Regina poco a poco estaba recuperando su salud, pero el asma seguía presente. Si bien no tan grave como antes, aún tenía ataques de vez en cuando. Ella estaba contenta con las cosas como estaban, aunque no hubiera roto aún la maldición.

Su familia había reunido gran cantidad de recuerdos y pronto todo estuvo en un solo compendio que después les pasó para que conocieran su verdadera historia; las reacciones a esto fueron variadas y más de una nación le pidió perdón a Arthur por el cruel trato que tuvieron con él los 12 años pasados. También en ese tiempo su padre se reconcilio con Alfred y Matthew, ambos hermanos ahora regresando a una personalidad más acorde a la que era en verdad, siendo Alfred un escandaloso "héroe" y Matthew el tímido chico que solía pasar desapercibido. Además de eso y para sorpresa de varios, Sealand se presentó un día en casa de Arthur y les comentó que él tenía ciertos recuerdos confusos respecto a su relación con ellos, donde no era la micro nación ignorada de ese momento, sino que era tratado como su hermano pequeño. Con eso Regina le contó la verdad y se disculpó con él por no haberlo agregado antes a los planes de recuperar memorias justificándose en que desde el inicio Sealand no había respondido a los llamados de las reuniones donde se informaba todo.

En resumen, todos estaban al tanto de la verdad, la aceptaban y eso era bueno. Lo malo era que aún con todo eso la maldición no se había levantado y era un tema preocupante para Regina, quien sin más remedio tuvo que acudir a la nación que les había dicho que ella era la solución… Regina visitaría a Francia. Pero no podía hacerlo sola, por lo que pidió la ayuda de las dos naciones en quienes más confiaba para una misión así: Mattie y Alek. Su hermano su sobrino podrían llevarla y ellos no necesitaban de explicaciones para visitar al galo, después de todo era el padre de Matthew y el otro abuelo de Alek; el que ella fuera con ellos solo era una coincidencia.

Con el permiso de sus padres y una maleta llena de implementos médicos que pudiese necesitar (todo, cortesía de su preocupado papá Arthur) partió junto a Matthew y Alek hacia Francia, más precisamente a la mansión de Francis en el centro de París.

Para ella el viaje fue toda una nueva experiencia, porque normalmente viajaba solo en su propio territorio y de vez en cuando a otro pero siempre hacia el norte de Europa, casi no iba para el otro lado y a pesar de que Inglaterra y Francia solo los separaba el canal. No era un lugar que ella hubiera visitado antes. Los paisajes, el clima y la comida se le hicieron preciosos y tristes a la vez, no importaba que ella fura joven, los edificios y la historia misma no mentía y ella como parte de los británicos podía sentir también el dolor de guerras pasadas. Ahora entendía que su padre no fuera fan de ir a Francia, para él debía ser peor y lo mismo era con Francis, se imaginaba que esa era la razón de que él tampoco se acercase a tierras inglesas. Estaba tan perdida en sus pensamientos que se sobresaltó cuando Alek la tomo de la mano para indicarle que habían llegado a la casa de Francis.

Bajaron del auto y se encaminaron a la entrada, donde esperaron en el recibidor a que los anunciaran. Momentos después llego Francis que al notar su presencia se extrañó, mirando de Alek a Matthew esperando una explicación.

‒ Sé que es una sorpresa verme aquí - comenzó ella al ver que Francis iba a comentar algo - pero todo tiene explicación. Pido de favor que me dejes aclararlo antes de hacer algo, France

Francis miró a la chica con ligera sorpresa, vaya que era valiente y un poco mandona pero siendo hija de Arthur no esperaría menos. La miró un momento más, como analizándola. Regina tenía el cabello pelirrojo característico de Scott, piel blanca como la de Arthur y algunas pecas adornaban sus mejillas, sus ojos eran verdes como los de casi todos en su familia solo que los suyos eran verde esmeralda. Su porte era firme y serio, pero bajo este podía notar su inquietud. A Francis no le hizo mucha gracia enterarse de que era hija de Arthur, menos aún el hecho de saberlo casado con quien se supone solo debía ser su hermano mayor, pero no por ello pensaba tratarla mal, eso no iba con él. Además de que le daba curiosidad saber que era lo que la niña de Arthur estaba haciendo en su casa, acompañada por su hijo y por su nieto.

