25 – Pesadillas difusas
Holmes
—No, estoy bien, yo… —dijo con una voz tan ronca que me hizo dudar seriamente de que se debiera sólo a la sequedad de su garganta.
Ignoré sus protestas y lo cogí por debajo de los brazos para levantarlo.
—Estoy bien, Holmes —repitió, intentando apartarse de mí para que mi pierna herida no tuviera que soportar su peso.
Su voz sonaba tan insegura y temblorosa que eso por sí solo habría bastado para convencerme de que no era él mismo. Por añadidura, su rostro se había vuelto a poner blanco como el yeso, y su brazo temblaba sobre mis hombros.
Mycroft, aún parado a sólo un par de pasos tras de mí desde que lo había visto derrumbarse, lo observaba con expresión preocupada.
El revuelo devolvió un poco de color a las mejillas de Watson, pero lo ignoré al igual que sus protestas. Sujetando firmemente su brazo sobre mis hombros, lo saqué de la pequeña sala para llevarlo al confortable dormitorio que Mycroft había preparado para él.
Sus piernas volvieron a ceder al llegar a la cama, y habría caído al suelo si yo no hubiera estado sujetándolo. Lo cierto es que de no ser por aquella adrenalina que nacía del miedo, y que ahora entumecía mi pierna, el dolor me habría impedido acometer tal empresa.
Conseguí acercarlo a la cama y se dejó caer en ella sentado. Aquel breve esfuerzo lo había dejado sin aliento.
Se había vestido completamente antes de salir. Tonto testarudo... No imaginaba cómo podía haber realizado tal proeza. Advertí el ligero brillo de sudor que cubría su frente ceñuda y el violento temblor de sus manos, que imposibilitaba que pudiera agarrarse a algo apropiadamente.
Me agaché para quitarle los zapatos y entonces sus ojos nublados emitieron un repentino destello de furia al tiempo que sus mejillas se encendían.
—¡Holmes, estoy bien!
Había tal vehemencia en su voz que al fin le hice caso y alcé la vista hacia él. Tuve que reprimir una carcajada. La preocupación y la rabia que me consumían le habrían otorgado un matiz ligeramente histérico que habría hecho que sonara muy extraña.
Qué típico era de mi Watson negar la realidad y llevar la contraria aunque no pudiera ni tenerse en pie y la verdad, más que mirarle a la cara, se le metiera a la fuerza por la boca. De repente no me pareció tan imposible que hubiera sido uno de los pocos miembros de su compañía que sobrevivieron en Afganistán.
Una vez puesto coto a mis emociones, volví a tirar de los cordones de sus zapatos y me dirigí a él en un tono que esperaba que sonase frío y racional.
—Para ser médico, su comportamiento es muy estúpido.
Mi aspereza hizo que parte de aquella rabia sin sentido abandonara su rostro. De pronto me miró de un modo más sumiso, casi temeroso.
—No estoy cansado —dijo con menos convicción que antes.
—Lo está. Ha estado de pie tanto tiempo que ya ni lo siente. —Suavicé la voz—. Conoce los síntomas mejor que yo, mi querido amigo. Ha estado a punto de desmayarse.
—No me he desmayado en mi vida.
Deshice el lazo del otro zapato, torpemente atado.
—Entonces procuremos que éste sea su primer y último amago de desmayo, ¿de acuerdo?
Le quité los zapatos, los puse bajo la cama y volví a incorporarme.
Me encaré con mi amigo y me devolvió una mirada irritada. Sus ojos, antes excesivamente brillantes, estaban ahora opacos y distantes, reflejando una estólida obstinación.
—No necesito su ayuda —dijo.
Lancé un suspiro.
—Watson…
Pero él sacudió la cabeza, apartando la mirada, y empezó a quitarse la chaqueta con torpeza. Ya no conseguiría nada con palabras amables. Reconocía la cabezonería cuando la veía. Yo mismo solía hacer gala de ella con frecuencia.
