Cap XXV

La partida

–¿Qué? ¡Ahora! –no pude decir nada más.

El mundo comenzó a venirse abajo sin mayor precaución y las piernas se volvieron flácidas y torpes. El aire ya no pasaba de modo normal a mis pulmones y comencé a ver todo borroso. Lo miraba con desesperación, con los ojos inyectados en lágrimas y el corazón desbordante de amor.

Edward me afirmó por la espalda y me sentó sobre su regazo.

–¡Bella! ¡Mi amor! ¿Te sientes mal? –al parecer él no podía leer mis pensamientos cuando tenía la mente nublada.

Con un beso en la frente intentaba calmarme. Cuando ya me sentí mejor, lo observé con detención, quizás serían uno de los últimos recuerdos que tendría de él. Archivé su imagen como sagrada. Grabé cada detalle de su rostro, la piel pálida y tersa como porcelana, los labios rojos carmesí, la mandíbula tan varonil y cuadrada, su cabello broncíneo tan fashion y lo mejor, esos hermosos ojos tostados, tan dulces y comprensivos, que me miraban como nunca nadie lo había hecho.

–Por favor ¡No te vayas! Haré lo que me pidas para que te quedes –le supliqué desde mi posición poco digna, con la cabeza recostada sobre su regazo, no era la mejor manera de persuadir a alguien, por muy desesperada que se oyera mi voz.

–Mi Bella –acariciaba mi frente y cabello con sus manos tibias y sensuales– si de mi dependiera, no me iría jamás de tu lado mi amor –los ojos se le llenaron de lágrimas.

–¡Diles que estás enfermo! Anda a un doctor para que te de una "licencia" –él sonrió.

–Si llego a ir a un médico distinto al Ejército, ten por seguro, que verificarían mi estado de salud. Además, yo fui quien pidió ir a misión en Medio Oriente –sonrió apenado.

Me senté frente a él y capturé su rostro entre mis manos.

–¡Moriré sin ti, Edward! –no pude evitar que mi voz se quebrara, lo amaba y sin él, la vida ya no era igual.

–Y yo sin ti –me besó con pasión, fuerza, ternura y devoción. Respondí del mismo modo.

Nos quedamos mirando sin hablarnos, cada cual quería fotografiar en su mente la imagen perfecta del otro, cada detalle, colorido, sonido, aroma; acariciar la piel del otro como si fuese una pieza sagrada.

La lluvia continuó y estábamos completamente empapados, sin embargo, no nos movíamos ni un solo centímetro. Cuando ya oscureció y era casi un diluvio el que nos acechaba, Edward tomó la iniciativa.

–Mi amor… tenemos que salir de aquí, sino te dará pulmonía –susurró en mi oído con la voz delicada de un ángel.

–¡No me quiero separar de ti! –afirme con fiereza.

–Debo ir a dejarte a tu casa ¡Mírate, estás estilando, Bella! –agregó preocupado.

Me aferré a su cuello como una leona, no tenía la menor intención de soltarlo, ni siquiera un segundo, aunque la tierra se partiera en dos. Estos momentos eran de los dos y nadie nos separaría. Él sonrió e intentó persuadirme como esa mirada suya tan seductora.

–¡No! No hay modo de que alguien me separe de ti, de aquí hasta que partas a Fort Hood, así que tendrás que pensar dónde nos quedaremos para que no tengas problemas… –agregué firme.

–¿En serio no me dejarás ni un segundo? –sonrió esperanzado.

–Nunca, yo no te dejaré nunca mi vida –me abalancé a sus brazos para aprisionarlo a mi cuerpo como si fuéramos uno.

–Esta bien, déjame hacer un par de llamados y veremos qué hacer. Igualmente, tienes que pasar a la casa de tus padres. Saca un par de mudas de ropa y avísale que no volverás hasta el martes –me guiñó un ojo. Él jamás hubiese aceptado algo así, de no ser en las circunstancias en que nos encontrábamos.

Fuimos al regimiento, cambió la moto por su Volvo plateado y partimos rumbo a mi casa. Él estaba muy seguro de lo que hacía, por lo general, no era impulsivo. La noche estaba oscura, como pocas veces desde que me había cambiado hasta acá.

