Capítulo 25.
Aléjate ya, suelta mi mano al fin ¿Por qué te
aferras, cuando mi corazón sólo quiere huir? Si
todo fue una mentira, también lo fue tu amor
Las verdades desnudaron tu negro
corazón.( ͡ ͜ʖ ͡)
— ¡Tú eres la super modelo! —dijo una mujer señalando a Linda con uno de sus dedos largos adornados de anillos. Linda asintió sin sonreír, el vino iba y venía, y esta mujer ya llevaba varias copas—. ¡Qué interesante! Te trajo Aidan, ¿no es así?
— ¿Quién si no? El artista de la familia —dijo el hombre que estaba a su lado, y ambos se echaron a reír.
—Pero no pueden negar que mi hijo tiene buen gusto —dijo Gerard—. Por supuesto, sólo mujeres hermosas, lo mejor de lo mejor. Eso lo heredó de mí —volvieron a reír, y Linda miró de reojo a Aidan, que permanecía serio.
Desde que había ido a hablar con el conde, tenía esta expresión taciturna, y no había tenido tiempo para preguntarle si todo iba bien. Seguro que no, algo lo preocupaba.
Para esta cena, Linda había elegido un vestido de estampado oscuro de Dior, diamantes, y el cabello recogido; Elise le había enviado a alguien para que la peinara y la maquillara, lo que le había agradecido, y ella y Josephine también vestían como si esta no fuera una simple cena en familia.
Imaginaba que estas personas, unas mayores, y otras menores, eran familiares, y las parejas de éstos. No había niños en la mesa, ni adolescentes, pero imaginó que se debía a que no les estaba permitido sentarse aquí.
Al final de la cena, todos se fueron a una sala contigua que contenía un piano de cola y otros instrumentos; al parecer, planeaban seguir hablando de tonterías y beber. Aidan le pidió que se estuvieran allí unos minutos por las meras apariencias.
—En diez minutos —le susurró en el oído—, por favor pide que te excusen, que estás cansada. Yo iré tras de ti. Así lo hizo, y juntos fueron a sus habitaciones.
— ¿Pasa algo? —le preguntó, pero él sólo se puso un dedo sobre los labios.
—Es que quiero hacerte el amor —dijo, pero no estaba sonriendo, ni siquiera estaba cerca de ella, y Linda sintió que había dicho eso sólo para que alguien lo oyera.
—Oh… Empieza a desvestirme —Aidan le sonrió, pues ella había comprendido sin muchas explicaciones. Se quitó el saco y el corbatín que había llevado puesto esta noche y los arrojó sobre una silla.
—Permiso —dijo Elise entrando, y trayendo en sus manos un pequeño aparato negro, y Aidan lo tomó para pasarlo por las paredes, la cama, los muebles, por todos lados. Linda miró a Elise confundida, pero ella no le contestó, sino minutos después, que Aidan dijo:
—Está limpio. Podemos hablar tranquilos.
—Buscaban… ¿algo?
—Sí, micrófonos, cámaras, o cualquier otra cosa —contestó Elise.
—Esto es increíble. A este extremo hay que llegar por…
—Por la privacidad —completó Aidan—, sí. En este mundillo nada es más importante que la privacidad… lo segundo más importante, es enterarse de los secretos del otro, y algunos están dispuestos a llegar muy lejos.
—Qué te dijo el abuelo —preguntó Elise sin pérdida de tiempo.
—Algo increíble. De alguna manera, pudo hacerse con archivos muy importantes, y encontró un tesoro; como imaginaba, Gerard guarda un montón de pruebas contra la gente con la que ha hecho tratos a lo largo de su vida. No es difícil imaginar que era una especie de seguro contra ellos.
—Algo muy propio de él.
—El abuelo consiguió todo eso, y me ha dado evidencias irrefutables que podrían acabar con muchas personas que actualmente son aliadas de Gerard, pero me interesa, sobre todo, Bruce Hopper —contestó Aidan. Ellos ni siquiera se habían sentado para hablar, pensó Linda, y miró a uno y a otro.
— ¿Bruce Hopper? —preguntó Linda, confundida.
—Un senador norteamericano, muy amigo de Gerard… Tuvieron tratos en el pasado y… mil cosas más.
— ¿Qué ganamos con hundirlo a él? —Preguntó Elise con un poco de disgusto— Tú también tienes pruebas que lo acabarían.
—Pero estas son cosas mucho más graves —aseguró Aidan con una sonrisa—. Lo que Gerard le oculta, en Estados Unidos, se castigaría con la pena máxima.
—Tiene que ser algo… monstruoso —susurró Linda, y Aidan suspiró.
—A Bruce Hopper le gustan… los niños. Y no en el sentido humanitario—. Linda fue abriendo más y más sus ojos, hasta que sintió que se le iban a salir de las cuencas.
—Esto es horrible —susurró. Aidan alzó sus cejas con una sonrisa amarga en su rostro. —No tienes idea.
— ¿Qué tipo de pruebas tenemos?
—Videos, llamadas; tenemos su voz grabada pidiendo específicamente cierto tipo de niños.
—Genial. ¿Y la voz de Gerard?
—Esa rata tuvo especial cuidado de no aparecer en ningún lado. Pero dime, Linda, tú, que eres abogada, ¿tiene ese delito pena de muerte?
— ¡Sin contemplaciones!
— ¿Qué sigue, entonces? —preguntó Elise, impaciente, y Aidan miró hacia la puerta, e incluso fue hasta ella en un par de zancadas y miró arriba y abajo en el pasillo. La cerró y volvió a ellas
—Debemos actuar lo más rápido posible —dijo otra vez en voz baja—, al abuelo no le queda mucho tiempo, y Gerard debe estar encerrado antes de que él muera… o las cosas se complicarán mucho más.
Propongo amenazar a Bruce Hopper con llevar a una corte esos videos y conseguir de él una confesión. Es la persona más cercana al caso de mis padres, los GrandChester, y aunque él nunca lo admitió, estoy completamente seguro de que fue él quien buscó a los matones que les dispararon.
—Tendrá que elegir entonces entre la pena de muerte y la cárcel por asesinato, porque al confesar, se estará culpando a sí mismo.
—Es un político, encontrará la manera de minimizar el daño. Y confío en que dirá que es mejor un escándalo por asesinato que la pena de muerte más la reputación de ser un depravado sexual.
— ¿Tienes un plan?
