Dedicado a Miriya por su cumple, que fue ayer. ¡Felicidades, guapa, espero que te lo pasaras muy bien!

Capítulo 25 Continúan los problemas

JAMES POTTER INTENTA ROBARLE SU MAGIA A SCORPIUS MALFOY

Galatea Chipperbird, En un giro inesperado, Albus Potter, hijo mediano del Jefe de Aurores Harry Potter y nuestra ex compañera periodista Ginny Potter, acusó ayer a su hermano mayor James Potter de intentar quitarle la magia a Scorpius Malfoy y causarle con ello graves daños físicos y mágicos que podrían ser permanentes. Al parecer, James Potter usó un Accio para arrebatarle la magia; a pesar de su perversa intención, el hechizo no habría tenido mayores consecuencias de no haber sido porque ese pequeño vaivén en su magia interfirió con una pulsera de Scorpius encantada para funcionar como un hechizo localizador.

James Potter fue detenido sobre la una de la tarde; después de prestar declaración y ha sido puesto bajo arresto domiciliario en espera de que llegue el juicio. El menor ha admitido los hechos y según fuentes confidenciales, obró así llevado por la rabia que le producía haber perdido contra el joven Malfoy en el partido Slytherin-Gryffindor de hace dos semanas.

El futuro de James Potter se presenta ahora bastante incierto. La pena para los menores de edad condenados por robo de magia, el peor delito de nuestra sociedad, es de cinco años de cárcel, pero el tribunal podría tener en cuenta otras circunstancias. Algunos miembros del Wizengamot que prefieren quedar en el anonimato han expresado su preocupación ante la posibilidad de que Potter sea juzgado con excesiva benevolencia debido a la posición de sus padres. El ministro Shacklebolt rechazó esa posibilidad y aseguró que el menor no recibirá un trato especial, cosa que esperamos que sea vea confirmada durante el juicio.

Hiram Rookwood, rival de Shacklebolt en las próximas elecciones a ministro, comentó en una rueda de prensa que apoya a los Malfoy en estos tristes momentos y que confía en que el Wizengamot actúe con imparcialidad y objetividad.

Por otro lado, el estado de Scorpius Malfoy sigue revistiendo de suma gravedad. Su vida está fuera de peligro, pero su actividad cerebral es casi vegetativa y los medimagos se muestran reservados ante sus posibilidades de recuperación y ofrecen muy poca esperanza de que, en el mejor de los casos, pueda practicar de nuevo la magia. Hasta el momento, los Malfoy no han hecho declaraciones, pero amigos de la familia han relatado que se sienten "destrozados" por la terrible agresión al pequeño.

Harry había estado tan ocupado el día anterior que no había llegado a pensar realmente en la prensa. Cuando llegó a su casa a la mañana siguiente con un receloso Albus, se encontró con que había media docena de periodistas en la puerta, ansiosos por conseguir una declaración.

Ginny, James y Lily se encontraban desayunando. La niña los saludó alegremente, James con timidez y Ginny con una expresión que indicaba que aún estaba tan enfadada como la noche anterior, sobre todo con él.

-¿Has leído El Profeta? –dijo, lanzándoselo por encima de la mesa.

Consciente las simas morales que había conocido ese periódico en sus tiempos, Harry lo leyó casi con miedo, pero aunque no había sido exactamente el enfoque que él habría preferido, lo encontró casi imparcial. Bullard podría haber hecho muchísimo más daño.

-No es para tanto –contestó, encogiéndose de hombros y devolviéndoselo. Ella puso los ojos en blanco y Harry picó el anzuelo-. ¿Esperabas que no publicaran nada?

Ginny le dio un manotazo al periódico.

-¿No te das cuenta de que nos van a convertir en el hazmerreír de todos? ¿No te das cuenta de que van a azuzar al Wizengamot para que sean estrictos con James? Kingsley no va a jugársela por ti a un mes de las elecciones.

Harry la ignoró.

-Tenemos que organizarnos hasta el juicio. James no puede salir de casa y tampoco me parece buena idea que se quede solo mientras están todos esos periodistas en la puerta. Yo tengo que pasarme por el trabajo a ver qué tal van las cosas por allí. ¿Puedes quedarte tú con ellos? ¿O llamamos a tu madre?

-Me quedaré yo –dijo ella, tensa.