Estacionamos afuera de mi casa y en cuanto entré, oí que mi mamá bajaba presurosamente las escaleras.

–¿Dónde has estado toda la tarde, Bella? –dijo irritada.

–Con Edward –contesté sin ganas, mientras él me escoltaba.

–Te he llamado la tarde entera… –continúo.

–Perdón, no te oí –dije cortante. Eché un vistazo al móvil y tenía nueve llamadas perdidas de ella.

Observó un poco más y se dio cuenta de que una situación extraña nos embargaba.

–¿Qué pasó? –ahora parecía preocupada.

–Edward se va… –intenté aplacar el nudo en mi garganta.

Bajó los dos últimos peldaños del escalón, que le faltaba y se acercó a Edward con rostro de madre acongojada.

–¿Cuándo? –acarició su cabello mojado. Comencé a llorar y subí rápido a mi dormitorio.

Cogí las primeras prendas que encontré, un par de jeans viejos, una cazadora, dos poleras y ropa íntima. Salí con el bolso disparada y bajé las escaleras como si arrancara de mi peor pesadilla.

–Y tú ¿Dónde vas? –preguntó Reneé descolocada.

–No vuelvo hasta el martes. Me quedaré con Edward –fui honesta.

Mi madre abrió los ojos como platos y la mandíbula tuvo que forzar a cerrarla, sin embargo, vi en esos ojos caucásicos que me comprendió, ella amaba tanto a Charlie, que sabía lo que significaba Edward para mí.

–Yo le diré a tu padre –besó mi frente y en parte, sentí que fue una bendición.

–Gracias –agregó Edward de corazón.

Salimos de la casa y volvimos al regimiento. Cogió ropa y llamó a su hermana.

–Alice… –fue todo lo que alcanzó a decir. La escuchaba con atención y luego respondió –gracias.

Lo miré confundida y me contestó.

–Vamos a la casa de la playa que tu conoces –sonrió con tristeza. Asentí.

El viaje se hizo largo, hasta que por fin distinguí los árboles que encubrían esa casa de ensueño, que bien podría ser un hotel. Edward buscó las llaves detrás de un macetero y volvió triunfante.

–Son de emergencia –me cogió por la cintura y arrastró hacia él, besándome en la parte alta de la cabeza.

Crucé mis dos brazos por su cintura y me hundí en el calor de su cuerpo, pétreo, fibroso y protector. Él acabó de abrir la cerradura y corrió hacia la alarma. Estaba oscuro, pero de fondo se podía oír el rugir del mar. Encendió la calefacción central y fue por los bolsos de ambos.

Atrapó mi rostro en sus manos tibias e inclinó el suyo para besarme delicadamente. Lo seguí. Nuestras lenguas se unieron en una sincronía especial, que sólo entre nosotros sucedía. Nos acariciamos con dulzura, ya sin urgencia, la suerte estaba echada.

Abrí los ojos mientras me besaba y lo observé, bello, concentrado, totalmente entregado al momento y a mí, y por supuesto, yo no me pude quedar atrás, debía aprovechar su piel, su aroma, cada contacto nuestro, como si fuese el último y el más especial.

Con sutileza me llevó hacia el mismo cuarto donde hicimos el amor la primera vez. Encendió una lámpara que entregaba una luz tenue al cuarto, iluminando a media los muebles elegantes y sofisticados, volviéndolo más sobrenatural de lo que ya era.

Necesitaba unirme a él como ha de lugar, era el único momento sólo de nosotros dos, de nadie más, el resto, no existía. Ni el Ejército, ni su familia ni la mía, tampoco los amigos, y menos los problemas, era nuestro mundo feliz. En sus brazos me sentía completa, no necesitaba nada más para vivir.

Sus manos recorrieron mis pechos, erguidos para él. Nos deshicimos de la incómoda ropa que nos impedía tocarnos la piel con plenitud. Su boca húmeda descendió por mi cuello, succionándolo, hasta descender en uno de mis senos, lamiéndolos con urgencia, degustando cada parte de mí, y dejando su huella en ella a través de sus caricias perturbadoras.

