Aclaración:
Los personajes de Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Advertencia: OOC
-23-
Hinata sabía que el capitán Uchiha había sido convocado en Londres para prestar declaración y lo mandó llamar a primera hora de la mañana. Por suerte, se presentó de inmediato en Park Place. Iba de uniforme, con una casaca escarlata, gruesos galones dorados, pantalones de un blanco resplandeciente, botas negras inmaculadas y un sombrero con penacho bajo el brazo.
-Lady Uzumaki -saludó con respeto, mientras entraba en la sala y se inclinaba para besarle la mano.
-Gracias por venir tan deprisa -dijo ella.
-Espero poder ayudarla, milady.
-Yo también lo espero -respondió ella con seriedad, mientras tomaba asiento en un mullido sillón de terciopelo y se recostaba contra el respaldo de caoba tallada.
Respondiendo a su invitación, el capitán se sentó en un sillón idéntico que había junto a ella.
-Ha venido a Londres para prestar declaración ante la Cámara de los Lores, según tengo entendido.
-Así es, milady. úlpeme una vez más por haber silenciado la verdad tanto tiempo y por la angustia que le causé durante su última visita. Siempre lamentaré mi actitud a ese respecto y espero que algún día pueda perdonar mi inexplicable silencio...
-No hay nada que lamentar ni que perdonar -aseguró ella con sinceridad-. Comprendo su silencio en lo que respecta a lord Uzumaki y, de algún modo, se lo agradezco. Es más... -Respiró hondo y lo miró fijamente, antes de proseguir-, la razón por la que le he hecho venir esta mañana es para expresarle mi deseo de que siga guardando silencio.
El rostro del capitán no mostró emoción alguna, salvo por un súbito pestañeo.
-Ya veo -dijo pausadamente-. Me está pidiendo que cometa perjurio ante el juez. Que niegue conocer al hombre que está suplantando a lord Uzumaki.
-Eso es -se limitó a decir Hinata.
-¿Le puedo preguntar por qué?
-Después de reflexionar con detenimiento, he llegado a la conclusión de que beneficiará los intereses de los Uzumaki, incluida yo, que ese hombre siga siendo el cabeza de familia.
-Milady, tal vez no le describí bien el carácter de esa persona, que...
-Tengo pleno conocimiento de su carácter -interrumpió Hinata. El capitán Uchiha suspiró; su pulgar frotaba, en un movimiento repetitivo, los gruesos galones dorados de la manga de su casaca.
-Me gustaría responder a su petición, ya que así saldaría de paso una deuda que tengo con él. Sin embargo, permitir que goce de una posición que entraña tanto poder y responsabilidad..., permitir que robe la vida de otro hombre... No me parece lo correcto.
-¿Qué deuda es la que quiere saldar? -preguntó Hinata con curiosidad.
Él se lo explicó con cierta tirantez.
-Me salvó la vida. Nosotros, me refiero a la Corona de Inglaterra, teníamos que expandirnos a lo largo del Ganges y hubo conflictos en el territorio de Cawnpore. Los asaltantes se ocultaban en los márgenes de los caminos, atacaban a los viajeros y los mataban sin piedad, sin respetar a niños ni mujeres. Cuando comprendieron que no nos íbamos a retirar, la agresividad se intensificó.
Asesinaron a gran parte de mis hombres, a algunos en sus propias camas. A mí me acorralaron una noche, cuando regresaba de Calcuta. De pronto me vi rodeado por media docena de asaltantes; mataron a un joven abanderado y a un escolta y estaban a punto de liquidarme a mí también... -Hizo una pausa y comenzó a sudar al evocar la imagen-. Entonces llegó él. Apareció en la noche, como una sombra. Derribó a dos de ellos con tanta rapidez que los otros huyeron a toda prisa, gritando que era el mensajero de algún dios iracundo. Esa fue la última vez que lo vi, hasta su reencarnación en la figura de lord Uzumaki.
-Esa cicatriz que tiene él en la nuca... -añadió Hinata en un arrebato de intuición. Uchiha asintió.
-En la refriega, uno de los asaltantes se apoderó de mi espada. Su «Uzumaki» tuvo suerte de no ser decapitado. Por fortuna, es muy ágil en combate. -Sacó un pañuelo de la casaca y se secó la frente-. No es un hombre común, milady. Si acato su petición, no quiero ser responsable de desgracias futuras o de la posible infelicidad que pueda causarle.