Harry se encontró pensando que no sabía si era buena idea dejar a Albus allí con Ginny. El mero hecho de pensar algo así de su mujer le hizo sentirse como una mierda, pero la verdad era que la tenía delante y en cierta manera, era como si estuviera mirando a una extraña.

Una extraña que lo acusaba de la muerte de Fred.

Era como si no pudiera quitarse eso de la cabeza. Había pasado media noche pensando en esas palabras. Y aunque había una parte de él que sabía que tenían que hablar y hacer las paces, fue incapaz de dar el primer paso.

-Entonces nos vemos luego.


Los medimagos le habían dado la poción a Scorpius con la papilla del desayuno; si iba a surtir efecto, iban a notar los primeros síntomas hacia las diez de la mañana. Pero al mediodía, Scorpius seguía sin cambios. Pinetree dijo algo de consultar a un especialista de la India y, tras prometer que seguiría intentándolo, les dejó a solas para que lidiaran con sus esperanzas perdidas.

Lucius miró a su nieto sin emoción. No tenía derecho a presentarse ante él y mostrarse apenado hasta que no se hubiera cobrado en sangre aquella ignominia.

-Draco, Astoria –empezó Narcissa-, estáis absolutamente agotados y no sabemos cuánto tiempo va a durar esta situación. ¿Por qué no os vais a casa a descansar? Necesitáis dormir en una cama, ducharos de verdad.

Ninguno de los dos quería oír hablar del asunto y Astoria empezó a ponerse desagradablemente emotiva; era una gran chica, pero le faltaba algo más de auto-control. Lucius, que estaba tan preocupado por ellos como su mujer, también insistió con su tono más firme y al final consiguieron hacerles entrar en razón. Tras hacerles prometer que les avisarían inmediatamente si se producía algún cambio, Draco y Astoria dejaron la habitación con aire agotado.

Narcissa ocupó entonces el lugar en el que había estado su nuera y acarició el flequillo del niño.

-Ya no puede ser Albus.

Lucius ya lo había estado pensando también. Su sed de venganza era abrumadora, pero Albus se había vuelto contra alguien de su sangre por defender a un Malfoy. El gesto debía honrarse como merecía y Albus Potter era intocable. En mejores circunstancias, habría sido considerado como un amigo de la familia, alguien con derecho a pedirles protección y lealtad.

-Sí, lo sé. ¿James? La verdad es que preferiría que no fuera la niña.

Era de la edad de Cassandra y la idea le resultaba incómoda.

-No… Le debemos cierta deferencia a Albus. Que sea James.

Lucius asintió pensativamente. Abandonar el país no era algo que llevara mucho tiempo; abandonarlo sin dejar atrás millones y millones de galeones, considerando todos los negocios, tierras, depósitos e inversiones en los que estaba enmarañado el patrimonio Malfoy, podía costar años, sobre todo si no querían llamar la atención antes de tiempo.

Era una pena que eso fuera a afectar también a Albus, al que le estaba realmente agradecido por su gesto, pero las circunstancias no permitían otra cosa.

-James Potter, entonces.

Narcissa esbozó una suave sonrisa y después volvió a acariciar el cabello de Scorpius.

-No conocerán la paz, cariño. Te lo prometemos.


Nada más llegar al ministerio, Harry se había sentido el centro de todas las miradas con una intensidad que hacía años que no experimentaba; al fin y al cabo, la mayor parte de la gente estaba ya acostumbrada a verlo a menudo. La mayor parte de esas miradas eran de ánimos y unas cuantas, de desaprobación. Harry los ignoró a todos, bajó hasta su despacho y se encerró en él con Chloe para que esta le pusiera al día de las novedades. Había señales de que el monstruo estaba moviéndose por las Tierras Altas y había varios agentes de distintos departamentos buscándola. Aquella noche, alguien había roto los cristales del escaparate de una tienda de Hogsmeade que era propiedad de un mago de origen muggle y habían escrito "sangresucia muérete" en la fachada. Aún había vigiles interrogando a los vecinos; alguien decía haber visto a un par de figuras de oscuro alejándose del pueblo, pero eso era todo.

-Aquí estamos relativamente tranquilos, jefe. ¿Por qué no te vas a casa? Tu familia te necesita.

-Sí, no tardaré en marcharme.

-¿Cómo están James y Albus?

-Podrían estar mejor, pero supongo que también podrían estar peor.

