Muchas gracias a Ivette por su ayuda con este capitulo!
Disculpen cualquier error historico que pueda haber aquí.
+++~~~* HETALIA! Las Crónicas de México! *~~~+++
Cuando se dio la noticia de que el pueblo de Dolores se había levantado en armas, Antonio estaba sentado en su escritorio, cabeza colgando y manos temblando, como si intentaran tomar lo intangible. Y cuando le dieron la notica personalmente, el español no dijo nada por un largo rato. No dijo nada porque ya sabía perfectamente quién, cómo y porqué, y sabía cómo tenía que lidiar con ellos si no quería perderlos.
El mensajero que le trajo la noticia esperó, pero muy pronto el español se puso de pie, cabeza aún baja. "Informa a todos los generales leales al virrey" dijo, voz temblorosa "A partir de ahora, toda y cualquier persona aliada con los insurgentes será arrestada y fusilada"
"Sí, señor"
"Y diez mil pesos a quien me traiga las cabezas de Hidalgo y Allende"
Después de comenzar el movimiento, los hermanos se separaron. Mercedes se fue al norte para intentar empujar las insurgencias ahí, mientras que Xochitl se fue al sur, no solo a buscar la ayuda de su gente sino también para convencer al resto de las colonias de independizarse. Juan y María se quedaron al frente del ejército insurgente.
Juntos, viajaron a todas las ciudades que pudieron, liberándolas de los realistas y uniéndolas a su causa, y todo parecía estar bien y yendo conforme al plan.
Al menos eso parecía. Más pronto de lo que creyeron, las cosas se fueron al demonio.
De la nada, todas las batallas parecían ser más y más difíciles, todos los soldados más y más fuertes y todos sus aliados más y más débiles. Y casi no había doctores o armas. Y casi no había dinero ni municiones.
Pero pronto, algo pasó que ayudó a su situación. El día del 30 de octubre.
En su camino a la capital, para al menos intentar hablar con el virrey, tuvieron que desviarse para ahorrar tiempo. Sin embargo, fue en ese atajo por el Cerro de las Cruces, que las tropas virreinales pusieron la última barrera entre los insurgentes y el virrey.
Y frente a las tropas, guiando a los soldados y junto al General, estaba Antonio.
Y Juan sintió que se derrumbaba el mundo.
No estaba listo. No podía enfrentarse a él tan pronto. No en la condición de su ejército ni con tan pocas personas. La mente de Juan comenzó a trabajar al cien, metiéndole inseguridades y miedos a la joven nación.
Sintió la mano de María posarse sobre su hombro y dándole un ligero apretón, calmándolo aunque fuese solo un poco. Tomo una gran bocanada de aire y con los nervios a flor de piel la soltó, haciendo que esta se convirtiera en un suspiro un poco tembloroso. Alejó las inquietudes cuando Hidalgo y Allende se posaron a sus lados, dándole una seguridad que sabía que tenía pero que no podía sacar en ese momento.
Entonces empezó.
Los insurgentes sostuvieron un avance de frente, resistiendo tres descargas consecutivas de la fusilería realista, pero al final termino flanqueando y regreso a sus filas. Juan notó que mientras el ejército realista buscaba socorro del virrey y se le era dado, Allende no se desesperó o al menos no dio señales de hacerlo.
Por órdenes de Hidalgo, Juan se quedó al frente con los hacendados, mientras María cubría la retaguardia a caballo. Comenzó el avance nuevamente y los insurgentes, tanto como los realistas, luchaban valientemente.
Fue entonces que se encontraron. Ojos café se encontraron con el verde olivo de su, ahora, ex tutor. Después de varios minutos de quedarse en silencio, Juan comenzó a creer que Antonio no atacaría, sin embargo, cuando ese pensamiento cruzó por su mente, Antonio se abalanzó contra él, sable en mano, dispuesto a atacar.
El sonido de metal contra metal llenó los oídos del mexicano. Ni los cañonazos ni los gritos ni los caballos lo asustaron jamás así. Ninguno de los dos dijo nada, dejaron que sus armas se encargaran de ello. Y si que tenían mucho que decir.
El español atacaba con certeza, pasión, enojo y rabia, mientras los ataques de Juan eran más por defensa propia que por atacar.
