No hay mejor manera de celebrar que vuelvo a clases que actualizando esta historia, que ya a entrado en su etapa final. Asi es mis pequeños retoños lectores, de ahora en mas las cosas pasaran demasiado rapidas (para su gusto) pero todo tiene un proposito que ustedes descubriran al final. Sin mas, los dejo leer y disfrutrar y no olviden de dejar review si se les plazca ;)!~


Si, debemos procurar por el bienestar de Stephan

Tras el hilo de ecos que estas palabras dejaron flotando en su cabeza, Carlos despertó agitado. El sonido repetitivo de sus jadeos y gemidos sordos golpeaban las paredes blancas e insulsamente monótonas de su habitación, opacando los apenas audibles golpeteo de pasos y voces tras la puerta a su izquierda, donde la vida del hospital continuaba mientras él sucumbía a las pesadillas en los dominios de Morfeo.

Noche tras noche, durante las ultimas 4 semanas, Carlos había tenido absurdas pesadillas que sus médicos no podían explicar. Algunas decían que era trauma post traumático, otros, que era el estrés y los pacientes con menos cordura que un tornillo, le aconsejaban que dejara su medicación o eso derretiría su cerebro.

Carlos luchaba por ignorar todas las opiniones pues lo mareaban y ninguna le daba una idea clara de porque las pesadillas. Miro a sus dedos empapados, previamente cepillados en su cabello, y se estremeció por lo frío que se sentían.

Aun con los miembros entumecidos, salió de cama y se dirigió hacia el armario no lejos de cama. La elección era una camisa blanca de entre los otros pares de camisas blancas. Él no era quisquilloso en cuanto a su ropa pero tanto blanco en su vida lo estaba volviendo loco. Al contrario de lo que decían los médicos.

Paso la prenda blanca por su cabeza y se fue al baño, igual de inerte y vacio como el cuarto. Solo estaba su cepillo de dientes y crema dental. No le tenían permitido tener mas objetos tras el incidente de hace una semana atrás que involucraba un peine y un encendedor. Carlos cerró los ojos y contrajo los puños ante los recuerdos turbios de esa tarde en la que su cabeza intentaba boicotearlo otra vez.

Minutos mas tarde, asomo la cabeza hacia el pasillo, notando que todo era normal, las enfermeras iban y venían, pacientes sumidos en trances longevos se paseaban por allí mientras murmuraban cosas extrañas que el no comprendía y las miradas frías e incomprensivas de sus médicos eran las cosas diarias de su día a día.

No quería salir de la habitación pero el hambre de la noche anterior era persistente y se dirigió al comedor principal, sintiéndose desnudo ante la mirada de las personas que lo veían con sus brazos expuestos y vendados. Intentaba ocultarlos tras sus espaldas pero era inútil, todos sabían de las marcas en su piel y de los gritos que salieron de su garganta una tarde de abril, atrincherado en el baño privado del Doctor Richards, en su oficina.

Carlos quería borrar esos recuerdos, quería que las figuras borrosas y fugaces desaparecieran de su memoria pero su conscientes se encargaba de recordarle todo el tiempo su fracaso numero 3.

Carlos García, con solo 14 años, había fallado en quitarse la vida ya 3 veces. Nadie comprendía porque lo seguía intentando. Algunos aseguraban que era un niño caprichoso en busca de atención que un par de padres que trabajaban todo el día no podían satisfacer. En cambio, ellos no querían saber nada del asunto, solo se encargaban de pagar las cuentas a duras penas pues el padre de Carlos pensaba que era un derroche de dinero y lo que su hijo realmente necesitaba era la escuela militar. Así, Carlos dejaría de meterse en problemas y el tendría que dejar de meter en las manos en el fuego por su rebelde hijo.

Pero a pedido de una junta medica, se veía obligado a dejar a su hijo allí, hasta que se "curara". Por su puesto, a Carlos le daba igual ver o no ver a sus padres, pero si le disgustaba estar encerrado allí.

Cuando finalmente llego al comedor, estiro el cuello tratando de buscar un lugar vacio mientras tomaba una bandeja y formaba fila. Ya llevaba bastante tiempo allí y las personas con su misma condición (o peor) no lograban simpatizarle, el se consideraba una persona sana y hasta ahí nomas.

