CAPÍTULO 02
Londres, Inglaterra, 29 de mayo de 1818.
Esme bajaba por el largo pasillo de la casa de su tía en Mayfair. A su izquierda, se levantaba una estatua en bronce de un hombre desnudo. A su derecha, el cuadro de una mujer tumbada desnuda en un campo. Solo estar alejada de Kent hacía que Esme se sintiera feliz. Aquella casa... bueno, aquella casa estaba diseñada para elevar los sentidos. En realidad, elevar los sentidos sexuales, lo que era una buena manera de, por decirlo de algún modo, excitar una necesidad libertina.
Deambuló por la biblioteca de su tía en busca de un libro con el que sentarse a leer en el jardín. En una semana iría a su primera ópera desde hacía doce años. Suspiró. Como viuda, podía pasearse por la ciudad sin necesidad de ir acompañada por una carabina. La última vez que había estado en Londres y había deseado ir a cualquier lugar, se había visto obligada a aceptar la compañía de la hermana de su padre, solo para a preservar su reputación.
Sonrió con satisfacción. El simple hecho de quedarse en la casa de su tía manchaba la poca reputación que se había labrado. No le importaba. La tía Bess era divertida y eso era exactamente lo que necesitaba después de haber estado doce años casada con Harold.
Recorrió con sus dedos los lomos de los libros de la estantería, cada uno estaba escrito en un idioma diferente.
Frunció el ceño. ¿Qué tipo de lectura le gustaba a su tía? Caminó hacia la mesa que se levantaba en mitad de la habitación. Apilada con libros, la superficie redonda de madera estaba rodeada por sillas de suave cuero.
Abrió de golpe el libro de dibujos con tapas de cuero que había al borde de la mesa. El primer dibujo que vio representaba la parte de atrás de la mano de un hombre, con la uña sin arreglar de una mujer curvada alrededor de su dedo pulgar.
Vaya, su tía dibujaba muy bien. Toda la familia había dicho lo mismo siempre, aunque aquel era el primer dibujo de su tía que Esme veía.
Abrió las páginas y se quedó sin respiración. Dios mío, encontró el dibujo a carboncillo del trasero de un hombre corpulento, mientras las manos de una mujer se cerraban sobre los abultamientos del torso, clavándole las uñas en los bordes firmes y cuadrados de la parte inferior de las nalgas.
El único trasero masculino que había visto en su vida completamente desnudo había sido el de Harold. Y el trasero de Harold no se parecía en absoluto al del hombre de aquel dibujo. Él tenía unos bordes cuadrados pero no generosos. Tampoco tenía cintura. El hombre de aquel dibujo parecía un dios. Esme sintió cómo le ardían las mejillas. Bueno, era el trasero el que parecía pertenecer a un dios. Le entró la risa. Qué tonta. Negó con la cabeza y siguió mirando con atención la imagen.
Harold había hecho un trabajo decente al enseñarle lo que debía hacer en el arte del acto sexual, aunque ella nunca se había agarrado a sus nalgas con tanto entusiasmo como parecía hacerlo aquella mujer. Era algo que tenía que probar si alguna vez tenía un amante.
Un amante... vaya. Aquella idea nunca se le había pasado por la cabeza cuando vivía en Kent. Suspiró. ¡Era aquella casa! Todos los cuadros y esculturas de hombres y mujeres desnudos le hacían desear la caricia de otro hombre. Sabía que a su tía le encantaba pintar y que le gustaba el sexo. Pero hasta aquel preciso momento, no había tenido ni idea de que a su tía le gustaba dibujar el sexo. Ahora lo sabía.
Pasó la hoja y descubrió otro dibujo. Abrió los ojos de par en par, y sintió cómo florecía la carne de sus senos. Cerró los ojos e imaginó que era la mujer del dibujo, que estaba de pie, mientras un hombre —que tenía la cara escondida tras su espalda— apretujaba sus pechos y pellizcaba sus pezones entre los dedos índice y corazón. Sintió cómo respiraba con dificultad y cómo se le tensaban los músculos del sexo. El hombre levantaba la cabeza mientras su lengua trazaba la línea de su cuello hasta su oreja.