Harry también se fue a hablar con Kingsley; pese a lo que había dicho Ginny, Harry no pensaba que el ministro fuera a jugársela a James sólo para mantenerse en el puesto. Para conseguir el arresto domiciliario de James, tres miembros del Wizengamot tenían que dar su aprobación: Kingsley había sido el tercer nombre, junto al de Harry y el de Hermione.

Cavan Broderick estaba en su puesto, como era habitual. Harry no sintió esta vez el más mínimo deseo sexual por él; tenía la cabeza muy alejada de aquello.

-Jefe Potter, me alegro de verle. ¿Están todos bien?-En él tampoco había trazas de coquetería, al contrario de lo que había pasado las últimas veces.

-Sí, gracias.

-Siento lo que ha pasado, señor. Avíseme si puedo ayudar en algo.

Harry volvió a darle las gracias.

-¿Está el ministro?

Broderick asintió y Harry entró al despacho. Kingsley estaba escribiendo una carta y pareció sorprendido al verlo.

-¿Qué haces aquí, Harry? Vete a casa a estar con tu familia, que podremos sobrevivir un día sin ti.

-Sólo quería ver cómo estaban las cosas.

-Ya te dije que te llamaríamos si había alguna novedad. Dime, ¿cómo está James?

Harry le fue contando cómo estaban todos sin entrar en detalle y pasando por alto su discusión con Ginny y su noche en Grimmauld Place. Al igual que había hecho el día anterior, Kingsley estaba preocupado por James, pero no perdía de vista la gravedad de sus actos. Harry se dio cuenta también de que Kingsley lo miraba con sincera compasión, comprendiendo lo duro que debía de estar siendo ese momento para él no sólo como padre, sino también como auror.

-¿Has podido leer El Profeta?-Suspiró-. Harry, habría sido mil veces mejor que tu hijo hubiera tratado de asesinarlo. Si el Wizengamot acepta el cargo de robo de magia, será un milagro que no le caigan los cinco años que marca la ley.

-¿Cómo están los ánimos?

-No sé qué decirte. De momento, casi todas las personas con las que he hablado estaban demasiado conmocionadas como para reaccionar. Y todo depende también de cuánto azuce el grupo de Rookwood en nombre de los Malfoy. Supongo que ellos irán a por la máxima pena; me extraña que no hayan dado ninguna rueda de prensa todavía.

-Supongo que no tardarán.

Harry se fue después a buscar a Hermione. Había pasado por su despacho antes de ir al de Shacklebolt, pero entonces no la había encontrado allí; ahora sí que estaba, leyendo afanosamente un pesado libro. Ella también se sorprendió al verlo, pero Harry se dio cuenta enseguida de que su expresión al preguntarle por James indicaba que se sentía culpable por algo.

-Hermione, ¿qué te pasa?

Ella cerró los ojos un momento.

-Harry, lo siento tanto… Esto no estaría pasando si no hubiera cambiado las leyes. Yo nunca pensé que…

Se detuvo, como si pensara que si seguía hablando iba a acabar llorando. Harry, la verdad, ni siquiera había pensado que hasta hacía unos años, los menores de edad no podían ir a Azkaban, y que Hermione había sido una de las impulsoras de ese cambio. Él había votado también a favor; Azkaban no era un balneario, pero tampoco era ya el foco de infecciones que había sido hasta la guerra. Ya no había dementores, la comida y la higiene eran decentes y las celdas eran humanas; una temporada en la cárcel para un chaval de dieciséis años que hubiera matado a alguien no parecía nada del otro mundo. Además, la ley estipulaba que cumpliría su condena en condiciones especiales: los padres podrían visitarlo dos veces por semana, acudiría a sesiones con un psicomago con la misma frecuencia y tendría derecho a cuatro permisos de tres días al año, aunque durante esos permisos estuviera obligado a permanecer en arresto domiciliario.

No, no había parecido una mala idea entonces. Seguía sin poder creer que fuera una medida injusta en sí. Aunque dolía como mil demonios imaginar a James pasando por todo aquello, fueran cuales fueran las condiciones especiales.

-Yo apoyé tu propuesta. Hermione, tú no tienes la culpa. –Harry tenía otras cosas en la cabeza y suspiró, mirándose las manos.-Cuando os fuisteis tuvimos una bronca impresionante. Albus y yo hemos pasado la noche en Grimmauld Place.

-¿Os echó? –preguntó, impresionada.

Harry no había planeado hablar con ella de Ginny, pero necesitaba desahogarse, contarle al menos parte de lo que le pasaba por la cabeza.

No lo de Fred. No quería contarle lo de Fred.

