La verdad no pensaba escribir hasta un par de dias... pero no me pude aguantar, ademas tengo la agenda recargada y hay que tratar de quitar cosas que se deben con tiempo! espero que les guste ya que pronto se acerca el final! a muchos nos dolió la muerte de Cho, la de Luna nos dejara aun mas dolidas porque se veía que tenia futuro con Rolf... ahora solo nos queda Hermione que no se habla con Ron y Ginny que hace planes con Harry... ¿sobrevivirá alguna?

Muchas gracias por sus lindos comentarios! ahora si no interrumpo mas la lectura

...

La mañana del domingo, Ginny se despertó a las diez y media. Y sólo porque estaba sonando el teléfono. Empezó a dar manotazos buscan do el auricular, entonces se acordó de que estaba en casa de Harry, y volvió a acurrucarse contra la almohada. ¿Qué más daba que estuvie ra en su lado de la cama? Era el teléfono de Harry, y por lo tanto res ponsabilidad de él.

Harry se removió en la cama, todo calor, dureza y olor a macho.

—Coge el teléfono, ¿quieres? —dijo soñoliento.

—Es para ti —murmuró ella.

—¿Cómo lo sabes?

—El teléfono es tuyo. —Odiaba tener que señalar algo obvio.

Musitando algo por lo bajo, Harry se incorporó apoyándose sobre un codo y se inclinó por encima de Ginny para coger el teléfono, aplas tándola contra el colchón.

—Sí —dijo—. Potter.

—Sí —dijo otra vez tras una breve pausa—. Está aquí. —Dejó caer el teléfono sobre la almohada enfrente de Ginny y sonrió satisfe cho—. Es Fleur.

Ginny pensó en unas cuantas palabrotas, pero no las dijo. Harry aún no la había hecho pagar por el «hijo de puta» que había gritado cuan do se golpeó la cabeza contra la mesa, y no quería recordárselo. Se acercó el auricular al oído y dijo:

—Diga. —Harry se tumbó de nuevo junto a ella.

—¿Ha sido una noche larga? —le preguntó Fleur en tono sarcástico.

—Como de unas doce o trece horas. Lo normal en esta época del año.

Un cuerpo duro y caliente se apretó contra su espalda, y una mano dura y caliente se posó sobre su vientre y comenzó a ascender lentamente hacia sus pechos. Algo más que también estaba duro y ca liente empujó contra sus nalgas.

—Ja, ja —dijo Fleur—. Tienes que venir a llevarte este gato. —Habló como si aquel detalle no fuera negociable.

—¿Herrol? ¿Por qué? —Como si no lo supiera. Harry le estaba fro tando los pezones, y ella puso una mano sobre la suya para detener sus dedos. Necesitaba concentrarse, de lo contrario podía terminar haciéndose cargo otra vez de Herrol.

—¡Me está destrozando los muebles! ¡Siempre me ha parecido un gato amable, pero es un demonio destructivo!

—Es que se siente molesto por estar en un lugar extraño. —Pri vado de los pezones, Harry, trasladó la mano a otro lugar interesante. Ginny cerró las piernas de golpe para impedir que aquellos dedos se deslizaran.

—¡No está, ni con mucho, tan molesto como yo! —Fleur pare cía más que molesta; parecía ofendida—. Mira, no puedo encargarme de planificar tu boda teniendo que vigilar a este demonio de gato cada minuto del día.

—¿Quieres correr el riesgo de que lo maten? ¿Quieres decirle a mamá que has permitido que un asesino psicópata mutilase a su gato porque te preocupan más tus muebles que los sentimientos de ella? —Vaya, había estado estupenda, para haberlo dicho ella. Magistral.

Fleur respiraba agitadamente.

—Estás jugando sucio —protestó.

Harry liberó la mano de la trampa de los muslos de Ginny y escogió otro ángulo de ataque: la retaguardia. Aquella mano destructora de todo raciocinio le acarició el trasero y seguidamente se deslizó hacia abajo girando, encontró justo lo que buscaba e introdujo dos largos dedos. Ginny ahogó una exclamación y estuvo a punto de soltar el telé fono.

Fleur también escogió otro ángulo de ataque.

—Ni siquiera estás viviendo en tu casa, estás en casa de Harry. Herrol estará bien ahí.