Me acerqué para ayudarle, pero apenas hube tocado el cuello de su camisa Watson eludió mi contacto, con el rostro ahora completamente encendido, rehuyendo significativamente mi mirada.
—¡Por favor, Holmes!
Retrocedí, sorprendido ante su vehemencia.
Al fin me miró, todavía azorado. Su rubor se intensificó y volvió a apartar los ojos.
—Sólo quiero estar solo.
Me enderecé.
—Descanse al menos, viejo amigo.
Le vi tensar la mandíbula. Un suspiro casi inaudible escapó de sus labios al reprimir el impulso de replicarme.
—Sí, lo haré… Sólo… deje de alborotar como una tía solterona, ¿de acuerdo?
Sonreí al percibir un vestigio de su ingenioso humor en sus palabras.
—De acuerdo, Watson.
Me dirigí hacia la puerta, aún abierta.
—Llámeme si necesita algo.
Ni siquiera respondió. Siguió quitándose la chaqueta, con la mirada todavía baja y los hombros hundidos.
Cerré la puerta en silencio tras de mí y di unos cuantos pasos antes de que el mordisco de la angustia que el desmayo de Watson había hecho explotar regresara de improviso.
Se disponía a descansar. Descanso era lo que necesitaba. Había estado en pie durante días, obligando a un sobreesfuerzo no sólo a su cuerpo, sino también a su mente, y con su hiperactiva imaginación y sus vibrantes emociones tan sólo podía imaginar cómo le habría afectado.
Descanso era lo que necesitaba e iba a tenerlo. Su intimidad y su seguridad estaban garantizadas aquí, en el club de mi hermano. No había lugar más seguro. Ésta era su oportunidad de recobrar la paz y lo último que necesitaba era tenerme pegado a él cuando era obvio que se sentía tan incómodo y necesitaba tanto dormir.
¿Por qué, entonces, no podía desterrar esta… inexplicable sensación de miedo que me oprimía el pecho?
¿Se debía a mi fracaso en la captura de Moriarty? ¿Algo a lo que, por lo demás, había estado a punto de resignarme durante mi cautiverio y no me había dado cuenta hasta ahora debido a mi preocupación por Watson?
Quizá, y el mejor modo de atenuarlo era seguir con mis planes y volver a tender mi red a su alrededor.
En cuanto a Watson… Seguía inquieto por él, y sabía por qué. No podía dejar de preocuparme por él al verle atrapado en un asunto de tamaña magnitud. Me preocupaba lo que pudiera ocurrirle a corto plazo.
También tendría que ocuparme de eso, aunque no sabía cómo.
Decidí empezar por reunirme nuevamente con Mycroft, satisfecho con haber identificado la causa de mi preocupación. Una vez localizada, pronto podría eliminar la incomodidad y la duda que seguían agitándose en el fondo de mi mente.
Watson
Intenté dormir. Durante lo que se me antojaron horas, yací entre unas sábanas gloriosamente limpias sintiendo sobre mi pecho el reconfortante peso de la colcha. Sólo unas horas antes había estado soñando, anhelando, este mismo escenario. Limpio, en una cómoda cama, tumbado en una posición perfectamente horizontal por primera vez en… no recordaba cuánto, y completamente inmóvil, sin necesidad de permanecer alerta ni mantener un ojo abierto.
Ahora lo tenía. Podía quedarme aquí durante horas. El propio Holmes me había traído prácticamente a la fuerza… ¿Por qué, entonces, no concedía a mi cuerpo el descanso que tanto necesitaba y dormía?
Mi propio cuerpo parecía rebelarse ante la idea. Sentía los miembros inquietos, a mi espalda le molestaba el suave contacto del colchón y hasta mis ojos parecían negarse a permanecer cerrados. No lograba encontrar una posición satisfactoria, y cuando al fin comencé a adormilarme a fuerza de obstinarme en quedarme quieto y con los ojos cerrados, me espabilé bruscamente momentos después, cuando mis piernas se movieron inconscientemente.
