Este capítulo es muuuy cortito pero no pude escribir más, porque como sabeis, tengo exámenes y no tengo nada de tiempo. En dos semanas acabo, por lo que el próximo capítulo intentaré que sea más largo. Han pasado ya como tres meses desde la última actualización, no? Buf... Lo siento D:

CAPÍTULO 23.

Kagami escondió sus manos en los bolsillos del pantalón, con la cabeza gacha iba de camino a casa. ¿Por qué los compañeros de su clase comenzaron a insultarle así de repente? No tenía sentido... Y ahora... Si se metían con la muerte de su madre iba a ser aún muchísimo más doloroso, muchísimo peor, ¿es que acaso no tenían consideración? ¿Podían ser tan malnacidos como para hacer eso? Kagami no sabía como iba a afrontarlo a partir de ahora, cada día su vida se volvía peor, cada día, aunque el sol brillase, para él se volvía todo más negro, más oscuro, para él no existía nada que pudiese sacarle de su mundo, de ese mundo lleno de desgracias y de dolor, bueno... El filo de sus tijeras hacían un buen trabajo, liberándole de su prisión aunque fuese por pocos minutos. Las tijeras se habían convertido en sus mejores amigas, y su habitación, el único espacio en el que podía estar "en paz".

Ahora temía llegar a casa, temía encontrarse con su padre, le daba asco, le daba rabia, él no le trataba como a un hijo, le trataba más bien como basura... Y a Himuro parecía darle absolutamente igual, ¿qué clase de hermano era él si ni tan siquiera fue a consolarlo? Solo Alex estuvo ahí... Ella... Ella ahora era su única luz, aunque no podía olvidar a Aomine, ¿como hacerlo? Ese chico fue todo para Kagami por un momento de su vida, ese chico le dio la luz que tanto necesitaba y de la misma manera se lo arrebató, tan solo de recordarlo tenía ganas de destrozarse la garganta gritando de dolor, de sumergirse en sus pensamientos, de llorar como si no hubiese un mañana... Le echaba tanto de menos... Cuando por fin creyó que todo iría bien, cuando ya se habían dicho que se querían el uno al otro, Kagami le vio besarse con esa chica... Se sintió tan humillado...

¿Y qué hacer después de todo? Nada... Ya nada importaba, nadie le podía ayudar. Llegó a casa llamando al timbre y Alex fue la que le abrió la puerta con una brillante sonrisa en sus labios, feliz de recibir a Kagami, pero el pelirrojo no parecía estar tan feliz como ella, es más, entró dentro de casa sin ni siquiera decirle un simple "hola". En el salón estaba su padre ordenando algunas cosas de los muebles y cuando se dio cuenta de la presencia de Taiga se giró lentamente ajustándose sus gafas negras. Los dos se miraron por unos segundos sin decirse nada hasta que Takeru fue el que rompió el hielo.

-Cámbiate de ropa y come, que nos vamos a una agencia de viajes a sacar los billetes de avión para el mes que viene.

Kagami miró al suelo sin decir palabra alguna, no servía de nada intentar convencerlo porque su padre era más duro que una piedra, al final... Era verdad, se iba de Japón y no volvería a ver a sus amigos hasta cumplir los veintiuno, pues esa era la mayoría de edad en Estados Unidos. ¿Podría estar con su padre tantos años seguidos? Viendo la forma en que lo trataba estaba convencido de que no, Kagami no sabía lo que haría.

-Rápido, no te quedes ahí parado que no tengo mucho tiempo como para ir perdiéndolo por ti.

Alex se quedó mirando desde la barra americana de la cocina la conversación entre el tigre y su padre, ella no podía hacer nada pues sabía que Takeru la podía echar en cualquier momento de ahí, de aquella casa, tampoco tenía remedio hablar con él, nunca haría caso a lo que ella le dijese y le hubiese gustado que las cosas no hubiesen tomado este rumbo. Si tan solo Aomine estuviese ahí con Kagami...

