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ஜ۩۞۩ஜ CAPITULO 23 ஜ۩۞۩ஜ

Vieron un caballo desconocido nada más llegar y el pánico se apoderó de Candy. Alguien había llegado a la cabaña y se encontraba dentro, con Anny y la pequeña.

—¡Dios mío, Terry! —exclamó.

—Tú quédate aquí, no entres —le ordenó.

Desmontó del caballo y sacó el revólver de su funda. Se aproximó con determinación y abrió la puerta despacio, entrando luego en la cabaña con el arma preparada.

Candy lo observó desaparecer en el interior y supo que no podía quedarse quieta esperando a que aquello se resolviera.

Desobedeciendo a Terry, saltó del lomo de Fuego y lo siguió sin ninguna precaución.

Al entrar, casi chocó con la fuerte espalda del vaquero, que estaba parado en mitad de la sala, mirando fijamente a alguien. Candy, horrorizada, siguió la trayectoria de sus ojos hasta que se encontró con una imagen que la llenó de un pánico irracional.

A unos pasos de ellos, un joven moreno sostenía con fuerza a Anny delante de su cuerpo, amenazando su cuello con un enorme cuchillo.

—¡Qué bien! —exclamó el chico al verla, riéndose con suavidad—.Ya estamos todos.

Su voz destilaba veneno. Con una sola frase, aparentemente inocente, había conseguido que Candy se estremeciera de terror. Aquella risa transmitía la locura de un hombre que había matado a sangre fría y sin sentir ningún tipo de remordimiento. Había asesinado a Charlie y a Tony, estaba convencida. Y el brillo de aquellos ojos desquiciados manifestaba sin lugar a dudas que deseaba seguir matando.

Candy buscó a Huyana con la mirada, desesperada. Respiró aliviada cuando vio a la niña tirada en un rincón de la sala, atada de pies y manos, pero viva.

—Tira tu revólver, Graham, o le atravieso la garganta.

Terry, sin apartar ni por un segundo los ojos del joven, obedeció. Lanzó la pistola lejos de su alcance.

—Neal Hurt —siseó, ya repuesto de la sorpresa—. Debí imaginar que eras tú. Cuando abandonaste la búsqueda y te alejaste de nuestro grupo fuiste tras las mujeres. Tú sabías dónde encontrarlas —el joven sonrió con arrogancia ante sus acertadas deducciones—. Y además te molestaste en borrar sus huellas y dejarnos pistas falsas para dificultarnos nuestra misión.

—No podía permitir que las encontrarais antes que yo—respondió.

—¿Por qué mataste a Charlie y a Tony? —preguntó Candy sin poder contenerse. Era incapaz de concebir que alguien poseyera un corazón tan negro.

Neal echó la cabeza hacia atrás y soltó otra de aquellas carcajadas dementes.

—¿Esos dos incompetentes? No me servían ya para nada. Y me gusta matar gente... —bisbiseó, inclinándose sobre el cuello de Anny para lamerla con golosa delectación.

Anny gimió y sollozó de terror. Se aferraba al brazo de Neal para evitar que el filo del cuchillo se hundiera en su carne, pero notaba que si él se decidía, no podría sujetarle. Aquel muchacho era mucho más fuerte de lo que aparentaba.

Candy aprovechó que la atención del joven se repartía entre el cuello de Anny y la figura amenazante de Terry para correr junto a Huyana.

—¿Qué haces? ¡No te muevas, mujer, o tu amiga morirá de un tajo!

—Solo quería comprobar que la niña estaba bien —se excusó Candy, abrazando a la pequeña.

—¡No te muevas de ahí! —insistió, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

—¿Qué quieres, Neal? —preguntó Terry, con un tono engañosamente suave.

—Llámame Knife, mis amigos me conocen por ese nombre.

—Tú no tienes amigos —aseveró el vaquero.

—Cierto —otra risa enloquecida—. Me termino cansando de ellos y tengo que matarlos a todos.

—¿Qué es lo que quieres? —reiteró Terry, dando un paso hacia él.

Candy miraba a su esposo y se sorprendía de que pudiera aparentar tanta calma. Pero todo era fachada. Pudo notar la tensión que gobernaba su cuerpo; de él parecía emanar una poderosa energía, como si fuera un animal al acecho a punto de saltar sobre su presa. Sus ojos zafiros no se separaban de los del joven Neal, atento a cada uno de sus movimientos.

