NdA: Dedicado a Alba y a Naroa como regalo de fin de carrera ^^ ¡Enhorabuena a las dos, campeonas!

Besitos y gracias por comentar a todos.

Capítulo 25 Buenas noticias

-¿Quieres sangre muggle? –repitió Harry, que no estaba seguro de haberle escuchado bien.

-Puede ser la pieza que nos faltaba. Tenemos que probarlo, Harry.

Draco hablaba en serio, y su expresión mostraba a las claras que creía que tenían una posibilidad. A pesar de su extravagante propuesta, Harry se alegró de verlo así, tan interesado por algo, después de el mal aspecto que había tenido el día anterior. Había temido volver a verlo deprimido una buena temporada.

Y como él decía, tenían que probarlo.

-Vamos a hablar con Hermione –dijo, poniéndose en pie.

-¿Por qué? –preguntó Draco, imitándole.

-Ella sabrá cómo conseguir sangre muggle.

-Yo también lo sé –replicó Draco-. Podríamos pedírsela a la mujer de tu primo.

Harry se paró a pensarlo. No sabía si Karen aceptaría o si Dudley pensaría que era demasiado raro. Desde luego, sólo había una manera de averiguarlo, pero por otro lado, el hábito de consultar esas cosas con Hermione estaba demasiado arraigado en él. Además, quizás era mejor que hicieran aquello de manera oficial.

-Es una buena idea, pero prefiero que Hermione lo sepa.

Draco arqueó las cejas, pero no dijo nada y le siguió hasta el despacho de Hermione. Ella estaba allí, a punto de irse a almorzar. Harry le explicó la idea de Draco.

-Nunca había oído que se usara sangre muggle en una poción –dijo ella, mirando a Draco-. Bueno, excepto en las de magia negra, cuando piden un sacrificio.

-En esos casos la sangre en realidad no importa; es la vida que se va con ella. Pero sólo quiero un vial de sangre, no vaciar a un muggle. Es un ingrediente poco habitual, pero la poción venenosa que ellos están utilizando también es poco habitual.

-Debemos hacer la prueba, Hermione –dijo Harry con firmeza.

Hermione pensó un poco.

-No creo que sea ilegal pedirle ayuda a un muggle para eso. Pero no podemos recurrir a mis padres, están en Mallorca.

Harry recordó que Hermione se lo había contado; sus padres se habían jubilado aquel mismo año y viajaban mucho. Ella prefería que estuvieran lejos de Inglaterra el mayor tiempo posible, y había puesto fuertes protecciones mágicas alrededor de su casa por miedo a que los Parásitos fueran a por ellos cuando esuvieran en el país.

-Habíamos pensado en ir a pedírsela a la mujer de mi primo.

-¿Quieres que os acompañe?

Hermione probablemente sería una presencia tranquilizadora, así que Harry aceptó su ofrecimiento y los tres se fueron al Atrio para Desaparecerse e ir a la casa en la que se escondían Dudley y su familia. Karen era la única que estaba allí; Dudley se había ido a cargar las baterías de los ordenadores y los niños estaban en clase, protegidos por un nombre falso. Fue una buena cosa que Hermione hubiera ido con ellos porque fue ella la que consiguió vencer su recelo. Harry suponía que la petición de un poco de sangre debía de sonar muy inquietante.

-¿Seguro que no es peligroso? –dijo, con desconfianza.

-Será como cuando das sangre para un análisis –la tranquilizó Hermione.

No muy convencida, Karen se subió la manga de su suéter azul y le ofreció el brazo a Draco. Éste, que ya tenía la varita en la mano, apuntó en el lugar por dónde se doblaba el codo y murmuró un Diffindo. Al momento apareció un pequeño corte, pero lo bastante profundo como para llegar a la vena, en el brazo de Karen. Draco sacó un vial del bolsillo y recogió la sangre que empezó a manar de la herida. Karen mantenía la vista apartada, como si pensara que mirando corría el riesgo de desmayarse.

