A/N: Hola a todos. Traigo un nuevo capítulo, en esta ocasión bastante larguito y que, por supuesto, espero que os guste.
Muchas gracias a Guest por su review. me alegra que esta historia te parezca hermosa. Espero que sigas pensando lo mismo cuando venga más drama, que será dentro de muy poco jaja
Disclaimer: Haikyuu y sus personajes no me pertenecen
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El color de una sinfonía
Capítulo 24
Más que palabras
Bokuto abrió lentamente los ojos. La luz de la luna se filtraba a través de las cortinas que cubrían la ventana de la habitación. Se incorporó para tomar su teléfono móvil y mirar la hora. Aún no pasaban de las cuatro de la mañana, por lo que emitió un leve gruñido. Sentía la garganta seca, así que se levantó con cuidado de no hacer ruido para no despertar a Akaashi, que dormía en la cama contigua, y fue dando saltitos hasta abrir la puerta y salir al pasillo.
Bokuto bajó las escaleras de la casa de verano de los Uchimura. Un silencio sepulcral se había apoderado de la casa, todos dormían tras un largo día de playa. O, al menos, eso creía. Al llegar al enorme salón, Bokuto primero creyó captar algo así como una aparición, pero pronto se dio cuenta de que solo se trataba de Matsuyama. La chica estaba de pie, apoyada en la puerta de cristal que daba acceso al patio trasero de la casa. La tenue luz de la luna iluminaba ligeramente su piel, permitiendo que Bokuto pudiera adivinar la forma de su delgado cuerpo a través del camisón blanco que lucía. Llevaba el pelo recogido en un improvisado moño, por lo que algunos mechones rebeldes se escapaban en todas direcciones. Miraba a través del cristal, absorta en sus pensamientos y, seguramente también, en lo que fuera que estuviera escuchando a través de los auriculares conectados a su teléfono móvil.
Bokuto contuvo la respiración. No sabía si interrumpirla o si escabullirse sin hacer ruido para no perturbarla. Quizás la segunda opción era la más adecuada, pero el as se sentía clavado en el suelo, incapaz de moverse. Matsuyama miró por encima de su hombro y posó sus grandes ojos castaños sobre él, taladrándole con la mirada. Bokuto sintió que las piernas le temblaban. La chica parecía casi fantasmal y la percibió como algo puro y, sobre todo, inalcanzable.
—Bokuto-san, ¿te encuentras bien?
Bokuto dio un pequeño respingo. Matsuyama se había quitado los auriculares y le miraba interrogante.
—Ah, sí. Solo tenía sed —el chico se apresuró a cruzar hasta la cocina. La chica le siguió con la mirada mientras se servía agua en un vaso y se acercaba de nuevo hasta ella.
—¿Te sigue doliendo?
—No. Ya estoy bien —sonrió.
Lo cierto era que el trasero todavía le dolía.
Tras mucho deliberar, habían decidido poner en marcha su plan para hacer que Uchimura y Konoha hablaran. Sin embargo, tal y como Saru había predicho, su plan no había salido según lo previsto. En vez de hacer que los dos se quedaran a solas en la cueva, los que se habían terminado perdiendo eran él y Matsuyama y, para colmo, no llevaban mapa porque se lo había quedado Hanazawa.
Finalmente, él y Matsuyama habían deambulado durante un par de horas por la cueva, sin prácticamente luz. Eso había resultado en que Bokuto tropezara y hubiera caído sobre su trasero. El dolor en el momento había sido insoportable, pero Bokuto poco a poco había ido recuperándose. Y, no pretendía engañar a nadie, pero el haber estado en aquella cueva le había puesto más nervioso que de costumbre. Le resultaba asfixiante la idea de pasar horas en un lugar tan oscuro y pequeño, así que se había descontrolado más que de costumbre, preso de su nerviosismo.
—Bokuto-san —Matsuyama le agarró el brazo con fuerza cuando estaban en la cueva. Bokuto la miró en penumbra, desconcertado. La chica estaba seria, apretaba sus labios formando una fina línea—, tienes que tranquilizarte. No pasa nada. Será mejor si nos quedamos en un mismo sitio, ¿de acuerdo?
Bokuto asintió con lentitud, sintiéndose ridículo porque, en vez de proteger a Matsuyama, estaba siendo al revés.
Cuando el resto dieron con ellos, pudieron respirar aliviados.
—Naru-chan —Anri se había tirado en brazos de Narumi—, estaba tan preocupada. ¿Estás bien?
—Gracias, yo también estoy perfectamente Hanazawa —había gruñido un Bokuto que caminaba un poco encorvado por el dolor punzante en su trasero tras la caída.
—Déjala que se preocupe por Matsuyama —le había dicho Washio—. No sabes lo que me ha costado tranquilizarla. Estaba histérica.
Una vez pasado el susto, pudieron burlarse de él cuanto quisieron. Bokuto tampoco es que protestara mucho por sus burlas porque, en realidad, se las merecían, especialmente él. Mientras que Matsuyama había mantenido la compostura, él había entrado en pánico durante algunos instantes. Al volver a casa, Washio había rebuscado en su maleta una pomada que llevaba para caídas y golpes y que entregó a Bokuto.
—Washio, eres increíble —Anri le miraba completamente admirada—. ¿Cómo se te ha ocurrido traer todas estas cosas? —preguntó la chica mirando con curiosidad una bolsa en la que Washio guardaba vendas, tiritas, alcohol para heridas y medicamentos en caso de enfermedad como un resfriado o una indigestión.