—Esme —Carlisle Cullen suspiraba contra el lóbulo de su oreja.
Típico... él sería el único en el que ella podía pensar. «Eres una estúpida». Abrió los ojos y bajó la cabeza para mirar la imagen.
Volvió la página y el siguiente dibujo reflejaba a su tía Bess besando...
Esme sonrió.
La traviesa tía Bess estaba besando a una mujer, justo como Mary y Esme habían hecho hacía todos aquellos años por Carlisle. Solo que en este dibujo su tía tenía la edad de Esme. El libro tenía que tener unos veinte años de antigüedad. Esme se fijó en la manera en la que sus labios se rozaban, ligeramente abiertos, y cerró los ojos. Se dio la vuelta. Mary y ella, retozando en los campos de flores cerca de la hacienda de su padre.
—Gírala más deprisa, Esme. Eso es, sí... Veo sus tobillos. ¡Oh! ¡Sus rodillas! ¡Sois unas chicas muy, muy traviesas!
El corazón le latió con fuerza y se esforzó por respirar mientras ellos reían y reían a carcajadas hasta dolerle el estómago. Puso las manos sobre los esbeltos hombros de Mary para recuperar el equilibrio, pero el mundo seguía dando vueltas a su alrededor. Se sonrieron. Los ojos verdes oscuros de Mary estaban llenos de alegría.
—Bésala. Quiero ver cómo la besas, Esme —repetía la voz de Carlisle.
Esme se inclinó hacia delante, y sus respiraciones se mezclaron. El aliento de Mary olía a té y a limón. La suave y delicada piel de los labios de Mary rozó, colgó y se deslizó por los labios de Esme. El beso, muy suave al principio, se volvió más intenso cuando Carlisle las rodeó a las dos con sus brazos, las levantó y les dio la vuelta, mientras les besaba el cuello a la una y la otra.
Mary retiró los labios, su respiración jadeante le calentó las mejillas y los labios de Carlisle besaron los de Mary. Esme se quedó observando; se había preguntado cuál sería la sensación del roce de sus labios en los de ella.
Él giró la cabeza hacia ella. Sus labios se encontraron con los suyos y se cerraron con avidez sobre ellos como si estuviera chupando un trozo de limón. Ella sintió escalofríos recorriéndole la piel, y los dedos de los pies se le retorcieron. Era una maravillosa sensación que nunca más volvería a experimentar.
Mary rió disimuladamente y Carlisle abandonó los labios de Esme. Ella temía cerrar la boca, así que dejó los labios abiertos y la barbilla le tembló. ¿Qué pasaba si el cosquilleo se desvanecía? Deslizó la lengua hacia fuera y rozó la superficie rolliza y húmeda, y saboreó la vainilla que siempre olía en él.
Su mirada se rezagó en su cara, y vio cómo sus ojos resplandecían con deseo y felicidad. El corazón de Esme se empapó de su placer.
—Mi dulce Esme —la voz de Carlisle estaba cargada de amor...
¿Amor? Esme suspiró. Su mente regresó repentinamente al presente. Aquel día había visto algo más que deseo en los ojos de Carlisle.
La expresión de lujuria en los ojos de alguien… Aquello era algo que Harold le había enseñado. Carlisle… Sus ojos azules habían brillado con calor, ternura y devoción. Hasta aquel día, el solo hecho de pensar en su mirada hacía que se le erizara la piel de anhelo, anhelo por el amor de un hombre. El corazón le dio un vuelco en el pecho. Ni una sola vez en todos sus años de matrimonio y relaciones los ojos grises de su marido le habían expresado una mirada como aquella.
Poco después de aquel día en el campo, Carlisle había empezado a hablarle a Esme con su mente, y entonces, su relación con Carlisle se había detenido bruscamente. A Esme le tembló el labio inferior, al acordarse de la arrugada expresión de sus cejas y la penetrante traición en sus ojos.
«No, Esme. Para. Algún día podrás pensar en un recuerdo como ese».
Esme negó con la cabeza y cerró de un golpe el libro que tenía entre las manos. No podía regresar al pasado. No podía arrepentirse ahora de la confesión que la había apartado de Carlisle.