Todo duró en realidad menos de medio minuto. Draco le hizo una señal a Hermione y ella presionó la herida de Karen con algodón empapado en agua oxigenada.

-¿Estás bien?

-Sí, sí.

Draco observó la sangre al trasluz unos segundos y después le lanzó un hechizo.

-¿Para qué es eso? –le preguntó Harry.

-Para mantenerla fresca. Confío en que no tenga que ser recién derramada –dijo, para sí mismo. Pero le quitó importancia a sus propias palabras con un gesto-. No creo; la sangre mágica recién derramada tiene ciertas propiedades, pero en la muggle, sin magia de por medio, no debe de haber diferencia.

-Muchas gracias, Karen –dijo Harry, con sinceridad.

-Sí, muchas gracias –repitió Draco-. Puedes habernos ayudado más de lo que te imaginas.

A Hermione pareció sorprenderle un poco que le hubiera dado las gracias a una muggle, pero no a Harry, que siempre había visto a Draco correcto con ella e incluso amable con Dudley.

-Eso espero –dijo Karen-. Tengo tantas ganas de que todo esto acabe…

Hubo un asentimiento general.

-Todos lo deseamos –dijo Hermione.

-Yo tengo que irme ya –explicó Draco-, quiero empezar con la poción cuanto antes.

-¿Te importa si te acompaño? –le preguntó Harry, que no tenía mucho que hacer en la oficina y sentía curiosidad por saber cuanto antes qué pasaba con la teoría de Draco.

-No, claro. –Entonces se giró hacia Hermione-. Granger, si quieres venir…

Pero ella negó con la cabeza sin pensárselo dos veces.

-No, gracias. Me quedaré un rato con Karen para asegurarme que está bien, si a ella no le importa, y después volveré al ministerio. Contadme cómo ha ido.

-Como quieras.

Harry y Draco se despidieron de ellas y usaron la Red Flú para ir a Malfoy manor. Cuando salieron a uno de los salones de la mansión, Harry se dio cuenta de que Draco tenía las cejas fruncidas. No sabía si era concentración o que estaba molesto por algo.

-¿Algún problema?

-No, en absoluto. ¡Patis!

El elfo apareció ante ellos.

-¿Sí, amo?

Draco se quitó la capa negra que llevaba y se la tendió al elfo; debajo llevaba unos pantalones y un suéter con cuello de pico, los dos negros también.

-Dile a mi madre que el señor Potter y yo estaremos en el laboratorio.

-Sí, amo.

El elfo se giró hacia Harry con ojos expectantes; Harry cayó rápidamente en la cuenta de lo que quería y se quitó también su túnica de auror, que aún llevaba y se quedó en vaqueros y con una camisa blanca. La temperatura en la mansión siempre era agradable.

Draco se giró hacia Harry.

-Vamos. Te advierto que tarda cuatro horas en hacerse.

Normalmente Harry encontraba aburridísimo todo lo que tenía que ver con pociones, pero la idea de ver preparar aquella durante cuatro horas no le molestó en absoluto. Además, sentía curiosidad por ver a Draco en acción. Nunca se había fijado demasiado en sus habilidades durante las clases de Pociones de Hogwarts, había estado demasiado ocupado intentando sacar adelante sus propias pociones y odiando a Snape.


Harry nunca había llegado a ver el laboratorio de la mansión; por simple casualidad siempre se había encargado otro auror de inspeccionar esa zona, Era grande, de unos cincuenta metros cuadrados. Una pared estaba cubierta por una estantería en la que habían frascos y recipientes pulcramente ordenados. En medio de la habitación había una gran mesa de madera y tres fogones de distinto tamaño. En otra pared se veía una pequeña multitud de calderos también de varios tamaños y en un rincón había una jaula bastante grande llena de ratoncitos blancos. El lugar tenía esa especie de olor acre que tenían todos los laboratorios de pociones del mundo.