—Quiero mi oro. Y quiero que estas dos mujeres mueran, porque me han quitado algo que era mío...

—¿Te refieres a la niña? —el tono de Terry era cada vez más amenazador—. La niña nunca fue tuya, cometiste un grave error.

—Es su última oportunidad. Si la mocosa no me dice dónde está el oro, acabaré con todos vosotros, empezando por esta tierna palomita... ¿es eso lo que quieres, asquerosa india? —preguntó de pronto elevando la voz y girándose hacia Huyana, sin soltar su presa.

La niña le devolvió una mirada llena de pánico. Candy la sintió temblar y la estrechó con más fuerza.

—No puedo... —susurró Huyana—. No tengo fuerzas.

Candy no supo a qué se refería. Hasta que se percató del afán de la niña por concentrarse y asistió al increíble espectáculo de sus ojos obstinados en alcanzar un color claro de luna... ¡Intentaba usar su poder para liberar a Anny! Pero estaba muy débil y no conseguía enfocar su energía. Simplemente, ya no le quedaban fuerzas.

—¡Habla, maldita india! —chilló Neal, pensando que sus palabras aludían al hecho de que no podía confiar ese secreto a nadie—.Tienes cinco segundos antes de que la sangre de esta mujer te salpique la cara. La destrozaré, y luego os mataré a todos.

Terry hizo un amago por alcanzar su revólver, pero Neal lo vio por el rabillo del ojo y apretó con fuerza el filo del cuchillo contra el cuello de Anny, consiguiendo que la sangre brotara de su piel.

—Cinco... —empezó su cuenta atrás.

—Huyana, ¿recuerdas la promesa que me hiciste en el bosque?—preguntó Candy con otro susurro.

—Cuatro...

—¿Cuál?

—Tres...

—La de no volver a hacerme «aquello»...

—Dos...

—Pues rómpela y hazlo —exclamó, tomándola con fuerza de la mano—. ¡Hazlo!

—Uno...

Todo ocurrió muy deprisa. Los ojos de Huyana se aclararon y resplandecieron con un brillo plateado mientras Candy sentía que todo le daba vueltas y las fuerzas le abandonaban.

Neal rugió su frustración al comprender que aquella mocosa no iba a revelar el paradero del oro, ni siquiera por compasión, y apretó el mango de su cuchillo relamiéndose antes de degollar a su víctima.

Pero sucedió lo inesperado. El cuchillo salió volando, escurriéndose de entre sus dedos. Se precipitó con fuerza contra la pared de madera, calvándose en ella, momento en el que Anny aprovechó para propinarle un fuerte codazo en las costillas y deshacerse de su abrazo.

Corrió junto a Huyana y Candy, que se había dejado caer en el suelo y notaba que le faltaba el aire y los ojos se le cerraban...

—Ahora solo quedamos tú y yo —espetó Terry, retándole con la mirada.

Neal sonrió confiado, despreocupado.

—¿Sabes contra quién te enfrentas? —preguntó, recuperando su sonrisa demoníaca ante la excitación del duelo. Jamás había perdido uno, y matar a ese vaquero engreído le iba a reportar una lujuriosa satisfacción.

—Contra un asesino.

Candy observó a su marido entre brumas, apenas podía enfocar la vista. Huyana ya la había soltado, pero no conseguía respirar con normalidad. La niña le había absorbido bastante energía en apenas dos segundos y le iba a resultar muy difícil sobreponerse al vacío que había arrasado su mente y su cuerpo.

Terry avanzó un paso con los puños levantados, pero en ese momento Neal desenfundó su propio revólver a la velocidad del rayo. Era un pistolero increíblemente rápido. Candy notó cómo el miedo lo volvía todo negro, Terry no tenía ninguna oportunidad.

Terry...

Se escucharon tres disparos, separados entre sí por menos de un segundo.

Pero no pudo ver nada más, porque en ese momento, perdió el conocimiento, extenuada.

