Capítulo XXV – La oscuridad de Link

La tormenta había perseguido a Link hasta allí. Las nubes negras habían cubierto su paso a través de caminos y llanuras, sembrándolo todo con una densa capa de nieve. Se asomó a una de las almenas más altas del castillo. No había nada a su alrededor, salvo frío y soledad. Un guardián incrustado en la muralla volvió su ojo mecánico hacia él. Lo escaneó de arriba abajo y después siguió vigilando en otras direcciones en busca de enemigos. Link se dio la vuelta. Sus huellas estaban marcadas en la nieve. Se tambaleó un poco al ver el reguero rojo de la sangre en el suelo nevado, parecía como si alguien lo hubiera dibujado a propósito. En esos instantes sentía la mente vacía, no había nada en lo que pensar. Se arrastró de nuevo hacia el interior del castillo, donde dormitaba la bestia. Ahora estaba inflamada de poder, y no tardaría mucho en despertar. Uno de los muchos moblin que vigilaban el castillo de Hyrule se acercó a él, en busca de nuevas órdenes.

¿Qué hacer ahora?

No os mováis de vuestro puesto, idiotas. Ya os lo he dicho —dijo Link, con aquella voz que no le pertenecía —Vendrán aquí. No creo que tarden mucho. Los sheikah y todos los demás. Vendrán y sólo encontrarán la muerte y el vacío. Entonces ya no habrá ni un solo obstáculo para nuestro señor.

El moblin miró sin entender demasiado y después se alejó por donde había venido. Link se adentró en la estancia y se sentó en una vieja silla con la intención de tomarse un tiempo para limpiar el filo de su espada. Todo el borde estaba cubierto de sangre reseca y coagulada, intentó pasar un viejo trozo de tela por la hoja, pero apenas consiguió arrancar nada.

Link, ¿qué diablos estás haciendo ahí?

Ya sabía que no tardaríais en llegar. Tú y todos los inútiles que aún guardáis algo de esperanza en la salvación. Os estaba esperando.

Link levantó la vista y comprobó que era un orni alto y corpulento el primero en llegar para hacerle frente. Los goron y los sheikah estarían en camino, y los zora probablemente ni se atreverían a salir de su escondrijo, tendría que ir a destruirles en persona.

Pensé que había terminado con todos pájaros de tu aldea —dijo Link, sonriendo con malicia —debiste esconderte en tu nido como un cobarde.

Estás enfermo. —replicó el orni —¿dónde está Ganon?

Nuestro señor aún no ha despertado. Pero tranquilo, no tardará en hacerlo.

¿Cómo te atreves a llamar así a ese monstruo? ¿No te da vergüenza? ¿Dónde está la princesa?

Link soltó una profunda y sombría carcajada. El orni dio un paso atrás ante la mirada vacía y exenta de emociones que demostraba tener Link.

Por poco y la pisas, ¿no lo ves?

El orni torció la cabeza en dirección al suelo. Un inmenso charco de sangre cubría las oscuras losas, y en un extremo de la sala, el cuerpo de la princesa Zelda yacía inerte, como el pétalo de una flor blanca que flota en un estanque carmesí. El orni se abalanzó hacia el cuerpo sin vida de la joven, pero Link se puso en pie y le impidió el paso, amenazándole con la espada.

¡No la toques! Ahora me pertenece, ¿ves? —Link agarró el brazo de la princesa por la muñeca y lo elevó para soltarlo y ver cómo caía a peso plomo contra el suelo, produciendo un macabro sonido.

Eres un monstruo. Y además eres idiota, tienes que terminar con todo esto —dijo el orni entre dientes.

Y es lo que he hecho. Acabar con todo esto. Ya no hay dolor, yo ya no siento nada. Sólo hay vacío. Jamás había sido tan poderoso.

Por lo único por lo que de veras tenías mi respeto y mi admiración era por tus sentimientos. Maldición, eran puros. Eran tu verdadera determinación. No debes tirarlos así por la borda. Abre los ojos y vuelve de una buena vez —el orni avanzó hasta que la punta de la espada de Link le rozó el pecho.

