CAPÍTULO 25: Girasoles y Gigantes.

Se despertó temprano, desorientada y confusa. No recordaba dónde estaba. Se dirigió hacia la ventana. Los postigos estaban entreabiertos, y dejaban ver un gran jardín de dulces aromas. Unas gallinas correteaban por la hierba, perseguidas por un perro juguetón. En un banco de hierro forjado, un gato negro y de grandes ojos verdes como esmeraldas se lamía las garras con parsimonia. Escuchó el canto de los pájaros y el cacareo de un gallo. Cerca de allí mugió una vaca. Era una mañana soleada y fresca, y la chica pensó que jamás había visto un lugar tan pacífico y hermoso como aquel. El horror y el odio de la guerra parecían algo muy lejano. Ni el jardín, ni las flores, ni los árboles, ni todos aquellos animales podían contaminarse de la maldad que había presenciado en las últimas semanas.

Miró a su alrededor e inspeccionó el dormitorio. Estaba amueblado con sencillez, pero era amplio y cómodo. Había una estantería cerca de la puerta, se acercó a mirar los libros. Allí estaban sus favoritos, aquellos en los que se había sumergido en sus años en Hogwarts. Sonrío para sí, recordándose cuando tenía 11 y 13 años, días en los que solía usar dos trenzas en lugar de una o de dejarse suelto el largo cabello. Días en los que disfrutaba la compañía de Angelina y Alicia. Varias imágenes llegaron a su memoria, como cuando corría por los pasillos siguiendo a un par de pelirrojos y a Lee Jordan, riéndose de las bromas que ellos hacían en clases del profesor Flitwick; o cuando, en clase de pociones, habían hecho explotar varias veces el caldero de Graham Montague sólo por diversión. Habían sido buenos años a pesar de todo.

Siguiendo el murmullo de las voces que salían del comedor, bajó las escaleras de madera, que crujieron bajo sus pies. La casa era tranquila y acogedora, y tenía un aspecto informal, algo destartalado. El salón, soleado, olía a cera de abejas y a lavanda; el suelo era de baldosas cuadradas de color vino. Un gran reloj de péndulo emitía un solemne tictac. Se dirigió de puntillas a la cocina, pero primero decidió ir a investigar de quiénes eran aquellas voces. Allí estaban los dos señores Weasley, sentados en una mesa larga y bebiendo de unos cuencos azules. Se veían tranquilos, pero sus voces eran simples murmullos veloces y algo nerviosos.

La noche anterior ella y los gemelos habían llegado corriendo a la casa de la tía Muriel. Habían pasado toda la tarde recorriendo trigales tan altos como los gemelos. Era una sensación que Joy nunca había experimentado, pues había crecido en Oxfordshire desde que tenía cinco años, y caminar libre por el campo no era precisamente algo familiar para ella. Sin embargo, no había tenido miedo al cruzar los campos solitarios al atardecer, es más, le había resultado una experiencia totalmente hermosa y excitante. El ver los rayos de sol extenderse a su alrededor para después mirar sorprendida cómo la tela del cielo nocturno se desenrollaba por encima de sus cabezas, salpicada poco a poco de puntitos brillantes, después aparecerían los grandes diamantes nocturnos, parecía llenarla de una magia completamente distinta a la que corría por sus venas. El calor dejaba ahora lugar a un aire más frío y vigorizante.

Los gemelos habían tardado un buen rato para recordar cómo llegar a casa de su tía, pero al final lo lograron. No esperaban precisamente una cálida bienvenida de parte de ella. Tampoco recordaban cómo lucían en esos momentos, sólo querían llegar a un lugar cálido y reconfortante y cenar algo, sus estómagos no habían dejado de rugir desde que la luna alumbrara su camino.

– ¡Tía Muriel! – gritó George, a la vez que golpeaba la puerta con sus nudillos - ¡Tía Murieeeel! ¿Mamá? ¿Papá? ¡Oigan, abran la puerta!

– Tal vez no están – dijo Joy, sintiendo un escalofrío en la espalda. ¿Y si los mortífagos se les habían adelantado?

Fred pareció intuir lo mismo, porque Joy vio cómo sus ojos se abrieron como platos y la pálida piel del muchacho emblanqueció más. Fred sacudió la cabeza y formó un "no" con sus labios, aunque no lo pronunció. Se unió a su hermano en la puerta y golpearon tan fuerte que por un momento la muchacha temió que la derribaran. A los cinco segundos, ésta se abrió y apareció alguien a quien no logró reconocer, porque inmediatamente salió despedida hacia atrás.

– ¡Expulso!

La joven sintió un terrible dolor en el trasero al caer. Fred cayó a medio metro de ella, con la cara enterrada en el suelo. George estaba de espaldas, tratando de recuperar el aliento. No tardaron en tener a Arthur, Bill, y Charlie Weasley encima de ellos apuntándolos fieramente con las varitas.

Somos… somos nosotros – logró decir George –. Papá… no puedo… respirar.

¿Quiénes son? – preguntó Arthur, acercando más su varita al rostro de su hijo.

¡Hablen ahora por sus medios o lo harán por los nuestros! – amenazó Bill.

Somos George, Joy, y yo – dijo Fred, alzando su rostro del suelo –. ¡Quítate de encima, idiota, pesas lo mismo que un elefante!

Nunca llames "idiota" a quien te está amenazando con una varita, idiota – respondió Bill sonriendo maliciosamente.

Por favor – suplicó Joy –, señor Weasley… debe creernos.

¿Joy? – Charlie, quien la había levantado bruscamente del suelo, se volvió hacia su padre para preguntar: – ¿Podemos confiar en ellos?

Hazles alguna pregunta – respondió su progenitor.

Pasaron varios segundos mientras los dos hijos mayores de los Weasley se miraban, había miles de oraciones dichas tan sólo con la mirada. Charlie se encogía de hombros de vez en cuando, como diciéndole a su hermano "tal vez ésta sea una buena pregunta", pero Bill negaba con la cabeza, y después hacía gestos, indicando que él tenía otras cosas qué preguntar. Charlie puso los ojos en blanco y se quejó, pero permitió que fuese su hermano el que hiciera la pregunta de seguridad.

¿Por qué Ronald le teme a las arañas? – preguntó finalmente Bill. Dejó la pregunta sin destinatario, dando la posibilidad de que cualquiera la pudiera responder.

Joy se mostró visiblemente incómoda y decepcionada: ella no conocía mucho al hermano pequeño de los gemelos, a pesar de haber convivido con él en Hogwarts. Lo estimaba y le parecía simpático, pero jamás había entablado una plática personal e íntima con él.

Hace milenios que sucedió – respondió George deprisa, sintiendo aún la presión que su padre ejercía sobre su pecho –. Es porque Freddie convirtió su adorable osito de peluche en una araña gigante y peluda…

¡Fue porque él rompió mi escoba de juguete! – se defendió Fred.

