Capítulo 25. Navidad.
Observaba la escena desde el porche de la casa de los Woods. A Juno le habían regalado una portería y un balón por Navidad, entre otros regalos, pero ese se llevó la mayor atención de la niña. Alexa y Gerard se la montaron, recordó cuando dijo en el pasado que a veces ayudaba a su padre a toquetear los coches que tenían para mejorarlos, y sonrió imaginándoselos trabajando juntos en esas cosas, compartiendo momentos de padre e hija. Juno se volvió loca con la portería, y no tardó en ponerse la equipación que le regaló ella con la ayuda de su chica, y empezar a jugar en el jardín: Alexa en la portería, y Gerard y Juno en el "campo". Apenas había nevado ese invierno, lo fuerte seguro que caía más adelante. Donde vivían sus padres sí que tenía por seguro que estaría todo blanco.
Bebió del café que habían preparado. No era que le encantase el café, pero no había dormido nada esa noche y el día que les esperaba sería largo. Habían quedado primero con Carmen y luego se uniría Luna, seguro que acabaría entreteniéndolas con algún plan.
Clarke salió en ese momento de casa y se sentó al lado de su mujer, agarrando su mano mientras observaba a Juno con cariño. Su corazón empezó a latir con fuerza, porque el día anterior Alexa le dijo que quería tener hijos con ella y no podía estar más contenta. Nunca había pensado en tener hijos antes de que Stephan lo dijera, fue entonces cuando pensó por primera vez la ilusión que le haría, cómo ese sentimiento de soledad y de malestar desaparecería cuando tuviese a su bebé en brazos. Desde entonces esa vena materna que se le activó no se había vuelto a apagar.
Verónica abrió una de las ventanas, y las tres se giraron por si necesitaba algo. La miró fijamente a ella antes de pedirle si podía entrar para ayudarla con "unas cosas". Se terminó lo que le quedaba de café y, antes de meterse dentro de la gran casa, le dedicó una mirada a su chica, que seguía jugando con Juno activamente, como si no hubiesen estado toda la noche haciendo ejercicio. Cómo había echado de menos el sexo con Alexa.
—¿Qué necesitas? —ofreció su ayuda cuando llegó a la cocina, y la mujer la miró con media sonrisa.
—Quería hablar simplemente, puedes sentarte —señaló una de las sillas de la isleta de la cocina, y ella se sentó—. ¿Qué tal has dormido?
No sabía si estaba lista para enfrentarse a una de las famosas charlas de los Woods, Alexa ya le advirtió en el pasado y la semana anterior volvió a refrescarle la memoria. Se plantearon pasar la noche en su piso, para estar a solas y que no sucediera lo que parecía que estaba a punto de suceder, pero al final decidieron quedarse allí para pasar más tiempo en familia.
—Hemos dormido bien —habló en plural—. Mucho mejor una cama de matrimonio que la que tenía cuando estaba aún en la universidad.
—Sí, cambiamos las dos de las gemelas cuando Lexa y Clarke se casaron. Después reformamos la habitación donde duerme Juno.
—Supongo que pronto será el turno de Taylor y Tracy.
—Me muero por tenerlas en mis brazos ya, será como viajar en el pasado, pero con dos niñas rubias.
—¿Estás segura de que serán rubias? —rio divertida.
—Una abuela lo sabe todo —comentó, sentándose a su lado, y le sorprendió que agarrase su mano—. Raven, siento mucho la conversación de anoche sobre los bebés. Gerard y yo no sabíamos nada, y te pido disculpas de parte de los dos.
—No te preocupes, Verónica —agradeció su tacto con una sonrisa.
—Claro que me preocupo. Se nota que te afecta y debe ser muy duro, no tienes que estar guardándote tus emociones.
—Alexa me ayuda a sacarlas, tienes una hija increíble que siempre está atenta a mí y escuchándome.
