Lo que menos ganas tenía de hacer en ese instante era eso. En serio debería haber dormido en la noche; yo nunca dejo la tarea para otro momento, lo que era un claro indicio de que estaba cansado. Eso y el hecho de que los párpados me pesaban y los ojos me ardían cada vez que los cerraba o parpadeaba por un mísero segundo.

Aunque debía admitir que la mocosa era la principal razón de mi dicha escasez de atención.

Dejé de lado todo lo que tenía que ver con trabajos e hice una de las cosas que más me gustaba hacer: mirarla. Sí, de nuevo. Era algo de lo que nunca me cansaría ni en un millón de años.

Una de las cosas que más me llamaba la atención -dejando de lado sus cualidades de vampiro- era su cabello azabache. Además de suave, era muy lacio, demasiado, tanto que hasta parecía que se lo hubiera planchado y, de no ser porque sus puntas eran levemente onduladas, lo creería. Este caía sobre su espalda, en forma de cascada, excepto por algunos mechones rebeldes que se iban hacia su rostro, los cuales ella acomodaba al instante detrás de su oreja; al parecer le molestaba tener un solo mechón fuera de lugar.

Por instinto, mi mano viajó hasta su cabellera y tomó una pequeña parte de ésta. Jugué con ese pedacito de pelo por unos largos minutos, enroscándolo entre mis dedos y luego peinándolo.

Joder, ¡hasta incluso lo trencé! ¿Desde cuándo yo sabía hacer una trenza? En fin, tampoco podía negar lo relajante que era al hacerlo, ya que su suavidad era como una ligera caricia en mis manos.

― ¡Levi! ―escuché de repente.

Me sobresalté un poco y al instante solté el mechón de pelo, lo que ocasionó que la perfecta trenza que había hecho se deshiciera. ¡Demonios! Me había costado armarla y que no quedara desastrosa.

―Tch, mocosa. ¿Por qué gritas? ¿No ves que por fin me había salido bien?

― ¿Qué cosa te salió bien? ¿El ejercicio de física? ―preguntó "molesta", aunque sarcástica.

Mierda...

―Vamos, mocosa. Lo haré luego ―dije y, como último recurso añadí: ―. ¿Qué tal si tomamos un pequeño descanso? ―me acerqué peligrosamente a ella, pero ésta se apartó en un santiamén.

―Si no los resuelves ahora, lo que menos tendrás es eso. ―se puso de pie e hizo ademán de tomar sus cosas―. Y, además, me iré, así que...

―Ya, ya, está bien. ―no la dejé terminar, tomé la lapicera con pereza y seguí haciendo los ejercicios―. ¿Contenta? ―pregunté, irónico.

―No hasta que los termines ―sentí su mirada sobre mí, de seguro para confirmar que no estuviera haciendo trampa y me saltara los ejercicios para hacerlos luego.

De a rato, no podía evitar mirarla fastidiado ante la estúpida sonrisita burlona que se le había pegado a la cara desde que obedecí como perro sus órdenes. Joder, ¿desde cuándo yo acataba al pie de la letra lo que decían los mocosos?

Me demoré más de media hora en resolver esos estúpidos y míseros puntos. Había tardado de más, ya que las miradas de Mikasa me ponían nervioso o fastidiado (depende de qué mirada era), haciendo que me equivocara en repetidas ocasiones en las mismas putas cosas.

―Ahora sí. ¿Contenta? ―volví a preguntar.

Ella me arrebató la hoja de las manos y se dedicó a observarla, viendo con detenimiento si había algún error. Aunque vamos, ¿qué error tendría?

―Están todas mal ―dijo de repente. Sentí como si me hubieran golpeado el estómago al escucharle decir esas tres simples palabras.

― ¿Qué? No me jodas, dame eso ―se lo quité. Volví a repasarlo y estaba todo perfecto. ¿De qué mierda hablaba? ―. ¿Dónde está el error, mocosa?

―Ahí y ahí ―señaló varias zonas de la hoja. Inmediatamente llevé mi vista donde me indicó: nada.

― ¿Eres tonta, mocosa del infierno? Están bien...

―Están mal ―me contradijo―. Vuelve a hacerlos y te darás cuenta.

―Pero, mocosa... ―inmediatamente me callé cuando la vi tomando su mochila―. Tsk, temperamental...