Kagami dejó la mochila en la cama de su habitación, le costaba hasta caminar, no tenía fuerzas ni para mantenerse en pie de lo destrozado que estaba. Se sentó unos momentos sobre el blando colchón cubierto por sábanas blancas, apoyando los codos en sus rodillas y su cabeza en las manos, pensando, pensando... ¿En qué pensaba? Se remangó mirándose los cortes, ya se había hecho bastantes y algunos muy grandes, y eso que tan solo llevaba unos pocos días autolesionándose... ¿Qué iba a ser de él? Estaba perdiendo las ganas de... vivir. Ya nada le causaba emoción ni placer, ya nada le sacaba una sonrisa.

Suspiró, y con una triste mirada decidió levantarse y cambiarse. Si hacía esperar a su padre tan solo recibiría quejas y gritos, y eso era una de las cosas que menos quería en esos momentos; tanto tiempo esperando por él... Para que al final resultase ser un maldito hijo de puta. Necesitaba a su madre en esos momentos para contarle todo lo que le estaba ocurriendo, y claro, aún se seguía sintiendo culpable por lo que pasó con ella, pronto se cumpliría un mes desde que murió, un mes de total sufrimiento y desesperación. Salió de la habitación hacia el salón y Alex estaba con el plato de comida de Kagami en la mesa esperándole.

-Gracias, Alex -dijo el pelirrojo sentándose en el sofá, junto a la rubia.

-¿Todo bien? -preguntó, mirándole mientras apoyaba un brazo en el hombro del tigre.

-Como siempre -en cambio Kagami no la miró, sentía que sus ojos destaparían todas las emociones y sentimientos que sentía en aquel momento-. No tengo mucha hambre...

-Pero debes comer, ¿eh? Aunque solo sea un poco, hazlo por mí, ¿vale?

Taiga asintió y cogió el plato de comida entre sus manos, comiendo despacio y en reducidas cantidades. Su padre, fumando en el balcón y harto de esperar decidió entrar.

-Vámonos ya, después comerás, yo tengo cosas que solucionar después, tsk, como llegue tarde a mi cita por tu culpa te vas a enterar, Taiga -su padre avanzó cogiendo las llaves de su coche -que por cierto, lo trajo a Japón- y la gabardina roja que llevaba puesta ayer.

En parte Kagami agradeció que su padre le hubiese dicho que se levantase para irse ya que no le apetecía ni una pizca seguir comiendo, su estómago estaba completamente cerrado pensando con lo que había ocurrido en el instituto. No podía olvidar las risas de aquellos chicos humillándolo como si fuera un simple perro, un perro asqueroso y vagabundo al que nadie quería.

Salió de casa con su padre echando una mirada de reojo a Alex, quien se despidió de él moviendo ligeramente la mano, ella frunció el ceño y suspiró, ¿qué iba a ser de aquel chico si todo esto seguía así? No tenía caso intentar convencerle de lo contrario, pues Kagami en esos momentos estaba siendo muy cabezota y no quería escuchar a nadie. Alex tampoco podía buscar la solución en llamar a Aomine para que solucionase las cosas, no ahora, porque si su padre por alguna razón se enteraba de que a Kagami le gustaba un chico todo iría muchísimo peor de lo que iba, porque Alex conocía perfectamente como era Takeru, y a él las relaciones homosexuales no le iban mucho.

Kagami y Takeru entraron dentro del coche. Kagami de copiloto. Takeru encendió el motor del coche y comenzó a acelerar poco a poco conduciendo por las transitadas calles de Japón, mientras que Kagami yacía con la cabeza apoyada contra la ventana, mirando tal vez al paisaje de fuera, o tan solo pensando en sus cosas. Inconscientemente tenía una mano rodeando su ahora débil muñeca. Él no tenía nada de que hablar con su padre, ni tan siquiera le importaba ya, Takeru no escuchaba y Kagami no tenía el humor necesario como para soportar las quejas de su padre. Realmente, a Kagami, ya le daba todo igual, no había nada más doloroso que se metieran con la muerte de un ser muy querido para ti, en este caso, para Kagami era su madre. Y aún seguía sin comprender como esas personas podían ser tan malnacidas. Ahora, incluso, temía ir a la escuela, ¿qué pasaría los siguientes días?