—Sí, Alexa es muy entregada. Tuve suerte de que todo saliese bien, porque no tengo quejas de ninguna de las dos —la frase logró captar su atención.
—¿Tuviste suerte? —preguntó confundida, y la mujer asintió.
—Estuve a punto de perder a las gemelas durante el embarazo. Unas complicaciones que no tardaron en solucionar, porque Gerard me llevó a un buen médico especialista, pero… fueron las horas más largas de mi vida. Horrible —confesó mirando hacia el infinito.
—Tuvo que serlo —estuvo de acuerdo y Verónica volvió a enfocarla.
—Mis hijas no lo saben, pero Gerard y yo lo pasamos muy mal. Fue un miedo constante por si volvía a pasar algo, siempre le digo a mi marido de broma que era Lexa pegándole a Alex. Ya sabes, amante del kickboxing —sonrió con orgullo—. Era un método para intentar no estar tan preocupados, pero míralas. Menudas dos nos han salido.
—Son increíbles, de verdad.
—Y, Raven, serás madre —le aseguró—. Alex siempre está diciendo que no, pero solo hay que ver cómo te mira, cómo te quiere, lo entregada que es con todos nosotros y con su sobrina… —expuso con una gran sonrisa—. Sé que Alexa se va a quedar embarazada y vais a tener una familia preciosa.
Sonrió, sin saber qué contestar exactamente, porque tenía las emociones a flor de piel; quizás unido a ese ambiente navideño y familiar aumentaba de intensidad. Su vida había cambiado completamente gracias a Alexa, e iba a ir a mejor, lo tenía muy claro. La salvó cuando pensaba que estaba perdida, y en ese momento ambas se sujetaban mutuamente para ir juntas por el mismo camino.
—Cuando Gerard y yo nos pasamos horas y horas haciéndolo —dijo de repente, y ella sintió que sus mejillas se teñían de rojo. Un brusco choque con otro tema, quitándole la sensibilidad de golpe y porrazo—, comemos fruta de temporada para coger fuerzas. Si quieres te preparo una macedonia y…
—Verónica, no hace falta —rechazó amablemente, y la mujer le guiñó un ojo.
—Era para quitar un poco de tensión. Sabes que cuando quieras podemos hablar de lo que sea —ofreció antes de inclinarse y abrazarla. Le devolvió el gesto y cuando alzó la vista vio a Alexa observándolas con una sonrisa. Acababa de entrar a la cocina.
—Mamá, estás mayor para experimentar esa faceta tuya con las mujeres.
—No estoy mayor para eso, cariño —rebatió rápidamente y miró a su hija mientras llenaba un vaso de agua y se lo bebía.
—Tu marido y tu nieta están en el césped tirados. Parece que no aguantan mi energía.
—Eres igual que tu madre: cuanto menos duermo, más energía tengo —la mujer se levantó y les guiñó un ojo tras decir su siguiente frase—. Además, ¿quién te dice que no he experimentado ya con mujeres?
—Perversión por todos lados —comentó su chica cuando su madre las dejó a solas.
—De alguien lo has sacado —sonrió a la chica, haciéndole hueco entre sus piernas cuando se colocó frente a ella.
—No puedo dejar de pensar en tus gemidos de anoche.
—Te debe de venir un poco mal para concentrarte en jugar con Juno —acarició sus brazos antes de rodear su cuello y acercarse un poco más a ella.
—Me volviste loca —confesó, dándole un corto beso en los labios—. Tan apretada —dijo entre dientes, hincando los dedos en sus muslos.
No tardaron en besarse de forma intensa desde un principio. Dejó que su lengua acariciase la suya mientras se entretenía en sujetar el pelo de su nuca, del que tiró cuando mordió su labio, haciéndola reír suavemente.
—Tenemos que estar en familia, deja las ganas para otro momento.
—Está bien, esta noche. Tenemos que aprovechar que estamos de vacaciones, Reyes.
