaría en el mismo lugar; era un buen plan.

Se giró a su primer oficial, quien estaba haciendo esfuerzos para que las arcadas no lo hicieran vomitar. Era tan divertido.

Se inclinó ante el herido y levanto una de sus piernas, cortándola desde la raíz con ayuda de una espada. El moribundo se retorció entre lloriqueos antes convulsionar unos segundos y morir sin más.

— Llévele esto al chef — ordenó, arrojándole la pierna recién cercenada a su oficial, quien apenas pudo contener el impulso de tirarla al suelo —. Dígale que requiero algo delicioso — se relamió de sólo pensar en la cena.

— Sí, señor — respondió conteniendo la respiración, el olor a sangre era penetrante y asqueroso, en especial si habías contemplado la escena dentro de aquella habitación.

— Y luego traiga al rubio — ordenó, divertido por la expresión que vio en su soldado —, deseo divertirme un poco antes de cenar.

2.

Observó la puerta, nervioso, hacia demasiado rato que lo habían dejado solo, ¿o tal vez le parecía que el tiempo pasaba lentamente?, lo que fuera no tenía importancia, él estaba aterrado y nervioso, deseando que hubiera otra salida, algún otro modo de protegerlo, pero nada se le había ocurrido y el trato ya estaba hecho.

Escuchó pasos aproximándose y casi se le detenía el corazón, pero sólo por unos segundos, porque cuando la puerta comenzó a abrirse, este había comenzado a latir violentamente, tan violentamente que le dolía. El mismo soldado que estaba siempre al lado de Amyas entró, pero se veía terriblemente descolocado y se recargo en la puerta tras cerrarla. Estaba apoyándose en sus rodillas y se frotaba la garganta mientras respiraba con dificultad. Algo había pasado, algo lo suficientemente terrible para que uno de los soldados de aquel hombre estuviera aterrorizado.

Una vez más tranquilo, el soldado levantó la cara y miró al rubio antes de suspirar con resignación y pesar, casi podía decirse que con lastima. Comenzó a colocarle grilletes en los pies antes de levantarlo y hacerlo lo mismo con sus manos.

— No es nada personal — le dijo al estrujarlo con fuerza para que comenzara a caminar hacia la puerta —, sólo estoy haciendo mi trabajo.

Sanji lo miró de reojo, sin decir nada. Trataba de mantener una expresión ruda ante lo que se avecinaba, no podía permitir que le vieran vencido, Zoro no se dejaría vencer y él tampoco iba a hacerlo.

— Creo que deberías preocuparte por ti en lugar de por el espadachín — le comentó mientras caminaban por un pasillo oscuro, apenas iluminado con algunas escasa lámparas —, por lo que oí ese hombre es bastante fuerte y ya logró soportar a Amyas — Sanji intentaba mirarlo de reojo, pues su temblorosa voz estaba comenzando a preocuparlo.

— No voy a permitir que vuelva a pasar por eso — sentenció el rubio, con determinación, mientras cojeaba a paso firme por el camino en el que le dirigían.

— Al jefe le gusta — le explicó, intentando que recapacitara, por alguna razón que Sanji no comprendía —. Por lo que he oído cuando alguien le gusta se limita a lo sexual.

— ¿¡Y eso te parece poco!? — estalló el cocinero, deteniéndose en seco y girándose a ver al afligido soldado.

— No tienes idea de en donde te estas metiendo — le respondió, con una expresión que le helo la sangre.

— Eso no importa — sentenció el rubio en un suspiro de pesar. Se giró y nuevamente comenzó su marcha, con el escrupuloso hombre detrás de él, guiándolo —, haré lo que sea para impedir que lo lastimen.

— Cometes un error — murmuró el soldado obligándolo a detenerse delante de una puerta.

— Es mi decisión.

— Espero que no te arrepientas de ella — entonces el soldado tocó la puerta y esperó la invitación a entrar.

Sanji se quedó como piedra ante el panorama que tenía delante. El piso estaba manchado de sangre, seca en algunos rincones, húmeda en otros; había pedazos de vidrios rotos y algunos hierros enormes, lanzas, sogas, pesas, pinzas, y un montón de cosas que para nada le tranquilizaban. Lo verdaderamente impresionante era que cada objeto tenía rastros de sangre, e inclusive piel... había huesos humanos. Tragó saliva, nervioso, mientras el soldado lo empujaba hacia adentro.

En el fondo de la habitación había un piano, y sentado frente a este, dándole la espada a la puerta se encontraba Amyas, tocando absorto "Nocturno" de Chopin.

Sanji siguió observando a su derredor, asqueado con el penetrante olor a sangre, pero se arrepintió de inmediato al contemplar un rincón a su derecha. Ahí, en el suelo, se encontraban los restos de un hombre mutilado... muerto... sus viseras estaban regadas por el lugar, sus cuencas oculares estaban aparentemente vacías. Contuvo lo mejor que pudo la arcada que se le subió por la garganta, evitando que el vómito se hiciera presente. La música ceso y giró el rostro hacia el hombre sentado frente al piano, quien se volvió lentamente a mirarlo con una sonrisa divertida en el rostro.

— Puedes vomitar, si quieres — se burló mientras se ponía de pie con una elegancia y suavidad dignas de la realeza.

