CAPITULO 24
Darién estiró sus piernas, todo el tiempo manteniendo sus ojos en su esposa, en cada uno de sus movimientos. Se había irritado, se había cansado de esperar su retorno e inesperadamente se había quedado dormido. Ahora estaba de buen humor. Se sentía renovado, rejuvenecido y listo.
Listo para hacer el amor con su esposa.
Serena se detuvo y lo miró. Ella se estremeció con la intensidad de sus ojos azules y la línea firme de su mandíbula. Parecía determinado, se asemejaba más un guerrero a punto de participar en una batalla que un marido a punto de hacer el amor a su esposa.
Darién presintió su aprensión y con una sonrisa que desmentía sus intenciones sensuales él extendió una mano hacia ella.
Ella la tomó y se unió a él, deslizandose debajo de la manta. "La pierna no te duele?"
"Siempre la curandera," él dijo y suavemente rozó sus labios sobre los suyos. "La pierna no me causó ningún dolor y el vendaje está seco."
"El resto de vos está bien," ella dijo, colocando una mecha de su cabello detrás de su oreja y parando su dedo junto a su mandíbula firme.
Él le mordió el dedo cuando ella lo pasó por encima de sus labios. "El resto está muy aburrido. Necesito actividad."
"Vos descansarás," ella le ordenó severamente. "Yo me ocuparé de que te cures antes que dejes esta cama."
Su sonrisa fue seguida por una carcajada suave. "Y yo me ocuparé de que vos seas complacida muchas veces antes que dejes esta cama."
Sus intenciones le recordaron de la condición de Lita y ella le contó las noticias "Lita está embarazada y le dije que tendría ayuda en la cocina."
"Como desees." él bajó la manta para tocar su estómago plano. "Cuando tu vientre crezca con nuestro hijo te cuidarás."
Serena colocó su mano sobre la suya. "Tienes mi palabra de que cuidaré a nuestro hijo."
Sus labios se movieron sobre los suyos. "Te daré muchos hijos."
"Prometido?" ella susurró, sus labios encontrando los suyos.
"Prometido," él le aseguró sellando su palabra con un beso.
El estruendo de un trueno los hizo separar e hizo que Serena se acurrucase más cerca de su marido. Darién la sintió temblar contra él y deslizó sus brazos fuertes alrededor de ella.
"Cuéntame sobre tus miedos, Serena," él dijo, sujetándola más cerca. Mientras la intimidad era una prioridad en su mente, había preguntas que lo atormentaban incesantemente; además, quería que ella se diese cuenta que podía confiar en el Diablo.
Ella tembló y luego se relajó en su abrazo protector. "No tengo miedo si tengo fuerza."
"Tienes mucha fuerza para ser una mujer y yo siempre te protegeré."
Su voz se hizo baja. "Nada es para siempre."
Su comentario verdadero le causó un estremeciendo de temor. En ese momento estaba aquí y ahora con su esposa, Pero qué sucedería mañana? Un día, una hora, un minuto podía cambiar la vida de una persona para siempre.
Darién tomó una oportunidad con su próximo comentario. "Cuando me dejes salir de esta cama iremos a la capilla y rezaremos para que esto dure para siempre."
Su respuesta no lo sorprendió. Ella se puso rígida.
Darién continuó con la averiguación de sus secretos. "Jedite mencionó que prefieres decir tus oraciones al aire libre. No te gusta la capilla?"
"Es un lugar solitario," ella admitió suavemente.
"No cuando haya un sacerdote residiendo allí."
Esa vez ella se estremeció.
Él subió la manta de lana sobre ella.
Serena cambió de tema, escogiendo uno al que él respondería ansiosamente. Ella deslizó su mano entre sus piernas y suavemente tomó su falo entre sus manos. "Me gusta sentirte, marido querido."
La mano de él recorrió el cuerpo de ella. "Y a mí me gusta tocarte a vos."
El próximo trueno no los perturbó, ni el sonido de la lluvia torrencial que inundó la tierra. La pareja estaba perdida en su mundo de pasión, sólo oyendo los sonidos de sus propias rendiciones.
Risas y susurros eran una constante entre los criados de la fortaleza. No había uno que no comentase sobre la pasión incesante de Lady Serena y el Diablo irlandés. Las apuestas estaban siendo hechas respecto a cuándo el ama de la fortaleza quedaría embarazada; otros apostaban cuantas veces Lord Darién buscaría a su esposa y ellos desaparecerían por algunas horas o por el resto del día. Pero el tema principal de los chismes era como la bonita curandera había logrado domesticar al Diablo, y ese tema mantendría las lenguas activas por algún tiempo.
