CAPÍTULO 23
AUNQUE Candy no estaba acostumbrada a cabalgar a tal velocidad, espoleó los flancos como si la persiguiera el mismísimo diablo. No miró ni una sola vez hacia atrás a fin de comprobar si la estaban siguiendo, pues todo su empeño consistía en alejarse rápidamente de allí para que no le dieran alcance.
Ni siquiera sabía si el rumbo que había tomado era el correcto; se internó en el bosques, atravesó riachuelos y evitó en lo posible las aldeas cercanas. No quería que nadie la viera y pudiese dar alguna pista sobre su recorrido. Durante más de una hora cabalgó sin descansar, aunque las lágrimas que surcaban sus mejillas le impedían ver con claridad lo que tenía a su alrededor. Simplemente azuzaba al caballo para que avanzara lejos de donde la habían tenido tanto tiempo retenida. Lejos de él.
Al cabo de un tiempo, su cuerpo notó los primeros indicios de cansancio. Le dolían todas las articulaciones y su trasero hacía ya un buen rato que clamaba por un descanso, pero ella se obligó a seguir. Cuanta más distancia hubiera entre Andrewhouse y ella, menos serían las posibilidades de que la encontrasen.
De repente, cayó en la cuenta de un pequeño detalle. Todo lo que la rodeaba, páramos, laderas y bosques, estaba cubierto por una densa capa de nieve. Las huellas del caballo sobre el blanco elemento serían una pista fácil de rastrear. La única solución consistía en buscar un camino alternativo donde las patas de su montura no dejaran ninguna marca.
A lo lejos descubrió un pequeño curso de agua. El riachuelo bordeaba un extenso bosque de pinos albares y se perdía mucho más allá de lo que su vista podía abarcar, así que dirigió a su montura hacia allí. Redujo el paso al trote antes de meterse en el río, aunque no pudo evitar que el agua salpicara sus ropas. De cualquier modo no le importó, ya tendría tiempo de cambiarse cuando estuviera a salvo.
Con cuidado de no introducirse demasiado en el cauce por temor a que el río fuera profundo y su cabalgadura se quedase varada, avanzó pegada a la orilla durante unos minutos, los suficientes para que sus músculos descansasen un poco después de la intensa cabalgada y el rastro que había dejado atrás se perdiera.
Aunque la mañana era clara y el cielo estaba despejado, sentía cómo el frío le calaba hasta los huesos por debajo de las empapadas faldas de su vestido. La tela sobre las piernas le pesaba una barbaridad, y los calambres que le recorrían desde los pies hasta las rodillas imposibilitaban que pudiese guiar al caballo con precisión. Sin embargo, haciendo un tremendo esfuerzo, intentó seguir adelante. Ahora, más que nunca, no podía desfallecer.
Cuando estuvo segura de que ya había avanzado un buen trecho, buscó una zona poco profunda por donde atravesar el río. Sabía que irían tras ella; cuando hallaran las huellas dejadas en la nieve junto a la ribera, inspeccionarían ambas orillas para discernir el camino que había tomado, así que tenía que pensar el modo de confundirlos. A los pocos minutos encontró a su izquierda un punto en el que se veían claramente los guijarros del lecho y, sin dudarlo, orientó el caballo en aquella dirección.
No se había imaginado que fuese tan hondo. El agua que circulaba por el torrente era tan clara que, a simple vista, parecía que el fondo estuviera a escasos centímetros de la superficie, aunque cambió de opinión cuando llegó a la parte central. El agua cubría casi por completo el lomo del caballo, y éste tuvo que levantar la quijada para poder continuar sin sumergirse del todo. Candy sintió unos violentos pinchazos en las pantorrillas, pero intentó concentrar sus fuerzas en no desfallecer. La corriente los empujaba con fiereza, impidiéndoles avanzar, así que tuvo que espolear rudamente a su montura para que no se dejara llevar hacia atrás impulsada por las aguas.
Al fin y tras muchos esfuerzos, lo consiguió. Había cruzado hasta la otra orilla.
