C25
Era una bochornosa noche de Febrero cuando las luces de la ciudad de Milán se apagaron por completo. Casas, edificios, restaurantes, calles, hospitales. Todo había quedado en una oscuridad total debido a una bomba detonada cerca de la empresa encargada de suministrar energía eléctrica. Algunos habitantes juraban haber escuchado el estruendo, a pesar de que ésta industria se hallaba retirada de la urbanización, otros permanecieron encerrados en su domicilios mientras que otros, curiosos, salieron de ellos para buscar una explicación a lo sucedido.
TK no tenía ni diez minutos de haber llegado a su departamento cuando ocurrió el apagón. Desafortunadamente su celular tenía un 20% de batería y su laptop iba descargada. Maldijo no haberlo hecho en París antes de emprender el viaje. Abrió el refrigerador para sacar una cerveza y fue a sentarse al sillón mientras la bebía tranquilamente. Recordó algunas noches de verano en Alemania cuando vivía con Kari y también, por la noche, se había ido la electricidad en su edificio. Añoraba esos momentos en donde la tenía acostada en sus piernas, acariciando su suave cabello color chocolate y riéndose del Profesor Jackman que les daba Comunicación social cuando imitaba al personaje de Robin Williams en la película Papá por siempre. Se preguntó si esas noches volverían pronto; extrañaba a horrores a su amada novia y moría de ganas por firmar ese compromiso de amor para toda la vida.
¿En qué momento el mundo se había convertido en una mierda?
Y mientras daba el último trago a su bebida escuchó el timbre sonar desesperadamente. Se preguntó quién podría ser a esa hora, ya que había toque de queda en la ciudad y la mayoría de las calles eran bloqueadas por militares y policías federales. Se levantó y al asomarse por el ojillo de la puerta miró a una joven, rubia, llevaba el maquillaje de los ojos corrido, y tenía aspecto desesperado. Se lo pensó dos veces pero finalmente abrió la puerta.
— ¡Gracias! —exclamó ella, empujándolo para entrar. TK la observó sorprendido mientras la chica inspeccionaba el departamento, quizás en busca de alguien más.
— ¿Qué te pasó?
— Me vienen siguiendo —Takeru arqueó una ceja poniendo una expresión preocupada en el rostro y la chica respondió rápido—. No, no, no. No estoy involucrada en problemas legales ni tengo droga. No voy a causarte problemas. No me persiguen por lo que crees —TK suspiró y cerró la puerta.
— Te voy a preparar un té. Te ves pálida —fue hacia la cocina y ella lo siguió. Se sentó en una silla del pequeño antecomedor mientras él ponía agua en la cafetera—. ¿Cómo te llamas? —la joven, de ojos almendrados, largo cabello de un rubio dorado y piel aperlada, se cubrió el rostro para que no la viera llorar. Takaishi se quedó de pie sin saber si acercarse a abrazarla o simplemente dejarla que se desahogara. Para su fortuna la cafetera sonó y preparó la bebida dejándola frente a ella y sentándose en la mesa.
— Lo siento —respondió, limpiándose las mejillas—. Estuve corriendo mucho tiempo, tenía tanto miedo —Takeru asintió y ella le dio un trago a su té sin importarle quemarse la lengua. Sus labios se pusieron rojos al igual que sus mejillas y las manos no dejaban de temblarle—. Mi nombre es Ishida. Provengo de una familia musulmana, mi padre me vendió a un señor… —se le quebró la voz y se tapó la boca. TK se levantó para ir por servilletas y le ofreció una—. Le pagó mucho por mí y nos encontramos en una situación económica nada favorable.
— Debe ser terrible —murmuró él y la chica lo miró a los ojos y luego volvió a beber de su té.
— Tengo 22 años y sigo siendo virgen. Por lo cual podrás imaginarte qué tan grande es mi precio —se hizo un momento de silencio en el que Takeru intentaba imaginarse semejante crueldad. ¿Cómo era posible que un padre le hiciera eso a su propia hija por dinero? La chica pareció despreocupada de que él fuera a juzgarla o lastimarla y siguió hablando.
— Vine con él a Italia porque aquí veríamos al cerdo que durante dos meses ha vivido acosándome sexualmente para concretar el trato y luego volver a Marruecos a casarnos —Ishida no aguantó más y estalló en llanto. Se cubrió nuevamente el rostro con una servilleta y TK le acarició el cabello intentando calmarla.
— Tranquila. Aquí estás bien, yo no voy a dejar que te lleven.
— El imbécil entró a mi cuarto de hotel… —murmuró entre sollozos—. Quería consumar el matrimonio antes de… —hizo una pausa—. Lo golpee con el teléfono. Cayó ensangrentado y salí corriendo pero luego me siguieron unos oficiales y no tenía dónde esconderme —se formó un profundo silencio hasta que el rubio habló.
