-¡ALICE!- chillé. Ya no lo soportaba más, había aguantado incluso más de lo que nadie en su sano juicio habría hecho.

¿Dónde coño se había metido Edward?

Llevaba revoloteando a mi alrededor más de tres horas y media. Me dolía la espalda, tenía los pies hinchados y me sentía como una vaca burra. Llevaba con falsas contracciones prácticamente una semana. Desde luego, no era el mejor día para probarme el mejor y el más maravilloso vestido de novia que jamás nadie había visto. O al menos así era como ella lo llamaba.

Podía decir que mi grito la había pillado completamente desprevenida, ni siquiera lo había visto venir.

-Estoy GORDA. ¿Cómo pretendes encontrar un vestido hoy si ni siquiera soy capaz de probármelo?- Antes de que me diese cuanta estaba llorando.- No quiero casarme así, no pareciendo una mesa camilla lleve lo que lleve, un enorme pastel de nata cubierto de encaje blanco. NO ASÍ.

Las lágrimas corrían rebeldes por mis mejillas. Entre mi mirada borrosa fui capaz de vislumbrar la cara de una Alice asustada. No podía soportar más que Alice pretendiera que yo era una cenicienta cuando probablemente era la cenicienta que se había comido a la cenicienta. Estaba enorme, con ocho meses de embarazo y lo último que necesitaba era que me tocasen las narices.

-Pero Bella, la boda es dentro de una semana…-Protestó.

-¡Pues cancélalo!- ¿Por qué Edward había elegido justo esa semana para irse con Carlisle y Esme a cazar a las Rocosas?- ¡Me da igual lo que diga la gente! ¡Lo que diga Edward! NO ME CASO ASÍ.

Jasper se materializó en la entrada de la habitación de Alice, una ola de calma inundó la estancia, pero lo que yo necesitaba no era que nadie me tranquilizase, necesitaba que todo acabara de una vez.

Me levanté más cabreada aún, vacilando a medida que descendía las escaleras de la mansión de los Cullen. Otra contracción me llegó. La segunda en una hora. Me quedé parada en mitad de la escalera contrayendo con fuerza la mandíbula, agarrada a la barandilla de la escalera. Si me hubiera mordido la lengua puede que me la hubiese arrancado por la fuerza con la que apretaba los dientes en ese momento. Fue tan dolorosa como efímera. Me recompuse con rapidez, tomando aire a grandes bocanadas y seguí bajando despreocupada. Como si absolutamente nada hubiese ocurrido. Cuando logré alcanzar la planta baja, me encontré a quien menos quería ver en ese momento. Tanya. Aún así, hice todo lo que estuvo en mi mano por ignorarla. ¿Qué hacía ella allí, metida en esa casa las veinticuatro horas del día?

Tenía hambre. Quería chocolate negro a toda costa. Odiaba los antojos del embarazo, cuanto más avanzada en la gestación estaba, más desesperados eran mis necesidades de comer. Me sentía como si hubiera engordado cien kilos.

-Alguien tiene hambre.- La voz de la rusa llegó a mis oídos con un tono de burla. Hice todo lo que estaba en mi mano por ignorarla. Me estiré para coger un bol del aparador.

-Como sigas comiendo no vas a entrar por la puerta… Y sé de uno que va a perder el interés en ti en cuanto se dé cuenta de que se ha casado con Jabba el Hutt.

Aquello se pasaba de la raya. Estaba en mi octavo mes, a punto de llegar al noveno. No necesitaba que alguien me llamara gorda, yo ya sabía que lo estaba. Mientras me pasaba todo el día con anchas camisas sueltas y pantalones premamá, Tanya se paseaba prácticamente en pelotas, no perdiendo la oportunidad de restregarse a mi novio a la primera de cambio. Y por supuesto, aquello me sacaba de quicio.