Aunque estaba empapada, se obligó a seguir por el interior del río, cerca del borde, hasta que un kilómetro más adelante encontró el sitio ideal por donde salir. Avanzaba a contracorriente, y si hasta entonces el camino recorrido había sido relativamente llano, llegó un punto en el que la pendiente comenzó a ser más acusada. Estaba en la base de un pequeño promontorio. Allí el terreno cambiaba, a tenor de los numerosos riscos que despuntaban a ambos lados del cauce.
Candy decidió internarse en el bosque por dos motivos: primero, porque no se atrevía a cruzar de nuevo el caudal, y segundo, porque allí las rocas no estaban cubiertas de nieve, dado que las frondosas ramas de los pinos impedían que llegara hasta el suelo. De ese modo, podría pasar por encima sin dejar huellas.
Candy tiró de las riendas hacia un lado para que el caballo desviara su trayecto. El animal, agradecido, no se hizo de rogar. Saltó con brío hacia la zona rocosa y su jinete le indicó el camino a seguir. La joven lo guió por una zona pedregosa que continuaba hacia la espesura del bosque, y poco a poco avanzaron hasta que el sonido del agua se perdió en la lejanía.
El tiempo se le pasó muy rápido. Cuando salió de la frondosa arboleda, el sol ya estaba bajo en el horizonte. Hasta entonces había estado guarecida por los árboles, pero al abandonar su protección, el fuerte y gélido viento que se había levantado la golpeó de frente. Candy se arrebujó con su capa, discernió unos instantes qué camino tomar y después puso al caballo de nuevo al galope. No tenía ni idea de dónde se encontraba, además de que su orientación dejaba mucho que desear, pero estuvo pensándolo detenidamente hasta que decidió que lo mejor sería alejarse cuanto antes de aquel bosque.
Cabalgó durante otra hora más, hasta que el cielo crepuscular se convirtió en una mezcolanza de tonos violáceos y anaranjados. Distinguió una pequeña aldea a lo lejos, aunque esta vez no la evitó. En algún momento tendría que preguntarle a alguien dónde estaba y a cuánta distancia se encontraba del castillo de Chestergrand , y ese momento era tan bueno como cualquier otro.
Detuvo su montura frente a la primera choza que creyó habitada. Era una construcción de gruesos muros de piedra con unas pequeñas ventanas que no dejaban ver si había alguien dentro, pero Candy supuso que así sería porque de la chimenea brotaba un espeso humo gris.
Cuando se apeó del caballo y tomó contacto con la tierra, sus piernas flaquearon. Llevaba tanto tiempo montada que tuvo que esperar varios minutos hasta que recuperó por completo la movilidad en ellas. Entonces caminó hacia la cabaña y golpeó con insistencia la puerta. Tras unos instantes, ésta se abrió, y Candy se encontró cara a cara con el rostro enjuto y arrugado de un anciano que se apoyaba sobre una gruesa vara de madera a modo de bastón. Él la observó con cara de asombro, muy sorprendido al descubrir que quien llamaba a su puerta a esas horas tan intempestivas era una mujer.
—Disculpe que lo moleste. Sólo lo entretendré unos segundos.
—Muchacha, estáis empapada —argumentó lo obvio.
—Sí, lo sé, pero eso ahora no importa. Esta mañana salí a cabalgar y me he perdido. ¿Podría decirme si el castillo de Chestergrand queda muy lejos de aquí?
El viejo la miró con el ceño fruncido. Aquella joven no parecía una simple campesina, a juzgar por la calidad de la capa que llevaba a los hombros. Pero ¿cómo se le había ocurrido salir a cabalgar sin compañía?
—No. Está relativamente cerca, a tan sólo unas diez millas de aquí. Si continuáis recto por allí hasta llegar a una gran loma —señaló el final de la aldea con el bastón—, al otro lado de la colina veréis, a lo lejos, los muros del castillo. Pero muchacha, ¿no querríais pasar y sentaros un rato junto al fuego? Tengo muy poco, pero puedo ofreceros un tazón de caldo humeante que os caliente el cuerpo.
Candy estuvo a punto de darle un beso en los labios por la alegría que le embargó al saber que estaba tan cerca de la libertad. Ni siquiera podía creérselo.