Darién había estado fuera de la cama por cerca de dos semanas. Serena le había quitado los puntos y lo había declarado sano, aunque él podría haberle dicho eso una semana atrás. Él tenía que admitir que había disfrutado su convalecencia en la cama, especialmente porque su esposa había pasado la mayor parte del tiempo allí con él. Había aprendido más sobre como complacer el cuerpo de su mujer en ese tiempo que en todos sus años. Había tiempo para explorarla, descubrirla y los descubrimientos que hizo eran simplemente sorprendentes. Ahora conocía cada punto y lugar del cuerpo de su esposa, cómo reaccionaría con cada caricia. Hasta había aprendido que palabras la excitaban y las usaba frecuentemente para su ventaja.
Por otro lado Serena había hecho su propia exploración y él había quedado sorprendido por cuanto lo podía enloquecer. Ella estaba muy consciente de cómo y dónde tocarlo para conseguir una respuesta inmediata.
Era unas horas antes de la cena. Jedite había salido a buscar a Ami, Andrew en ese momento estaba entreteniendo a una de las criadas y Darién todavía estaba en busca de su esposa. Ella no había estado en la fortaleza, su cabaña estaba vacía y aquellas personas que él había encontrado en los terrenos del castillo no parecían saber dónde estaba ella. Había un lugar que él no había explorado, aunque dudaba que ella estuviese allí, pero fue en esa dirección de cualquier manera.
Los establos pronto entraron en vista y él se apresuró sus pasos. Probablemente estaba perdiendo el tiempo, aunque si alguien la necesitase ella iría, incluso a un lugar al que ella temiese.
El olor a heno fresco mezclado con el fuerte olor de los animales asaltó sus fosas nasales cuando entró en el establo. Se trataba de una construcción grande para albergar sus caballos y mientras caminaba a lo largo de los compartimentos que contenían a las bestias poderosas que había cabalgado en las batalla, Darién recordó cuantas veces algunos de ellos le había salvado la vida. Se detuvo en el camino para ofrecer una palmada reconfortante y una palabra cariñosa a los animales fieles.
Entonces vio a Rook; el gran perro asomó su cabeza del último compartimento y lanzó un ladrido para alertar de su presencia. Serena apareció después, saliendo del compartimento, fue seguida por un joven de los establos cuyo brazo estaba envuelto en un vendaje que llegaba hasta arriba su codo.
Darién oyó su pronóstico al acercarse. "Estarás bien y tu coraje merece una recompensa." Rook ladró ante ese anuncio. Ella retó al animal antes de continuar. "Ve con Lita a la cocina y dile que debe darte algo rico para comer."
Otro ladrido de Rook fue reprimido por una advertencia de Darién.
Serena sonrió, sacudió la cabeza y le preguntó al jovencito, "Llevarías a Rook junto con vos y le conseguirías algo para comer también?"
Rook estaba por ladrar nuevamente, pero recibió una mirada Darién y sabiamente escogió el silencio.
El muchacho y Rook estaban saliendo del establo en dirección a la cocina.
"Estás malcriando a ese animal," Darién dijo, parándose delante de ella y tomándola en sus brazos.
"Si, pero yo te malcrío a vos también."
"Y Cómo es eso?" él preguntó, mientras mordisqueaba su cuello, y causándole un escalofrío.
"Siempre dejo que hagas lo que quieras conmigo."
Él se rió. "Dejarme? Una mala elección de palabras, esposa. Vos me deseas y por eso siempre te rindes a mí."
Ella le dio un golpe en el brazo.
Darién la levantó en el aire y se movió en dirección a uno de los compartimentos donde había un montículo de heno, provocativamente dijo, "'Te enseñaré lo que es ser una buena esposa."
Él estaba por lanzarla sobre el heno cuando ella enterró su rostro en su cuello, enlazando sus brazos alrededor de su cuello y lloró suavemente.
Darién se dio cuenta de la situación, en verdad podría haberse pateado a sí mismo por ser tan estúpido. Él apretó su abrazo e hizo que ambos se sentaran sobre el montículo de heno.
Le susurró palabras tranquilizadora en el oído. "Todo está bien. Nadie va a lastimarte. Estás segura."
Ella lloró y suspiró cerca de su oído. Darién la sujetó, la consoló, todo el tiempo reprendiéndose a sí mismo por su torpeza y estupidez. Cuando ella se calmara él la sacaría de allí y la llevaría a la fortaleza. Tal vez allí podría reparar algo del daño que había hecho.
"Lo siento mucho," ella dijo con un sollozo.
Serena finalmente alzó su cara y él miró sus ojos llenos de lágrimás. "Tonterías, soy yo quien debe disculparse."
Ella pareció sorprendida. "Por qué, vos no hiciste nada malo. Vos simplemente me deseabas."