— Puedes quedarte cuanto sea necesario, no creo que vayan a encontrarte aquí.
— ¿De verdad? —él asintió y le regaló una encantadora sonrisa. Un par de lágrimas resbalaron el rostro de ella y TK las limpió con sus nudillos—. Te prometo que no voy a ser un estorbo. Puedo trabajar y…
— Nada de eso. Por ahora necesitas descansar —en ese instante la electricidad volvió y las luces del departamento fueron encendidas. Entonces Takeru notó que aquella jovencita era aún más bella de lo que la escasa luminaria le había permitido ver. Tenía un moretón en la mejilla izquierda y debajo de esos ojos cansados y manchados se escondía una mirada inocente. Su complexión era similar a la de Kari por lo cual no pudo evitar sonreír mientras la observaba haciendo que se sonrojara—. Lo siento, es que… me recuerdas a alguien.
— ¿Tu novia? —el rubio simplemente sonrió y se mojó los labios.
— Ven, necesitas darte un baño.
Febrero estaba casi llegando a sus últimos días y mientras yo permanecía encerrada en mi departamento. La situación se había complicado bastante tras tres atentados en Central Park. Caminar por Nueva York jamás se había vuelto tan peligroso. Todo lo que esa ciudad representaba ahora se veía perdido. Las personas iban mirando a otras, pendiente de sus acciones, pues temían que fuera algún loco que sacara un arma o una granada para atacar. Las nevadas habían cesado pero la mejoría que eso traía consigo en la ciudad ya no existía. Las calles eran oscuras, grises, por las cuales no se antojaba andar.
Mi rutina consistía en pasar al menos una noche a la semana con Davis. Trabajaba desde mi casa para el blog y la revista en línea del periódico. Cada mes llegaba mi cheque y le pedía a mi compañero pelirrojo que fuera a surtir despensa por mí, pues sólo estar en la acera afuera del departamento me causaba ansiedad. Los servicios nos habían sido reducidos, ya no gozaba de la misma cantidad de agua y pasadas las 9:00pm simplemente dejaba de salir de los grifos. La electricidad seguía igual aunque los apagones eran más frecuentes y había ocasiones en que duraban más de siete horas. Nuestros planes móviles habían sido ligeramente modificados, limitándonos en el uso del internet, así como en casa, por lo cual hacía más de tres semanas que no tenía una video llamada con TK. Nuestra comunicación consistía básicamente en mensajes de texto y una llamada al día. Un par de veces, tras colgar con él, había sido presa de un ataque de histeria y comencé a quebrar y tirar todo a mi paso hasta irme a tirar a la cama. Estaba enojada, muy enojada, y aún no terminaba de entender que me hallaba en una guerra. Que esto era un infierno que sería narrado generación tras generación, harían películas y escribirían libros sobre los sucesos.
Una cálida tarde de domingo no resistí más estar en mi pequeño rincón. Me di un baño y fui rumbo al aeropuerto JFK. Si bien, los vuelos aún permanecían cancelados, las instalaciones seguían abiertas al público como si fuesen centros comerciales. Aquél día decidí ponerme un vestido negro, sencillo, de tirantes y largo hasta arriba de la rodilla. Un suéter rojo y botines cafés. Me maquillé como hacía mucho no hacía, tomé mi bolsa y fui hacia allá, sintiéndome inmediatamente relajada y alegre al sentir el sol invernal sobre mi piel. El metro subterráneo había cambiado muchísimo. Estaba lleno de vagabundos y ratas, y ni siquiera se podía respirar estando ahí pues la peste quemaba la garganta. Compré mi boleto y me dirigí al andén que para mi fortuna ya estaba ahí el vagón que me llevaría tres estaciones hacia delante, rumbo a mi destino. Me quedé de pie junto a la puerta y de reojo observé a las personas. Muchos vestían chalecos antibalas sobre su ropa, otros tenían ojeras que parecía maquillaje de Halloween, mujeres cargando crucifijos, rosarios y rezando plegarias, pero todos con un común denominador denotado en sus ojos: miedo.
Un escalofrío me recorrió la espalda y al llegar a la siguiente estación un grupo de militares abordó. Los seis hombres subieron portando sus armas largas y pidiendo a las personas su identificación. Cuando llegaron al vagón donde me hallaba yo saqué mi ID de la bolsa. Un joven, de piel blanca, ojos azules y cabello castaño, se acercó a mí y le extendí mi identificación aunque por unos segundos no quitó su mirada de mi rostro. Su arma estaba a centímetros de mi cuerpo, la tenía sujeta en un brazo, atada a su torso, y tras chequear que fuera yo se quedó mirándome. Me intimidaba.
