"Hija de la Tempestad"


Cap. 24: Protocolo y diplomacia.


Había sido visto y no visto. En tan solo un día había ido y vuelto de su temeraria aventura por los bosques nevados de Bruma con menos dinero, la tranquilidad de haber visto a Martin durante un par de horas, y una montura nueva.

Una montura extraña, de un solo cuerno y que corría como una centella.

Su velocidad no se podía comparar a la de la yegua demoníaca del jefe... pero bastaba para, a partir de ahora, no gastarse ni una mala moneda en transporte o alojamiento.

Si no tenía que detenerse en los caminos, no tendría que pagar hospedaje en ninguna posada.

Además, con este nuevo cambio casi hasta podía aguantar eso de montar a caballo... aunque le siguieran dando miedo los susodichos animales.

Tempest estaba contenta, relajada tras haber salido de la atmósfera enranciada del Santuario de Cheydinhal, y volvía con las esperanzas renovadas, tratando de ser positiva, cruzando los dedos por que la famosa carta llegara ya diciéndole que todo estaba olvidado, que no habría penalización por lo que había hecho.

Deseaba con todas sus fuerzas que así fuera.

Por lo tanto, ya empezando a oscurecer, la chica llegó a la ciudad dunmeri, dejó al unicornio trotando a su aire por el bosque (tal y como había hecho durante su visita al Templo del Soberano de las Nubes) y, una vez estuvo segura de hallarse fuera de la vista de los guardias y transeúntes, se coló por el pozo al Santuario subterráneo.

Hubo ciertos... desacuerdos en el momento de llegar.

M'raaj-Dar la regañó por haberse ausentado del Santuario afirmando que la Mano Negra podría pensar que estaba huyendo de su más que probable castigo. Y eso no les traería más que problemas.

Antonietta solo mostró preocupación por saber dónde había estado, pero no la regañó.

Vicente, con mucha paciencia, se llevó a la muchacha a sus aposentos y le largó una buena charla acerca de las consecuencias que traen unas determinadas decisiones tomadas sin consultar, al buen tuntún.

A Gogron directamente es que ni le vio. Más tarde se enteraría de que había estado bebiendo como un descosido en la posada "Nuevas Tierras" (como llevaba haciéndolo cada día desde que se enterara de la muerte de Telaendril) hasta perder el control de todos sus sentidos. Llegó bastante tarde y como una cuba para dejarse caer sobre su correspondiente cama y dormir la mona.

Tempest soportó la regañina del khajiit y la extensísima charla del vampiro como buenamente pudo hasta que el propio Vicente comprendió que no era sano ni prudente darle tantas vueltas a las mismas cosas y cambió de tema, esta vez encauzado a tranquilizar a Tempest, quien desde que había puesto un pie en el Santuario había perdido de nuevo toda su serenidad y buen humor hasta empequeñecerse en la silla sobre la que estaba sentada.

La joven se encontró entonces sumergida en una charla más confortable, más en la línea de lo que quería oír... aunque lo que le dijeran no fuera a corresponderse en absoluto con la realidad. Simplemente necesitaba oír palabras alentadoras, cargadas de esperanza.

Y el vampiro le proporcionó aquellas ansiadas palabras.

Tempest logró relajarse y se atrevió incluso a hacer conjeturas, a ser fuerte, a fingir que tal vez fuera posible que la recompensaran por tan buena labor de investigación.

Y Vicente seguía hablando con aquella voz suya suave, de una tranquilidad inmensa que parecía decir entre líneas que todo saldría bien y que de nada habría que preocuparse ya... hasta el momento en que Antonietta Marie vino a llamar a su puerta para avisarles a él y a Tempest de la hora de cenar. Vicente no es que cenara... como propiamente se entendería en un mortal normal, pero le gustaba sentarse a la mesa mientras bebía de su copa y observaba o charlaba con los demás.

Vicente y Antonietta no habían hablado aquel día... y apenas si se habían visto antes de que ella se marchara.

Por ello la situación fue tan brusca en cuanto el súbito olor de la bretona mezclado con otro que el vampiro conocía muy bien... demasiado bien, le pegó de pleno en las sensibles fosas nasales de criatura sobrenatural... la bestia en su interior se revolvió y, descontroladamente, asió su copa llena de sangre y se la lanzó rabioso de frente con tan buena fortuna que Antonietta, rápida de reflejos como era, logró eludir el golpe posicionándose tras una de las puertas entreabiertas.

Tempest, completamente anonadada, dejó de lado sus pensamientos y se limitó a asistir a aquella escena surrealista como impotente testigo mudo mientras Valtieri se erguía desde su asiento y miraba con odio mal disimulado a la atónita rubia cuyo olor corporal tras la relación sexual de hacía unas pocas horas le insultaba los sentidos como si acabaran de escupirle en toda la cara.

Llevaba... soportando aquello durante años... ¡años, maldita sea!, ¡años con el olor de Lachance pegado en cada rincón de cada maldita nueva recluta medianamente bonita que la Hermandad aceptaba entre sus filas!

Desde que Lucien fuera un simple asesino de bajo rango con algunas de sus Hermanas de Santuario, hasta su ascenso a Silenciador con su por aquel entonces Portavoz, la dunmer Nadene Veleth... sin mencionar la cantidad de Silenciadoras que habían pasado por su cama desde su nombramiento como Portavoz. Porque el tipo solo concedía ése rango a féminas, todas mujeres jóvenes... ni un solo Silenciador varón, nada... siempre era lo mismo...

Con Antonietta había sido lo usual, y no pocas veces en los seis años que la joven llevaba en la Hermandad... se la llevaba a veces unos días, a saber dónde, o ella desaparecía por su cuenta para volver siempre rezumando sexo y olor al sudor del imperial pegado como una segunda capa de piel.

Sin embargo Vicente había esperado que en esta ocasión... tras todo lo que había sucedido, tras aquella Purificación fallida... ella dejara de verse con Lachance de una vez por todas y entendiera por fin cómo era la auténtica naturaleza del Portavoz.

Pero estaba visto que no. La carne es débil y Lucien Lachance jamás rechazaba un buen polvo si creía conveniente la situación.

Así pues, feroz, el vampiro arañó la madera de la mesa con sus largas uñas dejando profundas marcas en la superficie y nada dijo. Porque nada había que decir. Su rabia hablaba por sí sola.

- Vi... Vicente... - logró decir Tempest con un hilillo de voz.

Aquello devolvió al no-muerto a la realidad.

- ¡Llama a la puerta la próxima vez! - ladró sin quitar su vista albina de la bretona en frente suya - ¡Aprende modales!

Pero Antonietta entonces, repelida por aquella furia inexplicable, le dio al inmortal una mirada sumamente acerada.

- Podría decir lo mismo de ti. – replicó ácidamente, dando media vuelta – La cena está lista. – añadió con sequedad, desapareciendo escaleras arriba, de vuelta a sus guisos cotidianos y lamentando profundamente no haberle echado ajo a la comida en esta ocasión.

