Hola, los personajes del Twilight no me pertenecen, y la historia es de blueberrytree, solo me adjudico la traducción
Capítulo 24
Ella sentía que el viento golpeaba su rostro. Pasó la lengua por sus labios, intentando humedecerlos. Sus ojos parpadeaban incontrolablemente y su corazón latía erráticamente.
―Izzy, vamos, ahora ―pidió Tyler.
Bella no parecía escuchar y su amigo estaba pálido de solo mirar la altura a la que estaban. Sus piernas temblaban, pero era normal; abrió los brazos y respiró profundo. Era el momento, no había vuelta atrás.
―¿Preparada? ―preguntó el hombre que estaba a su lado.
―Sí ―respondió, cerrando los ojos y tirando su cuerpo hacia el frente.
Como por instinto, abrió la boca para gritar, pero todo lo que sintió fue aire llenando su garganta. La adrenalina corría en sus venas y podía jurar que nada en esta vida hizo que su corazón se disparara de esa forma.
Saltar cuarenta metros en Bungee Jumping nunca fue el sueño de Bella, pero cuando escuchó a una gente hablar sobre un lugar donde estaban practicando el radical deporte, la curiosidad se plantó en la mente de Bella, y entonces pensó: ¿Por qué no?
Su cuerpo se sacudía, aunque tuviera la cintura y el tronco sujetos. Cuando finalmente consiguió parar, su cuerpo solo balanceaba de un lado a otro en el aire y, como si fuese un efecto colateral de todo ese nerviosismo, comenzó a reír. Era una risa alta y fluida, que terminó contagiando al chico que la halaba de regreso al suelo y le retiraba el equipo de seguridad.
―¿Te gustó? ―cuestionó él―. Normalmente, los iniciantes quedan un poco aturdidos después del primer salto.
―Fue increíble ―respondió animada, aún con una sonrisa estampada en el rostro―. ¡Me siento genial!
―Qué pena que tu amigo desistió ―habló el chico, apuntando hacia Tyler, que estaba siendo auxiliado por un miembro del equipo. Si boca estaba pálida, así como su rostro.
―Miedoso… ―murmuró Bella, yendo hacia su amigo.
―Hey, antes de que te vayas… ―llamó el chico, un poco tímido―. ¿Será que me puedes dar tu teléfono? Sé que es un poco precipitado, pero es que… tu sonrisa llamó mi atención.
―Hmmm… ―La morena dudó―. Me alaga mucho, de verdad, pero no creo que sea un buen momento.
―Solo para que conversemos…
―¿Pero quieres mi teléfono para charlar o porque estás interesado en mí? Además, ¿cuál es tu nombre?
―Joshua o Josh, si prefieres. Y para ambos. Ahora, si puedo ser sincero, tengo ganas de conversar contigo porque quería salir contigo y así…
―Entonces no quieres mi número solo para conversar, quieres mi número para intentar persuadirme a salir.
―Sí, pensándolo así… ―respondió apenado.
―Relájate, parces ser un tipo chévere, pero si me permites usar el mismo tipo de sinceridad que tú, el hombre del que estoy enamorada va a casarse dentro de dos semanas, y ahora podría aceptar tu invitación para intentar distraerme, pero creo que la presencia de cualquier hombre, en este momento, haría justamente lo contrario, ¿entiendes? Complicado, lo sé. De cualquier manera, gracias por la invitación.
El hombre no dijo nada más, solo vio a la chica de piel blanca y cabello castaño correr en dirección a su amigo, que estaba prácticamente acostado en le hierba.
―Tyler, si vas a vomitar, vomita ya, porque no voy a pasar la pena de tenerte vomitando en pleno metro. Sabes que en esta época del año está lleno de turistas por aquí.
―Gracias por el apoyo moral.
―Gracias a ti, ¿no? No debiste haber sacado ni una foto de mi salto. Te traje aquí para nada ―bufó.
―Shhh, quédate quieta, que estoy sudando frio, y no ayuda que me estés reclamando al oído.
―¿Quieres agua? ―preguntó ella, sentándose al lado de él, en la grama.
―No, el chico me tomó la presión y en seguida me dio un poco de sal para ponerla bajo la lengua. Dentro de poco voy a sentirme mejor ―respondió, respirando profundo.
La morena, viendo que su amigo aún necesitaba de unos minutos más para recuperarse, se acostó en el suelo al lado de él y se quedó observando al cielo.