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Le dolía la cabeza. Las imágenes se sucedían a gran velocidad por su mente y no lograba distinguir nada. ¿Qué había ocurrido? Veía los rostros grotescos de Neal y de Tony, ambos descompuestos en una mueca obscena e inmóvil. Veía la triste sonrisa de Charlie cuando les entregó a la niña. Y acto seguido su cuerpo destrozado, asesinado. Veía el dulce rostro de Anny, arrasado en lágrimas, y una luz mortecina que se le escapaba del pecho y que la iba consumiendo... No, Anny, no. Tienes que reponerte, tienes que curarte, no dejes que ese monstruo te robe las ganas de vivir. Vio los ojos fantasmagóricos de Huyana, la niña sabia, el Hii de su pueblo. La miraban a ella, buscaban dentro de su alma y parecían acariciarla. Sí, sentía aquellos ojos como dedos de yemas ásperas prodigándole la más tierna de las caricias en su mejilla...

—Candy, mi Candy, despierta...

La joven abrió los ojos con dificultad, parpadeando. Cuando logró enfocar la vista, se encontró con la mirada azul de su esposo. Era él quien le acariciaba el rostro con sus dedos, era él quien la observaba preocupado, esperando a que se recuperara.

Candy sujetó la mano que acariciaba su mejilla y se apoyó en ella dando las gracias... ¿por qué? Entonces, de súbito, la memoria se iluminó con todo lo sucedido momentos antes. Candy se incorporó bruscamente, ganándose un poderoso pinchazo en la sien con el gesto, y se abrazó a su esposo con todas sus fuerzas.

—¡Estás vivo! ¡Estás bien! —exclamó, hundiendo la cara en su cuello.

Terry siseó una exclamación ante el ímpetu de su esposa. Se llevó la mano al hombro con gesto dolorido y fue cuando Candy se percató del vendaje que lo cubría.

—¡Estás herido! —exclamó, perdiendo el color de las mejillas.

—No es nada... Ese Neal era muy rápido. Ni siquiera la magia de Huyana consiguió que pudiera esquivar el disparo. Por suerte, fue suficiente para que fallara.

—¡Pero si te alcanzó!

—Sí —coincidió Terry, con una sonrisa de alivio—, pero él apuntaba al corazón, así que...

Candy visualizó lo que podía haber pasado y se estremeció de terror. Volvió a lanzarse contra sus brazos y le apretó con fuerza, sin darse cuenta de que volvía a lastimarlo.

—No me sueltes —le pidió con la voz cargada de emoción.

Terry respiró hondo para soportar el dolor del hombro y le devolvió el abrazo, notando cómo su corazón se henchía ante aquella demostración. ¡Cielos, cómo la amaba! Había sentido un miedo infinito al verla tirada en el suelo de su cabaña, inconsciente. Huyana le había explicado que se recuperaría y de eso hacía ya más de tres horas. Tres largas horas durante las cuales no se había movido de su lado, sentado en la cama, mientras se grababa su bella imagen en lo más profundo del alma.

—¿Y tú? —preguntó preocupado, apartándola para poderla mirar bien a la cara—. ¿Te encuentras bien?

Candy inspiró con fuerza y fue premiada con otro soberbio pinchazo, esta vez detrás de su ojo derecho.

—Me duele mucho la cabeza —reconoció—. Pero estoy muy feliz. ¿Anny y Huyana están bien?

—Sí. Están con Curtis y con el doctor O'Brian en el salón. Ninguno ha querido marcharse hasta cerciorarse de que te recuperabas.

Candy se mordió los labios antes de hacerle la siguiente pregunta.

—¿Qué ha pasado con Neal?

Terry desvió los ojos hacia la ventana y cerró un momento los ojos. Luego volvió a mirarla y le relató lo sucedido.

—Si Huyana no hubiese estado aquí, yo estaría muerto. No sé cómo, una fuerza extraña tiró de mí y me apartó de la trayectoria de la bala. Rodé por el suelo y agarré mi revólver. Me giré veloz con intención de disparar, pero Neal me desarmó con otro disparo. Era endemoniadamente rápido. Por fortuna, otro disparo llegó desde la puerta y Neal cayó ante mis ojos, muerto.

Candy no daba crédito.

—¿Quién...?

—Fue Curtis, Candy. Al parecer, cuando llegó al pueblo descubrió que se había armado un terrible revuelo. Habían encontrado a Patience, la mujer de Neal, muerta en su cabaña. Alguien la había degollado. Y el viejo siempre ha tenido una intuición muy certera. Su primer impulso fue venir aquí para ver si todo estaba en orden. Y, por fortuna, llegó justo a tiempo.