Luego de otros veinte minutos borrando y escribiendo, por fin (otra vez) acabé. Cuando los miré, la venita en mi frente apareció sin dudarlo. ¡Habían quedado completamente iguales que antes!

―Mocosa, no entiendo cuál es el puto error ―solté, fastidiado. Nunca me había equivocado en problemas de física.

―Ah, eso... No había ninguno ―dijo como si nada, mientras me observaba como si hubiera dicho lo más normal del mundo.

―Hija de... ―me contuve para no terminar insultándola y traté de sonar calmado―. ¿Todo este tiempo estuvieron bien?

―Exactamente ―me observó por unos segundos, divertida―. Eso te pasa por estar de vago, trenzando mi pelo, en vez de ponerte a hacer la tarea ―y como si nada, fue a sentarse al sillón de la sala.

Inhala profundo y exhala...

Está bien, está bien, me lo merecía...

―Mocosa... No te mato en este momento solo porque me ayudaste a hacerla... ―comencé a guardar todo en su lugar y, en cuanto terminé, fui a sentarme junto a ella.

―Tampoco podrías si lo intentaras ―contestó, burlona. Y aunque sus palabras tenían un poco (mucho) de razón, no pude evitar fastidiarme.

―Qué graciosa ―evité mirarla porque si no terminaría cediendo con tan solo fundirme en sus ojos.

―Vamos, no te enojes ―sentí como se acercaba a mi lado lentamente, depositando un delicado beso en mi mandíbula.

Luché contra mis instintos como pude, tratando de que me quedara, por lo menos, alguna diminutiva pizca de dignidad.

Ese era mi objetivo, lo era, hasta que sentí que posicionaba sus cálidas manos en mi cuello y acercaba su rostro al mío. En el momento en que nuestras narices se rozaron y nuestros ojos encontraron los contrarios, no pude evitar abalanzarme sobre ella, devorando y saboreando su boca como un necesitado.

Y allí iba mi dignidad: directo a la mierda.

Suspiré sonoramente contra sus labios una vez que el beso terminó.

De todas formas, ¿cómo podía enojarme con la mocosa?

Era imposible; ridícula y simplemente imposible. Ella tenía un no sé qué, que me transmitía una paz indescriptible, como si estuviera en el lugar y con la persona indicada. Con solo una mirada o una diminuta sonrisa, podía hacerme sentir mil cosas que no podría explicar en ese momento. Me hacían quererla para mí solo; mía y de nadie más.

En eso pensaba, cuando un pequeño mareo me inundó por completo. Mikasa me sostuvo justo a tiempo antes de que terminara por caer del sillón y mi cara diera de lleno contra el suelo. Segundos después, cuando esa molesta sensación se calmó, tomé mi cabeza con ambas manos y respiré profundamente. ¿Tanto me había afectado el hecho de no haber dormido por dos días? Al parecer sí. Y era bastante molesto, la verdad. Antes podía aguantar esto y hacerlo parte de mi rutina, pero ahora me parecía estúpido que mi cuerpo decayera tanto por estar demasiado tiempo sin dormir.

―Te dije que debías dormir mejor, enano ―comentó Mikasa con preocupación.

¿Es que acaso ahora dejé de ser un anti-vampiro y puede leer mi mente a la perfección?

―No es nada, mocosa―le resté importancia, mientras tallaba mis ojos, los cuales ya estaban ardiéndome de sobremanera.

―Es mejor que duermas, enano. Si quieres me voy... ―estaba por levantarse, pero la interrumpí; no quería que se fuera.

―No te vayas ―dije al instante, sin pensar mucho lo que estaba diciendo―. Quédate, mocosa.

― ¿Seguro?

Sabía perfectamente por qué me cuestionaba. Ya que, la mayoría de las veces, cuando me sentía mal o cansado, prefería que no hubiera nadie conmigo. Pero este era un caso diferente; era mi mocosa y no me molestaba.

―Sí, seguro ―respondí.

A continuación, me puse de pie con cuidado de que no me vaya a pasar lo mismo. Una vez que comprobé que podía caminar correctamente, procedí a sacarme la campera y dejarla colgada en el perchero de la entrada. Cuando volví a la sala, pude ver a la mocosa haciendo lo mismo, sólo que ella dejó su campera doblada sobre el espaldar del sillón.

De nuevo, me senté junto a ella, ya que al parecer la mocosa tenía algo que decirme. Pero no emitió ni una palabra y eso me confundió un poco. La miré expectante y ella, al ver mi expresión extrañada, dio unas leves palmaditas en sus muslos, indicándome que podía recostarme sobre su regazo.

