Capítulo 24 Chantaje

El Rey de los Goblins se encontraba en su laberinto, sentado en su trono, con una mirada perdida a la nada, ignorando al montón de goblins que tenía a su alrededor. Algunos de los goblins caminaban alrededor de la sala del trono, otros limpiaban las botas de su Rey y demás miraban por la ventana aquel enorme mar negro, que se ondeaba como si de una enorme bestia se tratase.

— ¿Se ha movido? —preguntó el Rey sin deshacer su posición.

— No su majestad —contestó un pequeño Goblin observando por la ventana—, está igual a como usted llego.

No contesto. Se mantuvo con su mirada a la nada y aquellos goblins que respondieron a su llamado, retomaron la vista a la horrible marea. El silencio volvió a inundar el lugar, y así se mantuvo por unos momentos cuando otro pequeño goblin decidió quebrantarlo.

— Su majestad —él respondió con un suave sonido proveniente de su garganta— ¿Cómo va todo con la joven Sarah?

El Rey, con suavidad, movió sus ojos bicolor hacía aquel pequeño goblin para observarle con frialdad. Los demás pequeñines que se encontraban ahí miraron el momento con terror, sabían que el Rey no se encontraba de humor, y aquella pregunta no era buena para este momento.

— ¿Has visto al mar negro moverse en estos días?

— N... No, su... su majestad —dijo temeroso.

— Ahí tienes tu respuesta.

El Rey retomó la vista a la nada y todos sus pequeñines y fieles sirvientes le observaban llenos en pánico. Desde que llegó, el Rey tenía un carácter, que ni él podía soportarse, así que, los goblins ni siquiera dudaban a que se debía ese comportamiento.

Después de un largo silencio, Jareth se alzó de su trono, pateando al pequeño goblin que pulía sus botas, y se paró en medio de la sala. Todos sus lacayos le miraron con terror, la cara de su rey expresaba aún ira, no sabían que podía hacerles.

— ¿Dónde está Higgles? —preguntó molesto mientras ponía sus manos sobre sus caderas. Todos los goblins se miraron aterrados entre sí.

— ¿Hoggle? —cuestionó un pequeñín goblin a su lado.

— Sí —respondió el rey mientras chasqueaba la lengua—. Ese gnomo cobarde. Desde que he estado conviviendo con los mortales, no he notado su presencia ¿Aún sigue aquí, o, el mar negro hizo su maldad con él?

Todos sus fieles goblins seguían mirándose entre sí. El Rey entrecerró sus ojos, observando a cada uno de sus goblins, con molestia.

— La... la verdad su majestad. No hemos sabido nada de él.

El Rey entre cerro sus ojos, y se mostró más furioso de lo que ya estaba. Miro a cada uno de sus fieles goblins asustadizos, cuando de la nada, quito sus manos de su cintura, chaqueo su lengua y se dio la media vuelta para volver a su amado trono. Todos sus goblins estaban en shock, ya no sabían que hacer, sentían que con el más mínimo respiro de aire, el rey les daría una enorme patada y los haría volar por toda la sala. Al tomar su pose sobre su trono, y perder de nuevo la mirada a la nada, alzo su mano derecha.

— Ustedes dos —mencionó apuntando a dos pequeños goblins, los cuales se asustaron—. Busquen a Harold en el castillo y tráiganlo ante mí. Necesito de sus servicios, con urgencia.

— ¡Si, su majestad! —ambos exclamaron mientras caminaban fuera del lugar.

Los goblins al mirar a sus compañeros retirarse, decidieron continuar con lo que estaban haciendo y dejaron a su rey perdido en su mundo.

Sarah se encontraba mirándose, en el espejo del baño, con cierta curiosidad. A su cabeza pasaban un sinfín de preguntas como: si ella era una mujer linda, agraciada, encantadora, etcétera. Pensaba y pensaba sin cesar, hasta que puso sus manos sobre el lavamanos, moviendo su mirada del espejo y observando hacia el agua que había guardado ahí. Más allá de aquellas preguntas, Sarah también había pensado, en lo que casi estuvo a punto de pasar con Jareth, acerca de aquel beso. Tomo del agua y se hecho en la cara para así poder controlar sus pensamientos.