Con su bandeja llena de algo que luego botaría a la basura se abrió paso hasta un rincón abandonado de la sala, resguardada por enfermeros en las 4 esquinas, y se hundió en el asiento. Era su lugar y desde allí podía observar a los demás. Reconocía a cada uno de los que estaban allí, en su mayoría chicos de su edad y algunos adultos y uno que otro anciano, analizando sus rostros y reacciones.

En un momento, bajo la cabeza cuando Stephanie King, una chica suicida al igual que él, sentada delante de el unas mesas mas alejadas, sacudió su mano en su dirección, acompañado de una sonrisa. Sabía por las malas lenguas que la llamaban "Navajas" porque había intentado cortarse el cuello con unas viejas navajas de barbero.

También sabía que su grupo de amigos contaba de un bipolar, dos anoréxica y una esquizofrénica. Estas 3 últimas compartían el mismo nombre haciéndose llamar las "Jennifers". Carlos encontraba ridículo esa alianza porque no estaban en secundaria, estaban en un estúpido hospital psiquiátrico.

-¿Vas a comerte eso?

Carlos levanto la mirada hacia la voz que interrumpió sus pensamientos y rodo los ojos fastidiado cuando Jennifer Connor se materializo ante el.

-¿Y a ti que? –Mascullo con desagrado –no es que se lo pudiera dar a tus amigas, se infartarían con la cantidad.

Con un gesto de la cabeza señalo a las restantes Jennifers, que ignoraban su comentario pero Jennifer no dijo nada, solo lo observo en silencio, pensativa.

Eso incomodo e irrito a Carlos -¿Qué? ¿Tengo monos en la cara o que?

-S-solo es ¡No, Trancos, deja su comida! –Exclamo Jennifer y se tapo la boca rápidamente –disculpa, pero Trancos quería comerse tu pudin, ¡a pesar de que le dije que no anduviera dando vueltas por allí!

Jennifer se volvió en medio círculo, siguiendo la mirada hacia algo invisible y que confundió a Carlos hasta que recordó que ella sufría de alucinaciones.

-Dios, tu si que estas bien jodida.

-Al menos admito que tengo un problema –la rubia se volvió, ofendida –además, si piensas suicidarte, al menos hazlo bien.

De repente, Carlos se levanto, los ojos brillándole con rabia –Vuelves a decir eso y te juro que te degollare.

-Ay, que tierno pero sabes, ya tengo a alguien que me dice eso todas las noches al pie de mi cama-

-Jennifer, vamos –Dak Zevon, el chico bipolar, la tomo del brazo –no queremos problemas.

-¡Solo quiero ayudarlo, no ves lo solo que se ve!

-¡Eso es porque no necesito de nadie, aquí todos son unos malditos hijos de perra disfrazados de corderos! –bramo Carlos, dirigiéndose a la multitud -¡y sabes que, maldita zorra, juro que si vuelves a despertarme en la noche con tus jodidos alaridos de perra en celo, voy a ir a tu cuarto y de matare con mis propias manos!

Avivado por la inexplicable furia que arremetía dentro de él, Carlos se acerco a Jennifer con intenciones de atrapar su delicado cuello entre sus manos pero un par de manos fuertes lo atraparon y el se resistió, dando patadas y puñetazos, soltando maldiciones y gritos hasta que una aguja con liquido ámbar pincho su piel y fue cuestión de tiempo para que se tranquilizara. Después la oscuridad lo reclamo.

Horas más tarde, Carlos despertaba con un punzante dolor en su sien. Otra vez estaba en su habitación, amarrado a su cama con fuertes correas a sus muñecas y pies. Golpeo su cabeza contra la almohada maldiciendo entre dientes a Jennifer Connor.

-¿Cuáles eran tus intenciones con Jennifer? –pregunto el doctor Richards, neutro y con bolígrafo a mano mientras tenia una sesión con Carlos -¿tuviste deseos de hacerle daño?

-Más que eso –aseguro el chico.

-¿Qué significa "mas que eso"?

-Quería matarla, ¿bien? Es una maldita metiche que no sabe cuando cerrar la boca, al igual que Navajas –dijo Carlos arremetido y tropezando con sus palabras -y no venga con su estúpida charla de "debes controlar tus impulsos, Carlos, solo te haces daño a ti", ¡es absurdo, yo soy la victima aquí!

El hombre de casi 50 años, ojos azules y cabello oscuro observo por un minuto al adolescente, tomando notas en su libreta antes de continuar.