Mi incomodidad se concentraba en mi corazón. Lo sentía palpitar sordamente en mi pecho aún más rápido de lo habitual, golpeando contra mis costillas, enviando sangre y adrenalina al resto de mi cuerpo, y manteniendo mi mente y mis miembros irremediablemente alerta.
Intenté dormir, de veras, deseaba hacerlo con toda mi alma, deseaba sumergirme en el dichoso olvido de la inconsciencia para poder dejar de pensar y sentir durante un rato, para que esta constante sensación de ansiedad se disipara.
Pero el sueño se obstinaba en permanecer fuera de mi alcance, y cada vez que me obligaba a hundirme en sus profundidades volvía a emerger a la superficie momentos después con una sacudida que volvía a acelerar mi corazón.
Era absurdo, aquí estaba a salvo. No habría podido encontrar un lugar más seguro y anónimo en todo Londres que el Club Diógenes. Desde una perspectiva racional, sabía que era cierto. Holmes me lo había explicado. Me lo había asegurado. Moriarty iba camino del continente, su organización había quedado paralizada, Patterson y sus hombres estaban recogiendo sus pedazos.
Y Holmes estaba a salvo. Gracias a unas increíbles y fortuitas circunstancias había sido rescatado del mismísimo centro de la telaraña de Moriarty y se encontraba en este mismo instante bajo el ojo vigilante de su hermano mayor, un agente del gobierno, el mismo gobierno, y el hombre más inteligente de toda Gran Bretaña.
No corríamos peligro. Entonces, ¿por qué me sentía tenso, con todos y cada uno de mis nervios alerta, como lo había estado durante la guerra?
Ni la respuesta ni un alivio temporal parecían estar próximos, y al cabo de un rato las sábanas y las almohadas se me hicieron agobiantes y el colchón demasiado blando para mi gusto…
Quizá fuera eso… Había estado durmiendo en circunstancias tan inusuales últimamente que me sentía incómodo en una cama normal.
Aparté las sábanas. Mis brazos aún temblaban por el agotamiento y la sobredosis de adrenalina. Agarré una almohada y la manta extra de los pies de la cama y me tumbé en el suelo, sobre la gruesa alfombra, disponiéndome a dormir por segunda vez.
Casi en el acto, la sensación de inseguridad disminuyó ligeramente. Como soldado, me había acostumbrado a dormir sobre el duro suelo y volver a sentir una superficie sólida bajo mi espalda era tranquilizador. Conocía el suelo. Era un viejo camarada.
Otra cosa a la que me había acostumbrado como soldado era a dormir cuando quisiera, y que me llevara el diablo si no lo hacía ahora.
Volví a cerrar los ojos, concentrándome en la inmovilidad y la solidez del suelo bajo mi cuerpo, intentando reconciliarlas con el latido aún errático de mi corazón.
Y al fin… Después de un siglo, sentí que me deslizaba en una inquieta apariencia de sueño.
Holmes
Afortunadamente, Watson durmió el resto de la tarde sin emitir ni un sonido, ni siquiera cuando Mycroft se marchó a su casa.
Mycroft había pasado la mayor parte del tiempo dividiendo su atención entre el trabajo que se había traído de Whitehall y yo. Parecía que, al menos durante un rato, no iba a perderme de vista.
De hecho, una o dos veces, mientras yo me paseaba agitadamente por la pequeña habitación, lo sorprendí lanzándome miradas furtivas, y sostenía la mía cuando nuestros ojos se encontraban.
Watson me había dicho que era natural que entre hermanos existiese una preocupación mutua, que era de lo más normal, pero debo reconocer que no esperaba que mi hermano estuviera tan afectado por mi secuestro. Disgustado, sin duda. Me habría decepcionado si no lo estuviera. Pero tan inquieto después de lo ocurrido… Era de lo más ilógico.
Sin embargo, le dejé ganar el concurso de miradas.