La idea me pareció interesante y, aunque me encontraba un poco nervioso, no tardé mucho en acatar su orden, usándola como almohada. Al levantar mi vista hacia su rostro, logré ver que ella también estaba ligeramente nerviosa, pude descifrarlo al instante por el leve sonrojo que se colaba en sus mejillas.

― ¿Desde cuándo? ―pregunté de repente. Luego corregí la pregunta cuando me di cuenta de que lo que acababa de decir no tenía mucho sentido―. Digo, ¿desde hace cuánto tiempo que comencé a gustarte?

―Si te lo dijera, creo que te estaría mintiendo ―hizo una pausa antes de seguir hablando―. La verdad, no sé en qué momento comenzaste a gustarme, enano bastardo. Sólo que, de un día para otro, me di cuenta de que tu sola presencia me era más que suficiente para sentirme completa...

Se detuvo abruptamente al ver que yo la observaba con una sonrisa altanera.

Joder, ¿cómo no sentirme así con lo que acababa de escuchar? Fue tan cursi, pero a la vez esas palabras me inundaron de satisfacción.

―No te burles, estúpido ―dijo avergonzada―. ¿Y tú? ―preguntó curiosa―. ¿Cuándo te diste cuenta?

―Digamos que lo mismo que acabas de decir ―dije simplemente―. Solamente que yo no voy a decir tanta cursilería, mocosa.

Si tan solo supiera sobre todo lo que pienso de ella cuando la observo, me tragaría todo lo que digo y me declararía el hombre más cursi y embelesado del mundo. Así que, las palabras que acababa de soltar, me quedaban muy grandes, demasiado.

―Tonto ―tiró de mi pelo levemente en protesta, pero luego comenzó a peinarlo y a enroscar mechones entre sus dedos, de la misma manera en que yo había hecho con el suyo.

Mierda, era relajante y eso sólo me hacía dar más sueño del que ya sentía.

No transcurrió mucho tiempo cuando mis ojos comenzaron a cerrarse por sí solos y me entregué por completo al sueño...

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Me desperté lentamente, tallando mis ojos con cansancio, al tiempo que bostezaba. En cuanto espabilé por completo, pude darme cuenta del olor a rosas que me daba de lleno en la cara. Abrí los ojos algo descolocado y, cuando estos se acostumbraron bien a la oscuridad de la sala, pude darme algún indicio de lo que sucedía.

Mikasa se encontraba acostada a mi lado o, más bien, yo estaba levemente recostado sobre su cuerpo.

Al parecer, a ella también le había dado un poco de sueño y había aprovechado la situación para dormir un par de horas.

Ahora la pregunta era: ¿Qué hora era? Estiré el brazo lo más que pude, tanteando mi mano en la mesa ratonera hasta que al fin sentí que me topé con mi celular. Lo tomé y lo prendí, cegándome un poco por el brillo que se encontraba al máximo.

Observé la hora como pude: 4:07 a.m. Volví a dejar el aparato en la mesa.¿Tanto había dormido? Puede que hasta la mocosa se encuentre despierta, pero su profunda respiración me indicaba lo contrario.

Me incorporé un poco, con cuidado para no despertarla, levantando ligeramente la cabeza y así poder observarla por unos segundos. Su níveo rostro se divisaba tan tranquilo y sereno entre la oscuridad, parecía como si nada pudiera turbarla en ese momento. Sus labios se encontraban apenas entreabiertos y, gracias a eso, tuve el impulso de tocarlos y juntarlos con los míos, pero lo dominé; no quería interrumpir su sueño.

Volví a recostarme despacio, enterrando mi nariz en la curvatura de su cuello y drogándome con su exquisito aroma. Si bien estábamos apretujados en el estrecho sillón, para mí era lo más cómodo del mundo.

Con uno de mis brazos rodeé su cintura, mientras que mi otra mano acariciaba su brazo descubierto, delicadamente, apenas tocando su suave piel. Pasó un poco de tiempo y estaba a punto de quedarme dormido de nuevo, sin embargo, un pequeño sonido me interrumpió.

Me reincorporé y observé a Mikasa, quien se estaba moviendo inquieta y susurraba cosas que no tenían demasiado sentido.

Mierda, mierda, mierda.

La desesperación se apoderó de mí, al escuchar que murmuró "Mamá", y luego de unos segundos "Papá".