—Me he acostumbrado a llevar todo tipo de cosas encima desde que están las gemelas.
—¿Las gemelas?
—Washio tiene dos hermanas gemelas —aclaró Konoha.
—Tienen ocho años ahora —añadió Washio.
—Tienes que ser un hermano mayor fantástico —sonrió la muchacha.
—No es para tanto.
Pero, para Bokuto, sí lo era, porque aquella pomada le había aliviado prácticamente todo el dolor y, al menos, había podido conciliar el sueño, aunque finalmente había sido su deseo de agua lo que le había despertado en medio de la noche.
—¿Qué haces despierta a estas horas? —le preguntó Bokuto, tomando asiento en el sofá— Yo tengo excusa, porque me ha despertado la sed —dio un sorbo al vaso de agua.
—Mi familia está en Europa de vacaciones. Mi padre y mi hermano me han llamado para saber qué tal estoy. Allí es por la tarde, más o menos.
—¿Europa? —los ojos de Bokuto se abrieron de par en par— ¡Qué pasada! ¿Por qué no te has ido con ellos?
—Porque me apetecía pasar las vacaciones con vosotros —la chica tomó asiento a su lado—. Además, así he aprovechado y he ido a ver a mis abuelos maternos una semana.
—¿Por eso no viniste con nosotros directamente aquí?
—Eso es. Mis abuelos viven en la prefectura de Yamagata —la chica jugueteó con los auriculares, distraída.
—¿Qué música escuchas?
—¿Qué?
—Que qué música estás escuchando —preguntó Bokuto de nuevo. El as tomó uno de los auriculares y se colocó uno en su oído derecho. Lentamente, su rostro se descompuso—. Pero ¿qué demonios es esto?
—Es música clásica —Narumi se colocó el otro casco en su oído izquierdo para saber qué estaba sonando justo en ese momento—. Es Chopin.
—¿En serio que te gusta esto?
—¿Qué tiene de malo?
—No sé —Bokuto se encogió de hombros—. Eres joven.
—¿Es que la música clásica es exclusiva de gente mayor? —Narumi enarcó una ceja.
—No sé, pero es raro.
—La música clásica no está desfasada. Es tu pensamiento el que lo está —Narumi buscó en su teléfono y sonrió—. Escucha esta pieza.
La pieza iniciaba con mucha calma, un sonido prácticamente imperceptible. De repente, un violín con un sonido casi desagradable entraba en escena, lo que hizo fruncir el ceño a Bokuto. Sin embargo, pronto entraban otros instrumentos que acompañaban a aquel solitario violín. El ritmo se iba incrementando y Bokuto se sorprendió al notar que sus pies se movían al ritmo de la música.
—Es muy moderno —le comentó a Narumi. Sin embargo, la chica no se enteró. Estaba completamente concentrada.
Bokuto se percató de que Narumi tenía los ojos cerrados, parecía muy concentrada, inmersa en la música. Sobre su muslo, sus dedos tamborileaban. Al principio, Bokuto no entendía qué hacía, pero pronto se dio cuenta de que la chica estaba marcando el compás inconscientemente.
Durante los siete minutos que duró aquella pieza, Narumi estuvo completamente ausente. Sus manos reaccionaban a los cambios de ritmo, ajena a la mirada de un Bokuto que la observaba con detenimiento. Matsuyama sentía la música de una forma que él no había visto nunca. Tenía la impresión de que, si la chica hubiera tenido un violín a mano, lo habría cogido y se habría puesto a tocar dando vueltas a la habitación al ritmo de la música. La imaginaba danzando, sus pies descalzos sobre el frío suelo, mientras tenebrosas sombras la acompañaban hipnotizadas por su música.
—¿Qué te ha parecido?
Bokuto parpadeó varias veces. Narumi le miraba expectante. La pieza había finalizado ya.
—Es muy moderna.
—¿Verdad? —la chica sonrió— Es Danse Macabre de Camille Saint-Saëns. Es una viva melodía a ritmo de vals francés, basada en el poema de Hernri Cazalis, que describe a la Muerte tocando el violín a media noche sobre una tumba. A sus ritmos acuden los esqueletos de los muertos para bailar. Para la afinación del violín que toca la Muerte, Saint-Saëns utiliza una forma especial: la primera cuerda la afina en mi bemol en lugar de mi natural con lo que da una sensación de ambiente tétrico. Como les ha pasado a muchos grandes compositores, la primera vez que Danse Macabre se estrenó al público no tuvo buena recepción, pero, posteriormente, el uso del xilófono, que imita los sonidos de los huesos de los esqueletos, y las hipnóticas repeticiones constituyeron un avance del Bolero de Ravel.
Bokuto se quedó en silencio. No había entendido ni la mitad de lo que la chica le decía, pero no quería interrumpirla. Mientras le daba su explicación, sus ojos brillaban con tanta emoción y su rostro estaba iluminado de tal manera que a Bokuto aquello le parecía suficiente.
—Ay, ¡perdona! —Narumi se cubrió la cara con ambas manos, avergonzada— Ha sido ponerme a hablar de música clásica y enrollarme.
—Te gusta mucho, ¿no? Parece que sabes bastante —Bokuto pensó que quizás aquel era un buen momento para sacar el tema del violín. A lo mejor podía conseguir que volviera a tocarlo—. He visto que hacías una cosa con los dedos. No entiendo mucho, pero estabas marcando el compás, ¿no? Eso es lo que hacen los músicos.
—No me he dado cuenta. Supongo que es una vieja costumbre.
—Entonces, ¿sabes tocar algún instrumento?