El rubio parpadeó y trató de componer su actitud rápidamente, pero lo cierto era que estaba aterrado y a diferencia de Zoro, a él no le resultaba fácil ponerse máscaras de indiferencia, siempre había sido bastante transparente.

— Él creyó que podría proteger a alguien — explicó, señalando el cadáver, movió lentamente sus ojos hasta toparse con los de Sanji y se paseó la lengua por su curveada boca, relamiéndose con sadismo —, que sería capaz de soportar — amplió su sonrisa con suficiencia mientras veía como el pirata se descolocaba completamente mientras se acercaba a él lentamente —, pensó que una noche conmigo sería sencilla — sujetó al muchacho de un hombro paseando su mano con lascivia alrededor del delgado cuello, haciéndolo estremecer de asco —. Espero que verlo te dejé claro quién manda aquí.

Sanji tragó saliva sin moverse, debido al trato que había hecho con él no podía ni intentar apartarse, si lo hacía podría considerarlo una falta a su acuerdo e ir a lastimar a Zoro, así que haciendo uso de todas sus fuerzas se mantuvo quieto y reprimió cualquier impulso de apartarle, aunque le resultó imposible no estremecerse.

— Tenemos un trato — atinó a decir, intentado ocultar su pavor.

— Si — asintió Williams riendo divertido por la convicción en el muchacho, iría poco a poco, pues quería que se rindiera, que le rogara por si mismo y renunciara a proteger a Roronoa —, lo tenemos.

Entonces desató las ataduras del rubio y le sujeto el mentón con una asquerosa suavidad, que el cocinero apenas pudo resistir el impulso de girarse cuando los labios del mayor se posaron sobre los suyos y su lengua laciva se abrió paso entre sus labios, hurgando bruscamente su cavidad, impidiéndole respirar.

Se separó de él luego de unos momentos que le habían parecido eternos. Sanji jadeó con fuerza, tratando de recuperar el aire que le había faltado tras aquel brusco beso.

El sádico se apartó de él y se sentó en un mullido sofá rojo.

— Ponte cómodo — el rubio le miró completamente confundido —. No puedes intentar huir — le recordó con sorna —, es parte del trato — se palmeó una pierna, como invitación para que se sentara ahí —, así que ven aquí y cena conmigo.

3.

La noche estaba nublada aún, así que estaba todo demasiado oscuro, pero no lo suficiente como para no ver un barco. Usopp estaba en el mastelero observando todo el derredor mientras Luffy se paseaba nervioso de un lado a otro en la cubierta, desde que Nami lo sacó de la cocina no podía estar calmado. Chopper lo estaba siguiendo e imitándolo, quizás porque no sabía cómo comportarse en una situación como esa y el capitán siempre había sido su héroe y modelo a seguir, así que ambos estaban dando vueltas de un lado a otro sin parar.

Nami y Robin habían hablado sobre lo que Usopp comentó a la pelirroja, la arqueóloga le dijo también todos los rumores que corrían en el mar sobre ese terrible pirata, así que la navegante esta tan nerviosa (o más) como su capitán, no sabía que tanto le habrían hecho a Zoro, pero saber que tal vez se encontraban en manos de un sujeto tan terrible hacia que se le encogiera el corazón de angustia. La fortaleza de ambos chicos era algo que todos conocían de antemano, pero luego de cómo volvió el espadachín y tras la charla con la morena, la pelirroja no estaba segura si debía pensar que todo saldría bien, pues tras atar cabos le daban pavor todas las ideas que se cruzaban por su mente.

— ¡Veo algo!

El grito de Usopp hizo a todos pararse en cubierta y observar hasta la parte más alta del mástil, para ver en qué dirección señalaba en nariz larga.

— ¡Chopper! — Le llamo Nami con decisión — ¡Gira el timón 45º a estribor!

— ¡Sí! — aceptó el renito con determinación corriendo hacia el interior mientras tomaba su forma semi humana para poder maniobrar el timón del Merry — ¡Luffy, las velas firmes! — El capitán hizo lo que se le pidió sin responder ni protestar — ¡Usopp no pierdas ese barco de vista!

— ¡Te aseguro que no lo haré, Nami! — respondió el moreno manteniendo la vista clavada en su objetivo. Si se alejaba un solo centímetro le iba a lanzar un disparo de advertencia.

Robin se colocó a un lado de Nami con los brazos cruzados y viendo rumbo a la dirección que habían tomado.

— ¿Crees que aún estemos a tiempo, señorita navegante? — preguntó descruzando los brazos.

— Eso espero.

4.

Un desfile de subordinados entró para limpiar, retirar el cadáver y servir la mesa, todo mientras Sanji permanecía sentado en las piernas de su captor, dejándose manosear descaradamente. Sentía repelús y asco, pero no se atrevía ni a moverse un centímetro, tenía que aguantar para proteger a Zoro y esperar a que sus nakama llegaran.

— Pareces un hombre de mundo — meditó Amyas mientras se recostaba en el respaldo del sillón —, por qué no te portas como una buena puta y empiezas a alimentarme.