—Sí, pero necesito sus mentes brillantes para que salga sin errores.
—Está bien —dijo Elise, y respiró profundo—. Esta pesadilla… por fin va a terminar. Gerard irá preso, Jasmine también perdería su poder… Oh, Aidan. Tiene que salir bien.
—Saldrá bien, prima —Elise asintió, y Linda notó que sus ojos se habían humedecido. Al parecer, ella había vivido sus propios horrores a manos de Gerard y Jasmine, y por eso se empeñaba en ayudar a Aidan a acabar con ellos—. Los dejaré dormir, entonces—dijo Elise—, Descansen.
—Tú también—. En cuanto Elise dejó la habitación, Linda se dejó caer en el diván suspirando.
—Te sientes bien? —le preguntó Aidan, y Linda asintió.
—Sólo pienso que ese par de personas han debido ser muy malas, demasiado, como para conseguir que tú y Elise trabajen tan duro para acabar con ellos—. Aidan no contestó a ese comentario, sólo hizo una mueca y se arrodilló frene a ella para sacarle los zapatos altos.
—Oh, gracias —suspiró ella viéndolo ocuparse de sus pies—. Cásate conmigo, Aidan —él se echó a reír.
— ¿Tienes el diamante allí?
—Linda se quitó uno de sus pendientes y lo abrochó en su camisa.
— ¿Quieres diamantes? Te doy diamantes.
—Estoy encantado.
—Entonces, ¿te casarás?
—Lo habría hecho aún sin diamantes —rio él de nuevo, y se sentó a su lado para besarla—. Dime, ¿estás demasiado horrorizada por esta familia?
—Oh, un poco, pero Elise, Josephine, y tú, me hacen pensar que aún hay esperanza—. Él hizo una mueca asintiendo, y se alejó de ella mirando al vacío—. Aidan…
—volvió a hablar ella con voz suave— ¿por qué tienes tú pruebas contra el senador Hopper? —Aidan la miró entonces, y Linda sintió su estómago encogerse.
—Porque… casi me convierto en uno de los niños de Hopper —y ahora, Linda sintió náuseas de veras. Tuvo que respirar hondo varias veces, y disimular.
— ¿Por qué? ¿Cómo te ocurrió algo así a ti?
—Porque Gerard está podrido; es la única conclusión a la que yo mismo he llegado—. Aidan se desabrochó la camisa hasta la cintura y se sacó los zapatos para andar en calcetines.
—Cuando cumplí los trece años, di el estirón, mi voz cambió y me hice un hombrecito, y Gerard vio en mí una mercancía de invaluable valor.
—Maldito…
—Mi primera vez fue con una mujer de cuarenta a la que yo le gustaba mucho, siempre me daba dinero, y me besaba muy cerca de la boca. Al parecer, no pudo soportarlo y le pidió a Gerard una noche conmigo. Él, a cambio de favores políticos… me cedió.
— ¿Acaso eras un objeto? Eres su hijo, ¡por Dios!
—Pero algunos hombres nacen sin afecto natural, Linda—. Aidan se sentó en el borde de la cama, con la espalda doblada, y siguió mirando a la nada con ojos vacíos—, así que me convertí en la puta de Gerard.
—Detestable —dijo Linda con sus ojos cerrados—. Abominable hijo de perra.
—Y Hopper puso sus ojos en mí —siguió Aidan. Linda, al verlo así, corrió a él y lo abrazó. ¿Cuántas cosas más había tenido que vivir este hombre? ¿Cuántas cicatrices más tenía en su alma?
—Pero en ese tiempo yo ya había decidido contraatacar; quería salir de esta casa, ser libre, y necesitaba algo para liberarme de Gerard. Ya tenía quince años, ya había pasado por demasiado, así que me alié con Elise… —por su silencio, Linda comprendió que también Elise había pasado por lo suyo a manos de estas personas, y apretó fuerte los dientes—. Ella se escondió dentro de un armario con una videocámara, y habíamos puesto otra en otro lado para tener dos ángulos.
—Papá te envió —recordó ahora Aidan que le había preguntado a Hopper, que nada más entrar, empezó a desvestirse.
—Por qué —contestó Hopper sonriente—. ¿Haces esto de tu cuenta?
—Diablos, esa contestación era muy vaga, necesitaba algo que incriminara también a Gerard, así que siguió.
—Papá nunca había mandado hombres. Yo… no…
— ¿Soy tu primera vez? —sonrió Hopper, y se acercó a Aidan acariciando su mejilla—. Qué guapo eres.
—No quiero estar con usted. No quiero…
—Seré rápido, no te preocupes.
—No quiero —dijo Aidan, asustado de verdad, y Hopper empezó a quitarle la ropa—. ¡No! —gritó Aidan, pero este hombre era fuerte, y lo atrapó entre sus brazos, le besaba el cuello, y Aidan había sentido que vomitaría aquí.
—Protesté —siguió contándole a Linda—, me quejé, pero él me desnudó, y cuando las cosas se estaban saliendo de control, Elise salió de su escondite.
A pesar de que Hopper, alterado, rompió esa cámara, ya teníamos lo suficiente como para acabar con su reputación, y por eso tengo sus tristes pelotas en mis manos—. Linda sintió que una lágrima rodaba por su mejilla, y escondió su rostro en la espalda de él, evitando que la sintiera llorar—. A pesar de que es suficiente como para acabar con la reputación de Hopper —siguió Aidan—, no lo es tanto como para meterlo preso, ni a Gerard, pero con ese video, Elise y yo fuimos libres. Nunca más volvieron a enviarme gente a mi habitación, y cuando decidí irme y ser parte de la banda, Gerard no pudo retenerme.
—Por eso empezaste tan joven —dijo ella en un susurro, y Aidan se giró y le tomó el mentón con sus dedos.
—Sigues… amándome, a pesar de esto.
— ¿Y por qué iba a dejar de amarte?
—Tal vez pienses que… estoy demasiado sucio, demasiado contaminado.
—Tu alma es pura. Y es increíble, porque a pesar de lo que te sucedió, y mira que no ha sido cualquier cosa, no te corrompiste, ni te volviste uno de ellos. Eres un tipo de lo más normal.
— ¿Muy normal? —sonrió él. —Otro, con tantas cosas feas en sus recuerdos, se habría vuelto un depravado, mañoso y rencoroso; o tendría gustos extraños en el sexo, fetiches, manías, o trastornos… Pero a pesar de todo, tú te mantuviste bueno, y si atacas, es para defenderte a ti y a los tuyos, no por placer—. Él bajó la mirada. Nunca nadie había hecho este análisis de él, pensó.