—No, aquí no vamos a volver a hacerlo —sentenció, y tuvo que aguantar una risa ante la cara de shock que se le quedó a su chica, después Alex la siguió hacia la salida preguntándole una y otra vez "es mentira, ¿no?". Claro que lo era, si la rozaba con un dedo y ya la tenía dispuesta a todo.
Nota mental: intentar ser más silenciosas si se repetía.
X X X
Le gustaba tener a Luna de vuelta en su vida: todo había cambiado desde que apareció por sorpresa en Palo Alto, al menos para ella. El contacto se retomó y todo volvía a ser como era antes, como si el tiempo no hubiese pasado y siguiesen como siempre. Habían estado con Carmen y Heller, su marido, aquella tarde y Luna acudió a la hora de la cena con la intención de acudir después a aquel bar, donde tantas veces habían ido cuando tenían "veinte y pocos", ahora había que cambiarlo a un "muchos". Cómo de rápido pasaba el tiempo.
—No he podido evitar darme cuenta de algo —habló Raven sentada a su lado, y giró su rostro para verla sonriente.
—¿De qué?
—De que llevamos aquí dos horas sin dejar de hablar y ninguna de las dos me ha sacado a bailar.
—Qué maleducadas somos, Alexa —Luna se llevó la mano al pecho, dramatizando el asunto, y Raven comenzó a tamborilear sus dedos sobre la superficie de la mesa.
—¿Y? —alzó las cejas al cabo de unos segundos, y las más jóvenes sonrieron.
—Vamos, mami —se levantó y le ofreció una mano a la mujer para que la acompañase donde estaba la multitud bailando en aquel local.
Luna las siguió, y ella no tardó en moverse al ritmo de la música, sujetando a Raven de la mano, a una distancia que le permitiese ver cómo meneaba las caderas. Le encantaba cuando lo hacía, porque desde que volvió a su vida, tras los años de separación, se había dado cuenta de que esa zona en concreto había crecido más y las tenía perfectas. Raven era una persona que adoraba bailar y en cualquier situación cotidiana podías verla moviendo las caderas, aunque la música tan solo fuese mental en algunos casos. Muchas veces se quedaba mirándola en silencio mientras la latina limpiaba o cocinaba y se perdía en el vaivén de esa zona de su anatomía.
Estaba claro que cuando estaban bailando juntas el resultado era mucho más sensual que al verla simplemente moviéndose mientras estaba en otros quehaceres, sobre todo le gustaba cuando esas caderas se movían contra las suyas; y lo hacía muy bien. En ese momento, Raven rodeó su cuello y se sonrieron a la vez mientras ella envolvía su cintura con los brazos. Acarició su nariz con la suya y atrapó sus labios en un beso fugaz sin poder evitarlo mucho más tiempo. Demasiadas horas sin hacerlo.
Luna se pegó a la espalda de Raven y deslizó sus manos por su cintura, llevándose una mirada pícara de su parte por las caricias que recibía.
—¿Os habéis pensado ya lo del trío? —preguntó Luna cerca de la oreja de la latina.
—Sí, y la respuesta es que no —contestó Raven, y la chica protestó antes de que la mujer moviese su culo contra ella. Rezaría por Luna, porque ella podría correrse aun con los pantalones puestos si Raven se movía así unos pocos minutos.
—Tranquila, Luna, la convenceré —prometió—. Lo disfrutó contigo y lo disfruta conmigo.
—No estoy segura de si me haríais disfrutar a la vez —se metió Raven con ellas.
—¿Por qué? —participó Luna—. Nos dedicaríamos plenamente a ti, Alex y yo ya lo hemos hablado.
—Ah, ¿lo habéis hablado? —rio, y ella murmuró asintiendo, observando su rostro y el de Luna, que estaba con la barbilla apoyada en el hombro de la latina—. ¿Y qué tenéis pensado?
—Mira, Alex, está interesada…
Acabaron pegándose un poco más a la mujer, que rio divertida sin dejar de moverse al ritmo de la música.