— ¿Qué tienes? —preguntaron y ella volteo asustada a mirar a su amiga pelirroja.

— ¡Iris, me asustaste!

— Perdón —respondió con una enorme sonrisa—. Has estado aquí por casi treinta minutos ¿Estás bien?

— Si, si... es solo que me siento algo rara, y demás tengo que ir con Henderson, hoy.

— Oh ya veo. Si te sientes mal ¿A qué vas con Henderson?

— Porque tengo que, y además no me siento mal, solo me siento rara —recalcó.

— Ah, creo que ya te entiendo ¿Quieres que te de alguna pastilla u algo para tu cólico?

Sarah fingió una sonrisa ante la respuesta de su amiga, y cabeceó un sí. Iris se acercó al espejo del baño, lo abrió y le saco la caja de medicinas para el cólico menstrual.

— Te lo quitara en minutos. Suerte en tu consulta.

La azabache aun le sonreía, hasta que la pelirroja desapareció de su vista, borró esa sonrisa y guardo la caja de pastillas. Suspiró con amargura y volvió a mirarse al espejo para que todas esas preguntas volvieran a su cabeza. Decidida a que no encontraría prontas respuestas, suspiro, seco su rostro y recogió su cabello para irse al consultorio de su doctor.

Durante su camino, el clima frio y lluvia seguían inundando la ciudad, Sarah ya se había adaptado a este clima y también a no ver pronto la luz del sol. El camino hacia el consultorio de su doctor, había sido rápido, a pesar del tráfico. Bajo del autobús y camino hacia ese edificio donde el consultorio se encontraba. Al llegar, miro a la secretaria de su doctor, la saludo con cortesía y tomó asiento a esperar que terminará con un paciente.

Mientras Sarah dejaba al tiempo pasar con lentitud, por otro lado, Jareth la observaba a través de un cristal. Miraba a su cosita con demasiado celo, molesto, lleno en furia de que fuese a ver a ese tal doctor. Había intentado hablar con ella de que no fuese a verle, pero no quería arriesgarse algún tipo de problema. Si de por sí, tardo mucho en conseguir la confianza de Sarah, para decirle que hacer y que no. Sabía que no debía, lo mejor era observar de lejos y encontrar el momento adecuado para hablar.

Sarah leía una de las revistas que había en recepción, de hace más de tres años, cuando escucho como la puerta se abría. Pudo mirar a un joven, de tal vez unos diecisiete años, salir del consultorio. Iba vestido totalmente en negro y varios piercings cubrían su rostro. Ambos cruzaron miradas, Sarah pudo notar como el joven se sentía miserable, casi como ella se sentía al visitar a Henderson.

— ¡Te veré la próxima semana, George! —exclamó el doctor mientras le daba una palmada a su hombro. El joven le miro de reojo, pero se notó que quiera asesinarlo. No le respondió y camino hacia el escritorio de la secretaria— ¡Sarah, adelante! —exclamo al verle.

Ella sorprendida, dejó la revista a un lado, y se alzó. Al entrar al consultorio tomó asiento en el diván y pudo escuchar como Henderson cerraba la puerta.

— Me alegro que vinieras, Sarah —dijo con una enorme sonrisa, mientras se acercaba a tomar asiento— ¿Qué tal tu semana?

— Normal —respondió seca.

— ¿Normal?

— Sí.

— ¿Sólo normal? —tomó asiento. Sarah le observó— No puedo creo que tú semana fuese normal.

— ¿Por qué no lo cree? —preguntó extrañada.

— Bueno, creo que lo mejor es que tú me cuentes.

— ¿Se refiere a Jareth?
— Tal vez. Se ve que ustedes dos se llevan muy bien.

Sarah frunció su ceño sin dejar de mirar a su doctor, el cual lucia tranquilo, preparándose con una libreta y su pluma.