Candy pensó en la flacucha Patience. Siempre le había parecido una chica con muy poco espíritu, pero, aparte de eso, era una buena persona. Durante el viaje hasta Loan's Valley habían hablado en muchas ocasiones... No se merecía aquel final, pobre Patience.

Terry observó su gesto conmocionado por aquella información y volvió a abrazarla. Candy apoyó la mejilla contra su pecho y cerró los ojos, abandonándose a la increíble sensación de estar a salvo en los brazos de su esposo. Todo había pasado, por fin aquella locura había terminado.

Unos tímidos golpes en la puerta llamaron su atención y se separaron. Candy no hubiese querido soltarlo por nada del mundo, necesitaba desesperadamente su calor, pero comprendía que los que aguardaban en el salón estaban preocupados por ella.

—Adelante —dijo Terry, levantándose de la cama.

Curtis, Anny, Huyana y el doctor entraron en el dormitorio, buscándola con la mirada.

—Hemos oído voces —se disculpó Anny por la interrupción, siempre tan sensible.

—¿Te encuentras bien, muchacha? —preguntó Curtis. Candy le miró frunciendo el ceño —lo que le originó otro doloroso latido en la sien—, y el patrón cayó en la cuenta—. Candy —rectificó, con una sonrisa en los labios—, ¿te encuentras bien?

—Tengo un insoportable dolor de cabeza, pero sí, por lo demás, estoy de maravilla —suspiró y miró con cariño el rostro de Huyana—. Por fin estás a salvo, pequeña.

—Anny nos ha contado lo ocurrido —explicó Curtis.

—Es algo inconcebible —dijo el doctor, mirando una vez más la feas heridas del rostro de su amiga—. Un hombre maltratando de esa manera a una mujer...

—¿Les has contado todo... todo? —se extrañó Candy. Intuía que a Anny le habría costado sincerarse y relatar los horrores a los que la había sometido Tony.

—Todo —corroboró la propia Anny, con el rostro enrojecido por el bochorno.

—No debes avergonzarte, Annie —indicó Curtis, volviéndose hacia ella—. No has hecho nada malo y no merecías ese trato. Solo lamento que no pudieras contármelo antes, porque yo mismo le habría dado su merecido a ese mal nacido. Y en cuanto a Neal Hurt... Bueno, ahí lo tengo fuera. No lamento haber tenido que matarlo. Lo llevaré junto a su amigo Tony y los enterraremos juntos, para que se hagan compañía en el infierno.

Tras esas palabras, a Candy le recorrió un desagradable escalofrío por la espalda.

—Yo te ayudaré, Curtis —se ofreció el doctor—. Es decir, si por aquí no se necesitan más mis servicios...

Terry se tocó el hombro y Candy supo que el buen doctor le había curado el rasguño de la bala mientras ella estaba inconsciente.

—¿Candy? —preguntó O'Brian, mirándola fijamente.

Ella cayó en la cuenta de que estaba esperando por si lo necesitaba.

—¡Oh, gracias, doctor! Pero estoy bien. Excepto por un dolor tremendo de cabeza, me encuentro perfectamente.

—Luego te acercaré unas hojas de amapola y un poco de melisa para que te prepares una infusión. Te vendrá muy bien después de todo lo que has pasado.

—Muchas gracias —dijo ella.

—Iré con vosotros —anunció Terry, encaminándose hacia la puerta—. Os ayudaré con los cadáveres y luego pasaré por su casa, doctor. Yo mismo le traeré las medicinas a Candy.

Se acercó a ella y le dio un rápido beso en los labios que la dejó con ganas de más. Candy sintió un terrible vacío interior cuando su esposo abandonó la habitación en compañía de los otros dos hombres. Pero enseguida, la pequeña Huyana se acercó a ella y se sentó a su lado en la cama.

—Gracias por rescatarme —le dijo, mirándola con aquellos ojos increíbles que ya habían recobrado su habitual tono violáceo.

—Cualquiera hubiera hecho lo mismo.

—No, cualquiera no. ¿Te duele mucho? —le preguntó, tocándole la frente con un dedo.

—Parece que alguien me ha estado golpeando el cráneo con un saco lleno de piedras —reconoció Candy, masajeándose las sienes.

Huyana se puso de rodillas para que su rostro quedara a la misma altura que el suyo.