Hinata le dedicó una sólida sonrisa.
-Tengo la certeza de que merece toda mi confianza. Sé que llevará una vida ejemplar si se le da la oportunidad.
El capitán la miró como si fuera una santa, o como si estuviera loca de remate, y dijo: -Excúseme, pero usted deposita su confianza con demasiada facilidad, lady Uzumaki. Espero con todo mi corazón que ese hombre demuestre su buena naturaleza.
-Lo hará -respondió ella, al tiempo que sintió el impulso de tomarle la mano y presionársela con firmeza-. Sé que lo hará, capitán.
Hinata llevaba tan solo una hora esperando en la antecámara, pero le pareció una eternidad. Atenta a cualquier sonido procedente de los salones que la rodeaban, se sentó en el borde de una rígida silla de madera y trató de adivinar lo que ocurría.
Al fin apareció un actuario y la acompañó a la antesala de la oficina del presidente de la Cámara de los Lores. El corazón le dio un brinco cuando vio al capitán salir de la oficina. Sus miradas se encontraron, la de ella interrogante, la de él tranquilizadora. Entonces, como respuesta a un ruego no expresado, él asintió con la cabeza. «Todo ha salido bien», parecían decir aquellos ojos, y ella sintió que parte de la tensión acumulada disminuía de golpe.
Recuperó la confianza y acompañó al actuario a la sala del tribunal. Lord Sunbury, el presidente de la Cámara, se incorporó tras un macizo escritorio de caoba y esperó a que Hinata se sentara antes de hacerlo él en su sillón de cuero color pardo. Su figura era imponente, con su brillante toga de color escarlata y aquel rostro de mandíbulas prominentes enmarcado por una larga peluca gris. Jugueteaba con un globo terráqueo de bolsillo con minúsculos mapas pintados; Hinata advirtió que su mano derecha soportaba el peso de tres enormes anillos de oro.
Los ojos de Sunbury eran pequeños pero penetrantes y sobresalían con lucidez en su rostro carnoso. Su aspecto habría sido igual de distinguido sin toda la ceremonia y opulencia que su cargo conllevaba. Hinata pensó que no la sorprendería encontrárselo el día del Juicio Final, frente a las puertas del cielo, evaluando los méritos de los aspirantes a ángeles.
Ella desvió inmediatamente la mirada hacia Naruto, como si este fuera un imán. Estaba sentado a un extremo de la mesa alargada y su cabeza se recortaba contra la trémula luz procedente de la ventana. Parecía de otro mundo, con su adusta belleza, su expresión distante, su cuerpo compacto enfundado en un chaleco negro y una chaqueta verde de oscuro terciopelo rayado. No devolvió la mirada a Hinata, sino que se limitó a observar al juez con los ojos impasibles de una criatura salvaje.
Había otros asistentes en la habitación: un actuario que copiaba las declaraciones prestadas, los letrados Eliot y Wilcox, el fiscal, cuyo nombre no recordaba, Mito, Suigetsu y Karin... Y un rostro familiar que Hinata no pudo ver sin sentir una tensa y profunda indignación: era lord Otsutsuki, vestido de punta en blanco, con un chaleco de raso con mariposas bordadas, zapatos de hebilla pomposa y un alfiler de diamantes sujetándole la corbata. Le sonrió con los ojos oscuros brillando de maligna satisfacción. ¿Qué hacía él allí? ¿Qué se suponía que podía aportar para que su presencia fuera requerida ante el juez?
Todo tipo de preguntas y protestas se agolpaban en la mente de Hinata, pero logró guardar silencio. Miró a Mito, que jugueteaba, despreocupada, con un collar de perlas que caía sobre el escote de encajes de su vestido de color damasco.
-Ahora llega el momento de la verdad -dijo Suigetsu en tono triunfal mientras dirigía a Hinata una mirada autoritaria. Le habló como si fuera una niña pequeña-. Limítate a contestar las preguntas del juez con toda honestidad, Hinata.
Ofendida por aquel tono prepotente y haciendo caso omiso de Suigetsu, concentró la atención en Sunbury.
El juez habló en tono grave.
-Lady Uzumaki, solo espero que pueda usted arrojar un rayo de luz sobre esta inexplicable situación.
-Lo intentaré -respondió ella con suavidad. Sunbury posó su voluminosa mano sobre un grueso montón de papeles.