Bokuto se percató de que el ceño de Matsuyama se fruncía ligeramente. La muchacha le escrutó con la mirada antes de contestar.
—Sí, pero no se me daba bien, así que lo dejé.
Mentirosa, pensó Bokuto. Si no recordaba mal, Fujioka-sensei le había dicho que Matsuyama tenía talento de verdad, que era una de las grandes promesas del violín en Japón o, al menos, que hasta cierto momento lo había sido.
—¿Y qué instrumento tocabas?
—¿Por qué quieres saberlo?
—Porque quiero saber más cosas sobre ti.
Tras responder aquello, Bokuto sintió que sus orejas se incendiaban. Narumi agachó la mirada, algo avergonzada por la honestidad del chico, y se dejó caer contra él, apoyando su frente en el hombro de Bokuto. El as contuvo la respiración.
—Yo también quiero saber más cosas sobre ti, Bokuto-san —murmuró Narumi.
Bokuto apretó sus labios, formando una fina línea. Al no notar ninguna reacción por parte del chico, Narumi levantó el rostro lentamente. Bokuto se giró hacia ella, percatándose de lo cerca que estaba en realidad la chica. Qué guapa es, pensó mientras, inconscientemente, apoyaba su frente contra la de ella, haciendo que la punta de sus narices se rozara.
En aquel momento, el teléfono de Matsuyama vibró y los dos se sobresaltaron. La chica lo consultó rápidamente, pero no contestó a lo que fuera que hubiera recibido. Bokuto, incómodo por el silencio que se había instalado entre ambos, carraspeó.
—Y… ¿Y tienes más canciones de esas clásicas que parecen modernas?
Narumi emitió una leve risita.
—Pues claro. ¿Quieres escucharlas?
Bokuto no tenía muy claro qué era exactamente lo que le pasaba cuando estaba con Matsuyama. No es solo que se sintiera a gusto cuando estaba con ella, sino que cada vez que la veía reír o hablar sobre las cosas que le gustaban sentía mariposas en el estómago. Cuando iba por los pasillos de Fukurodani, se sentía ansioso porque deseaba cruzarse con ella y, cuando eso sucedía, su corazón siempre le daba un vuelco. A veces Bokuto se planteaba si debía compartir aquello que le sucedía con Akaashi, pero, en el fondo, nunca lo hacía porque sabía qué era lo que el colocador le respondería y no estaba preparado todavía para escucharlo en boca de otra persona.
La siguiente hora que él y Matsuyama pasaron escuchando música clásica se pasó demasiado rápida, pero los párpados de ambos habían comenzado a cerrarse de nuevo y debían descansar en condiciones si deseaban disfrutar de su último día de playa. Las vacaciones tocaban a su fin y el segundo cuatrimestre estaba a la vuelta de la esquina.
Para disfrutar de un día de playa se desplazaban hasta la playa de Setoda, una de las maravillas de la zona. Tenían que tomar un bus para llegar hasta allí, pero el viaje merecía la pena dada la amplitud de la playa y la suave arena.
Los Uchimura tenían muchos objetos de playa almacenados, entre ellos unas palas de madera y una pelota con las que poder jugar. Una vez instalados, Washio, Konoha, Bokuto y Anri dibujaron en la arena un pequeño campo y se dividieron en parejas. Sentados en las toallas, bajo las sombrillas, Akaashi, Akari y Narumi los observaban.
—¿Cómo se les ha ocurrido a Bokuto-san y Hanazawa-san ponerse juntos? —preguntó Akaashi conteniendo la risa. Los dos discutían y se chinchaban constantemente mientras Washio intentaba mediar entre ellos.
—Yo lo encuentro bastante divertido —Narumi emitió una leve risita.
—Bokuto tiene muy buen cuerpo, ¿verdad, Narumi-san? —le comentó Akari en tono confidente.
—¿Qué? —Narumi desvió la vista hacia los chicos, que seguían jugando en la orilla. Bokuto justo en ese momento estiró su brazo derecho hacia arriba para golpear la pelota de goma con fuerza y ganar un punto que Anri y él celebraron chocando los cinco.
—¿En serio no te has fijado? —Akari la miró sorprendida— Los chicos tienen buen cuerpo porque hacen mucho deporte, pero me he quedado verdaderamente impresionada con Bokuto. Está a otro nivel —Akari sonrió de medio lado al ver que Narumi se sonrojaba y encogía las piernas para abrazarse a ellas y esconder parte de su rostro—. Todas las chicas que pasan por su lado en la playa se giran para mirarlo —emitió una leve risita.
No es que no se hubiera fijado, saltaba a la vista que Bokuto tenía la espalda ancha y brazos musculados. Su torso era firme y tenía los abdominales bastante bien marcados. A diferencia de Konoha, por ejemplo, cuyo cuerpo era más fino, Bokuto destacaba mucho más. Pero ¿por qué se sentía tan acalorada?
—Por cierto, ¿no crees que Bokuto y Anri se llevan muy bien últimamente? —Akari miró de reojo a Narumi. Aunque se trataba de una pregunta inocente, Narumi notó la mirada ponzoñosa de la chica.
Narumi se mordió el labio. Habría deseado contestar a Akari que no la comparara con ella. Bokuto y ella no tenían nada, así que él podría interesarse por quien quisiera y, sobre todo, hablar con quién él quisiera. No iba a ponerse celosa por semejante tontería.