Oh, no. No podía concentrarse. Los dedos de Harry eran grandes y ásperos, y la estaban sacando de sus cabales. Era su venganza por obligarlo a contestar al teléfono, pero si no paraba iba a encontrarse con un gato enfurecido haciendo trizas todo lo que hubiera en su casa.

—Sólo tienes que mimarlo mucho —consiguió articular Ginny—. Y se tranquilizará. —Sí, en un par de semanas—. Sobre todo, le gusta que le rasquen las orejas.

—Ven a buscarlo.

—¡Fleur, no puedo meter un gato en la casa de otra persona!

—Claro que puedes. Harry aguantaría una manada de gatos salva jes y maníacos con tal de meterse dentro de tus bragas. ¡Usa tu poder ahora, mientras dure! Dentro de unos meses ni siquiera se molestará en afeitarse antes de meterse en la cama contigo.

Genial. Fleur estaba intentando convertir aquello en una cues tión de lucha de poderes masculino y femenino. Los nudillos de Harry le rozaron el clítoris, y estuvo a punto de soltar un maullido. Pero lo gró decir:

—No puedo. —Aunque no estaba segura de a quién se lo decía, a Fleur o a Harry.

—Sí que puedes —Dijo Harry en un tono grave y untuoso.

—Oh, por Dios —le chilló Fleur al oído—, lo estás haciendo en este preciso momento, ¿no es verdad? ¡Lo he oído! ¡Estás hablando conmigo por teléfono mientras Harry te está follando!

—No, no —balbuceó Ginny, y Harry la convirtió acto seguido en una mentirosa sacando los dedos y sustituyéndolos por una fuerte embestida de su plena erección matinal. Ginny se mordió el labio, pero de todos modos se le escapó un sonido ahogado.

—Ya veo que estoy perdiendo el tiempo hablando contigo ahora —dijo Fleur—. Volveré a llamar cuando no estés «ocupada». ¿Cuán to suele tardar? ¿Cinco minutos? ¿Diez?

Ahora quería una cita. Ya que lo de morderse el labio no había funcionado, Ginny probó a morder la almohada. Buscando desespera damente un momento de control, sólo un momento, consiguió decir:

—Un par de horas.

—¡Dos horas! —Fleur estaba chillando de nuevo. Entonces hizo una pausa—. ¿Tiene algún hermano?

—C-cuatro.

—¡Cielo santo! —Hubo otra pausa más mientras Fleur, eviden temente, sopesaba las ventajas y desventajas de desechar a Bill y que darse con un Potter. Por fin lanzó un suspiro—. Voy a tener que volver a pensar mi estrategia. Seguramente preferirías dejar que Herrol destroce mi casa, ladrillo a ladrillo, antes que hacer nada que lo eche todo a rodar, ¿no es así?

—Lo has pillado —asintió Ginny cerrando los ojos. Harry cambió de postura, se puso de rodillas y se colocó a horcajadas sobre la pier na derecha de ella al tiempo que apoyaba la izquierda sobre su propio brazo. Al sujetarla de aquella manera, su penetración fue profunda y recta, y su muslo izquierdo rozaba precisamente donde más efecto ha cía. Ginny tuvo que morder de nuevo la almohada.

—Está bien, ya te dejo en paz. —Fleur parecía derrotada—. Lo he intentado.

—Adiós —dijo Ginny con voz ronca, y manoteó para devolver el auricular a su sitio, pero no pudo alcanzarla. Harry se inclinó hacia de lante para hacer los honores, y aquel movimiento lo llevó tan adentro del cuerpo de Ginny que ésta lanzó una exclamación mientras llegaba al orgasmo.

Cuando pudo hablar otra vez, se retiró el pelo de la cara y dijo:

—Eres malvado. —Estaba jadeante y débil, incapaz de hacer otra cosa que no fuera quedarse allí tumbada.

—No, nena, soy bueno, muy bueno—replicó él, y lo demostró.

Cuando quedó tendido a su lado, lacio y sudoroso, dijo con voz soñolienta:

—He creído entender que hemos estado a punto de traernos de nuevo a Herrol.

—Sí, y tú no has ayudado mucho precisamente —gruñó Ginny—. Además, Fleur sabía lo que estabas haciendo. Jamás podré borrar esto.

Otra vez sonó el teléfono. Ginny dijo:

—Si es Fleur, no estoy.

—Como que se lo va a creer —repuso Harry al tiempo que busca ba el auricular.

—No me importa lo que crea, mientras no tenga que hablar con ella en este preciso instante.