―No se vayan... ―dijo en un susurro, como una pequeña niña.

¿Qué mierda estaba soñando?

Claramente con sus padres, pero el sueño debería de ser muy traumático como para tener que hablar de esa manera mientras dormía: tan triste y rota. Cuando la vi así, sólo pude reflejarme a mí mismo y acordarme de las pesadillas que me atacaban sin piedad cuando me encontraba deprimido, hace ya más de un año y medio. Y lo peor es que no eran pesadillas normales, eran recuerdos; recuerdos de los últimos momentos que pasé con Kenny y también con Kuchel. En ellas, volvía a vivir el preciso instante en donde vi a ambos con sus cuerpos ya sin vida...

―Mocosa, estoy aquí... ―susurré, acariciando su rostro―. No pasa nada, no te preocupes.

Besé sus labios tiernamente y luego hice lo mismo con su frente, mientras no dejaba de rozar mis dedos contra su cabello, peinándolo repetidas veces hacia atrás y esperando que la misma sensación de tranquilidad la inundara, justo como a mí me había pasado cuando ella lo hizo conmigo.

Pocos segundos después, su respiración regresó a la normalidad, no volvió a removerse y dejó de murmurar cosas.

Suspiré, viendo como volvía a su semblante angelical y pacífico que tenía al dormir. Me quedé unos cuantos minutos de esa manera, verificando que no le volviera a suceder nada, pero mi preocupación se esfumó por completo cuando pude divisar una pequeñísima sonrisa escaparse de sus labios.

Ya tranquilo, me acomodé nuevamente con ella, abrazándola por si las dudas y hundiendo otra vez mi nariz en su cuello. No tardé mucho en quedarme dormido yo también, al saber con certeza que la mocosa ya se encontraba segura. Esta noche, junto con la noche en la cual ella durmió conmigo hace tres meses, habían sido las noches más plácidas en años. Todo gracias a ella...

Aunque no podía decir las mismas palabras al despertar horas más tarde...

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―Ay... ―me quejé al sentir el frío piso golpear todo mi cuerpo, aunque en especial mi rostro.

―Levi... ¿Qué haces en el piso? ―preguntó Mikasa, mientras se estiraba y tallaba uno de sus ojos. Se veía tan tierna recién despierta.

―Nada ―dije, mientras me sentaba en el suelo y sobaba mi cara―. Fíjate que el piso está bien cómodo... ―ella me miró confundida―. ¿Tú qué crees? Me tiraste cuando te despertaste, mocosa.

―L-lo siento ―se disculpó, mientras se ponía de pie y acomodaba los pequeños almohadones del sillón―. ¿Dormiste bien, enano?

―De maravilla, mocosa ―pude ver como se sonrojó levemente―. ¿Y tú?

―También ―dijo con una bonita sonrisa. Al parecer no recordaba su sueño, o de seguro estaba tratando de evitarlo―. Prepararé el desayuno...

―Oye, espera. ¿Sabes prepararlo? ―pregunté desconfiado.

―He estado practicando, enano ―dijo ofendida―. ¿Me dejas usar tu cocina? Será algo sencillo.

Lo pensé por varios segundos, dudando sobre si dejarla o no. Pero al ver su expresión tuve que ceder. Joder, ¿por qué tenía que hacer esa cara tan endemoniadamente bonita? Creo que ella ya sabía el efecto que tenía sobre mí y estaba usándolo en mi contra.

―Está bien, pero no vayas a incendiarla ―advertí.

―No me llamo Levi Rivaille ―dijo burlona, mientras desaparecía de la sala.

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~Siete días después~ ~Preparatoria: 8:46 a.m.~

―Por favor, silencio ―pidió el director en voz alta. Otra vez el calvito había ido al salón, de seguro para pedirnos el dinero del viaje que se realizaría en tres días―. Ahora, con ayuda de la señorita Zoë, pasaremos a pedir el dinero. Espero que lo hayan traído, al igual que la autorización firmada de sus padres ―observó a varias personas del salón, incluyéndone― al menos la mayoría.

Hanji, quien se localizaba de pie junto al director, comenzó a pasar por todos lados, recibiendo los sobres con el dinero y anotando en una lista a todos los que irían y le habían pagado. Estaba segurísimo de que se ofrecía de voluntaria para ayudar sólo para que la dejaran usar el laboratorio. La cuatro-ojos, por lo que pudo contarme Erwin, lo había explotado o dañado innumerables veces, así que no le quedaba de otra más que persuadir para lograr ocuparlo.

