Rosas
Te miras al espejo para cerciorarte que todo se encontraba el orden: el cabello relamido y perfectamente peinado, los dientes limpios, el saco abotonado. Nunca te habías sentido tan elegante, ni siquiera el día de tu boda. Sabes que Charlene se moriría de envía si te viera y hasta piensas que es buena idea tomarte una foto, sólo por si las dudas.
Pero no es su opinión la que te preocupa. Te preguntas qué diría él si te viese así. Supones que nada, él nunca dice nada, no con palabras; pero algo muy dentro de colma y lo imaginas levantando su pulgar como signo de aprobación.
No deseas nada más que ser de su agrado.
Lanzas semejante suspiro que termina empañando el cristal, los nervios te comen y las manos te sudan. Sabes que ese debe ser el día, el día en que por fin le vas a dejar las cosas en claro. Ya no puedes soportar viviendo con una mentira ni seguir acallando la verdad. Llevas años de arrepentimiento, soñando con las infinitas posibilidades de habérselo dicho mucho antes. ¿Por qué fuiste tan estúpido? ¿Orgullo? No, realmente tú nunca has tenido de eso, dignidad menos.
No querías perderlo y te callaste por miedo. Es hasta hoy que te piensas: ¿y qué más puedo perder?
Sales confidente del departamento rumbo a la florería. Camino abajo, dejas de sentirte en Danville o en cualquier parte del mundo; entras en un vórtice de luz, como un ensueño en el que vas sin rumbo a ningún lugar para llegar a algún lado, donde el tiempo y el espacio no importan y sólo existes tú…
Te perdiste tanto en aquella sensación que tardaste tres cuadras en darte cuenta que habías perdido el rumbo y que, tras de ti, habías dejado una estela de caos vial.
Entras y vas directo con la señorita del mostrador. Le pides un ramo de rosas. Sí, rosas. De todas las flores que existen te has ido por la opción más obvia, cursi y trillada de todas. Le llevarás rosas como lo haría un adolescente con su primer amor. Y lo harás porque en el fondo sabes que eres más rosa que esas flores y que nada te dará más alegría que entregarle ese ramo sin que otros te juzguen por ello.
Te las envuelven en un delicado papel celofán y tomas el ramo con la misma delicadeza con la que tomaste hace mucho a Vanessa entre sus brazos. Pagas, por una vez en la vida sin rechistar, el monto acordado y sales del local.
No quieres que tu mala suerte te juegue en contra, que de sobra sabes que tus posibilidades de éxito son tan nulas que tu "jackpoint" debe valer millones. Así que decides gastar lo último del pago del mes en tomar un taxi hasta el lugar de su encuentro.
Esos diez minutos se transforman en el mayor momento de incertidumbre de tu vida. Te sientes más estúpido de lo normal, te sientes frustrado, superado y vencido por un miedo incierto. Por una fracción de nada crees que la mejor opción es aventarte del auto en movimiento y regresar como perro con la cola entre las patas porque nada de lo que harás tiene caso, como nunca lo tuvo en el pasado.
Pero todo lo que haces es lanzar un efímero suspiro y esperar…
Por fin llegas al lugar, apenas el taxi arranca te conviertes en la única alma en varios metros a tu alrededor. Avanzas con el ramo pegado al pecho tratando de ocultar su nerviosismo, como si alguien más tuviese un aparato de rayos-x y te diese pena que descubriesen que el corazón estaba por volcarse y salirse de su sitio.
Avanzas varios metros más.
Y por fin… llegas a su encuentro.
Te plantas de lleno frente a él, quedándote en absoluto silencio. Sientes que estás a punto de quebrarte porque las piernas se te vuelven de papel, pero estás consciente de que éste es tu momento y no puedes fallarle —a ti, a él, a ambos—.
Por fin, tus sabios susurran su nombre. Perry se vuelve la palabra más bella y significante en ese instante. Sientes la garganta seca y los ojos húmedos, todavía te impera esa sensación de darte la media vuelta para pretender que todo será mejor si no dices nada, porque siempre que hablas es para echarlo todo a perder.
—Yo… lo siento tanto.
Te hincas en señal de respeto, para que puedas ser digno merecedor de su perdón.
—Todos estos años… jamás… me atreví a decírtelo. Sospecho que ya lo sabías, siempre fuiste listo, ¿sabes? Pero… de todos modos.
El sentimiento se apodera de ti, cada molécula de tu ser y te hace vibrar en una explosión de sensaciones. Aun así, lo haces y das todo por apenas derramar una escueta lágrima cálida que cae lentamente por su mejilla.
—Debí decírtelo, Perry. Decirte lo… mucho que deseaba llamarte "mi Perry".
Cual tributo, le dejas el ramo de rosas a tus pies. Apenas un insignificante gesto por todos esos años de riñas y peleas sin sentido, ni siquiera era una gratificación equivalente a todas esas tardes que lo hiciste rabiar y lo sacaste de sus casillas. Estabas seguro que esa era la clase de sentimientos que le provocabas.
—Te quiero mucho, Perry. Mi lindo y adorado Perry.
Te acercas a él como nunca lo hiciste.
Le sostienes.
Y das un beso…
Sobre aquella loseta de mármol fino, frío, húmedo.
—Me quisiste alguna vez, ¿Perry?
No obtienes respuesta alguna, en el lugar no hay nadie más que tus viejos fantasmas y sus inseguridades.
Por una vez, sonríes.
—Tan comunicativo como siempre —te ríes con dolor; tanto, que no puedes evitar llorar—. Pero no importa, ya no. De verdad. Sólo quería decírtelo.
Te levantas con dificultad y te sacudes las motas de tierra y polvo del pantalón. Antes de irte vuelves a echarle una mirada, la que siempre te llevas al final de esas visitas, esa directa a su nombre grabado en piedra para darte la media vuelta y emprender un largo camino a casa…
Preguntándote: "¿Y si le hubieses dicho antes, algo hubiese cambiado?" Quizás no, en realidad, es posible que sólo hubieses acelerado el proceso. Tal vez lo único que te recriminas es que ya nunca verás un pequeño grabado al margen de la lápida…
"Con cariño, siempre. Doofenshmirtz".