―¿Qué tal la experiencia? ―preguntó.
―Increíble. Deberías dejar de ser cobarde… fue… liberador, no sé. ―Sonrió―. Me he sentido así pocas veces en la vida.
―¿Cómo estás, Izzy? ―preguntó, mirando a su amiga, pero apenas moviendo los ojos; no quería moverse mucho, pues tenía miedo de marearse y sabía que Bella iba a reprochárselo hasta la muerte en caso que le vomitara encima.
―Estoy bien. No lo sé, estoy llevándolo. Es sobre él que estás preguntando, ¿verdad?
―Sí, porque falta poco para… ya sabes.
―Lo sé. ―Se quedó en silencio.
―Discúlpame por tocar el asunto. No has hablado mucho sobre eso en los últimos días y estoy preocupado por ti.
―No tienes por qué preocuparte, Tyler, pero gracias. Estoy aprendiendo a estar sin él, pero no me controlo, creo que solo va a ser peor, ¿sabes? Si pongo en mi mente que no puedo pensar en él y eso. Entonces actúo normal. Hay días en que pienso en él solo a la hora de dormir, ¿sabías? Hay bastantes cosas en mi cabeza. Estoy intentando ver otro empleo, más en nuestra área; me cansé del bar y es un asco estar ahí sin Alice, no tengo más paciencia para escuchar a Patrick hablar sobre mí…
―¿Ella está bien?
―Sí, recuperándose poco a poco. Creo que es ese el momento que todos estamos pasando, ¿sabes? Él, Alice, yo… todos necesitamos recuperarnos, algunas heridas demoran más que otras en cicatrizar.
―Gay.
―Jódete. ―Gruñó.
―Si quieres, podemos marcar algo ese día, ¿qué crees? ―preguntó.
―No. Me conozco, voy a querer estar sola, pero gracias. Gracias de verdad, Tyler.
―A tu disposición… solo no inventes saltar de Bungee Jumping de nuevo y llevarme contigo, por favor. Del resto, está perfecto.
―Ok ―concordó, carcajeándose.
Edward fue llamado para dos entrevistas la semana anterior. Una parecía prometedora, pero al llegar al lugar descubrió que debía lavar platos en lugar de estar directamente con la comida. La segunda la abandonó apenas estaba llegando al lugar, pero no por miedo. El puesto era para trabajar en la cocida de una red de fast food y él, sinceramente, en el calor del momento aplicó para la vacante. No creía que el puesto era terrible, al final de cuentas, con el salario que ganaría le daba para intentar alquilar un pequeño apartamento cerca al Bronx, pero sentía que era como si estuviera traicionándose a sí mismo; sabía que esa no era el tipo de comida que apreciaba preparar. Ahora que finalmente descubrió lo que le gustaba, Edward estaba convencido en perseguir su sueño.
―¿Qué pasó? ―cuestionó Lauren, observando que Edward tenía la mente distante.
―Nada ―respondió.
―¿Será que la barriga va a marcarse en el vestido? ―preguntó Lauren, intentando atraer la atención de su prometido.
―No sé.
―¿Qué pasó, Edward?
―Me acabo de despertar ―respondió, mirando por primera vez en el día, los ojos de la mujer con quien estaba compartiendo la cama.
―Mentiroso. ―Rio―. ¡Estás despierto desde hace un tiempo!
―No. Me desperté ahora.
Por la firmeza de la mirada de Edward, Lauren tragó en seco. Eso significaba mucho más que literalmente abrir los ojos y despertar después de una noche de sueño. Apenas hasta ahora se permitió soñar y tener esperanza de perseguir sus objetivos; y, ah, no tenía nada más que la chispa de la esperanza que le daba coraje. Infelizmente, para Lauren, ella estaba ahí, estampada en el rostro de Edward.
―Es bueno aprovechar para dormir más ahora ―bromeó ella, cambiando de tema―. El bebé con seguridad va a mantenernos despiertos la noche entera después de su nacimiento.
―Nunca imaginé que tu lado materno fuera a aflorar de esa manera ―comentó.
―Mucho menos yo. Creo que es la seguridad de saber que hay un pedazo de nosotros creciendo aquí dentro. ―Tocó su vientre.
―Hoy en la tarde tengo un compromiso, voy a hacer un omelet reforzado, para mantenerme alimentado hasta la hora del almuerzo.
―¿Para dónde vas?
―Es un compromiso.