-No. Decidí irme para no seguir discutiendo y tranquilizarme y Albus me dijo que quería venirse conmigo. Por lo que parece, Ginny no estuvo muy afortunada con Albus.

Hermione meneó la cabeza.

-Le echó en cara que se hubiera hecho amigo de Scorpius y que hubiera hablado con Zabini antes que con vosotros. Intenté hacerla razonar, pero… -Harry se quitó las gafas para frotarse los ojos. Ya imaginaba que Ginny debía de haber dicho algo parecido, en vista de cómo había dejado a Albus, pero no era agradable oírlo-. Está muy alterada con todo esto. Bueno, todos lo estamos.

-Sí, vi que Ginny no era la única que pensaba que Albus le debía una disculpa a James.

-No es que me parezca bien, Harry, pero has de tener en cuenta que todo ha pasado muy rápido y la gente aún ha de pensar las cosas. Yo hablé anoche con Ron y él se dio cuenta de que Albus había hecho bien en contárselo a Zabini, que lo primero era salvar la vida de Scorpius. Es sólo que… cuando se trata de los Malfoy, no son capaces de razonar. Y tienes que admitir que la idea de Albus siendo uña y carne con Scorpius Malfoy no es fácil de digerir.

Harry dio un resoplido cansado.

-Todo lo que ha pasado en las últimas veinticuatro horas es difícil de digerir. No sé qué voy a hacer si Ginny no entra en razón. Albus lo está pasando fatal y no puedo dejar que su madre le haga sentirse peor. Y no quiero que Ginny le diga a James que no ha sido culpa suya y que los Malfoy no tendrían que haberlo denunciado.

Hermione le dio unas palmaditas en la mano.

-Entrará en razón. Conoces a Ginny mejor que yo, Harry. Ya sabes que se le acabará pasando.

Harry ya no estaba seguro de conocer realmente a Ginny, pero no dijo nada. Sólo esperaba que Hermione tuviera razón.


Un rato después, Harry regresó a casa. Los periodistas seguían allí, en mayor número que cuando se había ido; los nuevos tenían pinta de extranjeros. Harry suponía que al final iban a tener que contestar a algunas preguntas, pero aún no se sentía con ánimos.

Molly y Hugo estaban allí. El niño estaba jugando con Lily y James al Magitrivial y las dos mujeres hablaban en la cocina mientras Molly cocinaba por cocinar.

-¿Dónde está Albus?

-En su cuarto.

-¿Lo has castigado por algo? –preguntó, suspicaz.

Ginny le dedicó una mirada dura.

-Oye, déjame en paz. ¿Qué pasa? ¿Ahora soy la mala del cuento?

Molly miró a su hija con cierta sorpresa; Harry se limitó a dar media vuelta e ir en busca de Albus. Su hijo estaba sentado frente a la mesa de su escritorio, escribiendo afanosamente en un pergamino.

-Hola, papá.

-Hola, Albus, ¿qué haces?

-Los ejercicios que creo que deben de estar haciendo en clase. Oye, papá, como no son vacaciones hasta mañana, ¿puedo usar la varita para practicar Transformaciones?

-Sabes que no puede ser, Albus, hay que pedir permiso en el ministerio.

-¿Y cómo quieren que practique?

Harry intentó bromear un poco.

-No lo sé. Tendrás que convencer a tu tía Hermione, a ver si cambia esa ley.

Sin sonreír, Albus volvió a ponerse con sus deberes y Harry bajó de nuevo a la cocina. Antes de llegar oyó a Ginny hablando en voz baja, rápida e indignada; desahogándose. Molly era como una madre para él, pero en momentos aislados como ése, Harry recordaba que en realidad no lo era. En cuanto entró en la cocina, Ginny frenó en seco y lo miró con aire desafiante.

-¿Contento?

-Sí, Ginny, reviento de felicidad –replicó, sarcástico-. ¿Podemos hablar de los periodistas? No nos dejarán tranquilos hasta que no les digamos algo.

-Si les digo lo que pienso igual tienes que detenerme a mí también. Aunque supongo que eso no sería un problema para ti.

Aquello era un golpe bajo, pero después de lo de Fred, ya no podía asustarse.

-¿Crees que disfruté haciéndolo? ¿Crees que eres la única que lo está pasando mal?

-Creo que entregaste a James a los Malfoy en bandeja de plata.

Molly intervino con aire alarmado.