De repente, Antonio le proporcionó una buena patada en el pecho, haciéndolo caer sin ceremonia alguna al suelo mientras soltaba su espada. El mexicano intentó recuperarla, pero el español tenía su arma pegada al cuerpo del menor, desafiándolo a mover si quiera un musculo.
"No eres nada, Juan" comenzó a decir en una voz muy calmada el español "Sin mí, tú no eres nadie. No eres más que un niño" su voz comenzó a subir en tono "Un niño ¡Inútil! ¡Patético! ¡NO ERES NADA!"
Juan no sabía cómo responder a ello, simplemente se quedó petrificado en el suelo. Entonces, Antonio se estremeció, y Juan sonrío levemente. María estaba parada detrás del ojiverde, su sable pegado a su espalda.
"No, Antonio" dijo ella sonriendo "El que no es nada aquí, eres tú" apretó la punta aún más "Suelta tu espada, Antonio, y lárgate, que ya terminamos aquí" alargó una mano, mostrándole el campo de batalla "Tus soldados ya no dan para más, hemos ganado"
Y así fue. A regañadientes arrojó su arma a un lado y se retiró de aquel lugar.
Juan seguía en el suelo cuando María se acercó a él y le extendió una mano para ayudarle "No lo escuches, Juancho"
Pero Juan no podía hacer nada más que eso. Repasar las palabras de Antonio en su cabeza, solo para asegurarse de que en verdad las había dicho, haciéndolo sentir aún peor cada vez que las escuchaba.
"Entonces, ¿Cuál es el siguiente paso?" preguntó María a Hidalgo cuando llegaron al lugar en donde estaban "¿Tomaremos la capital?"
"No, nos retiraremos al Bajío" le explicó Hidalgo "Tomen todas las armas de los españoles que puedan encontrar, después partiremos"
María estaba confundida, pero decidió hacer caso omiso a sus dudas y asintió, corriendo la voz entre los soldados.
Juan todavía no salía de su cabeza.
El virrey se negó a ver o hablar con los Insurgentes. Con razón, después de tal derrota.
Sin más, los insurgentes continuaron su camino, con más armamento y aliados que nunca, y las cosas parecieron mejorar para el movimiento.
Pero Juan sabía, sentía, que las cosas no se iban a quedar así. Antonio no era la clase de persona, o de guerrero, que se rindiera tan fácil, y lo sabía porque lo había visto. Porque era algo que su padre no había aprendido.
Aún cuando las ciudades se rendían sin pelea, al mexicano no se le quitaba de la mente esta idea, y más pronto de lo que se imaginó esas sospechas se volvieron realidad, poco tiempo después de Las Cruces y muchos kilómetros lejos. En Aculco.
Un día de noviembre, mientras los insurgentes se abrían paso, fueron sorprendidos por tropas realistas mucho mejor organizadas que las suyas. Su líder, un tal General Callejas, había corrido con la suerte, mala o buena, de interceptarlos en su camino.
La batalla, aplastante y en extremo contradictoria a sus anteriores victorias, obligó a los insurgentes a separarse y huir. A regañadientes, María se va con Allende, Aldama y Jiménez, y Juan se va con Hidalgo.
No eres nada
Y es en esta separación cuando ambos se dan cuenta de los verdaderos colores de sus líderes.
Varios meses después, cuando al fin se encontraron de nuevo, los hermanos se reunieron en privado, lejos de las tropas y de sus líderes.
"Mataron a todos"
"¿A todos?"
Las manos de Juan temblaban y no podía mirar a su hermana a los ojos. María, frente a él, le sostuvo las manos en un intento de calmarlo.
"A cada español que se encontraron" Explicó el mexicano, voz temblorosa "A todos los mataron, hasta a los inocentes… Y quise hacer algo, pero…"
María le dio un apretón, para que se calmara. "Sé cómo se siente. En… En Guanajuato, mataron a todos los prisioneros de la alhóndiga… No pude decir nada"
Juan miró a su alrededor, viendo a sus 'soldados' de lejos, y suspiró "Nunca quise matar inocentes, Me-Me…" dijo, con pena "Me hace sentir mal…"
"A todos, Temo" Le contestó su hermana "Pero… Estos tiempos de guerra sacan lo peor de uno"
Lo peor de uno. ¿Y si uno no tenía nada bueno? ¿Qué podía sacar la guerra de él?