—Se lo agradezco mucho, pero todos estarán esperándome, preocupados por mi tardanza.
—Permitidme que insista, jovencita. Estáis tiritando.
Candy aceptó el ofrecimiento porque en realidad estaba aterida de frío y no sabía si podría subirse de nuevo al caballo en aquellas condiciones. Tampoco quería perder mucho del valioso tiempo que había ganado con su táctica de despiste en el río, así que se limitó a tomarse el caldo mientras entraba en calor, lo suficiente como para ser capaz de acometer la última parte del trayecto. Unos minutos más tarde estaba fuera de la choza otra vez, después de haber agradecido al anciano su hospitalidad, y corría hacia su montura al tiempo que agitaba la mano en señal de despedida sin volver la vista atrás. Con energías renovadas, espoleó al caballo en la dirección que el hombre le había indicado y se alejó de la aldea a galope tendido.
Cuando llegó a la cima de la loma, se detuvo un instante y oteó la oscuridad de la noche que se cernía frente a ella. Tal y como le había dicho el viejo aldeano, a lo lejos vislumbró el titilar de varias luces que iluminaban lo que, a buen seguro, serían las almenas de un castillo. El castillo de Chestergrand .
—Vamos, ya casi hemos llegado y podrás descansar como te mereces. —Candy acarició al animal y lo animó a seguir—Sólo nos queda una última carrera.
A medida que iba acercándose, las majestuosas formas del castillo comenzaron a materializarse frente a sus ojos. Ya no sólo veía luces, sino que apreciaba a la perfección los torreones, las murallas, el puente levadizo... y los soldados que custodiaban la garita. Era libre. ¡Era libre!
Un mar de lágrimas surcó su rostro de modo imprevisto. Lágrimas de alegría y de pena, dos sentimientos totalmente contradictorios pero que ella podía distinguir con facilidad. Alegría porque, después de tanto tiempo, había recuperado su tan ansiada libertad, y pena porque había dejado atrás los pedazos de su destrozado corazón.
Lord Richard no daba crédito a lo que escuchaban sus oídos. Cuando uno de los guardias irrumpió como una tromba en el salón, informándole entre jadeos de que lady Candy acababa de cruzar las murallas, se levantó como un resorte del asiento.
—¿Dónde está? —preguntó con la voz rota— ¿Se encuentra bien?
—Milord, aún no ha salido de los establos. La oí decir que quería estar segura de que dejaba en buenas manos el caballo que montaba antes de entrar.
El conde caminó con paso resuelto hacia las caballerizas, pero cuando llegó al patio de armas se detuvo. Las lágrimas afloraron en sus ojos al verla de nuevo. Ella estaba allí, con una sonrisa contenida y las manos unidas en el regazo.
—Muchacha... —El hombre abrió sus brazos para acogerla entre ellos y Candy se lanzó, sin pensárselo, al abrigo de aquel cariñoso abrazo.
—Lord Richard, ¡cuánto lo he echado de menos!
—No tanto como yo a vos. —Le acarició el cabello y después la separó un poco de él, tomándola de los hombros—. ¿Qué os ha ocurrido? ¿Dónde habéis estado durante todo este tiempo? ¿Quién os secuestró? ¿Os hicieron algún daño? —Su gesto se tornó sombrío mientras la inspeccionaba con detenimiento en busca de signos de abuso o agresión.
—Milord, ya habrá tiempo de explicaciones. Ahora mismo estoy empapada y hambrienta pero, por lo demás, me encuentro perfectamente. ¿Puede esperar un rato? Después contestaré, una a una, todas sus preguntas.
—Pero...
En ese momento una figura menuda envuelta en un chal de lana apareció corriendo desde el interior del castillo, agitando los brazos al frío aire de la noche mientras su rostro denotaba una alegría y sorpresa inusitadas.
—¡Lady Candy!
—¡Pony!
Ambas mujeres se fundieron en un caluroso abrazo que duró varios minutos, hasta que la anciana se dio cuenta de que la muchacha llevaba las ropas mojadas.