-Por Merlín, Ginny… Harry… Ya está bien, tenéis que superar esto y dejar de discutir. ¡Vuestros hijos os necesitan!

Harry intercambió una larga mirada con Ginny que se fue haciendo más calmada, pero también más fría. Era una tregua, no un tratado de paz. Al final, ella habló con voz cuidadosamente neutra.

-Te lo digo en serio; yo no estoy en condiciones de salir a hablar con los periodistas. Sal tú y di lo que creas que debes decir.

Parecía su última palabra. Harry, sin decir nada más, se levantó y fue a hablar con ellos. Le recibieron con una oleada de flashes y preguntas y él alzó la mano, pidiendo silencio.

-Sólo voy a hacer una declaración. Lamentamos profundamente lo que le ha pasado a Scorpius Malfoy y esperamos de todo corazón que se recupere pronto. Estamos conmocionados por todo lo sucedido, por los actos de nuestro hijo James. Sabemos que ha hecho algo terrible y aceptaremos la decisión del Wizengamot, pero confiamos en que tenga en cuenta su juventud y su arrepentimiento. Eso es todo, gracias por atenderme.

Un nuevo coro de preguntas le siguió mientras volvía a casa. No le hizo caso.


Rose y el resto de sus primos volvieron de Hogwarts un día después. Albus tenía ganas de saber qué había pasado en su ausencia, pero también estaba inseguro respecto a lo que sus primos podían pensar de él, especialmente Fred y Michael. A veces se sentía como si todo el mundo le estuviera mirando mal, como si todos estuvieran pensando que era un traidor. Esa sensación se agudizó cuando fueron a visitar a James; a él básicamente lo ignoraron. Rose, por su parte, estaba muy enfadada porque Albus se había hecho un amigo secreto a sus espaldas y creía que como prima suya, tendría que haberlo sabido; hasta que Albus descubrió que esa era la verdadera causa del enfado estuvo evitándola, pero su tía Hermione intervino y aclaró las cosas y Albus se disculpó vehementemente por habérselo ocultado, deseoso de recuperarla. Una vez solucionado el malentendido, Rose le hizo un millón de preguntas sobre Scorpius, incapaz de entender que quisiera ser amigo suyo. Por el modo en el que arrugaba la nariz, parecía pensar que se había hecho amigo suyo por la misma razón por la que Hagrid adoptaba bichos asquerosos: porque algunas personas tenían gustos raros.

Pero a Albus le ponía insoportablemente triste pensar en Scorpius, así que le preguntó a Rose cómo habían ido las cosas desde que se había ido.

-Bueno, sólo han sido unos días, pero… menos mal que han llegado las vacaciones. Los Slytherin nos miraban como si quisieran matarnos, especialmente a nosotros, a mí, Fred, Michael y los demás.

-Jo… -dijo, desanimado.

-Pucey y los primos de Malfoy nos llamaban asesinos todo el rato. Y el peor ha sido Zabini. Por suerte sólo tuvimos una clase más con él, porque nos quitó veinte puntos y estuvo todo el rato hablando mal de los Gryffindor –dijo, sonando aún dolida-. Ahora estamos los últimos.

-No es justo que castigue a toda la Casa por lo que hizo James.

-Como si Zabini fuera justo… No sé, Albus, ha sido un rollo. Todos teníamos ganas de que llegaran las vacaciones y volver a casa.

Albus se disgustó al saber que las cosas en Hogwarts estaban así. ¿Por qué no podían ser todos como el profesor Zhou? Él nunca estaba enfadado con nadie y siempre veía lo bueno de las personas, no lo malo.

Pensativo, miró a James. No habían hablado mucho desde que habían vuelto de Hogwarts y mucho menos de Scorpius. Pero Albus sabía que su hermano lo sentía de verdad, podía verlo tan claramente como si lo llevara escrito en la frente. Y a veces tenía ganas de pegarle por haberle hecho daño a Scorpius y otras de abrazarle y decirle que no quería que le pasara nada.

Pero ese silencio que había entre ellos, al menos, era amistoso. No sabían qué decirse ni cómo tratarse, pero eso no quería decir que se odiaran. Sólo era raro. Lo que estaba pasando entre su padre y su madre era mucho peor. Quizás hablaban más de lo que estaban hablando James y él, pero estaban terriblemente enfadados el uno con el otro. Su padre dormía en la habitación de invitados y hasta había vuelto a pasar otra noche en Grimmauld Place. Albus se sentía bastante culpable aunque su padre le hubiera dicho que no debía sentirse responsable, que lo que estaba pasando entre ellos no tenía nada que ver con él.