Se dio la vuelta y divisó un trozo de papel estucado que había plegado en el suelo, junto a sus pies. Se inclinó hacia abajo y cogió el suave papel blanco. Sin duda, aquel trozo de pergamino se habría caído cuando había cerrado el libro. Desplegó la hoja del tamaño de un libro.
Extendido en la parte de arriba y escrito con pintura al agua de color negro se podía leer «El Guante». La imagen era un vago dibujo de un hombre, con un sombrero naranja colorido en lo alto de su cabeza, de pie delante de una puerta de color verde oscuro. Los colores y las formas se diluían juntas como si el espectador estuviera viendo el dibujo a través de una botella de aceite. Bajo la pintura se escribía con tinta negra, «El placer fue recibido por todos nosotros de una manera lo suficientemente vergonzosa como para caer en el Guante de Venus».
¿Era la letra de la traviesa tía Bess? Se mordió el labio. ¿Qué sería «El Guante»?
Esme caminaba por la calle James, y se dirigía hacia su primer espectáculo teatral desde hacía años. El corazón le aporreaba el pecho y sonreía mientras pasaba uno tras otro los grupos de personas que se dirigían a los eventos que tenían lugar durante la noche.
—Buenas noches, señora.
Esme se detuvo; el profundo tono de voz del hombre atrapó sus sentidos desde el otro lado de la calle. Se giró hacia él y observó cómo una mujer vestida con una elegante capa de algodón y un sombrero rojo de plumas salía de una casa en la calle lames.
El hombre, al observar su expresión de sorpresa, hizo una leve inclinación de cabeza. Su sombrero de seda rojo cobrizo brillaba bajo el reflejo de las farolas de la calle.
—Entre —sus ojos la observaban con una juguetona picardía—. Es un festín para sus ojos y sentidos.
Ella abrió los ojos deparen par, y el dibujo del hombre con el sombrero naranja destelló ante ella.
"El Guante».
Se mordió el labio y echó un vistazo a su alrededor. La gente andaba apresurada de un lado a otro, se dirigía hacia los eventos del teatro, sin dedicarle ni una sola mirada a aquel hombre. Ella debería estar caminando en otra dirección. «La razón principal por la que has venido a Londres, Esme, ha sido por ir a la ópera. Ni siquiera deberías estar considerando lo que es El Guante».
La puerta de la casa en la que el hombre se levantaba se abrió una vez más, y ella movió la cabeza hacia un lado para intentar atisbar algo de lo que había dentro. Un cálido brillo la iluminó cuando otra mujer bajó por los escalones, y el débil y suave tono de una mujer que gemía y después estallaba en carcajadas llenó sus oídos. Esme se quedó sin respiración. La puerta se cerró.
Qué intrigante.
El suave gemido y la carcajada de la mujer resonaban en su cabeza una vez más, y los nervios le revolvieron el estómago. Parecía que estaban pasándoselo muy bien allí dentro, como Mary y ella habían hecho en el campo con Carlisle. Su mano enguantada alisó el cuerpo de su conservador vestido de gasa de color azul marino.
Sentía curiosidad.
Hasta aquel momento solo había visto a mujeres salir de aquella casa. ¿Sería lo suficientemente traviesa? Quizás una experiencia nueva y escandalosa fuera exactamente lo que necesitaba para olvidar su anterior existencia recatada. «Puede que solo crees un nuevo recuerdo, Esme. La ópera estará aquí mañana». Echó un vistazo a su alrededor. De todas maneras, nadie sabía realmente que ella se encontraba en la capital, si es que no se habían olvidado ya de... lady Esme.
Nadie se daría cuenta.
—Entre —articuló el portero, mientras hacía gestos hacia la puerta.
Esme se alejó del caminó y atravesó la calle.
Solo le preguntaría lo que había dentro de aquel sitio. Si el hombre decía algo que la intrigara, entraría. Si no lo hacía, continuaría su camino hacia la ópera, como había sido su primera intención. Enderezó los hombros.
Miró a izquierda y derecha, recogió los bordes de sus faldas con la mano izquierda, los levantó y esperó a que el tráfico se detuviera.