―¿Compromiso con quién? ―preguntó.
―Una entrevista de empleo, Lauren ―cedió.
―¿Qué? ¿Cómo así que una entrevista de empleo? ―preguntó, pasmada―. ¿Estabas buscando un empleo a mis espaldas?
―Por el amor de Dios, Lauren… No es como si… ―Iba a decir "No es como si te hubiera traicionado", pero lo estaba, estaba traicionándola antes siquiera de salir con Bella. Las personas tienen la falsa convicción de que traicionar significa tener sexo con otra persona. Para Edward, la traición comenzó cuando se relacionó durante años con una mujer que nunca amó, nunca se enamoró.
―¿Qué? No lo puedo creer, ¿los millones que gano no son suficientes para ti? Por el amor de Dios, Edward, ¿qué vas a hacer? No me digas que vas a trabajar de conserje o algo del tipo, porque no voy a poder vivir con la vergüenza.
―Lauren, por el amor de Dios, juro que no quiero tener esta conversación ahora. Soy un idiota, voy a hacer esa entrevista para escuchar al tipo decirme eso, ¿ok? Listo, ahora deja que tome un baño, hacer mi omelet y seguir con mi día. ¿Vas a trabajar? ¿Quieres que cocine algo para ti?
―Quiero que te quedes en casa, conmigo, no me estoy sintiendo bien.
―Sin esas cosas, Lauren. ¿Sabes lo que me impediría salir hoy? ―preguntó retóricamente―. Nada.
―Deja la tontería, Edward. De verdad, ¿para qué lastimarme con esas cosas? Ya te dije que no me incomoda sustentarte. Cualquier cosa puedes estar en la empresa… ¿Eh?
―Lauren… No. Evitemos eso, ¿ok? Los dos no nos merecemos esto, esa dependencia. Déjame seguir con mi día, ¿ok? ―dijo, cerrando el asunto y yendo en dirección al baño.
Lauren se quedó callada, mirando la puerta que él cerró. Sus ojos involuntariamente se llenaron de lágrimas. Era la primera batalla que perdía y también por primera vez tuvo miedo de perder la guerra.
Bella caminaba hacia su edificio después de dejar a Tyler en casa, estaba distraída, pero no lo suficiente abstraída como para no mirar hacia el otro lado de la calle y atisbar a Edward. Él estaba saliendo del edificio en el que vivía, bien arreglado y con una hoja de papel en la mano. La morena quedó momentáneamente nerviosa, pero después desvió la mirada y caminó hacia a la portería de su propio edificio. Quedó tranquila porque Edward no la siguió.
El hombre de seductores ojos verdes tuvo que contenerse, si debía ser sincero quería más que nunca, en ese momento, hablar con ella, pero habían prometido que iban a seguir adelante, arreglar los problemas de sus vidas. Entonces dejó que entrara en su edificio y se dirigió al lugar que estaba indicado en el papel que sostenía en las manos. La vacante que había visto estaba en Soho, para ser asistente de cocina. El salario era moderado, pero era un restaurante enfocado en la cocina francesa, a la que Edward tanto adoraba.
―¿Rose? ―preguntó Edward.
―Sí. ¿Qué pasó? ¿Alguna respuesta de alguna entrevista? ―preguntó ansiosa.
―Calma, hermana. Estoy yendo para una entrevista ahora, de la que te hablé antenoche.
―¡Va a salir todo bien! ¡Hasta hice una oración! ―dijo confiada.
―Rose, voy a necesitar de tu apoyo ―pidió enigmáticamente―. ¿Puedo pasar hoy por ahí para cenar?
―Claro. ¿Qué pasó?
―Conversamos más tarde. Deséame suerte.
―Toda la suerte del mundo para ti, hermano.
―Gracias.
Caminó calmado, ni parecía ese chico que hace un mes había pasado por una terrible entrevista en uno de los bancos más importantes del país. Edward quería ese empleo, pero esta vez no era solamente por necesidad. Quería aprender y, sorprendentemente, enseñar. Sabía muy bien que poseía conocimiento en el área de la culinaria y eso, en lugar de asustado, lo tenía entusiasmado.