‒ Bueno, ya habrá tiempo de hablar entonces. Ahora sugiero que suban a refrescarse y a descansar del viaje - les sonrió como el buen anfitrión que era - ya hablaremos después de la comida - agregó para Regina quien estaba por añadir algo más.

Los tres obedecieron y siguieron a los sirvientes a las habitaciones donde se quedarían. Matthew salió a la ciudad, como era costumbre suya adoraba pasear por sus lugares preferidos; Alek corrió hacia los jardines y sonsaco algunos sirvientes para que jugasen con él, Francis siempre dijo que el pequeño era como ver de nuevo a Alfred de niño. Y por último Regina se quedó en su habitación, meditando en lo que le diría a Francis y anticipando diferente planes para las diferentes reacciones que el galo podría tener por saber las cosas. Para poder convencerlo había mandado a Fireball por una cosa con su tía Mab y justo ahora esperaba a que su hada regresara.

Para cuando fue hora de la comida, los cuatro se reunieron en el comedor. Francis estaba a la cabeza, Matthew a su derecha y Alek a su izquierda, Regina se sentó al lado de Matthew. Durante la comida hablaron de temas sin gran importancia, algunas anécdotas de Alfred y Matthew de niños y sobre las responsabilidades que poco a poco Alek iba adquiriendo para hacerse cargo de su propio territorio, Regina estaba más a gusto de lo que pensó podría estar en casa de Francis y con una sonrisa le agradeció el que no la hiciera sentir ajena o incómoda.

Una vez terminada la comida, Alek y Matthew salieron a dar un paseo para así darles mayor privacidad a Regina y Francis, pues ambos sabían que lo que se hablaría era delicado. Francis al guio a su estudio y una vez que ambos estuvieron de frente esperó a que Regina hablara.

‒ Como habrás notado, hay ciertas inconsistencias en la historia que mis padres dieron sobre mí - comenzó por lo básico. Francis asintió - y eso tiene razón de ser, eso es porque… alguien cambió la historia - soltó sin más. Francis era listo y ella esperaba que no necesitase de muchas explicaciones.

‒ ¿Cambiarla? ¿Cómo es eso posible? Los únicos con la energía para hacerlo son tus propios padres - aseguró extrañado, no entendía que tenía él que ver en esto ni porque le decía Regina las cosas - si lo que buscas es ayuda, lamento decirte que no soy un país que maneje magia aun cuando en mi pasado lo hice

‒ No busco tu ayuda para eso Francia, necesito tú conocimiento en lo que ocurrió. Además te equivocas, esto no lo hicieron mis padres… fue a ellos y a todo país relacionado con nosotros a quienes hechizaron

‒ Es imposible una maldición de tal magnitud, debes estar confundida Reino Unido - ahora la miraba más confuso, pero no era por ella en sí, sino porque dentro de su mente algo luchaba por salir, algo importante que estaba bloqueado.

‒ Existe una, tú deberías saber cuál es. Pero me supongo que ella borró tus recuerdos también y por eso es que traje esto conmigo - al decirlo saco de su bolsa un pergamino viejo y se lo paso a Francis.