¡Fue un accidente! – dijo Arthur, poniéndose de pie y ayudando a su hijo a levantarse y sacudirse el polvo.

¡Claro que no! No lo defiendas. ¡Siempre lo haces! – se quejó el joven.

Síp – dijo Bill –, son ellos.

¿Qué hay de mí? – preguntó Joy, aunque estaba aliviada de ver cómo Charly había alejado su varita de ella.

Donde Fred esté, sabemos que estarás tú – respondió el pelirrojo sonriéndole.

¿Qué les sucedió a sus cabellos? – preguntó Bill.

Idea de Joy – respondieron al unísono los gemelos.

Nos lo explicarán cuando entremos a la casa – dijo Arthur, conduciéndolos por el caminito empedrado –. A la tía Muriel no le agradará nada verlos a ustedes dos.

Atravesaron la entrada, polvorientos y cansados, y fueron recibidos por el dulce aroma del ponche de frutas que Molly solía preparar en La Madriguera. Desde el pequeño cuarto de la cocina se desprendía un agradable calor, uno que alejaba a empujones los sentidos alterados de los tres muchachos y los hacía entrar en una tranquilidad familiar. Percy estaba con su madre, tenía tan sólo unos meses de haber regresado con su familia, y los gemelos no habían tenido ocasión de verlo desde hacía mes y medio. Se veía un poco más delgado de lo normal, y su sonrisa era casi invisible en su rostro, pero eso no importaba mucho para su madre. Molly Weasley estaba encantada de tenerlo con ellos nuevamente.

El señor Weasley los hizo pasar a la salita. Los sillones eran tan grandes, viejos y polvorientos como la misma casa, y estaban tapizados con una tela escocesa color verde botella. En la mesa de centro había un florero de porcelana cuyas flores habían sido cambiadas hacía siglos; aún conservaba una rosa amarillenta, tan seca que Joy pensó que si la movía un poco terminaría convirtiéndose en un puñado de polvo.

¿Quién tocaba de esa manera tan infernal, Arthur? – se escuchó desde uno de los cuartos de la casa.

Aquí vamos – susurró George.

Apareció entonces una mujer de cabellos grises, renqueando con su bastón, vestida con un horroroso traje color violeta, y se acercó a los tres hombres pelirrojos. Pareció mirarlos superficialmente, y después toda su concentración se enfocó en los tres "desconocidos" que estaban de pie en medio de su sala.

¿Y a ustedes quién los dejó entrar en mi casa? – preguntó con una voz bastante alta y clara, a pesar de su edad – Arthur, ¿quiénes son estos andrajosos?

Tía, ellos son… - comenzó a decir el señor Weasley, pero la anciana no esperó a escuchar lo que el hombre tenía que decir.

¿Quiénes, en el nombre de Merlín, son ustedes?

Tía Muriel…

¡Largo! ¡Fuera de aquí!

Y, a pesar de que era tan sólo una anciana, la tía Muriel se movió con una velocidad que ni Bill ni Charlie consiguieron prever. Con el bastón que llevaba en la mano comenzó a golpear a los tres jóvenes una y otra vez.

– ¡Tía, basta! Tía, no… ¡OUCH! ¡TÍA!

Esto… les enseñará… a no entrar… en casas… ajenas… ¡por los calzones bombachos de Merlín! Vagabundos… andrajosos… terroristas… no pueden… entrar… en la casa… de… una ancianita… desprotegida... y débil… ¡es un susto de muerte! ¿Quiénes creen que son? – con cada palabra sobrevenía un duro golpe.

¡No, tía! ¡Basta! – intervinieron Bill y Charlie – ¡Son Fred y George!

¿Son Fred y George? ¡Pues con mucha más razón! – dijo la tía Muriel, golpeándolos con más fiereza que antes.

¡Tía, por favor! – intervino Molly, secándose sus manos mojadas en el delantal blanco que le rodeaba la rechoncha figura – ¿No ve que son mis hijos que vienen de… de donde sea que vinieren?

¡No me importa, Molly!

¡¿Desprotegida?! – se quejó Joy, cubriéndose la cabeza con las manos – ¡Usted podría hacer retroceder a los mortífagos en un dos por tres!

¿Y ésta quién es? – preguntó inquisitiva la anciana.

Es Joy, tía respondió Molly, tratando de tomar el bastón con ambas manos –, amiga de nuestra familia.

¿Joy? ¿Cuál Joy? ¡No la conozco! – y volvió a alzar su bastón, sólo que esta vez Bill lo tomó por atrás y se lo arrebató gentilmente.

Tendrá oportunidad de conocerla, tía – dijo Bill.

Los tres jóvenes quedaron bastante adoloridos después del ataque de la anciana, y lo único que querían era poder sentarse en aquellos sillones. Había llegado a tal punto su cansancio, que hasta estaban dispuestos a dejar pasar la cena y poder dormir un poco.

¿Quieren beber ponche? – preguntó Percy, asomándose apenas por la puerta que conducía a la cocina.

Sus hermanos aceptaron gustosos su invitación.

Joy tuvo cuidado de no hacer ruido mientras se acercaba al comedor. Quería enterarse lo que los señores Weasley estaban hablando, así que no se atrevió a asomarse siquiera. Escuchó atentamente.

Arthur, traían el cabello teñido. ¿Por qué?

Protección tal vez. No lo sé cariño.

¿Crees que los reconocieron? Llegaron justo el día en que El Profeta anunció lo de Ronald… – la señora Weasley se sonó la nariz y sollozó –. ¿Cómo estará?

Espero, por Merlín, que esté bien – respondió su marido, tomándole las manos y besándolas.

Estaban tan cansados ésos tres – continuó diciendo Molly –. Pobrecillos. Todos sucios, cansados, y golpeados.

Aquí estarán bien, si los cuidamos de otro ataque de Muriel.

¡Oh, Arthur! Estoy muy angustiada… No nos han dicho qué ha pasado para que ellos hayan cambiado su apariencia.

Lo harán pronto. Te lo aseguro, querida.

¿Dónde estará Nora? ¿Estará bien? ¿Por qué no vino con ellos?

Ella está bien – respondió Joy, entrando al comedor –. Está en casa. Buenos días.

Buenos días, linda – dijo Molly, poniéndose de pie e invitándola a sentarse a la mesa –. ¿Quieres desayunar?

Sí, por favor.

La muchacha se sentó de frente al señor Weasley, mientras que Molly ponía frente a ella un cuenco lleno de avena caliente, un par de rebanadas de pan tostado untadas con mantequilla, una manzana picada cubierta con yogur, y para beber le dio una taza de ponche tibio. Antes de volver a sentarse, la señora Weasley pasó su mano por los cabellos despeinados de Joy y depositó un beso maternal sobre ella. La quería como si fuese uno de sus hijos.