Aquella noche a Tempest le resultó sumamente violenta la tensión que se mascaba en la mesa. Vicente no le quitaba ojo de encima a Antonietta, Antonietta ignoraba a Vicente con gesto despectivo... jamás la muchacha imperial entendería aquella extraña tirantez entre ambos... como una bola de nieve que se va haciendo cada vez más grande y, de un momento a otro, amenaza con ponerse a rodar e ir arrasando con cuanto pille de por medio.

Pensó que, quizás, aquello solo se debía a que aún los nervios estaban a flor de piel tras lo ocurrido.

Por eso mismo no le dio mayor importancia aquella noche.

Pero la rigidez se mantuvo, no ya solo entre ambos bretones, humana y sobrenatural, sino también con M'raaj-Dar, que se revolvía nervioso de un lado a otro y bufaba por cualquier cosa, desde un simple plato roto hasta una botella de vino vacía.

Gogron seguía en su línea de no hablar con nadie e ir lo más ebrio posible las horas que anduviera consciente. Aquella era su manera de guardar luto: beber como un nórdico y, cuando andaba solo y sin alcohol de por medio, destrozar a puño desnudo el muñeco de madera hecho para practicar esgrima. Acabó con bastantes astillas en los nudillos y la nariz rota se le curó torcida, dándole un aspecto más agresivo del que el orco ya tenía por sí solo.

La carta prometida por Lucien Lachance llegó cinco días después y el alivio se hizo eco general por cada cámara subterránea de aquel refugio trastocado.

Por un lado nombraba encargado del Santuario a Vicente, encargada de los contratos a Antonietta y se instaba a Tempest a retornar al Fuerte Farragut con objeto de que el Portavoz imperial le diera instrucciones de cómo proceder de ahora en adelante.

La chica no perdió tiempo y, a galope una vez más sobre su nueva y extraña montura, llegó en menos de diez minutos a las puertas del viejo Fuerte imperial.

Rodeó nuevamente la estructura y descendió por la trampilla oculta dentro del tronco hueco y muerto de aquel árbol centenario.

Una vez en la lúgubre semipenumbra de la cámara habitable, el Portavoz se levantó parsimoniosamente de su mesa alquímica sobre la cual, para sorpresa de Tempest, estaba comiendo en aquel momento, y contuvo sus muchas ganas de sacudir a su invitada.

Todavía deseaba atizarla. Aunque solo fuera una colleja... o un guantazo... algo, por Sithis, algo con lo que descargarse...

- Ya era hora. – fueron las palabras cortantes con las que recibió a la joven – Tengo cosas importantes que hacer y he de ausentarme nuevamente por un largo período de tiempo, de modo que haremos esto rápido: La Mano Negra, que no yo, está encantada con tu servicio a Sithis mediante la investigación no autorizada que has realizado en favor de tu oscura familia de Santuario. – explicó sumamente rápido, poniendo especial énfasis en su total desaprobación sobre el asunto – Por ello y por voto mayoritario, entre los cuales te comunico que el mío no se encuentra, has sido invitada a compartir secretos que muy pocos miembros de la Hermandad Oscura saben de su existencia. - bufó, sumamente disgustado con lo que iba a anunciar - Tu vida en el Santuario ha acabado. Ésos contratos ya quedan atrás. Ahora servirás a la Mano Negra. - en esto que contuvo el aliento un instante, apretando los dientes - Me servirás A MÍ.

Tempest pegó un bote en el sitio al oír aquello.

- ¡¿Lo qué...?! - se le escapó a la chica en voz alta provocando, por consiguiente, que el Hombre Oscuro le diera una mirada asesina.

- ¡Cierra ésa boca tuya, insensata! – siseó malhumorado - De ahora en adelante, caminarás en las sombras como... mi Silenciadora. – masculló acentuando su expresión de mala leche - Solo recibirás contratos de mi persona. Una nueva vida acaba de comenzar para ti, así que supongo que deberías alegrarte.

Espérate, espérate un momentito… ¿qué?

Tempest miró con cara de entontecimiento al Hombre Oscuro – y ceñudo – frente a sí mientras trataba de procesar aquello.

Silenciadora…

¿Pero qué carajo se fumará esta peña? – pensó asombrada – O sea, cojo y me paso por el forro de las narices las órdenes directas de un superior, consigo que se carguen a un tío que solo cumplía órdenes, pongo a la Mano Negra en evidencia… ¿y me ascienden? Esta gente o está muy loca o le da mucho al skooma, una de dos.

Bueno, por lo menos en lo que respectaba a Míster Lachance, el tío no parecía demasiado contento con el asuntillo. Es más, probablemente si se tratara de él, estaría más que encantado de pegarle a la chica una buena patada en el culo y azotarla con una vara hasta hartarse.

O un reconfortante y bien dirigido puñetazo en el estómago de aquella renacuaja tocahuevos… oh, Sithis… si pudiera permitirse el lujo de hacerlo se iba a quedar más a gusto…

Hubo un momento de silencio incómodo. Para los dos.

Lucien no paraba de mirarla fijamente, sin pestañear, conteniendo todas sus malditas ganas de agarrarla por el pescuezo y sacudirla de lado a lado, y liarse a soltar improperios y… y…

Sithis, qué hostia la daba.

Tempest miraba, a ratos el suelo, a ratos la cara de mala leche de su jefe… y en lugar de sentirse aliviada por no tener que recibir castigo alguno, o asustada por su nuevo rango… o por tener de superior directo a Lachance, que sin duda alguna la putearía todas las veces que le fuera posible por haberle desobedecido… en lugar de eso, se encontró pensando otra vez en aquellas imágenes tan descriptivas y tan concretas y tan… sumamente pornográficas… con aquel tío en medio del asunto.

Inmediatamente le embargaron las náuseas.

¡Akatosh!, ¡para!, ¡para! – pensó desesperada - ¡¿Pero qué narices he comido?! ¡¿Estaría malo el bocadillo de esta mañana?! No vuelvo a desayunar bacon con queso y lechuga.

Ya iban dos veces. Dos.

Dos veces en las que se había puesto a pensar guarradas en presencia del Portavoz. ¿Tan desesperada estaba? En fin, no es que… bueno, ésa era una necesidad que no tenía por qué pesarla ya que no sabía ni lo que era, así que… ¿a qué coño venía todo aquello? ¿Se avecinaba algún tipo de cambio climático o es que dentro de poco le iba a venir el período?

Además, ¿el jefe? Akatosh, pero si debía de ser más viejo que la tos… puta fijación con los hombres imperiales maduros…

Nada de chavales de su edad, tan monos y tan bobos… nada, tenía que fijarse siempre en los tíos más acartonados que pillara… egh.

Eso le hizo gracia, mira tú. Si tenía ésa facilidad para pensar chorradas como contrapartida a sus muy alteradas hormonas, el asunto no iba del todo mal.

Bueno, no iba del todo mal... siempre y cuando aquel tipo no se le acercase más de lo estrictamente necesario. Teniendo ahora archivada en su cerebro la información de que estaba de "toma pan y moja" se le iba a hacer muy difícil lidiar con él sin pensar cochinadas de por medio.

Nunca le había pasado antes, ni siquiera con Martin o Lex, no... esta clase de atracción era algo distinto, algo menos idealizado, algo más... burro, más instintivo.