Acaricié su cabello de ángel en todo momento, nos miramos a los ojos, casi en cada instante. Sus labios cereza, dulces y frescos, continuaron con un torbellino de besos por todo mi cuerpo. Lo amaba…

Mi esencia de mujer lo necesitaba, era imperioso tenerlo dentro de mí, y cuando por fin ya lo estuvo, un sentimiento de felicidad y gozo pleno me satisfacían como nada más en esta vida. Sus ojos de miel líquida estuvieron en todo momento junto a los míos. Fui testigo de cómo su piel blanca se sonrojaba cada vez más, tomando un tono rosado delicioso y mi boca, como la suya, estaban hinchadas de tantos besos.

Sus manos bajaban a mis caderas y glúteos, obligándome a pegarme más a él. Podía sentir con exactitud sus movimientos rítmicos dentro de mí. No quería que este momento acabara jamás en la vida.

–¡Te amo, Bella! –susurró en mi oído, con su hálito tibio y testosterónico. Lo pegué más a mí, cruzando mis piernas tras sus caderas. Subí mi rostro hacia el de él y lo abracé con pasión de enamorada.

Desembocó en mi interior, con precisa coordinación conmigo. Esto jamás podría suceder con nadie más. Nuestras pieles hervían húmedas. Continuamos abrazados, oliéndonos, aún en contacto pleno. Lo miré y sus ojos brillantes y enrojecidos lo delataron por completo.

–¡Te extrañaré tanto, tanto que no lo imaginas! –tragó saliva para que no se le desvaneciera la voz.

–¡No te vayas! –le supliqué con el corazón contraído.

–Si pudiera evitarlo, te juro que lo haría mi vida –me besó en los labios.

–Entonces, quiero irme contigo, llévame contigo, Edward –le rogué desde el alma.

–Jamás te arrastraría a un lugar así –besó mi frente.

–¡No podré vivir sin ti! –lloriqueé desesperanzada.

–Claro que lo harás, recuerda que me tienes que esperar –sonrió, iluminando su mirada triste.

–Por supuesto, contaré los días en cuenta regresiva –acaricié su rostro viril y cuadrado.

Los besos comenzaron nuevamente, con tanta o más efusividad que los anteriores. Hicimos el amor hasta el amanecer, no podía ser de otro modo.

El domingo y lunes, se hicieron sal y agua, aunque fueron francamente maravillosos. Creo que una luna de miel no hubiese sido tan perfecta.

Como una crueldad del destino llegó el martes. Temprano, cogimos nuestras cosas y acompañé a Edward a empacar las suyas al regimiento. Se despidió de sus compañeros, que intentaban levantarle el ánimo, entre ellos su inseparable amigo, Jasper. Aunque Edward, siempre supo, al leer cada una de esas mentecitas, que sólo había cabida para la desolación tras su partida, las posibilidades de que llegara vivo o cuerdo, eran de un cincuenta por ciento.

Nos fuimos a su casa, donde lo esperaban sus padres para almorzar, estaba Alice. Su hermana trataba de sonreír, pero la pena era evidente en sus ojos tostados, al igual que el caso de Esme y Carlisle.

Cada bocado fue insípido, sólo podía mirarlo a él. Los tres lo observábamos como una pieza preciada, única y sagrada. Él, trataba de sonreír. Esme, todo el almuerzo tuvo los ojos titilantes, a punto de estallar en llanto sin menor esfuerzo. Carlisle, educado, conciliador, recordaba travesura de infancia de sus hijos. Nadie preguntó por Emmett.

Terminamos de almorzar y tomamos un café en el living. Lugar donde había estado tantas veces antes. Edward, tenía sus dedos entrelazados a los míos y de cuando en cuando me besaba, sin importar el público presente. Sin embargo, cuando lo hacía, ellos sonreían algo incómodos, pero no decían nada.

A las ocho salía el vuelo a Texas, donde Edward estaría un mes, antes de ir definitivamente a esa especie de "misión de paz" en que estaba Estados Unidos, ayudando a estabilizar la democracia de Afganistán, sumida antes, bajo el mando de fanáticos como los Talibanes, acusados de cometer las atrocidades más grandes contra el propio pueblo. Obligaban a las mujeres a taparse, literalmente, de pies a cabeza, sólo dejando a la vista los ojos, tras unas rejillas de tela, como malla antimosquitos. Era una misión noble, pero la tasa de mortalidad no era menor.