Ya he abierto los ojos. Nunca los he tenido tan abiertos.

Mientes. Te mientes a ti mismo y a mí con cada palabra que pronuncias. En el fondo siempre he sabido que amabas a esa joven y mira lo que has hecho. Piénsalo bien y lo entenderás.

Link volvió a soltar una carcajada y clavó un poco más la punta de la espada en el cuerpo del orni.

¿Amor? Eso sí que es una ilusión y una estupidez. No es más que un método para que otros te controlen como si fueras un muñeco. Mírala. Eso es libertad. —dijo Link, retirando la espada para apuntar al cuerpo de la princesa —La muerte es libertad y poder. Ahora es libre, yo le he dado ese privilegio.

Si no te importa nada, ya no te importará que me la lleve. Es todo lo que he venido a hacer aquí —dijo el orni con desafío.

Ya te he dicho que no. —amenazó Link, volviendo a clavar la espada en el pecho del orni para intimidarle —Me estoy hartando de ti.

Tus sentimientos siguen ahí, y de alguna manera tú mismo también. Estás muy cerca de ganar esta batalla.

¡Cállate! —gritó Link —voy a matarte para que dejes de decir estupideces.

Sea lo que sea que te posee, cada vez es más débil —continuó el hombre pájaro, al ver que Link parecía confundido por primera vez —Hazle frente. Levántate como te he enseñado tantas veces, como cuando no eras más que un mocoso sin habilidades para el combate.

No, déjame en paz —Link dejó caer la espada al suelo y se llevó las manos a la cabeza, de repente empezó a dolerle, algo le martilleaba las sienes.

Eso es, al fin te das cuenta de dónde se está librando la batalla. La batalla está aquí, en tu cabeza —el orni se apuntó a la frente con los dedos mientras alejaba la espada con un puntapié.

Sólo tratas de engañarme —gruñó Link, entre dientes —¡Lárgate de aquí!

Vuelve a mirar lo que has hecho, Link. Date cuenta de quién eres, estás ahí dentro, tú jamás harías algo así.

Link giró la cabeza hacia la princesa y se llevó las manos a la cara para taparse los ojos con horror, mientras caía de rodillas sobre el charco de sangre.

Me… me estás engañando. Cállate una vez y márchate de aquí.

Jamás me iré. Tendrías que matarme para que me marchase y me temo que eso no va a ser posible.

Link empezó a sollozar mientras se balanceaba adelante y atrás con las manos en la cara, su locura le atormentaba sin piedad alguna.

¿Por qué me haces esto? Yo no puedo sentir nada, nada. Soy libre —repitió Link mientras las lágrimas le ardían en la cara —¡soy libre!

¡Despierta! Vamos, puedes hacerlo. Abre los ojos como un hombre, no seas cobarde.

¡Largo! —gritó Link con furia, poniéndose en pie. El orni lo observó en silencio esta vez y bajó los brazos, en signo de rendición.

Está bien. Me marcho. Te dejo aquí a solas con el resultado de tu obra.

El orni abrió los brazos en cruz para desplegar sus alas, y en un par de zancadas se situó en la puerta y echó a volar, alejándose con gran velocidad. Link lo persiguió tambaleándose con torpeza y arrojándole piedras y tablones de madera que encontraba a su alrededor. Después se giró sobre sus pasos y entró con los dientes apretados, mientras trataba de controlar su respiración y su ira. Al volverse, reparó de nuevo en el cadáver.

No… —murmuró, cayendo de rodillas junto al cuerpo. —Despierta, te lo ordeno.

La agarró para situarla sobre su regazo, al hacerlo notó que estaba fría y cubierta de sangre. No había color en sus labios, ni en su rostro, su pelo había perdido todo el brillo. Entonces fue más consciente que nunca de la pérdida de la que hablaba el orni.