Finalmente, cuando ya estaba a punto de volverse loco viéndome fumar en silencio, otras preocupaciones le hicieron dejar su pluma, levantarse de la silla y declarar que esa tarde debía regresar pronto a casa y que ya me vería por la mañana. Este cambio en sus costumbres era casi tan alarmante como la contrariedad con la que reunió sus documentos. Para Mycroft eso equivalía a estar enfadado.
—Vigila al doctor —dijo, mientras recogía su maletín y pasaba junto a mí de camino a la puerta.
—Buenas noches, hermano —murmuré distraídamente, y, consciente de que Watson no me dejaría en paz si no lo hacía, añadí como de pasada—: Gracias.
Para mi abyecta sorpresa, me encontré repentinamente atrapado por uno de sus enormes brazos, rodeó con él mis hombros y me envolvió en un abrazo.
Me retuvo así un momento, y yo, demasiado estupefacto para hacer nada, me quedé quieto. Luego me soltó bruscamente y permaneció mirándome un instante más.
—Buenas noches, Sherlock —dijo suavemente—. Como esta noche se te ocurra escabullirte y volver a meterte en un lío, no pienso sacarte de él. Vigila al doctor —repitió, y se marchó sin añadir nada más.
Durante un momento me quedé allí perplejo. Sentir que el cigarro encendido me quemaba los dedos me devolvió bruscamente a la realidad.
Recordaba muy pocas ocasiones en las que mi hermano me hubiera abrazado. De hecho, podía contarlas con los dedos de una mano. Bueno… Ahora con las dos.
¿Y por qué estaba tan preocupado por Watson? Dormía pacíficamente y era muy poco probable que pudiera sufrir daño alguno en el corazón del Diógenes. Y tampoco era mi intención molestarle, aun admitiendo que mi pierna necesitaba un respiro.
Sólo una hora después comprendí que él ya había previsto lo que iba a ocurrir.
Acabé de fumarme otro cigarrillo y lo tiré a la chimenea junto con los restos de los anteriores.
Me habría gustado tener mi pipa. Cuando estaba en este estado, tenía el hábito de mordisquear la boquilla, pero hacer eso con los cigarrillos dejaba en mi boca un sabor desagradable y hebras de tabaco en la lengua.
Pero claro, comprendí conmocionado, ya no podía contar con mi pipa. Ni siquiera con la posibilidad de encontrarla de una pieza aunque hubiera sobrevivido al incendio de Baker Street. Mis ojos volaron hacia la mesa, donde descansaban las escasas pertenencias que Alfie había recuperado para nosotros.
Aquí no habría podido tocar mi violín, aunque no le faltase una cuerda. Los diarios de Watson estaban donde los habíamos dejado, amontonados apresuradamente en una pila asimétrica que había dejado restos de ceniza sobre la superficie pulida de la mesa.
Al mirar con más atención, la conmoción se convirtió en un intenso remordimiento.
¿Cuántos como aquéllos había escrito Watson? ¿Cuántas de sus cuidadosas anotaciones se habían perdido en el incendio?
Más que esto, de eso estaba seguro. Recordaba las estanterías llenas sobre su escritorio. Y todo lo que quedaba eran unos cuantos tristes volúmenes.
Abrí con delicadeza la cubierta del primero y se desintegró inmediatamente en mi mano, lanzando una cascada de ceniza sobre mis zapatos.
Lo solté enseguida, y el remordimiento se intensificó hasta convertirse en culpa.
Me dispuse a encender otro cigarrillo. No era un buen momento para dejarse llevar por el remordimiento. Aún había un millón de cosas por hacer; debía trazar un plan, rectificar mis errores y llevar a Moriarty ante la justicia...
Y entonces oí el ruido.
Volví inmediatamente la cabeza en su dirección, con los nervios en tensión y el corazón palpitando aceleradamente en mi pecho.
Al parecer, no era el único que necesitaba un buen descanso.