Un caballo de alquiler pasó y una abertura apareció en la línea de los carruajes. Tomó una profunda bocanada de aire, y corrió a toda prisa por la calle adoquinada. Con cada paso que daba, sentía que se quitaba un peso de los hombros y la emoción aceleraba el ritmo hasta alzar el vuelo. Cuando llegó al otro lado el corazón le latía en la garganta.
El hombre le sonrió.
«Estúpida… ¿qué estás haciendo?». Echó un vistazo a su alrededor. Ni siquiera nadie se daría cuenta… excepto por el hombre con el sombrero de color cobre.
Su sonrisa se hizo más abierta cuando ella caminó hacia él. El corazón le latía con fuerza con cada aliento que exhalaba, y el sudor atravesó la piel de su ceja.
—Señor, ¿qué hay ahí dentro?
—Por favor, entre y disfrute de la fiesta erótica, señora.
« ¿Erótica?».
El corazón le latió con fuerza ante la idea. Rió para sí misma. Desde luego, erótica... El dibujo había mencionado el Guante de Venus.
Se le tensaron los músculos del sexo. ¡Al diablo con los libros de la tía Bess, las ilustraciones y las esculturas! Las dos últimas noches había estado acariciándose a sí misma cuando los recuerdos de Mary y Carlisle habían llenado su mente. Negó con la cabeza. Ni una sola vez había tocado Carlisle su carne de la manera en la que lo había hecho Harold, aunque ella había imaginado a Carlisle en todos sus sueños libertinos.
Cambió de posición y observó al hombre una vez más. Sus ojos de color castaño oscuro se suavizaron.
—Por favor, entre, señora. No lo lamentará.
A ella le tembló el labio inferior. «Hazlo, Esme. Haz algo que hubiera provocado que Harold tuviera algunas palabras contigo». Sí, eso era exactamente. Necesitaba salir de su mundo de viuda. Salir de la vida que nunca había deseado compartir con Harold. Empezar a dirigirla en una dirección que le trajera algo de placer, algo de emoción. En una ocasión saboreó lo que era la ternura, la pasión y el placer. Había ido a Londres sola, Podía hacer aquello. Asintió al caballero del sombrero de cobre, y él abrió los ojos de par en par, con una expresión llena de deleite.
Subió los escalones, agarró el pomo de la puerta de color verde oscuro y empujó la puerta hasta abrirla.
—Por favor, entre.
Ella subió las escaleras y sintió cómo le temblaban las rodillas. Nunca en su infancia hubiera creído que acabaría entrando en un infierno escandaloso como aquel… y sola. No es que se le hubiera pasado por la cabeza entrar en uno acompañada de alguien.
Había soñado con viajes lejanos y con aprender, porque su corazón así lo deseaba, acerca de cosas increíbles y exóticas. Nunca había pensado que su vida acabaría estando vacía de emoción, que iba a casarse con un hombre que le había proporcionado seguridad y bastantes lecciones de lujuria, pero nada más. Nada.
Atravesó el umbral de la puerta y entró en un pasillo con una iluminación tenue. La puerta se cerró rápidamente tras ella. La emoción y algo de miedo inundaron su piel, y se estremeció. La suave música de un violín venía de algún lugar de la casa, y una mujer se le acercó desde el otro extremo del pasillo.
Tenía un cabello sencillo y moreno, recogido en lo alto de la cabeza en una cola de caballo enorme. Sus ojos verdes brillaron mientras contemplaban a Esme, y le dedicó una sonrisa seductora. Esme sintió cómo el calor se desplegaba por su vientre. Aquella mujer era preciosa.
—Buenas noches, señora. ¿Viene a ver el espectáculo?
Esme cerró los puños.
—Sí —fue la única palabra que consiguió pronunciar.
—Muy bien, señora. Son dos chelines, por favor —tendió su mano, enguantada en encaje, para recoger las monedas.
Esme se metió la mano en el bolsillo que había en su cintura y sacó las monedas. Le tembló la mano cuando dejó la cuota de la entrada en la palma desnuda de la mujer que se levantaba delante de ella.
