Al verlo salir del automóvil, corre a sus bazos, y Albert la recibe, abrazándola fuerte y desesperadamente, por todo el tiempo que habían pasado separados.
Terry se había quedado a puertas del Hogar en medio de una ola de sentimientos encontrados; pero una cosa sí sabía, y era que Albert recobraba la vida y el color al ver a Candy.
Era igual que para él, Candy era su vida.
Los dos hombres compartían eso.
Pero aquel era el hombre que ella más necesitaba, y allí estaba, con aquel grupo de vándalos en sus manos. Había salvado a Candy una vez más.
Sin embargo, Terry no se sentía triste, ese día había revivido, y eso tal vez se debía a que Candy era feliz.
Después del abrazo, Albert clava sus ojos en él, y la perplejidad empaña su felicidad:
-¿Terry?- balbucea y el joven le saluda.
La Hermana María, Lolo y otros niños ya habían llegado a la escena, y todos van a saludar a Albert. Ciertamente aquello distrae la situación.
-Bueno, al grano- el hombre hace a un lado su perplejidad pues habían cosas más importantes para atender –Como podrán ver, encontré a estos rufianes con las manos en la masa-
Neil desde el automóvil se queda petrificado al ver que Terry estaba allí.
-Tengo que llevarlos con las autoridades, y ahora sí hay cargos que ellos puedan considerar-
-Pero, ya es de noche ¿Vas a ir ahora?- Candy no entendía mucho todavía, eran demasiadas cosas para un solo día, pero se apretó a él consternada.
-Yo te puedo acompañar- intervino Terry dejando a todos callados.
-Eh, bueno…- Albert todavía no reaccionaba ante la sorpresa, pero tal como le ocurrió a Candy, después del momento inicial, ya se sentía como si entre ellos no hubieran pasado los años- Pero estaremos apretados en el auto- agradeció el tener la compañía de Terry en aquel momento.
-Con mi ayuda y mi testimonio, la ley respetará- dijo Terry a propósito de todo lo que le había contado Candy, de que el alcalde había ignorado por completo sus denuncias.
A pesar de todo lo agradecido que estuviera, Albert sentía una punzada de recelo; el ver a Terry allí, de sorpresa, lo había ensombrecido. Pensó en la razón de su visita, y si sabría que él estaba comprometido con Candy.
Ahora temía que su compromiso se viera interrumpido…
No lo sabía. Pero no era momento para eso.
-Vayan con Dios- ella se resignó. Tenía aferradas las manos de Albert, pero las soltó. Albert le dirigió una sonrisa y ya no tuvo más dudas. Se disipó su sombra al verla, sus pensamientos, todo. Acto seguido, se dirigió al automóvil acompañado por Terry.
Las mujeres y los niños vieron el coche marcharse y desaparecer en la noche.
-¿Estás bien?- la Hermana María había notado que aún a esa hora de la noche, la luz del cuarto de Candy seguía encendida, así que se había acercado.
-Seguramente tendremos que declarar- le comentó Candy a la Hermana- Albert me dijo que mañana vendría para llevarme al pueblo y ver todo este asunto ante la ley-
-Candy, eso no es lo que te preocupa-
-Hermana, estoy bien-
La humilde mujer la respetó, Candy quería quedarse con sus sentimientos a solas. Ya era toda una mujer, así que le dio la bendición de buenas noches y la dejó tranquila.
La noche se quedó en total silencio, como si el mundo se detuviera por ella. Albert había regresado, y Terry estaba allí con ella, y lo extraño de la situación era que todo parecía feliz.
Como si fuera algo que necesitaran, los dos, ella y Terry.
Tal vez no lo comprendieran, pero así lo sentían. Sería mucho peor que él estuviera lejos y que no supieran casi nada el uno del otro. Enfrentar las cosas siempre era lo mejor.
Se casaría con Albert, y adoptarían a Lolo. Ya tenía una familia propia y nadie iba a arruinar esa ilusión. Y ahora sabía que la presencia de Terry en el Hogar tuvo ese propósito al principio. Quien haya sido el que escribió la carta, no se saldría con la suya, y al contrario, les había hecho un favor.
También sería la socia de Albert Andrew, y aquellos hombres de la reunión la respetarían como tal.
Esa noche Candy se dijo que no sería más una víctima, y que ni Albert ni Terry tendrían que preocuparse por lo que a ella le ocurría. Candy haría su propio mundo, y con los compañeros que compartían con ella ese mundo: sus amigos, sus niños, y Albert.