—Tal vez… el amor de Ellynor ayudó a sanar las heridas que me hicieron antes de conocerla —dijo—, y funcionó como un escudo contra las que luego me harían. Ella fue mi milagro—. Linda sonrió.
—Te amo, Aidan —susurró—, y no hay nada que pueda conseguir que yo deje de amarte— él se inclinó a ella y le besó los labios con delicadeza, pero unos segundos después, volvió a levantar la cabeza, y ahora tenía una expresión de gravedad en el rostro.
—Me convertiré en el conde de Ross, Linda —dijo entonces, y ella se alejó un poco para mirarlo fijamente a los ojos—. Tengo que. Fue la condición del anciano para entregarme todas estas pruebas—. Ella tenía el pecho agitado, y confundida, miró a otro lado—. No te dejaré —dijo él, como si adivinara sus pensamientos—. Tú y yo no nos separaremos.
— ¿A pesar de que… soy una plebeya? —Aidan sonrió.
—Grace Kelly era actriz… y, aun así, se casó con el príncipe de Mónaco.
—Dios, y yo proponiéndote matrimonio… —él se miró el diamante, que aún estaba abrochado a su camisa
. —Y yo acepté, así que ahora ya no te puedes echar para atrás—. Ella lo miró con ojos entrecerrados.
—Pensé que jamás aceptarías ser conde, que lo odiabas… pero te veo… muy tranquilo con esa decisión—. Él hizo una mueca.
—Bueno… es que ya no estoy luchando contra el destino. Sólo… me estoy dejando llevar.
— ¿Y… la música? Tus canciones…
—Terminaré este tour, a la vez que trabajo en esto… Y a la muerte del abuelo, tomaré el título. Gerard no podrá ni verlo de cerca, estará en la cárcel para entonces—. Ella, que sabía cuánto amaba él la música, levantó una mano y acarició una de sus negras cejas sintiendo el corazón un poco oprimido—. Tengo que moverme rápido —siguió Aidan, ignorante de los pensamientos de su novia—. Tengo que darme prisa.
—Es una lástima que el abuelo no te diera la prueba reina del asesinato de tus padres.
—Al parecer, no la tenía. Pero me dio un camino, y lo seguiré.
—Y tendrás que decirles la verdad a tus hermanos —él se detuvo, y segundos después, se tiró en la cama mirando el dosel sobre ella.
—Sí. Tendrán que saberlo.
—Ellos comprenderán.
—No los conoces. También saben odiar.
—No a sus hermanos. Y como has dicho, no conozco mucho, pero me parece que son hombres que siempre ponen primero a la familia.
—Soy adoptado, Linda, y el causante de la muerte de sus amados padres; muerte que trajo miles de miserias a sus vidas.
—Estando en su lugar… ¿tú los odiarías por eso?
—No… No lo sé.
—Te has negado la oportunidad de saberlo.
—Porque son demasiado valiosos para mí. He preferido guardarme esta verdad que exponerme a perderlos. La sola posibilidad me aterra… Son mi familia, Linda. Son mi familia de verdad—. Linda no insistió, de todos modos, ya no había nada qué hacer, y se acostó a su lado y tomó su mano.
—Te acompañaré —dijo ella llevándose la mano masculina a su pecho y apretándola con suavidad entre las suyas—. Estaré contigo en este nuevo camino que emprendes—. Él se movió hasta casi ponerse encima de ella.
—Si llegas a tener miedo y quieres irte…
—No tendré miedo, no me iré. Eres mi vida, Aidan; eres mi amor, y mi más grande tesoro es tu corazón —él sonrió ampliamente.
—Cuando te pones romántica, te salen frases bonitas —ella le gruñó por romper el momento mágico, pero él se acercó más para besar su cuello, y atrapar entre sus dientes el lóbulo de su oreja desprovista de diamantes—. Te amo, Linda—. Linda sonrió y lo abrazó, recibiendo sus besos con alegría, enviando a un rincón todas las cosas que los preocupaban, y le empezó a quitar la camisa, y él a ella el vestido.
A la mañana siguiente, Aidan, Linda y Elise fueron de paseo en un yate de la familia. Al parecer, era de Alfred, pero Elise podía hacer uso de él sin problemas.
Allí reunidos, pulieron algunos detalles del plan, contactaron personas que les ayudarían, y luego brindaron por el éxito de este proyecto. Muchos acabarían presos, pero no era por alguna injusticia, todo lo contrario.
Linda abandonó Inglaterra antes que Aidan. Hubiese preferido quedarse con él mucho más tiempo, pero él tuvo que rogarle que volviera a Milán, a hacer su vida normal.
No quería ponerla en el ojo del huracán; su bienestar era su prioridad, le dijo, y con eso la convenció. Cuando Bruce Hopper recibió las imágenes más comprometedoras que jamás hombre alguno pudiera haberle tomado, rompió cosas, gritó, maldijo…
— ¡Maldito Gerard! —exclamó. Tenía que ser él, pensó. Algo quería conseguir, así que tomó su teléfono y llamó, pero Gerard no contestó—. Maldito, maldito, ¡mil veces maldito! —gritó con toda su alma—. ¡Cómo se atreve a hacerme esto!
— ¿Qué ocurre? —preguntó su secretaria entrando a su oficina, pero Bruce la tomó del cabello y la sacó de su oficina con violencia. La mujer gritó, y alguien trató de meterse en medio para defenderla, pero Bruce, enloquecido, empujó a ambos y volvió a encerrarse para seguir gritando con libertad. Estaba acabado. Esto era el fin. Gerard había hecho una muy mala jugada, pensó, y antes de que su cabeza pudiera enfriarse, llamó a sus abogados.
—Vaya sorpresa —dijo Robert mirando a Aidan en la puerta de su casa, una casa nueva, grande y bonita que había comprado a gusto de Alice. Aidan se acercó a él y lo abrazó—. ¿Pasa algo? ¿Es mi cumpleaños?
—Mañana viajo a Suramérica —dijo entrando, y Robert tomó su maleta para hacerse cargo— Quería primero estar aquí con mis hermanos.