Volví a oírlo, vago, ascendiendo y descendiendo, trémulo. Muy pocas veces en mi vida había oído un sonido semejante, pero no me resultó difícil reconocerlo a causa de su singularidad.
Era el llanto quedo y lastimero de un hombre desolado, y un solo pensamiento llenó el ático de mi cerebro al comprender de quién procedía, desplazando a cualquier otro.
Dejé caer el cigarrillo sin encender y crucé la habitación tan aprisa como me lo permitió mi pierna, salí al pequeño vestíbulo que daba a los dormitorios y me detuve ante la puerta del de mi amigo.
No me molesté en llamar ni esperé a oírlo por tercera vez. Abrí la puerta con tanta brusquedad que casi chocó contra la pared.
La cama de Watson estaba vacía, y las sábanas y la colcha desordenadas.
Mi corazón dio otro brinco y la boca se me secó al instante. Entré corriendo en la habitación y encendí la luz. Un objeto se solidificó repentinamente a mis pies, casi emergiendo de la oscuridad.
Mi amigo estaba en el suelo, rígido, en el paroxismo del terror, enredado en la manta que cubría la mitad inferior de su cuerpo.
Se sacudió, se retorció y volvió a sollozar, y esta vez alzó la voz hasta alcanzar un tono más parecido a un agudo y salvaje aullido de dolor que a cualquier otra cosa. Se revolvió violentamente en el suelo, golpeando con el brazo herido el marco de la cama.
Iba a hacerse daño si seguía debatiéndose así, y en aquel momento ése era el único pensamiento que llenaba mi mente. Me arrodillé impulsivamente a su lado y sujeté su muñeca.
Al pensar en ello ahora, podría haber optado por una línea de actuación más inteligente, pero claro, en ese momento mi preocupación por él nublaba mi capacidad de raciocinio y apenas pensé en mi propia seguridad.
Por eso me pilló por sorpresa el gancho salvaje que me lanzó a la cara con su mano libre. Me alcanzó en la mandíbula y estuvo a punto de tumbarme. Me las arreglé para conservar el equilibrio sobre mis rodillas y le sujeté la otra mano, intentando inmovilizarlo mientras se debatía, jadeando.
—¡Watson! —Lo zarandeé violentamente, presa de la angustia—. ¡Watson!
Despertó bruscamente. En su pálido rostro, sus ojos, negros y enormes, miraban frenéticamente a su alrededor.
—Watson —susurré, soltándolo aliviado, mientras su pecho subía y bajaba luchando por recuperar el aliento.
Me miró. Sus ojos se clavaron en los míos de inmediato y sentí un impacto casi físico, un golpe tan tangible como lo había sido su puñetazo.
Los ojos de Watson, con frecuencia indicadores de su estado de ánimo, muy rara vez me resultaban impenetrables. Sin embargo, durante las últimas horas lo habían sido, como si se ocultara del mundo tras ellos.
Ahora volvían a estar abiertos, desorbitados y expuestos a los terrores de una violenta pesadilla, de un tipo que no sufría desde hacía años.
Sentí el peso de su mirada herida y, por primera vez, vi que mi amigo no sólo estaba exhausto, ni siquiera nervioso: estaba aterrado. Había estado tremendamente aterrado todo este tiempo. El miedo había ido fermentando en sus venas durante días, acosándole, empujándole… quizá desde el momento en que comprendió que yo no había subido al tren.
Debido a su estoica y dúctil naturaleza y a su experiencia en Afganistán, solía olvidar que Watson era un hombre muy abierto a las emociones. Regían su vida del mismo modo en que la lógica regía la mía, y, tanto por nuestra seguridad como por la importancia de este caso, había empujado sus desenfrenadas emociones hasta algún rincón oscuro de su ser para obligarse a olvidarlas.
Y ahora habían reaparecido con furia, ardiendo en sus ojos: miedo, rabia, frustración, dolor… Pero sobre todo miedo. Temblaba de miedo.