-Han presentado declaración diversas personas que insisten con vehemencia en que este hombre es el conde de Uzumaki. La condesa viuda de Uzumaki, ni más ni menos, asegura que, en efecto, se trata de su nieto. -Hizo una pausa y dirigió la mirada a Mito, quien, a su vez, hizo un breve ademán de impaciencia con la cabeza-. Sin embargo -prosiguió-, hay opiniones contradictorias, la más notable de las cuales es la del hombre en cuestión. Insiste en decir que no es lord Uzumaki, aunque se niega a dar más explicaciones. Dígame, milady, ¿quien es este hombre?
Un silencio sepulcral invadió la sala y Hinata se humedeció los labios antes de hablar.
-Es Naruto Uzumaki, conde de Uzumaki -respondió con voz firme y clara. La visión del actuario, que tomaba por escrito cada palabra que salía de sus labios, le provocaba un ligero nerviosismo-. Es mi esposo, siempre lo ha sido y espero con toda mi alma que siempre lo siga siendo.
-¿Qué? -exclamó Suigetsu mientras Karin se incorporaba de un brinco, catapultada.
-¡Mentirosa, no eres más que una zorra! -gritó esta, mientras se dirigía hacia Hinata con los dedos transformados en garras.
Hinata se estremeció ante la reacción pero, antes de que la alcanzara, Naruto saltó del asiento y sujetó a Karin por detrás, agarrándole las caderas, que ella empezó a sacudir con vehemencia. Reaccionó como un gato furioso, retorciéndose y dando unos alaridos que alarmaron a todos los presentes excepto a Suigetsu, que se limitaba a mirarla asqueado.
-¡Fuera! -gritó el juez con el semblante teñido de ira-. ¡Saquen de inmediato a esa fiera de mi sala!
Pero el caos no amainaba con facilidad.
-¡Está mintiendo! -exclamó Suigetsu-. Hinata, eres una arpía de lengua viperina, irás al infierno por esto...
-¡Silencio! -El juez se incorporó. La toga escarlata colgaba, oscilante, sobre su voluminoso cuerpo-. ¡No voy a consentir difamaciones ni violencia en esta sala! ¡Saque a su esposa de aquí, señor! ¡Y si usted tampoco es capaz de controlarse, no vuelva más!
Morado de rabia, Suigetsu arrancó a su esposa de las manos de Naruto. Este se encaminó hacia Hinata y la recorrió con la mirada, como asegurándose de que estuviera bien; luego se inclinó hacia ella, apoyando las manos en los brazos del asiento. Sus rostros se acercaron y de pronto la sala dejó de existir, y no había allí nadie más que ellos dos. Los ojos de él echaban chispas de rabia.
-¿Por qué haces esto? -preguntó con brusquedad-. Diles la verdad, Hinata.
Ella alzó la barbilla y sostuvo su mirada con obstinación.
-No voy a dejar que te vayas.
-¡Maldita sea! ¿Es que no te he hecho suficiente daño?
-Ni mucho menos -dijo ella con calma.
Lejos de agradarle, sus palabras lo enfurecieron aún más. Soltó la silla y, presa de su frustración, cruzó la sala dando grandes zancadas y mascullando para sí mismo. Reinaba un ambiente muy tenso tras la breve discusión.
Suigetsu volvió a entrar y, tras una consulta apresurada y en voz baja con el fiscal, este se acercó al juez supremo. Hubo un intercambio de palabras y Hinata vio que la desaprobación se hacía evidente en la boca del fiscal, reducida a una fina y tensa línea. Con cierto descontento, este regresó a su asiento e hizo gestos a Suigetsu para que lo imitara.
-Prosigamos -espetó Sunbury con la mirada fija en Hinata-. Espero que pueda explicarse con más detenimiento, lady Uzumaki.
Usted dice que este hombre es su marido, y sin embargo él insiste en que no lo es. ¿Quién dice la verdad?
Hinata le miró con ojos serios.
-Milord, creo que mi esposo se siente indigno de mí debido a una indiscreción cometida en el pasado. Sus famosos devaneos con cierta... -Hizo una pausa, como si le resultara demasiado doloroso mencionar el nombre.
El juez asintió y los rizos sueltos de su peluca plateada oscilaron sobre sus hombros.
-Lady Shizuka -puntualizó-. Le he tomado declaración antes.
