5. Bufanda
Aún
siendo de noche, aún en esa oscuridad que envolvía por completo mi
habitación, podía ver aquel inusual color de ojos devolviéndole la
mirada. Tan profunda, tan perceptiva, tan cautivante.
Tomé la
suave almohada de plumas a su lado y la dejé caer sobre mi rostro
con la ingenua esperanza de desaparecerlos de mi vista. Obviamente,
con nulo resultado.
-Oye Eriol, ¿has visto mi bufanda?- preguntó
Nakuru desde el marco de la puerta.
-Tu… bufanda- habló
suavemente el inglés.
-Si, una bufanda verde con estrellitas
doradas y cintas rosas- describió preocupada.
-Tu bufanda-
repitió como si de un zombi se tratase.
-Si, Eriol- habló ya
exasperada al recibir poca atención por parte de su creador- ¿No la
has visto?
-Tu bufanda- repitió en el mismo tono.
-Olvídalo-
contestó la joven caminando por el pasillo hasta su habitación y
reemprender la búsqueda de tan importante objeto.
-Su bufanda- pensó un poco. Sentía como si las palabras fueran cuestiones tan difíciles para su comprensión que no podía interpretarlas. Era como si tuviera una sobrecarga de información o quizá, la culpa era que no podía dejar de pensar en ella. Cualquiera que fuera la causa, sabía bien donde estaba aquella bufanda verde que su querida Nakuru buscaba con desesperación
Esa
tarde, habían salido de su casa para tomar un helado y platicar de
cosas tan mundanas como lo son sus vidas. Desde que salieron el deseó
que el tiempo no pasara, que siempre fuera la tarde, que siempre
fuera ese momento pero el sabe bien que el tiempo aunque es eterno,
no pasa en balde.
Caminaron desde su casa hasta el parque, sin
quererlo ella tropezó y el logró sujetarla, logrando que quedara
entre sus brazos.
-Gracias- había dicho ella con una
sonrisa.
Una sonrisa que le pareció la más hermosa en ese
momento. Una sonrisa que le iluminó el rostro y todo a su alrededor
a pesar de que la tarde estaba un poco nublada y hacía algo de
frío.
Siguieron caminando, tomados de la mano, hasta llegar a una
banca del parque cercana al lago, no sin antes pasar por su helado.
Miraron el reflejo del sol, con sus tonos anaranjados, rojos y
algunos rosado, que se pintaba sobre el lago y brillaba como si de
cristales se trataran.
Tomoyo recargó su cabeza sobre el brazo de
él y le dijo algo que esperaba escuchar pero tenía miedo de que no
fuera así. Esto le hizo verla con tal intensidad que logró
ruborizarla, y sólo rió por ello. El respondió igual y al ver que
ella sonreía, se le iluminaron los ojos como nunca pensó que
pasaría. Besó su mano con gentileza y pasó su brazo a su alrededor
al sentir que temblaba como una hoja por el frío del viento. Tomó
la bufanda que traía él y la puso alrededor de su delgado cuello
níveo.
Aquella
que por error había tomado al salir apresuradamente de su casa y con
la que tuvo que cargar toda la tarde, por suerte traía su chamarra
pues entonces sólo dejaba a la vista una parte del vivo color de la
bufanda.
Bien, ahora tenía una razón para ir a verla mañana.
No es que no fuera a ir, pero es mejor tener siempre un buen pretexto
para no llegar así nada más. Con un falso "pasaba por aquí" ó
"caminaba hacia el centro y recordé que tu casa quedaba en mi
camino". Si claro, su casa no me quedaba de camino al centro, de
hecho me hacía dar una vuelta más, pero necesito un pretexto para
verla.
Su madre me volverá a agradecer las atenciones que tuve
con Tomoyo que para mí fueron todo un placer, pero ella no dejará
de agradecerlo y yo jamás dejaré de agradecer el día en que decidí
ir a Tokyo, por que ese día te encontré y me di cuenta que encontré
mi felicidad.
Sonreí de oreja a oreja. Escuché que caían algunas cosas al suelo con gran estruendo y me reí un poco, debía tranquilizar a Nakuru con respecto a su bufanda y eso haría, en cuanto me levantara de la cama y dejara de sentir tu olor en mi chamarra.