—Tenéis que cambiaros de ropa cuanto antes. Ordenaré que os suban algo de comida y, mientras tanto, hablaremos. Vamos, muchacha. —Pony tomó a Candy del brazo y tiró de ella para que la siguiese.
—Candy. —El conde las interrumpió cuando ya estaban trasponiendo el umbral de la puerta—. Si os encontráis bien, será mejor que hablemos mañana, con más tranquilidad. Tenéis mucho que explicarme de vuestros últimos cuatro meses. Necesito saber si esto va a desembocar en una contienda.
«Necesito saber si esto va a desembocar en una contienda».
Las palabras de lord Richard no hacían más que rondar la cabeza de Candy una y otra vez, remordiéndole la conciencia. Ahora que se sentía a salvo entre esos muros, no estaba tan segura de poder explicarle toda la verdad. Si confesaba que había estado retenida contra su voluntad en Andrewhouse, se desataría de forma inmediata una guerra entre las dos familias. Y ambas ya habían sufrido demasiado.
Aquella idea no la dejó dormir en toda la noche. Intentaba conciliar el sueño, pero cada dos por tres le venían a la mente imágenes de Pauna, Andres y Albert, de los recuerdos que tenía con ellos y de su paso por allí. A cada momento estaba más confundida y ya no sabía qué hacer.
Sólo tenía palabras de agradecimiento hacia Pauna por todo lo que había hecho por ella mientras estuvo retenida. Gracias a aquella mujer, las cosas cambiaron mucho respecto a sus primeros días de confinamiento. Si no hubiera sido por ella, quizá todo habría sido diferente. Ella se enfrentó a Albert, luchó por mejorar las condiciones de su encierro, y eso jamás podría pagárselo de modo suficiente. Pero había algo más, mucho más importante que todo aquello: la consideraba una buena amiga. ¿Cómo sería ella capaz de propiciar que le arrebataran lo poco que le quedaba si decía la verdad? Simplemente, no podía hacerlo.
Andres, aquel pobre muchacho que no tenía culpa de nada... Tampoco podía hacérselo a él. Se había portado muy bien con ella, la había tratado con suma amabilidad, aun cuando la sombra de la duda respecto a la relación que todos creían que ella tenía con la muerte de su hermano pesaba como una losa sobre su cabeza.
En cuanto a Albert... con él todo era muy complicado. Cuando, esa misma mañana, Candy se enteró por boca de Andres de la verdadera razón de su cautiverio, la ira que experimentó apartó de un plumazo todo cuanto pudiera sentir hacia él. Por un lado, quería verlo sufrir y hacerle pagar el daño que le había causado con su actitud tan interesada. Pero por otro lado... no podía sacárselo de la cabeza. Él se le había metido en la piel, y creía que ni arrancándosela a tiras podría desprenderse de tales sentimientos.
Definitivamente, se hallaba ante una complicada disyuntiva. Al día siguiente lord Richard le exigiría explicaciones, pero éstas sólo servirían para causar más dolor, así que poco a poco se fue forjando en su interior la férrea determinación de no revelar jamás dónde había estado durante todo aquel tiempo.
Candy se levantó ojerosa y con el corazón dividido. No tenía ningunas ganas de enfrentarse al conde, pero sabía que no le quedaba otra opción. Cuando bajó al salón aún era temprano, aunque él ya la estaba esperando.
—Lady Candy, ¿qué tal habéis dormido? No tenéis buena cara.
—No he pasado una buena noche, eso es todo.
—Decidme, querida. —Lord Richard le ofreció un asiento y clavó su vista en ella—. ¿Qué sucedió aquel trágico día en el que mi hijo murió y vos desaparecisteis de la faz de la tierra? Os estuvimos buscando, sin éxito, durante semanas. Creí que jamás volvería a veros.
Candy recordó con nitidez aquella tarde, cuando asesinaron a Darryl delante de ella, y su estómago se revolvió.
—Milord, fue horrible. Como sabrá, Darryl y yo salimos un rato de la fiesta para despejarnos. Estuvimos paseando y charlando con total tranquilidad, pero cuando nos disponíamos a volver por temor a que la gente empezara a preocuparse por nuestra ausencia, varios hombres aparecieron de entre la espesura y nos atacaron.