-Esto es lo que haremos, Carlos –se inclino y junto las manos sobre el escritorio -siendo conscientes de que tus ataques de ira y los constantes episodios de ansiedad no han disminuido a pesar de que te aumentamos la dosis, me veo obligado a tomar una decisión. Hay una droga, sigue siendo experimental todavía, pero que ha tenido asombrosos resultados en pruebas con ratas de laboratorio y viendo tu historial, creo que serias un buen candidato para ver su "reacción" en humanos. Y comprendo que opongas-

-¿Es una jodida broma? ¡Me quiere hacer su conejillo de indias! –Carlos se levanto, molesto.

-Solo exploro las mejores opciones para ayudarte –su doctor levanto la mano, en rendición –me preocupo por ti y por todos mis pacientes.

-¡Mentiras! ¡Usted solo dice mentiras!

-Carlos, tranquilízate o me veré obligado a sedarte otra vez.

Al llamado de atención, Carlos noto que sus puños estaban cerrados y temblaban. Tampoco la idea de ser sedado lo emocionaba.

-Creo que la sesión de hoy ha sido suficiente.

En su camino a su habitación ignoro a toda persona que pasaba a su lado, solo quería llegar y encerrarse, meterse bajo las sabanas e imaginar que no estaba en ese horrible lugar. Deseaba estar en algún lugar donde se sintiera seguro y tranquilo y su casa no era una de esas opciones, ni por cerca entraba en su lista de los lugares donde le gustaría estar ahora.

Ni mucho menos quería recordar a su familia, personas responsables de sus problemas. Aunque esto nadie lo sabia y nadie lo sabría.

Al pasar por la habitación de Jennifer, esta salió y choco con él, sin haberlo visto en lo que parecía un intento desesperado de huir de algo como lo aprecio Carlos al ver sus ojos, grandes e inquietos. No había que mencionar que ver a Jennifer no le molestaba, pero le llamaba la atención sus reacciones.

-¿Qué demonios te pasa? –pregunto.

-N-nada, nada, todo esta bien -dijo ella, nerviosa, lanzando miradas rápidas a su habitación y luego a Carlos -todo esta bien.

Carlos entorno los ojos para nada convencido. Había reconocido estas señas en cualquier sitio, estaba al tanto de los ataques psicóticos de Jennifer y al parecer, estaba frente a uno. También era consciente de lo agresiva que podía llegar a ponerse si se exaltaba demasiado.

-¿Cómo están tus visiones?

-¡De maravilla! ¡No, no lo están! –Exclamo animada pero luego se retracto –no veo nada ahora, no hay visiones ni aquí ni en mi habitación, ni…-se quedo mirando hacia el cuarto en su derecha, principalmente a su cama, aparentemente vacía. Se removió incomoda – vete.

-¿Disculpa? –mascullo molesto y ofendido Carlos.

-No hablo contigo –se volvió un segundo a Carlos y camino hasta el umbral –déjame sola, ¡no te quiero aquí! ¡Ya tengo suficiente con los demás, solo me quieres para hacer cosas malas! ¡No te creo, no te creo, no te creo, no te creo! ¡Cállate Drew!

Los gritos aumentaban y los enfermeros se acercaron, tomando a Jennifer para intentar tranquilizarla pero no funcionaba, ella continuaba gritándole al espacio vacio de su cama. Carlos observaba alejado del tumulto de trajes azules. Cuando el espectáculo se redujo a una Jennifer siendo arrastrada de vuelta a su habitación, medio dormida en brazos de extraños, Carlos supo que era momento de marcharse aunque con la incomoda sensación de que esta vez, su compañera rubia de tratamiento no mentía.

El viaje de retorno a su refugio estuvo cargado de pensamientos atípicos. Ya había olvidado por completo la discusión de esa tarde con Jennifer, ahora, solo podía pensar en la conversación solitaria de esta con el vacio. No se concentro en el nombre, Jennifer le daba nombres a todas sus alucinaciones o al menos a la mayoría, si no, que se concentro en cierta energía vibrante que emanaba de la habitación cubierta de dibujos y fotografías de personas felices, que había pasado por alto.

Esa noche, sus sueños fueron atípicos, como lo venían siendo las últimas semanas.

Con la mañana vino un imparable afán y ansias de rascarse como loco sus brazos. Las heridas estaban cicatrizando le dijo una enfermera, feliz por el progreso pero que dejo incomodo a Carlos. Recuerdos de gritos volvieron de nuevo.