Draco dejó cuidadosamente el vial con sangre a un lado y empezó a preparar la base de la poción. Era como ver cocinar a Molly, la misma habilidad en sus movimientos, la misma capacidad para hacer dos o tres cosas a la vez. Harry se quedó observándolo con aire absorto; había algo satisfactorio en ver trabajar a alguien que sabía lo que se hacía.

-¿Es esta la poción más complicada que has hecho? –le preguntó, cuando consideró que habían llegado a un momento en el que Draco podía permitirse la distracción.

-No, lo difícil de esta poción es que no tenemos la fórmula. Y que usa encantamientos, algo que nos despistó a todos al principio. Pero hay pociones más jodidas. La Felix Felicis, por ejemplo.

Harry pensó en esa poción.

-¿Crees que si la tomáramos podríamos averiguar más sobre los Parásitos? –preguntó, sin comprender por qué no se le había ocurrido a nadie antes.

-Seguramente, pero el ministerio prohibió hace unos diez años uno de sus ingredientes, el polvo de salamandra gigante china.

Sí, recordó Harry, aquella había sido una de las leyes propuestas por Hermione, ya que esas salamandras eran una especie en peligro de extinción.

-Es verdad… ¿Crees que habrá en el mercado negro?

Draco tardó un par de segundos en contestar y luego esbozó una sonrisa irónica.

-¿Cómo quiere que yo lo sepa, jefe Potter? Soy un ciudadano respetuoso de la ley.

-Vamos, Draco…

Pero Draco se puso a darle vueltas a la poción con una larga cuchara de madera y no contestó hasta un rato más tarde.

-No sé dónde pones el límite –dijo, con tranquilidad-. Unos años antes me habrías detenido si me hubieras visto en el mercado negro.

-Las cosas eran distinta antes –replicó Harry, decepcionado al ver que volvía otra vez con eso.

-Sí, lo sé. No estaba… sacando trapos sucios –dijo, con un matiz de disculpa en la voz-. Precisamente porque las cosas han cambiado, todavía no tengo claro del todo cuándo dejas de ser Harry y empiezas a ser el Jefe de Aurores, no con estas cosas.

Harry supuso que podía tener razón, visto desde ese punto de vista. Hermione, Ron y los demás no tenían ese problema, en parte porque siempre habían sido sus amigos y en parte porque rarísimas veces habían hecho algo ilegal; el único en una situación parecida era Hagrid, y él también se mostraba evasivo algunas veces, aunque como era tan bocazas, Harry siempre se acababa enterando de sus trapicheos antes o después.

-Te he preguntado yo, Draco. Nunca te detendría por contestarme.-Estuvo a punto de decirle que era como un informador de los aurores, pero se detuvo a tiempo cuando pensó que eso probablemente no le haría ninguna gracia, no con su pasado y lo que significaban los aurores para él.

-A veces era posible encontrarlo, aunque a un precio exorbitado –contestó entonces Draco-. Pero con la Cuarentena, me extrañaría mucho que encontrarais nada.

-Bueno… esperemos que ellos tampoco tengan acceso al polvo de salamandra gigante.

-Supongo que si lo tuvieran estaríamos todos muertos ahora mismo. Y ahora silencio, por favor.

Draco recogió una medida de ingredientes, puso la mano sobre el caldero, fijó la vista en un reloj que había en una de las paredes y después de unos segundos, quizás un minuto, echó esos ingredientes al fuego. Todavía se quedó mirando el reloj un instante más; después sacó su varita y lanzó un hechizo desconocido para Harry sobre la poción. Aunque ya no volvió a hacer más hechizos, pasó casi media hora echando ingredientes al fuego a intervalos cortos y precisos que oscilaban entre los quince segundos y los dos minutos.

-Listo –dijo entonces-. Ahora hay que dejarlo cocer cuarenta y nueve minutos. ¿Quieres tomar algo?

-No, estoy bien. –Lo miró con admiración-. Eres bueno, Draco.

Draco le dedicó una de sus infrecuentes sonrisas, algo que hizo que Harry se sintiera satisfecho de sí mismo, sin saber por qué.