—Muchas gracias, señora. Es usted muy amable. Ahora que hemos dejado atrás los pormenores... —la sonrisa de la mujer se hizo más intensa, ¿qué es exactamente lo que le apetece ver?
—Oh, eh, no… no estoy segura. ¿Es una fiesta de diversión erótica? —le ardían las mejillas. Dios santo. Era una mujer de treinta años. Debería ser capaz de decir la palabra «erótica» sin ruborizarse.
—Eso es —los ojos de la mujer se abrieron hasta adoptar la forma de un platillo de té—. Hay montones de cosas que ver... No solemos recibir a muchas mujeres guapas en la puerta, así que es usted todo un regalo —levantó los dedos, y se mordió su uña sin arreglar; después, señaló con la punta a Esme—. Creo que la exhibición de grupo hará que se sienta muy cómoda con esto. O, espere... no. Un pequeño espectáculo en privado antes de que le llevemos a conocer a nuestros otros invitados —su uña abrió sus sensuales labios, y su lengua rodeó su dedo índice en una caricia traviesa.
¡Dios mío! ¿Qué sensación le produciría sentir la caricia de la lengua de esa mujer en el propio dedo de Esme? ¡Oh! Se quedó sin respiración mientras la expectación producía escalofríos en su piel y le erizaba los pezones. Nunca antes había pensado en besar a una mujer además de Mary, aunque la imagen estaba allí.
El dedo de la mujer se retiró de su boca y se dirigió en dirección de la cara de Esme. La húmeda uña y la yema de su dedo trazó el puente de la nariz de Esme, y después le dio un golpecito en la punta de la nariz.
Esme abrió los ojos de par en par; la humedad le escocía y se secaba con el aire.
La mujer le guiñó un ojo.
Esme no tenía ni idea de lo que suponían ninguno de aquellos dos comportamientos. La emoción en la voz de la mujer indicaba que eran una exhibición escandalosa y traviesa.
Escandalosa y traviesa.
Sí, Esme necesitaba urgentemente aquellas dos sensaciones.
La mujer rodeó el antebrazo de Esme con sus dedos.
—Venga conmigo, querida.
Los pies de Esme flotaron como si estuviera caminando entre nubes a medida que seguía las bamboleantes caderas de la mujer bajando por el largo y suavemente iluminado pasillo. Estaba a punto de entrar en el escandaloso mundo de su tía Bess. Los cuadros de hombres y mujeres alineaban las paredes. La puerta se abrió detrás de ellos, y una ráfaga de aire frío refrescó la piel húmeda de Esme.
La mujer que la guiaba se detuvo y echó un vistazo hacia atrás, en dirección a la puerta.
—Otro invitado —desvió después la mirada hacia el cuerpo de Esme, y ésta tembló como si fueran las manos de la mujer y no sus ojos las que estuvieran trazando su piel.
—Déjeme que atienda a este hombre. No quiero andarme con prisas con usted —la lengua de la mujer se deslizó por sus generosos labios.
Esme sonrió con timidez.
—Desde luego.
—Discúlpeme. Solo será un momento.
La mujer se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Esme la observó mientras llegaba al vestíbulo.
—Buenas noches, señor.
—Buenas noches, señora —el tono grave de su voz le puso los pelos de punta a Esme en un movimiento de cosquilleo.
Carlisle.
Esme abrió los ojos de par en par. ¿Era él? Tragó saliva con fuerza cuando estudió la espalda ancha del abrigo de noche de color azul que descendía hasta una fina cintura y un trasero deliciosamente redondo. Oh, Dios mío. Era mucho mejor que cualquiera de los dibujos de su tía. Incluso bajo los faldones, se marcaban unos músculos elegantemente firmes.
Se mordió el labio. Desde luego, era mucho más grande que cualquier otro hombre que hubiera visto después de Carlisle y ninguno había llamado su atención como él lo había hecho durante todos aquellos años antes de su matrimonio. Se imaginó sus labios rozando los suyos y la dulce fragancia de la vainilla llenando sus sentidos mientras reía a carcajadas.
— Carlisle... —susurró suavemente para que nadie pudiera oírla.