—¿Quién besa mejor, mami? —preguntó de pronto y Raven la miró con una ceja alzada, acariciándole la nuca con sus dedos.
—Eso, ¿quién besa mejor?
—Cada una tenéis vuestro toque. No creo que haya mejor ni peor.
—Oh, vamos, mójate un poco —pidió Luna, y ella sonrió ante la frase, llevándose un golpe de Raven en la nuca.
—Siempre pensando en lo mismo. No tienes remedio.
—No cambies de tema —mordió su labio y Raven suspiró, girándose entre ellas, para estar ahora de cara a Luna, que le sonrió al verla. Y ella… Bueno, ella se «mojó un poco» cuando la maligna de su novia se movió de esa forma contra su intimidad. Siempre jugando sucio, Reyes. Había cosas que no cambiaban.
—Luna, tú besas más sensual y lento, y Alex besa más pasional y necesitada. Son diferentes formas de besar, pero no quiere decir que no nos hayamos besado nunca de la otra forma. Ese sería vuestro modus operandi a la hora de besar, o al menos como me habéis besado a mí.
—Interesante —dijeron a la vez Luna y ella, y se sonrieron.
—Tú besas agresiva y sexy —aportó la de pelo rizado, observando a Raven.
—¿Agresiva? —frunció el ceño ella, y Luna asintió.
—Es una fiera.
Sí, Raven podía llegar a ser una fiera, pero no definiría sus besos como algo agresivo. Más bien como había mencionado que eran los suyos y sensuales. Muy sensuales. Aún recordaba los primeros besos que se dieron como si fuese el día anterior, una Raven dudosa sobre si estaba haciendo lo correcto o no con una alumna, añadiendo a la mezcla que estaba casada. Podía rememorar a la perfección la forma en la que sus labios se movían contra los suyos, buscando esa pasión que necesitaba, ese respeto. Ser deseada. Después, esos besos definidos por el miedo y la indecisión pasaron a la sensualidad característica de su profesora Reyes; la que conseguía dejarla sin recursos para nada más. Y es que la desmontaba con tan solo una sesión de buenos besos. A ella. A Alexa Woods. Por eso y por tantas cosas más la había marcado de esa forma. Tal fue la intensidad que seguía enamorada de ella después de haber estado sin verla cinco años enteros.
Llevaban bailando un buen rato, las tres juntas, y desde hacía unos minutos se había percatado de algo, que más que enfadarla o ponerla en alerta, le hizo sentirse algo entristecida. En un primer momento, estaba contenta por cómo se llevaban de bien Raven y Luna, la complicidad que tenían y lo bien que se conocían las dos. Pero entonces se fijó en la mirada de su excompañera de habitación y algo se le encogió por dentro, y no era por celos ni nada parecido, pero reconoció en la mirada de su amiga algo que la inquietó.
—Voy al baño —anunció Raven, y era el momento perfecto para hablar con su amiga.
—No tardes, Reyes, que Alexa llora si no vuelves pronto —se burló Luna, y la latina la despeinó ligeramente mientras pasaba por su lado, sonriéndole.
Se quedó en silencio, observando cómo la chica miraba a Raven mientras se iba y volvía a enfocar su bebida antes de dar un corto trago y conectar sus ojos.
—Te gusta —dijo sin más, y Luna frunció el ceño.
—¿La copa? Sí, no está mal, aunque he probado mejores —sonrió y ella se inclinó para hablarle más de cerca.
—Raven —vio que miraba hacia sus manos, con el rostro tenso—. ¿Estás enamorada de ella?
—Alexa —levantó la cabeza y pocas veces le había llamado por su nombre completo—, no voy a hablar de esto contigo.
—¿Desde cuándo?
—De "no voy a hablar contigo de esto", ¿qué parte no has entendido?
—Luna, no me molesta que sientas cosas por Raven, solo estoy intentando ayudar.
—Raven está enamorada de ti, Alexa, desde que la conocí personalmente y fuera del ambiente profesora-alumna.