Porque sí, francamente, querer meter mano a un tío que te cae como una patada en el culo es del género bobo.

Es de estar tonta del bote y más salida que el pico de una mesa.

Dio gracias a Akatosh por llevar puesta en aquellos instantes la capucha de la Armadura Etérea, porque se notaba las mejillas más calientes que si se las hubieran dado de tortazos.

Supuso que sería la edad del pavo.

Pero Lucien Lachance, aún molesto y ajeno por completo al universo de indecencia fantasiosa que poblaba en aquellos instantes la alocada mente de su nueva Silenciadora, comenzó a impacientarse por el prolongado silencio de esta.

- ¿Y bien? - dijo cruzándose de brazos.

Tempest volvió a la realidad.

- ¿Ehm?

- ¡Muévete! - exclamó el hombre, harto y tenso hasta las puntas del pelo – Sal de mi vista y ve hacia la llamada "Colina del Héroe", al Sudeste de aquí. En la roca cubierta de musgo que allí hallarás hay un hueco que contiene un saco con tus nuevas Órdenes.

Tempest se le quedó mirando con cara de no entender una mierda.

- ¿Y por qué están allí, jefe? - preguntó rascándose detrás de la oreja.

Lucien Lachance se llevó una mano a la frente y se masajeó las sienes al tiempo que cerraba los ojos, conteniendo su repentina cefalea, y resoplaba.

Sithis, dame paciencia...

Haciendo un gran esfuerzo por no asirla del pescuezo y ahogarla, el Portavoz tomó aire.

- El método de comunicación entre un Portavoz y su Silenciador se rige por puntos de entrega dispersos por toda la provincia en la que se encuentren. En tu caso: Cyrodiil. - explicó lo más rápida y ordenadamente que pudo en aquel instante - El punto de entrega es un lugar secreto donde dejaré tus Órdenes, las recompensas que te hayas ganado y el lugar de tu próximo punto de entrega. La Mano Negra evita el contacto directo a toda costa así que, por lo tanto, no volverás a recibir Órdenes directamente. - tomó aire un momento e hizo un esfuerzo por relajarse - Cuando te vayas, no volveremos a hablar a menos que yo lo considere necesario.

La muchacha, en aquel instante, se temió lo que tanto se había temido durante aquellos días interminables.

- Jefe... ¿y los Portones? - se atrevió a preguntar con un hilo de voz.

La furibunda expresión del hombre se suavizó un tanto. Por lo menos la chica seguía centrada en su misión. Otra cosa no, pero no podía tacharla de inconstante.

- Para el tema de los Portones procede como de costumbre entregándole una nota a Vicente. – explicó más calmado – Yo, por mi parte, si veo alguno te lo haré saber a través de tus puntos de entrega o ya me encargaré yo de localizarte.

Tempest asintió más tranquila sabiendo que el jefe no le había dejado en la estacada.

Sin embargo, en un instante, vio al Hombre Oscuro moverse por la enorme cámara de piedra, terminar de comerse rápidamente lo que le quedaba de comida y recoger un par de cosas para, acto seguido, instarla no de muy buenas maneras precisamente a que abandonara Fuerte Farragut de inmediato.

Tempest ascendió la escalerilla hacia el exterior seguida muy de cerca por su jefe y tuvo que hacerse a un lado para dejarle salir por la trampilla en el hueco del árbol.

Pero había tan poco espacio en aquel tronco hueco que acabaron momentáneamente aprisionados en su interior, generando una incomodísima situación con el hombre y la chica tratando de moverse para salir por la grieta oculta entre la maleza.

- ¡Idiota! - exclamó Lachance sumamente alterado - ¡¿Cómo diablos se te ocurre ponerte a esperar aquí dentro a que salga yo de la trampilla viendo el poco espacio que hay?!

- ¡Lo-lo siento, jefe! - se excusó ella, tratando de salir y procurando no tocarle por donde no debía - ¡No lo pensé...!

- ¡Tú nunca piensas! - farfulló el otro cada vez más enfadado - ¡Quítate de en medio!

Y empujó a la muchacha tan fuerte que esta, en un momento, perdió el equilibrio.

Como acto reflejo, Tempest se agarró de la negra túnica de su superior y este, a su vez, también perdió el equilibrio y ambos se precipitaron hacia delante, donde estaba la grieta del árbol hueco, para acabar tirados en el suelo nevado llenos de hojas secas, raíces y nieve.

Tempest de cara al suelo, llenándose la boca de nieve, y el Hombre Oscuro encima de ella, también de cara al suelo.

Una vez ambos lograron incorporarse, Lachance echando espumarajos de rabia e indignación por las comisuras de la boca, Tempest escupiendo la nieve que se le había metido en la boca y sacando la lengua en un gesto de sumo asco.

- Blergh... sabe a tierra... - murmuró la joven asqueada hasta que se percató de la cara de "Yo te mato" que su jefe exhibía en aquellos instantes – Eh... creo que me voy a ir yendo... jefe. Hasta luego...

No queriendo darle tiempo a reaccionar como sabía que el Portavoz podría reaccionar ante aquella caída tonta, magnificándola como una falta de respeto, una afrenta o similar, Tempest se marchó con viento fresco y alas en los pies para perderse en la densidad arbórea y, tras asegurarse de que estaba completamente sola, comenzar a dar silbiditos cortos, lo mismo que si llamara a una mascota.

Y tampoco el asunto iba muy desencaminado ya que, al minuto, el blanco unicornio surgió de entre la espesura precedido de su sobrenatural brillo nacarado, se aproximó a la pequeña humana y la recibió con la alegría bailándole en los expresivos ojos azules.

Acariciándole distraídamente el hocico, la joven imperial logró subirse de un impulso a lomos del animal pese a lo bajita que era y se inclinó sobre la blanca oreja picuda para preguntarle:

- ¿Tú sabes dónde está la "Colina del Héroe"? Tengo que recoger algo allí.

La criatura, sin mediar siquiera un gesto con su cabeza, partió al galope de inmediato rumbo Sudeste. Ya que su amazona se orientaba tan penosísimamente, mejor sería que la cabalgada la dirigiese él.

Al fin y al cabo, era quien corría, ¿no?


- Por Akatosh... qué ventolera más mala... voy a acabar pescando una pulmonía. – se lamentó Tempest tiritando en el momento de desmontar justo en la cima de la susodicha "Colina del Héroe" donde, por efecto de la altura combinada con el perenne invierno presente, corría un viento que helaba el alma y provocaba que hiciera un frío de tres pares de narices.

El unicornio a su lado le echó encima el aliento para confortarla del temporal. Él no tenía frío y una criatura de su condición era imposible que muriera congelada por causas naturales, así que...

El tío ha dicho que debería de haber una roca cubierta de musgo hueca donde están mis instrucciones...

Aquel clima representaba un auténtico problema a la hora de hallar vegetación en mitad de la nieve, pues además de congelarse, era imposible ver ni un asomo de verde bajo toda aquella corteza de hielo.