—Diga —dijo Harry—. Sí, está aquí.

Le tendió el teléfono y ella lo cogió, mirándolo con cara de pocos amigos. Él formó con la boca la palabra «Marietta», y Ginny suspiró ali viada.

—Hola, Marietta.

—Hola. Escucha, llevo un rato intentando llamar a Luna. Tengo unas fotos de Cho de las que ella quería copias, y necesito su direc ción para enviárselas. Ayer mismo estuve ahí, pero ¿quién se fija en los nombres de las calles y en los números? De todos modos, no contes ta al teléfono, así que ¿tienes su dirección?

Ginny se incorporó en la cama sintiendo que un escalofrío le reco rría la piel desnuda.

—¿Que no contesta? ¿Cuánto tiempo llevas intentando llamarla?

—Desde las ocho, creo. Unas tres horas. —De repente Marietta lo comprendió, y dijo—: Oh, Dios.

Harry estaba ya fuera de la cama poniéndose los pantalones.

—¿Quién? —preguntó bruscamente, y encendió su teléfono móvil.

—Luna —respondió Ginny con un nudo en la garganta—. Escu cha, Marietta, puede que no sea nada. Es posible que haya ido a la igle sia o a desayunar con Rolf. A lo mejor está con él. Lo comprobaré y le diré que te llame cuando contacte con ella, ¿de acuerdo?

Harry marcó varios números en su teléfono móvil al tiempo que sa caba una camisa limpia del armario y se la ponía. Cogió sus calcetines y sus zapatos, y salió de la habitación hablando en voz tan baja que Ginny no logró oír lo que decía.

Ella le dijo a Marietta:

—Harry está llamando a alguien. La encontrará. —Colgó sin des pedirse, acto seguido saltó de la cama y empezó a buscar su ropa. Es taba temblando, con más intensidad a cada segundo que pasaba. Sólo unos minutos antes se sentía en la misma gloria, y ahora aquel horri ble terror la estaba poniendo enferma; el contraste resultaba casi para lizante.

Entró a trompicones en la sala de estar, abrochándose los vaqueros, y vio a Harry saliendo por la puerta. Llevaba su pistola y su placa.

—¡Espera! —gritó presa del pánico.

—No. —Él se detuvo con una mano en el picaporte—. No pue des venir.

—Sí que puedo. —Ginny miró nerviosa a su alrededor buscando sus zapatos. Estaban en el dormitorio, maldita sea—. ¡Espérame!

—Ginny. —Era su tono de policía—. No. Si ha sucedido algo, no harás más que estorbar. No te permitirán entrar, y hace demasiado ca lor para quedarte sentada dentro del coche. Ve a casa de Hermione y aguar da allí. Te llamaré en cuanto sepa algo.

Ginny aún estaba temblando, y ahora también lloraba. No era de extrañar que Harry no quisiera llevársela consigo. Se pasó una mano por la cara.

—¿Lo-lo prometes?

—Lo prometo. —Su expresión se ablandó—. Ten cuidado de ca mino a casa de Hermione y, nena, no dejes entrar a nadie, ¿de acuerdo?

Ella afirmó con la cabeza, sintiéndose menos que inútil.

—De acuerdo.

—Te llamaré —volvió a decir Harry, y se fue.

Ginny se derrumbó en el sofá y lloró a lágrima viva, tragando aire a borbotones. No podía hacer aquello otra vez; simplemente no podía. No podía ser Luna; era joven y hermosa, aquel malnacido no podía ha berle hecho daño a ella. Luna tenía que estar con Rolf. Estaba tan ra diante de felicidad por aquel repentino cambio que probablemente es tarían pasando juntos cada rato que tuvieran libre. Harry la encontraría. El número de Rolf no figuraba en la guía telefónica, pero los policí as siempre contaban con recursos para obtener números ocultos. Luna estaría con Rolf, y entonces ella se sentiría como una tonta por ha berse dejado invadir por el pánico de aquella forma.

Por fin dejó de llorar y se secó la cara. Tenía que ir a casa de Hermione a esperar la llamada de Harry. Hizo el ademán de dirigirse al dormito rio, pero dio media vuelta bruscamente y cerró con llave la puerta prin cipal.

Llegó a casa de Hermione veinte minutos después, y eso que no había hecho nada más que lavarse los dientes, cepillarse el pelo y terminar de vestirse. Pulsó el timbre de la puerta prolongadamente.