-Tienes que tranquilizarte, Bella.- Me solía decir Edward.- Tanya siempre ha sido así con todo el mundo, es su forma de ser… Además tú tienes las hormonas un poco revolucionadas, y en el fondo no quieres decir que sea…

-¿Qué yo tengo las hormonas revolucionadas? ¿Te crees en serio que esto es una cuestión hormonal, que no veo el brillo de malicia en sus ojos cuando te mira? Por supuesto que quiero decir que es una zorra porque lo es. No tiene vergüenza y lo peor de todo es que nadie en esta casa se da cuenta. Y ni se te ocurra decirme que se porta así siempre, porque yo todavía no la he visto restregándose con Carlisle, Jasper o Emmett. No soy imbécil Edward, y por tu bien espero que nunca hayas creído que lo soy.- En este punto me levantaba indignada y salía por la puerta no sin antes decir la última palabra, ese último comentario que se tornaba similar en todas las ocasiones. Y es que Edward y yo teníamos esa misma conversación todos los días, algunas veces hasta dos veces.-Ni se te ocurra llamar a Jasper y decirle que me inunde de calma, porque con todo el dolor de mi corazón le voy a mandar a la mierda.

No solía tardar en ir a buscarme y asegurarme una y otra vez que yo era la única, que era preciosa y que bajo ningún concepto estaba gorda. Lo que ocurría según él era que estaba embarazada…

¿En serio Edward? Que locuaz… no me había dado cuenta antes, pero gracias por la aclaración.

Aun así, las palabras susurradas al oído mientras me acariciaba entera y me juraba que me quería eran suficientes como para hacerme olvidar (muy placenteramente) que estaba enfadada con él.

Volví a la realidad, y me llene el bol de leche con cereales de chocolate. No había chocolate negro así que me tuve que conformar con aquello.

-¿Por qué no te vas un ratito a dar una vuelta y con suerte no vuelves, Tanya? No entiendo que ves de interesante en Forks, con lo grande y bonito que es el mundo…- le dije mientras me dirigía escaleras arriba con mi cuenco y mi cuchara. Hacia bastante que me había dejado de reprimir a lo que las pullas de Tanya se refería. Ahora la contestaba cada vez que tenía oportunidad.

-Ten cuidado, Bella.- La oí decir.- No tienes ni idea de con quien estás jugando.

Me pasé sus amenazas por el forro de las narices. No pasaba una semana sin que recibiera al menos dos o tres. Sus palabras eran siempre las mismas, pero me inquietaban mucho más sus ojos llenos de ira y locura. Llegué a la habitación y cerré la puerta tras de mí. Me pase allí el resto del día. Tampoco era que pudiera hacer mucho más. Estaba demasiado avanzada como para seguir acudiendo al instituto, además por poco que me importaran los chismorreos de la gente no dejaban de ser molestos. A medida que avanzaba la tarde, mi incomodidad incrementaba. Las falsas contracciones me estaban matando, no podía dormir, pero aun así, estaba exhausta.

Para matar el tiempo llamé a mi padre, estuve hablando con él cerca de una hora, incluso se ofreció a venir a visitarme al día siguiente. Después de aquello me dirigí con torpeza a la habitación de Jasper y Alice. Me la encontré tumbada en la cama, acurrucada con Jasper mientras este la consolaba. No quería interrumpir pero sentía que aquella situación era por mi culpa, me disculpé por mi comportamiento anterior, le dije que sentía haberla chillado y que por supuesto que me casaba la semana que viene. Sin duda las hormonas sacaban lo peor de mí.

Emmett trajo comida italiana como cena. No pude sentarme, sino que tuve que cenar de pie todo el rato. Mi niña se había empeñado a estirar las piernas todos los días a la misma hora, así que aparte de las dolorosas contracciones, tenía los pies de mi hija clavados dentro de mí al menos una vez al día.

Cuando me tumbé en la cama hacía demasiado calor para dormir. A las tres de la mañana, la puerta se abrió y Edward apareció. Al fin.