Kagami recordaba cuando jugaba con sus compañeros, con Hyuga, con Kuroko, con Kiyoshi, con Mitobe... Con todos ellos, y su entrenadora era la mejor que podían tener, y ahora debía olvidarse de ellos para siempre, debía olvidarse del básquet para siempre, de su pasión, que, en estos momentos, no tenía mucha motivación de jugar, pero igualmente le dolía, no el simple hecho de dejar de jugar básquet, sino de dejar a sus compañeros con quienes pasó tanto rato junto a ellos, tantas cosas buenas, tantos partidos ganados... Y sabía que en navidades tenía un importantísimo partido contra el Touou, y que por eso los dos equipos entrenaban juntos, para conocerse mejor, para demostrar quien ganará realmente en el campo de batalla a la hora de la verdad, pero Kagami sabía perfectamente que no iba a efectuar ese partido porque él se iba a Estados Unidos, y veía que ahí todo le iría muy, muy mal. Al menos... Si Alex y Himuro estuviesen junto a él, tal vez... No sería tan duro de llevar.

Pero lo que Kagami no llegaba a entender es por qué Himuro no le dijo nada a él, a Taiga, no le había hablado desde que llegó su padre, ¿su hermano no se preocupaba por él? Kagami suponía que sí, pero Himuro actuaba raro últimamente, como el día de Halloween cuando vio a Aomine, ¿por qué se molestaba tanto en que el pelirrojo estuviese con el peliazul? ¿Eran celos de hermano o algo parecido? Aunque ya no debería tenerlos... Pues Kagami y Aomine se han separado nuevamente.

Todo el camino hasta llegar a la agencia, Takeru y Kagami permanecieron callados, a pesar de ser padre e hijo no tenían muchas cosas que contarse, al menos por parte de su padre porque Kagami si deseaba contarle cosas que le había pasado desde que no se veían, deseaba que su padre le prestase atención, deseaba que le ayudase a salir del pozo oscuro en el que estaba sumido, pero al parecer, a su padre, tan solo le interesaba que su hijo fuese brillante, que trabajase en lo que Takeru quisiese.

Al llegar a la agencia aparcó el coche en el parking especial que había para los clientes, que, sin embargo, no había nadie, y Takeru lo agradeció porque no deseaba estar esperando mucho rato ahí dentro. Kagami salió del coche al mismo tiempo que su padre y cerró de un leve portazo, dirigiéndose hacia dentro del recinto con aquel hombre de su misma altura, serio y de gran autoridad.

-Buenos días -saludó la recepcionista, una joven que parecía ser extranjera de pelo rubio y corto-. ¿Os puedo ayudar en algo? -preguntó esta amablemente.

-Buenos días -Takeru correspondió el saludo-. Verás, me gustaría sacar tres billetes de vuelta para el mes que viene a Estados Unidos.

-Claro, espere un momento que mire los aviones que hay y que fechas quedan libres, ya sabe, como el mes que viene son navidades, la gente se va de

vacaciones.

La chica comenzó a mirar cosas en su ordenador. Kagami mantenía la mirada gacha, con ojos apagados, esto era real, no era ningún sueño. Hasta que Kagami se dio cuenta de que su padre había dicho tres en personas en vez de dos, frunció el ceño, extrañándose, y giró su cabeza para mirar a Takeru.

-¿Tres? -preguntó-. ¿Alex no se iba a sacar su propio billete?

-Tatsuya se viene con nosotros a Estados Unidos -contestó simplemente su padre sin entrar en ningún tipo de detalles, su mirada estaba puesta en otra cosa que no era su hijo.