—¿No has intentado tener algo más serio con ella antes? —se interesó, confundida.
—No —contestó escueta—. Raven no ha dejado nunca de pensar en ti, Alexa, nunca se vio preparada para empezar nada serio con nadie y no iba a echar por la borda lo que tenemos por querer algo más. Siempre iba a estar esperándote, y, llegado el momento, te iba a elegir a ti por encima de cualquier persona. Tomé una decisión y no me he arrepentido de ella.
—Lo siento —se sinceró, porque no quería ponerse en el lugar de la chica. Tenía que doler dejar ir a alguien por amor.
Entonces se dio cuenta de Raven lo hizo por ella, cuando la dejó para que pudiera conseguir sus objetivos docentes, por su futuro. Y sabía que lo pasó tan mal como ella.
—¿Raven lo sabe?
—No. Y no se lo digas, por favor.
—¿Has estado con otras personas este tiempo?
—¿Podemos hablar de otra cosa? —la miró con preocupación, no le gustaba verla así de frustrada, así que simplemente asintió y la escuchó suspirar aliviada.
X X X
Paseaban de la mano, volviendo a casa de sus padres. Luna había encontrado ligue nocturno: un chico alto y rubio que no había dejado de mirarlas durante toda la noche mientras bailaban. Ella acabó como siempre: cachonda perdida. No culpaba a nadie. Bueno, sí, a Raven, porque cuando Luna desapareció y se quedaron a solas, la invitó a otra copa y volvieron a salir a bailar. ¿Y qué pasaba cuando Raven bailaba pegada a ella, robándole besos entre movimiento y movimiento? Adiós, bragas nuevas de Calvin Klein, había sido un honor llevarlas puestas por un solo día.
Tenían que ir al edificio donde se ubicaba el piso de Raven para poder coger su coche del garaje: iban a ir con él a casa de los padres de la latina, y tenía en realidad ganas de ver dónde vivían, porque por lo que indagó era un pueblo pequeño en mitad de las montañas. Concretamente en Wiser River, Montana. Iba a ser un viaje largo, pero ambas dijeron que sí a la posibilidad de ir en coche hasta allí, así que decidieron realizar el viaje en dos días: el primero, harían ocho horas, cuatro cada una; y, el segundo día, las ocho restantes. Sería agotador, sí, pero se moría de ganas por compartirlo con ella.
—Mami, me gustaría hacer una parada arriba —susurró contra su oído tras abrazarla por la espalda, caminando así hacia el portal. En teoría cogían el ascensor para ir al garaje, pero ella quería subir.
—¿Una parada? —preguntó también en español, y ella sonrió contra su oreja atrapando su lóbulo y lamiéndolo mientras entraban en el portal e iban dirección al ascensor.
—Estoy tan mojada que te sorprenderías, mamita —escuchó que cogía aire, y ella se ocupó de lamer su cuello y soltar un murmullo placentero al llegar a su oreja para calentarla un poco más.
Raven Reyes ganaba en sensualidad y en dejarla partida en trozos en el suelo, pero ella también tenía sus armas. No tan letales, pero estaba convencida de que las tenía. Entraron en el ascensor una vez se abrieron las puertas y la aprisionó contra una de las paredes, de cara a los botones de los pisos. Pegó sus caderas a sus nalgas y paseó las manos con sus dedos extendidos por sus costados, soltando un ligero jadeo cuando Raven sacó algo de culo para que la sintiese mejor.
Sonrió al verla pulsar el botón de su piso, y la giró para buscar con desesperación su boca. Agarró sus caderas y las apretó a la vez que separaba sus labios para dejar que sus lenguas chocaran entre la boca de ambas. Apretó su labio inferior con los dientes y tiró de él ligeramente antes de volverla a besar, sintiendo los dedos de Raven enredándose en su pelo.