—Qué sentimental —bromeó Robert. Alice llegó al vestíbulo, y Aidan, atraído como un imán, la abrazó. A veces sentía en Alice y en Candy la misma energía de Ellynor, el mismo cariño maternal, y ahora que Alice estaba muy, muy embarazada, más. Penso que cuando Candy se embarazara seria aun más.
— ¿Cuándo estalla esta bomba? —preguntó señalando la enorme barriga.
—En cualquier momento —sonrió ella.
—Ya está en las últimas semanas. Puede ser mañana, o esta noche.
—No creo que sea esta noche —dijo ella, y condujo a Aidan a la sala principal, iluminada, amplia, y Aidan se detuvo frente a un mueble donde, enmarcada, estaba la fotografía de los dos.
—Sé que llego sin aviso —dijo Aidan—, y que seguramente tienen planes, pero… ¿podríamos ir a cenar a algún lugar?
— ¿Tiene que ser fuera? —preguntó Robert, mirando significativamente a Alice, pero esta movió su mano negando.
—Yo puedo quedarme aquí.
—De ninguna manera.
—Rob… estoy bien. Creo que ya estás rayando en la paranoia.
—No te voy a dejar sola estando el parto tan cerca. Podemos hacer una cena aquí —propuso en cambio—. Terry y Candy estarán encantados de venir.
—Eso suena genial—. Robert de inmediato tomó su teléfono y empezó a hacer llamadas, y Aidan se giró a mirar a Alice, que se había sentado en un sillón.
— ¿Demasiado insufrible? —preguntó él en son de broma, y Alice se echó a reír.
—Un poco. Incluso se ha tomado estos días libres del trabajo, y ahora anda por la casa pendiente de mí. A veces le digo que, en vez de embarazada, parezco enferma.
—Rob es… protector.
—Se ha convertido en mi guardián, pero eso es lindo.
—Si tú lo dices.
Esa noche, los tres hermanos cenaron juntos, y una vez más, Aidan se maravilló de las diferencias que había entre esta familia y la otra, la aristocrática.
Aprovecharon un poco para compartir los adelantos de su investigación, y Aidan los escuchó seriamente interesado. Pronto, las pesquisas de ellos, junto con su propio aporte, se unirían como cabos sueltos que al fin son atados, y todo habría acabado.
En su mente resonó la voz de Linda diciéndole que ellos no le acusarían de nada si les contaba la verdad, que no le harían reproches, y estuvo tentado a decirles. Robert, Terry, soy hijo de sangre de Gerard Swafford, el hombre que me adoptó. Me adoptó porque me necesitaba para continuar el legado. Como no consiguió mi adopción a las buenas, lo hizo a las malas, y mató a Ellynor y a Richard. Lo siento.
Pero al llegar a este punto, su garganta se cerraba, y los ojos se le humedecían.
Era un cobarde, lo había sido toda la vida. Linda lo llamaba cosas bonitas, como bueno, puro, valiente, pero en el fondo, él era un cobarde, y su peor miedo era perder el cariño de sus hermanos.
— ¿Que hizo qué? —preguntó Gerard, pálido, mirando a Charles. Éste, con sus manos ocultas en su espalda para que su señor no viera lo nervioso que estaba, tragó saliva repetidas veces.
—De alguna manera… Tiene documentos, pruebas —siguió Charles, alegrándose de que ya no fuera como en los tiempos feudales, en donde, si el señor del castillo así lo quería, mataba al mensajero que traía malas noticias—. Y ha empezado a atacar… con Bruce Hopper—. Gerard se levantó de su fino sillón pasándose la mano por la cara, y luego de despachar a su sirviente, hizo una llamada para hacer venir a Jasmine. Ésta entró en su despacho sólo unos minutos después, con su usual serenidad, que a veces rayaba en la frialdad.
—Estoy en problemas —le dijo Gerard aún de pie—. Aidan se hizo con una base de datos especialmente importante y delicada. La está usando para atacarme—. Jasmine lo miró confundida, y Gerard perdió pronto la paciencia—. Pruebas, pruebas. Tiene demasiadas pruebas. Si hace el uso adecuado de esas evidencias, podría acabar conmigo—. Jasmine dejó salir el aire, como si ni siquiera esto la alterara.
—Recoges lo que siembras, querido.
— ¿Cómo te atreves a hablarme así?
—Te dije una y mil veces que dejaras a ese mocoso donde estaba, que tú podrías obtener el título aun sin un hijo, que había otros métodos… pero no me hiciste caso. Fuiste, e hiciste todo lo posible para traerlo aquí.
—Nunca imaginé que se hubiese apegado tanto a… esa gente, que se ocupara de vengarlos, o lo que sea.
— ¡Cometiste un error! —dijo Jasmine entre dientes—, y ahora se ha convertido en tu peor enemigo…
—No te hice venir para que me hicieras recriminaciones.
— ¡Te mereces que te recrimine todo! No confiaste en mí, y ahora que estás apurado, otra vez te soy útil.
—Sí, diablos, necesito tu ayuda, tus ideas…siempre funcionan, así que ¡haz algo!
—Y por qué tengo que ayudarte? Cada vez veo tu título de conde más lejos.
—Porque si no me ayudas, me hundo, y si yo me hundo, te hundes conmigo, ¿comprendes? —Jasmine cerró sus ojos y se cruzó de brazos odiando a Gerard Swafford más que nunca.
Odiando a su vientre por no haber podido tener más hijo, por haber traído al mundo a un niño enfermo que a final de cuentas no le sirvió de nada. Maldita suerte, maldito destino. Al casarse con Gerard Swafford creyó que lo había conseguido todo, pero la vida se había empeñado en no sólo negarle lo que ella quería, sino quitarle lo poco que había conseguido.
—Haz lo que debiste desde siempre… —dijo luego de unos segundos en silencio. Gerard la miró de manera interrogante, y Jasmine sonrió—. Deshazte de ese hijo mal habido.
Terr y Robert se miraron el uno al otro mientras sus esposas se despedían entre sí. Había sido una cena agradable en familia, y Aidan acababa de irse, pues mañana a primera hora tomaba un vuelo.
— ¿No te dio la sensación de que quería decirnos algo este mocoso? —preguntó Terry en voz baja, pero Robert no contestó, sólo hizo una mueca evasiva.
—Ya sabes cómo es.
—No, no. Esta vez me pareció que tenía algo que decir… De hecho, venir así tan de repente…
—De ser así, entonces no era tan importante —contestó Robert encogiéndose de hombros—. Tal vez sólo quería vernos, siempre ha sido muy sentimental.