¿Qué sucedió? – preguntó el señor Weasley, tras unos minutos.

Había esperado que Joy disfrutara de su desayuno, pero estaba demasiado preocupado como para esperar que ella terminase. Sin embargo, Joy respondió cada una de las preguntas pacientemente, tomando pausas para poder terminar su comida.

… tuve que cambiar nuestro cabello para llegar allá. No pensé que sus hijos fuesen tan fáciles de reconocer – contó Joy –. Todo salió bien, después de todo… nadie nos atacó. Además, pudimos ayudar a los otros magos… la enfermera Agnes nos dio varias pociones también.

¿Y tu madre está en Oxfordshire cuidando de todas esas personas?

Pues, sí. Espero poder visitarla en los próximos días, porque también es necesario que refuerce los hechizos de protección.

¿Los mismos que te dije hace años? – preguntó el señor Weasley.

Sí, fueron de mucha utilidad y creí que era conveniente volverlos a lanzar.

Hubo un momento en que todos se quedaron en silencio, con excepción del tictac del pequeño reloj en forma de caldero que la tía Muriel tenía colgado en la cocina, y el sonido que hacía la cuchara de Joy al golpear el cuenco de avena. Realmente había una paz en aquel lugar. La muchacha sentía cómo incluso su cuerpo se iba relajando poco a poco, a pesar de los moratones que la tía Muriel había dejado en su cuerpo. Era como si toda la adrenalina que corría por sus venas mientras vivía en el callejón Diagon se esfumara con cada bocado de avena y trago de ponche.

Los señores Weasley se habían servido por segunda vez café, cuando sus hijos gemelos bajaron. Los volvió a sorprender ver el cabello castaño de George y la brillante cabellera negra de Fred, eran dos personas completamente distintas a las que vivieron con ellos años atrás. Al igual que Joy, los muchachos bajaron en pijama, despeinados y descalzos. George bostezaba fuertemente al sentarse, mientras que Fred se frotaba los ojos antes de darle un beso a su madre. Molly acababa de servirles el desayuno cuando bajó el resto de la familia.

¿Tus hegmanos? – preguntó Fleur a Bill cuando vio a los gemelos.

La noche anterior ella había estado durmiendo cuando llegaron los tres jóvenes, y sólo se enteró que estaban allí porque el mismo Bill se lo había dicho cuando despertaron. Aunque, claro, se vio sorprendida de ver a un castaño y un pelinegro en lugar de dos cabezas pelirrojas.

Así es, ¿qué no ves que tienen el mismo cabello que yo? – bromeó Bill – Buenos días.

Días – respondieron los gemelos.

Charlie se sentó junto a su padre, mientras que Percy parecía poco dispuesto a separarse de su madre. Seguramente porque aún resentía los comentarios mordaces de sus hermanos menores.

¿Siguen aquí tus hijos, Arthur? – fue lo primero que dijo la tía Muriel al sentarse a la mesa – Pensé que a estas horas ya estarían en su cuchitril en Diagon.

Tía, es muy temprano para comenzar con rencillas – intervino Molly.

Además – respondió George, tomando otra rebanada de pan –, no es un cuchitril. Es el mejor negocio que ha habido en el callejón, si exceptuamos, claro está, Gringotts.

¿Ah sí? Entonces, díganme, ¿por qué están aquí? Si es el maravilloso negocio del que hablas, debería haberles dejado suficiente oro como para irse a otro lugar a esconder sus cobardes traseros – preguntó maliciosamente la anciana.

Todo el oro que ganaron ahora está en manos de la señora Gresham, madre de Joy – trató de defender el señor Weasley.

Sin embargo, utilizó palabras equivocadas, porque inmediatamente la anciana lanzó un ¡JA!, y señaló con su dedo huesudo a Joy.

¡Una caza fortunas! Sólo está con vuestros hijos porque le dan oro…

¿Una qué? – interrumpió Joy, bastante ofendida.

¡Arpía nacida de muggles! ¡No deberías estar en mi casa!

¡TÍA MURIEL!

Bien te recuerdo – continuó diciendo la anciana –, eres la misma muchachita que le gusta poner bombas fétidas a otros… Irrespetuosa y malcriada. ¡Igual que vuestros hijos! – Se volvió hacia los señores Weasley, que estaban colorados hasta las orejas – ¡Tengo ciento ocho años y recuerdo a cada persona que he conocido!

¿Bombas fétidas? – intervino Percy – Pero tía, eso fue hace como quince años. Y fueron Fred y George, no Marjory.

¿Y eso qué tiene que ver, Percival? Ella me amenazó, en la boda de aquellos dos – señaló a Bill y a su esposa –, con lanzarme una bomba si…

Si no dejaba de hablar mal de mi madre – terminó de decir Joy –. Y, créame, estoy muy dispuesta a lanzarle una ahora mismo.

La muchacha se había puesto de pie y tenía ambas manos sobre la mesa, estaba inclinada hacia el frente y su cabello rubio le caía sobre los brazos. Tenía una mirada como muy pocas veces le había visto. No sólo estaba enojada, ¡estaba furiosa!

¡Y no soy una arpía caza fortunas! El oro que los gemelos han ganado, está con mi madre… pero no por las razones egoístas que usted cree. ¡Se lo dieron para que ella pudiese ayudar a otras personas que están desamparadas!

¿Desamparadas? – preguntó con incredulidad de la otra bruja.

Sí, como acaba de escuchar.

¿A qué te refieres? – preguntó Charlie.

Víctimas de la guerra, Charlie – respondió George –. Viudas, niños, enfermos, ancianos… de todo. Vivían en el callejón, solos. Los conocimos… de pura casualidad – añadió con una sonrisa –. Deberían ver cómo está el mundo mágico por nuestro barrio.

Seguramente la mujer se quedará con todo el oro – dijo la tía Muriel por lo bajo. Estaba predispuesta a pensar mal de casi todo el mundo en general.

¡Estamos en una maldita guerra y, en lugar de hacer algo al respecto, se la pasa hablando mal de una mujer que ni siquiera conoce! – explotó Joy

No sólo es "nuestro" oro, tía – dijo Fred –. Le pertenece también a Joy, porque ha estado con nosotros desde el principio. Y todos hemos trabajado lo suficientemente duro como para hacer lo que queramos hasta con el último knut que tengamos.

Arpía caza fortunas – respondió la anciana descaradamente.

¡Es una vieja amargada y rencorosa! – gritó Joy, tomando en sus manos el cuenco vacío en el que había desayunado – ¡No pienso seguir bajo el mismo techo que usted!

Fred tuvo que detenerla de arrojar el cuenco contra su tía. Le tomó ambos brazos y la sacó de la cocina, mientras Joy seguía gritando cosas contra la bruja. Dejaron un incómodo silencio entre los demás Weasley, mientras que la tía Muriel sonreía maliciosamente, saboreando su avena.