-Entonces estará informado de su relación con mi esposo -continuó Hinata-, algo que me ha causado no pocos padecimientos. A causa del remordimiento, mi esposo tiene la intención de castigarse de esta forma tan drástica, negando su identidad. Sin embargo, mi deseo es hacerle comprender que le perdono todo lo ocurrido. -Dirigió la mirada a Naruto, que tenía la cabeza agachada—. Todo lo ocurrido -repitió con firmeza-. Deseo volver a empezar, milord.
-Ciertamente -murmuró el juez; examinó el inaccesible semblante de Naruto y luego la expresión resuelta de Hinata. Volvió a dirigir la mirada hacia Naruto y dijo-: Si lo que dice lady Uzumaki es cierto, sepa usted que renunciar a su propio nombre es tal vez una exageración. El hombre comete errores de vez en cuando. Son nuestras esposas quienes, haciendo gala de su virtud superior, eligen o no perdonarnos.
Se rió entre dientes de su propia broma, sin advertir que nadie más compartía su estado de humor.
-¡Tonterías! -exclamó Suigetsu mirando a Hinata-.. Milord, esta mujer padece un trastorno mental. No sabe lo que dice. Nuestro astuto impostor la ha convencido de alguna forma para que le brinde su apoyo, ya que ayer, sin ir más lejos, ella misma lo denunció.
-¿Qué responde a eso, lady Uzumaki? -preguntó Sunbury.
-Fue una terrible equivocación -admitió Hinata-. Solo me queda pedir perdón por los problemas causados. Denuncié a mi esposo en un arrebato de furia por su relación con lady Shizuka y me dejé llevar por los consejos del señor Suigetsu. No suelo ser tan débil... pero me temo que mi estado no me ha permitido razonar.
-¿Su estado? -repitió Sunbury, al tiempo que todos los presentes, incluidos Naruto y Mito, la miraban boquiabiertos.
-Sí... -Hinata se ruborizó antes de proseguir. Detestaba tener que recurrir a su embarazo de aquella forma, pero tenía el firme propósito de utilizar todas las armas que estuvieran a su alcance-. Espero un hijo, milord. Sé que usted se hace cargo del desequilibrio temperamental de una mujer en este estado.
-En efecto -murmuró el juez mientras se acariciaba, pensativo, la barbilla.
El rostro de Naruto palideció, a pesar del tono dorado de su piel. Al ver cómo la miraba, Hinata supo que no la creía.
-Ya está bien, Hinata -dijo con brusquedad.
-¡Otra mentira! -gritó Suigetsu, levantándose mientras se desprendía de la mano de su abogado-. Es más estéril que un desierto. Todo el mundo sabe que es incapaz de fecundar nada. Milord, está fingiendo un embarazo y, sin duda, fingirá luego un aborto, en cuanto sea conveniente.
A Hinata le empezó a divertir el semblante iracundo de Suigetsu. Con la más leve de las sonrisas, dirigió su atención al juez.
-Estoy dispuesta a presentarme ante el médico que usted crea conveniente, milord, si así lo desea. No tengo nada que temer.
Sunbury la observó con una larga y calculadora mirada y, a pesar de que había cierto tono de seriedad en su rostro, sus ojos respondieron sonrientes.
-No será necesario, lady Uzumaki. Parece que hay que felicitarla.
-Discúlpeme -dijo, desde el fondo, la voz cortante de lord Otsutsuki-. Detesto tener que interrumpir el conmovedor relato de lady Uzumaki, ya que yo disfruto con los cuentos como el que más. Sin embargo, puedo probar en menos de un minuto que este hombre es un impostor... Y que nuestra encantadora lady Uzumaki es una mentirosa.
El juez arqueó las espesas cejas grises y preguntó:
-¿Ah, sí? ¿Y puedo saber cómo, lord Otsutsuki? Indra hizo una pausa efectista.
-Tengo una información que va a sorprender a todos ustedes... Información secreta sobre el verdadero lord Uzumaki.
-Conozcámosla, entonces -respondió Sunbury, pasándose el minúsculo globo terráqueo de una mano a otra.
-Muy bien. -Lord Otsutsuki se levantó y se tomó su tiempo para arreglarse el chaleco de raso-. El genuino lord Uzumaki y yo no sólo estábamos unidos por una estrecha amistad, sino que además pertenecíamos a una sociedad exclusiva denominada «Los zorros». No creo necesario explicar aquí y ahora el propósito de la sociedad, salvo que tiene ciertos objetivos políticos. Aunque todos y cada uno de nosotros hemos jurado mantener la afiliación en secreto, me veo obligado a revelarla ahora para demostrar que este supuesto lord Uzumaki es un impostor.
