Rayo de sol

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La soledad comenzaba a marchitar el corazón del viejo y cansado Santo de Libra. No estaba muy consciente del tiempo que había pasado desde que había llegado a su triste peñasco en el rincón más desolado de China, había estado ahí, solo y olvidado, por tanto tiempo ya que no podía decir exactamente cuánto hacía de la última vez que puso un pie en el Santuario. Sentado frente a su cascada, comenzaba a pensar que aquella no era una misión honorable y su posición no era en absoluto privilegiada, que quizá el misophetamenos era un castigo y no la bendición por la que Shion tanto lo felicitó. Quizá Atenea lo odiaba y por ello lo había mandado a pudrirse ahí, en la ensordecedora soledad del bosque.

Un anciano decrépito, jorobado, imposiblemente arrugado, manchado por la edad y con las barbas más largas que había visto jamás lo miraba de frente, muy fijo. Dohko estrechó los ojos y descubrió con desencanto que él era ese viejo, aquel su reflejo en el agua límpida y transparente del río que corría bajo la roca en que solía sentarse cuando se cansaba de estar sentado en el peñasco. El espejo líquido vibró y su reflejo se volvió un manchón amorfo de colores oscuros y en su campo visual aparecieron unos piececitos blancos.

Dohko elevó la mirada, encontrándose con una niñita de oscura mata de pelo desaliñado. No tendría más de cuatro años y era preciosa. La miró a los ojos y se topó con una profunda tristeza y algo muy parecido a la desesperación. Se preguntó qué asunto podría preocupar a criatura tan inocente de esa forma y la necesidad de consolarla hizo que su corazón, ese que latía con la misma lentitud de sus días y con la apatía con que los vivía, emitió un fuerte latido que pareció resucitarlo.

—¿Es usted el viejo sabio de la montaña? —le preguntó la niña con timidez y reprimiendo un sollozo. El anciano asintió con lentitud ya enterado de cómo lo llamaban en los pueblos aledaños. No sería la primera vez que le pedían un remedio o le llevaban un enfermo o accidentado para que le atendiera con su cosmos—. Me han dicho que puede curar cualquier herida y yo... no tengo dinero, pero…

—¿Ha venido contigo el herido? —preguntó Dohko con afabilidad y dedicándole una sonrisa cansada a la niña. Ella negó con energía, arrugándose el vestido con dedos nerviosos.

—Están en casa—respondió en un murmullo. El anciano se puso de pie, ayudándose de su bastón y tomando la mano de la niña entre sus dedos arrugados. Al principio ella pensó que hacía eso para ser guiado hacia su casa en el pueblo cercado, a unas tres horas de caminata, pero lo siguiente que supo es que en un parpadeo y luego de sentir como si la alzaran en el aire y le dieran mil vueltas, había aparecido en el lugar.

La niña vio al anciano entrar a la casa, levantando la raída cortina. Nerviosa, entró detrás de él, inconscientemente aferrándose a sus ropas como si aquello le evitara la visión de las horribles heridas que aquellos bandidos habían hecho a sus padres. El viejo se inclinó sobre su madre en primer lugar, pasándole una mano por encima del cuerpo, de inmediato irradiando una luz dorada, pero al cabo de un momento se detuvo, negando con la cabeza y cerrándole los ojos a la desafortunada mujer. Su padre no tuvo un mejor destino.

—¿Son tus padres? —preguntó y ella asintió con poquedad—. No hay nada que pueda hacer, querida. Ya han fallecido.

La niña lloró casi tan pronto terminó de escucharlo. Se puso de cuclillas y así dejó fluir un raudal de lágrimas y gimoteos tan devastados, que Dohko casi sintió ganas de llorar él mismo. Suspiró, acariciando la cabeza de pelo negro y susurrándole palabras de consuelo y fortaleza, pero ante el infructuoso resultado de aquello, decidió dejar a la pequeña sola con su pena, saliendo de la casa.

—Espere…—dijo la niña, asomándose por la cortina hacia donde él tomaba posición para teletransportarse a la cascada—. ¿Ya se va?

—Sí…

—¿Puedo ir con usted, sabio? —se apresuró a decir mientras corría hasta él y se aferraba a la manga de su camisa. La desesperación de su mirada le robó al viejo Santo el aliento y la voluntad. No tuvo corazón para negarse.

—¿Cómo te llamas?

—Lee Shunrei—dijo, inclinándose apenas un poco con cortesía forzada. Dohko sonrió más amplio de lo que lo había hecho en muchísimos años, tanto que le dolió la cara. Un bonito latido de corazón le calentó la sangre y el cuerpo y de pronto se sintió tan joven como se suponía que se mantenía en su interior.

—Soy Dohko de Libra. No me llames sabio, sólo soy un viejo.—Ella sonrió y él sintió que se le iluminaba la vida.

Le pasó un brazo por encima de los hombros y, estrechándola, la llevó consigo. La crio como si fuera de él y pronto descubrió que tenía tiempo que no pensaba en la soledad, que no recordaba aquellos amargos sentimientos y que, como un rayo de sol en una tormenta invernal, un calorcito agradable y revitalizante le llenaba el cuerpo.

Para el día en que Shiryu legó a Rozán, Dohko de Libra había ya regresado a la vida.

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