— ¿Es en serio? —pregunto sarcástica.

— ¿Algún problema por ello? —dijo volteando a verla—. Bueno por el día en que me los tope, se veía que se habían divertido.

Por otro lado, Jareth seguía observando, con cierta incredulidad, la actitud de ese tal Henderson.

— Solo fue una salida, ya sabe de amigos.

— Lo note. Sabes Sarah, raras veces me has hablado de él, Sarah. Pero por lo poco que me contaste, no te agradaba... —realizó una pausa— Porque te recordaba a ese personaje.

Sarah suspiro amargamente y Jareth apretó su cristal.

— ¿Aún recuerda esa sesión?

— Perfectamente.

— Carajo —susurró para ella mientras cubría su rostro con sus manos.

— Sería, un buen momento, para hablar sobre tu compañero, ¿Jerry, verdad?

— Jareth —corrigió algo molesta, sin mover sus manos. Él al escuchar a su cosita diciendo su nombre, sonrió.

— Cierto, Jareth. No es un nombre muy común.

— Supongo. ¿Pero, para que quiere que hablemos de él?

— Bueno cariño, estás aquí para contarme todo lo que te pasa. Vamos, me gustaría oír sobre Jareth, ¿Cómo cambio ese pensar en ti?

El Rey seguía observando y apretando el cristal con ambas manos, a tal punto de quererlo romper.

— Su majestad —habló un pequeño goblin— ¿Se encuentra bien?

Él movió sus ojos hacia el pequeño goblin, el cual se asustó al observar una ira en esa mirada bicolor.

— Doctor —habló Sarah muy desanimada—, no me gustaría hablar mucho de él. Al menos por ahora.

— Bueno, ¿Qué te gustaría que habláramos hoy? —preguntó mientras se cruzaba de piernas y la miraba con una larga sonrisa.

— Pues... Últimamente, me he sentido extraña.

— ¿Extraña, en qué sentido?

— Sí. He tenido unos pensamientos muy extraños, con respecto a mí —se dijo sorprendida y Henderson arqueó una ceja—. Es tan extraño, en todo este tiempo, jamás me había sentido así.

— ¿Podrías explicarme, Sarah? No logró entenderte.

La azabache se sentó en el diván para poder tener una mejor vista de su doctor. Henderson se extrañó.

— Una de las cosas, por la cual, he estado cuestionándome es, si soy una persona agraciada —el doctor abrió sus ojos de par en par, pero no se mostraba sorprendido—.

No sé porque, creo yo que es un factor, por el cual me siento así.

— ¿Por qué pensarías eso de ti?

— No losé. Estos últimos me puesto a pensar, si soy atractiva para los hombres —El Doctor le miro extrañado, casi apenado—. Es más creo que tiene que ver con Jareth.

— Creí que no querías hablar de él —dijo curioso.

— Sí. Hablaré de él, porque estoy segura que él es el culpable de esto.

Henderson observó a Sarah y Jareth, por otro lado, arqueó su ceja extrañado por el comentario de su cosita.

— Bien Sarah. ¿Por qué crees que Jareth, está influyendo, en tu pensar?

— ¿Recuerda el día que nos vio juntos? —Henderson cabeceó— Bueno, ese día… ese día que estuve con él, me hizo sentirme… —se detuvo. Sarah posó sus ojos al suelo haciendo que Henderson la observará con interés y desesperación. Ella seguía pensando, recordando ese día con Jareth. Ese día que en el que fue feliz. Una felicidad que solo él, y nadie más, pudo otorgarle.

— ¿Sarah? —preguntó Henderson.

Ella alzó sus ojos, se veía sorprendida, como si hubiera descubierto algo.

— Creo que estoy enamorada. De Jareth.

Esas palabras, al salir una por una de la boca de Sarah, hicieron que el Doctor Henderson apretará de más su pluma, a tal grado de romperla. Por otro lado, Jareth no podía contener su felicidad, una enorme sonrisa se dibujaba en su rostro que sus pequeños goblins no despistaron en mirarle. Era el día más feliz para él.