No… ¿qué he hecho? —dijo Link, sintiendo que de repente se ahogaba. Hundió la cabeza en el cuerpo de la joven y empezó a llorar con furia, sollozando y gritando al mismo tiempo hasta quebrarse la voz —¡¿qué he hecho?! Vuelve. ¡Ayúdame!…

Entonces una luz dorada surgió de la oscuridad y Link se detuvo. Tenía un poder inconmensurable, cálido e intenso, y la luz llenó toda la estancia por un momento hasta cegarle. Link soltó el cuerpo de la princesa y se puso en pie tambaleándose como un borracho hasta llegar al quicio de la puerta, donde sintió que el estómago se le retorcía y no podía dar un paso más. Vomitó con violencia una especie de sustancia oscura, que desapareció arrastrándose hacia las profundidades del castillo.

Ayúdame, por favor…

—Ayúdame… —murmuró Link. Los copos de nieve caían sobre su cuerpo, que yacía bocarriba sobre el hielo. El cielo se había abierto un poco, y podía ver que las estrellas brillaban con un tenue parpadeo detrás de las nubes de oscuridad que cubrían la cumbre de Hebra.

—Levántate.

—No… no puedo. Me duele todo —dijo Link, sintiendo cómo todo su cuerpo estaba entumecido por el frío extremo.

—No seas ridículo, mocoso. Ponte en pie. Pensaba que eras más duro.

—Re…Revali —dijo Link, reconociendo al espíritu del elegido orni. —Eras tú. Tú has venido a buscarme. Has entrado en mi cabeza.

—No me ha quedado más remedio —dijo él, cruzándose de brazos con arrogancia —Tengo que decir que no ha sido difícil porque la tienes medio hueca.

Link hizo un gran esfuerzo y se puso en pie. Le pesaba cada músculo del cuerpo. De inmediato recordó la batalla con el espíritu de su sombra y se llevó la mano al pecho, alarmado. No encontró ninguna herida, ni sangre. Nada.

—Esa cosa se ha metido en tu cabeza, ya te lo he dicho —intervino Revali, al ver la confusión de Link —si no hubiese llegado yo, te habría consumido por completo y habrías terminado convirtiéndote en tu propia sombra y ejecutando todas esas atrocidades. Así funciona ese espíritu del mal.

—Entonces yo no… yo… aún estamos a tiempo, ¿verdad?

—Por supuesto que sí, idiota.

—Gracias a la Diosa, gracias —suspiró Link, sintiendo cómo una enorme carga se esfumaba —No me ha herido, pero su acero aún me quema en el pecho.

—No seas ridículo, claro que te ha herido. Pero es una herida especial, de las que afectan al alma y no al cuerpo. Siempre la vas a llevar contigo, para recordarte que todos tenemos un lado oscuro al que debemos enfrentarnos —explicó Revali —Ahora fíjate bien, mocoso.

Revali apuntó con el dedo al centro del lago, el espíritu parecía darse cuenta de su fracaso y se arremolinaba con violencia para volver a tomar forma.

—Este juego aún no se ha terminado. Vuelve a por ti, pero esta vez estás desarmado. ¿Qué piensas hacer?

—Luchar —rechinó Link con todo el odio que había acumulado contra el espíritu.

Se liberó de la capa y de la casaca orni. Debajo llevaba la túnica azul de elegido, la que nunca se había atrevido a ponerse. Antes de partir hacia la cumbre de Hebra había decidido llevarla bajo la ropa de abrigo como si se tratase de una especie de amuleto, como si fuese algo que le ayudase a enfrentar el miedo que le producía su destino en aquel lugar. Pero algo había cambiado en él. Ahora sabía que podía derrotar a sus peores temores, así que sacó el puñal que escondía en su bota y esperó a que llegase el espíritu.

—Acaba con él —lo alentó Revali, con un deje de orgullo en la mirada.

La sombra del espíritu voló con ira hacia Link. Parecía dolido por aquella pequeña derrota, y ya no se molestó en mimetizar su aspecto. Ahora había adquirido la forma de un hombre alto y deforme, con larga melena roja.

Si no obedeces tendrás que morir, insignificante criatura —dijo el espíritu, que agarró a Link por las muñecas y comenzó a empujarle.

—Eso jamás, te lo garantizo.