La muchacha se lamentó el no haber aprendido en su día alguna clase de hechizo de la Escuela de Destrucción que implicara el uso de fuego durante su estancia como estudiante en la Universidad Arcana. Ahora ya, sin tiempo para absolutamente nada, había dejado al Gremio de Magos muy de lado... y le pesaba.

No viéndole otro remedio y notando la creciente llegada de la noche, Tempest, katana en mano, se dedicó a despejar de nieve el montículo de rocas que coronaban la cima de la colina hasta que, pasada una media hora, halló lo que buscaba.

El musgo de la roca aparecía cristalizado, congelado por completo, y lo mismo sucedía con la apertura de la roca: tenía los bordes helados y, por consiguiente, pegados entre sí. Aquello no había dios que lo moviera.

Frustrada y maldiciendo profundamente la elección de escondite de Lachance, ideada sin duda para molestarla y ponerle las cosas difíciles, la joven imperial fue a buscar dos ramas de madera seca que, tras otra maldita media hora que empleó friccionándolas entre sí, prendieron llama y capacitaron a la muchacha para derretir el hielo de la apertura y poder acceder finalmente a las Órdenes en su interior.

La carta en sí, firmada de puño y letra por Lucien Lachance lógicamente, no era lo que se dice muy amistosa. El tipo se había agarrado un buen rebote y pretendía hacérselo saber con todos los medios disponibles a su alcance.

Obviando el tono mordaz y los nada adorables adjetivos con los que la designaba sobre el papel, Tempest se centró en la misión que tenía ahora por delante: debía acabar con la vida de un tal Celedaen, una especie de nigromante que, al hallarse al borde de la muerte dada su avanzada edad, pretendía eludirla transformándose en un liche.

Parecía ser que el proceso era lento, de modo que aún estaba en fase de metamorfosis, pero eso no quitaba para que el viejo la electrocutase a chispazo limpio si se le ocurría enfrentarse a él en combate abierto.

Lachance, pese a su enfado con ella, le recomendaba una determinada forma de proceder para no enfrentarse a él: que se infiltrara en la cueva donde vivía en silencio, buscara algún tipo de registro escrito (una costumbre muy común entre los practicantes de la magia) y encontrara algún punto débil o se las ingeniase de tal manera que pudiera envenenarle o matarle mientras durmiera... si es que aún lo hacía, claro.

La misión sonaba a suicidio en toda regla. Y a Tempest no le apetecía nada de nada meterse en un lugar cerrado en compañía de un erudito lo bastante chiflado como para querer convertirse en un cadáver flotante que conservase la consciencia por los siglos de los siglos.

Con que una cueva, ¿eh? - pensó con rapidez, ganada ya cierta agilidad mental en este oficio consistente en asesinar sin ser detectado y sin tocar a la víctima – Me parece a mí que al señor nigromante y a sus repugnantes experimentos les van a dar un poco por el culo. Nada que un poco de brea, una botella de vino barato, chorrocientas ramas secas de árbol y dos cerillas no puedan manejar.

Porque sí, no tenía la más mínima intención de pisar ésa cueva ni de lidiar con, muy posiblemente, cadáveres reanimados producto de los experimentos del viejo loco ni los fantasmas de estos.

Así que, como ocurriera aquella vez en compañía de Mazoga con el asunto de Raelynn "Encuentratumbas", provocaría un simple incendio en el interior a gran escala y sofocaría al tipo. Así de fácil, así de bestia.

El inodoro e increíblemente suave hocico del unicornio a su lado le rozó levemente la pálida y fría mejilla, sacándola de sus pensamientos y haciendo que se centrase en el presente, en las bajas temperaturas que comenzaban a gestarse a su alrededor con la paulatina caída del sol en el horizonte.

A estas horas no le apetecía pero nada de nada ir trotando hasta Bravil. La susodicha cueva donde residía el nigromante en aquel momento estaba a dos días a pie desde la miserable ciudad ubicada en la Bahía del Niben, al Sudeste, cerca de los últimos afluentes del río de la Pantera, a prácticamente tiro de piedra de la frontera de Cyrodiil con Ciénaga Negra.

Y francamente... aquello eran muchas horas nocturnas cabalgando y no quería acabar con dolor de culo en mitad de la espesura en penumbra.

Nada, hoy dormiría en el Santuario y mañana...

Mañana ya veremos. Quisiera antes hacerles una visita a Martin y a Jauffre por el tema del Mysterium Xarxes... desde el asunto de la Ermita del Amanecer Mítico no hemos avanzado nada de nada.

Y era cierto. Martin iba muy lento, consultando libros de la biblioteca personal de los Cuchillas aquí y allá, informándose un poco acerca de las transliteraciones del daédrico a la lengua común... No existía un diccionario oficial ya que muchos eruditos compilaban sus años de estudio del lenguaje de los Daedra en volúmenes personales que no daban a conocer al público y, desgraciadamente, las bibliotecas de magos los guardaban con sumo celo bajo llave...

Tempest pegó un brinco en el sitio, ¿cómo no se le había podido ocurrir antes...?

¡Los Archivos Místicos de la Universidad Arcana!

Oh, Akatosh de su alma... con un poco de suerte, al ser una asociada con acceso y un miembro activo de los Cuchillas, igual Tar-Meena podría proporcionarle algún incunable de traducción al daédrico que tuvieran en el archivo privado.

Con esta idea tomando cuerpo en su mente, la joven Tempest se izó rápidamente sobre el lomo de su extraordinaria montura y, con suaves palabras, le susurró que la llevara hasta la Ciudad Imperial.

Daría un poco igual que tardasen toda la noche, irían por los caminos sin tomar atajos peligrosos y Tempest ya se iría a dormir mañana bien temprano para contrarrestar el cansancio del que seguramente se adolecería más tarde.

Además, cabalgando al unicornio nada había que temer. ¿A qué bandido se le ocurriría asaltar a una viajera montada en un ser semejante que, por descontado, corría veloz como el viento?

A nadie con un mínimo de sentido común, desde luego.


- Lo lamento profundamente, asociada, pero lo que me pides está totalmente fuera de mi radio de alcance.

La erudita argoniana Tar-Meena, de voz rasposa aunque apacible, le dirigía en aquellos instantes a la humana frente a sí la más seria de las miradas. No estaba de broma ni trataba de entorpecer los planes de la muchacha con inútiles y del todo innecesarias formalidades burocráticas bajo las cuales, siguiendo las normas con estricta rigurosidad, estaba terminantemente prohibido hacer entrega o siquiera prestar un volumen de investigación, impreso o no en edición limitada para uso exclusivo del gremio, a una estudiante de la Universidad sin la previa autorización del Archimago Traven por escrito y firmada.

- Pero es que necesito algo de ayuda para traducir varios textos en daédrico... - mintió Tempest a medias, sumamente nerviosa – Y puede que el saber qué pone en ellos marque la diferencia entre que sigan abriéndose portales al Oblivion o no.

La reptiliana mujer frente a ella alzó sorprendida la escamosa zona equivalente a su ceño.

- Tenemos a varios investigadores de alto renombre especializados en daédrico y otras lenguas relacionadas con el Plano sobrenatural. – sugirió – Tal vez si pudieras traer ésos textos contigo o una copia de los mismos...