Como si eso pudiera creérselo alguien.

Lily tenía miedo de que fueran a separarse. Albus se habría preocupado también, pero se sentía como si hubiera suspendido seis asignaturas y de pronto le dijeran que había suspendido una más. No suponía una gran diferencia en su nivel de angustia. De repente, el mundo tal y como lo conocía se había hecho pedazos. James podía ir a la cárcel, Scorpius estaba tan grave que ni siquiera querían contarle qué le pasaba, su madre le hablaba lo justo, la mitad de sus primos creían que era un traidor y en Hogwarts todo iba mal. Todo dolía demasiado. Lo único que le acudía a la cabeza cuando pensaba en separaciones era que él se iría a vivir con su padre.


Antes de las vacaciones, Neville había llamado un par de veces por Red Flú preguntando por James. Era Ginny quien había hablado con él en esas ocasiones. Harry le estaba evitando. Tenía la sensación de que si lo tenía delante iba a empezar a recriminarle cosas y no quería ser injusto, pues Neville no se lo merecía más que él, Ginny o la mayoría de los Weasley. Pero no pudo seguir rehuyéndolo por más tiempo cuando, al llegar las vacaciones, Neville fue a tomar el té a su casa con la pequeña Andrea.

Lily, para variar, se sintió encantada al tener una niña pequeñita a la que tratar como a una de sus muñecas y Ginny parecía contenta de ver a Neville. Pero Harry se encontraba incómodo y notó que James y Albus tampoco se comportaban con naturalidad. Y, a decir verdad, incluso el propio Neville se daba cuenta de que algo no iba bien. Le recordaba más que nunca al Neville del colegio, tímido y torpe, siempre sintiéndose fuera de lugar.

La visita no duró mucho, pero al día siguiente Neville le mandó una lechuza pidiéndole hablar con él a solas. Harry la leyó en su despacho, preguntándose qué querría. Seguía sin demasiadas ganas de verlo en ese momento, pero era uno de sus mejores amigos y al final le contestó, aceptando. Cuando salió de trabajar se fue a buscarlo al Caldero Chorreante. Neville estaba echándole una mano a Hannah, pero cuando lo vio entrar salió de la barra y se acercó a él.

-Hola, Harry, me alegra que hayas venido.

-Hola, ¿qué querías?

-Ven, subamos un momento.

Harry le acompañó entonces al piso superior, donde estaba la vivienda de Neville y Hannah. Andrea estaba con la abuela de Hannah, una señora de unos cien años con las mejillas coloradas como manzanas. Harry la saludó, pero Neville le hizo pasar a una pequeña salita en la que había una mesa redonda, dos butacas, una chimenea y una sillita rosa. En un rincón se veía un caballo de madera y sobre la repisa de la chimenea había varias fotos de ellos, sus familias y la niña.

Harry sentía ya una ligera curiosidad, la cosa parecía seria. Neville, desde luego, tenía el ceño levemente fruncido y había empezado a evitar su mirada.

-¿Qué ocurre?

Entonces Neville pareció armarse de valor y le miró con decisión y culpa en los ojos.

-Lo siento, Harry. Tengo la sensación de que nada de esto habría pasado si… si yo hubiera hecho las cosas de otra manera.

Harry no contestó inmediatamente. No pudo. Eran tantas las palabras que se le pasaban por la cabeza… Y la mitad de ellas no eran justas. Pero tampoco podía decirle que él no tenía nada de culpa. Por lo que había oído, eso sería mentir.

-Ginny y yo también podríamos haber hecho las cosas de otra manera, pero… Joder, Neville, ¿es verdad lo que cuentan? ¿Vas a por los Slytherin en Hogwarts? –Neville no dijo nada, sólo apartó la vista. Harry no necesitaba más respuestas-. Pero, ¿por qué? Nev, entiendo que odies a los que se metían contigo en el colegio, pero los críos que tienes ahora en clase no te han hecho nada.

-Ya lo sé, lo sé –dijo, sonando como si se lo hubieran reprochado cien veces.

-Tú no eres así.

Neville cerró los ojos un momento.

