Era el año de 1862, la guerra civil estadounidense estaba en su punto más alto, el norte y el sur se encontraban en un duro conflicto para determinar el futuro de la nación. Las mejoras en las balas llevaron a la guerra a un terrible punto muerto y debido a esto, el número de bajas en una guerra nunca había sido tan alto.

Se improvisó la creación del plomo para crear balas que fueron la razón del aumento de matanzas en el conflicto. Una persona podía fundir 3,000 balas por hora y cada una de estas balas podía atravesar el cuerpo de un hombre en una fracción de segundo.

La brutalidad de la guerra en el país empeoró la salud de Alfred, su gripe se transformó en una fuerte tos y su temperatura corporal subía y bajaba a un ritmo alarmante causándole alucinaciones.

La demanda de la bala de plomo creó una industria en el país, los soldados podían cargar sus mosquetes más rápido por lo que necesitaban mayor cantidad de balas. Esta era la primera guerra después de la revolución industrial.

La velocidad y la precisión de las balas causaron daños mortíferos a ambos grupos beligerantes. Las muertes debilitaban aun más la salud de Estados Unidos, muchos creían que la nación no iba a aguantar esta guerra.

Inglaterra estaba preocupado, muy preocupado. Se enteró de lo ocurrido en su viaje de México a su isla. Había ido al país latinoamericano junto con Francia y España para cobrar la deuda que la chica tenía con ellos. Después de haber pasado un par de días ahí, él y Antonio habían decidido regresar a Europa y esperar los dos años que la mexicana había pedido antes de reanudar su deuda con ellos.

Todo iba bien en su viaje a Inglaterra cuando, mientras se entregaba la correspondencia, uno de sus tripulantes recibió una carta desde Estados Unidos

-Oh vaya, mi hermano dice que las cosas van de mal en peor en Estados Unidos-le comentaba a uno de sus camaradas- Que la guerra ha llegado a un punto sumamente crítico. Todos dicen que la nación se está desmoronando…

El corazón del británico se detuvo al escuchar eso. Él se lo había advertido, le había dicho que se deshiciera de los esclavos y el niño no había querido escuchar

-Escuchen, que los otros dos barcos sigan su rumbo hasta Inglaterra, éste barco se dirigirá a Estados Unidos-ordenó firmemente- Cambien el rumbo ¡Ahora!

El barco británico comenzó a dar la vuelta mientras los otros dos se dirigieron sin problemas hacia la isla. Arthur debía de apoyar al ojiazul ahora ya que era el momento en que más lo necesitaba.

La mayoría de las muertes en la guerra se debían a que toda la tecnología innovadora se había topado con las técnicas de guerra antiguas en el que los combatientes debían estar a una distancia de cinco metros. La precisión de la bala de plomo cortaba esa distancia fácilmente.

Alfred respiraba entrecortadamente como si hubiera estado corriendo, estaba en cama con una temperatura mucho más alta de las ya acostumbradas. Su mente era un caos, casi como el campo de batalla en el que se encontraban sus ciudadanos.

-La esclavitud… es buena…-murmuró suavemente, estaba delirando de nuevo.

Llevó una mano a su frente, estaba sudando como si no hubiera un mañana y tenía sed por lo que se levantó tambaleando de la cama y caminó hacia la cocina apoyándose de las paredes para no caer.

Se sirvió un vaso con agua fría y una vez que se la tomó, su mente se aclaró un poco dándose cuenta de lo que había dicho antes

-¡¿Qué la esclavitud es buena?! ¡Of course not, idiot!-se dio una cachetada a sí mismo por decir semejante estupidez, pero una parte de él se molestó por haberse golpeado por lo que él solo se devolvió la cachetada- ¡Golpeas como niña!

Comenzaba a alucinar por la fiebre y en menos de lo que se dio cuenta, se estaba golpeando a sí mismo como si hubiera dos personas en su interior tratando de matarse mutuamente.

Se había dado un par de golpes en el estomago, un jalón de cabello, se había aventado a sí mismo contra la mesa del comedor y rodado hacia un lado para golpearse contra el suelo. Estados Unidos se estaba volviendo loco por la enorme división en su país.

-¡¿A eso le llamas golpear?!-se burló de sí mismo antes de darse una fuerte mordida en el brazo- ¡Ay… eso ni me dolió!- se levantó y se lanzó contra la pared con fuerza.

Se estaba dando una paliza cuando llegó el inglés preocupado

-¿Alfred?-preguntó al abrir la puerta- Vine porque bueno, estaba algo preocupa…

El británico se quedó helado al ver como el americano se estaba ahorcando con una corbata

-¡¿Qué demonios haces, bloody hell?!-exclamó el mayor estupefacto

Fue en ese momento que el estadounidense se percató de la presencia del ojiverde. Se detuvo y lo miró, le sangraba la nariz, tenía el cabello revuelto, la ropa ligeramente rasgada y varios moretones en todo el cuerpo

-¡Me estoy golpeando!-exclamó como si fuera lo más obvio del mundo-¡¿Te interesa?!

Y dicho esto, se lanzó contra la pared una vez más antes de quedar tendido en el suelo completamente agotado

-¡¿Para esto querías independizarte, bloody bastard?!-exclamó Arthur furioso agachándose a su lado-¡Eres un idiot! ¡Idiot! ¡Idiot! ¡Idiot! ¡America you idiot!

Como pudo, Inglaterra levantó al americano que aun tenía un poco de fiebre y lo ayudó a subir las escaleras antes de acostarlo en su cama

-Te lo advertí… te lo dije y no quisiste escuchar…-lo regañaba el mayor mientras le colocaba una toalla húmeda en la cabeza- No entiendo ¿por qué no me escribiste para que viniera a cuidarte?-murmuró

-No quería molestarte-dijo el ojiazul avergonzado

-Awww my Little Alfie –lo abrazó sintiéndose culpable cuando de pronto se abrió la puerta y Arthur lo soltó de golpe alejándose rápidamente

-Oh… Hi president-lo saludó el americano cuando Abraham entró a la habitación

-Pero Joven Alfred, ¿quién le hizo esto?-preguntó antes de mirar de reojo al británico que se encontraba viendo por la ventana

-Un loco, president, un desesperado que no sabía qué hacer-confesó el menor lloriqueando

-Ya no llores, todo saldrá bien, espero-dijo Lincoln- Solo venía a ver como estabas pero creo que ahora estás en buenas manos-añadió mirando al europeo que se sonrojó antes de irse

El americano sonrió, aunque sea tenía apoyo en esos momentos difíciles.

Para los años siguientes, habían muerto aproximadamente 6,000 hombres de ambos bandos lo que representaba el 2% de la población estadounidense.


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