Ambos iniciaron un intenso forcejeo. El espíritu poseía una espada larga, que le daba ventaja frente a Link. Él se defendía lo mejor que podía con el puñal, pero la desventaja le hacía retroceder una y otra vez. En un par de ocasiones consiguió rozar al espíritu con la punta de su puñal, pero no consiguió un efecto visible. Durante un instante, el espíritu levantó la espada con los dos brazos y Link aprovechó que había desmontado su guardia para asestarle una profunda puñalada en el vientre. El espíritu en lugar de dolerse soltó una intensa carcajada.

Te he vuelto a engañar.

Y tras esas palabras empujó con fuerza a Link, que sin darse cuenta había retrocedido hasta el final de la cima, y le hizo caer de espaldas por el borde del desfiladero.

Y aquí se acaba la historia del héroe y la Espada. —sentenció el espíritu, dándose la vuelta con triunfo.

Link intentaba revolverse en su caída libre, pero no podía hacer nada. No tenía la paravela ni ningún instrumento que le permitiese planear. "No. No puede acabarse así". Justo cuando cerraba los ojos esperando lo peor, su espalda golpeó contra algo, cayó sobre una especie de plataforma flotante. Se puso en pie y logró equilibrarse con una inmensa sensación de triunfo.

—¡Eh! —gritó la voz de Link, que retumbó con eco por toda la montaña —¿no piensas venir aquí?

El espíritu se asomó por el borde del precipicio para comprobar que Link se elevaba de pie sobre el cuerpo metálico de la gran Bestia Divina Vah Medoh.

Maldito seas. Maldita y molesta criatura.

Con fortuna Vah Medoh se hallaba dando vueltas alrededor de la cumbre de Hebra. El espíritu voló para situarse también sobre la estructura del gigante pájaro mecánico y ambos retomaron ahí su encarnizada pelea.

Si caes esta vez, no habrá nadie que te recoja —amenazó el espíritu, que trataba de empujar a Link una y otra vez por el borde. Pero la bestia mecánica no paraba de moverse inquieta y virar, y aunque esto hacía más difícil mantenerse en pie, le daba cierta ventaja a Link, que conseguía escapar una y otra vez de las garras del espíritu.

La lucha se volvió más violenta, y Link sentía cómo el cansancio le iba haciendo mella. En un descuido el espíritu logró zancadillearle, y él quedó expuesto al vacío, tan sólo había conseguido agarrarse con una mano a Vah Medoh.

Hasta aquí has llegado —amenazó el espíritu.

Mientras trataba de soltar los dedos de Link, éste advirtió que el espíritu había abandonado su espada junto al borde. Haciendo un esfuerzo que casi le cuesta la vida, Link se balanceó y consiguió subirse con un impulso aa Vah Medoh, mientras se hacía con la espada de oscuridad.

—Hasta nunca —dijo Link, sorprendiendo al espíritu y hundiendo la espada en aquel cuerpo negro e informe.

El espíritu emitió un horrible chillido, y después se comprimió sobre sí mismo, hasta esfumarse por completo. Link cayó de rodillas sobre la espalda metálica de Vah Medoh, y de golpe sintió el dolor de todas las heridas y el cansancio que le había causado aquel terrible enfrentamiento.

—Respira. Lo has hecho bien —dijo el espíritu de Revali, que de repente se materializó frente a él.

—No lo habría logrado sin ti. Estoy agradecido. Por un momento lo he perdido todo, todo lo que significa algo para mí. Nunca había experimentado algo igual.

—Ahora ya entiendes en primera persona qué tipo de poder es el que consigue hacer despertar a la Trifuerza, imagino —intervino Revali, con su habitual tono de condescendencia.

—Sí.

—Entonces mi trabajo aquí ha terminado. Creo que puedo marcharme a esperar que vayas a ver a Ganon. Entonces volveré para ayudarte.

—Revali, yo… lamento mucho lo que te pasó, y estoy tan agradecido por lo que has hecho e hiciste por mí que…

—Tonterías —interrumpió Revali —Dejémonos de sensiblerías. Ambos sabemos que si yo hubiera sido el elegido para proteger a la princesa, no estaríamos aquí pasando penurias.

—Sí, tienes razón, nadie como el gran Revali —sonrió Link, poniendo los ojos en blanco.