— ¿Perdón, Sarah? —Cuestionó el doctor sin creerle— ¿Qué fue lo que dijiste?

— Creo que estoy enamorada de Jareth —dijo, más para sí, muy sorprendida—. Enamorada…

Henderson se alzó de su silla y se acercó a su escritorio a tomar una taza, llena de café ya frio, que tenía. Le dio un rápido trago sin importarle el horrible sabor. El Rey de los Goblins se bañaba en una felicidad infinita, al fin después de todos estos años, después de la primera aventura de su cosita en el laberinto, después de mucho tiempo estando observándola, al fin su cosita preciosa lo reconocía. Bueno solo un primer paso, sentía atracción por él, pero así de poco en poco llegaría hacia donde él quería que llegase.

— ¿Enamorada? —preguntó Henderson lo más serio posible, pero le era inevitable, estaba casi a shock.

— Si… enamorada —respondió Sarah igual sin creerse sus palabras.

— ¿Por qué enamorada? Digo, por lo poco que me contabas de él, lo aborrecías.

— ¿Y a ti que te importa? —preguntó Jareth con una sonrisa sínica, mientras observaba el pálido rostro del doctor por el cristal.

— Si, lo sé doctor pero algo ha cambiado. No sé qué pero algo cambio —dijo con una suave sonrisa—. Lo único que puedo decir es que, desde ese día, me sentido tan diferente, tan viva. Solo quiero estar con él.

Henderson volvió a darle otro trago al café, hasta terminárselo, golpeo la taza en el escritorio y Sarah se estremeció y alzó la vista a observarle. Jareth se extrañó por ese comportamiento y se puso atento.

— ¿Pasa algo, doctor? —preguntó preocupada. Henderson volteó a mirarle con una sonrisa fingida.

— ¡Vaya! —Exclamó— Sarah, jamás pensé escucharte decir algo así.

— ¿En serio?

— En serio —dijo aun con esa sonrisa. Jareth observó muy suspicaz—. Y la verdad me alegro por ti.

— ¿Qué? —preguntaron, al mismo tiempo, los dos.

— Lo que oíste querida. Me siento muy contento por ti, que al fin hayas podido encontrar a alguien que te quiera, a pesar de todo —ambos se extrañaron. Henderson analizó el rostro de Sarah, y una media sonrisa se dibujó en su rostro—. Me imagino que Jafet…

— Jareth —le interrumpió.

— Si, Jareth. Me imagino que él sabe de tu pasado ¿Verdad?

Sarah se encogió de hombros y cabeceó.

— ¿En serio?

— Sí. Le conté todo mi pasado.

— ¿Todo?

— Exacto. No omití ningún punto ni coma.

— ¿Y qué te dijo? —preguntó sorprendido.

— Que me creía —respondió con una sonrisa algo apenada, una sonrisa de boba enamorada.

El doctor Henderson sonrió, volvió a tomar asiento frente a Sarah, sin dejar de analizarla.

— Interesante —Sarah y Jareth se extrañaron—. De verdad, me alegra que tomara todo tan bien ¿Le contaste que él te recuerda a ese personaje?

La azabache arqueó una de sus cejas, en cambio en el rostro de Jareth, desapareció la suspicacia para mostrar una preocupación.

— Yo… —dijo nerviosa— No, no le conté eso.

— ¿Por qué? —cuestionó curioso.

— La verdad… No losé —contestó preocupada.

— Bueno, eso me dice que no le contaste todo mi querida Sarah —Henderson seguía con su sonrisa y cruzó una de sus piernas—. Creo que la atracción que sientes por él, se debe a ese personaje. Ese personaje del cual alguna vez te enamoraste —La sonrisa y satisfacción que habían parecido en el rostro de Jareth, se había opacado por completo. No le quedaba más que maldecir a ese doctor—. Omitiste un hecho muy importante, Sarah. Tu amor por un hombre, el cual nunca existió, y ahora quieres hacer realidad ese amor imaginario con tu compañero de habitación.