El cocinero lo miró de reojo en lo que procesaba lo que le habían dicho. Se tragó un suspiro y comenzó a hacer lo que le habían pedido, tal y como muchas de sus amantes habían hecho con él. Se sentía tan estúpido y tan humillado.

Su herida no había sido atendida, pero al menos ya no tenía nada atravesando su cuerpo y le habían colocado una burda venda encima, la cual evitaba que se desangrara en gran medida, aunque ya se hubiera teñido de rojo casi por completo. Su ropa superior había sido retirada, al igual que sus zapatos y calcetines, pero al menos aún conservaba el pantalón. Se levantó y aproximó la comida a la boca de su captor, quien disfrutaba de aquella extraña carne, en aquel vistoso platillo. Por alguna razón, mientras le aproximaba aquella carne no podía dejar de pensar en el hombre mutilado de hacía unos momentos... en ese y en el que habían encontrado en Eris... las conclusiones en su cabeza le estaban provocando arcadas.

Amyas estaba estudiando al rubio meticulosamente, con tanto escrutinio que el cocinero quería golpearlo en la cara. No le gustaba para nada la manera en la que le estaba mirando.

— Eres atractivo — comentó el sádico, antes de engullir y disfrutar de otro enorme pedazo de carne. Sanji no pudo evitar sentir un escalofrió erizarle los vellos de la nuca —. No como Roronoa, pero tienes un encanto engatusante.

— Gracias — respondió el pirata con exagerado esfuerzo, cada palabra que salía de la boca de aquel hombre le producía asco.

— Ahora arrodíllate — le ordenó de manera intimidante — y mámamela, mientras como.

Sanji cerró los ojos con fuerza y lentamente comenzó a hacer lo que acababan de ordenarle. Nunca se había sentido tan humillado en su vida.

5.

El vigía observó incrédulo el inesperado cambio de rumbo de la carabela.

— ¡Los sombrero de paja han cambiado el curso! — gritó con fuerza despertando al navegante y captando de inmediato la atención del teniente y el comodoro.

— ¡Muévanse! — Gritó de inmediato Blas —. ¡No hay que perderlos!

— ¡Ya escucharon al comodoro! — Corroboro Barak dirigiéndose a todos — ¡Sigan esa carabela!

El movimiento en cubierta comenzó a hacerse estrepitoso para todos, mientras el navegante daba órdenes y tomaba las que el teniente le indicaba. Toda la flota giró en la misma dirección que los piratas, y una vez hecho eso el teniente se aproximó a su superior.

— He dado las ordenes que me indicó — le informó con seriedad —. En cuanto divisemos el barco de Amyas comenzaremos a atacarlo.

Blas se giró a verlo por primera vez en las últimas horas, tenía el ceño fruncido verdaderamente desconcertado.

— Retire esa orden inmediatamente — le ordenó, molesto.

— Pero señor, es lo que usted me dijo que... — se quedó callado ante la mirada furiosa que Gurior le dedicó.

— Yo le ordene comenzar el ataque cuando viéramos los barcos de Amyas — recordó con seriedad —, pero el ataque que le ordene comenzar era contra los sombrero de paja.

Barak parpadeó incrédulo.

— Señor, yo pensé que veníamos por los civiles.

— Y así es — le aseguró dándose la vuelta y encaminándose a la cubierta del barco —, pero no podemos atacar a Amyas — le recordó —. Son las órdenes directas de un almirante.

— ¿Entonces trataremos de capturar a los sombrero de paja mientras usted rescata a los civiles?

— Así es.

— ¡Señor, eso es un suicidio!

— No le permito que cuestione mis órdenes teniente — le amenazo, furioso —, otro comentario de esos y lo haré arrestar por insubordinación.

— Lo lamento, señor — agachó la cara indignado y frustrado por la reacción de su amigo y superior, pero no peleó, el estar preocupado por la seguridad del comodoro no era excusa para insubordinarse, menos en una situación tan complicada como aquella. Con una ligera reverencia se incorporó y se alejó a cambiar la orden.

6.

«Asco.»

Eso era lo que pasaba por la cabeza del rubio mientras sentía el enorme falo de Amyas atragantarlo una y otra vez. Era repugnante.

El sádico gruño como animal al tiempo que se corría en la garganta del joven pirata. Sanji no pudo contener el asco. Se apartó bruscamente y en un ataque de tos comenzó a escupir todo el semen que había entrado por su boca.

Amyas negó con la cabeza mientras contemplaba como el muchacho luchaba por respirar. En cuanto lo miró tras lograr recuperar el aliento, Williams lo abofeteó con fuerza, una, dos, tres veces, hasta hacerlo caer al suelo —. Imbécil — le dijo con rencor —, como te atreves a tirarlo.

— Es asqueroso — respondió el rubio automáticamente, antes siquiera de darse cuenta de lo que decía.

El ex pirata se levantó y lo arrastro de los cabellos a lo largo de la habitación, mientras el joven se retorcía tratando de zafarse de aquel doloroso agarre. Al llegar a su destino, Amyas lo reboto, varias veces de cara contra la pared, con toda la fuerza que pudo, en seguida lo jalo de las manos, atándolo con una soga de ambas, para enseguida atarlo a unas argollas en la pared. Sanji estaba desorientado, y no entendió lo que sucedía hasta que sintió el frio metal de unos grilletes abrazarle las piernas.

