Un día de inflexión

–La ruta ha sido implementada– anunció Sulu–. Salto warp en tres, dos uno: Ahora.

–¿Tiempo estimado de viaje?

–Dos días y seis horas, comandante.

Spock asintió conforme con la información.

–Teniente Uhura, informe al departamento de ciencia que pueden comenzar la segunda fase del experimento de crecimiento celular en salto warp.

–Sí señor.

Tomando su padd, Spock se acomodó en la silla que normalmente usaba Jim y que este le había cedido tras recibir un llamado de Scotty para acompañarle hasta la ingeniería.

Con el habitual buen ambiente que acostumbraba a llenar el puente, todos prosiguieron con su trabajo mientras la nave se acercaba a su siguiente destino, una colonia minera en la que deberían ayudar a instalar un nuevo sistema de extracción mineral que la federación había desarrollado. Spock estaba poniéndose al día con las últimas modificaciones de la misión cuando el intercomunicador del capitán sonó.

–Aquí el comandante Spock.

Un gruñido resonó a través de la frecuencia, fue interpretado por el Vulcano cómo el peculiar saludo que el doctor acostumbraba a dar a sus conocidos.

Comandante, quiero hablar con el capitán.

–El capitán no se encuentra aquí. Abandonó el puente hace treinta y seis minutos y tres segundos.

¿Y a dónde se ha dirigido?

–Hacia la sección de proa de la ingeniería. El señor Montgomery quería enseñarle al capitán su trabajo– dijo Spock.

La mitad de los días era habitual que Jim abandonase el puente para supervisar los departamentos, ayudar dónde se le pedía, o simplemente caminar por las zonas de mayor actividad. Otros, la carga de trabajo del capitán era tal que el hombre se pasaba la casi totalidad de su turno de un lado para otro completando informes para la federación. Actualmente Jim se encontraba inmerso en uno de estos días pues tras lograr en su última misión la adhesión de un nuevo planeta a la federación él se había tenido que hacer cargo del envío de todos los documentos, una tediosa tarea que no había descuidado, y que le había impedido mantenerse al día con los avances de la ingeniería.

Pues según mis datos el capitán no está allí.

–Comprobaré su ubicación– el Vulcano tecleó el código de localización del capitán y se encontró con que este estaba desactivado; tanteó el vínculo y a pesar de que notaba que Jim estaba en la nave parecía que el humano había erigido un muro para alejarse de él. Spock enarcó una ceja–. El paradero del capitán es incierto.

Una florida maldición reverberó a través de los altavoces.

–¿Sucede algo?

Sucede que el idiota del capitán debe recibir sus vacunas. La idea original era que yo le arrastrase personalmente hasta aquí de improvisto, pero una enfermera le avisó siguiendo los protocolos.

–Parece lógico emplear el protocolo– convino Spock.

–Sí, salvo que no hay protocolo que valga cuando se habla de James Kirk. Encuentre al capitán y tráigalo aquí de inmediato, comandante.

La comunicación se cortó antes siquiera de que Spock pudiera responder.

–Señor Sulu, tiene el control– dijo Spock subiéndose al turboascensor sin evitar suspirar.

Cuando las puertas se cerraron las risas llenaron el puente de mandos.

Guiado por su intuición, Spock fue directamente en busca de Scotty. El ingeniero le indicó el lugar en el que había pedido a Jim entrar para arreglar un panel de filtración de aire. Se trataba de un conducto de metro y medio por metro y medio y que corría paralelo al suelo de la nave. Apoyándose en sus manos y rodillas, Spock inició la búsqueda de su capitán al que encontró en un recoveco. Jim estaba agazapado, con las rodillas contra el pecho y la cabeza descansando sobre estas. Junto a él había un cinturón de herramientas y el panel reemplazado.

–¿Jim?

El rubio no se sobresaltó, pero alzó el rostro con cautela.

–Hola Spock.

–¿Has terminado las reparaciones?

–Sí, hace unos minutos.

–¿Por qué no has regresado? Leonard te está buscando, yo mismo me vi obligado a hacerlo cuando tu señal desapareció de los registros y silenciaste el vínculo.

–Y aún así me has encontrado– replicó con una pequeña sonrisa Jim.

–Sí, pero no tendría que haberlo hecho si me hubieras dejado hablar contigo a través del vínculo.

–Lo sé.

–Entonces, ¿Cuál es pues el problema, Jim? Tú no actúas así.

El rubio se removió aún más contra la pared, incómodo por la pregunta. Finalmente claudicó y comenzó a hablar.

–Es sólo qué Bones siempre está detrás de mi dándome voces acerca de lo que debo y no debo hacer, recordándome la mierda de sistema inmune que tengo y pinchándome con sus hipos al menor descuido. Normalmente no me importa pero hoy…– se frotó los ojos y resopló–. Desde la misión en la que fuiste capturado han pasado sólo cuatro semanas, pero durante ese tiempo hemos tenido seis misiones de investigación en ruta y dos de diplomacia. Ayer hice doble turno por que estaba de guardia, apenas he podido dormir para acabar a tiempo los informes para Komack. Estoy cansado y no quiero que me griten cómo si tuviese cinco años. Hoy no.