-La práctica hace al maestro. Y además, aprendí del mejor.

Harry asintió; hacía mucho tiempo que había hecho las paces con Snape, por mucho que su retrato le mandara miradas severas cuando pasaba por el despacho de Dumbledore.

-A Hermione le habría gustado ver esto.

La sonrisa de Draco desapareció al instante.

-No será porque yo no la invité.

Harry recordó entonces que Draco había parecido algo huraño después de invitar a Hermione y comprendió lo que debía haber pasado. Conociéndole, seguro que su paranoica cabeza lo habría interpretado de la peor manera posible.

-No te estaba haciendo un feo –explicó, defendiendo a Hermione. Y después de pensarlo unos segundos, decidió contarle la verdad-. Es tu madre. Y Malfoy manor, supongo. Le recuerdan las torturas de Bellatrix. Pasaron años antes de que pudiera relajarse delante de Andromeda.

Draco apartó la vista un momento y pareció quedarse sin saber que decir.

-Nosotros tuvimos que redecorar media casa –murmuró al fin.

Harry asintió; había notado el cambio de decoración la primera vez que había participado en la inspección a Malfoy manor y siempre había supuesto que era por los malos recuerdos. Después pensó cómo decir lo que quería decir; las palabras sonaban un poco raras en su mente.

-Invitarla ha sido un detalle por tu parte, de todos modos. Ojalá os llevarais mejor. Los tres… valéis la pena.

Draco se mordió literalmente los labios, como si quisiera contener algún comentario.

-El tiempo lo dirá –dijo al fin.

Pero Harry se imaginaba perfectamente lo que había estado a punto de decir.

-Los conoces tan poco como ellos a ti, Draco. Al menos admite eso.

-Lo admito –asintió Draco, tras considerarlo un segundo-. Pero han pasado demasiadas cosas entre ellos y yo.

-¿Más que entre tú y yo?

-Es distinto.

-¿Por qué? –preguntó Harry, presionándolo porque pensaba que sólo eran excusas. No quería que Ron y Hermione pensaran mal de Draco y no quería que Draco pensara mal de Ron y Hermione.

Pero Draco sí tenía una respuesta.

-Porque nuestros hijos, las circunstancias, nos forzaron a entendernos. Porque la magia quiere que nos entendamos o nos destruyamos. Pero no existe nada de eso entre tus amigos y yo.

Harry ya le había oído insinuar cosas parecidas; siempre lo había considerado una teoría algo imaginativa –los magos veían señales a menudo-.

-¿La magia quiere que nos entendamos o nos destruyamos?

Draco suspiró.

-¿No te has dado cuenta aún, Harry? Nuestros destinos parecen chocar una y otra vez. Nuestros hijos son novios, joder. Luchar contra eso es una locura. Por eso… por eso intenté hacer las paces contigo después de la guerra. Antes de que nos hiciéramos más daño.

Harry se acordaba vagamente de aquella conversación. Sabía que Draco, en el fondo, le había ofrecido si no su amistad, al menos la posibilidad de una relación cordial; él no había aceptado esa propuesta, precisamente. Desde luego tampoco había querido retomar la mutua animadversión de Hogwarts, pero la idea de llevarse bien con Draco le había parecido entonces totalmente imposible, casi ofensiva.

-Siento no haber aceptado tu ofrecimiento –dijo con sinceridad.

Draco se encogió de hombros, resignado.

-Supongo que no era el momento. Y bueno… puedo entender que no quisieras saber nada de mí, con todo lo que te había hecho. Es sólo que… que todo habría sido mejor.

-Tienes razón –admitió Harry. Para empezar, James no habría atacado a Scorpius.

Draco dio un leve suspiro y luego esbozó una sonrisita sardónica de las suyas.

-Me gusta oírte decir esas dos palabras, Potter.