Francis tomó el pergamino, lo desenrollo y comenzó a leerlo. Abrió los ojos en sorpresa al notar que era suyo, o bueno, pertenecía a su territorio. En él se explicaba el procedimiento de una maldición a gran escala, la cual se había utilizado en la representación anterior a su madre, donde un hechicero de oscuro corazón había maldecido a varias representaciones y cambiado el destino de varias naciones. Alteró historia, personalidades y recuerdos; todo conforme ese hechicero necesitaba y también explicaba que no había contra maldición. La única solución posible, decía casi al final del pergamino era: "Aquel relacionado directamente con los afectados pero que no sea parte de la maldición, puede romperla. Se necesita un sacrificio de amor para lograrlo, pues solo el que es puro de corazón logrará apartar la oscuridad que rige esta maldición". Francis tardó un rato en asimilar la información y luego volteó a ver a Regina, quien impaciente esperaba a que le dijese algo.

‒ Esto nos ocurrió ¿cierto? A todos, por eso el tratar a Arthur mal se siente tan incorrecto - se levantó y camino hacia la ventana del despacho, su mirada perdida en el atardecer.

‒ La maldición se encargó de que lo trataran mal, sí. Pero hay más que solo eso - se levantó y camino hasta estar a unos pasos de él - cambió demasiadas cosas y una de ellas eres tú

‒ ¿pero por qué alguien haría una cosa así? ¿Con qué objetivo?

‒ Es simple, buscaban hacer la vida de mi padre un infierno. Donde ni su familia ni amigos lo soportaran. Donde esperaban que él se quedase solo - bajo la mirada, le dolía recordar cuanto había sufrido Arthur - Y quien la lanzó… lo hizo por celos

‒ ¿Celos? ¿De Arthur y Scott?

‒ No… de mi padre y de ti - volteó a mirarlo, pero contrario a la molestia que esperaba ver. Francis vio tristeza reflejada en las esmeraldas de Regina.

‒ No lo entiendo ¿de mí? ¿De Arthur? ¿Quién estaría tan loco para hacer esto? - tomo su cabeza con ambas manos, esperando que con eso el creciente dolor disminuyera.

‒ La persona que lanzó esto, nunca pudo aceptar el hecho de que eligieras a Arthur como pareja y que mi padre a su vez… eligiera a Scott en lugar de a ti, rompiéndote el corazón. La nación pensó que tendría una oportunidad contigo cuando eso pasó pero tú la rechazaste pues aunque superaste el amor por mi padre, no estabas listo para amar de nuevo - comenzó a explicar al tiempo en que lo tomaba del brazo para hacer que la viera - intentaste explicárselo, de verdad que sí. Pero cuando se dio cuenta de que nada era como quería, tomo la decisión de culpar a mi padre y al ver que él era feliz, pensó en que no lo merecía. Nadie sería feliz si esa nación no lo era

Francis intentaba digerir tanta información, miraba a Regina quien tenía una mirada comprensiva. Seguro hasta para ella fue difícil asimilar todo eso.

‒ Entonces ¿es mi culpa esto?

‒ Podría decirse que sí, en cierto modo tanto tú como mi padre tienen la culpa. Pero ustedes fueron honestos y aclararon todo, fue esa nación loca la que no aceptó las cosas y tomó la decisión de lanzar la maldición - le aclaró - verás, lanzó la maldición el día que mis padres se casaron, pero la activó casi un año después, cuando los intentos por detenerla o hallar solución se agotaron. Sin embargo, hubo una nación que les dio esperanza. Esa nación, fuiste tú - le confesó con una sonrisa - tú hallaste ese pergamino y les dijiste que yo podría romper la maldición ya que fui concebida después y no me afectaba a mí. Por ello me ocultaron y nadie sabía de mí hasta hace poco

‒ ¿Yo los ayudé? - Francis estaba sorprendido con eso, pero extrañamente se sentí bien saber que él no era el malo de la historia.

‒ Sí, eres un gran hombre Francis, y uno al que yo siempre le deberé mi vida - le confió - si tu no les hubieras dado la información a mis padres, no sé qué hubiera ocurrido conmigo en esta versión bizarra de las cosas, tal vez cuando Bélgica me hubiera encontrado de bebé hubiera muerto. Pero estoy viva en parte gracias a ti - le agradeció, pues era verdad. De no ser por Francis y el pergamino tal vez ella estuviera muerta o jamás hubiera nacido.