Por la mente de Spock pasaron varias escenas ocurridas en los últimos días: los trabajos de ingeniería en los que Jim había estado noventa y seis horas atrás y que le mantuvieron inmerso en los dominios del ingeniero jefe casi un día entero; la posterior misión de adhesión del planeta Getinora, las conversaciones con sus dirigentes, las negociaciones, la posterior firma de tratados; el regreso a la nave. Las órdenes de dirigirse a un nuevo sector para comenzar la nueva ronda de misiones, la perpetua sonrisa de Jim siempre que entraba al puente y el reflejo del gesto en los rostros de la tripulación que parecían iluminarse cada vez que el fulgurante sol de la Enterprise aparecía ante ellos.

El primer oficial se encontró apreciando todos y cada uno de los pequeños actos que Jim hacía a diario para hacer más fácil la vida de todos a bordo de la nave, y por los que Jim nunca el rubio había pedido nada a cambio hasta aquel mismo instante. Arrastrándose hasta la altura de Jim, Spock se sentó a su lado, pasó el brazo sobre los hombros del hombre y atrajo su cuerpo hacia el suyo.

–Nadie te gritará hoy thy'la.

Reclinando la cabeza contra el pecho del Vulcano, Jim rió.

–Gracias, aunque sé que mis quejas son absurdas y que debo ir a vacunarme.

–¿Si no tuvieras que ir a la enfermería, qué te gustaría hacer?

–¿Ahora?

–Sí.

Jim tomó la mano de Spock y entrelazó sus dedos

–Aunque sólo fueran unos minutos: me quedaría aquí.

–Pues entonces eso haremos.

Pasados poco más de seis minutos Jim tomó aire hasta llenar por completo sus pulmones, y lo expulsó lentamente para luego separarse de Spock.

–Gracias.

–No tienes por que dármelas Jim. Yo me preocupo por ti, y aliviar cualquier angustia que sientas es mi deber. Un deber que cumplo con gusto.

–Estoy bien, de verdad– le aseguró Jim mirándole directamente a los ojos y comenzando a rebajar los muros que había levantado alrededor de su mente para mantener sus sentimientos al margen del vínculo, y una leve corriente de arrepentimiento fluyó hacia el vulcano–. Sólo necesitaba un poco de calma.

–No hay necesidad de sentirse avergonzado– Spock colocó sus manos sobre los hombros de Jim–. Tienes más derecho que nadie en esta nave a estar cansado y demostrarlo. Pero Jim, no puedes ocultarlo, al menos a mi. Si me hubieras dicho cómo te estaba afectando el trabajo habría podido ayudarte. Prométeme que la próxima vez no te alejarás de mi para tratar mantenerme al margen de tu estado.

–Te doy mi palabra thy'la.

Se fundieron en un beso del que ambos disfrutaron hasta que tuvieron que separarse en busca de aire.

–Bueno, creo que es hora de irnos– dijo Jim.

–Sí. ¿Por qué no vas a nuestros cuartos y tomas una ducha? Yo puedo terminar el turno, sólo quedan once minutos y veinte segundos. Luego puedo pedirle al doctor McCoy que cene con nosotros, así podrá administrarte las vacunas, y nadie asistirá a su diatriba malsonante.

–Suena prometedor– rió Jim comenzando a gatear para salir del estrecho conducto.

Una vez ambos estuvieron en el pasillo se despidieron, caminando en direcciones opuestas. Spock tomó el turboascensor y no tardó en comunicarse con el puente para pedir la actualización de todos los puestos. Antes siquiera de que pudiera exponer su intención de no regresar, Sulu habló.

Ninguna alteración se aprecia en los sensores, comandante. Lo que queda de turno es insignificante y creo que hay cosas que merecen más su atención en estos momentos.

Un calor de procedencia incierta bañó el pecho de Spock. El Vulcano había aprendido a través de los recuerdos de Jim que esa sensación se correspondía con la de la gratitud, y él en ese instante estaba inmensamente agradecido por la tripulación que había acabado sirviendo a bordo de la Enterprise.

–El puente es suyo, señor Sulu. Gracias.

–No hay de que señor. Descansen.

El turboascensor se detuvo delante de la enfermería y Spock se adentró en los dominios médicos hasta dar con la persona que buscaba.

–Doctor McCoy.

El médico, que estaba apoyado contra una cama médica comparando el contenido de dos padd, le miró con el ceño fruncido.

–¿Dónde está Jim?

–De eso quería hablar, pero me gustaría hacerlo en un lugar más privado.

Frunciendo aún más el ceño, Leonard asintió y guió al comandante hasta su despacho. Tomó asiento tras su escritorio y esperó a que Spock se acomodase frente a él.