Harry agradeció la broma. No quería pensar en el pasado. Los dos se habían hecho daño de muchas formas; lo importante era que se habían detenido. Con un poco de suerte, la rivalidad entre los Potter y los Malfoy había desaparecido para siempre.

-No te acostumbres demasiado –le dijo, fingiendo desdén.


La preparación de la poción, como Draco le había advertido, duró unas cuatro horas. Echó una gota de sangre de Karen casi al final, hecho que anotó minuciosamente en un voluminoso cuaderno; estaba siguiendo su instinto, le explicó, pues en realidad no sabían cuándo se añadía esa gota a la cocción, si es que había que añadirla.

Harry había pasado un rato entretenido observándole y charlando con él cuando Draco no necesitaba estar concentrado al cien por cien en la poción. Sólo al final se sintió tenso con la anticipación; ¿habría dado resultado? Con la fórmula completa en la mano, preparar un antídoto podía ser cosa de simples días, sobre todo si los expertos en Pociones de los Inefables también se ponían manos a la obra.

-¿Cómo lo ves?

Draco estaba haciendo así como mil hechizos sobre una muestra de la poción. Después, con una expresión extraña en la cara, fue a buscar a uno de los ratones, al que le suministró una gota de poción. El ratoncito murió a los pocos segundos y Draco examinó su sangre y sus tejidos bajo un aparatoso microscopio. Al cabo de un par de minutos, miró a Harry mientras esbozaba una sonrisa de asombro.

-Creo que eres un puto talismán, Potter.

Harry le entendió al momento.

-No jodas…

Draco asintió, aún más sonriente.

-Creo que sí.-Como si quisiera asegurarse, lanzó un par de hechizos más. Harry aguardó su reacción con impaciencia-. Merlín, Harry, ¡creo que lo tenemos!

Harry también sonreía de oreja a oreja. Ahora encontrarían el antídoto, y entonces quizás podrían descubrir cómo mantener con vida a los muggles capturados y quizás algún día, libres de hechizos, interrogarlos a fondo.

-Es genial… ¡Es genial! –Le dio unas palmaditas de felicitación en el hombro-. Eres el mejor, Draco.

Él se rió.

-Gracias.

Se sentía tan orgulloso de él que le habría abrazado y todo. Su propio impulso le sorprendió un poco y le hizo controlarse y dar un paso atrás. Era extraño; por importante que fuera esa fórmula de cara a encontrar un antídoto, él no era de muchos abrazos, a no ser que se tratara de sus hijos.

-Venga, vamos al ministerio. Esto tenemos que contarlo.


Draco llegó al ministerio feliz, imaginándose qué habrían dicho su padre y Astoria si hubieran estado allí, bañándose en la obvia admiración de Harry. Su madre y su tía, al saberlo, también lo habían mirado con aprobación y orgullo, especialmente la primera. Había sido un buen momento para conseguir ese avance; les había dado una pequeña victoria cuando se lamentaban de una gran derrota.

Harry quiso que la primera persona en saberlo fuera Granger, cómo no. Aunque Draco se sentía un poco mal al haber descubierto que estaba traumatizada, quién sabe hasta qué punto, por las torturas de Bellatrix, no pudo evitar pensar que era ridículo que Harry tuviera esa necesidad de mantenerla al corriente de todo lo que se le pasaba por la cabeza, como si le costara dar un paso sin consultarla. Ella era la Jefa del Departamento de Refuerzo de la Ley Mágica, de acuerdo, pero ¿por qué no contárselo primero a Shacklebolt, por ejemplo? ¡Él era el maldito ministro!

Pero no llegaron a entrar en el despacho de Hermione; se la encontraron por el pasillo.

-Hermione, no te lo vas a creer.

Ella sonrió.

-¿Ya te has enterado? Es una gran noticia. Ahora mismo iba a la Red Flú a avisarte.

Draco comprendió al momento que había una confusión; no podían estar refiriéndose a lo mismo. ¿Cómo iba a saber Granger lo que habían hecho?

-Nosotros estamos hablando de la poción. ¿De qué estás hablando tú?