Williams se alejó a tomar algunas cosas, de alguna parte, haciendo un escándalo exagerado. Se tomó su tiempo, lo suficiente para que el pirata espabilara y comenzara a retorcerse, intentando liberar alguna de sus extremidades y lastimándose fuertemente el hombro herido.

Sanji sabía que debió haber dicho aquello, pero nunca le había importado guardar las apariencias o quedar bien con los hombres, así que la respuesta le había salido naturalmente. No sabía lo que iba a sucederle, lo que si sabía es que aquel bastardo había estado comiéndose los restos de un hombre que disfrutaba provocando dolor, aquellas dos cerezas lo único que hacían era ponerle los pelos de punta, debía liberarse cuanto antes, o no viviría para contarlo.

— Ahora vas a descubrir porque era conocido como "el terror del sur".

Sanji trató de ahogar un grito, pero le resultó inútil. Una cadena había dado de lleno contra su espalda, rompiéndole alguna costilla en el latigueo. Un golpe más dio contra su herida, y el grito desgarrador que salió de su garganta debió haber retumbado por todo el barco.

« Sólo debo resistirlo esta noche. » Se recordó mentalmente para darse fuerzas tras un nuevo golpe. « Pronto llegará Luffy y los demás... » En ese momento Amyas cambio de arma y golpeó, con una bola de cañón, justo en su herida. Sanji ni siquiera pudo gritar puesto que el dolor fue insoportable; sintió claramente como el hueso de su hombro herido se salía de su lugar, dislocándose.

Amyas escuchó el crujido y cortó la cuerda con una espada, dejándolo caer con brusquedad contra el suelo. Lo observó con una sonrisa complacida y le pateó el hombro con fuerza para luego encajar una varilla de metal justo en el agujero.

Sanji gritó. «Sólo esta noche... » Estaba al borde de la inconciencia.

— Levántate — le ordenó el sádico, quitándole la presión y estrujándolo con brusquedad para que se pusiera de pie. El rubio se recargo contra la pared agotado... era difícil imaginar que aquello acababa de comenzar.

— Eres más resistente de lo que creí — reconoció el ex pirata mientras meditaba de qué manera debía proceder.

Sanji estaba hiperventilando, y aunque no quisiera reconocerlo, estaba aterrorizado, por un segundo se preguntó en que carajos estaba pensando cuando decidió meterse en aquello, y entonces recordó a Zoro, recordó lo mal que estaba, el daño que le había hecho y lo fuerte que seguía siendo. Recordó lo duras que habían sido las últimas semanas en el Merry Go, lo delgado que se estaba poniendo el moreno, los ataques post traumáticos que tenía al azar, recordó que por un instante, pese a lo mal que lo había tratado, a todo el dolor que había pasado y lo aterrorizado que estaba, había estado dispuesto a entregar su dignidad para que él estuviera a salvo. ¡Maldita sea! Amaba a ese hombre con todas sus fuerzas, por ningún motivo y a permitir que aquel miserable volviera a tocarle si quiera un cabello.

Con ayuda de su brazo sano, apoyándose en la pared y la fuerza de sus piernas, se irguió orgulloso. « Sólo esta noche. » Se recordó mientras miraba con desdén al desgraciado frente a él. « No necesito nada más. »

William sintió admiración por el muchacho, y por un segundo reconoció a su viejo rival en él. Sonrió con malicia mientras se acercaba a él lentamente y contemplaba su lucha interna por no retroceder y huir; al parecer iba a disfrutar aquello más de lo que se había imaginado. Jaló la mano derecha del joven, con brusquedad, haciéndolo apretar los dientes para contener el dolor que le atravesaba; lo rebotó con fuerza en una de las paredes, haciéndolo lloriquear, tomó su mano y lo obligó a abrir el puño en aquel muro solamente para sacar una daga de su cinturón y clavarlo en aquella pared, haciéndolo gritar aún más fuerte de lo que ya lo había hecho.

— Para un cocinero no hay nada peor que herirse las manos — le susurró al oído con lascivia y sorna, chupando la sangre que escurría de su hombro y recorriendo aquel brazo hasta llegar a la palma herida, la cual también lamió.

— ¿Como...? — Sanji abrió los ojos, sorprendido, tras oírle — ¿Cómo sabe que yo?.. Ngh... — se quejó de nuevo mientras sentía que presionaba más contra su mano.

— ¿Cómo sé que eres cocinero? — completó la pregunta del muchacho, cada vez más divertido con aquel sádico juego, entonces hundió la daga atravesando la mano del rubio, dejándolo adherido al muro. Sanji gritó —. Digamos que ya había conocido a alguien que peleaba con los pies como tú lo haces — entonces lo soltó.

— ¿Zeff? — Preguntó el cocinero, con dificultad. Estuvo a punto de rendirse ante el dolor y dejarse caer al suelo, pero de hacerlo toda su mano sufriría las consecuencias y era algo que no podía permitirse, así que se sostuvo lo mejor que pudo, sabiendo que de aquel modo había quedado completamente a la merced de su captor. « Sólo esta noche. »

El hombre que le sujetaba le sonrió complacido al comprobar que no estaba equivocado, realmente se trataba del hijo o el protegido de su rival.