La cabaña donde vivía la anciana estaba en medio del campo, y el pueblo más cercano distaba de unos diez u once kilómetros de allí. Así que, prácticamente, Fred y Joy estaban rodeados de una naturaleza tranquila e infinita. Pasaron asustando a las gallinas que correteaban nerviosas, el perro les ladró una y otra vez, e incluso decidió seguirlos hasta la puertita de madera que conducía fuera del jardín. Ambos iban descalzos y en pijama, y pronto sus pies quedaron cubiertos de barro. El muchacho pretendía llevar a su novia lejos de allí hasta que se le pasara aquel arrebato. No quería que sus padres pensaran mal de ella; lo que pensara su tía le era casi indiferente. Le dolía y enojaba cómo había catalogado a Joy, pero sabía que era muy común que la vieja se la pasara insultando a cada persona nueva que conocía.

Cálmate – repetía una y otra vez Fred –. A ella le encanta sacar de sus casillas a la gente.

¡No me pidas que me calme! ¿Oíste cómo me llamó la vieja bruja?

¿"Arpía caza-fortunas nacida de muggles"?

¡No es necesario repetirlo, Fred! – gritó Joy, y después empujó a Fred, quien la volvió a rodear con sus brazos.

Llegaron hasta un viejo roble que comenzaba a renacer, sus ramas se estaban vistiendo de verde, y las aves parecían tener predilección por ellas, porque había unos tres o cuatro petirrojos afinando su canto matutino. Fred soltó a Joy y se dejó caer en el suelo. Cerró los ojos y aspiró el aire de aquel lugar. Era completamente diferente al de Londres, y estaba agradecido por ello; era ligero, fresco, salvaje. Mantenía una esencia pura y suave como el plumón que los polluelos comienzan a tener cuando nacen. Casi podía decir que en el aire volaban partículas doradas, como si los rayos del sol se hubiesen convertido en un polvo tan fino como el que producen las hadas. Estiró sus brazos y allí se quedó, tomando el sol, sintiendo la brisa acariciar su pecoso rostro. Esperaba que Joy se le uniera. En lugar de eso, la joven comenzó a patear el árbol.

¡Hey! No lo hagas, ¡basta! Le estás haciendo daño.

Es que… ¡Ah! No puedo creer lo que me dijo – se quejó Joy. No desistió en sus patadas contra el árbol.

Lo estás lastimando, Joy – volvió a decir Fred –. El roble tiene sentimientos.

¿Qué? ¿Cómo va a tener sentimientos?

Joy – replicó Fred, haciendo un puchero –, claro que tiene sentimientos. Y los estás lastimando como a ti te lastimaron hace rato.

¡Eres un bebé! ¿Quieres que te pateé a ti en lugar de al árbol?

Pero por su tono de voz, Fred se dio cuenta que la rabia de la muchacha se estaba evaporando. Decidió aventurarse un poco más.

Deberías pedirle perdón. Es lo correcto. Has herido sus sentimientos y su corteza. Si no lo haces, serás peor que mi tía.

¡Ay!, está bien. Lo siento, roble – dijo la muchacha, abrazando el tronco del árbol –. Tú no tienes la culpa de que esa bruja sea tan cruel con lo que dice.

Ahora, dale un besito.

¡Fred!

Haaazlooo.

Joy se rió, y depositó un tierno beso en la corteza polvosa del roble. De alguna manera, la ira la había abandonado, dejándole un curioso vacío en su interior. También le trajo de vuelta el dolor de cada golpe que el bastón le había causado la noche anterior.

Mi tía me recuerda a la Cara de Sapo – dijo Fred.

¡No! Ésa era mucho peor… ¡Si hasta hizo que Filch utilizara un látigo contra nosotros!

¿Un látigo? – Fred se recostó contra el tronco e invitó a Joy que se sentara junto a él.

Cuando ustedes dejaron el pantano en el pasillo – explicó Joy, mientras quitaba un par de piedras para poder sentarse –, la Sapo obligó a nuestro grupo a cruzar a los demás estudiantes en una barquita. Y le dio a Filch un látigo para que nos apresurara a trabajar. Fueron tiempos duros – suspiró –. Pero Harry nos ayudó, ¿sabes? Le pidió a un elfo, que trabajaba en la cocina, que cada noche nos llevara de cenar. ¡Y vaya que lo hacía! Siempre aparecía con una bandeja de plata llena de pudín de chocolate y de vainilla, tartas de melaza, rosbif con verduras, jalea de grosella… Algunas veces nos llevaba un vino dulce que no recuerdo de qué era pero estaba muy sabroso.

No me lo habías contado – le dijo Fred con una sonrisa.

¿No? Pues se me había olvidado, supongo – reconoció Joy.

Suspiró al ver la belleza que los rodeaba, y al recordar los tiempos que había pasado en Hogwarts. Se sentía muy cómoda en los brazos del muchacho.

Quisiera quedarme aquí hasta que anochezca – confesó Fred –. Me gusta estar con nuestro amigo el roble. Pero más que nada, me gusta pasar tiempo contigo, Joy; me gusta escucharte hablar sobre tus recuerdos, lo que piensas… Escucharte decir malas palabras también es divertido. No sé, siempre me ha gustado hacerlo, pero creo que no lo había disfrutado tanto hasta después de que casi te pierdo… – frunció el ceño tras hacer una pausa – ¿Cómo fue?

¿Qué?

Sé que viste a tu padre cuando estabas inconciente… pero, ¿qué sentiste cuando las cuerdas te abandonaron? ¿Cómo fue estar…?

¿Casi muerta? – preguntó secamente Joy.

Sí.

Fred sabía que la chica junto a él estaba incómoda con el tema, pero la curiosidad que tenía era mucho más grande.

No lo sé – respondió Joy después de casi cinco minutos en silencio. Aún se podía escuchar cómo el perro de la tía Muriel ladraba desde la puerta –. Parecía un sueño.

¿Tenías miedo?

Al principio sí. Pero después, cuando vi a mi padre, me sentí muy tranquila… Es más, ni siquiera quería regresar – admitió algo avergonzada.

¿Lo extrañas mucho?

Sí, incluso más que cuando lo perdí la primera vez. Saber que, de alguna forma, él sigue vivo a pesar de no estar entre nosotros… Lo vi, Fred, hablé con él, y escuché otra vez su voz. Lo abracé después de todos estos años. Pensé que jamás volvería a ocurrir… y todo eso me hace añorarlo tanto.