Se separaron ligeramente y suspiraron cuando vieron que no había nadie en el pasillo. Volvió a colocarse a sus espaldas y coló las manos bajo su camiseta mientras abría la puerta, haciéndole cosquillas y disfrutando de su risa y de cómo le estaba costando abrir. Nada más lo consiguió, se ocupó de dejar caer su abrigo y de quitarle el suyo a Raven antes de unir sus labios de nuevo, rodeándole por cintura y la latina a ella por el cuello. Suspiró contra sus labios y comenzó a dirigirla a su habitación.
Quería probar esa cama con muchas ganas. Dejó que Raven se deshiciese de su camisa botón a botón sin dejar de mover sus labios al mismo ritmo necesitado, y es que estaba todo tal y como recordaba: como hacía cinco años atrás. Así que no le costó nada ir hacia la habitación de su novia a ciegas y sin dejar de besarla. Fue Raven la que consiguió sentarla sobre el colchón y se sonrieron cuando la mujer quedó en una posición más elevada que ella.
Disfrutó de cómo se desnudaba muy despacio frente a ella, contoneándose frente a su cuerpo. Mordió su labio al ver su ropa interior, como siempre, conjuntada, pero nueva. Muy nueva. Seguía llevando encajes, pero el culote era algo más atrevido que los de antes: ahora mostraban más carne. Se giró para ella como si leyese sus pensamientos, y estancó su vista en esas nalgas que tanto les gustaba. Sonrió, sin dejar de apretar su labio inferior entre sus dientes, y golpeó uno de sus cachetes cuando así lo pidió la postura levemente inclinada en la que se puso frente a ella.
—¿Lo tienes así por el yoga? —preguntó, aprovechando para darle un mordisco cuando se lo puso frente a la cara antes de dejarse caer sobre sus piernas y continuar meneándose, procurando hacer presión con su culo en su intimidad.
—Puede ser, ¿te gusta? —se interesó, mirándola sobre su hombro y ella asintió sin dejar de mirar sus ojos marrones.
—Me encanta.
La escuchó reír suavemente y ella besó su hombro. Lamió hasta su cuello y se dedicó a besarlo de nuevo, subiendo una mano por su vientre y agarrando su pecho con fuerza sobre el sujetador. La mujer soltó un sonido placentero y buscó más contacto contra ella mientras con su otra mano desabrochaba la prenda superior de Raven. No tardó en descubrir aquella zona y se asomó por su hombro para poder verlos.
—Enciende la luz, mami. Necesito verte mejor.
Porque sí, de la calle entraba algo de claridad, pero no podía perderse nada de ella. Sería un delito hacerlo. Raven se estiró y encendió la luz de la mesita de noche, y ella se lo agradeció mientras pasaba los labios por su espalda y acariciaba sus costados.
—Tienes mucha ropa, Woods.
Su voz provocó un escalofrío muy agradable por todo su organismo, y se acabó levantando de su cuerpo arrodillándose frente a ella y alcanzando rápidamente el botón de su pantalón. Se lo desabrochó y lo bajó por su cuerpo antes de dedicarse a besar sus piernas con lentitud. Disfrutó de las vistas, de esa boca recorriéndola y las sensaciones que provocaba.
Se quitó ella misma el sujetador y la vio suspirar contra su piel mientras se deslizaba hasta su ingle. Separó un poco más las piernas, porque lo estaba deseando, y gimió cuando lamió su intimidad sobre la ropa interior.
—Es verdad que estás muy mojada —Raven se incorporó, e hizo que se tumbase para caer sobre su cuerpo y mirarla fijamente—. Ya he tenido una charla sexual con tu madre, tenemos que ser rápidas para volver a tu casa pronto. No quiero que mañana sea con tu padre.
—Seamos rápidas —aceptó antes de besar sus labios con intensidad.
Raven comenzó a mover las caderas contra las suyas tras colar un muslo entre sus piernas. Gimió cuando encontró el punto exacto, muy rápido: su chica era más que profesional en el arte amatorio de una mujer. Acarició su espalda desnuda y bajó hasta su culo, agarró sus nalgas y la empujó contra ella.