Justo antes de que él partiera a la India, todos nosotros nos hicimos una marca en la parte anterior del brazo izquierdo. Una marca permanente, hecha con tinta bajo la piel, que debería tener el verdadero conde de Uzumaki.
-Y esa marca, imagino, tiene la forma de un zorro, ¿me equivoco? -preguntó Sunbury.
-Correcto. -Indra hizo ademán de subirse la manga de su camisa-. Si me permite, milord, se la mostraré aquí mismo...
-No es necesario -dijo el juez en tono cortante-. Sería más indicado que lord Uzumaki nos mostrara su brazo.
Todas las miradas recayeron en Naruto, quien miró al juez con expresión de rebeldía.
-No hay necesidad -murmuró-. Yo no soy Uzumaki. El juez le devolvió la dura mirada sin pestañear.
-Entonces, demuéstrelo y quítese la camisa, señor.
-No -respondió Naruto entre dientes.
Aquella sencilla y directa negativa hizo que al juez le aflorara el rubor en las mejillas.
-¿Prefiere que ordene que se la quiten? -preguntó con cortesía.
Nerviosa, Hinata respiró hondo. No recordaba ninguna marca en el brazo de Naruto. La idea de que una pequeña marca de tinta pudiese aniquilar todas sus esperanzas y sus sueños la hizo estremecer. Cerró las manos contra sus faldas y apretó los puños con fuerza.
-¡Le doy mi palabra de que tiene la marca! -gritó. El juez le dirigió una sonrisa sarcástica.
-Con el debido respeto, lady Uzumaki, llegado a este punto, prefiero pruebas sólidas de su palabra. -Volvió a mirar a Naruto-. La camisa, si hace el favor.
Suigetsu estalló en carcajadas de júbilo y exclamó:
-¡Ahora sí que te has metido en un lío, maldito charlatán!
El juez le reprendió por aquella difamación, pero desvió enseguida la atención hacia Naruto al ver que este se incorporaba. Con el ceño fruncido y la mandíbula tensa, Naruto miraba hacia el suelo mientras se quitaba la chaqueta, tirando de las mangas con fuerza. Una vez despojado de la chaqueta, comenzó a desabrocharse los botones del chaleco negro.
En su silenciosa angustia, Hinata se mordió el labio, temblando al ver que el rostro distante de Naruto se ensombrecía por momentos. Él colocó el chaleco a un lado y procedió a sacarse la camisa de dentro de los pantalones. Cuando estaba ya medio desabrochada, se detuvo y miró al juez.
-Yo no soy Uzumaki -gruñó-. Escúcheme de una maldita vez...
-Hágale continuar -interrumpió Suigetsu-. Insisto en que prosiga.
-Podrá hablar, señor -le informó Sunbury-, en cuanto examine su brazo. Ahora, proceda.
Naruto no se movió.
Rojo de ira por la vacilación, Suigetsu fue hacia él, agarró una parte de la camisa y tiró de ella hasta que todos oyeron el sonido del lino al rasgarse. La camisa quedó hecha jirones, que le colgaban de los puños, y entre ellos asomaba un cuerpo terso de músculos marcados. Aquella piel tostada tenía cicatrices muy diferentes a las heridas que su esposo había sufrido persiguiendo jabalíes o gamos salvajes. Con el rostro perplejo ante la visión del cuerpo de Naruto y la terrible certidumbre de lo que estaba a punto de suceder, Hinata contuvo la respiración.
Suigetsu llevó a Naruto casi a rastras ante el juez.
-Vamos -dijo con el mayor desprecio-, muéstrale el brazo, que todos vean que no eres más que un bastardo impostor.
Naruto alzó el brazo con el puño apretado.
Desde su lugar, Hinata alcanzaba a ver la escena con claridad. Unos centímetros más allá de la mancha oscura que formaba el vello de la axila, vio la pequeña figura de un zorro dibujado con tinta azul.
Otsutsuki, que se había acercado para verlo, se quedó estupefacto y dio un paso atrás asombrado.
-¿Cómo es posible? -exclamó, con voz quebrada, y desvió la mirada de la marca del brazo hacia el tenso rostro de Naruto-. ¿Cómo lo sabías?
La misma pregunta ocupaba la mente de Hinata. Reflexionó sumida en un desconcertante silencio, hasta que se le ocurrió que la única manera de reproducir aquella figura tuvo que se copiándola de los diarios de su esposo.