— Ese cocinero era muy molesto — se quejó el sádico, alzándose de hombros despreocupadamente, mientras recordaba algunos de sus encuentros y las fieras peleas que les seguían —, pero también era jodidamente atractivo. Me habría gustado que hubiera sido mi amante — se encaminó hacia sus improvisados juguetes —, pero "sus principios" no le permitían estar con alguien tan "perverso" como yo, así que el muy idiota me rechazo — Entonces tomó un arma para encaminarse de regreso a su joven víctima —. Se supone que lo entregaría a la marina cuando desapareció — y se volvió hacia Sanji con una amplia sonrisa —, pero gracias a ti, al menos podré vengarme.

7.

Zoro no podía más que apretar los puños y los dientes con frustración cada vez que escuchaba los gritos desgarrados de Sanji había dado su palabra de no atacar a quienes lo trasladaban, pero a cada paso tenía más deseos de acabar con todos. « Amyas quería que viera algo. » Toda su imaginación era demasiada ante cualquier posibilidad... o quizá era muy poco. Temía lo peor, pero... ¿qué era lo peor?

Tras dar vuelta en uno de los pasillos, el hombre de mayor rango los detuvo. — Lo escoltaré a partir de ahora.

El resto de los soldados no hizo más que obedecer y alejarse de ellos en la dirección por la que había llegado, no tenían deseos de ver las barbaridades que hacia su jefe, así que les resulto mucho mejor alejarse de ellos sin mediar palabra.

— ¿Acaso cambio de planes? — inquirió el espadachín, tratando de sonar burlón.

— No — respondió sin mirarlo —, sólo que algunos hombres no tienen estomago para ver lo que él hace.

El peliverde no pudo contenerse más. Se abalanzó sobre el hombre que lo trasladaba, tranqueándolo contra la pared y dejándolo inconsciente en el acto. Enseguida hurgó en las bolsas del uniforme y encontró un montón de llaves, las cuales comenzó a probar en las cadenas de sus manos y pies hasta lograr desatarlas y quedar libre, se puso de pie y comenzó a correr en busca del rubio, desafortunadamente su orientación era un desastre, hasta en un pasillo con sólo dos direcciones tomó la ruta equivocada.

8.

Un estruendo y el movimiento agitado del mar junto a ellos los hizo girarse hacia la popa del barco, donde a lo lejos observaron una flota completa de marines que había comenzado a atacarles.

— No puede ser — exclamó Nami, incrédula de su mala suerte.

— ¿Nos han seguido desde Eris? — preguntó Chopper inocentemente al ver todos los barcos, los cuales dispararon al mismo tiempo asustándolo y haciéndolo correr detrás de las piernas de Robin.

— Eso parece, doctor — le respondió la morena.

— ¡Luffy! ¿Qué haremos ahora? — preguntó Usopp, asustado, sin los otros dos el barco estaba demasiado desprotegido.

— Buscaremos a Zoro y a Sanji — respondió el capitán, con determinación.

— ¡Serás idiota! — le gritó la pelirroja parándose junto a él — ¡Si dejamos el barco lo hundirán!

Luffy se dio la vuelta hacia la nave que iban siguiendo, ignorando completamente a la pelirroja.

— ¡Robin! — Miró a la mayor con resolución, ni siquiera fue necesario que diera la orden. La morena se volvió a verlo confundida, pero luego de observar su expresión le sonrió con calidez. El capitán asintió y estiró su brazo hasta sujetarse del mástil de uno de los barcos que habían estado siguiendo, para dejarse llevar hasta él.

Nami y Usopp lloraban asustados mirando como Luffy dejaba el barco y a ellos, Chopper se separó ligeramente de Robin y levantó la cara para verla.

— ¿Qué ha pasado?

— Capitán acaba de encargarnos el barco — le respondió con una dulce sonrisa.

9.

La puerta se abrió de golpe, tan violentamente que no pudo evitar gritar sorprendida, pero su sorpresa fue aún mayor cuando miró a la persona que la había abierto.

— Joven Roronoa — susurró, incrédula.

Zoro paseó la vista por la habitación, fastidiado, chasqueó la lengua sin poder entender porque no encontraba a Sanji por ningún lado. Giró la vista al escuchar su nombre y abrió los ojos sorprendido al mirar ahí a la mujer que lo atendió cuando estuvo con Mihawk.

— ¿Qué hace aquí? — preguntó él, tosco, al tiempo que enarcaba una ceja.

Cheasse se levantó y caminó hasta él sujetando su vientre en la parte donde estaba la mancha de sangre. Instintivamente la mujer había comenzado a checarlo.

— Debo curar eso — susurró dándose la vuelta para buscar desinfectante y gasas, pero la firme mano del muchacho la detuvo. Se volvió a verlo una vez más.

— Debo encontrar a Amyas — le dijo con determinación.

— Primero debo curarlo — espetó ella de manera firme, observó el semblante del joven cuidadosamente —, y administrarle medicamento antes de que se desmaye.

— No hay tiempo — se dio la vuelta con denuedo, dispuesto a continuar su búsqueda.

— Si va en ese estado, lo mataran.