Joy se abrazó las piernas y ocultó su rostro para llorar. Sintió que jamás dejaría de hacerlo. Tenía muchas preguntas en su mente, quería conocer las respuestas. Antes, su padre le resolvía todas sus dudas: por qué el cielo es azul, de qué están hechas las nubes, cómo vienen al mundo los bebés, cómo crecen las flores, por qué la gente se enamora. Siempre se tomaba su tiempo para contestarle, con paciencia y con calma, usando palabras sencillas y claras. Jamás le decía que no tenía tiempo, ya que le encantaba que no dejara de hacerle preguntas, y decía que era una niña muy lista. Su cabeza se llenó de recuerdos multicolores, grises, e incluso negros. No quería pensar en su padre. Le causaba demasiado dolor. Joy intentó apartar de su mente la sonrisa de su padre. Era demasiado dolorosa, demasiado intensa.

Fred la abrazó con fuerza, mientras se mecía de atrás hacia delante. Le besó los cabellos de oro, la frente despejada, los ojos llenos de lágrimas, la nariz respingada. Acarició con ternura los brazos pálidos y tibios a la luz de sol de la muchacha, y después los besó una y otra vez. Y dejó que llorara todo lo que necesitaba llorar tras su pérdida. No le dio ninguna palabra de ánimo, porque sabía que no había ninguna, en cualquier lenguaje, que pudiese sanar una herida de tal magnitud. Sólo le repitió lo que ella ya sabía: que la amaba. Tal vez no era necesario añadir nada más, porque sabía que las palabras vanas eran sólo sal para su herida. Algún día, en el futuro, dejaría de sangrar y se convertiría en una cicatriz plateada. Pero siempre estaría en ella, ésa es la naturaleza de las cicatrices.

Se quedaron sentados, solos con el roble. Las aves habían entonados sus canciones y se habían ido. El viento ya no les traía el polvo de hada. El sol ya estaba en su punto más alto. Joy seguía en los brazos de Fred, sintiendo cómo la vida se le escapaba por cada poro de su piel. Era una sensación de estar desangrándose en medio de murmullo de recuerdos fantasmales. Sin embargo, Fred parecía empecinado en devolverle el calor. Con cada beso depositado iba restableciéndole la vida, con cada caricia hacía que la sangre regresara a ella, y con cada palabra de amor ahuyentaba a los fantasmas. Sólo quedó en ella el molesto hipo que da después de llorar tanto.

Deberíamos irnos – dijo el muchacho –. Mis padres deben estar preocupados.

Le pedí perdón a nuestro amigo roble. ¿Crees que debería pedirle perdón a tu tía? – preguntó Joy.

No le pidas perdón. Nosotros nunca le pedimos perdón por lo de la bomba fétida.

Y los desheredó.

Sí – se rió Fred –. Pero a ti, ¿qué te podría hacer? ¿Quitarte tu herencia? ¿Mandarte a dormir en el suelo? ¿Dejarte sin comer? Sabes que mis padres nunca lo permitirían, te quieren demasiado.

Joy se sonrojó ante ese comentario. Fred la tomó de la mano y la ayudó a ponerse de pie.

¿Regresamos?

Vale – respondió Joy, encogiéndose de hombros –. De todos modos, creo que es correcto pedirle perdón.

Estaba dispuesta a soportar los comentarios mordaces de la tía Muriel, sólo por el amor que le profesaba al resto de la familia Weasley. Aunque también estaba decidida a no dejarse rebajar una vez más por la anciana.

o0o0o0o

Oye, Van Gogh, ven a darnos una mano con esto – gritó Joy.

¿Van Gogh? ¡Tú lo serás! ¡Y diez veces más!

Joy lanzó una carcajada al ver la cara de George. El muchacho lo había tomado como un insulto, y ahora la miraba con los ojos bien abiertos. Parecía que su quijada se había separado del resto de su cabeza.

Los tres muchachos estaban en el huerto que quedaba atrás de la cabaña. En él, la tía Muriel había sembrado tomates, berenjenas, patatas, acelgas, calabazas, espinacas, coliflor, pimientos, rábanos, y zanahorias; además de plantas aromáticas como romero, tomillo, orégano, albahaca, salvia, hierbabuena, y manzanilla. A un kilómetro de allí, Charlie había encontrado un campo de mostaza. Bill y Fleur habían llegado una vez con un par de canastas llenas hasta el tope de fresas silvestres.

¿No sabes quién fue Vincent Van Gogh?

Me suena – respondió George, muy poco convencido. Estaba claro que no tenía ni idea.

Era un gran pintor… Su arte es simplemente increíble, aunque la calidad de su obra sólo fue reconocida después de su muerte. En la actualidad se le considera uno de los grandes maestros de la pintura – respondió Joy, después añadió con una sonrisa: – ¡Y era pelirrojo!

¿Pero por qué Van Gogh? – preguntó Fred – George no tiene nada de eso, a excepción del cabello. Bueno, antes de convertirse en un castaño salvaje.

Es que Van Gogh es, en parte, mejor conocido como el hombre que se cortó una oreja… y como George, pues, no tiene la suya…

Creíste que era gracioso – terminó de decir George –. Tiene su gracia, pero jamás podrás tener el delicado don para hacer buenos chistes como nosotros.

Joy le sacó la lengua y le lanzó un terrón de tierra. Se suponía que el trabajo que les habían dado era el de cuidar el huerto. Y aquella tarde ellos estaban encargados de proveer los alimentos para la cena. Decidieron salir después del desayuno, porque querían aprovechar toda la tarde para ir al pueblo a comprar cosas, pero iban a dar las tres de la tarde y tan sólo tenían seis zanahorias, una planta sacada de raíz que llevaba colgando suficientes patatas para dos días, y un rábano que el perro había desenterrado y medio comido.

¿De qué están hablando? – preguntó la tía Muriel, que se había acercado lo suficiente para poder espiarlos.

Arte – respondió Fred.

¿Arte? ¡Mugglerías!

El arte no es… – comenzó a decir Joy con calor, pero se detuvo un momento a respirar para calmarse un poco –. El arte es universal. Puede ser disfrutado por todos, en cualquier lugar, no importa quién eres o de dónde provienes. Quiero decir, existe en ambos mundos: el mágico y el muggle.

Yo sólo venía por media docena de patatas – dijo la tía Muriel con sarcasmo –, y terminé recibiendo una lección sobre el arte. Muchas gracias, maestra.

George estuvo a punto de lanzarle las papas a la cabeza, pero vio cómo su madre los observaba desde la cocina. Se arrepintió y ayudó a su tía a llenar la canasta. La anciana se quejó de que ésta era demasiada pesada para ella y obligó a su sobrino a cargarla y llevarla hasta la cocina.

Todos tenían sus obligaciones en la casa. Bill y Charlie decidieron arreglar las goteras, y se habían pasado toda la mañana caminando por el techo, riéndose y bromeando entre ellos. Molly se había encargado de la cocina; Fleur estaba empecinada en que debía haber una redecoración y ella había tomado cartas en el asunto. Arthur se había llevado a Percy para ayudarlo con los animales, y hasta el huerto llegaban los gritos de Percy cada vez que pisaba excremento de vaca. Los gemelos se tronchaban de la risa cada vez que lo escuchaban gritar: "¡MIERDA, LITERALMENTE!".