—Espero que sea eso —suspiró Terry.
Terry y Candy se fueron en su auto, y Robert miró por unos segundos más su jardín delantero iluminado por la luz de la luna. Le había dado tiempo a Aidan más que suficiente para que les dijera eso que sabía y que lo preocupaba.
Había sido paciente, pero su hermano menor seguía ocultándolo.
Nada le quitaba de la cabeza que él era el encapuchado, y si era así, entonces sabía más que ellos acerca de la investigación de la muerte de sus padres. Y si sabía algo, y no lo compartía, es porque lo preocupaba.
Aidan insistía en llevar sus cargas solo, pero no se decidía a invadir su privacidad e investigarlo como solía hacer.
Era su hermano, y sólo por eso, le estaba dando el beneficio de la duda. ¿Qué debía hacer? ¿Estaría bien enterarse de su cuenta qué era lo que lo atormentaba? O, ¿debía dejar a un lado eso y ponerse manos a la obra para saberlo todo?
— ¿Está todo bien? —le preguntó Alice, sorprendiéndolo un poco. Se había elevado en sus pensamientos sin darse cuenta, pero al fin cerró la puerta y miró a su esposa con una sonrisa.
—Sí. Todo está bien. ¿Quieres dormir ya? ¿O soportas estar otro rato despierta?
—Alice cruzó sus brazos por encima de su panza en actitud pensativa.
—Si alguien me llevara alzada por las escaleras, soportaría otro rato despierta.
—Hecho —dijo Robert, y sin pensárselo mucho, alzó a su redondita esposa para llevarla en volandas por las escaleras. Ella iba riendo, sorprendida, pero encantada.
Gerard Swafford no había contestado sus llamadas, pensó Bruce Hopper, ni respondido a sus emails, ni ningún mensaje. Dudaba mucho que estuviese incomunicado, o que sus mensajes se hubiesen perdido en el universo cibernético. Eso lo indignaba. Que fuera de la aristocracia no le daba permiso a ignorarlo.
Él era también parte de un tipo especial de aristocracia; era un senador.
Se recostó en el sillón de su despacho privado fumándose lentamente un habano de la más fina calidad, y entonces tuvo una idea. Gerard Swafford le sabía muchos secretos, era verdad, pero él también le sabía unos cuantos, y muy graves.
Hasta ahora, ese video no había salido a la luz pública, así que sólo debía ser una amenaza, algo que lo tuviera alineado.
Pues bien, él también se sabía unos cuantos trucos sucios. Linda no había recibido ninguna amonestación, no una formal, al menos.
Después de todo, sólo habían sido dos días de más, y ella nunca se había portado de modo egoísta o caprichoso en su trabajo de manera que se hiciera odiosa para los organizadores o las otras modelos. Y parecían perdonarle, más que todo, porque había estado con Aidan Swafford. Un asunto muy sonado en la televisión en las redes.
Su romance con el famoso cantante seguía llamando mucho la atención, dándole publicidad, y si ella tenía publicidad, los eventos en los que participaba, también. Aidan, el día de hoy, sólo la había llamado una vez, pero así sería durante las semanas siguientes que estuviera de gira.
Esta iba a ser la más larga de todas, pues se detendría en varias ciudades principales de cada país al que visitaría.
Ya sabía cómo era este trabajo, lo había visto mientras estaba con él.
El único momento en que había podido estar con él a solas era por las noches, y él estaba tan cansado que apenas si tenía un poco de tiempo para mirar algún mensaje de sus hermanos y dormir, porque el día siguiente sería igualmente ocupado; entre ensayos, tanto musicales como coreográficos, preparaciones, viajes, etc., él se quedaba sin tiempo. Elise también le escribía poco, y sólo lo normal.
Ya antes le había dicho que las conversaciones importantes era mejor tenerlas siempre personalmente; se cuidaba mucho de lo que decía, nunca se refería al proyecto que tenían entre manos, y Linda no pudo más que comprender. Ellos llevaban más tiempo que ella en esto de cuidarse las espaldas de manera extrema, así que así debía estar bien. Y todavía, a pesar de que se pasaban los días, no se había enterado de nada extraordinario.
Al parecer, el senador se estaba tomando su tiempo para dar el paso que se esperaba, la confesión.
Tal vez necesitaba que Aidan en persona lo presionara, pero él ahora estaba en la otra punta del continente. Así que decidió ocuparse ella también en su trabajo, que era lo que le daba de comer.
Aidan le había dicho que pidiera su herencia mientras su padre aún estuviera vivo, y eso la había dejado pensativa. Tal vez debiera hacerlo, tal vez debía plantarse en la casa de Raymond Cameron y decirle que quería ya su dinero; no confiaba mucho en él, y mucho menos en Debra, que parecía ser quien lo manejaba.
Nunca le había contado a su padre que habían sido su esposa y la hija de ésta quien le arruinara el rostro en el pasado con sus cremas tóxicas, y aun ahora, sentía que no tenía caso hacerlo.
Los hermanos GrandChester le habían parecido personas inteligentes y confiables, y Candy misma le había dicho que sabían hacer sus negocios y multiplicar el dinero.
Tal vez debía confiarles su parte, ponerla a buen recaudo. Luego de esta temporada de trabajo, viajaría a Chicago.
Gerard se sorprendió un poco cuando vio a su esposa irrumpir en su despacho. Ella estaba furiosa, pues su rostro estaba contraído en un rictus amargo, y lo miró como si él fuera la razón de todas sus desgracias.
— ¿Qué significa eso que está sucediendo?
— ¿Qué está sucediendo? Por qué entras así a mi despacho.
—Charles, lárgate —le dijo ella al sirviente con voz contundente, y el hombre no tuvo más remedio que hacer caso—. ¡Habla! —exigió Jasmine—. Cómo coño has permitido que algo así saliera a la luz pública.
— ¿Qué salió a la luz pública? —preguntó Gerard, sintiéndose ya un poco nervioso, y Jasmine tomó su teléfono buscando algo y poniéndolo delante de él para que lo viera. Gerard tomó el aparato y empezó a leer.
—No sólo está en los blogs de chismes —siguió Jasmine—, está en las noticias, circula en las redes sociales. Joder, Gerard, ¡cómo es posible! ¿Justo ahora que estamos a punto de recibir el título? —Gerard apretó sus dientes al terminar el artículo de prensa.