No me gustaba que se fuera a cazar y que me dejara sola, pero no solía decir nada. En esta ocasión, sin embargo, era distinto. Había tardado cuatro días en regresar.

No me moví ni un solo milímetro cuando cerró la puerta tras él, ni tampoco cuando se quitó los pantalones y la camisa y los sustituyó por los boxers negros y la camiseta blanca de algodón que usaba cuando dormía.

Sin embargo, no podía hacer nada cuando sus brazos me acercaron a él por las caderas y me pegaron a él sin remedio. Cerré los ojos de súbito, pero no coló.

Una mano se aventuró debajo de mi camiseta y al segundo agradecí que su mano se posara sobre mi abultado vientre. Sus labios alcanzaron mi cuello mientras sus dedos retiraban mi pelo. Se tomó su tiempo, depositando leves besos a lo largo de él. Ignorarle no era fácil.

-Ni lo intentes,- dijo bajito, justo al lado de mi oído. La piel se me puso de gallina, cuando sus labios mordieron con suavidad el lóbulo de mi oreja.- Sé que estas despierta, sobre todo por el latido errático de tu corazón.

Me giré con brusquedad, y le miré a los ojos, de un intenso color dorado en aquel momento.

-¿Cuándo tenías pensado volver? ¿O es que no ibas a volver? No me creo que te haya llevado cuatro puñeteros días ir de caza…

-Nos llevó un día ir y otro volver, eso deja solo dos para la caza, y teniendo en cuenta el soleado tiempo que nos ha hecho…

-Me da igual,- la lógica aplastante de sus respuestas derrotaba todos mis hilos de pensamiento. En eso tenía razón, la ola de calor en el oeste del país estaba siendo insoportable. Me di la vuelta otra vez para perderle de vista., poniendo la almohada de por medio.

-¿Por qué estás tan enfadada?

-No estoy enfadada.- Mentí.

-Entonces, si no estás enfadada, no te importará que haga esto…- Sus labios volvieron deliberadamente a mi cuello, lamiendo, besando, mordiendo. Reprimí un gemido, que habría sido como una rendición. Pero las cosas se empezaron a poner difíciles cuando la mano sobre mi vientre empezó a subir peligrosamente, casi rozando uno de mis pechos.

-No aguanto que Tanya esté aquí, ni que Alice se empeñe en hacerme parecer una puñetera princesa cuando lo único que parezco es Jabba el Hutt… Me duele la espalda continuamente, mis tobillos parecen las columnas del capitolio y tengo ganas de ir al baño todo el tiempo.- Solté a bote pronto, antes de que su mano fuera más arriba o más abajo, y yo empezase a olvidar por qué se suponía que estaba tan cabreada con toda la humanidad.

Un suspiro resignado escapó de sus labios, pero no me soltó bajo ninguna circunstancias. Sus manos me afianzaron donde antes se suponía que estaba mi cintura. Lentamente me dio la vuelta hasta que fui capaz de mirarle a la cara.

-Lo primero; sabes que si de mí dependiera, Tanya no estaría aquí. Carlisle ha estado mil veces en Alaska… Cualquiera de nosotros ha estado mil veces en Alaska y siempre nos hemos quedado en su casa, sin importar que empezásemos a llamar la atención… Se llama mínimo de hospitalidad, y nuestra familia nunca ha pecado de no tenerla…

-Pero es que…-empecé, esto sí que podía rebatírselo.

-Lo segundo,- continúo cortándome.- Los ojos de Jabba el Hut son de color caca, sus brasos son muy cortos y tú no de lejos tienes esa horrible papada,- cerré los ojos luchando contra la sonrisa que se abría paso entre mis labios. Fracasando estrepitosamente.- Además, no creo que a Gabie le guste saber que su madre alguna vez la comparó con Jabba el Hut.