En el camino hacia el pequeño restaurante donde había marcado la entrevista, abrió el diario que Bella le había regalado en su cumpleaños número treinta y releyó algunas cosas que escribió. Era medio loco, pero él entendía absolutamente todo lo que estaba garabateado ahí. Algunas veces eran palabras aleatorias, otras veces una necesidad de desahogarse con alguien o un deseo casi incontrolable de conversar con Bella. Para sentirse más liviano escribía ahí. Eran recados para ella, palabras de motivación para sí mismo. Ahí encontró un confort y una manera de intentar comprenderse y huir de ese capullo auto impuesto, del hombre fútil y ambicioso que no se preocupaba por nada; porque al final de cuentas, se preocupaba y mucho.
Ya sintió vergüenza de sí mismo y pensó no tener valor alguno, pero las cosas estaban cambiando y cada página de ese cuaderno mostraba eso. Era un secreto entre el chico inconsecuente e inseguro del pasado y el hombre que aprendía a vivir en su propia piel y corría detrás de sus sueños. Entre Edward y él mismo.
Al llegar al lugar, Edward no necesitó ni siquiera esperar, su contacto con Bernard fue inmediato, y se sintió aliviado cuando vio la carismática sonrisa que el dueño del restaurante le ofreció. El lugar era sofisticado, tenía una decoración muy limpia. Edward sabía que restaurantes así solo abrían puestos para ayudantes una vez en la vida y otra en la muerte; era consciente de la dificultad que sería conseguir un puesto en ese sitio, principalmente por no tener experiencia en el área, pero estaba decidido a intentarlo. Lo máximo que podría pasar era no conseguir el empleo.
―Buenas tardes, Señor Cullen ―saludó el hombre.
―Buenas tardes, Señor Dupont. Y puede llamarme Edward.
―Entonces sin formalidades, llámame Bernard. Vi tu candidatura para el puesto en nuestro sitio, y quedé curioso porque fuiste el único candidato que nunca tuvo experiencia práctica en la cocina.
―Perdón, Señ… Bernard, pero no porque no tenga ninguna experiencia escrita en mi currículum, significa que no tenga práctica en la cocina ―respondió Edward de inmediato y después quiso golpearse por eso. El hombre debía pensar que él era un abusivo. Sin embargo, para la suerte de Edward, Bernard se carcajeó y encontró divertida la audacia del hombre. Sabía que un cocinero se sentiría ofendido por la manera que osó decir que no debía tener experiencia en la cocina.
―Háblame entonces sobre lo que te motivó primero que todo. ¿Por qué Edward Cullen debería ser ayudante de mi restaurante?
―Porque tardé treinta años de mi vida para darme cuenta de lo que realmente me gustaría hacer ―respondió con una risa apenada―. Nunca creí tener mucho talento para algo, ¿pero sabes lo que me acompaña desde pequeño? La cocina. Desde pequeñito me quedaba parado al lado de la mesa, viñedo a mi mamá hacer pastel de limón y queriendo saber los ingredientes y apreciando el sabor de todo, queriendo hacer unas mezclas que sorprendentemente quedaban con un sabor exquisito. He cocinado durante toda mi vida por placer, por ser algo que me calmaba, y no puedo negar que amo ver la expresión de alguien comiendo algo que preparé. Básicamente, podría responder a tu pregunta con un cliché, pero la verdadera respuesta es que me permití creer en mí y en mi sueño.
Bernard quedó intrigado con la respuesta de Edward, pero de una manera positiva. Edward difería del modelo que venía apareciendo en su restaurante; y eso, al robusto hombre de piel negra y ojos color miel, le agradaba. Entonces, los dos intercambiaron opinión sobre la gastronomía francesa, especialidad del restaurante. Edward habló de la experiencia que tuvo viviendo en Francia, contó sobre sus platos favoritos, cómo le gustaba prepararlos y algunas modificaciones que había hecho.
El dueño del restaurante quedó interesado, eso era evidente, no conseguía esconder su emoción. Pero escuchar a una persona hablar de como se preparaba una comida y probarla son cosas totalmente diferentes.
―Edward, tengo que ser sincero y decirte que me gustaste mucho, pero…
―Ay, ese pero. ―Rio, sin ánimo.
―No es un "pero" negativo, créeme. Lo que quiero decir es que me gustaría que regresaras aquí nuevamente, para prepararme algo. Considéralo como la segunda parte de la entrevista, ¿ok? Quiero que prepares una entrada, un plato principal y un postre. ¿Podemos marcar la segunda fase dentro de dos semanas? ―preguntó―. El día diez, ¿qué me dices?