- No puedo sacar la fuente original de donde está ni estoy capacitada para copiarlos. – expuso la joven imperial cruzándose de brazos.

Tar-Meena se rascó la alargada mandíbula pensativamente.

- ¿Y si uno de nuestros expertos te acompañara hasta el lugar donde se hallan ésos textos?

- Comprometería un asunto de Seguridad Nacional delatando la posición de los Cuchillas y de la línea de investigación que hemos estado siguiendo. – repuso la chica negando con la cabeza – Hemos de hacerlo nosotros, sin más testigos. Nadie ha de saber dónde tenemos guardados ésos textos.

La argoniana suspiró visiblemente cansada.

- Vamos, solo se trataría de que me deje pasar a la zona donde tienen los incunables y hacer como si no hubiera visto nada. – añadió Tempest con apremio.

- No se trata de que no quiera dejarte los libros... - expuso la mujer negando con la cabeza – La cuestión es que los originales ni siquiera se encuentran en nuestro archivo personal de la Universidad... Los incunables y los manuscritos originales de cualquier edición impresa son traspasados de propiedad del Gremio de Magos a la Biblioteca de los Pergaminos Antiguos de Palacio y, por tanto, bajo jurisdicción del Mago de Batalla Real vigente. En este caso: el Canciller Ocato.

Tempest tragó saliva al oír aquello.

El Canciller Ocato de Firsthold era un alto elfo oriundo de Estivalia con una extensísima experiencia tanto en el uso de la magia como en política refrendadas a causa de los muchos siglos que llevaba viviendo en este mundo y, durante los cuales, su único objetivo había sido ir escalando posiciones de poder en el corazón del Imperio a base de mucha paciencia, muchas horas estudiando, mucho oro invertido en el tráfico de influencias entre las altas esferas de la aristocracia cyrodiílica y muchos años sirviendo a la sombra del Emperador, el fallecido Uriel Septim VII, en materias mediadoras entre él y el Gremio de Magos.

A medida que el gobierno de Uriel había ido avanzado regado de desafortunados descalabros que culminaron en la famosa suplantación a manos del traidor Jagar Tharn, Ocato había ido granjeándose poco a poco la confianza del monarca hasta tal punto que este comenzó a delegar responsabilidades en el altmer al extremo de dejarle obrar a su libre albedrío en materias de Estado importantes. Tras la caída del traidor Tharn fue nombrado Mago de Batalla Real y Caballero del Imperio.

Ahora, con Uriel asesinado junto a su línea oficial de descendencia, Ocato ostentaba a efectos prácticos los poderes de un Emperador. Lo que dijera el Canciller iba a misa.

Y teniendo en cuenta su afiliación al Consejo de Ancianos y el poco o ningún aprecio que estos le tenían a la Orden de los Cuchillas... no resultaría nada sencillo solicitar una reliquia bibliotecaria para la causa de la Orden.

Tempest dudaba de que pudiera siquiera concertar una audiencia con tan importante personaje. Daría igual la clase de afiliaciones que la muchacha pudiera tener en los Cuchillas, en el Gremio de Magos o incluso en la Orden caballeresca del condado de Leyawiin, Ocato estaba muy por encima de todo aquello y su palabra, en aquellos tiempos desesperados, era ley.

Sin embargo...

Tengo que intentarlo... ha de atenderme, hay demasiado en juego para estas estupideces políticas.

Y lo intentó, vaya si lo hizo.

La Hija de la Tempestad, ni corta ni perezosa, había abandonado los Archivos Místicos de la Universidad Arcana a toda velocidad para presentarse sin más ni menos arreglo que su buena voluntad por montera ante las puertas del Palacio Imperial, la imponente Torre Blanca y Dorada de herencia Ayleid tras la caída de los elfos en las guerras de poderes contra los humanos, con la intención de solicitar una audiencia con efecto inmediato con el Canciller Ocato.

La estructura era tan imponente por dentro como por fuera, lo mismo que los guardias que la vigilaban: los Custodios.

Para empezar le ordenaron no hacer ruido ni perturbar la atmósfera de los pasillos exteriores a la Cámara del Consejo de Ancianos. Después le advirtieron de no pasar del primer piso, ya que aquella irrupción se consideraba delito penal. Por último se rieron en toda su cara cuando pidió audiencia con el augusto altmer.

- El Canciller Ocato no recibe audiencias hoy. – le había dicho uno de aquellos brutos con armadura blanca y dorada sin variar su pose ni su inexpresiva cara de palo.

Tempest había fruncido el ceño.

- ¿Y mañana? - había preguntado.

- Mañana tampoco. – fue la seca respuesta.

- ¿Y pasado mañana?

- Tampoco.

- ¿Y cuándo se supone que atiende al público? ¿Qué horario tiene?

La pareja guardiana de Custodios de la puerta principal se habían mirado entre sí un momento con evidente socarronería.

- El Canciller Ocato NO recibe a NADIE. – remarcó el de la derecha con una arrogante sonrisa de autosuficiencia – A nadie, desde luego, de baja cuna. Gente del populacho como tú, ¿lo captas... plebeya? - dicho lo cual, ambos se habían echado a reír a mandíbula batiente como el encantador dúo de asnos acorazados que eran.

Aquello había encendido los humos de la muchacha a niveles astronómicos por cada segundo que pasaba.

Sin mediar palabra, había desenfundado rápidamente su katana akaviri y la había esgrimido de frente en vertical, tal y como le habían enseñado a sujetarla en el momento de jurar armas.

Los guardias Custodios, repentinamente alarmados de que aquella renacuaja hubiera desenvainado un arma, sacaron sus propios aceros de sus fundas y se colocaron de inmediato en la posición de combate que durante su instrucción marcial les habían enseñado.

- No cometas ninguna estupidez, ciudadana. – le advirtió el que antes la había llamado "plebeya" - Tira la espada.

Tempest entornó los ojos, fieros y cargados de una súbita electricidad azul.

- ¿Sabéis lo que esto? - preguntó tranquilamente.

- Tira tu arma.

- ¿Lo sabéis o no? - insistió la chica.

- ¡Obedece, ciudadana! - ladró el compañero del que había hablado antes.

Tempest resopló.

- ¿Sois idiotas o es que simplemente el único ojo que os funciona es el del culo? - bufó indignada - ¡Es una puta katana akaviri, borricos!

Los tipos intercambiaron entre ellos miradas de desconcierto.

- ¿Una qué?

Tempest se llevó una mano a la frente, presa de un repentino dolor de cabeza.

Los pides más tontos y no los fabrican...

- Una ka-ta-na a-ka-vi-ri. – silabeó despectivamente, como si les estuviera hablando a un par de retrasados mentales - ¡El arma oficial de la Orden de los Cuchillas, joder!

Los tipos se la quedaron mirando honestamente anonadados.

- ¿Los Cuchillas? - preguntaron al unísono con la misma estúpida expresión grabada en sus brutales rostros - ¿Eres de los Cuchillas?

- Vaya, hombre, por fin se os encendieron las lucecitas del coco. ¡Bravo! - ironizó la chica enarcando una ceja y torciendo la boca en un gesto de sumo escepticismo mientras fingía aplaudir, aún con la katana en la mano.