—Me parece genial que se hayan hecho tan amigos —Narumi se puso en pie y rebuscó en su bolsa de playa—. Anri se hace la dura y le encanta quejarse por todo, pero sé que en el fondo aprecia mucho a Bokuto-san y precisamente por eso es más brusca con él —sacó de la bolsa un bote de crema y se giró hacia Akaashi, finalizando inmediatamente aquella conversación porque no quería iniciar un nuevo conflicto con Akari— Akaashi-san, ¿te importa echarme crema en la espalda?
Akaashi extendió el brazo para tomar el bote de crema y se echó un poco en la mano, que entendió por la espalda de la muchacha. Al entregarle el bote, Narumi continuó echándose crema por todo el cuerpo, de vez en cuando lanzándole miradas furtivas.
—¿Por qué me miras así, Matsuyama-san?
—¿Te has echado crema?
—No.
—Pues deberías. Te puedes quemar. Y ya no es solo que te quemes, es que el sol daña tu piel.
—Pareces su madre —Akari rio.
—Es que no soporto que la gente no se proteja del sol —replicó la chica, untando a Akaashi de crema y, después, extendiéndosela por uno de sus brazos.
—Matsuyama-san, puedo hacerlo yo —el chico se apartó un poco, notando cómo Bokuto los observaba desde la distancia. No era necesario tampoco que ella le embadurnara de crema como si fuera un niño pequeño y mucho menos que se la extendiera. Cualquiera podría pensar que eran más cercanos de lo que parecía, en especial Bokuto.
—Al menos déjame echarte en la espalda —Narumi se echó un poco en la mano y le entregó el bote a Akaashi para que fuera echándose crema por el resto del cuerpo—. ¿Has visto como no es para tanto? —sonrió después satisfecha, guardando el bote en su bolso.
La chica volvió a sentarse al lado de Akari. Estiró sus piernas fuera de la sombrilla, dejando que el sol le calentara la piel.
—¿Por qué no vamos al agua, Matsuyama? —Bokuto se había acercado hasta ellos a grandes zancadas. Konoha, Washio y Anri intercambiaron miradas de desconcierto.
—Nos acabamos de echar crema —Narumi se cruzó de brazos.
—¡Eh, Akari! —la llamó Konoha— Bokuto nos ha dejado plantados. ¿Juegas tú?
—¡Vale! —canturreó la chica, poniéndose en pie y acercándose al grupito.
—¿Y bien? —insistió Bokuto.
—¿Por qué no vas con Akaashi-san?
—Que venga Akaashi, pero tú también —el as la tomó de la muñeca y tiró de ella, haciendo que la chica trastabillara junto a él rumbo a la orilla.
—¡Bokuto-san! —Akaashi salió tras él— ¿Qué estás haciendo?
Bokuto se detuvo en la orilla. Se percató de que sus dedos estaban apretados con fuerza alrededor de la muñeca de la chica y soltó rápidamente a Matsuyama.
—Perdona, Matsuyama. Me he pasado.
La chica le observó con el ceño fruncido. De repente, dio una especie de patada al agua, mojando a Bokuto. El as se estremeció por lo fría que estaba, lo que provocó una carcajada en la muchacha, quien salió corriendo.
—¡Te vas a enterar!
Bokuto salió tras ella. Los dos corretearon por la orilla entre gritos y risas, ignorando las miradas de la gente. El agua del mar le llagaba a Narumi por las rodillas y Bokuto la tenía completamente acorralada. La chica le suplicaba que tuviera piedad, pero Bokuto la agarró por la cintura emitiendo una sonora carcajada. Con una facilidad pasmosa, elevó a la chica en el aire para sumergirla con brusquedad, haciendo una especie de suplex, igual que si fuera un luchador de lucha libre. La chica salió del agua desconcertada y se tambaleó unos segundos, hasta que golpeó a Bokuto en el brazo con fuerza.
Todo delicadeza, Akaashi rodó los ojos.
—¡Qué bruto eres!
—Ha sido mi venganza —sonrió satisfecho.
—¿No podéis jugar en el agua con cuidado? Podríais haceros daño —Akaashi se aproximó a ellos. El colocador entonces cogió a Bokuto por los brazos, quien le miró interrogante.
—¿Qué haces, Akaashi?
—Ahora, Matsuyama-san.
Narumi sonrió de medio lado. Dio un pequeño salto hacia Bokuto, colocó su mano en la cabeza del as y la empujó hacia el agua con fuerza, haciéndole una ahogadilla.
—¡Eso es trampa! —Bokuto les señaló de forma acusatoria.
—Para nada. Se trata de una alianza —respondió Akaashi con simpleza.
Bokuto intentó cobrarse su venganza, pero Akaashi y Matsuyama trabajaban bien juntos y, en realidad, terminó tragando más agua que logrando cumplir su objetivo. Sin embargo, finalmente consiguió atrapar a la chica. Bokuto la tomó de la cintura de nuevo y la cargó al hombro.
—Y ahora qué, ¿eh? —Bokuto emitió una sonora carcajada.
—Bokuto-san, no soy un saco de patatas —se defendió la chica sin mucho éxito. Bokuto se agachó un poco y metió la cabeza de la muchacha bajo el agua para rápidamente sacarla de nuevo.
—¿El qué decías? Porque creo que no te he oído —se burló Bokuto.
—Eres id-
Bokuto la volvió a sumergir.
—¿Cómo has dicho?
Narumi se apoyó en el hombro de Bokuto y acercó mucho su rostro al del chico. Bokuto sintió que se sonrojaba, pero el efecto se desvaneció tan pronto como Narumi le escupió un chorrito de agua de mar en la cara.
—¡Es asqueroso! —el chico la soltó, restregándose la cara con las manos.