Suspiró el frío aire de la noche y sonrió ligeramente, esperando con ansias el amanecer.
El lugar era un reconocido restaurant, el único del pueblo, de hecho. Pequeño, pero muy acogedor, y la comida era muy buena.
La mesa estaba iluminada por el brillo de la luna que lucía llena sobre ellos esa despejada noche de verano. Las velas se consumían desprendiendo un ligero olor.
-No debiste molestarte, ya has hecho mucho- dijo Candy, sentada frente a Terry. Albert estaba a su lado, y ambos vestían ropa de domingo.
-No es nada, ha sido un día muy largo- reía Terry a propósito de la invitación –Solo disfrutemos el momento-
-Les dimos a todos un buen merecido- sonreía Albert, muy radiante vestido con su traje beige. El hombre parecía otro, la felicidad le había quitado por completo el cansancio de los días anteriores.
Efectivamente ese día comenzó temprano. Encarcelaron a los amigos de Neil, especialmente a Butch Jackson, el principal responsable de los ataques a Candy y al Hogar. Neil lo denunció, y descubrieron que el hombre tenía antecedentes en Mississipi al igual que su padre.
"Ahora sí tenía la ley razones para hacer justicia" espetaba Terry.
Los eventos habían sido todos fortuitos. Candy pensó que si fue Eliza quien le escribió la carta a Terry, pues se estaría retorciendo al ver lo que había resultado de eso. Había sido para bien de Candy.
Si pretendía que la presencia de Terry arruinara su compromiso con Albert, se equivocó. Ahora estaban los Leagan comprometidos con la ley, y desprestigiados socialmente, Terry había ayudado mucho para que eso fuera así.
-Bien, quisiera brindar primero que todo- intervino Albert. El mesonero destapó el vino y sirvió. De fondo el sonido de los comensales dentro del local se mezclaba con la noche.
-Candy, si aceptas nuestro préstamo, serán dueñas de los terrenos del Hogar-
-Ya te lo dije, Albert, no creo que sea apropiado que nos des ese dinero- era inútil que Candy se resistiera, ya como mujer casada, su esposo podría comprar la propiedad, y él lo haría a su nombre.
-Acéptalo como un préstamo- dijo Terry- Nos los pagarás, por cuotas. No te preocupes porque parezca un acto de caridad, de hecho, todo el pueblo debería darles el dinero por la contribución que hacen a esta comunidad-
-Es verdad, por sus niños- intervino Albert- Pero bueno, no lo harán, tampoco pueden. Así que Los Andrew, y Terry contribuimos-
-Les pagaré todo- aseguraba ella.
-Claro, lo harás, con el tiempo. Además, tú eres una Andrew- le recordó Albert -Serás dueña de mi dinero, así que, en realidad serás tú quien compre los terrenos- Albert se sonrojó mucho. La boda sería pronto.
Candy le dirigió una mirada a Terry, quien alzó su copa en señal de aprobación.
¡Era extraño! Terry se quedaría en Lakewood, iría a su boda ¿Eso qué significaría? Se estremeció y bebió de su copa de vino muy sonrojada.
Ahora ni Eliza ni Neil la molestarían, aunque ganas nunca les faltará. Pero Candy sería la señora Andrew, cabeza de los negocios también, dueña del Hogar.
La respetarán tal como lo había decidido, pensaba contemplando su copa de vino.
-¿Te gustaría ser el padrino de nuestra boda, Terry?- esa pregunta de Albert la sacó de sus pensamientos.
-Oh, bueno, creía que iba a ser Archie- se disculpaba el joven.
-Él y Annie, pero podría cambiar-
-No, gracias, pero ya lo tenían así, mejor que se quede como tal-
Todos celebraron. Albert recordaba la decisión que había visto en el rostro de Terry en aquella foto, y que pensaba que regresaría a Lakewood para recobrar lo que había perdido. Ahora no lo sabía, sin embargo alzó su copa y brindó por él y por su deseo de quedarse a vivir allí un tiempo, para recuperarse.
Tal como en los viejos tiempos.
Candy degustaba de su noche, acompañada por las personas que más quería, y los miraba a los dos con una sonrisa. La comida llegaría pronto y ellos terminarían todo con una mágica velada a la luz de la luna.
FIN