-¿La poción? –exclamó Granger, abriendo mucho los ojos-. ¿Ha funcionado?

Harry contestó antes de que pudiera hacerlo él.

-Tenemos la fórmula, Hermione. Draco lo ha conseguido.

-¡Es estupendo! –dijo ella, con aparente sinceridad-. Enhorabuena, Malfoy.

-Gracias –dijo él, también con sinceridad.

Draco se dio cuenta por el rabillo del ojo de la sonrisa bobalicona que tenía Harry en esos instantes. Era un poco preocupante que se le estuviera metiendo entre ceja y ceja que debía llevarse bien con Granger y Weasley; como le diera por ahí, el muy pesado no pararía de insistir.

-¿Qué es lo que se suponía que ibas a contarme por Red Flú? –preguntó entonces el propio Harry.

-Hace diez minutos nos han llamado de San Mungo –contestó Granger, sonriente-. Seren Carmichael, la niña en coma, ha despertado.

Draco soltó una exclamación de sorpresa y alegría, sabiendo lo preocupado que había estado Scorpius por ella.

-¿Está bien?-preguntó Harry.

-No sabemos nada, sólo que ha salido del coma. Lo último que nos han contado es que los medimagos iban a examinarla.

-¿Ha hablado? –dijo Draco, aunque suponía que la respuesta iba a ser negativa-. ¿Ha dicho si la empujaron?

Hermione negó con la cabeza.

-No sabemos nada –repitió-. Belby ha mandado a una pareja de vigiles al hospital para enterarse de su estado y ver si está en condiciones de hacer alguna declaración. Pero considerando que ha estado en coma dos meses y medio, lo más probable es que no recuerde nada. Ya veremos.

Draco estaba más que interesado en saber cómo terminaba aquello; si la niña resultaba ser la víctima de un intento de asesinato, después de todo, le iba a faltar tiempo para sacar a Scorpius y Cassandra de Hogwarts. Y se dio cuenta de que era mejor que se quedara rondando por allí; así sería de los primeros en saber algo. A Harry no le importó y Draco, para matar el rato, le escribió una carta a Scorpius contándole lo que había pasado, a ver si también era el primero en enterarse en Hogwarts. Después llamó por Red Flú a uno de sus elfos y se la entregó para que la enviara con Justina, su lechuza favorita.

La espera no fue muy larga, y además estuvo ocupado hablando con los expertos en Pociones del ministerio, quienes observaban ávidamente la fórmula mientras, con toda seguridad, empezaban a darle vueltas al posible antídoto. Él también quería ponerse a ello cuanto antes.

Al cabo de media hora llegaron las primeras noticias. Seren estaba despierta y no había señales de que tuviera secuelas graves por el coma y la conmoción, pero tampoco estaba en condiciones de hablar, mucho menos de ser interrogada. Tendrían que esperar un tiempo para ello, aunque siempre cabía la posibilidad de que ella misma les revelara algo a sus padres. Draco estaba convencido de que, en ese caso, a los Carmichael les faltaría tiempo para hacérselo saber a Harry.


Seren nunca había presumido de tener la cabeza muy clara, pero nunca se había sentido como en esos momentos, confundida como si se hubiera tomado dos botellas enteras de whisky de fuego.

Estaba en San Mungo… Había pasado algo. Sus padres no paraban de hacerle preguntas sobre ventanas que no podía comprender y los medimagos la habían cansado a hechizos, pero todo lo que ella recordaba era la túnica con la que había ido al baile de San Valentín. Con Aldric, que había estado guapísimo. ¿Qué habría sucedido? ¿Por qué estaba en San Mungo y sus padres tenían un aspecto tan desmejorado? Intentó hablar, preguntarles, pero su boca se negaba a obedecerle. Aquello no le preocupó tanto como debiera de haberlo hecho. Se sentía exhausta y le dolía todo el cuerpo.

Seren cerró los ojos y se quedó dormida.

Continuará