Una mujer, que en el pasado había trabajado para él, había puesto una denuncia. Acusaba a alguien de haberla violado. No decía quien, sólo que había sido su jefe en el pasado y que era un hombre poderoso.
La prensa no había hecho más que atar cabos, y los más osados se habían atrevido a mencionar su nombre como posible culpable.
— ¿Desde cuándo está esto en las redes?
—Me acabo de enterar —dijo Jasmine—, pero creo que ya lleva su par de días—. Gerard soltó una risita histérica y se recostó en el espaldar de su sillón.
De todo lo que habían podido acusarlo, y escogían algo de lo que realmente era inocente. Podría desmentir esto con sólo dos palabras, pero lo jodía sobremanera que jugaran con su imagen.
— ¿Te das cuenta de que te están perdiendo el respeto? Ya no les importa acusarte de algo así. ¡Tienes que hacer algo!
—Sí, pensó Gerard, y se puso en pie, caminó a la puerta de su despacho y llamó a Charles para que volviera a entrar.
— ¿Cómo no te has enterado de esto? —le preguntó pasándole el teléfono de Jasmine, y el pobre hombre empezó a preocuparse.
—Yo… lo siento, señor.
—Te pago para que seas mis ojos y oídos en el mundo, y, aun así, ¿me suceden estas cosas? Investiga lo más pronto que puedas quién le está pagando a esa mujer para que haga tales declaraciones.
— ¿Eres inocente? —preguntó Jasmine algo asombrada.
— ¡Por supuesto que soy inocente! —gritó Gerard, tremendamente ofendido por la pregunta—. Vamos, Charles, para hoy es tarde.
—Sí, señor. ¿Detenemos… entonces lo otro? —lo otro, era investigar cómo había llegado a manos de Aidan su base de datos, y destruirla antes de que pudiera hacer algo
. —Claro que no. Eso tiene prioridad.
— ¿Crees que haya sido Aidan quien le pagó a esa mujer?
—Puede ser. Todo puede ser. Pero teniendo tantas cosas ciertas con las qué atacarme, ¿por qué inventar una mentira?
—Tal vez sólo está llamando tu atención. Diciéndote que podría joderte si quisiera.
—No entiendo por qué querría jugar. Lo creía más… decidido. En fin. Charles, ¿qué haces aquí perdiendo el tiempo?
—De inmediato, señor —dijo, y luego de devolverle el teléfono a Jasmine, salió. Jasmine apretó sus dientes y miró a otro lado.
—Todo sería más fácil si ese anciano ya estuviera muerto —dijo—. Siendo tú el conde, nada de estas cosas importarían.
—Y qué quieres que haga, ¿que envenene su café? Por Dios, Jasmine—. Ella volvió a echarle malos ojos y caminó hacia la ventana para mirar por el jardín. Había pensado que luego de la visita de Aidan el maldito anciano se despidiera de este mundo, pero por el contrario, parecía haberse recuperado. Ahora, hasta salía a dar sus paseos por el jardín, siempre con sus sirvientes al pendiente. —Estoy cansada de ser nadie en esta casa —siguió ella con amargura—. La mujer de Alfred tiene más autoridad en los sirvientes, y su marido no es el primero en la línea…
—No quiero escuchar tus quejas. Treinta años de ellas ya han sido suficientes.
—Apresúrate y haz lo que te dije de Aidan.
—Estoy yendo todo lo rápido que puedo. Acabar con una persona no puede ser algo apresurado, Jasmine. Estoy en guerra, y tengo que mover muy bien mis fichas si quiero ganar; para eso necesito mente fría. Si no hiciera las cosas como suelo hacerlas, hace tiempo que ya me habría hundido—. Jasmine no dijo nada, sólo respiró profundo sabiendo que él tenía razón, y en silencio, salió del despacho.
Fue fácil descubrir quién estaba detrás de la acusación de violación de la que todos señalaban a Gerard.
La mujer había sido demasiado vaga en sus explicaciones, pero sí que se había apresurado en convocar a la prensa para ser oída.
Y luego de unas pocas pesquisas, se supo que había recibido una importante cantidad en su cuenta bancaria proveniente de Estados Unidos. Y también fue muy fácil conocer el origen del dinero.
— ¿Qué quieres de mí? —le preguntó Gerard por teléfono al senador, molesto. Como si no tuviera nada que hacer, como si ya no tuviera suficientes preocupaciones. Esto le estaba robando tiempo valioso para sus otros asuntos, y así se lo dijo a Hopper.
—Por fin su majestad se digna en atender a un plebeyo —dijo el senador con tono ácido—. Te has empeñado en joderme la vida, Swafford. ¿Qué estás tratando de hacer?
— ¿De qué estás hablando? Soy yo el que tiene una reclamación para ti. ¡Joder…!
—No hablemos por teléfono —dijo—. Tenemos que encontrarnos.
—Crees que no…
—Me vale una mierda lo ocupado que estés, Swafford. Esta vez vienes acá, porque estoy al borde de empezar a cometer locuras, y no te conviene que me vuelva loco.
— ¿Qué te está pasando?
— ¡¡Qué te está pasando a ti!! ¡Maldición!
—Gerard dejó salir el aire. Sentía que estaba discutiendo más con una amante que con un socio de negocios. Y tal como él decía, no podía hablar esto por teléfono.
—No puedo dejar Inglaterra ahora.
—Tu abuelo lleva años muriéndose. Por un par de días que le quites el ojo de encima, no va a cambiar la situación.
— ¿Hiciste todo esto para que yo viajara?
—Y funciona, ¿no es así? ¿Te estás dando cuenta al fin que conmigo no se juega, Swafford?
—Te tomas demasiadas molestias para llamar mi atención.
—Es para que te quede claro que no eres el único que puede hacerlo
—Qué ganas de mandarlo a la mierda, pensó Gerard, pero sólo respiró profundo. Eligieron un lugar intermedio para verse. Gerard aún no se podía creer que en verdad hubiese tenido que salir de la comodidad de su hogar para atender este asunto, pero Hopper sabía ser un grano en el culo cuando se lo proponía, y no podía desatenderlo tal como deseaba; le sabía demasiados secretos.
—Habla ya, que no tengo tiempo —le dijo a modo de saludo estrechando su mano de manera rápida, y sentándose en unos finos sillones de un salón privado en un hotel. De inmediato les ofrecieron bebidas, habanos, y cualquier otra cosa con tal de que estuviesen a gusto.