Esa misma noche, llegó un mensajero con noticias de guerra. A su encuentro venían tropas realistas, lideradas por ese mismo general Callejas que tantos problemas les había dado con su pequeña emboscada. Y también dijo el mensajero que con ellos venía, de parte del virrey, un hombre con hacha en mano.
Y si los hermanos tuvieron miedo antes, ahora lo tenían más.
Junto con los líderes insurgentes, se llegó al acuerdo de no pelear dentro de la ciudad. Usaron el tiempo antes de que llegaran las tropas realistas para salir de la ciudad, a un lugar baldío a insistencia de los hermanos.
Ahí, esperaron a que llegaran sus enemigos. Sin embargo, cuando al fin los vieron acercarse a la distancia, juntos en organizadas filas, con el armamento al hombro y con paso firme, fue que pudieron ver que esto no iba a ser fácil en lo absoluto.
Ambos ejércitos, frente a frente en el campo de batalla, no movieron ni un musculo por un largo rato. Y al fin, con voz firme y estridente, que resonó clara en los oídos de los hermanos, las órdenes de atacar se dieron en ambos frentes y un gran estruendo se oyó. Los pasos de todos los soldados.
Los insurgentes tenían la ventaja. Eran más numerosos, más decididos, y aún con su falta de disciplina podían mantenerse al mismo nivel.
Juan, sin embargo, no estaba tan decidido. Aún con los estruendos de los cañones, los caballos, los gritos, aún podía escuchar en su mente las palabras. Y entre más trataba de olvidarlas, más volvían.
No eres nada
Se detuvo. Su respiración se había acelerado, eses palabras resonando más fuerte que cualquier otra cosa en el campo de batalla. Sus ojos miraron a su alrededor, intentando encontrar algo más allá del caos.
¡No eres nada!
"Basta…"
¡NO ERES NADA!
"¡Basta!"
¡BOOM! Una enorme explosión cubrió todos los sonidos del campo de batalla, cubriéndolo también con una enorme nube de humo y pólvora. El mexicano miró a su alrededor en completo terror, en medio de un mar de oscuras nubes y gritos desaforados de sus propios soldados, igual de desubicados.
Intentó encontrar a alguien, a quien fuera, no sabía qué hacer-
Ahí estaba. Con los ojos llenos de terror, Juan pudo ver de entre el humo un español, un hacha firmemente sostenida en sus manos, que avanzaba hacia él.
No eres nada
El mexicano retrocedió, tan rápido como pudo, pero no sabía dónde estaba en medio de tal nube oscura. Comenzó a desesperarse, a voltear hacia todos lados, buscando algún escape, alguna forma de escapar del inminente golpe del hacha.
Al fin, una apertura entre el humo. Un rayo de luz entre el desastre que esa explosión había causado. Corrió, corrió tan rápido como pudo, pero un sonido lo hizo detenerse y voltear atrás. Si no hubiera sido por sus reflejos, el rápido corte del hacha lo hubiera golpeado, pero la esquivó, cayendo a un lado.
Miró con miedo al portador, el mismo español ojiverde que con tanta rabia lo había atacado antes, pero ahora se veía diferente. Antonio parecía más adolorido por tener que atacarlo que enojado, aunque aún se veía la rabia en sus ojos.
"Levantate" dijo el español "¡Levantate y pelea!"
¿Por qué no simplemente lo atacaba? Estaba vulnerable. ¿Por qué quería que se defendiera?
Se levantó del suelo, sable en mano. Esta vez tenía que atacar, esta vez tenía que ser fuerte, tenía que demostrarle que no lo iba a intimidar. Pero las cosas no debían ser así.
"¡Retirada! ¡Retirada!"
La voz de su general. La podía oír aún a través del estruendo de la batalla. Miró al español, al hacha, y al final a su propio sable. No planeaba quedarse atrás si se ordenaba una retirada, y Antonio no parecía querer atacarlo, así que simplemente lo miró con desdén antes de dar la vuelta y salir de la nube de humo.
Y el español no lo detuvo.
El ejército de los insurgentes se separó y se alejó. Cuando se volvieron a reunir, kilómetros lejos del campo de batalla, fue que se dieron cuenta que muchos habían sido capturados y muchas de sus municiones habían sido destruidas por la gran explosión.
Estaban en desventaja de nuevo.