Con pereza, saqué un pequeño sobre blanco de mi mochila, el cual contenía todos los gastos.

¿Tanto sólo por un viaje de dos semanas? Me parecía ridículo.

Dios, cuando vuelva me pondré a buscar trabajo al instante.

Dejé el sobre arriba la mesa y disimuladamente me di vuelta, viendo si la mocosa al fin se decidía por ir o no ir; era ahora o nunca. Pude ver como tenía su mochila entre sus manos, de seguro dudosa por sí sacar el dinero o dejarlo allí dentro.

Mi mano se movió por sí sola, posándose sobre la suya. También pude ver la de Sasha sobre el hombro de la mocosa, apoyándola a que fuera.

Finalmente, cuando Hanji pasó por nuestros lugares, vi cómo Mikasa le extendía el sobre y se lo entregaba. La cuatro-ojos sonrió satisfecha, ya que había intentado convencerla estos últimos siete días, pero no había logrado nada.

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~Sábado 20:30. Entrada de la preparatoria~

―¡Enanín! ¡Por aquí! ―gritó fuertemente Hanji, moviendo las manos en desespero para que me diera cuenta en dónde estaban.

Erwin estaba a su lado, mirándola divertido, mientras que los demás alumnos que se encontraban allí con sus bolsos la ojeaban como si estuviera loca; aunque no era muy diferente de la realidad.

La entrada de la preparatoria había sido el punto de encuentro para juntar a todos los alumnos de 4-A y 4-B. En la calle estaba estacionado un gran autobús de dos pisos y, por lo que pude ver, era uno nuevo.

―No hace falta que grites, cuatro-ojos de mierda ―espeté fastidiado, mientras caminaba hacia su encuentro―. Pude verlos desde hace una cuadra.

―Fue por precaución ―se excusó, levantando los hombros. A continuación, observó mi mediano bolso negro de viaje―. ¿Viajas ligero?

―Sólo son dos semanas ―comenté, confundido―. No es como si tuviera que llevar valijas para ir.

―Te lo dije, Hanji ―habló Erwin, burlesco, mientras codeaba a la cuatro-ojos―. Eres una exagerada.

― ¡No lo soy! ―respondió histérica. Cuando los inspeccioné bien, pude darme cuenta de que, al lado de la castaña, había dos valijas malditamente enormes―. En una está el maquillaje, los accesorios y mi ropa interior de corazones y osos ―qué sincera―. Y en la otra están los vestidos, la ropa que me pondré y algunos libros, obviamente.

― ¿De corazones y osos? ―el cejotas silbó―. Qué sexy...

― ¡Lo es! ―respondió ella, segura―. Además, no soy la única que lleva valijas. Todas las chicas también las traen.

Me giré a ver a todas las mocosas y sus equipajes, pero había más valijas que mocosas en el lugar. Al observarlas, sólo pude preguntarme si todo eso entraría en el compartimiento del autobús en el que iríamos.

Suspiré.

¿Hacía falta traer tantas cosas?

―Oh, ahí está Mikasa ―el comentario de Hanji me sacó de mis pensamientos―. ¡Ey, Mikasa, por aquí!

Volteé en la misma dirección en la que la cuatro-ojos y el cejotas miraban. De inmediato pude divisar a la mocosa, quien caminaba hacia nuestro lado. Venía con un bolso negro, parecido al mío, y una mochila del mismo color colgada en su hombro.

Debía admitir que esos leggins negros y esa musculosa blanca apretada, marcaban muy bien su figura, le quedaban demasiado bien. No obstante, odié de sobremanera cómo muchos chicos la miraban al pasar. Por primera vez, bendecí que tuviera su campera negra puesta, sino estaba seguro de explotaría en cualquier momento.

Cuando llegó, nos saludó levemente con la mano, mientras que los otros dos a mi lado la recibieron emocionados, de seguro porque era la primera vez que la mocosa venía a uno de los viajes.

―Wow, ¿son reales? ―preguntó Hanji y, a continuación, con su dedo índice, tocó uno de los senos de Mikasa por sobre la musculosa, haciéndolo rebotar―. ¡Sí, lo son!

Joder...

Nunca me voy a poder sacar esa imagen de la cabeza.