—Me marcho ya. Mocoso, termina lo que has de terminar. Y no me vuelvas a decepcionar nunca más.

Y guiñando un ojo, el espíritu de Revali se esfumó en el viento helado de las cordilleras de Hebra.

Nyel se pasaba las horas con la vista en la cima de la montaña. Podía sentir temblores que provenían de lejos, y había visto como una inmensa capa de nubes negras había cubierto de oscuridad la montaña y los alrededores. Tras la marcha de Teba y Link, había optado por sentarse en una de las plataformas de vuelo más elevadas del poblado orni y permaneció allí durante horas, a la espera de que algo ocurriese. Tan sólo se había retirado del lugar un par de veces para dormir unas pocas horas a duras penas.

—Cariño, te he traído esta manta. Hace frío y si vas a seguir aquí sentado te vas a congelar —dijo Amali, la esposa de Nyel. —¿Por qué no vienes un rato a casa? Toma un caldo caliente y luego vuelves aquí para seguir vigilando.

—Gracias. Sabes que no puedo moverme de aquí. De un momento a otro volverá. Y traerá a Kumeli con él.

—Pareces tan seguro… ojalá sea verdad.

—Nuestra pequeña no puede estar en mejores manos —dijo Nyel, poniéndose en pie para abrazar a su esposa —Él es el héroe elegido, el de mis tonadas. Se levantará una y mil veces y nada puede derrotarle. Pondría mi vida en sus manos si fuera necesario porque es el único en quien confío para que nos salve a todos. Todo se arreglará.

—Nyel, Amali, ¿por qué no venís a casa? Os invito a una cena caliente —intervino Tyto, que también se había acercado a ver qué tal seguía Nyel.

—Lo agradezco, pero tengo que cuidar a las niñas —dijo Amali con una punzada de amargura, al recordar que Kumeli no estaba con sus hermanas.

—Yo esperaré aquí a Link vuelva —intervino Nyel.

—Nyel, llevas al menos dos días sin dormir. Tal vez deberías ir con tu esposa y…

—¡Mirad! —exclamó Nyel, apuntando al horizonte.

—Cielo, no veo nada. —dijo Amali aguzando la vista.

—Sí, mirad. Algo se mueve allí, estoy seguro.

Los tres observaron estupefactos cómo la inmensa Bestia Vah Medoh se dirigía hacia ellos. En un principio temieron lo peor, pero alguien comenzó a hacer señales desde la lejanía para indicarles que todo estaba bien.

—¡Es Teba! —exclamó Tyto.

—Por el amor de la Diosa, es increíble —añadió Amali.

—Y no viene solo —observó Nyel, con una amplia sonrisa.

Cuando Vah Medoh estuvo a la altura de la plataforma, Teba descendió. Link lo siguió, bajando con cautela, pues llevaba a la pequeña Kumeli en brazos.

—¡Kumeli! ¡Mi niña! —exclamó Amali, que se lanzó a arrebatar a la pequeña orni de los brazos de Link.

—Está dormida, han sido muy duro para ella —dijo Link, dejándola con delicadeza en manos de su madre.

—Lo sabía. Sabía que lo conseguirías. Me postro ante tus pies, héroe de Hyrule —dijo Nyel, lanzándose al suelo.

—No, por favor. Levanta amigo. Hemos hecho lo que debía hacerse, es todo.

Tanto Amali como Nyel abrazaron a Link, llenos de emoción. Teba explicó muy resumidamente a Tyto lo que había sucedido, aunque el único que disponía de todos los detalles era Link, que se limitaba a observar a sus amigos con una sonrisa de satisfacción en la cara. Después, todos marcharon a descansar. Tyto buscó una cabaña para el uso exclusivo de Link. Se le prepararon a Link los mejores platos y manjares del poblado y también tuvo una cómoda cama de plumas orni. En lugar de pedir explicaciones, los orni dejaron que Link comiese hasta saciarse, que se aseara y que durmiese sin interrupción alguna.