— Tú eres reportera del Times —afirmó. Su voz era gruesa y varonil. No aparentaba más de treinta años. Asentí simplemente—. Me gusta tu blog. Sigue escribiendo, Yagami —fruncí el ceño sin entender del todo lo que estaba sucediendo y él me devolvió el ID. Siguió su recorrido por el vagón sin esperar a que dijera algo.
Decidí no darle más importancia al asunto y para cuando reaccioné ya estábamos llegando a la parada del JFK. Me bajé apresurada y troté hacia las escaleras eléctricas. El grupo de civiles se había quedado adentro del metro y honestamente yo no quería relacionarme con nadie. Salir del subterráneo y respirar el aire limpio fue un alivio. Caminé un par de cuadras hasta llegar a la entrada principal.
El aeropuerto que tanto me gustaba ahora era todo menos eso. Los espacios de las aerolíneas estaban cerrados, el pasillo principal, aparte de estar atascado de personas, se había convertido en un espacio para vendimia. Habían carteles colgados del techo que dibujaban personas abrazándose, promocionando la paz mundial. La mayoría de los que estaban ahí eran los chicanos, latinos y asiáticos. Se me escapó un suspiro de resignación y comencé a caminar rumbo al área de la comida. Dior, Armani, Lacrose, Oscar de la Renta… todas las tiendas en el área Groom permanecían cerradas, descuidadas. Ya no se veían los Rolex de oro en las vitrinas ni los costosos perfumes en aparadores. Seguí caminando, intentando despejar mi mente y me entretuve un rato mirando a las personas que iban y venían despreocupadas. A pesar de que no era más un lugar que funcionaba para conectar personas, países y culturas, el JFK seguía vibrando una magia apacible que nos inyectaba de energía positiva.
Fui hacia el Starbucks, que para gloria y fortuna mía, seguía trabajando. Me formé en la interminable fila que parecía no avanzar. Cinco minutos, diez minutos, quince minutos y yo seguía en el mismo lugar. Decidí marcarle a TK para saludarlo, allá serían las 9:00pm.
— ¿Hola? —contestó Rashida.
— Hola, Rashida. Soy yo. Kari.
— Ah, ¡hola, Kari! ¿Cómo estás?
— Muy bien. Dentro de lo que cabe. ¿Y tú? —la línea se movió un poco hacia adelante.
— Jamás he estado mejor —su entusiasmo me contagió y se me escapó una sonrisa sólo de imaginar esa sensación. TK me había contado sobre la noche que Rashida llegó a su casa y luego de unos días finalmente ella me contó la terrible experiencia—. Permíteme comunicarte con Takeru. Fue un gusto saludarte, Kari.
— Igualmente. Cuídate mucho —se hizo un silencio en la línea y enseguida escuché la melodiosa voz de mi novio.
— Hola, preciosa —me saludó, haciendo que casi se me escaparan las lágrimas—. ¿Cómo estás?
— Estoy muy bien, amor. Vine al JFK a despejarme un rato.
— ¿En serio? ¿Y no es peligroso?
— Pues…
— Hikari.
— Sí lo es. Algo. Pero no te preocupes, no volveré tarde a casa, sólo necesitaba salir y ver gente —escuché un profundo suspiro seguido de un bostezo—. ¿Estás cansado?
— Sí —murmuró con voz ronca—. Estuve todo el día en la oficina. Llegué hace aproximadamente media hora y acabo de darme un baño.
— Te extraño tanto, TK —no quise ponerme melancólica, como cada vez que hablábamos, y cambié de tema inmediatamente—. Y bien, ¿cómo van las cosas por allá?
— El trabajo sigue, si es a lo que te refieres. Hoy me enteré que les pidieron a dos hombres de otro departamento enlistarse.
— ¿Para el ejército?
— Sí.
— Oh —me quedé callada ante la preocupación de que a él fueran a pedirle algo similar.
— Descuida, amor. No pienso aceptar si me lo piden y no pueden obligarme.
— Aún así tengo miedo.
— No, Kari. No quiero que lo tengas. Mejor dime qué estás haciendo ahora mismo —me limpié con la mano un par de lágrimas y me aclaré la garganta.
— Hago fila para comprar un café moca con crema batida y chocolate.
— ¿Del Starbucks?
— Sí.
— Extraño esas cosas. El único café aquí es el de la cafetera. Me muero por volar hasta allá y comprar uno —sonreí al imaginármelo desesperado.
— ¿Crees que falte mucho para que reanuden vuelos? No me imagino la saturación que tendrán las aerolíneas y el costo que tendrán los boletos.