Ante sus últimas palabras, Hopper entrecerró sus ojos.
—No te creas que puedes hablarme como a uno de tus sirvientes. Soy yo el que te tiene que hacer hablar a ti. ¿Cómo es posible que me estés haciendo esto?. ¿por qué diablos ignoras mis llamadas y mensajes? ¿Cómo te atreves a jugarme sucio, Gerard Swafford?
— ¿De qué estás hablando?
—Y no pretendas hacerte el imbécil. Sé muy bien que cuando quieres, mueves tus fichas y lo haces muy estudiadamente para acabar con el otro. Quiero que sepas que, si has decidido hundirme, te hundiré conmigo.
— ¡Para, para! —exclamó Gerard—. No quiero hundirte, ¿por qué querría?
— ¿Y entonces esa amenaza que me llegó de qué se trata?
— ¿Amenaza? No he amenazado a nadie, no a ti, al menos.
—No te hagas…
— ¡Te estoy diciendo la verdad, joder! —habló Gerard elevando un poco el tono de voz, y entre dientes, siguió—. Sé muy bien qué clase de persona eres, ¿por qué te provocaría? —Hopper inspiró fuertemente llenando de aire sus pulmones.
—Me llegó un video… con cosas que sólo tú sabías, pruebas que sólo tú podrías tener…
— ¿Qué diablos?
—Se tomaron el trabajo de hacer imposible descubrir la dirección de envío, pero por supuesto, sólo podrías haber sido tú. Estuviste guardando evidencia de mí por todos estos años…
—Por supuesto que lo hago, ¿qué te crees que soy? Y no te sientas tan exclusivo, tengo una especie de seguro acerca de todo aquél que alguna vez me pidió un favor especial.
— ¿Y ahora lo estás usando en mi contra? ¿Por qué? ¿Por qué querrías meterte conmigo? ¿Quieres que yo también saque a la luz tus porquerías? Tú también tendrías la pena capital si te traemos a América a pagar por tus…
—Maldita sea, Hopper. Entiende este jodido punto: no te he hecho nada, no quiero hundirte, no me interesa. Ya acaba con esto.
— ¿Y entonces quién fue? ¿Quién más podría saberlo? —Gerard lo miró en silencio por un par de segundos, y comprendió. Hopper estaba tan alterado que esto no podía ser un farol, todo el trabajo que se había tomado para llamar su atención le decía que aún estaba dispuesto a hablar.
—Aidan —dijo luego de su silencio—. Mi hijo. Te odia… y quiere algo de ti.
— ¿Qué podría querer de mí? ¡Me detesta! ¿Y por qué tiene tu hijo pruebas de mí? Explícame eso.
—Hace muy poco descubrimos una fuga de datos, y no hay nadie más interesado en esto que él. Fue él. Que te haya elegido a ti para atacar, me dice que tiene un plan.
—Bien esto es fácil entonces. Desaparécelo —Gerard se echó a reír.
—No puedo creer la estupidez que estás diciendo.
— ¡Es una amenaza!
—Mírate. Luces ropa hecha a medida, tienes gustos caros y te codeas con gente como yo, pero no eres más que un matón. No voy a matar a mi propio hijo.
—Por favor. No me vengas con ese tipo de sentimentalismos. Tú y yo sabemos que nunca te ha importado la integridad de ese chico.
—No estoy hablando de basura como esa. Necesito a Aidan… al menos mientras el abuelo esté vivo. Si me quedo sin hijo, me quedo sin heredero, me quedo sin título. ¿Comprendes? Y ni a ti ni a mí nos conviene que yo pierda ese título. Tengo que ser conde. Tengo que serlo.
—Maldita sea, ¿qué vas a hacer entonces para callarlo?
—Hay muchas formas de acabar con una persona, Hopper —dijo Gerard con suma tranquilidad, y tomó la copa de vino que tenía delante para darle un trago—. Y ya estoy trabajando en eso, pero creo que me vendrá bien tu ayuda.
—No quiero involucrarme nunca más con los GrandChester —dijo Hopper, y Gerard lo miró con desprecio.
—Quieres salvar tu culo, ¿pero no vas a mover un dedo?
—No conoces a esas personas…
—Son basura. Son nadie.
—Y Aidan los defiende con su vida. En el momento en que toquemos a uno de sus hermanos, se volverá peor que un demonio.
— ¿Pero en qué estás pensando, Hopper? ¿No has aprendido nada? ¿Qué te acabo de decir? ¡Por Dios! Piensa en otra cosa que no sea… —bajó mucho más el tono de voz— matar, matar, matar.
—Como si tú mismo no te hubieses manchado las manos con sangre antes.
—Sólo cuando fue absolutamente necesario. ¿De verdad Aidan está tan unido a esos hombres?
—Los llama sus hermanos.
—No puedo creer que tenga tanto apego por otro ser humano. Tengo un hijo débil —dijo con una sonrisa—. Si va a ser conde cuando yo muera, me parece que tengo dejarle un par de buenas enseñanzas.
Aidan terminó su último concierto en Brasil y volvió al camerino bañado en sudor, cansado, y bebió un trago largo de la botella de alguien que uno de los asistentes le había dado en su camino aquí. Apenas le había enviado un mensaje a Linda esta mañana y otro a Elise.
Necesitaba ver a ambas, aunque por razones diferentes. Extrañaba a Linda, mucho más que la primera vez que se habían separado. Tal vez se debía a que ahora tenía muchas más incertidumbres que antes, y porque habían pasado más tiempo juntos; ella le había acompañado en toda una temporada de conciertos, y por eso la echaba de menos aquí en el camerino, o detrás del escenario para recibirlo, o en los escasos ratos libres que tenía para conversar, besarse, reír… Buscó entre sus cosas su teléfono, y miró en derredor sintiéndose un poco perdido cuando no lo encontró. Espera, se dijo. Faltaban otras cosas.
Faltaba su billetera, su dispositivo para escuchar música donde tenía unas cuantas canciones inéditas, y cuando miró al rincón, el alma se le fue a los pies.
No estaba su guitarra acústica. Salió del camerino y buscó a Dobson para informarle de la situación, y de inmediato el personal de seguridad se puso en movimiento. En las cámaras de seguridad pudieron ver que alguien había entrado al camerino usando la ropa distintiva del staff y lo había robado. No le preocupaban tanto los aparatos, pero las canciones eran un problema, y su guitarra, a la que le tenía tanto cariño y que no dejaba nunca en ningún lado, sí que le dolía.