―Hmmm… ―respondió. El día diez de agosto era un día antes del cumpleaños de Lauren. O más precisamente, era un día antes de la gran fecha, escrita en dorado en las invitaciones de matrimonio de Lauren y Edward―. Sí, claro, sin duda. Realmente quiero ese puesto.
Bella estaba tirada en el suelo del apartamento, con Anthony y Marie. Ella reía de los sonidos que hacían y de sí misma, de su voz chillona, hablando con los animales. Eran adorables. Colocó a los animalitos de regreso en su casita y, para arreglar la casa, se sacó el apretado pantalón jean, quedando solo en bragas. Encendió el sonido y puso el volumen en lo más alto; y como si no tuviera nada más importante para hacer, comenzó a bailar y dijo "¡La adoro!", cuando una canción de Britney Spears comenzó a sonar en la radio.
―Strongeeeeerrrr than yesterdayyyy ―gritaba junto con la canción, moviendo la cadera mientras barría el suelo, a veces usando la escoba como micrófono.
Se sentía más tranquila, más optimista. Creía que el dicho que dice "quien canta sus males los espanta" no podría ser más preciso. Se reía de sí misma, se divertía sola. Tal vez fue la mayor lección que aprendió en los últimos meses: divertirse. No que Bella creyera que su vida era aburrida o patética ―ok, tal vez lo creyera un poco―, pero aprovechó los últimos meses como jamás los aprovechó en sus veintiún años de vida. Las personas deben ser responsables, pensar en el futuro y todo lo demás, pero sería increíblemente tedioso pasar por todo eso sin un poquito de diversión.
Prosiguió con la limpieza del apartamento y se sorprendió al encontrar un papel que había usado como borrador para hacer la lista de cosas que nunca hizo en la vida.
Tantas cosas ya habían sido hechas. ¿Cómo la vida podía cambiar tanto? ¿Cómo ella pudo cambiar tanto? Tal vez fuera eso que llamaban madurez, no sabía muy bien cómo nominarlo.
―Tal vez me estoy volviendo una mujer… ―dijo para sí misma y miró su reflejo en el espejo. Estaba despeinada, la blusa sudada y sus bragas estampadas de millones de Puccas―. Volviendo… aún no concluyo el proceso por completo.
Y no quería. Le gustaban sus bragas de muñequitos ―o como Alice lo denominaba: bragas de mujer que no tiene sexo―. Tal vez volverse una mujer era eso, aprender a lidiar con las situaciones y con sus gustos. Aprender a aceptarse. Bella sabía muy bien que podía ponerse un vestido y llamar la atención de los hombres, sabía que no importaba el color o tipo de bragas que usara, el deseo del hombre con quien decidiría compartir su cama iría más allá de cosas de ese género. Entendía que a veces no tenía ánimo para salir, pero quedarse en casa todo el día, observando la vida pasar, se volvía de verdad patético viéndolo desde la perspectiva que tenía hoy. Se dio cuenta que aunque nunca tuvo el corazón partido antes de relacionarse con Edward, creaba escudos para apartar a cualquier tipo de hombres que surgían en su camino, porque tal vez fuese ahí que vivían sus inseguridades. Sabía que Edward fue el responsable de ayudarla a cumplir innumerables cosas de esa lista, pero jamás se quitaría su propio mérito, de haber dado el paso inicial.
Arrugó el papel y lo tiró en la papelera. Normalmente pensaría en guardarlo de recuerdo, pero seguramente no necesitaba de una listita para recordar todo lo que vivió.
Observando el apartamento se dio por satisfecha; estaba limpio y arregladito, de la manera que le gustaba. Aún tenía un TOC con esas cosas y no tenía ganas de cambiar eso.
Sintió una nostalgia repentina de su otra casa, agarró el celular y llamó a su mamá, queriendo escuchar la voz familiar, un confort.
―¿Aló? ―atendió Charlie.
―Hola papá, ¿está mamá? ―cuestionó.
―Hola, Bellita, estoy bien, gracias por preocuparte por tu viejo y no solo por tu madre.
―¡Ah, papá! ―Rio ella―. Sabe que me preocupo por usted, lo amo, no me venga con esa voz llorosa. ¿Cómo están las cosas por allá?
―Aquí en casa todo bien, pero las vecindades…
―¿Cuál es el chisme?
―Qué es eso, hija mía, está lejos de mí ser un chismoso… ―comentó―. Pero están comentando por ahí que Michael… ¿sabes quién es?
―¿El hijo de la profesora Margareth?