—¿Quiénes eran? ¿Pudisteis reconocerlos?
—No. Sus caras estaban ocultas. Lo único que dijeron fue que me querían a mí, y cuando Darryl se enfrentó a ellos para protegerme... —Candy empezó a llorar—. Vi cómo lo asesinaban con mis propios ojos —logró decir con voz desgarrada.
—Chsss, tranquila... —El conde la acogió entre sus brazos e intentó consolarla—. Sé que es muy duro recordar aquel momento. Yo no me puedo sacar de la mente el instante en el que lo vi allí, tendido en el suelo, con una daga clavada en la espalda. Muerto.
Hombre y mujer estuvieron abrazados un buen rato, desahogando la pena y el dolor que durante tanto tiempo los había carcomido por dentro. Cuando por fin se calmaron, lord Richard continuó con el interrogatorio.
—Muchacha, ¿qué pasó después?
Candy se limpió las lágrimas e intentó deshacer el nudo que tenía en la garganta.
—Me lancé sobre aquellos indeseables como una loca. Tomé entre mis manos la espada de Darryl y los ataqué con todas mis fuerzas, pero no pude hacer nada para evitar que me capturasen. Eran muchos y más fuertes que yo. Alguien me dio un golpe en la cabeza y me desvanecí.
—¡Oh, Dios mío! ¿Cómo pudisteis ser tan inconsciente al enfrentaros a ellos? Podrían haberos matado... —la recriminó lord Richard.
—En aquel instante no me hubiera importado, milord. Yo sólo quería vengar la muerte de Darryl. La rabia me consumía, por eso actué de un modo tan imprudente. Y volvería a hacerlo —afirmó Candy convencida.
Lord Richard la evaluó con la mirada, asintiendo en silencio. Comprobó con admiración que aquella mujer tenía coraje; habría sido una maravillosa esposa para su hijo si el destino no se lo hubiese arrebatado. Después, con el semblante serio, le hizo la pregunta que ella tanto temía oír.
—Lady Candy, ¿qué hicieron con vos? ¿Dónde estuvisteis desde entonces?
Ella respiró hondo y se preparó para lo inevitable. Sabía que aquello lo enfurecería, pero no le quedaba otra opción. Se enfrentó a su mirada y contestó de forma resuelta:
—Milord, yo... no puedo decírselo.
—¿Cómo que no podéis decírmelo? Candy...
—Lord Richard, confíe en mí. Sé que quiere saber dónde estuve para intentar buscarle una explicación a lo ocurrido con Darryl, pero puedo asegurarle que, aunque se lo cuente, eso no resolverá ninguna de sus dudas. En cambio, si se lo dijera, sólo conseguiría hacer sufrir a mucha gente. Dejémoslo así, por favor.
—Pero ¿cómo pretendéis que haga oídos sordos a esto? —El conde, incrédulo, elevó los brazos al cielo—. ¡Habéis estado desaparecida cuatro meses! ¡Desde el mismo momento en el que asesinaron a mi hijo en vuestra presencia! ¿Ése no es motivo suficiente para querer saber cuál ha sido vuestro paradero desde entonces? ¡Exijo una contestación inmediata!
—Lo siento pero no puedo dársela. Créame, es lo mejor para todos —murmuró Candy agachando la vista.
—Muchacha, ¿a quiénes os referís con lo de que es lo mejor para todos? ¿A quién estáis intentando encubrir?—preguntó lord Richard suspicaz.
—Milord, de verdad que no estoy encubriendo a nadie. Sé que le enfurece mi silencio, pero le aseguro que con él estoy evitando muchos males.
El conde se paseó por toda la habitación con el rostro iracundo. No podía creerse lo que estaba sucediendo. ¡Aquello era intolerable! Tenía que sacarle una confesión, pero ¿cómo lograrlo? Intuía que ella estaba dispuesta a no capitular bajo ningún motivo, aunque... De pronto, dejó de andar y la encaró con un extraño brillo en los ojos.