Ahora mis ojos se abrieron como platos. Tras meses de discusión, aún no nos habíamos decidido por uno.

-¿Gabie?

-Sí,- dijo y su mano levantó mi camiseta, colocando su boca a escasos centímetros de mi ombligo.- ¿Te gusta?- Hablaba directamente a mi enorme tripa.- Gabriella Cullen.

-Me gusta cómo suena,- admití.- ¿Y el segundo nombre?

-¿Qué te parece Elizabeth?

-¿Cómo tu madre?- Asintió, y yo elegí cuidadosamente mis palabras.- No quiero que te lo tomes a mal, y estoy segura de que tu madre era una mujer excepcional, pero me gustaría que Gabriella tuviese su propio nombre, que sea única.

-¿Qué propones?- El fantasma de una sonrisa se adivinaba en sus facciones, y respecto a mí… bien hacía mucho tiempo que tenía pensado el segundo nombre.

-¿Qué te parece Gabriella Alyssa Cullen?

Como respuesta, bajo de nuevo la mirada hacia mí tripa.

-¿Qué te parece a ti, amor?

Al parecer, Gabie no estaba dormida, al oír el nombre pataleó en mi interior, cogí la mano de Edward y la posicioné sobre el sitio en el que pataleaba sin parar.

-Respecto a lo último que has dicho antes… eso de que te duele la espalda, y estas incómoda todo el tiempo… ¿Crees que hay algo que pueda hacer al respecto?

Esbocé una sonrisa pícara y no perdí el tiempo en hacer desaparecer su molesta camiseta. Me dejó hacer, mis manos recorrieron ávidas su torso.

Sus manos eran tiernas, sus labios ávidos, curiosos, hambrientos de mí. Nunca le había necesitado tanto como estos últimos meses… Según Jasper (que muy a mi pesar sabía sobre el tema), era cuestión de las hormonas. Yo no lo tenía tan claro. A pesar de que Tanya estuviese allí, de que Edward y yo tuviésemos nuestros más y menos o que los dieciocho no se considerase una edad muy madura, cada día estaba más enamorada de él.

Un gemido escapó de mis labios cuando me penetró de una sola embestida. Inspiré inconscientemente, reteniendo el aire en mis pulmones, guardando la sensación de él en mi interior.

Estaba siendo amable… pero yo no necesitaba cortesía aquella noche. No. Necesitaba saber que estaba conmigo, que me quería. Mis labios lamieron su cuello, mientras luchaba por reprimir gemidos, que de ser oídos, podrían resultar ser muy embarazosos. La mandíbula era su punto débil, al igual que el mío era el cuello.

-Edward… necesito que lo hagas más rápid…- paré en seco cuando su mano estrujó uno de mis pechos, un suspiro de alivio me inundó.- Más fuerte,- conseguí concluir con la respiración agitada.

Me tumbó de lado, de modo que él estaba tras de mí y yo completamente a su merced. Su boca quedó a la altura de mi oído.

-¿Así te gusta?- Me creí morir cuando la velocidad se incrementó hasta el punto de que no iba a aguantar mucho más.

-No pares…-dije sin aliento.- Soy capaz de matarte…

Una risa resonó en la habitación, la suya y la mía. Y así fue como ambos nos corrimos, sonriendo como idiotas, riendo, prometiéndonos amor eterno.

No fue hasta la mitad de la noche, cuando el dolor me despertó de la forma más efectiva posible.

-¡Bella, Bella!- Mi cerebro procesaba a cámara lenta las voces alarmadas de Edward. El dolor era demasiado intenso como para prestar atención a nada más.

Cuando la contracción terminó, no me hizo falta que me dijera que no había sido falsa. Esta había sido demasiado real. Mis ojos volvieron a enfocar la cara de Edward, y de ahí su cara de puro terror.

Fue entonces cuando miré a duras penas entre mis piernas. Aún faltaba un mes, pero acababa de romper aguas.