—Chúpate esa —Narumi le sacó la lengua.
—Estoy de acuerdo contigo Bokuto-san en que es asqueroso, pero también creo que te lo merecías.
—No te pongas de su parte —protestó el as.
Narumi se estaba riendo. Akaashi tenía los brazos en jarras y le observa con los labios curvados ligeramente hacia arriba. Akaashi y Matsuyama estaban parados uno al lado del otro y Bokuto sintió un pinchazo en el estómago. Hacían muy buena pareja y eso le dolía.
El as apretó los labios formando una fina línea. Tenía que hacer algo. Tenía que intervenir. Akaashi era su amigo, pero no soportaba que tuviera tanta confianza con Matsuyama, no soportaba que ella le tocara con naturalidad, que ambos pudieran conversar de tantos temas, que ella pareciera a gusto en su compañía. Y él, en cambio… ¿Él que era? ¿Un amigo, sin más? Él no quería eso y tampoco creía que lo fuera.
A él le gustaba Matsuayama. Le gustaba de verdad.
Oh, exclamó para sus adentros, me he enamorado de Matsuyama.
Era tan obvio… ¿Cómo podía no haberse dado cuenta? Sentía ganas de saltar cada vez que veía a la chica y más de una vez había sentido deseos de besarla. Aquello no era normal si fueran solo amigos. Por eso, ante su realización, sus piernas temblaron como gelatina y los latidos de su corazón se aceleraron.
—¡Eh! No os quedéis toda la diversión para vosotros —Anri, seguida de Konoha, se acercaba a ellos llevando un balón hinchable entre las manos— ¿Por qué tienes esa cara? —preguntó Anri, haciendo una mueca de disgusto.
—¿Yo? —preguntó Bokuto. Todos se giraron para mirarlo.
—Oye, estás pálido —comentó Konoha.
—¡Qué va! —el chico se golpeó en sus mejillas con ambas manos, poniéndoselas coloradas al instante, lo que sobresaltó a sus amigos— ¡Si estoy genial! —el chico arrebató a Anri la pelota de sus manos y se dispuso a jugar con ella. El resto intercambiaron miradas de incredulidad para, finalmente, encogerse de hombros. A veces era mejor dejar a Bokuto por imposible.
Juntos, estuvieron jugando en el agua hasta que decidieron salirse porque sus dedos estaban arrugados y sentían frío. Tras secarse y charlar un rato sentados en las toallas, prepararon todo para comer los bentos que habían preparado para comer a mediodía en la playa. Estaban hambrientos, así que la comida desapareció rápidamente.
—Estoy lleno —mumuró Konoha mientras se dejaba caer hacia atrás.
—Yo estoy agotada —bostezó Akari.
—Pero si no has hecho nada… —Konoha la miró de reojo— Solo has estado tumbada al sol.
—Bueno, pero es que la playa cansa mucho —se defendió la chica.
—¿Sabéis que me apetece ahora? —preguntó Bokuto, aunque no esperaba ninguna respuesta— Un helado.
—Ay sí… —los ojos de Anri se iluminaron— ¡De chocolate con trozos de galleta!
—¡Eso está hecho! —Bokuto chasqueó los dedos y se puso en pie— Voy a por helados. ¿De qué los queréis?
Todos empezaron a decirle a Bokuto lo que querían. El chico miró a Akaashi y le sonrió
—¿Me acompañas, Akaashi?
—Quieres que te acompañe porque se te han olvidado la mitad de las cosas que te han dicho, ¿verdad?
Bokuto sonrió inocentemente y se rascó la nuca. Akaashi suspiró con resignación y se puso en pie.
Los dos chicos caminaron hasta la tienda más cercana. Se encontraba a unos metros de la playa, prácticamente escondida en una de las calles. Compraron los helados, pagaron al dependiente y regresaron. Y aquella situación en particular molestaba a Akaashi. El colocador sentía la atmósfera con Bokuto extraña. El as estaba en silencio, más serio que de costumbre, y, aunque intentaba aparentar que no pasaba nada, Akaashi sabía que no era así.
—¿Vas a decirme qué te p-
—Akaashi, ¿a ti te gusta Matsuyama?
Akaashi, que había intentado adelantarse a Bokuto, permaneció con la boca abierta todavía unos instantes tras haber sido interrumpido.
—¿Qué? —preguntó, a pesar de que había entendido a su amigo perfectamente.
—Que si te gusta Matsuyama —Bokuto se detuvo al borde de la carretera.
—No. No me gusta.
—¿Estás seguro? —el chico frunció el ceño.
Akaashi suspiró.
—Bokuto-san, si Matsuyama-san me gustara, ya habría hecho mi movimiento —la expresión de Bokuto cambió, estaba sorprendido por el atrevimiento de su amigo. Sin embargo, no dijo nada, así que éste continuó—. Matsuyama-san es guapa y congeniamos, pero no me interesa en el plano romántico, si es lo que crees. Matsuyama-san es muy buena amiga —hizo una pausa, esperando que Bokuto captara sus segundas intenciones porque, desde luego, él sabía por qué Bokuto le había hecho esa pregunta: le molestaba que tuviera una relación de tanta confianza con la chica—. Y creo que ella piensa lo mismo de mí.
Bokuto siguió en silencio. Akaashi interpretó aquello como una señal de que el capitán del equipo de volleyball había terminado, así que le dio la espalda para seguir caminando hacia la playa.
—¡Akaashi! —le llamó Bokuto de repente. El chico miró por encima de su hombro. Bokuto miraba al suelo y apretaba sus puños con fuerza—. Me voy a declarar a Matsuyama.