—Así que no tenéis intención de decírmelo, ¿verdad?
—No, milord. —Candy enfatizó su respuesta negando enérgicamente con la cabeza.
—¿Ni siquiera si os amenazara con echaros de aquí?
Candy levantó la mirada hacia él, sorprendida y dolida por la amenaza.
—Lord Richard, ¿me echaría de aquí? —preguntó con un hilo de voz.
—Eso depende únicamente de vos —contestó él muy serio.
Ella no tenía ningún otro sitio adonde ir, y aquella advertencia era muy explícita. Sopesó con detenimiento la posibilidad de contárselo, tanto que el miedo que sintió al imaginarse lo que sucedería si lo hacía, la hizo temblar de pies a cabeza. Fue cuando descubrió que temía más el daño que pudieran sufrir esas personas que todas las eventualidades que pudiese padecer ella misma si la obligaban a marcharse. Finalmente, tomó una drástica decisión.
—Si así lo desea, me marcharé ahora mismo, pero no puedo explicarle nada más. Lo siento.
Candy, derrotada, hundió los hombros y suspiró. Ya estaba dicho. Se levantó del taburete, miró por última vez al conde con infinita tristeza y empezó a caminar hacia la salida. Buscaría a Pony para despedirse de ella y después se iría. No tenía ni idea de adónde, pero ya se le ocurriría algo.
—Esperad.
Ella se detuvo pero no se dio la vuelta. Quería evitar que él viera sus lágrimas.
Aquello ya era demasiado difícil como para que además él reconociese en su rostro aquella muestra de debilidad.
—Tenéis valor. No pensé que os mantendríais tan firme en vuestra negativa después de que os forzase a tomar una decisión tan delicada. No entiendo por qué, pero si insistís tanto en no hablar, vuestras razones tendréis. —El conde se tomó unos momentos para luchar contra sus propios pensamientos y después continuó hablando—: Lady Candy, no quiero que os marchéis. ¿Cómo se os ocurrió pensar que realmente podría echaros de mi lado? Damian y vos sois lo único que me queda en esta vida. Nunca dejaría que os alejaseis de mí, y menos por este motivo.
Ella rompió a llorar. Las palabras de lord Richard la habían emocionado. Estaba salvada.
Albert se había puesto hecho un basilisco. Andres nunca lo había visto de aquella manera, tan encolerizado. El muchacho tuvo que aguantar estoicamente la ira desatada de su hermano cuando, una semana después de que Candy huyera, él mismo le informó de lo sucedido.
—¡Una mujer! ¡Era una simple mujer! —bramó Albert—¿Cómo pudo escapar? —No hacía más que pasearse de un lado a otro del salón, apretando los puños y farfullando multitud de improperios. Porque se trataba de su hermano, que si no, ya lo habría matado por cometer semejante descuido.
—Lo siento, Albert. Yo... la perdí de vista un instante y, cuando pude darme cuenta, había desaparecido.
—¡Te di órdenes expresas de que la tuvieras en todo momento vigilada! ¿Tan difícil es de entender? —le espetó a voz en grito.
—Estaba hablando con uno de tus hombres y ella aprovechó para huir a caballo.
—¿Y no le seguiste la pista, pedazo de inepto?
—Por supuesto que sí. En cuanto noté que no estaba, yo mismo rastreé las huellas que había dejado en la nieve, además de ordenarle a tu hombre que regresara en busca de refuerzos. Estuvimos peinando la zona hasta llegar a un riachuelo a veinte millas de aquí, cerca de Kelso, pero allí le perdimos el rastro.
Kelso estaba en la frontera con Escocia, pero también a medio camino del castillo de Chestergrand , en Berwick. Podría haber tomado cualquier dirección, aunque Albert sabía con seguridad que había ido allí, al hogar de su difunto esposo. Lo que no podía explicarse era que, después de una semana, no tuviera aún ninguna noticia del conde. En cuanto lord Richard Graham la hubiera visto aparecer y ella le hubiese explicado dónde había estado recluida todo el tiempo, ni el mismísimo rey podría haber evitado una ofensiva contra Andrewhouse. Mantener prisionero a un miembro de su familia durante meses era una grave ofensa que no habría dejado pasar por alto. ¿Por qué entonces nadie los había atacado? ¿Le habría ocurrido algo a Candy antes de llegar a Berwick? Tenía que verificar con sus propios ojos que ella estaba bien.