— ¿Cómo es posible que algo así suceda? —exclamó Joe, indignadísimo—. Dobson, ¿qué estabas haciendo cuando esto ocurrió?
—No regañes a Dobson —intervino Aidan antes de que el hombre dijera algo—. Él está encargado de mi seguridad personal, y ya tiene bastante con eso.
—Tenemos que interponer una demanda de inmediato.
—No te metas en eso, Joe —volvió a hablarle Aidan, y se levantó de la silla en la que había estado sentado mirando todo un poco desconcertado—. Con el denuncio en la policía será suficiente; atraerás a la prensa, y no me interesa ese tipo de publicidad.
—Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados.
—Las canciones están registradas ya —dijo—. Si alguien las saca al público, entonces tomaremos medidas, pero hasta entonces, no quiero atraer mala publicidad. Sólo… préstame un momento tu teléfono.
— ¿A quién vas a llamar? —preguntó Joe extendiéndoselo, y Aidan marcó el número de Linda, el único que se había aprendido de memoria.
— ¡Amor! —exclamó ella al escucharlo con voz un poco agitada, y Aidan miró su reloj. Era muy temprano en Milán, pero seguro que ella ya estaba por allí trotando, o haciendo su rutina de ejercicios.
—Hola, cielo…
— ¿Desde dónde me llamas? Este no es tu número.
—Perdí mi teléfono —dijo él un poco avergonzado.
— ¿Qué?
—Alguien entró a mi camerino… y me robó.
—No puede ser. ¿Ya denunciaste en la policía?
—Sí, pero dudo mucho que pueda recuperar las cosas, mañana a primera hora vuelo a México y…
— ¿Se llevaron algo importante? —preguntó ella, y Aidan hizo una mueca.
—El teléfono, dinero en efectivo, mis documentos, mi guitarra y dos canciones.
—Diablos —susurró Linda—. ¿Cómo vas a hacer para viajar ahora que estás sin documentos?
—Dobson se está encargando de eso.
—Entonces, vas a estar incomunicado por unos días.
—Si necesitas hablarme, escríbele a Joe, y en cuanto yo tenga tiempo, te llamaré.
—Está bien.
—Y si acaso… uno de mis hermanos, o Candy te pregunta qué ocurre conmigo por no contestar sus mensajes o llamadas, por favor, les comentas la situación.
—No hay lío —contestó ella, y Aidan sonrió.
—Te amo —dijo—. Te extraño.
—No más que yo.
—Oh… En realidad, no tienes idea de cuánto te extraño —dijo él con voz risueña—. ¿Está todo bien en tu trabajo?
—Tengo un desfile este fin de semana.
—Vas a estar ocupada.
—Sólo un poco—. Aidan suspiró intentando no desesperarse. Por primera vez, estaba un poco cansado de la rutina de su trabajo. Estuvo bien mientras estuvo solo, pero estar separado tanto tiempo de su novia lo estaba matando—. No empieces a sentirte triste —le dijo ella, como si hubiese adivinado sus pensamientos—. Por el contrario, disfruta de tu música y tu vida de cantante. Has decidido cambiar de vida, y luego echarás de menos todo esto.
—Ahora sólo me importa cuánto te echo de menos a ti —ella sonrió.
—Pero nos veremos pronto. Y voy a estar entretenida… Roxanne va a participar en el mismo desfile.
— ¿Quién?
—Linda dejó salir el aire.
—Roxanne, mi hermanastra… La de los pechos grandes —Aidan se echó a reír.
—Vale, ya la recordé. ¿Debería mandarle un saludo a través de ti? Dijiste que era mi fan, ¿no?
—Quieres morirte, ¿verdad? —él volvió a reír, y luego recordó que este no era su teléfono, y con dolor en su alma, se despidió. En la despedida tardaron otros cinco minutos, pero le sirvieron para serenarse, llenarse de buena energía, y volver a enfrentarse al mundo. Le devolvió el teléfono a Joe, quien lo vio otra vez con una sonrisa radiante.
Tan sólo unas horas después de que las cosas de Aidan fueran hurtadas, salió al mundo la noticia de que él, el famoso rey-mendigo, era el descendiente de una familia aristocrática inglesa. Se publicaron fotos de Gerard Swafford y de él, relacionándolos como padre e hijo, y de Spencer Swafford, actual conde de Ross. Se dijo también que, de hecho, hacía muy poco había estado de visita con su novia en la casa principal de la familia, visitando al anciano abuelo, pues su salud era delicada. ¿Por qué lo ocultó por tanto tiempo?, se preguntaba todo el mundo. ¿Le prohibía su familia que se divulgara esta noticia? ¿Era por eso que el rey-mendigo nunca hablaba de su vida ni daba entrevistas?
Aidan no sólo era un descendiente de la aristocracia, sino que estaba directo en la línea de sucesión. En el futuro, el aclamado cantante sería conde también.
Terry y Robert recibieron la noticia como un baldado de agua fría, y lo primero que hicieron fue llamar a su hermano. Pero, cómo no, él estaba incomunicado.
Candy le escribió a Linda para preguntarle si era verdad, y ésta, con dolor en su alma, tuvo que decirle que no podía revelarle nada.
—No me concierne a mí aclarar este asunto —le dijo Linda a su amiga—. Es un secreto que no me pertenece. Te lo ruego, no me insistas—. Y ante esas palabras, Candy tuvo que desistir.
—Nos mintió —dijo Terry, dolido, ofendido, y aunque no lo demostraba, furioso—. Nos engañó. Si es el próximo en una línea de condes… es porque es un hijo de sangre… Y si es un hijo de sangre…
—Todo cobra sentido —completó Robert, con la mano en su barba pensando profundamente en todo. Sí. Todo cobraba sentido. Si Aidan era hijo de esa gente, ellos al fin habían encontrado al asesino de sus padres. Pero también significaba que su hermano menor les había mentido toda la vida.
—Creo que lo mejor será cancelar la gira de conciertos en México —dijo Joe mirando a Aidan, que estaba más bien despatarrado en un sillón, con sus ojos vacíos, mirando a la nada—. Aunque solucionaran lo de los documentos mañana mismo, no podremos salir del país sino pasado mañana, y no llegaríamos a tiempo. Además, con todo el escándalo desatado…
Continuará...