El hombre se dio la vuelta en el vestíbulo. Sus ojos, de un color azul intenso, se le clavaron en el alma.
Ella se quedó sin respiración y se dio la vuelta. Carlisle. Carlisle Cullen estaba allí, de pie, en el vestíbulo. Escalofríos de anhelo, de expectación y de miedo recorrieron su cuerpo. Sus pezones se levantaron en duras puntas contra la tosca tela de su sostén. Inhaló profundamente y se esforzó por respirar con tranquilidad, pero no podía moverse.
Se quedó mirando el retrato que había ante ella, un hombre de la talla de un niño que se levantaba delante de una mujer flacucha y con una enorme barba. Sí, eso era. Esme concentró toda su atención en la peculiar pintura. Se obligó a abrir bien los ojos e intentó olvidarse del hombre que se erguía en la entrada. Intentó concentrar toda la emoción que había estado buscando momentos antes y más tiempo en aquella ridícula imagen. Imposible.
Carlisle... Carlisle estaba en el vestíbulo. El hombre al que había amado con todo su corazón durante todos aquellos años. Se restregó los ojos con fuerza otra vez. ¿Le perdonaría él por la estupidez que le había alejado de ella? Su estúpida confesión vino a su mente de nuevo: «Habla conmigo con su mente», mientras Mary abría los ojos de par en par.
— ¿Qué desea ver, señor? —la sensual voz de la mujer gorjeó e hizo que Esme volviera a concentrarse en el momento presente.
—Deseo ver a la mujer, sea quien sea, a la que está usted acompañando.
—Es una exhibición privada, señor. Si se queda aquí, mandaré a una de mis chicas para que le acompañe.
—No, deseo ir con usted y con la señorita.
—Lo siento, señor, pero ella ha pedido una exhibición privada.
Esme tensó los músculos de su cuerpo. Ella deseaba unirse a él, sin embargo...
«Esme, me uniré a ti. Sabía que había una razón por la que este infierno me llamaba cuando pasé por la puerta».
La mente le daba vueltas. Había hablado con ella con sus pensamientos, de la misma manera que había hecho todos aquellos años. Le temblaron los brazos, y se esforzó para que sus ojos invidentes siguieran concentrándose en la expresión del hombre del retrato.
Oh, Dios. Deseaba que Carlisle la acariciara. Que la tocara de la misma manera que había hecho haría tanto tiempo; deseaba incluso más. Sintió un cosquilleo en los labios de su sexo.
Apretó los ojos con fuerza.
—Él... él puede unirse a mí si lo desea —dijo, lo suficientemente alto como para que le oyera la mujer.
—Oh —el tono de voz de la mujer pareció de sorpresa.
Esme no podía mirarla a ella, ni tampoco a él. Aquello era un sueño. Sí, exacto. Uno de los cientos de sueños en los que ella había vuelto a verle de nuevo.
«No, Esme. Estoy aquí. Esto es real. Y no te abandonaré otra vez hasta que no seas mía. Lo que pasó fue un error. El error de un estúpido chiquillo. He dejado de comportarme ya como tal».
— ¿Qué desea, señor? —la decepción llenaba la voz de la mujer.
—Bueno, querida señora, deseo ver a la deliciosa mujer que está en el pasillo darle a usted un beso.
Esme se quedó sin respiración. ¡Lo sabía! ¿Cómo podía adivinar sus pensamientos más atrevidos?
—Desde luego, la mujer es...
—Sí —la voz de Carlisle acarició los nervios de Esme y la carne que descansaba entre sus muslos se vio inundada por un calor abrasador.
—Por aquí, señor. Tengo muchas cosas que enseñarles a los dos... Imágenes que excitarán y conmocionarán sus sentidos eróticos.
ESME PERVERTIDA! JAJAJAJA
SIENTO MUCHO NO HABER ACTUALIZADO PERO ES QUE ANDO SUPER OCUPADA CON EL TRABAJO Y DEMAS PROBLEMAS PERO NO DEJARE ESTA HISTORIA LA AMO DEMASIADO COMO PARA DEJARLA ASI
…..QUIEREN MAS? PORQUE YO SIIIIIII
BESOS COMO LOS DE ESME