El de la izquierda se rascó la cabeza bajo el aparatoso casco blanco y dorado que portaba en ella.

- ¿Quién te envía? - preguntó finalmente.

- Mi Orden necesita solicitar cierto favor del Canciller. - replicó la joven enfundando nuevamente su preciada arma en su cinto.

- Ahora no está en disposición de recibir a nadie, está reunido en la Cámara del Consejo.

- Vale, ¿le puedo esperar aquí entonces?

- Tú misma...

Así pues, apoyándose de espaldas contra el muro circular opuesto a la puerta de entrada de la Cámara del Consejo, Tempest esperó de brazos cruzados por espacio de hora y media hasta que el debate del día fue dado por concluido y los componentes de la élite del Consejo de Ancianos, todos hombres humanos o altmer mayores de treinta y cinco años y de posición social privilegiada, fueron abandonando paulatinamente la sala hasta que solo quedó una figura dentro, aún sentada en completo silencio sobre el asiento con el respaldo más prominente de la enorme tabla redonda en torno a la cual los treinta sabios se reunían.

Al ir saliendo ordenadamente aquellas eminencias por la puerta, Tempest no había visto a ningún altmer que le llamara especialmente la atención en particular hasta que, al penetrar por su cuenta en la imponente estancia circular gris, de varios pisos de altura y largas vidrieras verdes verticales que la proveían de una increíble y majestuosa iluminación de día; frente a la mesa de piedra del Concilio adornada con diez efigies de la Gema Real, rodeado de columnas que soportaban la titánica arquitectura Ayleid cilíndrica, se hallaba reposando con gesto ausente un hombre, un mer.

Aproximándose cautelosamente, Tempest observó que se trataba de un altmer el cual, pese a su engañoso cabello castaño rojizo impecablemente recortado y peinado hacia atrás al estilo cyrodiílico y la innegable tonalidad dorada de su piel, debía de estar ya en su etapa de madurez avanzada. De haberse tratado de un humano corriente, la chica hubiera aventurado que rondaría los cincuenta.

Era increíblemente alto, pudiendo llegar a gusto a los dos metros de pie, muy espigado y con unas facciones aunque duras, sumamente estilizadas dado su linaje élfico.

Ataviado con una larga túnica roja sin cinturón de mangas amplias y cuello cerrado, ricamente bordada en hilo de oro con motivos vegetales entrelazados con varios dragones alargados, más en la línea de la estética akaviri que del Imperio, aquel hombre parecía sacado de alguna clase de relato fantástico oriental más que del mundo de la política. Solo le faltaba la barba ya que, como la inmensa mayoría de los de su raza, era lampiño.

Suspirando brevemente, el elfo se había puesto en pie, había tomado su bastón de mago que había estado reposando de pie contra el lateral derecho de su asiento durante aquella extensísima y tediosa reunión, y, al ir a salir a su vez de la cámara para retornar a sus aposentos e iniciar su maratón diaria de correspondencia con los nobles de las diferentes provincias, firmar peticiones del Gremio de Magos, revisar los documentos administrativos del Tesoro Real, y un sinfín de papeleo burocrático que, dado su alto cargo, no delegaba en ningún otro, se sobresaltó en cuanto la pequeña muchacha imperial de cabellos verdes se cruzó en su línea de alcance visual.

- Disculpad mi irrupción. – dijo la chiquilla esbozando una sonrisa cordial para restarle importancia al asunto – Pero me temo que no sois un hombre fácil de ver, Canciller Ocato. - se excusó usando deliberadamente el plural mayestático y el lenguaje relamido con el que siempre le había oído al jefe expresarse ya que, además de la posición que el tipo aquel ostentaba, según había oído a los altmer les encantaba que les dorasen la píldora con complicadas fórmulas de protocolo y cortesía.

El Canciller, si bien sorprendido en una primera instancia con las palabras de la chica, entrecerró inmediatamente sus sesgados ojos color miel de tal manera que, además de acentuársele las protuberancias óseas frontales y las arrugas a ambos lados de los ojos, Tempest pudo observar cuando le vio los párpados que llevaba una ligera sombra de kohl en estos para resaltar la fría sobriedad amarilla de su mirada.

- ¿Quién eres y qué quieres de mí? - dijo rápidamente con una voz, si bien no enteramente desagradable, sí bastante teñida con una aguda nota de irritación – Tengo cosas importantes a las que atender. El Imperio no se gobierna por sí mismo. Entrega tu queja al departamento correspondiente y estoy seguro de que alguien se hará cargo de ella. - afirmó pasando por delante de la muchacha sin darle tiempo ni siquiera a explicarse – Buenos días.

Tempest, no muy decidida a dejarle marchar, le siguió a toda velocidad fuera de la cámara ya que los pasos que sus piernecitas daban nada tenían que hacer frente a las elegantes pero extensas zancadas que el altísimo elfo desplegaba en el nada desdeñable pasillo circular de la planta baja.

- ¡La Orden de los Cuchillas solicita permiso para llevarse un libro de traducción del daédrico a la lengua vernácula de la Biblioteca de los Pergaminos Antiguos! - exclamó la muchacha en voz alta, cosa que hizo al Canciller detenerse en mitad de su caminata en seco, como si le acabaran de echar un balde de agua fría sobre la cabeza.

Girándose lentamente, el altmer le dirigió una mirada amarilla cargada a partes iguales de incredulidad e indignación.

- ¿De los Cuchillas, has dicho? - inquirió con una nueva nota de exasperación pincelando los ricos matices de su voz de tenor - ¿Te envía Jauffre? Explícate, rápido.

Tempest tomó aire, terriblemente incómoda al tener que encarar a alguien tan alto desde su muy corta estatura.

- La Orden necesita un libro de traducción al daédrico ya que no hay ningún ejemplar impreso u original en los Archivos Místicos de la Universidad Arcana para que podamos disponer de él libremente. – explicó – Y de ello puede depender que podamos frenar esta invasión de Portones que se viene gestando en las entrañas del Oblivion hará más de un año desde el incidente de Kvatch.

Ocato permaneció unos instantes como congelado, sopesando interiormente esta extraña petición.

- No es una demanda... muy usual que digamos, y máxime viniendo de los Cuchillas. – cuestionó - ¿Para qué es el libro?

- Ya os lo he dicho...

- No me refiero a la finalidad de su uso, sino el qué se pretende traducir. – siseó el elfo cada vez más contrariado.

- Unos textos.

- ¿Qué clase de textos?

- Si os lo digo se filtrará información y nos descubrirán. Hay espías incluso en la Ciudad Imperial, infiltrados entre el pueblo.

- ¿Qué disparate es ése?

- Ninguno, Canciller. Una reciente investigación nos ha revelado el posible paradero del Amuleto de Reyes.

- ¡¿Qué?!

La joven, alarmada, le hizo un gesto con las manos de que disminuyera el volumen de voz.

- Por favor, no tan alto...