¿Estás bien? – preguntó Fred.

Joy tardó en contestar. Estaba demasiado ocupada desenterrando cuantos rábanos pudiese arrancar con ambas manos. Tiró una, dos veces, y a la tercera la tierra cedió haciendo que la muchacha cayera de espaldas. Se escuchó su risa y se puso de pie.

¿Qué dijiste?

Te pregunté si estabas bien.

Me caí, pero me encuentro perfectamente – respondió Joy, luego se secó el sudor con su mano y se dejó una gran mancha de tierra en la frente.

Me refería a mi tía – dijo Fred, lanzando otra zanahoria a su cesta.

Oh… Es difícil – admitió la joven –. ¿Por qué me trata de esa manera?

Es vieja – respondió Fred, encogiéndose de hombros –, y está loca y amargada. Supongo que, como no tiene nada más interesante qué hacer con su vida, se la pasa arruinando la de los demás.

Y apenas llevamos un día con ella – suspiró Joy.

George se les unió al cabo de cinco y minutos y comenzó a quejarse de su tía, pero entre más rato pasaba con su hermano y con su amiga, más rápido se le evaporó el enojo. Siguieron trabajando por una hora más. El plan de ir al pueblo ese día se movió al siguiente. Lo único que querían era alejarse de la tía Muriel por lo menos doce horas.

¡Muchachos! – gritó Molly desde la ventanita de la cocina – Traigan eso para acá, que voy a preparar la cena. ¡Y hay agua caliente para que se den un baño!

En la cabaña no existía ningún calentador de agua muggle, sino que uno debía llenar varios calderos y ponerlos al fuego alrededor de una hora para poder darse un buen baño caliente. Joy encontraba bastante pintoresco que la bañera tuviese cuatro patas. Era una bañera bastante grande y pesada, hecha de un metal oscuro parecido a la plata; estaba en medio de un cuarto pintado de blanco y azul; sólo había una ventana que miraba hacia los campos de mostaza, y cuando hacía bastante viento el olor parecía impregnar la habitación. También había un espejo de cuerpo entero, hecho con el mismo metal, parecía sacado de un castillo de cuento de hadas. Luego estaba un armario de tamaño regular, hecho con madera de pino (uno podía oler la madera aromática), donde guardaban las toallas de algodón, las batas de baño, y las pociones que mezclaban con el agua caliente. El retrete parecía ser lo único que desentonaba en aquella habitación, porque era de porcelana blanca, común y corriente; para ser honestos, era un simple retrete muggle. Joy sonrió con cierta tristeza a causa de la ironía: todo podía ser del mundo mágico, pero justo el retrete era muggle.

Le habían permitido ser la primera en disfrutar del baño. Fred y George se quedaron más tiempo en la huerta jugando con terrones de tierra. Se transportaron a su infancia y construyeron castillos y aldeas, moldearon personitas con barro y les dieron granjas que cuidar. No utilizaron la magia, aunque en el pasado, cuando eran niños, habían hecho que sus personajes cobraran movimiento, aunque no vida. Pero ahora, con casi veinte años, habían decidido crean un mundo en el que el barro siguiera siendo eso: barro inanimado. Hicieron guerra el uno contra el otro, y grandes bombardas de tierra destruyeron el castillo de George, mientras que su rey y su reina eran destruidos por pequeñas piedras que Fred lanzaba. George terminó cobrando venganza al arrojar sus aldeanos y los de Fred contra su hermano. Y el huerto terminó lleno de tierra esparcida por todos lados, y dos jóvenes en medio de él, riendo y persiguiéndose como si no tuviesen otra cosa que hacer en el día.

Joy salió de la habitación con un bonito vestido amarillo. Se sentía fresca y ligera después de aquel baño. Decidió dejarse el cabello húmedo suelto; aún se reía ante el espejo al verse como rubia. Al principio, cuando decidió poner en práctica el hechizo para cambiar el color de cabello, lo había teñido de un azul intenso y brillante, lo que causó que lanzara un grito contra su voluntad. Los gemelos se burlaron de ella, pero se sorprendieron cuando ella repitió el hechizo no una, sino cuatro veces más, sobre su cabello, hasta dejarlo como el oro. También había visto la mirada de su madre. Específicamente había elegido ser rubia a causa de ella; estaba tan acostumbrada a que siempre le dijeran que se parecía a su padre, que aquella ocasión decidió parecerse físicamente a Nora por una vez en su vida.

Se acercó a la cocina, donde sabía que Molly se encontraba. Podía oler la carne de ternera friéndose en mantequilla, y sabía que la señora Weasley le gustaba servirla con pudín, así que cuando su estómago gruñó de hambre, deseó que la mesa ya estuviese servida. Pero cuando entró en ella, la sonrisa que se había pintado en su rostro se desvaneció. La tía Muriel, que estaba cortando las patatas, inmediatamente clavó su mirada en ella.

Buenas tardes – saludó cortésmente Joy –. ¿Puedo ayudarla en algo, señora Weasley.

Oh, no Joy. Descuida, estamos llenos en la cocina – respondió la buena señora.

La verdad es que lo último que quería era que la tía Muriel comenzara a insultar a Joy. Por esa misma razón, dedicó toda su atención a lo que la anciana estaba haciendo, mirándola de la misma manera que miraba a sus hijos cuando ellos hacían algo incorrecto.

Puedes ir por flores – dijo de pronto la anciana.

¿Qué? – Joy estaba desconcertada. Era la primera vez que no era mala con ella.

No se dice "qué"… No importa, qué se puede esperar de una…

Tía – Molly la miró seriamente y apretó los labios.

Dije que podrías ir por flores – continuó diciendo la anciana tras suspirar –. La esposa de Bill arregló un poco este lugar, pero no puso flores en los jarrones. Pensé que sería buena idea que tú fueses a buscar algunas.

¿Qué clase de flores? – preguntó Joy con demasiada rapidez.

Las que tú quieras… Que no estén marchitas, por favor. Llévate un cuchillo para cortar los tallos y las hojas.

La anciana miró cómo Joy revolvía entre los cajones hasta que sacó uno de sus cuchillos más afilados. Si se había portado civilizadamente con ella en aquel momento era sólo porque Molly Weasley estaba allí. La muchacha no le traía ninguna simpatía.

¿Qué esperas? ¡Muévete! – la apresuró.