— Ha... — Se burló el peliverde —. Eso sólo pasara en el mejor de los casos.

A la doctora le dio un vuelco el corazón ante la mirada que le dedicó el muchacho, en especial porque sabía perfectamente porque decía aquello. No podía creer que se estuviera rindiendo.

— Además yo no puedo morir — susurró él, melancólico — No todavía. Tengo una promesa que cumplir.

Ella suspiró aliviada. Ese era el verdadero Roronoa, el chico firme que no se rendiría ante nada, ni ante nadie, sin importar qué.

— Bueno — lo observó de pies a cabeza nerviosa —, lo importante es continuar — le sonrió, pero luego sus ojos se iluminaron como si acabase de recordar algo —. ¿Dónde está el señor Juraquille?

Zoro parpadeó un par de veces, confundido y con un marcado color carmín en las mejillas.

— No lo sé — reconoció el espadachín, pero al darse cuenta de lo que trataba de insinuar no pudo evitar ofenderse —, pero no lo necesito, yo puedo cargarme a ese desgraciado solo.

— Joven Roronoa, no creo que... — el estridente sonido de una explosión que provenía del exterior la interrumpió —. ¿Bombas?

— Cañones — la corrigió el peliverde.

Lo siguiente que se escuchó fue un nuevo alarido del rubio, se oía más cerca que antes, y era estremecedor. Zoro apretó los puños y decidió echarse a correr.

— ¡Espere!

Lo detuvo Cheasse, sujetándole de un brazo. Contempló a la rubia desde la puerta, quien le dio un frasco enredado en varios papeles, atados con una liga. Lo observó con suspicacia y luego la miró, interrogante.

— Es el antídoto de la droga que le suministraron — le informó —. Es un químico muy fuerte, le recomiendo que no lo tome ahora si lo que quiere es salvar a quien se oye gritar.

— ¿Cómo sabe que quiero salvarle?

— No se necesita ser un genio para notarlo — le sonrió ella al tiempo que le guiñaba un ojo, haciéndolo sonrojar aún más —. En cuanto al antídoto — al instante retomo una actitud seria —, lo va a hacer caer inconsciente por algunos días, provocará fiebres y temblores, así que lo mejor es esperar a estar a salvo.

Zoro suspiró y observó el diminuto recipiente.

— Está bien.

La rubia sonrió cuando él le dedico una mirada de agradecimiento, aunque quería preguntar sobre su relación con el señor Juraquile o con el hombre que se escuchaba gritar desde hacía rato, no le pareció prudente meterse, después de todo ni siquiera lo conocía.

El peliverde colocó la medicina entre su faja. « Espero que este no se rompa. » Estaba a punto de echarse a correr de nuevo cuando la mujer lo detuvo y lo jaló en la dirección contraria llevándolo hasta una división de dos pasillos, donde lo empujo al de la izquierda.

— Se escuchaba en esa dirección — señaló sin darle gran importancia al hecho de que el muchacho casi se iba por el lado opuesto —. Seguramente en una de las habitaciones del fondo — le informó ante su mirada confundida.

El espadachín le sonrió por última vez antes de echarse a recorrer aquel pasillo.

— Suerte — susurró Cheasse y se echó a correr por el otro lado.

10.

Zoro llevaba las manos en su cintura, sobre sus espadas, las cuales encontró en una de las habitaciones equivocadas a las que entró por error. Acababa de enfundar tras derribar a un gran número de soldados y se dirigía a la última puerta de aquel pasillo, ni siquiera esperó un momento, temía lo peor, pues desde hacía algunos minutos ya no escuchaba al cocinero gritar, tampoco se mentalizo para lo que pudiera encontrarse ahí, simplemente desenfundo sus katanas y derribó la puerta con brusquedad.

Amyas giró el rostro y abrió los ojos al escuchar el ruido en la puerta, dejando de lado al otro muchacho. Sonrió complacido al mirar la expresión atónita y descolocada del espadachín de cabellos de olivo, pidió que lo llevaran para que contemplara como torturaba y sometía al rubio, claro que al observarlo notó que llegó solo y con sus katanas a la cintura, tal vez había matado a todos sus hombres, pero valía la pena luego de ver la expresión de sorpresa que reflejaban sus ojos, mezclada con algo de pánico, no podía saber si era por cómo estaba el lugar, por el estado del rubio o por el hecho de que este seguramente tenía una expresión inolvidable en la cara... aunque quizás era la mezcla de todas aquellas cosas.

— ¿No pudiste esperar tu turno? — inquirió el sádico con evidente mofa, relamiéndose los labios.

Sanji abrió los ojos a pesar de la humillación y el asco que sentía por tener que permitir todo aquello sin siquiera la oportunidad de rechistar, miró hacia la puerta por el rabillo del ojo y casi deseo que se lo tragara la tierra, deseo desaparecer con tal de que Zoro no lo viera en aquel estado, pero no podía y el espadachín ya le estaba mirando, con sus ojos negros como platos. Quiso apartarse, pero en ese justo momento sintió como un dedo se introducía con brusquedad dentro de su cuerpo, escociéndole hasta el alma y haciéndole retorcerse de dolor.