—¡Hermione, soy Ginny! ¡Date prisa!

Oyó ruido de pisadas y los ladridos del cocker spaniel; a conti nuación se abrió la puerta y apareció el rostro de Hermione con un gesto de preocupación.

—¿ Qué ocurre? —preguntó Hermione al tiempo que introducía a Ginny de un tirón en la casa, pero ésta no pudo decírselo; no le salían las pa labras. Todavía ladrando histérico, Fluffy, el cocker spaniel, saltaba para subirse a las piernas de ambas.

—¡Fluffy, cállate! —dijo Hermione, Le tembló la barbilla y tragó sali va—. ¿Luna?

Ginny asintió, aún incapaz de articular palabra. Hermione se llevó una mano a la boca y comenzó a lanzar desgarrados gritos de horror al tiempo que retrocedía contra la pared.

—¡No, no! —logró decir Ginny rodeando con sus brazos a Hermione —. Lo siento, lo siento mucho, no he querido decir que... —Respiró hondo—. Todavía no lo sabemos. Harry ha ido para allá, y me llamará cuando sepa...

—¿Qué sucede? —quiso saber Ron alarmado, recién llegado al vestíbulo. Traía una parte del periódico del domingo en la mano. Fluffy echó a correr hacia él meneando furiosamente la diminuta cola.

Aquel maldito temblor había vuelto a invadirla. Ginny intentó controlarlo.

—Luna ha desaparecido. Marietta no ha podido contactar con ella por teléfono.

—Entonces es que se ha ido a hacer la compra —dijo Ron con un encogimiento de hombros.

Hermione le dirigió una mirada tan fulminante que podría haberle cha muscado la piel.

—Ron cree que estamos histéricas y que a Cho la mató algún drogadicto.

—Eso resulta mucho más lógico que pensar que a las cuatro os está acechando un maníaco —contraatacó él—. Deja de dramatizarlo todo.

—Si nosotras estamos dramatizando todo —terció Ginny—, tam bién lo está haciendo la policía. —Enseguida se mordió el labio. No quería meterse en medio de una pelea doméstica. Hermione y Ron ya te nían bastantes problemas como para que ella les causara más.

Ron volvió a encogerse de hombros.

—Hermione me ha dicho que vas a casarte con un policía, de modo que probablemente te estará mimando mucho. Vamos, chucho. —Dio media vuelta y regresó a su refugio y su periódico, con Fluffy saltan do alrededor de sus pies.

—No le hagas caso —dijo Hermione —. Cuéntame qué ha pasado.

Ginny le refirió lo que había dicho Marietta y el tiempo que había transcurrido. Hermione consultó el reloj de la pared; eran poco más de las doce del mediodía.

—Cuatro horas, por lo menos. No está haciendo la compra. ¿Ha llamado alguien a Rolf?

—Su número no aparece en la guía telefónica, pero Harry se encar gará de eso.

Fueron a la cocina, donde Hermione estaba leyendo antes. En el inverna dero acristalado había un libro abierto. Hermione preparó una cafetera. Las dos iban por la segunda taza de café cuando el teléfono inalámbrico de Hermione, que estaba situado junto a su brazo, sonó por fin. Hermione lo cogió rá pidamente.

—¿Harry?

Escuchó por espacio de unos instantes, y al ver la expresión de su cara Ginny sintió que la abandonaba toda esperanza. Hermione estaba atóni ta, desprovista de color. Movió los labios pero de ellos no salió soni do alguno.

Ginny le arrebató el teléfono.

—¿Harry? Cuéntame.

Él contestó con voz grave:

—Cariño, lo siento. Al parecer, sucedió anoche, quizá nada más volver del funeral.

Hermione apoyó la cabeza sobre la mesa, llorando en silencio. Ginny alargó la mano para tocarla en el hombro, en un intento de ofrecerle consuelo, pero ella misma se notaba derrumbarse por dentro, cedien do al dolor, y no sabía si le quedaba algún consuelo que ofrecer.

—Quedaos ahí —dijo Harry—. No vayáis a ninguna parte. Yo iré en cuanto pueda. Ésta no es mi jurisdicción, pero estamos trabajando todos juntos. Puede que tarde varias horas, pero no vayáis a ninguna parte —repitió.

—De acuerdo —susurró Ginny, y colgó.