—¿Qué te apetece? —inquirió Raven contra sus labios, lamiéndolos despacio y haciéndole suspirar.
—Quiero esto… —coló una mano entre sus cuerpos y la acarició sobre su ropa interior—… en mi boca.
La mujer la besó de nuevo y elevó ligeramente las caderas para dejar que bajase su culote, dejándola completamente desnuda. Pasó los dedos por su intimidad y suspiró antes de abrir los ojos y ver a Raven mirándola con los labios separados. Apretó con la yema de estos su clítoris y vio cómo gemía. Mordió su labio y deslizó dos dedos en su interior con mucha facilidad, y sonrió.
—No soy la única que se pone cachonda bailando.
—No he dicho que no me pase a mí.
La embistió un par de veces antes de salir de ella y llevar los dedos a la boca de su exprofesora, sonriendo cuando la mujer los atrapó con habilidad, moviendo su cabeza hacia arriba y hacia abajo con lentitud sin dejar de mirar sus ojos. Bajó la vista para ver cómo sus labios se deslizaban por todo lo largo que eran sus dedos, suspirando cuando los succionó suavemente y deslizó la lengua entre ellos.
—Siéntate en mi cara —pidió.
Raven la besó unos segundos en los labios antes de hacerle caso y escalar por el colchón arrodillada, haciendo una parada para moverse sobre sus pechos. Miró cómo su pezón, el que llevaba incorporado un piercing, estimulaba su clítoris y suspiró al sentir lo mojada que estaba contra su piel. Disfrutó de las vistas y de lo alucinante que era el cuerpo de Raven, sin poder evitar subir sus manos hasta sus pechos y sujetarlos con fuerza, gruñendo en el camino.
—Tengo una idea —dijo sin aliento y Raven la miró interesada.
—Dímela.
—Sesenta y nueve —propuso, y la latina no tardó en darse la vuelta y dejarse caer entre sus piernas.
Su ropa interior desapareció y Raven logró arrancarle un gemido de su garganta cuando hincó directamente su lengua en su intimidad. Joder, su mami no perdía el tiempo. Apretó la parte trasera de sus muslos cerrando los ojos y disfrutando de cómo movía aquel músculo entre sus pliegues una y otra vez antes de centrarse y elevarse para pegar los labios a la intimidad de su novia. Gimió al sentir su sabor y aquella ligera mordida que Raven le regaló.
En el pasado les gustaba jugar a ver quién conseguía que la otra se corriese antes. Con todo el dolor de su corazón confesaba que era siempre Raven la que lo conseguía primero. No sentía su orgullo herido porque… era Raven de quien estaba hablando, ¿quién lograría no correrse en pocos minutos?
Intentó esmerarse todo lo que pudo, sin dejar de sentir lo que la latina conseguía crear entre sus piernas. Acarició sus muslos hasta llegar a sus nalgas y la presionó contra su cara, cayendo de nuevo en el colchón y abriendo la boca para recibirla mejor. Masajeó su culo, disfrutando de las vibraciones que produjo su gemido contra su intimidad, y succionó su clítoris, golpeándolo luego con la lengua.
—Joder, mami —gimió echando la cabeza hacia atrás cuando la penetró con dos dedos.
Sacudió las caderas contra ella y se concentró otra vez en su cuerpo. Lamió entre sus pliegues de nuevo, recogiendo su humedad y cerró los ojos al sentir cómo la embestía con fuerza y constancia. Cayó sobre el colchón de nuevo y mordió su labio inferior mientras pasaba sus dedos por ella, mojando los cuatro principales para lubricarlos bien: por una de las entradas a su cuerpo necesitaba que se deslizase mejor que por otra.