Amyas había liberó su mano de la pared con la condición de ser su amante aquella noche, claro que cuando acepto lo que menos se imaginó seria que aquel brutal hombre lo recostaría en el sofá y comenzaría a darle un beso negro y a masajearle los testículos y el miembro haciéndolo colapsar en un placer enloquecedor que no deseaba sentir, un placer que luego de algunos momentos de intentar acallar había dejado que lo derrotase y se había rendido ante todas aquellas sensaciones.

Seguramente Zoro había visto su rostro atravesado por el placer cuando abrió aquella puerta, y eso sólo le hacía sentir asco hacia sí mismo, por ser tan débil, por dejar de luchar, por dejarse llevar por la corriente para ya no sentir dolor. Ojala lo hubieran matado al llegar.

Zoro sostuvo con más fuerza sus espadas, tratando de ignorarlo el hecho de que sus músculos comenzaban a entumecerse y su vista se empezaba a nublar otra vez. Tenía que ser fuerte y enfrentarle de una vez para poder superar la maldita ansiedad que lo carcomía cada vez que le tenía delante y cada vez que le recordaba. Tenía que ser fuerte y sacar al cocinero de ahí, porque sabía que en cualquier momento aquel desgraciado iba a quebrarle y no podía permitir aquello.

— Te dije que te mataría — le recordó apretando sus espadas y poniéndose en guardia.

— Pero si apenas te sostienes en pie — se burló el sádico al notar la debilidad en sus piernas. Retorció el dedo dentro de Sanji, haciéndolo gritar de dolor antes de erguirse y separarse de él. Devolvió un rebelde mechón de su cabello hacia atrás al tiempo que tomaba una enorme barra de metal en sus manos y se encaminaba al espadachín.

— ¡No des un paso más! — le gritó Zoro apenas evitando dar un paso atrás.

Amyas se detuvo y miro curioso al cansado peliverde para luego sonreír cínicamente y seguir su camino, levanto la vara apunto de encajarla en el cuerpo del cocinero, pero fue interceptada por una katana que detuvo su trayectoria y luego otra la partió en varias piezas.

Zoro respiraba dificultosamente debido al esfuerzo que hizo para recorrer la distancia en tan poco tiempo y actuar con los reflejos necesarios para detenerle, le miraba con la misma determinación y odio con la que lo afrontaba siempre, como si su desprecio fuera mayor que su miedo, como si no le afectara estar delante de él, y eso lo hacia enfurecer.

— Idiota — exclamó Sanji tratando de levantarse, pero estaba demasiado débil, demasiado cansado, demasiado humillado —. No te metas en esto...

— ¿¡Que!?

El peliverde se giró a verlo, incrédulo, como era posible que en aquel estado dijera algo así, no tenía sentido. ¿Se había vuelto loco?

— Tu "amigo" y yo, hicimos un trato — le informó Williams con sorna.

— Calla... cállate... — protestó el rubio temiendo que el estado de Zoro empeorara, se levantó, así, desnudo y mal herido — él no... no debía... saber esto... — le veía tan mal que parecía que se caería al suelo en cualquier momento, porque se veía peor que hacía rato, además ese mal nacido se podría aprovechar de la situación.

— ¡Estúpido cocinero! — Renegó enfundando dos de sus katanas y apartando a Wadou de su boca, olvidándose completamente de la pelea y asumiendo que sabía cuál había sido el trato. No le gustaba la idea por el daño que el delgado cuerpo del rubio había sufrido, pero al mismo tiempo le ilusionaba pensar que lo hizo por él, dejó que casi lo mataran por él, ¿Entonces era verdad que le amaba?

Llegó hasta el cocinero sin que se lo impidieran, tomó la mano herida del rubio y enredó su pañuelo verde en ella para detener la sangre que insistía en continuar saliendo, sabía lo que el cocinero cuidaba esas manos, pensar que había dejado que lo hirieran tanto le hacía bullir demasiadas cosas, demasiadas ideas, demasiadas dudas... — ¿No te das cuenta que no eres capaz de soportar esto?

— Marimo de mier... — en ese instante lo interrumpió el dolor y degusto su propia sangre en su boca, dejándola resbalar fuera de ella en contra de su voluntad. No quería que el peliverde lo viera así, menos darle la razón sobre lo que podía o no podía soportar, pero estaba demasiado mal, ¿es qué no podría hacer nunca nada bueno por Zoro? La sensación de incompetencia era terrible, siempre era lo mismo, jamás podía hacer nada por el espadachín. Se sentía tan mal por aquel hecho, era la primera vez que trataba de proteger a la persona que realmente le importaba y ese imbécil había acabado llegando a salvarle a él. ¿Por qué no le dejaba salvarle?, ¿por qué no le permitía cuidar de él?... ¿Por qué siempre terminaba él, siendo el salvado?

Amyas aprovechó la distracción de los chicos para atestarle un golpe en la cabeza al espadachín, asiéndolo caer de rodillas.

Sanji se incorporó con brusquedad ignorando el dolor que le atravesaba casi todo el cuerpo a causa de la ira de aquella.

— ¡Eso no era parte del trato! — renegó tirándole una patada, sacando fuerzas de flaqueza, sin embargo Amyas la esquivó sin ningún problema y se lo sujetó del mentón con violencia.