Al escuchar esas palabras, un fuerte "crack" se escuchó en el pecho de la joven Sarah. Su corazón había sido destruido.

— ¿Estás atando cabos?

— Creo…

— Porque así es Sarah. Debo serte honesto, él se ve que es todo un caballero y respetuoso, y creo que lo único que él hace es darte apoyo, como toda buena amistad.

— ¿Pero qué hay de...? —Decía con mucha traba— ¿Qué hay de ese beso que estuvimos a punto de darnos?

— ¿Se iban a dar un beso? —preguntó crédulo.

— ¡Sí! —Gritó— Fue cuando usted apareció, ¡No se haga, el que no nos vio!

— Bueno, yo no vi ningún intento de beso. Al menos no en los labios, porque se veía claro que iba a besarte en la mejilla.

Al escucharlo, una expresión sorpresiva como confusa inundo todo el rostro de Sarah Williams. No, recordaba perfectamente que ambos iban a besarse en los labios ¿O, no? Sintió una fuerte presión en su cabeza, de tan solo recordar ese momento.
— ¿Estás bien, Sarah?

— Nos íbamos a dar un beso. Un beso en los labios —mencionó molesta.

— Sarah, querida. No era un beso de esos, era un beso de amigos —recalcó, furioso, Henderson.

La pobre de Sarah, no pudo alzar su rostro, puso sus manos sobre su cabeza para calmar esa presión, pero las palabras de Henderson: "Tu amor por un hombre, el cual nunca existió" la goleaban con fuerza. El Rey de los Goblins ardía en furia, lo único que quería hacer era aparecer en ese consultorio y darle una muy buena lección a ese doctor de pacotilla. Apretaba su cristal con tremenda fuerza hasta que este se convirtió en polvo. Abrió sus manos para dejar escapar ese polvo y puso sus manos sobre su rostro, sus pequeños goblins le miraba, esta vez, con terror porque sabían que la sonrisa que, duro poco en su rostro, se había borrado rápidamente. La tierra comenzó a temblar con suavidad, todos los goblins al sentir ese terrible movimiento se acercaron a su rey buscando protección.

— ¡Majestad! —exclamó un pequeñín.

— ¡Ya losé! —respondió con su furia mientras se alzaba de su trono— ¡¿Encontraron a Hogwart?!

— No su majestad. Al parecer ha huido.

— ¿Huido? —dijo si creerlo.

— Sí. O al menos eso parece.

Jareth seguía molesto, y el hecho de saber que Hoggle no se encontraba en le Laberinto lo hacía enfadarse aún más. Suspiro profundo y expulso el aire con lentitud.

— De acuerdo. Hoggle ha huido, que interesante —dijo con ironía—. Volveré con los mortales, manténganse unidos y no dejen el castillo.

— ¡Si, majestad! —exclamaron a coro sus gobelino.

Henderson trató de calmar la frustración de Sarah, con un vaso de agua y una pastilla de sertralina.

— ¿Te sientes mejor? —Ella cabeceó— ¿Quieres dar por terminada la sesión?

— Por favor —suplicó.

— De acuerdo. Sarah, querida, quiero que sigas tomando tu medicamento y vengas a las citas dos veces por semana ¿Si? No dejemos que el pasado nos arruine el futuro ¿Bien?

La azabache volvió a cabecear. Su rostro con el cual había llegado iluminada por una hermosa sonrisa, se vio opacada por la más amarga y triste depresión. Henderson le dio la receta para poder surtir el medicamento y Sarah prosiguió a retirarse de ese lugar. Al salir del edificio, Henderson observaba a Sarah a través de la ventana, sonrió para sí, alegre de haber chantajeado a la pobre Sarah Williams.


NOTAS DE LA AUTORA:

Muchas Gracias por leer, y se agradecerán sus comentarios, criticas -constructivas- , opiniones y/o sugerencias :3

muchos besos y abrazos nos vemos en el siguiente cap!