«Demonios —pensó contrariado—. ¿Qué estoy diciendo? ¿Cómo se me ocurre pensar en ella ahora?».
Tarde o temprano recibirían noticias del rey, ordenándolos desalojar el castillo y entregar todas las posesiones de Willian a los Graham. Aquél era el menor de sus problemas; precisamente había estado las dos últimas semanas en sus propiedades, organizándolo todo, por si se daba el caso de que el monarca cambiase de opinión respecto a la desaparición de la viuda de lord Darryl Graham y hubiera que trasladar de modo urgente a su familia hasta allí. Además, estaba seguro de que, en cualquier momento, llegaría el ejército del conde de Berwick. Quizá estuvieran preparando una estrategia de ataque. Frente a eso, también estaría preparado. Pero para lo que no estaba preparado era para la desazón que sentía crecer poco a poco en su interior, minando sus defensas y sumergiéndolo en una angustia opresiva que le preocupaba más que cualquier otra cosa. Ella lo había abandonado.
Había transcurrido una semana desde que Candy retornó a la seguridad de los muros de Chestergrand . Debería sentirse feliz por tal motivo, pero no era así. Era incapaz de dormir por las noches, había perdido el apetito y cada dos por tres se echaba a llorar sin motivo aparente. En realidad sí había un motivo, pero ella se negaba a aceptarlo.
No quería pensar en él. Intentaba por todos los medios entretenerse con cualquier cosa para evitar que el recuerdo de Albert invadiera su mente, pero una y otra vez estaba allí, ese dolor sordo y persistente en su corazón, esa congoja que le impedía respirar con normalidad y ese fuerte sentimiento de pérdida que no la dejaba ni un solo momento tranquila, como si le hubieran arrebatado algo vital.
Rara era la ocasión en la que abandonaba sus aposentos. Sólo lo hacía cuando llegaba la hora de las comidas, aunque bajaba no porque tuviese hambre, sino por hacer compañía a lord Richard.
Desde la mañana en la que ella se negó a explicarle dónde había estado durante todo aquel tiempo, él no volvió a mencionar el asunto, a pesar de que Candy sospechaba que el tema, tarde o temprano, volvería a salir a colación. Supuso que eso ocurriría cuando llegara Damian, quien, según le había informado Pony, había partido hacía unas semanas a la corte inglesa por motivos que a la mujer se le escapaban. Por lo poco que lo conocía pero lo mucho que había oído hablar de él, intuyó que su cuñado no sería tan permisivo con ella como lo había sido el conde.
Candy permanecía asomada a la ventana de su habitación con la mente muy lejos de allí. Era media tarde, el cielo estaba nublado y una densa bruma comenzaba a levantarse desde los bosques cercanos, más allá de las murallas. Tan absorta estaba en sus propios pensamientos que, al principio, no dio importancia a una figura solitaria montada a caballo, medio oculta entre los árboles. Pensó que sería uno de los soldados haciendo la ronda, pero cuando tras el paso del tiempo constató que no se había movido de allí, le prestó más atención. La espesa niebla cubría ya el lomo de la bestia, aunque todavía podía distinguir el color de su pelaje: era negro como la noche. La invadió un fuerte presentimiento, haciendo que todos sus instintos se pusieran en alerta. El jinete permanecía inmóvil sobre la montura, mostrando una altivez y una arrogancia impropias de un soldado raso. Aquel cuerpo tan espléndido que se intuía debajo de la capa que llevaba le resultó sospechosamente conocido, pero cuando continuó con su escrutinio y observó el rostro del hombre, le dio un vuelco al corazón. Entonces ya no le cupo ninguna duda sobre su identidad.
Era Albert.