"Si, es así," él admitió. "Pero debería haber sido más cauteloso con mis palabras y mis acciones."
"No, Darién," ella dijo suavemente, colocando su mano fresca contra su mejilla tibia. "No puedo cargar este miedo para siempre."
Él suavemente sacó su cabello lejos de su rostro y lentamente tocó la cicatriz delgada con su dedo. "Déjame librarte de ese miedo de una vez por todas."
Ella se estremeció. Ella podría someterse a su voluntad aquí y ahora, en un lugar que estaba relacionado con su ataque? Instintivamente supo no tenía nada que temer de su marido pero los viejos recuerdos todavía la acechaban.
"Déjame amarte, Serena," él la persuadió con un beso suave en sus labios. "Déjame mostrarte que no hay nada que temer."
Pero ella temía. Temía revivir los recuerdos y las pesadillas. Temía ver el rostro de su atacante, sentir el filo de su cuchillo su piel, oír sus propios gritos. Ella sacudió la cabeza lentamente.
"No te encierres, Serena, déjame ayudarte," él dijo y la besó nuevamente, no dándole la oportunidad de responder verbalmente o negarse.
Su presión funcionó; ella respondió besándolo con ganas. La necesidad súbita de él la sorprendió y sin embargo se rehusó a luchar contra ella. Serena deseaba a su marido, no había ninguna razón para no amarlo aquí en el establo. Se estremeció ante su propio pensamiento.
Darién tomó comando, continuó besándola mientras quitaba sus ropas. No sería algo rápido. Los quería a ambos desnudos y la quería totalmente deseosa.
Le llevó muchos besos y palabras sugestivas para conseguir que ella se dejara desvestir. Y cuando ambos finalmente estaban desnudos él comenzó una seducción lenta y dulce a su cuerpo que comenzó en su boca con mordiscos y besos perezosos, continuó en sus pechos plenos, sus pezones erguidos bajo su lengua tensa, luego en su pubis rubio que le dio la bienvenida a su lengua con gritos de placer.
Serena perdió toda sensación del lugar donde se encontraba. Sólo podía pensar en su marido en su lengua maliciosamente deliciosa, aunque sus ojos estaban cerrados. Y ella se negaba a abrirlos. Sólo pensaría en Darién, únicamente en Darién, donde ellos estaban no importaba — sólo lo que compartían.
Darién se movió encima de ella, listo para penetrarla pero no con sus ojos firmemente cerrados. Él quería que ella lo mirase directamente a él. La quería completamente consciente de donde estaba, de lo que él estaba haciendo y como ella estaba respondiendo.
"Mírame," él ordenó firmemente y ella sacudió la cabeza.
Darién agitó su propia cabeza ante la terquedad de ella, pero podía entender su reticencia, aunque era su fuerza y su coraje lo que quería ver emerger. Lo intentó nuevamente, esa vez con más severidad. "Mírame, Serena."
"No," ella dijo, y su ardor comenzó a enfriarse.
Darién no permitiría que ella retrocediese. Hacía eso por su bien. Poseyó su boca con una demanda que ella no podía negar y Serena gimió.
Él separó sus piernas. "Mírame, Serena, obsérvame entrar en vos. Obsérvame tomarte. Observa mi pasión por vos."
Él la tentaba más allá de la razón. Ella quería observarlo hacer todo eso. Quería ver su miembro duro deslizándose dentro de ella. Quería observar el fuego de la pasión en sus ojos azules. Pero si abriese los ojos vería el establo, y entonces, qué?
"Mírame," él la urgió, "Mira cuanto te quiero, Serena."
Ella podía sentirlo. Deliberadamente Darién frotó su falo contra su monte para tentarla, atormentarla y recordarle lo que se estaba perdiendo. Su cuerpo le exigió que ella respondiese, y rápidamente. Ella sintió el calor crecer, sintió la humedad lista para darle la bienvenida, sintió urgencia por sentir su entrada.
"Vamos," él la urgió nuevamente, se movió encima de ella de un modo tentador. Observó cómo sus ojos lentamente se abrían y continuó hablándole, persuadiéndola, tranquilizándola e invitándola.
Serena finalmente rindió su miedo a él con ojos abiertos y un grito suave de su nombre en sus labios. "Darién."
"Mírame, Serena, soy tu marido, sientes cuanto te deseo," él dijo y lentamente se deslizó dentro de ella.
Ella observó cada uno de los movimientos y jadeó cuando él estaba completamente dentro de ella, cuando él comenzó a entrar y salir de ella con un ritmo fijo, perezoso que la fascinaba.
Serena olió la frescura del heno y oyó a los animales, sólo que esa vez ellos estaban tranquilos, no gritaban acompañando sus gritos de terror, el hombre que ella veía no era la figura oscura de un asesino sino su marido complaciéndola. Ese no era el establo en la fortaleza de Donnegan sino su hogar en Shanekill.