- ¡No hasta que me expliques, punto por punto, el qué se está gestando aquí a mis espaldas y sin el conocimiento del Consejo de Ancianos! - exigió el altmer sumamente indignado - ¡¿Cómo es que no se me ha informado de esta eventualidad?! ¡¿Por qué habrían unos guerreros de interesarse por unos textos que ni siquiera comprenden?! ¡¿Dónde se han metido los Cuchillas desde la muerte del Emperador Uriel Septim y qué han estado haciendo?! ¡Habla!

Pero Tempest, harta ya de tanta cháchara y explicación que, muy posiblemente, les pusiera al descubierto frente a cualquier par de oídos indiscretos, puso los brazos en jarras con bastante poco decoro y bufó.

- ¡Suficiente! - exclamó sin remilgo alguno - ¡¿Vais a concederme ése tomo de traducción sí o no?!

El elfo la observó completamente atónito, su gesto altanero totalmente desvanecido y su irritación petrificada. Su mente se hallaba, por vez primera en muchos años, en blanco, anonadado porque una mujer... una humana... ¿le acababa de gritar en mitad de los pasillos del Palacio Imperial...?

Y, en ése preciso instante, leyendo la expresión facial de aquel hombre, Tempest no tuvo muy claro si sentirse orgullosa de su arrojo o desear haberse mordido la lengua hasta haberse hecho sangre por la colosal metedura de pata que suponía... haberle gritado al Canciller Supremo.

Protocolo y etiqueta a hacer puñetas. Diplomática como ella sola.

Como de costumbre muy ella, muy Tempest.


Vale... este sitio es precioso, pero da un yuyu...

La Biblioteca de los Pergaminos Antiguos, ubicada en los niveles primero y segundo de la parte central de la Torre Blanca y Dorada, comprendía una misma sala circular de dos pisos dispuestos de tal manera que comunicaban entre sí por una escalera de caracol y que tenían cada uno una puerta de salida individual, siendo la de la segunda planta un acceso directo a los aposentos de los Sacerdotes de la Polilla, tejedores ciegos de seda, eruditos en la ciencia de los Pergaminos Antiguos y, principalmente, guardianes de los archivos y Pergaminos Antiguos bajo custodia del Imperio.

Y a Tempest, con eso de que podían oírla, que no verla, sumado a que dos mujeres integrantes de la Orden de la Polilla, ciegas también, le tocaron la cara para poder reconocer sus facciones en un futuro por si acaso... aquello le daba muy, muy mal rollo.

No le permitieron tocar absolutamente nada y hubo de esperar sentada pacientemente a que los sacerdotes bibliotecarios le trajeran un pequeño muestrario de varios volúmenes manuscritos para que los hojeara y determinara cuál de ellos podría servir mejor a su propósito.

Tempest no es que entendiera mucho en realidad de manuscritos, códices y diccionarios de daédrico, pero se esforzó en buscar uno que cubriera las necesidades de Martin.

El único problema de los manuscritos y de las recopilaciones personales de años de estudio es que muchas de ellas estaban en sucio, escritas con prisas, y resultaban la mayoría de las veces casi ilegibles.

Encontró algunos que sí se leían bien pero que, además de extenderse en anotaciones y apéndices innecesarios, tenían fragmentos de otros estudios y de cosas que nada tenían que ver con el asunto del lenguaje daédrico.

Agotada, tras varias horas cansándose la vista con letras imposibles de leer y parrafadas varias en chorrocientos dialectos distintos y un exceso de lenguaje mágico lleno de signos diacríticos, Tempest, finalmente, encontró un modesto tomo sencillito y bastante bien organizado por alfabetos, tanto el latino como el daédrico, cuya autoría parecía básicamente anónima, y que parecía bastante adecuado al propósito inicial de dar soporte interpretativo.

Así pues, dando a conocer su elección a los ciegos Sacerdotes de la Polilla, citó el título del libro y uno de ellos, con un curioso artefacto de botones con relieves para los dedos que, según los sacerdotes, les permitían leer y escribir mediante el tacto en un sistema que ellos denominaron braille, escribió la constancia de que el susodicho manuscrito había sido retirado para mantener un cierto orden y dejar archivada su devolución pendiente.

Muy contenta de que todo hubiera salido según lo planeado y que el Canciller, si estirado y algo borde en un principio, fuera un tipo lo bastante razonable como para, en vez de echarla del Palacio por su desacato, concederle entrada libre con préstamo de la biblioteca mejor guardada de todo Cyrodiil; Tempest fue a salir de la Biblioteca de los Pergaminos Antiguos para irse derecha a la Universidad Arcana, comer algo y meterse directa a la cama cuando, sorprendida, captó una sombra moverse entre las estanterías de la planta baja.

Intrigada, la chica se aproximó al lugar donde había visto a la susodicha sombra y se encontró a cuadros cuando un individuo que se escondía tras una estantería cerca de la pared la vio y se llevó un dedo a los labios en clara señal de que no le delatara.

Parecía humano e iba vestido con una armadura de cuero blando muy similar a la que utilizaban muchos miembros del Gremio de Ladrones, con el rostro tapado por una especie de capucha gris que le cubría la cabeza y la parte superior de la cara hasta la nariz dejando al descubierto por un par de orificios solo los ojos, que eran azules.

No fastidies que es un...

Sin darle a la joven mucho tiempo a reaccionar, el ladrón, pues no era otra cosa, la asió de la muñeca y la llevó de un tirón donde él estaba escondido para taparle la boca acto seguido y hablarle al oído de modo que solo ella pudiera oírle.

- Me viene de perlas que tú, precisamente, estés aquí. Ahora escúchame atentamente: sube las escaleras, ve a las habitaciones de los sacerdotes, genera una distracción que los aleje de la biblioteca y sal de ahí. Nos encontraremos en la puerta de los aposentos del Canciller, ¿sabes dónde están?

Tempest, además de alucinada con la situación, no entendía ni papa.

¡¿Perdona?! ¡¿Pero qué me estás contando, tío...?!

El ladrón, confiado, le quitó la mano de la boca a la muchacha y esperó su respuesta.

Tempest se acercó a su oído y le dijo en voz baja.

- ¿Y por qué narices iba yo a ayudarte? Eres un ladrón.

El tipo suspiró.

- No empecemos con jueguecitos tontos, ¿quieres? Eres la chica de Christophe, Hija de la Tempestad.

Tempest no salía de su asombro.

- ¿Cómo sabes...?

- Digamos que estoy pertinentemente informado de tu situación en el Gremio. – le interrumpió él haciendo un gesto con la mano – Además de que no creo que haya por ahí muchas chicas humanas con el pelo verde, ¿a que no?

Tempest rodó los ojos. El pelo, siempre era por la mierda del pelo...

- Este no es mi trabajito, simpático. Apáñatelas tú solo.

El tipo pareció en aquellos instantes honestamente sorprendido.

- ¿Dejarías que atrapasen a un compañero del Gremio de Ladrones?

Tempest resopló.

- ¿Compañero? Aquí cada uno va por libre, ¿sabes? Mientras no nos matemos entre nosotros, no está escrito en ningún lado que debamos ayudarnos.

- En eso te equivocas.

- Pues a mí nunca me ha ayudado nadie...