—Ven —susurró—, acércate.

Estiró los brazos y retiró los dedos de Candy de la frente para poner ella sus manos. Comenzó a mover los deditos despacio, masajeando al tiempo que comenzaba un cántico ritual de su tribu. Su voz, que había descendido un par de tonos por la concentración, sonaba ligeramente ronca y resultaba sobrecogedora. Poco a poco, el dolor de Candy fue remitiendo, hasta que en su mente solo quedó aquel cántico dulce y sereno.

Anny, desde la puerta, observaba la escena y se sentía parte de ella de alguna manera. La canción de la niña llegaba hasta sus oídos y se permitió el lujo de apropiarse de una porción de aquella magia antigua y ancestral. Bebió de aquellas palabras desconocidas, de aquel tono grave y sedoso que penetró por cada poro de su piel. Era como una medicina para su alma y supo que estaba presenciando uno de los milagros de aquel ser maravilloso. A pesar de haber expuesto su vida, se alegraba con todo su corazón de haber hecho caso a su amiga y haberla acompañado para rescatar a la niña. Era lo mejor que había hecho nunca.

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Un grupo de vaqueros se acercó a ellos cuando descargaban el cadáver de Neal Hurt, en las afueras de Loan's Valley.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Samuel Grant, desmontando de su caballo.

—Al parecer este chico no era quién decía ser. Sin duda fue el que asesinó a Patience —comentó el patrón.

—¡Qué malnacido! —se lamentó otro de los hombres.

—Primero Tony y ahora Neal —comentó otro con pesar. Un pesar que ni Terry ni el patrón compartían.

—Eran malas personas —aclaró el doctor O'Brian—. Neal era un asesino y Tony maltrataba a su mujer.

El viejo se fijó en que Bob Wyatt se encontraba entre el grupo de curiosos que se había acercado hasta ellos. Y también observó cómo le clavaba sus mezquinos ojos a Terry.

—Bob —le preguntó de pronto—, ¿era este hombre el que te atacó y te clavó la navaja en el hombro?

Curtis aún recordaba la primera conversación que tuvo con Wyatt, cuando le había comentado que el individuo con el que tuvo aquella confrontación no estaba en Loan's Valley y que ni siquiera había llegado a entrar en el pueblo. Pero, después de lo ocurrido, ya no se fiaba de nadie. Tal vez el carácter violento de Neal atemorizó a Bob en extremo y por eso prefirió no confesar que había sido atacado por el joven.

—No, Curtis —contestó Bob, sin dejar de echar furtivas miradas hacia Terry—. Me hirieron antes de llegar —reconoció, reiterándose en su primera versión. El viejo era muy listo y no podía ponerse en evidencia cambiando la historia que había contado en un principio.

El patrón asintió mientras sus ojos azules estudiaban la nerviosa expresión del vaquero. ¿Por qué no dejaba de mirar a Terry?

Este, si se percató del escrutinio al que le sometía Bob, no dijo nada. Y eso extrañaba a Curtis. ¿Acaso Candy no le había comentado el incidente que tuvo con ese hombre durante el baile? El patrón recordaba la cara pálida de la joven y la fuerza con la que sujetaba el tenedor entre sus dedos, como si estuviera dispuesta a utilizarlo como arma si llegaba a ser necesario. Sin duda, Candy estaba a la defensiva y Bob la atemorizaba. ¿Por qué no le había contado nada a su esposo?

Sussy tampoco había podido averiguar nada acerca de aquel individuo. Salvo que era un maleducado, que su aseo personal dejaba mucho que desear y que sus chicas se estaban empezando a cansar de sus brutales modales en la cama.

Curtis observó unos segundos más a Bob con el ceño fruncido, intentando leerle la mente. Pero era inútil. Aquel rostro grotesco solo transmitía oscuridad y contagiaba de un incómodo malestar a todo aquel que se encontraba cerca de su persona. El viejo resopló de impotencia antes de que su cabeza regresase a la tarea que se traían entre manos.

—Enterradlo junto a Tony —ordenó Curtis a los vaqueros. Luego, se volvió hacia Terry—. Ve a descansar y luego devolved a esa niña con su familia. No quiero más problemas; para ser un rancho tan pequeño, creo que ya hemos sobrepasado el límite por este mes.

CONTINUARA