No sé si era la costumbre o qué, pero unas interminables ganas de matar a la cuatro-ojos me inundaron por completo. Y más cuando me di cuenta de que algunos habían presenciado la curiosa y rara escena entre las dos, estando de babosos mirando y susurrando cosas como "Yuri".

¿Qué mierda era eso?

También me percaté de que Erwin estaba medio sonrojado y con unas tremendas ganas de reírse por lo atrevida y desvergonzada que era Hanji al tocarla con tanta confianza y sin su permiso.

Por último, llevé mi vista hacia la mocosa, la cual estaba completamente descolocada, todavía procesando lo que había pasado hace unos segundos. Cuando espabiló, de inmediato se subió el cierre de la campera hasta taparse, sin importarle si hacía demasiado calor (aun cuando ya se había hecho de noche), y no se atrevió a mirar a nadie a la cara. Su reacción avergonzada fue demasiado bonita y no pude evitar sonreír ladino al escuchar que Hanji y Erwin comenzaron a reírse por cómo se había puesto ella.

― ¿De qué se ríen? ―preguntó Petra, quien acababa de llegar, colgándose del cuello de Hanji.

―En resumen: Hanji es una pervertida y le tocó los pechos a Mikasa. ¡Hasta rebotaron! ―explicó Erwin como si nada.

Demonios...

¿Pueden dejar de hablar de los senos de mi mocosa?

Petra se puso roja al instante, mientras miraba a Hanji y luego a Mikasa, realizando esa acción repetidas veces. Se quedó unos segundos resolviendo cálculos en su mente y por fin se dignó a hablar. Estaba seguro de lo que iba a decir:

― ¿Ustedes son...? ―preguntó y no terminó de formular la pregunta, ya que Hanji la interrumpió.

―Oh, no, mi querida Petra, no lo somos―la cuatro-ojos se puso a un costado de Mikasa y pasó uno de sus brazos por los hombros de ella―. Aunque tampoco me molestaría, ¿qué dices, Mikasa? ―a continuación, volvió a dirigir sus manos hacia el pecho de la mocosa y apretó ambos senos fuertemente por sobre la campera.

Mikasa chilló bajito al sentir cómo la tocaron y las carcajadas de los otros tres no tardaron en aparecer. En cambio, yo estaba que ya me salía humo de la cabeza. ¿Cómo se atrevía a tocar a mi mocosa de esa forma?

―Bienvenida al grupo, Mikasa ―dijo Erwin de repente―. Si Hanji te hizo una broma o te puso un apodo, significa que ya eres parte.

La mocosa se quedó perpleja por unos segundos, sin creerse mucho lo que acababan de decir. Aunque luego de unos segundos, les dedicó una bonita media sonrisa. Debía sentirse feliz por comenzar a tener más amigos y, claro, eso también me alegró a mí.

― ¡Sonrió! ¡Sonrió! ¡Sonrió! ―gritó Hanji emocionada, mientras que la estrujaba en sus brazos en un incómodo y fuerte abrazo―. ¡Te viste muy tierna! ¡Cásate conmigo!

Casarse, mis pelotas...

―A ver, a ver, silencio... ―la profesora Riko habló en voz alta―. Háganme el favor y dejen sus bolsos... ―observó las decenas de valijas de las chicas― digo, maletas, en ese sector. Luego suban al autobús en orden. Pueden sentarse con quien quieran, pero si comienzan a armar escándalo yo mismo elegiré con quién se sentarán. ¿Entendido?

Todos asintieron en un gesto afirmativo, y más al escuchar esas últimas palabras. La profesora Brzenska era de esa clase de profesora tan hija de puta que ya sabía con quién te llevabas mal, y sería un verdadero infierno que te sienten con esa persona en un viaje de nueve horas.

― ¡Vamos en el piso de arriba! ―dijo Hanji emocionada, mientras arrastraba sus maletas desesperadamente hacia el sector indicado por Riko―. ¡Muevan sus traseros que nos ganarán el lugar!

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¡Hola! Perdón por tardar. Sé que dije que lo subiría hace dos días atrás pero esta vez tardé por una buena razón jaja. Pasa que el capítulo originalmente iba a tener 3.000 palabras, pero cuando estaba por subirlo dije: "We, esto no me convence demasiado, vamos a hacerlo más largo" ... Así que, por eso lo subí tan tarde. ¡Perdonen!

¿Qué les pareció el capítulo? Espero que les haya gustado :3

¡Saludos!

Akane :3