–¿Puedo saber ya en que rincón de esta lata de sardinas se encuentra nuestro capitán?

–El capitán está en su habitación.

–¿En su habitación? ¡Te dije que le trajeras aquí! ¡Maldita sea!

–Yo le dije que se quedase allí, y antes de que continúes enfadándote, quisiera explicarte dónde y cómo encontré a Jim.

La elección de palabras de Spock hizo que Bones supiese que había pasado algo, y ese algo tenía que ser lo suficientemente importante cómo para que Spock decidiese mediar entre él y Jim, un hecho que nunca se había producido con anterioridad.

–Te escucho.

–Encontré a Jim en un canal de ventilación en el que había realizado una serie de reparaciones a petición de Scotty. Tras concluirlas con éxito Jim se agazapó en un rincón y eliminó su señal del ordenador para poder descansar.

–¿Descansar?– repitió Bones sintiéndose perdido.

–Sí, su estado físico era óptimo, pero su mente estaba bloqueada a mi. Me senté con él y conseguí hacerle hablar. Sé que las conversaciones son de carácter privado, pero considero necesario que sepas parte de lo que Jim expresó– Bones cabeceó conforme–. Jim se mostró agotado mentalmente tras estos días de intenso trabajo. Tanto fue así que decidió escapar de tus cuidados, sabedor de que le ibas a recibir con recordatorios hacia su inconsistente salud; Jim estimó que no podía enfrentarse a tus palabras y decidió ocultarse de todos. Hablamos unos minutos y, cuando se calmó, admitió que su comportamiento había sido infantil y retiró todas las barreras que le aislaban de mi. Fue entonces cuando pude sondear su mente y percibir su fatiga.

–¿Estás diciéndome que Jim no quería venir por no enfrentarme?

–Lo que estoy diciendo es que Jim no puede enfrentarse ni a ti, ni a mi, ni a nadie en estos momentos.

–Los casos de estrés son normales entre los altos mandos de cualquier tripulación. Jim ha tardado mucho en mostrar una fatiga semejante– Bones resopló–. Debería haberme dado cuenta.

–Y yo. Pero Jim es realmente bueno a la hora de ocultarse de los demás. Su estado actual no me ha permitido mantener una conversación en profundidad acerca de todas las implicaciones que tiene el esconder su estado de salud, tanto física cómo mental, de nosotros, pero en cuanto descanse la tendremos. Hasta entonces te invito a que me acompañes hasta nuestros cuartos a cenar. Creo que mantener un momento distendido ayudará a Jim a relajarse y, así, podrás administrarle las vacunas que necesita.

–Sí– Bones miró su reloj–. Mi turno acaba en seis minutos. Voy a preparar las vacunas para Jim y estaré listo.

–Te esperaré entonces.

Cuando comandante y jefe médico abandonaron la enfermería el turno beta había terminado. Juntos tomaron el turboascensor y fueron hasta la cubierta cinco en la que estaban ubicados los dormitorios de los oficiales, siendo el último el del capitán.

Spock tecleó el código de acceso y entraron. Jim estaba sentado en el sofá, con un viejo pantalón de chándal, una camiseta de sus tiempos de estudiante, y el pelo aún húmedo tras una ducha con agua. Al verles entrar, se puso rápidamente en pie. Y trató de excusarse.

–Bones yo…

El aliento de Jim se cortó cuando su amigo avanzó hacia él y le abrazó con fuerza. El repentino gesto sorprendió tanto al capitán que tardó varios segundos en reaccionar y devolverle el gesto.

–Niño tonto– dijo el médico sin soltarle, y con un tono sin ápice de ironía–. Si no te sentías bien debías habérmelo dicho.

–Lo siento– murmuró Jim.

El agarre de Leonard no se aflojó y, poco a poco, Jim se relajó en los brazos del hombre. Cuando el médico estimó que el ánimo del capitán se había sosegado, se separó de él para contemplarle.

–Yo también Jim.

Sabiendo que nada más necesitaba ser dicho, ambos amigos se sentaron en la mesa que Spock ya había dispuesto. Los platos no tardaron en ser replicados y la cena se inició.

Jim iba a dar un segundo bocado a su sándwich cuando Bones dejó junto a su plato un pequeño frasco con un líquido transparente.

–Son tus vacunas. De esta forma tardarán unas horas de más en completar su función pero lo harán antes de que lleguemos al planeta.

Tomando el frasco, Jim miró con agradecimiento al médico.

–Gracias Bones, de verdad


NOTA: Buenas! Perdón por el retraso pero es que mi familia ha ganado un miembro más, y cuya llegada esperábamos para dentro de tres semanas. Estos días he estado algo ocupada disfrutando de mi pequeña sobrina! :D

Poco a poco seguiré con todas las historias y alguna que otra cosilla que ya tengo en mente. Muchas gracias por continuar leyéndome, por vuestros mensajes, que a los últimos no he podido responderos, pero que os los agradezco de verdad, y por todo el apoyo.
Un abrazo!