Solo la impertinente necesidad de arrancarse la piel con sus uñas lo devolvían a la realidad. Al igual que el vaso de agua y el vaso con pastillas de varios colores que reposaban sobre su mesa de noche. No las reconoció al principio pero luego recordó la conversación con su medico. Tal vez esas eran su nueva medicación.

No confiaba en ellas y lo confirmo ya de camino a la cafetería, en el pasillo frente a la recepción del piso, cuando se encontró con Dak, el chico bipolar de casi su edad y casi chocan caras, las miradas de odio no se hicieron esperar pero ninguno dijo nada.

Con los días, los encuentros y simple intercambio de palabras terminarían en una fiera batalla campal en la cafetería tras un mal entendido.

Unos golpes fueron y vinieron, amenazas se prometieron en el suelo y sangre fue derramada sobre las inocentes baldosas esa tarde. Nadie gano al menos que se considere una victoria despertar en cama, amarrado cual animal, con una palpitante sien que daba la sensación de explotar en cualquier momento.

Carlos García deseaba salir de ese hospital, aunque significara hacerlo dentro de una bolsa.

Días pasaron y la ansiedad del aislamiento, a medida de castigo, pesaba sobre la inestable conciencia de Carlos. La medicación no surtía efecto sino que al contrario, alteraba su percepción ya turbia de la realidad, no lo dejaba dormir, amanecía con mayor malhumor y le arrebataba el hambre.

Pero no era el único. Y por eso debía ponerle un alto a todo esto. Fue cuando tomo la decisión por cuarta vez. Casi lo logra, estuvo cerca de que el monitor marcara una línea recta. Tan cerca pero no fue suficiente. La vida luchaba por mantenerlo aquí.

Mas días pasaron, libres de visitas, libres de sesiones estresantes. Días de soledad. Días en los que podía pensar. Días en los que estaba limpio, habían interrumpido la administración de esa droga extraña que lo alteraba. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía en paz. Aun así el dolor y temor seguían marcados en sus brazos.

-Hoy a las 9, luego de que los enfermeros se retiren, nos reuniremos en la azotea, en la cual nadie va. Te esperamos –Stephanie susurro en el oído de Carlos durante la clase de arte.

El no dijo nada y solo asintió. Las últimas semanas fueron anormales para su acostumbrado sistema de despertar, comer, lamentarse, comer de nuevo y dormir. Había aceptado adaptarse al lugar y a sus habitantes, adverso a su pensamiento temprano de que no estaba loco como para estar en un lugar así y se reconoció la posibilidad de que realmente estuviera loco.

Admitió su locura y los demonios en su interior. Era un primer gran paso.

Sin pensarlo más, se dirigió al lugar de encuentro que sus compañeros habían acordado. Una vieja azotea del hospital en donde antes se colgaba las sabanas y ropa blanca a secar pero el deterioro y superstición de algunas enfermeras provoco que se cerrara al público.

Traspaso el umbral y la noche fría de verano lo golpeo en el rostro. Vio al grupo de jóvenes, acurrucados en un viejo sofá y una mesa de café antigua, envueltos en humo, frazadas tejidas por amorosas abuelas y risas lejanas. La noche aun estaba joven y las preocupaciones de demonios pululando en los subconscientes aguardando por el momento perfecto para hacer cortocircuito era una ilusión.

Nada era real, al menos hasta que el casero cigarrillo se acabara y el hambre atacara sus entrañas y los médicos hicieran visitas y las enfermeras tendieran pastillas con falsas promesas de lucidez.

Carlos García sabía que no saldría fácilmente de aquí. Pero no le importo. Se dio la libertad de ser egoísta con su felicidad, al menos por esa noche.

Si, debemos procurar por el bienestar de Stephan

Esa mentira no dejaba de rondar por mi cabeza, me tuvo como loco desde que salí de la oficina de Dustin y en el camino a casa había empeorado. Ahora me arrepentía de haber mentido pero no había vuelta atrás porque, como ya dije, debo encargarme de esto solo.

Me tomo algo de tiempo olvidarme de mi conversación con Dustin sobre Jennifer pero cuando lo hice termine embarcándome en una larga lista de recuerdos sobre ella. Todos en aquel horrible centro de rehabilitación psiquiátrica.

Aunque…no todos fueron malos recuerdos.