―¡Ese mismo! ―habló emocionado, y Bella tuvo que controlarse para no comenzar a reír―. ¡Terminó su compromiso y ahora decidió volverse sacerdote!
―Mentira.
―¿Crees que te mentiría, hija?
―Disculpe, fue solo mi manera de expresar mi asombro.
―Pues sí, el chico que siempre corrió tras de un trasero con falda, ahora quiere volverse sacerdote. Debe querer llevar a alguna monjita por el camino de la perdición.
―No lo dudo ―comentó con una carcajada.
―¿Y tú, eh? ¿Cómo estás hija? ¿Mejor que aquella vez que nos vimos?
―Sí, papá, estoy mejorando. No estoy al cien, pero estoy bien.
―Quieres hablar con tu madre, ¿verdad? cosas de mujeres y esas cosas que tu padre no debe querer saber…
―Más o menos por ahí… ―Rio.
―Ok. Te amo, princesita.
―También, papá.
―¿Isabella? ¿Qué pasó? ―Renée atendió, preocupada.
―Nada mamá, qué exagerada. ―Rio―. ¿Todo bien?
―Sí, mi amor. Disculpa, Charlie me entregó apurado el teléfono, diciendo que eras tú, hasta creí que era alguna cosa grabe. ¿Cómo estás?
―Estoy bien. Mejor. Quería conversar sobre eso que hablamos la última vez.
―¿Sobre el chico?
―Sí. Se va a casar dentro de dos semanas ―contó―. Estoy lidiándolo bien, ¿sabes? Pero una parte de mí está herida, una parte muy grande. Otra parte está feliz por lo que vivimos. Y otra parte…
―¿Qué pasa?
―La otra parte es una mujer completamente camuflada que entra en medio de la iglesia, gritando para interrumpir esa porquería de matrimonio, porque el hombre es mío. ―Rio.
―Por el amor de Dios, hija… ―Rio Renée.
―Lo sé, lo sé. Créelo, si tuviera coraje, pero aún tengo mi orgullo y él jamás dejaría someterme a eso. Edward podría tenerme, pero la elección suya no fue esa. Odio cuando hago eso, ¿sabes? Le echo la culpa involuntariamente en él, me quedo pensando en que no me eligió… me siento en una eterna contradicción. Creo que por fuera estoy lidiando bien con eso, pero a veces tengo caídas, ¿sabes? Donde siento muchas ganas de llorar porque lo quería a mi lado.
―Lo entiendo, mi amor. Es natural, pero piensa en eso que conversamos, a veces las cosas no pasan de la manera que planeamos. Ustedes dos tienen mucho qué vivir de la vida, y para aprender también.
―¿Y si él es el amor de mi vida? Es ridículo, pero me quedo pensando en esas cosas, ¿sabes? Cuando me estoy sintiendo triste coloco música triste, lloro como si no hubiese un mañana y me pongo a pensar en que perdí al gran amor de mi vida.
―Bella, él no está muerto, no vamos a ser melodramáticas ―bromeó―. La gente se recupera poco a poco, querida. Hoy va a ser así, mañana verás que todo está mejor. La recuperación es así, es algo que debe ser progresivo. No te estés culpando por sentir ganas de llorar o de reír. No cuentes los días para el matrimonio, solo sigue tu vida.
―¿Sería estúpida en aceptar volver con él en el caso que aparezca en mi puerta diciendo que todo terminó con Lauren?
―Mi amor, no puedo responderte eso. Esa respuesta, la única persona que la tiene eres tú, porque quien convive con tus elecciones eres justamente tú, ¿entiendes? La mamá está aquí para oír, aconsejar, pero hay decisiones que solo te caben a ti, a tu corazón y a tu mente.
―Lo sé ―bufó―. Creo que sé lo que haría.
―Ya es un comienzo.
―¿No quieres saber lo que haría?
―Cariño, no importa tu elección, estoy aquí para apoyarte.
―Gracias. Quería hablar tanto contigo sobre esto, mis amigos pueden ayudarme, pero no sé…
―Mamá es más chévere que ellos, ¿no? Puedes admitirlo ―bromeó―. Piensa en tus ideas y no te importe si va a pasar que son boberías o no, ¿bien? Creo que ya aprendiste que lo que vale es lo que sientes, al final, si no supieras eso, no te habrías enredado con ese chico, ¿verdad?