El desconocido suspiró nuevamente.

- ¿Y si te lo pido por favor? - probó.

Tempest enarcó una ceja.

- ¿Y si me das el cincuenta por ciento de la comisión que cobres? - probó ella a su vez.

- No hay dinero en esto. – respondió el tipo enigmáticamente – Ni comprador. Esto es por la gloria. Si me ayudas, nuestros nombres se convertirán en leyenda. Es el gran golpe. Este es el robo sobre el que se escribirá y hablará en las décadas venideras: la sustracción de un Pergamino Antiguo de la biblioteca de Palacio.

La joven imperial se quedó con la boca abierta, completamente pasmada.

- Tú estás mal de la chola...

- No. Necesito ése Pergamino.

- ¿Y para qué? Por lo que he leído por ahí no se pueden ni siquiera abrir sin quedarte ciego.

- Si sabes cómo protegerte no.

Tempest volvió a bufar, exasperada.

- Mira, tronco, si no hay pasta no hay ayuda, ¿lo pillas?

- ¿Y si te digo que la recompensa puede llegar a ser mayor que el oro?

- Paso de ser famosa, tío.

- Tú ayúdame, confía en mí y tendrás tu recompensa. Y no tiene nada que ver con la fama. Es... sencillamente una muy buena recompensa, mayor que lo que te hayan dado jamás. ¿Lo harás?

La chica le observó con suspicacia.

- ¿Seguro?

- Seguro.

Y Tempest acabó aceptando, claro que sí. Aceptó ya por el simple hecho de la curiosidad que le despertaba el concepto de una recompensa mayor que el dinero, pues no podía concebir nada más valioso en cuestiones de latrocinio.

Y en qué bendita hora dijo que sí.

No solo se armó el lío padre cuando montó la distracción pertinente, que consistió en enredar varias madejas de hilo entre los muebles del dormitorio y, una vez terminada la trampa, se dispuso a tirar jarrones y demás objetos decorativos con la intención de llamar la atención de los monjes ciegos quienes, una vez llegaron a la habitación, se arrearon bien de golpes al tropezar con los hilos. Si no hubiera sido por la clase de situación a la que Tempest estaba sometida en aquellos instantes, le hubiera parecido hasta cómico.

Y ahí no acabó la cosa. No.

Luego estuvo el asunto de salir por patas, burlar la seguridad, meterse en los vacíos aposentos del Canciller, despejar la chimenea de hollín y...

- ¡Yo por ahí no me tiro! - siseó Tempest en voz baja al ver el enorme hueco tras la chimenea que daba a un abismo cuyo final no alcanzaba la vista.

- No te pido que te tires, alma de cántaro. – replicó su dudoso compañero tratando de contener la risa – Quiero que te subas a mis espaldas a caballito y te agarres bien fuerte. Yo saltaré por los dos.

- ¡Nos mataremos! ¡Vaya plan de mierda!

- Confía en mí.

- ¡Y unas narices!

- O eso, o nos pillan los Custodios y vamos a prisión. Elige.

Tempest entonces, sin muchas posibilidades a las que aferrarse y haciendo caso omiso de lo que su estridente sentido común le voceaba en aquellos instantes en lo profundo de su mente racional, se asió de un salto a las espaldas de su compañero y este, sin dudar, se precipitó al vacío negro de pie, rezando por que las famosas botas del igualmente famoso ladrón Springheel Jak frenaran la caída de la chica y él a tanta distancia.

No había tenido tiempo para probarlas a tan gran escala.

Tras aquellos segundos que les parecieron a ambos una Eternidad en la incertidumbre de si morirían o no, una vez los pies del ladrón impactaron en el suelo, las suelas mágicas de las botas rebotaron en la piedra de la cripta bajo tierra a la que habían ido a parar y se rompieron.

Tempest y su compañero, con el impulso del rebote, cayeron al suelo juntos como un enorme saco de patatas y se arrearon un buen golpazo.

Tosiendo, sudada de arriba abajo y temblando como un flan, Tempest se levantó del suelo viendo doble con un buen chichón en la coronilla mientras que su compañero, aún tirado en el terreno pedregoso de la cripta y lleno de moratones, se reía como una hiena de puro alivio al saberse vivo.

- Tío, se te va la olla. – repuso la muchacha negando con la cabeza, tratando de mantener el equilibrio dado su terrible mareo – En serio, háztelo mirar... tienes el coco hecho polvo.

El hombre nada dijo y, levantándose a su vez con la vista doble también, asió a la pequeña muchacha de la cintura, la levantó en vilo y se puso a dar vueltas con ella en brazos, igual que si fuera una niña.

Tempest en aquellos instantes pensó que echaría hasta la primera papilla. Tenía el estómago hecho un siete.

- ¡Lo logramos!, ¡lo logramos! - exclamaba el ladrón sin dejar de reír - ¡Sí!, ¡tenemos el Pergamino Antiguo con nosotros!

- Eso y unas ganas de vomitar que flipas...

El hombre entonces, dándose cuenta del estado de la muchacha, paró de dar vueltas y la contempló sonriente sin soltarla.

Tempest sacudió un par de veces la cabeza, tratando de despejarse un poco.

- Dioses... ¿qué doyen te ha encargado este trabajo? Es para no trabajar con él si me lo asignan. Ha sido a grandes rasgos un auténtico suicidio...

La sonrisa permaneció inamovible en el rostro enmascarado del individuo.

- ¡Yo mismo! - exclamó exultante - ¡El Maestre del Gremio!

- ¡¿Qué...?!

La bajó.

- No jodas que eres... - comenzó Tempest.

- El Zorro Gris, sí señorita. – confirmó el otro sin dejar de sonreír haciendo una exagerada reverencia cortesana – A tu servicio.


Nota de la autora: ay... cómo me ha costado terminarlo, Dios... estoy muy contenta y muy cansada jajajaja Lo siento, he estado haciendo cosas, escribiendo otros fics y no me venía la inspiración, así que...

Bueno, ¿os lo esperábais? Ya tenemos al Zorro Gris en escena jajajaja Creo que ha sido una de las partes más divertidas de escribir, la verdad :D

EloisaFernanda: ¡ajá! ya sabía yo que le tomarías manía a Lucien, pero yo te digo una cosa: ni Lucien es tan malo y asqueroso como parece ni Vicente es tan noble como aparenta. Ahora mi misión es que, como conoces el lado oscuro de Lucien, comiences a conocer las cosas buenas que tiene (que no son muchas pero sí bastante valiosas) y veas cómo atraviesa la etapa del traidor. Te aseguro que, pese a que seguirá siendo un capullo, no le odiarás tanto después :)

Bien, gente... no sé cuándo actualizaré ya que, en breve, tendré que ponerme a estudiar y solo tendré tiempo en vacaciones. Si saco algún capítulo ahora seguido será porque me haya venido la inspiración, pero no contéis con que sean periódicos. NO LA VOY A DEJAR ABANDONADA, para que lo sepáis y no temáis, pero las publicaciones serán menos asiduas, éso es todo :)

Un saludete y que tengáis un bonito día, que yo estoy que me caigo de sueño... jajajajaja