En aquel momento apareció Ron en la puerta y se quedó allí, mirando fijamente a Hermione como si esperara que todavía estuviera exa gerando, pero la expresión de su cara indicaba que esta vez había comprendido. Estaba pálido.

—¿Qué? —preguntó con voz rota.

—Era Harry —respondió Ginny—. Luna ha muerto.

Y entonces se quebró su frágil control, y pasó mucho tiempo antes de que pudiera hacer otra cosa que no fuera llorar y abrazarse a Hermione

El sol se puso y Harry aún no había regresado. Cuando lo hizo, traía as pecto de cansado y furioso. Se presentó él mismo a Ron, porque ni a Ginny ni a Hermione se les ocurrió hacerlo.

—Usted estuvo en el funeral —dijo Ron de pronto mirándolo fijamente.

Harry afirmó con la cabeza.

—También estuvo un detective de Sterling Heights. Teníamos la esperanza de descubrir al asesino, pero es demasiado escurridizo o no acudió.

Ron miró a su mujer. Hermione estaba sentada en silencio, acarician do con gesto ausente al cocker spaniel blanco y negro. El día anterior Ron tenía una mirada distante, pero no había nada de distante en el modo en que la observaba ahora.

—Así que en efecto las persigue alguien. Cuesta mucho creerlo.

—Pues créalo —replicó Harry brevemente sintiendo cómo se le re volvía el estómago al recordar lo que le habían hecho a Luna. Había sufrido la misma cruel agresión personal, el rostro destrozado e irre conocible, las múltiples puñaladas, el abuso sexual. A diferencia de Cho, Luna aún estaba viva cuando él la apuñaló; el suelo del aparta mento estaba bañado en sangre. También le habían hecho jirones toda la ropa, igual que a Ginny. Cuando pensaba en lo cerca que había esta do Ginny de morir, en lo que habría sufrido si hubiera estado en casa el miércoles por la noche, apenas lograba contener la rabia.

—¿Te has puesto en contacto con sus padres? —le preguntó Ginny con la voz ronca. Vivían en Toledo, de modo que no estaban muy lejos.

—Sí, ya están aquí —contestó Harry. Se sentó y la rodeó con los brazos y le acunó la cabeza contra su hombro.

Sonó el pitido del mensáfono. Se llevó una mano al cinturón para acallarlo, y después miró el número y lanzó un taco al tiempo que se pasaba la mano por la cara.

—Tengo que irme.

—Ginny puede quedarse aquí —dijo Hermione antes de que él pudiera preguntar.

—No tengo ropa —dijo Ginny, pero no estaba protestando, sólo constataba un problema.

—Yo te llevaré a casa —dijo Ron—. También vendrá Hermione con nosotros. Podrás coger lo que necesites y quedarte todo el tiempo que quieras.

Harry mostró su aprobación con un gesto de asentimiento.

—Ya llamaré —dijo al salir por la puerta.

….

Tom se balanceaba adelante y atrás. No podía dormir, no podía dor mir, no podía dormir. Tarareaba para sí, igual que hacía cuando era pe queño, pero la canción mágica no funcionó. Quisiera saber cuándo había dejado de funcionarle. No se acordaba.

Aquella puta de rojo estaba muerta. Madre estaba muy complaci da. Dos menos, quedaban otras dos.

Se sentía bien. Por primera vez en su vida, estaba complaciendo a Madre. Nada de lo que había hecho antes había sido lo bastante bue no para ella porque siempre tenía algún fallo, por mucho que ella se hubiera esforzado en hacer de él un niño perfecto. Sin embargo, esto lo estaba haciendo bien; Madre estaba muy satisfecha. Estaba libran do al mundo de aquellas asquerosas putas, una por una. No. Eran demasiados «una». Todavía no había matado a tres. Lo había in tentado, pero una no estaba en casa.

Pero recordó que la había visto en el funeral. Se había reído. ¿O había sido la otra? Se sentía confuso, porque las caras iban y venían en su memoria.

No estaba bien reírse en un funeral. Resultaba muy doloroso para el difunto.

¿Pero cuál de ellas se había reído? ¿Por qué no se acordaba?

No importaba, se dijo, y al instante se sintió mejor. Ambas tenían que morir, y entonces no importaría quién era la que se había reído, ni quién era la «señorita C». No importaría, porque por fin —por fin— Madre estaría contenta y nunca jamás volvería a hacerle daño.