Tenía derecho a estar asustado, por supuesto. Moriarty había estado a punto de matarle. Aunque sospechaba que no era ésa la principal causa de su angustia.
El profesor era, a todos los efectos, la antítesis de mi amigo. Moriarty era un individuo capaz de aplastar a un hombre con la misma insensibilidad y desprecio con que se aplasta a un insecto. Watson, por el contrario, se preocupaba demasiado y con demasiada facilidad por la mayoría de los desdichados con los que se cruzaba. Dudo que pueda encontrarse a un hombre con tanta consideración hacia la humanidad como él.
Por supuesto que estaba reaccionando con desesperación, y precisamente por eso su control, sus logros, eran más impresionantes… y quizá eran precisamente esas cualidades las que hacían que fuera capaz de enfrentarse a Moriarty.
Todo eso pasó por mi mente con la fluidez y la rapidez que caracterizaban mi habitual proceso deductivo, y resultaba tan obvio, estaba tan claro en mi cabeza, que me pregunté cómo no me había dado cuenta antes.
Pero seguía sin saber cómo ayudarle a superar su constante ansiedad, aquel negro horror que pendía sobre su cabeza.
—¿Holmes?
Me estaba mirando con cierta perplejidad, sorprendido no sólo por encontrarse en el suelo enredado con la manta, sino también por verme inclinado sobre él. Su voz estaba cargada de ansiedad.
En tres días, todo lo que consideraba seguro y familiar en su vida había quedado hecho trizas bajo sus pies… y todo había sido culpa mía.
Quise tranquilizarle de algún modo… Comunicarle al menos que yo permanecería alerta por él… Seguro que estaba acostumbrado a ese tipo de cosas; a confiar única y exclusivamente en sus camaradas en el campo de batalla.
Estaba temblando, y no sólo de frío, aunque el sudor brillara en su frente. Frunció el ceño cuando sus ojos repararon en mi mandíbula.
Maldijo por lo bajo en el mismo tono trémulo.
—¿Le… le he pegado?
Querido Watson…
Me quedé tan sorprendido como él cuando lo tomé repentinamente por los hombros y lo atraje hacia mí, abrazándolo, apaciguándolo, mientras los vestigios de su pesadilla seguían provocando espasmos en su cuerpo.
Estaba tenso, y por un momento pensé que quizá me había excedido un poco, aunque su actitud no era muy distinta a la mía al recibir el abrazo de Mycroft hacía un momento.
¿Qué se le puede decir a un hombre de tal categoría humana y tan bondadoso corazón, que acababa de sobrevivir a una terrible pesadilla que había durado tres días?
Lo abracé aún más fuerte y, tras tomar aire de un modo extrañamente tembloroso, hablé:
—No pasa nada, viejo amigo…
Sus temblores se habían intensificado y estaba rígido como una roca. Me tragué la vergüenza y dejé que las palabras escaparan de mi boca sin reservas.
—Estoy aquí… ¡y que me lleve el diablo si permito que le ocurra algo!
Un convulso estremecimiento lo sacudió y comenzó a temblar más violentamente que nunca.
De pronto, me devolvió el abrazo, apretándose contra mi estrecho pecho y rodeando mi cuello con una fuerza que me dejó sin aliento. Sentí su firme mentón apoyado en mi hombro y sus jadeos, cada vez más entrecortados, llenando mis oídos.
Cerré los ojos, combatiendo la irritante y ardiente sensación que comenzaba a nacer en ellos.
—No es por mí por quien temo —dijo al cabo de un momento con voz ronca y ahogada.
Asentí y lo estreché aún más fuerte en un abrazo protector.
Apoyó la frente en mi hombro y al cabo de un momento sus hombros empezaron a temblar, agitados, comprendí, por un llanto silencioso salvo por sus estremecidos jadeos.
—No pasará nada, Watson —repetí, y, en respuesta, sus brazos me estrecharon con más fuerza.
Y de algún modo, por ilógico que fuera, en ese momento sentí que todo saldría bien.