Un rayo de sol acarició la mejilla de Link, haciéndole despertar. Se estiró y al ponerse en pie tuvo una sensación que no había experimentado desde hacía mucho tiempo. Se sentía en paz consigo mismo. El viento fresco de la montaña le pareció maravilloso y también el dulce olor a madera y resina de pino que se destilaba por todo el poblado orni. Se lavó la cara con agua fresca que seguramente alguien se había encargado de dejarle en un cubo y también vio que sus ropas estaban limpias y bien dobladas en una silla, junto a su cama. Eligió de nuevo su carcasa azul para vestir, por primera vez la sentía como suya y le pareció casi una obligación llevarla puesta. Mientras se vestía, un torbellino de ruido y carcajadas irrumpió en su cabaña.

—¡Link, hola!

Kumeli y sus hermanas se abalanzaron sobre él, haciéndole caer de espaldas.

—Veo que ya has recuperado toda tu energía, eres una chica muy fuerte —dijo Link a Kumeli.

—¡Claro que sí! Y pienso entrenar todos los días para serlo más. ¿Y vosotras, hermanitas?

—¡Yo también!

—¡Y yo!

—Link, me alegro de ver que ya estás despierto —dijo Nyel, que también entró en la estancia. —siento mucho que mis hijas hayan venido haciendo tanto ruido, ya les advertí que no lo hicieran. ¿Verdad, Kumeli?

—Pero papá…

—No me molestan, de verdad —sonrió Link, que seguía sentado en el suelo con las hijas de Nyel revoloteando a su alrededor.

Link jugó un rato con las niñas y después fue a dar un tranquilo paseo con Nyel, por las plataformas de madera que rodeaban la enorme columna de piedra donde se erigía el poblado.

—Ya falta muy poco para el final, ¿verdad, Link? —observó Nyel.

—Así es. Tal vez he dormido demasiado, debiste llamarme antes. No puedo retrasar más mi partida, el tiempo se nos agota de verdad.

—Te noto preocupado. Pensé que, al eliminar al espíritu de la montaña, estarías más tranquilo.

—Y lo estoy, de veras. No te imaginas la liberación que ha supuesto terminar con esa extraña criatura. He aprendido a convivir con mis miedos y eso me ha dado una paz que es difícil de explicar —sonrió Link.

—"Pero…", es lo que vas a decir ahora, ¿no? Hay un "pero" en todo esto.

—Pero no oigo la voz de la princesa Zelda desde hace semanas. Cuando desperté, solo, sin memoria, la oía a menudo. A veces incluso la oía en sueños, aunque no entendía bien lo que me estaba pasando. Pero desde hace tiempo, sólo hay un preocupante silencio. Siento rabia, porque ahora lo comprendo casi todo y no tengo noticias de ella. Es ahora cuando más deseo oír su voz, al principio no era capaz de apreciar lo que me estaba pasando, incluso creía que la voz era un producto de mi imaginación. Pero ahora que lo sé todo… eso lo convierte en algo diferente.

—Tal vez exista algún tipo de barrera, algo que le impide llegar hasta ti —razonó Nyel, tratando de animar a Link.

—Pensé lo mismo. Y creí que la luna de sangre, la oscuridad de la montaña eran barreras invisibles que ejercían de pantalla ante el poder de la Trifuerza. Pero todo eso ha terminado, y sigo sin percibir nada.

—Bueno, tranquilo amigo mío. Seguro que todo sale bien, mientras Kumeli estaba perdida y no tuvimos noticias de ella estuve asustado, pero me mantenía fuerte porque sabía que todo saldría bien y así ha sido. Aquí estamos. Hemos llegado casi al final del camino, al momento crucial en que nuestro destino tomará forma. Y en la hora más oscura, la profecía del maestro Alesius se cumplirá, y tú podrás derrotar al Cataclismo, junto a la princesa Zelda.

—Ojalá tengas razón —sonrió Link, con un deje de preocupación que no pasó desapercibido para Nyel.

—Anímate, no hay nadie como tú, eres elegido a través de los milenios y eso tiene que significar algo, ¿no?

—Supongo que sí —dijo Link, encogiéndose de hombros —Eso me recuerda que hay algo muy importante que he de hacer. Es mi última misión antes de ir al castillo de Hyrule.

—¿De qué se trata?

—Tengo que recuperar la Espada.