Hidalgo se separó de nuevo con tropas de su parte, impulsado por la derrota que habían sufrido, y marchó a Zacatecas. Nunca lo volvieron a ver.
Mientras tanto, conforme los hermanos se dirigían al norte, conocieron a varios simpatizantes del movimiento que se les unieron. Ahora, solo debían hacer algo más. Si podían conseguir municiones y armamento del otro lado de la frontera, podrían tener un hilo de ventaja de nuevo.
"Los generales iremos primero, en carruaje" explicó "Y ustedes llegarán después"
Los hermanos se miraron entre sí, algo dudosos. "¿Está seguro de eso, Don Ignacio?" Preguntó Juan "¿No sería mejor que fuéramos nosotros primero? Después de todo, nosotros-"
"Estoy seguro" contestó el soldado "Nuestros contactos no saben quienes son ustedes en realidad y sería mejor que se quedara así"
Los hermanos no discutieron eso. Tal vez así, podrían encontrarse con Mercedes después de que los generales regresaran. Además, no querían ni ver a Alfred ahora.
Los caudillos se fueron, dejando parte de las tropas con los hermanos, otra fracción yéndose con ellos y con López Rayón.
Los días pasaron, y los hermanos recibieron noticias de que los caudillos venían de regreso. Dejaron a las tropas estacionadas donde estaban y fueron a su encuentro donde los habían citado, en Norias de Baján. Fueron en carruaje y de noche, para evitar ser vistos por nadie.
"No puedo quitármelo de la mente, Mari" Dijo Juan, mirando atreves de las ventanas del carruaje. "Algo no está bien"
María, que miraba por la ventana opuesta, podía entender el sentimiento. "No creo que haya sido tan fácil…"
"Exacto. Creo que hay algo más que no-"
El carruaje se detuvo de golpe y los hermanos casi salieron volando. Una vez que encontraron suelo solido, salieron del carruaje. En medio del camino, un gran grupo que parecía ser de bandidos les bloqueaba el paso. Uno de los más altos, con la cara cubierta por una pañoleta, se acercó a Juan en cuanto lo vio salir.
El mexicano se apresuró a tomar su sable, pero fue detenido por solo dos palabras.
"Juancho, espera"
Esa no había sido María. ¿Había sido el bandido? Pero si sonaba como-
"¿Meche?"
En cuanto se descubrió el rostro, el 'bandido' demostró que era en realidad Mercedes. Juan estaba sorprendido. En ropa de hombre no la hubiera reconocido nunca.
"Meche, ¿qué pasó?" Se apresuró a preguntar María, caminando hasta su hermana "¿Por qué nos detienes? ¡Vamos a encontrarnos con-!"
"Fueron capturados"
Juan se apresuró a su lado con rostro lleno de incertidumbre. "… ¿A qué te refieres?"
"Los que los citaron en Norias de Baján no fueron ellos" Explicó la norteña. "Ahí los esperaban los realistas en su regreso de Estados Unidos. Los capturaron hace poco"
Las caras de Juan y María no podían verse más blancas porque Dios es grande, pero bien hubieran podido.
"Recibimos la noticia de la emboscada muy tarde" siguió explicando Mercedes "No pudimos evitarla y los capturaron. Por suerte, pudimos llegar a ustedes antes de que llegaran a Norias"
"¿No…? Eh…" Juan casi no podía hablar. Los caudillos que lo habían guiado este ultimo año bien podrían estar muertos. "¿No quedó nadie de los generales?"
"López Rayón" contestó la norteña "Dice que está dispuesto a tomar el liderazgo en cuanto se encuentren con él. Además…" Sonrió, cómo pudo con las noticias anteriores. "Xochitl me mandó una carta. Dijo que un tal Morelos está guiando la resistencia en el sur y que estará encantado de ponerse en contacto con ustedes"
Al menos eso era un alivio. Pero eso no le quitaba lo triste a la situación.
De nuevo en el carruaje, y ahora con Mercedes, los hermanos se dirigieron a su encuentro con López Rayón y, una vez organizados de nuevo, irían al sur a encontrarse con Xochitl.
En tan poco tiempo ya habían perdido a los que serían sus generales más simbólicos. Solo en un año los habían capturado.
¿Cuánto duraría esta guerra?
CONTINUARÁ