-Por lo visto, sí. Joder, Harry… Me he convertido en lo que más odiaba. –Eso parecía dolerle de veras-. Cuando los tengo delante… sólo me acuerdo de lo mal que nos trataban. De lo mal que me trataban y las pesadillas que tenía por culpa de ellos. Les tengo tanta manía que… no he sido justo con ellos. Sé que no lo he sido. Sé que he dicho cosas que no debería haber dicho. Y ahora todo esto… Nadie sabe si el crío de los Malfoy se va a recuperar y James podría ir a la cárcel. Sé que ha sido por mi culpa.

Harry suspiró. No era bueno para esas cosas. Neville tendría que haber hablado con Hermione, ella sí habría sabido qué decirle.

Por otro lado, sus palabras habían ayudado un poco a despejar el ambiente. Harry sabía que lo sentía, y eso ya era algo. Al menos reconocía las cosas. Harry había dejado de tener el impulso de gritarle.

-Oye… sé que si pudieras, cambiarías algunas cosas. A mí también me pasa. Pero… eso no puede ser. Sólo podemos cambiar el futuro. –Neville asintió-. Mira, cuando acaben las vacaciones vas a volver a Hogwarts. Tienes la oportunidad de actuar de otra manera. Intenta ser justo. Tú puedes hacerlo, Neville.

Él asintió de nuevo.

-Lo intentaré. Prometo que lo intentaré.


Después de una semana sin cambios en el estado catatónico de Scorpius, Pinetree había sugerido que lo llevaran a Malfoy manor. No necesitaba ningún tratamiento especial y en ese momento se habían quedado sin ideas. Pinetree les aseguró que él seguiría consultando viejos manuales y colegas expertos y que no se había dado por vencido aún, pero planteó que sería más cómodo para ellos tener a Scorpius de vuelta en casa.

Cassandra no había visto aún a su hermano en ese estado –no la habían dejado ir al hospital desde que había salido del coma porque era mucho peor verlo despierto que dormido- y cuando lo vio se echó a llorar, sin comprender por qué Scorpius no la reconocía ni por qué había salido del hospital sin estar curado. Draco y Astoria instalaron al niño en su habitación y dedicaron a uno de los elfos domésticos a su exclusivo servicio; ellos tenían la intención de cuidar y atender también a su hijo, pero no podían estar pendientes de él las veinticuatro horas del día durante mucho más tiempo.

Draco tenía la sensación de haber despertado de una pesadilla sólo para encontrarse sumergido en otra mayor. Scorpius en casa tenía un carácter definitivo que le helaba los huesos, pero había prometido no resignarse y estaba dispuesto a cumplir su promesa. Ni él ni nadie. Todos estaban hablando ya de libros a los que se podía recurrir, libros que no solían estar aprobados por las autoridades, y de contactos que podían ponerles también en contacto con expertos de dudosa reputación. Pinetree ya se habría dirigido a alguno de ellos, pero por probar no perdían nada. La actitud de su padre, el modo en que su cara se mantenía fría e inexpresiva delante de Scorpius, hacía que Draco comprendiera que estaba pensando en matar a uno de los hijos de Potter. A James, probablemente. La perspectiva sólo despertaba su indiferencia. No podía sentir compasión por nadie que no fuera Scorpius.

Y no podían quedarse en Inglaterra. No podían vivir allí y cruzarse con los Potter o los Weasley sin volverse locos. Y tampoco podían marcharse a empezar de cero en otro sitio sin hacer nada. A Draco no le habría importado partir del país dejando tras de sí centenares de familias tan rotas de dolor como la suya. La victoria de los Potter sería una victoria pírrica.

Había varios países en los que una familia en sus circunstancias y con su dinero sería bien acogida. En Liberia había una numerosa comunidad internacional de magos que se habían pasado de la raya y habían podido escapar de la justicia; Blaise decía que su madre ya se había comprado una propiedad allí. En el Pacífico, dos islas protegidas por sendos Fidelius permitían a antiguos criminales de guerra de todas las partes del globo pasar sus días tomando el sol y bebiendo cócteles. En Corea del Norte, un generoso soborno y la comunidad mágica del país les abriría las puertas de par en par. No era la clase de vida que había imaginado para él y Astoria y mucho menos para Cassandra, pero se adaptaría. Y un buen matrimonio podía devolver a la niña a Europa, si era lo que quería.

Draco también habló con los periodistas aquella tarde, quienes llevaban intentando conseguir palabras de algún Malfoy desde que se había descubierto la verdadera naturaleza del ataque de James Potter. No fue una rueda de prensa explosiva. Estaba demasiado cansado y desmoralizado para ser venenoso y, de todos modos, sabía que debía medir sus palabras. Eran los Malfoy, después de todo, y Harry Potter seguía siendo el Salvador del mundo mágico. Por mucho horror que despertara el robo de la magia, la gente no iba a olvidar eso fácilmente.