‒ Pero si tú eres la solución a la maldición ¿por qué todo sigue igual? Yo no recuerdo otra versión, ni siquiera sabía del pergamino ni nada - sus preguntas cada vez eran más.

‒ Es lo que intentó averiguar al decirte todo esto. Fuiste tú quien les dio la solución, haciendo que me ocultaran y que yo volviese para arreglar las cosas. Pero eh hecho todo lo que se me ocurrió, les dije la verdad, les mostré la evidencia y a pesar de que lo conocen y aceptan… la maldición sigue vigente. Necesito que me ayudes a saber por qué - le pidió con tono bajo, la situación comenzaba a cansarla.

‒ Tal vez sea porque no has hecho las cosas como debe ser - analizó el ganándose una mirada molesta de Regina - no me veas así, es solo que, te enfocaste tanto en hacerles saber la verdad que olvidaste una parte importante, no es el conocimiento de las cosas lo que rompe la maldición, sino el sacrificio de un corazón puro lo que lo hará

‒ ¿Entonces debo morir? ¡¿Esa es la grandiosa solución?! - se alteró, comenzó a caminar en círculos y a murmurar por lo bajo en escocés. Francis se le quedo viendo primero divertido y luego preocupado.

‒ Un sacrificio no es precisamente morir, existen miles de formas en que se puede interpretar esa frase. No te alteres tanto - trató de calmarla.

‒ ¿Entonces qué debo hacer? ¡No lo entiendo! - ocultó su cara entre sus manos intentando ahogar el grito de furia que quería soltar. Por un momento a Francis le pareció ver en su lugar a Scott.

‒ Puedo investigarlo, si de algo sirve y te informaré cualquier avance que logre - le prometió al momento de tomarla de los hombros. Regina alzo el rostro con algunas lágrimas brillando en sus ojos.

‒ ¿Lo harías? ¿Me… ayudarías?

‒ Qué no haría yo por la hija de Arthur y Scott - le sonrió comprensivo - después de todo…

‒ Alguna vez amaste a mi papá Arthur, y fuiste amigo de mi padre Scott - completó ella la misma frase que Francis les dijo a sus padres cuando les informó de la maldición - lo sé, ellos me lo dijeron - añadió ante la cara de duda del galo.

Una vez que se pusieron de acuerdo y realizaron más planes, asistieron a la cena y fueron a descansar. Regina les informó que Francis la ayudaría y tanto Matthew como Alek se alegraron y prometieron ayudarlos. Durante los días que duraron en París Regina notó como Francis también tenía pequeños recuerdos de su verdadera historia y le pidió que al igual que los demás, los escribiera y se los pasara para agregarlos al compendio. De algo deberían ayudar.

‒ Ahora que lo pienso, aun no me has dicho el nombre de la nación que causó todo esto - recordó cuando los estaba despidiendo, antes de que Regina subiera al auto para irse.

‒ ¿No lo hice? - Francis negó - lo siento, pensé que te lo había dicho - se disculpó y agregó cuando ya estaba en el auto - la nación que causó todo, es Bélgica

El auto en ese momento arrancó y Regina no pudo ver la mueca de sorpresa y shock que el simple nombre de la rubia causó en Francis. Él esperaba que fuera cualquier otra nación, alguna de las muchas en las que había buscado consuelo cuando terminó con Arthur pero no ella. No Bélgica, no su mejor amiga y confidente… no la chica de la que poco a poco había comenzado a enamorarse.


Apuesto a que nadie se esperaba eso ¿no es verdad? Pero ya me conocen, adoro los dramas aunque no por ello sea enemiga de los finales felices. Quiero pedirles su opinión acerca de si terminó la historia al romper la maldición o preferirían que me extendiera un poco más después de eso. ¡espero sus comentarios!