Kagami volvió a girar la cabeza para mirar sus manos, y no dijo nada más al respecto. En el fondo fue un alivio lo que había dicho su padre, porque agradecía de todo corazón que Himuro se fuese con ellos a Estados Unidos, porque así, al menos, no estaría solo.

El padre de Kagami recordó la conversación que tuvo aquella mañana con Himuro después de que Kagami se fuese al instituto. El pelinegro se había ido antes que nadie, pero después había llamado a Takeru para decirle que si le podía acercar al instituto y mientras tanto hablar de unos asuntos "importantes" con él, Takeru accedió casi enseguida, sin rechistar.

-¿Y qué era lo que querías decirme, Tatsuya-kun? -preguntó el hombre que iba al volante, echando miradas de reojo a su compañero pelinegro.

-Verás... -sonrió de medio lado-. Creo que no deberías escuchar a Taiga cuando te dice de quedarse aquí en Japón, por mi parte opino que es mejor volver a Estados Unidos.

-Iba a llevármelo conmigo de todas formas.

Himuro alzó los hombros.

-Sí, o tal vez te hiciese cambiar de opinión, ya sabes, él está con Alex y entre los dos pueden hablar para luego intentar convencerte, aunque... Yo desearía que no escucharas nada de lo que te diga Taiga, su sitio está en Estados Unidos, no en Japón, ¿y sabes qué es lo mejor? Que yo podría ir con vosotros, así pienso yo que Taiga no lo pasará tan mal... ¿Qué le parece?

-Tatsuya... -echó una pequeña risita-. La verdad, me gusta tu idea, ¿venirte con nosotros? Claro, por supuesto, convenceré a tu madre sin lugar a dudas, ¿qué hay mejor que tú, Tatsuya Himuro, te vengas a vivir a Estados Unidos conmigo? Ya te dije que siempre deseé un hijo como tú, y no como el inútil de Taiga.

-No se preocupe, mi madre ya está totalmente convencida, lo tenía todo preparado desde un principio -dijo con tranquilidad-. Aunque, no me gusta que trates así a Taiga, sé que no es de tu agrado aunque sea tu hijo, pero Taiga para mí es una de las pocas personas más importantes de mi vida, y quiero que esa relación perdure por siempre -miró por el cristal, viendo que ya casi llegaba a su instituto, "y en Estados Unidos no habrá ningún Aomine que nos moleste", pensó Himuro, sintiéndose satisfecho-. Bueno, eso era todo, recuerda sacar un billete para mí también.

-Descuida, es lo primero que haré -Takeru se despidió de Himuro, quien salió del coche para entrar dentro de la escuela.

Takeru volvió en sí de sus pensamientos cuando la recepcionista comenzó a hablarle sobre los vuelos que había.

-Los días que quedan libres son los de la semana del diez al diecisiete, y el día veintitrés, a las horas que usted desee.

-Entonces deme para el día doce de diciembre sobre las cuatro de la tarde.

-Claro -cliqueó algunas cosas en la pantalla del ordenador-. Serán 125000 yenes, por favor (unos 1200 euros).

Takeru se sacó la cartera y le dio el dinero exacto a la chica, los billetes ya se habían impreso y la rubia se los dio con una amable sonrisa a Takeru. Kagami no había dicho nada en aquellos momentos, tampoco podía opinar, pues temía que su padre comenzase a hacer un espectáculo ahí dentro, aunque no lo creía la verdad, la bronca se la hubiese llevado cuando estuviesen en privado. Los dos salieron nuevamente y se introdujeron dentro del coche.

-¿Y bien? -preguntó su padre entonces. Kagami giró su vista con pocas ganas.

-¿Y bien qué? -repitió el pelirrojo.

-¿No vas a decir nada al respecto? ¿Ya te da igual irte?

-La verdad es que sí -respondió Kagami con voz seca apoyando la cabeza nuevamente en el cristal-. Me da igual todo.

"Solo quiero desaparecer de este maldito mundo", se dijo para sí.