Akaashi permaneció impasible unos instantes. Una vez aquella información caló en él, sus ojos se fueron abriendo lentamente de par en par. ¿Desde cuándo Bokuto era consciente de sus sentimientos? ¿En qué momento había sucedido aquello?
—¡Necesito decirle que me gusta! —añadió con determinación, atreviéndose a mirar a la cara a su amigo— ¡Me voy a declarar hoy! Es mi última oportunidad de hacerlo antes de empezar las clases. Lo he decidido esta misma mañana.
—No hace falta que grites —Akaashi bajó el tono—. ¿Estás seguro de ello?
—¿N-No? —Bokuto rio de forma nerviosa— ¿¡Qué le voy a decir, Akaashi!? —corrió hacia el colocador y le aferró del brazo, sacudiéndole— ¿¡Y si mi rechaza!? ¡Tendré que vivir debajo de una piedra!
Empezó como una leve sonrisa, pero, finalmente, Akaashi rompió a reír a carcajadas. Bokuto hizo un puchero, dolido.
—No es que me ría de ti, Bokuto-san —Akaashi se apartó un poco de su amigo, recuperando su espacio personal—. Pero estoy convencido de que no tendrás que preocuparte —le sonrió antes de continuar con el trayecto.
—Akaashi —gimió Bokuto, conmovido por las palabras de su amigo.
—Eso sí, no lo estropees…
Bokuto y Akaashi regresaron al grupo, quienes les esperaban ya ansiosos. Tras comerse los helados, permanecieron tumbados, dormitando tranquilamente en las toallas. Después, algunos se bañaron y jugaron en la orilla. Aprovechando que todos estaban distraídos, Bokuto hizo su movimiento y se acercó a una Narumi, que permanecía sentada en su toalla, observando al resto con una sonrisa. El chico le tendió la mano para que la tomara y se pusiera en pie.
—¿Te apetece venir a dar un paseo? —le propuso, a lo que la chica accedió con una sonrisa.
Bokuto se preguntaba si lo suyo con Matsuyama podría funcionar. Muchas veces, cuando se quedaban a solas, no solían hablar. No eran tampoco momentos incómodos, pero Bokuto en aquella ocasión sí que se sentía ansioso porque deseaba poder entrever algo de los sentimientos de Matsuyama hacia él antes de abrirle su corazón. Porque tenía miedo, miedo a que le rechazara y su relación ya no volviera a ser la misma. Si eso sucedía, lo que el grupo tenía se estropearía.
—¿En qué piensas? —Narumi le miraba de reojo mientras caminaban por la orilla.
—Nada en especial —Bokuto se encogió de hombros—. Se acaba el verano.
—Dentro de unos días empezaremos las clases de nuevo y comenzará el mal tiempo… Pero también será la fase clasificatoria para los Nacionales.
Bokuto la miró sorprendido.
—¿¡Te acuerdas!?
—¡Pues claro, tonto! —Narumi sonrió— Es muy importante para ti. Bueno, y para todo el equipo.
—Eres genial, Matsuyama. De verdad.
—¿Pero qué dices? —Narumi contuvo una carcajada— ¿No lo decías tú mismo? Somos amigos, ¿no? Me importan esas cosas porque también te importan a ti.
Amigos. Aquella palabra se taladró en el pecho de Bokuto. Lo cierto era que él siempre se refería a ambos como amigos, pero ahora que estaba comenzando a asimilar sus sentimientos por Matsuyama aquella se había convertido en una palabra que no deseaba escuchar de los labios de la chica.
—¡Ven! ¡Vamos allí!
Narumi señaló hacia el frente. La playa acababa elevándose en un montículo de rocas. La chica corrió hacia allí y comenzó a subir por las piedras, seguida por Bokuto. El sol había comenzado a descender por el horizonte, cambiando la tonalidad azulada del cielo en una paleta de colores que iban desde el naranja al morado.
—Qué bonito se ve el mar…
Bokuto se paró para observarla de espaldas. La suave brisa costera meció la cabellera de Matsuyama, algunos mechones rebeldes que escapaban de la trenza. Su vestido playero ondeó, dejando a la vista parte de sus ligeramente bronceados muslos. Tragó saliva. Aquel era el momento idóneo. Tenía que ser ahí.
—¿Qué haces ahí parado? —Narumi se acercó a él. Le tomó de la mano y le llevó hasta el borde de las rocas, en el punto más alto— No me digas que te dan miedo las alturas.
—No. Para nada —respondió, soltando discretamente la mano de la chica. No quería que ella notaba cómo sudaba en ese momento.
Pero ¿cómo debía empezar? No se le daban bien esas cosas y una parte de él le estaba gritando que no dijera nada. Acababa de empezar a asimilar sus sentimientos hacia Matsuyama. Declararse en ese momento era un impulso que podría acabar con todo. No obstante, su lado más atrevido le decía que no encontraría un momento más adecuado que aquel atardecer. Estaban solos y, una vez empezadas las clases, Matsuyama y él difícilmente podrían estar así de nuevo.
—O-Oye, Matsuyama —Bokuto se giró hacia ella. La chica giró también su rostro hacia él, clavando sus ojos castaños en los suyos. Y aquello hizo que se quedara mudo.
—¿Bokuto-san? —preguntó Narumi, desconcertada.