La penetró con dos dedos para cada zona y Raven soltó un gemido ronco contra su muslo, parando todo movimiento y elevando más sus caderas. Había echado de menos su culo y hasta la noche de Navidad no volvieron a hacerlo de esa forma, pero, joder, disfrutaba provocándole ese placer completo.
Empujó con su brazo, jadeando por el esfuerzo, y volvió a pegar su boca a su clítoris. La mujer tembló sobre ella, y sonrió por estar provocándole todo eso. No se rindió y volvió a penetrarla, moviendo sus dedos en su interior, pero con la boca pegada a una de sus piernas, gimiendo sin parar, y solo con eso sabía que podía correrse. Adoraba cómo sonaba todo en ella: sus gemidos y esa humedad que la volvía loca.
—Alex… —susurró y sabía lo que significaba.
Succionó y arqueó múltiples veces los dedos que tenía dentro de su vagina, dejando de embestirla para tocar ese punto, quizás lograba que se corriese como ella quería en su boca. Siempre la limpiaba con la lengua cuando lo hacía, pero pocas veces había conseguido que Raven eyaculase con su cara entre las piernas. Quizás porque estaba más entretenida en esas ocasiones en lo externo, más que en penetrarla.
—Alex… Alex… Voy a… —lo decía con dificultad y ella golpeó con la punta de su lengua su clítoris, estimulándola para que lo hiciese de una vez.
Gimió cuando la latina la acarició con rapidez, buscando que se corriese con ella. Y joder si lo consiguió: empate. Pero la verdad era que ella se llevó el premio.
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—Primera parada —anunció, aparcando el coche en el parking de aquel motel de carretera. La verdad era que las vistas eran impresionantes, porque ya el paisaje montañoso estaba nevado.
Alexa se informó de en qué lugar podían pernoctar antes de salir, para saber bien dónde debían parar, y la verdad era que se notaba que en ese había mejor servicio. Al menos comparado con los anteriores con los que se habían cruzado.
—¿Dejamos las cosas en el coche o las metemos todas? —preguntó Alexa al salir por la puerta del copiloto. Sonrió porque se le notaba cansada.
—Más vale prevenir que curar, Woods —golpeó con su índice en el hombro de la chica, como si le hubiese dado una valiosa lección.
—Yo lo único que quiero es ducharme y dormir.
—Ahora nos duchamos y dormimos —Alex la tomó por los cuellos de su abrigo y tiró de ella para pegarla a su cuerpo. Se sonrieron a la vez.
—Estoy feliz.
—Lo sé —y acortó las distancias entre las dos para poder besarla en los labios dulcemente.
Preguntaron si tenían una habitación libre, obviamente con cama de matrimonio, y dejaron el equipaje a un extremo de la misma nada más entrar. Alexa se duchó la primera mientras ella se paseaba por la cafetería buscando qué podía llevarse para comer antes de dormir. Tras elegir la cena, volvió a la habitación y se encontró a Alexa en albornoz sobre la cama. No dijo nada porque sabía que dormía, así que dejó la comida sobre la mesita de noche y se metió ella también en la ducha. Volvió también en albornoz con el pelo recogido, y se tumbó al lado de Alex, observándola en silencio.
A veces le costaba creer que ya estaban de nuevo juntas, que esos cinco años realmente habían servido para que Alexa consiguiese todo lo que quería y volviera con más fuerza y cariño que antes. Estaba preciosa, no había dudas de que los años le habían sentado bien. Paseó los dedos por su rostro despacio, con la intención de despertarla ligeramente, tan solo para que le dijese si quería comer algo o si prefería seguir durmiendo.
Sonrió cuando abrió los ojos, giró hacia su lado y se abrazó a ella, soltando un murmullo adormilado. La apretó contra su cuerpo, y besó sobre su pelo. Definitivamente esas iban a ser las mejores navidades de su vida.
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Hola, queridas y queridos lectores de Nuestro momento.
¿Qué os ha parecido el capítulo 25 de la historia?
¡Feliz fin de semana a todas y todos!
¡Nos leemos la semana que viene!