―Sí… ―reflexionó―. Gracias mamá. Voy a seguir con mi día. Ven a visitarme un fin de semana con papá.
―Apenas estés lista para recibirnos, puedes estar segura que iré. Cualquier cosa me llamas, ¿sí? No lo dudes, principalmente en ese día. ¿Bien?
―Ok.
Se despidieron y Bella se quedó mirando al techo. Respiró profundo y dejó que su mente absorbiera toda esa conversación. Se quedó imaginando situaciones sin fin en su mente, imaginó diversas acciones para cada una de ellas, pero después paró la tontería. No valía la pena querer prever lo que podría pasar. Decidió que la mejor cosa que podría hacer era arreglarse para el trabajo y aprovechar el día para pedir la renuncia. Patrick hacía tanto desdén de su trabajo, que con seguridad encontraría a alguien mejor para sustituirla.
Edward estaba sentando en el Central Park, con un lapicero en la mano y su cuaderno en la pierna.
27 de julio
Hoy me desperté diferente. Desperté lleno de esperanza como otros días, pero no sé… fue diferente. No sentí miedo, hoy nada me asusta. ¿Sabes en qué pensé? No hay cosa peor que una persona sin miedo. ¿Sabes por qué? Ella no teme.
No sé si la entrevista que hice va a funcionar, aunque estoy realmente emocionado, Bernard parece ser un tipo chévere y compartimos un amor por la culinaria francesa que pocos comprenderían. No sé… Estoy próximo a hacer algo realmente bueno en mi vida. Lo siento. Dios, ¿por qué esperé tanto?
Ahora. Mi momento es ahora.
Bella estaba sentada en la oficina de Patrick. Él parecía impaciente y eso solo hacía que Bella se irritara. Debería ganarse un lugar en el cielo por haber aguantado durante tanto tiempo a un jefe tan abrumador.
―¿Qué quieres, Isabella? Estás perdiendo tiempo de atender a los clientes. Sabes que la chica nueva aún se confunde.
―Estoy renunciando. Solo voy a trabajar hasta el fin de semana ―habló.
―¿Qué? ―cuestionó, totalmente sorprendido.
―Renuncio. No quiero trabajar más aquí, Patrick. Estoy cansada de siempre llevarme los regaños y, sinceramente, no es algo que quiero hacer por el resto de mi vida. Voy a comenzar a buscar un empleo en mi área, y guardé dinero suficiente como para conseguir mantenerme por los próximos meses, sin sobrepasarme ―justificó.
―¡Pero no puedes renunciar así!
―Claro que puedo y eso es lo que estoy haciendo. Era eso lo que quería decir ―finalizó, levantándose de la silla.
―¡Isabella, regresa aquí!
―Disculpa, tengo clientes que atender ―respondió, cerrando la puerta de la oficina.
Rosalie estaba preocupada. Había marcado la cena con Edward, pero el reloj se acercaba a las nueve treinta y él no aparecía. Su corazón se calmó solamente diez minutos después, cuando el timbre sonó. Pero, al ver el rostro de Edward, era como si nuevamente palpitara con preocupación.
―Dios mío, ¿qué pasó? ―habló, mirando a su hermano y alrededor de él.
―Necesito de tu ayuda ―le ofreció una sonrisa triste.
―Siempre, hermano ―respondió, abrazándolo.
Bueno, eso es todo, por hoy… ya vamos avanzando! ¿Qué opinan de este capítulo? ¿Qué creen pasará en el siguiente? ¿Edward conseguirá el trabajo? Un capítulo de muchos cambios, de vidas por aparte u.u que aun así siguen hiladas. Espero con ansias sus comentarios.
Gracias por sus hermosos reviews, son geniales y me encanta leer cada uno de ellos, es magnífico. Gracias también por sus alertas y favoritos, es un pago genial.
PREGUNTA DE LA AUTORA: ¿CUÁL FUE EL ÚTIMO CHISME QUE ESCUCHASTE?
Y mi respuesta a la pregunta del anterior capítulo… veo flashes jaja como imágenes distintas, a mi mamá, mi perrita, a mí misma mirando las estrellas (cosa que me encanta hacer en un lugar rodeado de árboles y luciérnagas), supongo que son las cosas que me hacen feliz, ¿verdad? y me hacen sonreír :)
Invito a que se unan a mi grupo en facebook, link en mi pefil.
Nos leemos en el siguiente capítulo... faltan cuatro capítulos para el epílogo.
Beijos
Merce