Una verdadera furia se desató dentro de Suigetsu. Farfullando de rabia e indignación, y respirando con dificultad, se encaminó hacia el asiento más cercano y se desplomó en él.
Mito contempló a Naruto con una extraña mezcla de perplejidad y admiración, mientras se dirigía al juez:-Supongo que el caso queda perfectamente cerrado, lord Sunbury.
A Indra se le dibujó una mueca amenazadora en el rostro.
-No te saldrás con la tuya -dijo a Naruto entre dientes-. ¡Antes te veré muerto!
Salió de la habitación a toda prisa soltando un torrente de juramentos y dio tal portazo que tembló todo el edificio.
El juez suspiró y centró su atención en el globo terráqueo que tenía en las manos. Lo abrió y apareció de golpe un minúsculo mapa de las constelaciones, y recorrió con el dedo una de las filas de estrellas.
-Bueno, amigo mío -murmuró, mirando de soslayo la huraña expresión de Naruto-. Me inclino a creer a su esposa. De modo que trataba de castigarse por una indiscreción, ¿no es así? Admitamos que hasta el más recto de los hombres debe luchar a veces contra esa debilidad. Y en caso de que no sea usted el conde de Uzumaki... no tengo la menor intención de discutir con todos los que aseguran que sí lo es. Parece razonable cerrar el caso en este mismo momento, arguyendo que lord Uzumaki es... lord Uzumaki. Cerraré el caso de inmediato. -Miró a Naruto esperanzado y preguntó-: ¿Puedo confiar en que no va a seguir discutiendo, milord? No me agradaría en absoluto llegar tarde al almuerzo.
-¿Dónde está? -preguntó Hinata con urgencia, mientras cruzaba apresurada la sala bajo la mirada reprobatoria de Mito-. No quiero irme de Londres sin verlo, pero tengo que volver junto a Hanabi y Mitzuki. ¿Qué se le habrá metido en la cabeza para desaparecer así?
En medio del tumulto que siguió a la decisión del juez, Naruto había desaparecido. Hinata no tuvo más alternativa que regresar a casa de los Uzumaki y esperarlo allí. Habían transcurrido ya cuatro horas y aún no se sabía su paradero. Anhelaba con toda su alma hablar con él, pero sentía también la necesidad imperiosa de regresar a Lincolnshire.
El instinto le decía que debía volver con Hanabi cuanto antes: no quería ni imaginarse lo que Otsutsuki era capaz de hacer, con lo furioso que estaba... Hinata tenía la certeza de que iría a buscar a su esposa sin esperar un minuto más y se la llevaría a la fuerza, si era preciso.
De pronto se le ocurrió algo espantoso y dirigió a Mito una mirada de terror. -No irá a desaparecer para siempre, ¿verdad? ¿Y si no vuelve nunca más?
Incómoda al verse embargada por emociones volátiles, Mito frunció el ceño con aire recriminatorio y respondió:-Déjalo ya, Hinata. Te lo prometo: irá a buscarte cuando esté preparado. No va a desaparecer, después de la sorprendente noticia que has anunciado en el juicio, hasta que descubra si es cierto o no. Lo que conduce a la pregunta: ¿estás realmente embarazada?
-Con toda seguridad -respondió Hinata sin extenderse, demasiado preocupada por Naruto como para compartir la evidente alegría de Mito ante la buena nueva.
La condesa se relajó y se le escapó una sonrisa de asombro.
-Alabado sea Dios. Después de todo, parece que la estirpe de los Uzumaki continuará. Una criatura viril, tu errabundo amante. Logró sin dificultad que empieces a fecundar.
-Esposo -corrigió Hinata -. Nos referiremos a él como mi esposo, de aquí en adelante.
Mito sacudió los hombros con toda naturalidad.
-Como prefieras, Hinata. Ahora, cálmate, estás demasiado nerviosa. No puede ser bueno para el bebé.
-Sé que no se creyó lo del hijo -murmuró mientras permanecía de pie junto a la ventana y recordaba la expresión atónita de Naruto en la sala del juez-. Seguro que pensó que era otra mentira destinada a salvarlo.
Presionó la frente y las palmas de las manos contra los cristales empañados de la ventana y sintió un dolor agudo en el pecho ante el temor de que no regresara nunca más.
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Continuará...
Hoy habrá final...