Pero no obtuvo respuesta. Los dos permanecieron en silencio, mirándose el uno al otro. Narumi sintió que su corazón se aceleraba, sobre todo cuando Bokuto comenzó a inclinarse sobre ella. Estaba clavada en el suelo, incapaz de moverse. La punta de la nariz de ambos se rozó de nuevo, igual que la noche anterior. Narumi podía sentir el aliento de Bokuto en su rostro y, con su mente en blanco, completamente sumergida en el bonito paisaje que los rodeaba, comenzó a ponerse de puntillas para separar la escasa distancia que los separaba, abriendo sus labios ligeramente.
—¡Por fin os encuentro! Llevamos varios minutos buscándoos.
Narumi y Bokuto dieron un salto hacia atrás, alejándose rápidamente el uno del otro. Anri estaba terminando de escalar las rocas.
—Vamos, nos vamos ya a casa. Tenemos que preparar la cena. Es nuestra última noche.
—¡Voy! —Narumi bajó prácticamente a saltos, tropezándose con una roca. Sin embargo, la chica mantuvo la compostura y salió disparada de vuelta a su zona de la playa.
—¿Qué demonios le pasa?
—N-No tengo ni idea —balbuceó el as, apresurándose para seguir a Matsuyama y para alejarse cuanto antes de una Hanazawa que le estaba taladrando con la mirada.
El rico olor a pollo frito había inundado toda la parte baja de la casa. Konoha se afanaba el removerlo con los palillos para que no se pegara en la sartén mientras Akari daba los últimos retoques a la ensalada de patata y Narumi desenchufaba la arrocera. Mientras tanto, Akaashi y Bokuto habían comenzado a poner la mesa.
Según habían acordado al iniciar su viaje a Onomichi, se iban a repartir las tareas. A Anri y a Washio les tocaba recoger, así que la chica había aprovechado para sentarse a leer en el sofá.
—Casi siempre que te veo estás con un libro en la mano —Washio se acercó hasta ella y tomó asiento a su lado. El chico tenía el pelo mojado, recién salido de la ducha—. ¿Qué lees?
—Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski.
—¿No es un poco complicado?
—Qué va. Es mi libro favorito. Lo he leído muchísimas veces y nunca me canso.
—¿De qué trata? —preguntó Washio, más por un tema de iniciar una conversación con la chica.
—La historia narra la vida de Rodión Raskólnikov, un estudiante en la capital de la Rusia Imperial, San Petersburgo. Se ve obligado a suspender sus estudios por la miseria en la cual se ve envuelto, a pesar de los esfuerzos realizados por su madre y su hermana para enviarle dinero. Al necesitar financiación, había recurrido a una anciana prestamista vil y egoísta, en cuya casa empeña algunos objetos de valor, y a la que Raskólnikov mata por considerarla un ser inútil para la sociedad.
—Qué turbio.
—En realidad es una obra maestra, es genial —los ojos de Anri se iluminaron—. Contradiciendo su propia teoría de que no existen motivos suficientes para justificar el crimen, Dostoievski pone en esta novela todo su afán de acumular y sacar a la luz precisamente las circunstancias sociales que, a cada paso, empujan a una persona a llegar al crimen, aunque sea para afirmar su 'yo' y probarse a sí mismo como un hombre. Es increíble la capacidad de Dostoievski para expresar cómo el dolor humano palpita y nos contempla desde los estremecedores cuadros de miseria, vejación personal, soledad y asfixia moral propios de una gran ciudad.
Washio frunció ligeramente el ceño, intentando asimilar tanta información.
—Vamos, que en definitiva es un pestiño —comentó Konoha con sorna.
—¡Eres un imbécil! —le espetó la chica— ¡Es una de las grandes obras de la literatura universal! Deberías empezar a leer literatura de verdad y no esa estúpida revista de volleyball que os pasáis el día ojeando. Así de simple te estás quedando.
—¡Eh!
—Lo leeré —pronunció Washio de repente. Anri le miró sorprendida—. Parece interesante.
—No es bueno leer libros solo porque te los recomiendan. Es mejor que despierten algo en ti, si no se termina aborreciendo la literatura.
—No soy muy dado a leer, pero de verdad que me apetece leerlo. Pareces bastante emocionada cuando hablas de él.
—¿Ah, sí? —Anri se sintió un poco cohibida ante la sinceridad del chico. Echó un vistazo a su libro y se lo tendió a Washio— Ten.
—No te preocupes, Hanazawa. Lo cogeré en la biblioteca. Tú acabaló.
—De verdad, no me importa —Anri sonrió—. Te lo quiero prestar.
—Está bien —Washio lo tomó y hojeó sus páginas—. ¿Te apetece que lo comentemos cuando lo lea?
—¡Sí, claro!
—Washio-san, deberías escapar ahora que puedes. Anri después te esclavizará con su amor por la literatura —comentó Narumi, entregándole a Akaashi la ensalada de patata para que la pusiera en la mesa.
—¡Eres cruel, Naru-chan! —gimió la chica, haciendo reír a su amiga.
A continuación, todos ocuparon la mesa para tomar su última cena juntos antes de regresar a Tokyo. El ambiente, aunque seguía siendo igual de ruidoso y alegre que el resto de los días tenía cierto aire de nostalgia. Aquellas eran sus primeras vacaciones juntos, pero esperaban que no fueran las últimas a pesar de que los de tercero en tan solo unos meses se graduarían y se marcharían a la universidad.
Mientras Anri y Washio terminaban de recoger la cocina, el resto salió al patio para preparar la pequeña hoguera. Desde el patio de la casa de los Uchimura se podían ver bien las estrellas al estar en una pequeña colina.
—Han cambiado muchas cosas —comentó Akaashi a Bokuto mientras desplegaban algunas sillas.