Hubo una pequeña discusión sobre si Scorpius se uniría a ellos durante la cena. Podía mantenerse sentado sobre una silla, al fin y al cabo, y su elfo le daría la papilla. Pero enseguida se dieron cuenta de que eso sólo iba a convertir la cena en una agonía: necesitaban tiempo para acostumbrarse a los cambios. Scorpius cenó entonces en su cuarto y después, los demás se reunieron en el comedor. Todos intentaban mantener la compostura por Cassandra, pero Draco se preguntó cómo iban a poder soportarlo.


Un par de días después, por la tarde, Draco estaba dejándose los ojos en la diminuta letra de un códice persa sobre pociones curativas. En realidad sólo sabía algo de árabe clásico, así que se ayudaba de un grueso diccionario. Cada línea costaba una eternidad de descifrar. Entonces uno de los elfos apareció a su lado en la biblioteca y le dijo que había un hombre en la puerta preguntando por él.

-Dice que se llama profesor Zhou, amo.

Draco reconoció inmediatamente el nombre y se preguntó, sorprendido, qué podía querer de ellos el profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas. ¿Preguntar por Scorpius? Lo correcto habría sido ponerse antes en contacto con ellos, mandarles una lechuza. Claro que los profesores de esa asignatura, a juzgar por lo que Draco había visto, no destacaban por tener unos modales ejemplares.

Aun así, Scorpius le apreciaba y Draco fue al vestíbulo para recibirlo y averiguar qué quería. Su padre estaba ya allí, ejerciendo de anfitrión con mucha menos gracia que su madre; parecía pensar que Zhou podía albergar malas intenciones y que, en todo caso, un profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas no era un invitado lo bastante digno para su mansión. A Draco le sorprendió darse cuenta de que, a pesar de eso, el profesor parecía más que cómodo en su compañía; eso era algo que algunos íntimos amigos de su padre todavía no habían conseguido hacer.

-Profesor Zhou –saludó Draco, tendiéndole la mano.

-Señor Malfoy, encantado de saludarlo –dijo Zhou, estrechándosela. Iba vestido con unos pantalones negros y una casaca verde oscuro de factura sencilla y al hombro llevaba una gastada mochila de cuero.

-¿En qué podemos ayudarle? Me temo que este no es un buen momento.

El profesor suspiró comprensivamente.

-Lo sé, lo sé. Es terrible que haya pasado todo esto. Pero no me habría atrevido a presentarme así, sin avisar, si no hubiera sido absolutamente necesario. Dígame, señor Malfoy, ¿hay un lugar en el que podamos hablar?

Draco le hizo pasar a una de las salitas, decorada en distintos tonos de verde y ocre. Zhou se sentó en una de las sillas y dejó la mochila en el suelo.

-¿Quiere tomar algo?

-Quizás después. Esto es importante, señor Malfoy. Un colega mío, gran experto en Pociones, me mencionó una antigua poción china que podría solucionar el problema de su hijo. Entonces me puse en contacto con viejos amigos míos en China expertos en medimagia y afortunadamente uno de ellos ha sido capaz de localizar la fórmula. –Zhou rebuscó en sus bolsillos y le tendió un papel-. Aquí la tiene.

Draco, boquiabierto y con el corazón irradiando esperanza, cogió el papel y empezó a leer. Cuando terminó, tenía una idea bastante precisa de por qué había caído en desuso.

-Esto es casi magia negra –dijo, mirándolo con reserva. Scorpius, Blaise y los demás lo pintaban como si fuera primo hermano del arco-iris y los bebés unicornio; lo último que podía haber imaginado de él, aun sin conocerlo, era aquello.

-Casi –puntualizó él, sonriendo plácidamente-. Es una palabra muy poderosa.

-¿Quién le ha hablado de esta poción? Ha dicho que era un colega suyo experto en Pociones.

-Así es.

-¿Puede decirme su nombre?

Zhou vaciló un par de segundos.

-Él me dijo que usted podía tener dudas, si sabía quién era.

-¿Por qué? ¿Quién es? No puedo fiarme de cualquiera, profesor.

Zhou dio un pequeño suspiro de resignación.

-Es el profesor Snape.

Continuará