Su hogar.
Ella estaba en su hogar con su marido y todo estaba bien, podía confiar en el Diablo. Serena sonrió.
"Sientes placer," él dijo con una sonrisa confiada.
"Si," ella admitió y comenzó a moverse con él.
"Dime que me quieres, esposa," él dijo pprovocativament, él se incorporó lo suficiente para que ella observase los movimientos de su falo dentro y fuera de ella.
"Te quiero, marido."
"Entonces tómame completamente," él dijo en un susurro mientras sus labios se apoderaban de los suyos y su cuerpo satisfacía a ambos.
Pronto estaban perdidos en un mundo de pasión desenfrenada. Nada importaba, ni donde estaban, ni quienes eran, Por qué ellos eran solo uno en este momento.
Uno, Completo y entero.
Llegaron juntos al clímax que los dejó saciados y jadeantes.
Darién se desmoronó sobre ella y aunque se dio cuenta que su peso era demásiado para ella, halló muy difícil poder moverse. Se arqueó e intentó ganar control de su fuerza. Se sentía drenado — agradablemente drenado, pero drenado hasta el último gramo de fuerza que poseía.
Serena se sentía saciada y segura con el cuerpo fuerte de su marido cubriendo el suyo. También se sentía tibia, el calor de su carne húmeda brindaba un calor que combatía el frío que corría en el establo.
"Estás bien?" él preguntó con un susurro próximo a su oído mientras depositaba besos amorosos junto a la mejilla con la cicatriz.
"Lo estoy" ella admitió, rozando su mejilla contra la suya.
"Quiero que sepas que estás segura aquí en tu casa, sin importar donde está elijas ir."
"Eso significa mucho para mí, Darién." ella sonrió. "Pero verdaderamente me pregunto si el establo es un lugar seguro después de todo."
Su sonrisa era pícara. "Si lo que buscas es un lugar donde estés segura de tu marido, no hallarás ninguno. Yo te tomaré donde quiera que sea y siempre que yo o vos lo deseemos."
"Hay un tiempo y un lugar adecuado para ese tipo de cosas," ella lo retó.
"El tiempo y el lugar es de mi elección o tuya."
"Prométeme...," ella dijo. "Prométeme que no importa cuando o donde te lo pida jamás me negarás."
Él asaltó sus labios suavemente y dijo, "Te lo prometo."
"Bien," ella dijo con una carcajada y susurró en su oído.
"Cumpliré con tu pedido lo más rápidamente posible," él le aseguró.
"Ahora?" ella lo miró con ojos sorprendidos.
"Ambos necesitamos un buen baño en la tina después de este interludio placentero en el heno, entonces por qué no tomarlo juntos?"
"Verdaderamente?"
"Verdaderamente," él concordó con un asentimiento de su cabeza y comenzó a vestirse. Ella lo siguió.
"Los criados chismearán."
"Ellos ya están chismeando."
"Ellos pensará que somos personas muy extrañas," ella dijo.
"Ellos saben que somos felices," él la corrigió.
"Eres feliz?" ella preguntó, poniéndose de pie para ponerse sus botas.
Darién sacó un poco de heno pegado a su cabello. "Si, soy muy feliz, y vos?"
"Estoy muy contenta."
"Conmigo?"
Ella se puso de puntas para alcanzar su boca mientras decía, "Con vos y con todo lo que muy generosamente me has dado."
Su brazo rodeó su cintura y la levantó hasta sus labios. Su beso fue ardiente y lo sorprendió. Cuando se detuvieron él estaba completamente excitado, otra sorpresa, aunque una agradable.
"Podría tomarte nuevamente aquí y ahora," él dijo.
"No, en tus aposentos donde deseo pasar el resto del día."
"Debes estar segura de lo que pides, Serena, " él advirtió. "Porque una vez te tome allá, es allí donde permaneceremos, vos y yo, en la tina, en la cama o donde quieras que te posea.
Ella le dio un beso rápido en su mejilla y una sonrisa amplia antes que ella le preguntase "Se puede hacer en una silla?"
Él se rió. "Recuerda que fuiste vos quien lo pidió."
"Pero vos no respondiste?"
"No, porque voy a mostrártelo," él dijo llevandola fuera del establo, pasaron al lado de muchos campesinos sorprendidos, fueron al gran salón donde Darién dio órdenes para que una bañera fuese llevada a sus aposentos.
Serena enterró su cara y sus mejillas ruborizadas contra su pecho, él se rió con mucho más ganas, prometiéndole que tenía intención de hacer ruborizar todo su cuerpo esa noche.
Y lo hizo.
