Los meses seguían su camino y yo no podía, o bien, no quería dejar esas tierras que me habían llenado de serenidad y me daban un sentido de pertenencia increíble.
Todas las noches, si el cielo nos lo permitía, Aldys y yo acudíamos a aquel claro en el centro del bosque a observar el movimiento de las estrellas. Hablábamos de muchas cosas, ella me explicaba más de su cultura y sus tradiciones y me ayudaba a intentar recordar quién era. Para ella era algo completamente ilógico que yo no supiera nada de mí, pero que en innumerables ocasiones las imágenes de mi pasado me asecharan y me dejaran en un estado de descontrol total. Después de que esas imágenes venían a mí, mi ánimo era muy cambiante, pasaba de la más total ansiedad a la tristeza o la rabia extremas. Pero siempre, por las noches, la reina y yo buscábamos un poco de paz, juntos, bajo las estrellas.
Llevamos ya muchas noches viniendo a este lugar Aldys, pero aún no me dices a qué estrellas buscas para sentirte acompañada – ella me sonrió con la misma franqueza de siempre.
Creo que en este tiempo ya debes haber logrado descifrar algo de mí. Seguramente ya conoces la dirección de mi mirada y sabrás ya qué es lo que veo.
No me atrevo a adivinar.
¡Hazlo!
Siempre ves primero al norte, hacia el toro – señale hacia la constelación, fácilmente identificable por la forma de la cornamenta y su gigante roja – pero un poco más hacia el norte, y buscas algo con insistencia, como si fuera difícil verlo…
Eres observador.
Creo que ves a las krittikas… las pléyades… – sonrió de nuevo.
Así es, busco a la paloma.
Hay constelaciones más hermosas y brillantes, ¿por qué las buscas a ellas?
Te has fijado alguna vez, en que parecen ser sólo ocho estrellas pequeñas, con un brillo poco intenso… pero, si las observas bien en una noche sin luna logras ver más. En ese pequeño grupo, casi imperceptible, gobernado por ocho hermanas, puedes llegar a ver cientos de diminutas estrellas, y si las ves con detenimiento logras incluso observar como si una nube las rodeara…
No lo había notado.
Ellas me hacen sentir que aún cuando sea casi imposible visualizar algo, eso no quiere decir que no esté allí. Me hacen pensar que debemos empeñarnos en creer. Me dan esperanza, me dan consuelo, eran mi mejor compañía cuando estaba sola. Sólo verlas me arrancaba una sonrisa.
Aún lo hace…
¿Cómo?
He visto como tus ojos adquieren un brillo especial y en tu boca se dibuja una discreta sonrisa cuando encuentras esas estrellas.
¿Cuáles son tus favoritas?
No podría decidirlo. Elegir mis estrellas favoritas en el firmamento es algo muy complicado, pero siempre he admirado mucho el brillo de Venus.
La reina del amor, la belleza y la fertilidad… – asentí con la cabeza – sabes, pronto festejaremos la noche de "Beltane", en honor a la fertilidad, en esa noche el amor y la pasión rigen a nuestro mundo.
He escuchado hablar de ese ritual, pero nunca lo he visto.
Pronto lo harás, pero antes disfrutarás del "Imbolc".
La fiesta de luces que anuncia la primavera.
Así es. En esta festividad agradecemos a la madre que nos permita terminar el invierno y comenzar la primavera, es la época en la que la Diosa se recupera de haber dado a luz al Dios. Él es un Dios joven y fuerte, gracias a su poder se sienten los días más largos, su calor derrite los hielos y fertiliza la tierra.
El día anunciado para el Imbolc llegó. Aldys presidiría el ritual. Se veía sublime, enfundada en una túnica vaporosa de color pardo, que acentuaba sobremanera su belleza. Sus ojos emitían ese brillo de otro mundo que tanto me atraía. Ella era la representante de la Diosa en esta tierra y por momentos parecía que la madre misma había tomado posesión de ese cuerpo para hablar con su pueblo.
Aldys se paró en el centro de nosotros en un montículo muy próximo al río para dar inicio a la ceremonia.
En este tiempo, de la fiesta de antorchas – dijo solemnemente – cuando cada lámpara arde y brilla para darle la bienvenida al renacimiento del Dios, celebro a la Diosa… celebro al Dios… toda la tierra celebra bajo su manto de sueño ¡Luz para la oscuridad! – los pobladores ovacionaban sus palabras – Ahora el Dios padre ha alcanzado el cenit de su viaje y gira para darle la cara a la Diosa madre. Aunque separados ellos son uno – al decir estás palabras ella volteó a mí y después encendió una vela – el Dios ha realizado la mitad de su viaje. Adelante ve la luz de la Diosa y el inicio de una nueva vida – tomó la vela y comenzó a caminar en círculos, su mirada aún fija en la mía – después de este periodo de descanso todo el campo está envuelto en el invierno, el aire está enfriado y la escarcha cubre la tierra. Pero el señor del sol, amante del bosque y los animales salvajes, ha renacido de la benigna diosa madre, señora de la fertilidad ¡Salve gran Dios! ¡Salve gran Diosa! – Aldys miraba fijamente la flama de la vela que llevaba en manos. Parecía ver, a través de ella, la vida emerger de su letargo de invierno, con renovada energía y fortaleza… o quizás era yo, quien se sentía de esa manera al contemplar la magia brindada por aquel ritual, quizás a partir de ese momento mi vida como Amir comenzaría a medrar y Albert renacería tal como en aquel momento renacía el Dios Padre.