—¿Cómo qué?
—Matsuyama-san ya no se refiere al resto como senpai —Bokuto miró sorprendido al colocador—. ¿No te has dado cuenta? Poco a poco, se está abriendo a los demás.
—Eso es genial —Bokuto sonrió ligeramente y Akaashi le notó más apagado que de costumbre.
—No te has confesado —adivinó el colocador.
—Estuve a punto de hacerlo, pero apareció Hanazawa —reconoció Bokuto—. Aunque me alegro de no haberlo hecho al final. Ahora que comentas eso, tengo la impresión de que lo habría estropeado todo y Matsuyama se habría agobiado un poco.
—Bokuto-san, no debería meterme y no sé qué clase de sentimientos tiene Matsuyama-san hacia a ti o si ni siquiera los tiene. Tampoco digo esto porque seamos amigos o porque tú seas el capitán del equipo de volleyball —el chico hizo una pausa—. No sé exactamente por qué experiencias personales ha pasado Matsuyama-san para que esté tan cerrada en sí misma, pero creo que la estás ayudando mucho y que ella está cambiando por la influencia que estás ejerciendo sobre ella.
—Yo no estoy haciendo nada —Bokuto posó sus ojos sobre la muchacha. Narumi estaba de cuclillas, observando con atención las chispas de una bengala que había encendido y le dio la impresión de que se sentía bastante sola. El chico hizo un gesto para indicarle a Akaashi que iba a hablar con ella y éste asintió—. Por cierto, Akaashi —se giró antes de alejarse de él—. Es la primera vez que te escucho reconocer que somos amigos —Bokuto sonrió con inocencia. Akaashi rodó los ojos, pero, cuando el as le dio la espalda, el colocador curvó la comisura de sus labios ligeramente hacia arriba.
Bokuto se aproximó a Matsuyama. Las chispas de la bengala iluminaban ligeramente su rostro. El chico se agachó a su lado y observó la bengala hasta que se apagó, dejando un pequeño hilo de humo ascendiendo lentamente.
—¿Estás bien? —le preguntó Bokuto— Pareces triste.
No sabía decir con exactitud por qué, pero le parecía que Narumi tenía un aura de nostalgia que la rodeaba.
—Sí. Solo me estaba acordando de cosas. El final del verano siempre me pone un poco… Reflexiva.
Narumi, encendiendo aquellas bengalas con amigos, recordaba sus veranos en Yamagata con toda su familia. Cuando era pequeña, Horaru siempre le encendía su bengala y juntos extendían sus brazos hacia el negro cielo, observando cómo sus chispas saltaban en todas direcciones hasta que se apagaban. Después, su hermano solía cargarla en sus hombros y juntos veían los fuegos artificiales. Una vez se hizo más mayor, ella ya era capaz de encender su propia bengala y su hermano ya no podía cargarla a los hombros, pero seguían haciendo todas esas cosas juntos. Al menos hasta el accidente. No obstante, todavía le quedaba Kita, pero él solía permanecer con Takato, a quien siempre había estado muy apegado, así que a Narumi le había resultado difícil compartir ese mismo ritual con su hermano pequeño.
—No quiero que se acabe el verano —confesó finalmente la chica en un susurro—. No quiero tener que volver a casa.
Bokuto sintió pena por ella. Desde que había descubierto la clase de relación que Matsuyama tenía con su madre, comprendía en parte por qué la chica era tan reservada con su vida personal. Debía de ser muy doloroso para ella, a pesar de que aparentara que le daba exactamente igual.
—Todavía quedan unos días, Matsuyama. Nos queda el festival del final del verano en Tokyo. Podríamos ir —Bokuto carraspeó—. Quiero decir, con todos. Será divertido. Avisaré también a Kuroo y al resto. Lo pasaremos bien. Crearemos fantásticos recuerdos que nunca olvidaremos.
Narumi sonrió.
—Eres muy buena persona, Bokuto-san —la chica se puso en pie al ver que el resto se acercaba hacia ellos, ya Anri y Washio incorporados al grupo.
—¿Está todo listo? —preguntó Akari, a lo que Narumi asintió.
Cada uno cogió una bengala y la encendió. Se colocaron en círculo y extendieron sus manos hacia el frente, la luz de las bengalas iluminando sus rostros.
—¡Por un verano inolvidable! —exclamó Konoha.
—Qué ñoño —se burló Akari, haciendo reír al resto al notar lo incómodo que se sentía Konoha.
—Lo he pasado muy bien —añadió Washio—. Es una pena que Saru, Komi, Shirofuku y Suzumeda no hayan podido ver.
—Lo mismo digo —Anri sonrió—. Estoy segura de que éste no será nuestro último verano —la chica levantó la vista y miró a sus amigos—. Nos quedan por vivir juntos muchos veranos más.
Asintieron, en silencio, para, después, elevar sus ojos hacia el cielo estrellado. Un destello de luz cruzó en ese momento el cielo y, sin ellos saberlo, todos hicieron a la vez la misma promesa: no dejarían que las palabras de Anri se quedaran solo en eso, palabras. Aquel verano se había forjado una amistad que querían que durara para toda la vida.
"Pero, en definitiva, ¿qué es lo nuestro? Por ahora, al menos, es una especie de complicidad frente a otros, un secreto compartido, un pacto unilateral. Naturalmente, esto no es una aventura, ni un programa, ni –menos que menos- un noviazgo. Sin embargo, es algo más que una amistad"
— Mario Benedetti
~ ¡Nos leemos!