— El trato acaba de romperse.

Zoro se sujetó la nuca adolorido y tomó su espada del suelo tratando de levantarse, se maldijo por haberse distraído de aquella manera, pero debía admitir que el estado del cocinero no le ayudaba a concentrarse, sin contar que su propio estado estaba cada vez peor.

— ¡Bastardo! — exclamó el rubio entre dientes sacándose del agarre y lanzándole una nueva patada, y aunque en esta ocasión si le dio, debido a su estado por la tortura que acababa de sufrir la fuerza de su ataque resulto ineficiente, de manera que Amyas sujeto su pierna y le dio un golpe que la empujo hacia abajo, aparentemente quebrándole la rodilla. Él gritó.

— Regla número uno — habló el sádico sonriendo divertido tras el gritó del muchacho —: Jamás ataques a tu amo — en ese momento estiró la pierna fracturada y lo rebotó con fuerza contra una pared, de manera que la derribo —. Regla numero dos — continuó al soltarlo y dejarlo caer entre los escombros —: Si haces un trato con él, prepárate para ser traicionado.

— Regla número tres — lo interrumpió el peliverde atrapándolo desde atrás y colocándole su katana en el cuello —: Nunca te distraigas en una pelea.

— En realidad — sonrió Amyas sin alterarse por la situación de desventaja en que parecía encontrarse —, la regla número tres es — miró por encima del hombro al espadachín y con maestría le dio un codazo en la herida que tenía en su vientre —: Jamás te sientas con ventaja ante tu dueño.

A pesar del golpe y de que el peliverde se dobló, logró hacerle una herida considerable en el cuello, de manera que comenzó a sangrar con abundancia, y a pesar de que se estaba cubriendo con una mano la sangre resbalaba entre sus dedos.

Williams se giró hacia Zoro y pateó a Wadou lejos de él, acción que le mereció un golpe en el estómago por parte del espadachín debido al cariño que le tenía a esa espada, sin embargo le dio una patada en las piernas haciéndolo caer de espaldas al suelo.

— Esto es lo que pasa cuando antepones la vida de alguien a la tuya.

El peliverde se apoyó en los codos para intentar incorporarse y desenfundar otra de sus katanas, pero recibió una fuerte patada en el rostro que lo devolvió al suelo.

— Para sobrevivir necesitas darte cuenta de quién es útil — tomó una lanza que estaba próxima a él, en el suelo —, y quien es sólo un estorbo — miró de reojo a Sanji para que el espadachín se diera cuenta de lo que trataba de decirle —. Es lo que pasa cuando te enamoras.

Zoro abrió los ojos sorprendido de que ese miserable le dijera aquello, en ningún momento había dicho que amara al rubio o nadie más, y en el tiempo que llevaba en la habitación tampoco lo escuchó decir nada al respecto, ¿Cómo es que ese desgraciado suponía aquello?

— Por favor Roronoa — se burló ante la cara de sorpresa del chico —, dame más crédito. ¿En serio pensaste que no me daría cuenta?

— Ese estúpido rubio y yo no tenemos ningún tipo de relación — le informó tratando de desmentir las conclusiones a las que había llegado.

— ¿Entonces no te importará si lo mato? — se dio la vuelta y apuntó el arma contra Sanji con la clara intención de hacer lo que había dicho.

Zoro se lo impidió atravesando sus pies en el camino, de modo que lo hizo tambalearse, pero no cayo, se dio la vuelta y levantó el arma, dispuesto a encajarla en el cuerpo del peliverde.

— ¿Prefieres ser el primero?

— ¡Zoro!

Amyas levantó la vista hacia el frente y observó que parte del barco había sido cortada y que una elegante silueta se aproximaba de entre la oscura niebla de la noche hasta él de manera amenazante con una enorme espada negra desenfundada en la mano derecha y la Wadou de Zoro en la izquierda.

Sanji se había incorporado lo mejor que pudo al escuchar aquello, si no hacía algo ese estúpido marimo iba a morir, y no quería que aquello pasara. Hubo un estruendo seguido de una gran agitación en el barco, fue muy rápido y confuso, apenas desvió la vista unos segundos, pero al mirarles de nuevo abrió los ojos desmesuradamente ante la visión que contempló: La espada de Amyas había sido detenida por un enorme sable negro, impidiéndole llegar a su destino.

Los ojos de Zoro se abrieron como platos al contemplar la elegante figura que estaba parada entre él y su sádico captor, protegiéndole.

— Taka no me — Amyas ni siquiera tuvo que esforzarse en reconocer a su enemigo, era una eminencia y estaba justo delante suyo con la mirada más aterradora que había contemplado jamás en aquellos ojos amarillos.

El shichibukai guardó su espada desconcertando a todos por un momento, un momento tan breve e interrumpido bruscamente por la sangre que comenzó a brotar de uno de los brazos cercenados de su enemigo. Su movimiento había sido tan ágil y rápido que nadie pudo mirar cuando había hecho aquel corte.

Continuará...


Notas Culturales.

*Frederic Chopin(1810-1849), compositor y pianista polaco adscrito al movimiento romántico, considerado como uno de los más grandes compositores de música para piano.