— Sea lo que sea podré pagarlo. Cualquier cosa por verte. Y aún no lo sé, no nos han dicho nada aquí sobre eso —la fila avanzó aún más y ésta vez fui yo quien suspiró.
— ¿Tus papás cómo están?
— Bien. Hablé con mamá ayer. Sigue insistiendo en que vuelva con ellos a Paris —enseguida un grupo de jóvenes se salió de la línea haciendo que fuera yo la próxima en ordenar.
— Amor, te colgaré por ahora. Prometo marcarte…
— En la mañana. Tu noche. Yo te hablo.
— Ok —sonreí como idiota al aparato que sostenía en mis manos—. Te amo, TK. No lo olvides.
— Nunca lo haré. Te amo más, amor mío —tras esto colgué la llamada y estuve a punto de ordenar cuando alguien se acercó a mi lado y me dio una palmada en el hombro. Al voltear me topé con el mismo militar que me había pedido el ID en el metro. Sostenía dos vasos de café en la mano y me extendió uno.
— Café moca con crema batida y chocolate para Hikari —lo miré desconfiada y él sonrió—. Escuché cuando lo dijiste mientras hablabas. Lo siento, soy un entrometido.
— No, está bien, yo…
— ¿Va a ordenar, señorita? —me preguntó el cajero quien me miraba impaciente. Negué con la cabeza simplemente y tomé el café que el joven de ojos azules me ofrecía.
— Soy Adam Garner. Mucho gusto.
— Mucho gusto, Adam. Soy Hikari, pero puedes decirme Kari. Gracias por el café —me sentía algo incómoda a pesar de que el ya no portaba su arma. No me quitaba sus bonitos ojos de encima y eso me hacía sentir torpe. Le di un trago al café saboreándolo en la boca.
— Ven. Camina conmigo —sin decir nada más, comenzó a caminar nuevamente por el pasillo central. Lo seguí, manteniendo cierta distancia a su lado, y mirando hacia el frente—. No eres de aquí, ¿verdad?
— No.
— ¿De dónde eres?
— Nací en Odaiba, luego viví en Alemania y acabo de mudarme hace unos meses.
— Debes pensar que estoy loco pero cuando te vi en el vagón me pareciste un ángel en medio de ruinas. Y luego te vi formándote en la línea y supe que no era coincidencia por eso me atreví a hablarte. Espero no te ofendas —sonreí, sintiéndome un poco halagada.
— Admito que es un poco extraño —Adam le dio un trago a su café y seguimos caminando—. Así que… ¿un ángel?
— Sí, bueno… —sus mejillas se sonrojaron—. Eres muy bonita. Y verte en medio de vagabundos y drogadictos… no encajas mucho ahí —me eché a reír sintiéndome nerviosa.
— Créeme que soy todo menos un ángel.
— Pues eso me gustaría conocerlo —dijo, poniéndose de pie y mirándome de frente. Mis piernas temblaron y mi corazón se aceleró. Éste chico, mejor dicho, éste militar frente a mí estaba coqueteándome y yo lo permitía. ¿Qué rayos estaba pasándome?
— Cuéntame sobre ti. ¿Llevas mucho en el ejército?
— Casi siete años. Me enlisté a los 20, viví un tiempo en Singapur, de ahí me mandaron a Iraq y luego acá. Llevo un año viviendo en Nueva York.
— Wow, eso suena importante. ¿Y te gusta lo que haces? —él sonrió y le dio otro trago a su bebida. Volvió a retomar el paso y lo seguí.
— ¿Te refieres a matar gente? —sentí mis mejillas arder y sólo se me ocurrió tomar de mi café. Adam se echó a reír—. Está bien, no me molesta. Me lo han preguntado tantas veces que ya es algo normal —hizo una pausa para tomar aire y continuó—. No me enlisté porque deseara matar personas, de hecho eso es lo último para lo cual nos entrenan. Yo quise formar parte del ejército porque siempre me ha apasionado ayudar a las personas, saber que hice algo para cambiar sus vidas de por vida —sonrió, mostrando su perfecta dentadura blanca—. Y pude ser médico pero acá entre nos, me desmayo al ver sangre —susurró esto último en mi oído haciéndome reír. Me sentía cómoda a su lado a pesar de que él imponía respeto y hasta cierto punto un poco de miedo al llevar su uniforme verde—. Entonces, ángel… ¿aceptas cenar conmigo ésta noche para conocer tu lado demoniaco? —sonreí sintiendo mis mejillas arder y bajé el rostro mordiéndome el labio.
— Sí. Acepto.
De vuelta en México, pero no por mucho tiempo...
Un capítulo relativamente largo jaja me agarró la inspiración, espero lo disfruten :p y GRACIAS, GRACIAS, MIL GRACIAS por sus reviews!