Nos fuimos con los papás de Edward en su Mercedes negro, y Alice nos siguió en su Porsche rojo. Estuve cobijada en su pecho la media hora de trayecto. Nos bajamos y Edward, sacó su escaso equipaje, lo justo para un viaje sin retorno. Al menos, esos eran mis más oscuros temores.

Caminamos los cinco hasta la fila de embarque. Lo noté inquieto.

–¿Qué pasó? –pregunté.

Miré entre la muchedumbre y vi que un hombronazo se batía entre la gente. Era Emmett. Detrás lo seguía Rosalie. Se acercó a nosotros. Les di espacio suficiente, haciéndome hacia un lado. Lo cogió en un gran abrazo de oso y le susurró al oído, con los ojos sumergidos en lágrimas y la voz débil. Era impactante ver a tamaño personaje quebrado de ese modo.

–Hermano tienes que volver ¡Prométemelo! –tomó su rostro entre las dos grandes manos. Edward, definitivamente era el niño menor, querido por todos.

–¡Claro que sí! Tengo muchas razones para hacerlo –dirigió una mirada hacia mí y le devolvió el abrazo.

Ambos lloraron y se abrazaron como fraternos hermanos que eran. No les importó que la gente los viera, su cariño era mayor, y lamentablemente, por mí, estuvieron distanciados un buen tiempo.

Pronto se acercó la rubia modelo, Rosalie, y le dio un cariñoso abrazo a Edward. Lo quería como a un hermano, su mirada enternecida la delataba. Continuó, Carlisle, quien le dio un gran abrazo, cargado de fortaleza. Siguió Esme, ahora ya lloraba sin consuelo, tenía la nariz enrojecida, y un pañuelo blanco era su mejor aliado en este minuto. Lo cobijó en sus brazos, a pesar de qué él le sacaba treinta centímetros. Lo besó en la frente y las mejillas y le dijo, "mi adorado niño, cuídate y que Dios te acompañe. Vuelve, es todo lo que pido". Cerró sus brazos alrededor de su espalda y le entregó su corazón de madre en la mano.

"Pasajeros del vuelo 353 con destino a Texas, por favor embarcar en la puerta 2", sonaba la voz del último llamado. Alice se apresuró, y con un par de lágrimas en las mejillas, que intentó disimular, pero era imposible, abrazó a su hermano y lo amenazó, "si no vuelves pronto, te iré a buscar… y sabes que soy escandalosa, así que por tú bien, vuelve pronto". Todos rompieron a reír. Capturó su rostro y lo besó en cada mejilla.

La fila de su vuelo ya había desaparecido, él era el último, por mí que se retrasara más y perdiera el vuelo, pero era imposible, no en el caso de Edward. Su mentón tiritaba, pero el trataba de controlarlo, no obstante, sus ojos tostados, desprendían lágrimas sin control. Me abalancé a su cuello y lo besé, ahogada, con pena y rabia. Ya lo extrañaba y no quería que se fuera. Olí su piel y cabello. Ahora me sentía desesperada.

–¡No lo hagas! –le supliqué por última vez.

Tapó mi dolor con un beso cargado de amor infinito. Él lloraba como un niño.

–Ven luego o te juro que acompañaré a Alice en tu búsqueda –le dije en serio. Él sonrió.

–No tendrás tiempo de extrañarme. Estaré de vuelta en menos tiempo del que imaginas.

–Eso espero Edward, si no, no podré vivir –mis lágrimas eran imposible de controlar.

Con sutileza se separó de mí. Yo estaba pegada a él como un imán, no quería dejarlo. Dio un toque ligero a mis labios, en tanto, limpiaba su rostro con la mano.

–Te llevaré siempre en mi mente y mi corazón, Isabella Swan –susurró en mi oído.

–Y yo te tengo grabado en mi alma. Te amo. Vuelve pronto –lo besé nuevamente.

Una señorita, apareció en la fila y lo llamó discretamente. Él asintió y se fue por ese pasillo. Desapareció tras un muro y mi corazón, junto a él.