Joy salió de la cocina hacia el jardín. Nox se había adueñado de aquella banca de fierro oxidado, y cuando vio a su humana salir, saltó para recibirla con maullidos. La joven decidió llevárselo al campo para no sentirse tan sola. El buen perro, que era un viejo pastor inglés pachón y juguetón, la acompañó brincando hasta la puerta verde del jardín. Cuando ella y el gato se alejaron, el perro comenzó a llorar para atraer la atención de la muchacha; era lo suficientemente grande como para saltar la puerta y acompañarlos, pero allí se quedó, llorando porque lo habían dejado solo.

¿Qué dices, Nox? – preguntó la joven al gato – ¿Dejamos que nos acompañe? – Y ambos regresaron por el perro.

Joy se dirigió hacia el amigo roble, como lo habían nombrado ella y Fred, esperando encontrar alguna que otra flor silvestre. Para su sorpresa, cerca de allí había un campo de girasoles. Bueno, "campo" no era la palabra adecuada. En realidad sólo era un pequeño montículo donde crecía un perfecto círculo de girasoles. Eran unos quince a lo mucho. Observó cómo el perro juguetón entraba y salía corriendo entre ellos, brincando como si apenas fuese un cachorro. Nox corría unos cuantos metros, siguiendo al perro, pero terminaba regresando siempre con Joy. La muchacha decidió tomarse un tiempo para jugar con los animales antes de llevar las flores. Se metió entre las altas flores amarillas persiguiendo a las mascotas, y disfrutó genuinamente de aquel juego. El perro le ladraba juguetón, moviendo el rabo de izquierda a derecha, y cada vez que ella se acercaba para atraparlo, el corría lejos. Nox aprovechó las largos tallos y afiló sus garras; era un animal muy listo y sabía que no le dejaban hacerlo con los muebles viejos de la casa. Parecía que ninguno de los tres quería regresar a la cabaña.

Llegó con tres girasoles en la mano. Cortó con cuidado sus tallos, para no hacerse daño, y los puso en un jarrón color verde botella. Luego procedió a llenarlo con suficiente agua para que los girasoles no se marchitaran rápido, pero hizo un poco de trampa al lanzarles un hechizo que alentaba el paso del tiempo. Decorarían la mesa de la cocina por lo menos un mes antes de que sus pétalos se cayesen.

Lindas flogues – dijo Fleur cuando todos se sentaron a la mesa a cenar –. Le dan un bonito brillo a este lugag.

Las trajo Joy – dijo la señora Weasley.

No están tan mal – admitió la tía Muriel –. Es una lástima que el color amarillo queme mis ancianos ojos.

Joy sabía que no sólo estaba hablando de las flores, sino de ella misma. Aún llevaba el vestido amarillo. Sintió cómo las lágrimas acudían a sus ojos sin ser llamadas. Le dolían sus comentarios, pero le daban más rabia ante todo. No dijo nada, y trató de cortar su ternera. Aunque no miró a nadie, sabía que los Weasley la estaban observando. Se formó un incómodo silencio que sólo era roto por el sonido de los cubiertos chocando de Joy.

Si no comen, se les enfriará la carne – dijo la anciana con naturalidad, como si no estuviese consciente del daño que causaba cada vez que abría la boca.

Fred, que estaba sentado junto a ella, le sonrió con amor. Le tomó la mano y se la besó con ternura.

Es lo que pasa cuando ves la verdadera forma de los ángeles – le dijo en un susurro.

o0o0o0o

Mañana podemos llevarle girasoles a tu madre.

Fred, y Joy estaban recostados en la sala, descansando después de su ajetreado día. Molly había encendido el radio y la voz de Celestina Warbeck resonaba por toda la casa. George y Charlie estaban en la cocina, lavando los trastes; habían lanzado un hechizo muffliato para no escuchar los berridos provenientes del radio. Bill y Fleur habían salido a dar una caminata bajo las estrellas. Y la tía Muriel estaba tejiendo en el comedor con Molly; eran más largas sus quejas sobre lo incómodo que era para ella, una anciana con reumas, estar sentada en una tiesa silla de madera en lugar de estar en uno de sus sillones, que la bufanda que estaba tejiendo.

¿Iremos mañana a casa? – preguntó Joy, ilusionada.

Sí, ¿por qué no? – respondió Fred con una sonrisa – Podemos ir justo después del desayuno.

Una de las cosas que más le gustaban de Joy era la manera en que sus ojos brillaban cuando se emocionaba. Se volvían más azules, más grandes, más mágicos, y la sonrisa que ella le daba sólo a él era resplandeciente.

¡Suena estupendo, Fred! – depositó un beso en los labios del muchacho.

Aquello era suficiente como para comenzar una chispa, que pronto se transformaba en un incendio de grandes proporciones. Desde que estaban con la tía Muriel no habían pasado una noche juntos, y ambos se necesitaban tanto como el campo amarillento necesita de la lluvia.

Podemos ir solos – dijo Fred, con aquella voz ronca que solía tener cada vez que se acercaba de manera íntima a Joy.

Y… ¿podemos pasar el día en Oxfordshire? – preguntó Joy, enredando sus dedos en el cabello negro de Fred.

Iremos a donde tú quieras.

Aquella noche cayeron varios rayos en aquella zona del país, aunque hubo muy poca lluvia. Fred compartía habitación con su hermano. Generalmente caía rendido cada vez que se acostaba en la cama, pero aquella noche fue distinto. Sentía cómo sus párpados estaban cargados de sueño, pero su mente parecía empecinada en no dormir. Imágenes de los días pasados se revolvían con los recuerdos de aquel día. Los comparaba entre sí, y parecía increíble que estuviesen viviendo con tanta paz en aquel momento. Como si la guerra estuviese en pausa, esperando que ellos regresaran al mundo mágico.

Se rió de sí mismo. ¿La guerra esperando por ellos? Sabía cuáles lugares les correspondían a él y a su hermano: peones. Por muy cruel que sonara, estaba conciente que quién iba a librar la batalla era Harry Potter y nadie más. Los demás del "bando bueno" estaban allí para detener los avances de Voldemort, pero jamás los vio como héroes. Simples peones en un juego de ajedrez gigante. Algunos correrían con más suertes y se convertirían en alfiles, torres y caballos. No estaba seguro si catalogaba a esa suerte como buena o como mala. Pero lo que sí sabía era que los peones siempre eran los primeros en caer. Entonces pensó en la Orden del Fénix, todos ellos sí que eran héroes; había arriesgado sus vidas, sus familias, todo, hasta habían muerto por esta guerra. Pero, ¿qué era él? Se la había pasado meses encerrado en Sortilegios. Las pequeñas batallas que habían librado no habían dado ningún giro a la trama de su historia. Tal vez, después de todo, su tía tuviera razón con respecto a que era un cobarde. Anteriormente se había sentido orgulloso de lo que había hecho; aquellas pequeñas batallas habían sido todo para él. Pero ahora, en la oscuridad de su cuarto, parecían insignificantes con la gran guerra que se desataba a su alrededor.