El invierno había terminado y el bosque comenzaba a recuperar toda su gloria, pero yo aún no me sentía listo para partir. Me sentía en casa, a salvo. Esa sensación de extravío y dolor que me controlaba al llegar a estas tierras empezaba a desaparecer. Gareth era mi amigo y Aldys… ella representaba todo lo que yo había necesitado a lo largo de mi vida. Tomaba los papeles de los personajes que más falta me hacían: mi reina, mi hermana, mi madre, mi amiga, mi confidente, mi amada.
No sé muy bien cómo, pero la amé. La amé de una forma nueva y diferente. Amaba su fuerza, su libertad, su espíritu. Amaba su sabiduría y comprensión. Ella no había intentado forzarme a hacer nada, ella me permitía ser yo, me reconfortaba cuando lo necesitaba y me escuchaba siempre. Ella no me necesitaba para protegerla. Como Reina era imponente y poderosa, pero cuando estaba conmigo se tornaba tranquila y frágil. Conmigo ella era solamente Aldys y yo era sólo Amir. Pero ella era una reina antigua y yo no era nadie. En su tradición eran las mujeres quienes elegían a sus consortes, eran ellas las que decidían con quien pasar su vida, yo no podía aspirar a tanto. Ella me apreciaba, sí, pero no me había dado ninguna señal que me permitiera tener esperanzas.
Madre ¿has comenzado ya los preparativos para Beltane? – la voz de Gareth me sacó de mis cavilaciones.
Sí Gareth, lo que me corresponde organizar está listo, lo demás está en manos de Tanis.
¿Tu druida se encargara de lo que corresponde a los cazadores y tú a las doncellas?
Así es. Ya hemos seleccionado a la virgen que representará a la madre en el gran matrimonio, y Tanis ha capacitado a los cazadores para que uno de ellos pueda, en la noche de Beltane, demostrar su arrojo y así, representar al Dios en el sagrado ritual.
Amir, ¿tú también buscarás formar parte del grupo de cazadores?
No Gareth. Aldys y Tanis me han dicho que sólo los jóvenes de tu edad pueden participar en el ritual.
Recuerda Gareth que el matrimonio sagrado es una forma de despertar a la virilidad.
Madre, tú participaste en este ritual ¿no es así?
Si, fue hace más de diecisiete años. Tú fuiste concebido en el sagrado matrimonio.
Amir, ¿alguna vez fuiste el macho rey, el cazador que protege al pueblo?
No lo recuerdo Gareth, pero no lo creo…
Yo seré el macho rey de este año, me consagraré a la madre de esta manera. Le demostraré al pueblo que yo soy digno de dirigirlos al lado de mi madre.
Faltaban apenas unos días para la segunda celebración mayor del año. El cuarto mes terminaba y sería tiempo de festejar al amor y la unión entre los dioses. Las hogueras estaban listas, el pueblo feliz, Aldys presidiría de nuevo el evento. Todo en esos días estaba impregnado de felicidad, amor y magia.
El primer día del quinto mes llegó y un ambiente de expectación se sentía desde el despunte del alba. La gente buscaba purificarse en el agua de los ríos y así estar lista para la noche.
Cuando la oscuridad cayó sobre nosotros, las antorchas y hogueras se encendieron. Aldys salió de nuevo para hablar con su pueblo y dar paso al ritual.
Los cazadores estaban listos, con los rostros cubiertos por antifaces que hacían muy difícil saber quién era quién. La doncella virgen estaba alojada en una cueva dentro del bosque, y esperaba a que el macho rey diera caza al ciervo más poderoso de estas tierras y lo llevara ante ella, lo que le daría derecho a unirse en cuerpo y alma con la representante de la madre y, si su unión era bendita, seguramente engendrarían un vástago.
Era una noche en la que, todos los rituales amorosos estaban permitidos, en la que los cuerpos se fundían en uno.
Oh Diosa madre, reina de la noche y de la tierra – Aldys se veía más hermosa que nunca – Oh Dios padre, rey del día y de los bosques… celebro su unión mientras la naturaleza se regocija en un fuerte resplandor de color y vida. Acepten mi regalo Diosa madre y Dios padre, en honor de su unión – ella me buscó con la mirada, de la manera que siempre lo hacía para intentar explicarme algo – De su apareamiento surgirá de nuevo la vida; una abundancia de criaturas vivientes cubrirá las tierras, y los vientos soplarán puros y frescos ¡Diosa madre y Dios padre… celebro con ustedes! – se acercó a una de las hogueras – ¡Dios padre que moras en los bosques, enciende los fuegos de Beltane en mi alma, para que con tu fuerza y coraje mi corazón arda. Que mi cuerpo y espíritu se colmen de calor para que todo lo inunde tu infinita pasión!
Al terminar sus palabras el pueblo entero comenzó a danzar alrededor de las hogueras y los cazadores acudieron a dar caza a su presa. Yo regresé a mi habitación y veía todo lo que sucedía desde la ventana. La magia que, ante mi mirada se manifestaba, era increíble y, de repente… sus brazos tomaron mi cintura, su cuerpo se pegó a mi espalda. Sentía su aroma inundar mis sentidos. Era una sensación embriagante, deliciosa. Una descarga eléctrica recorrió mis venas. Aldys acercó sus labios a mi oído y después de un pequeño beso sobre mi lóbulo dijo:
Siente el amor de la madre y enciende los fuegos de Beltane en tu corazón… déjame llenar tu vida de pasión.
Giré mi rostro hacia ella llenó de asombro. Iba a decir algo pero sus labios reclamaron los míos y, el amor y la unión de los dioses se convirtieron en nuestros. Esa noche fue un obsequio que ninguno de los dos esperaba. Una rara ocasión que, al menos yo, no me permitía soñar siquiera. Esa noche sería uno de esos momentos que jamás podré olvidar.