Aun a esa distancia tan lejana, Candy pudo advertir que tenía la mirada fija en ella. La había visto. Su semblante no demostraba ninguna emoción, se veía frío como un trozo de hielo, pero la muchacha sintió que la intensidad de su furia llegaba hasta ella, arrasando todas sus defensas.
Se retiró rápidamente del ventanal y, ahogando una exclamación, se llevó una mano al pecho. Apoyó la espalda contra los gruesos muros de piedra e intentó poner en orden sus atribulados pensamientos. «Dios mío, ¿qué hace él allí?», se preguntó a sí misma con desconcierto.
Tras unos minutos se atrevió a asomarse de nuevo. La bruma había invadido el páramo e impedía apreciar ya el comienzo del bosque. Miró una y otra vez hacia aquel lugar, pero no pudo distinguir nada. ¿Habría sido todo producto de su imaginación?
Le bastó sólo un día más para corroborar que aquello no había sido una alucinación provocada por su mente aturdida. Lo que había visto era real, porque la tarde siguiente Albert estaba de nuevo allí, parado junto a los árboles sobre su enorme semental, observando con detenimiento la ventana donde ella se encontraba.
Un día tras otro, siempre a las mismas horas de la tarde, se repetía la misma situación. Ella lo veía salir de entre los árboles y detener su caballo, un poco alejado de las murallas. Nunca hacía nada, no movía ni un solo músculo durante el tiempo que permanecía allí quieto. Sólo miraba en su dirección durante un rato y después, rodeado del mismo misterio con el que aparecía, volvía a desaparecer hasta el día siguiente.
Candy dejó de asomarse abiertamente y se dedicaba a espiar desde un lateral, donde tenía una buena perspectiva de la zona. No quería que él la descubriera mirando, aunque intuía que Albert sabía con certeza que ella se escondía detrás de los muros. La sangre le palpitaba frenética por las venas al verlo aparecer, y no dejaba de retumbar furiosa hasta que lo veía alejarse en silencio. Llegó a ansiar tanto sus furtivas visitas vespertinas que, durante el resto del día, no podía centrarse en otra cosa que no fuera él. Comiendo, paseando, durmiendo... siempre estaba en sus pensamientos. Lo odiaba con todas sus fuerzas por haber trastocado irremediablemente su existencia y su paz interior, pero también lo llevaba metido bajo la piel, y aquel sentimiento tan profundo eclipsó por completo todo lo demás.
Durante el transcurso de un mes, ya hiciera un frío glacial, soplara una fuerte ventisca o lloviera a raudales, no hubo ni un solo día en el que Albert no hiciese acto de presencia. Sin embargo, una soleada tarde del mes de marzo ya no volvió. Candy aguardó expectante, con una impaciencia contenida, hasta que el cielo se oscureció y la noche cayó inexorablemente sobre los campos, que poco a poco comenzaban a reverdecer con la llegada de la primavera. Pero él no apareció. Ni ese día ni los venideros.
Aunque no quisiera reconocerlo, se preocupó. ¿Alguien lo habría visto merodear por los alrededores? Si así fuera, aquello sería desastroso. Estuvo pendiente de cualquier novedad que se mencionase en las comidas referente a la seguridad del castillo, pero a simple vista no había ocurrido nada digno de mención en mucho tiempo, desde que ella retornó a Chestergrand.
Finalmente, con el paso de los días tuvo que reconocer con pesar que Albert ya no volvería más. Aquellas extrañas visitas habían supuesto para ella, durante un breve período de tiempo, una pequeña esperanza en el fondo de su maltrecho corazón, pero ahora se daba cuenta de que aquello había sido tan sólo una quimera.
Por última vez se asomó al ventanal, esperando algo que nunca llegaría. Después, con una determinación nacida de los rescoldos de sus ilusiones perdidas, le dio la espalda a la ventana y, con aquel sencillo movimiento, también le dio la espalda a todos los recuerdos que dejaba atrás. A partir de ese momento, sólo miraría hacia adelante y se olvidaría de todo lo malo que le había sucedido hasta entonces. No se permitiría desfallecer, porque ella era la única persona que podía luchar con uñas y dientes por su propia vida. Y por la de su futuro hijo.
Continuara...