Se levantó torpemente de la cama. Tenía frío y jaló una manta para cubrirse con ella como si fuese una capa real. Las noches tormentosas eran una fascinación para él. Les temía y las respetaba, y quedaba siempre encantado con los impresionantes relámpagos, aunque terminaba escondiéndose en los brazos de su madre cuando era el turno de los potentes truenos. En las noches tormentosas que pasaban en La Madriguera, Bill siempre les contaba que eran gigantes que vivían en los cielos, luchando grandes guerras. Cada vez que sonaba el estruendo de un trueno, decía que eran las trompetas que alertaban a los gigantes que la batalla estaba cerca. Los rayos eran el resplandor de sus espadas entrechocando. Las nubes no podían soportar el peso de una guerra sobre ellas, y tenían que deshacerse del lastre, por eso dejaban caer grandes cantidades de lluvia. Aunque una vez les había dicho que eran las lágrimas derramadas por los muertos en batalla. Y el pequeño Freddie y su hermanito Georgie le creían.

El muchacho miró por la ventana, y en aquel preciso momento un rayo alumbró la habitación. Sintió cómo los vellos de sus brazos se erizaron. El aire estaba cargado de electricidad. ¿Qué pasaría cuando él estuviera entre esa guerra de gigantes? ¿Cómo sería la tormenta? ¿Habría paz después de ésta? Estaba seguro que al final sería completamente aterrador.

Cuando al amanecer se despertó con el canto de un gallo, se dio cuenta de que la almohada estaba mojada, empapada de lágrimas. Se vistió deprisa, poniéndose la ropa limpia que su madre le había dejado en la silla. Era una camisa de franela roja con cuadros rojos, y sus jeans favoritos, aquellos que tenían una rasgadura en cada rodilla. Se puso sus deportivas, que estaban llenas de lodo y salió de la habitación tratando de no despertar a su hermano.

Abajo, la amplia y fresca cocina estaba vacía. Aún era pronto. El gato dormía enroscado en una silla. El muchacho desayunó un trozo de pan tierno y un poco de leche. De vez en cuando miraba detrás de él, sólo para cerciorarse de que seguía solo. Era una mañana calurosa y gris. Pensó que por la noche habría tormenta, una de esas ruidosas tormentas que tanto interés despertaban en él.

Joy bajó media hora después. Su rostro no mostraba ninguna huella de cansancio. Llevaba el cabello peinado en una cola de caballo, e iba vestida con un par de jeans y una camiseta blanca. Una sonrisa apareció justo cuando vio a Fred de espaldas. Tenía debilidad por aquella camisa roja, porque le fascinaba cómo daba forma al delgado cuerpo del muchacho.

Buenos días – le dijo, tomando su rostro con ambas manos y plantándole un sonoro beso en la boca.

¡Wow! ¿Y eso por qué fue? – preguntó Fred, sonrojado hasta las orejas.

Porque te amo – respondió juguetona –. ¿Dónde está George?

Arriba, durmiendo.

¿Y no lo despertaste con alguna broma? ¡Vaya! Eso es una verdadera sorpresa.

Quería que descansara un poco más. Ayer los truenos despertaron a media granja.

¿En serio? Yo dormí como un bebé.

¿Llorando cada tres horas porque tienes hambre o te ensuciaste? – se burló el muchacho.

Cállate.

Los señores Weasley no tardaron en bajar. La señora Weasley les dio un beso en las cabezas a los dos jóvenes, mientras que su esposo les dio un par de palmadas en la espalda. Los muchachos observaron cómo preparaban el desayuno con gestos lentos y cuidadosos. Parecían moverse como peces en el agua en aquella cocina. Joy sonrió, les había tomado más que cariño.

Iremos hoy a Oxfordshire – anunció Fred.

Aquello tomó por sorpresa a los esposos. Tenían pensado que el viaje para ver a Eleonora Gresham lo harían en una semana, por lo menos.

Pero hay patrullas de mortífagos sólo Merlín sabe donde – espetó Molly, a punto de dejar caer la taza de té que tenía en sus manos – ¡No pueden irse tan pronto!

Regresaremos al anochecer – dijo Joy, enternecida por la preocupación de la buena mujer –. Necesito ver a mi madre, saber que ella está bien.

Pero…

Mamá – intervino Fred –, sabemos cuidarnos solos. Además, tenemos el factor cambio-de-cabello.

Eso no impidió que aquella medimaga los reconociera.

¿Irá George con ustedes? – preguntó Arthur.

Pensábamos… pensábamos ir sólo nosotros dos, papá – reconoció Fred, rascándose nerviosamente el cuello.

¿Ya le avisaron que lo dejarán con Muriel el día de hoy? Se enfurecerá si se queda solo.

¿Quién se va a quedar solo? – preguntó una quinta persona.

George estaba en la puerta de la cocina, luciendo un curioso peinado, mejor conocido como almohadazo.

Queremos ir a visitar a mi mamá hoy – respondió Joy.

¡Ostras! Entonces debo apresurarme a desayunar.

Ah… queremos ir… bueno – dijo nervioso Fred –, queremos pasar un día juntos. Sólo Joy y yo.

George se llevó una mano al corazón y dio una bocanada de aire.

¡Malditos traicioneros!

¡George! exclamó severamente Molly.

¡Mamá, me van a dejar solo con la bruja!

¡Ésa no es razón para que los llames así! ¡Cuida tu lenguaje, jovencito!

Pero… ¿por qué ellos pueden ir? ¡Yo también tengo una novia por quien me muero de ganas de ver!

Podrían ir juntos a Londres – sugirió Arthur –. Allí George se reuniría con Angelina. Después ustedes dos podrían ir a ver a Nora.

¿Por qué no lo pensamos antes? – rió Fred.

¿Entonces? ¿Están de acuerdo con mi plan?

Por mí no hay ningún problema – respondió Joy, aunque se sentía un poco frustrada. Quería ir a ver a su madre antes que hacer cualquier otra cosa.

Bueno – dijo Molly –, antes de irse deben terminar su desayuno. Y George aún está en pijama. Date prisa, cariño.

George se sentó a la mesa y miró a sus dos amigos. Frunció el seño y les sacó la lengua.

No les perdonaré ésta, desgraciados.

¡George! – volvió a quejarse Molly – ¡Tu lenguaje!


Un nuevo capítulo. Espero que lo disfruten. A mí me encantó escribirlo.

¡Muchas gracias por seguir leyéndome y dejando sus reviews! Me emociona saber que les agrada lo que escribo.

Dos personas me preguntaron sobre Oliver, al parecer le cobraron cariño al muchacho (x Lo sé, no es muy difícil hacerlo. Seguirá apareciendo en la historia, pero paciencia pequeños padawanes.

Recuerden: un fanfic con reviews es un fanfic feliz :)