Día veinticinco: Cita.
El sábado era un día que solían aprovechar para quedarse en casa y descansar, pero ese día era distinto.
Sakurai miró a todos lados del acuario, sonriendo como un niño pequeño ante cada nuevo animal que veía.
Porque ese día, por extraño que fuera, Hanamiya lo había invitado al zoológico, diciendo que su madre le había dado dos entradas. Y Ryō, por supuesto, aceptó. Por eso ahora mismo estaban ambos caminando a través del pasillo de los acuarios, el castaño mirando con fascinación los gigantes tanques y Makoto simplemente leyendo los carteles informativos con desinterés. Fue cuando escuchó el sonido de un obturador desde atrás que miró confundido hacia su novio, quien sólo sonreía inocentemente.
—No se ve su cara, así que pensé que estaría bien tomarle una foto. No tengo muchas fotos de usted, Makoto-san.
—Me ves la cara todos los días, ¿qué necesidad hay de que la tengas también en tu celular?
Ryō no contestó la pregunta, yendo hacia el tanque que llamaba la atención de todos por ser el que dejaba ver los lobos marinos. Sakurai estaba encantado con todo lo que veía, tomando fotos hacia todo y dejando relucir su fascinación oculta para la fotografía –aunque lo más seguro es que después usara esas fotografías como referencia para los dibujos y comisiones que hacía por Internet–. Cuando Makoto notó que el escritor se estaba preparando para tomarse una foto a él mismo con los lobos marinos detrás se acercó a darle un beso en la mejilla en el momento justo que éste tomó la foto, dejándolo sonrojado y confundido –y ganándose varias miradas de varios visitantes, pero no le prestó atención–.
—Te quejas porque no tienes muchas fotos mías, así que eso lo compensa.
— ¡Pero…!
—Lo compensa.
El castaño dejó sobresalir un poco su labio inferior, aunque después lo único que hizo fue suspirar y seguir a su novio quien ya caminaba hacia otra zona del zoológico. Estuvo a punto de preguntarle a donde iba, pero cuando notó que se detuvo frente al hábitat de los pingüinos no pudo evitar sonreír.
Makoto en verdad adoraba los pingüinos, tanto que tendría uno como mascota si no fuera ilegal. Todo lo que hizo fue pararse a su lado, mirando a los pingüinos caminar graciosamente sobre el hielo y deslizarse hasta el agua. Miró de reojo hacia Hanamiya, notando la pura sonrisa que estaba en sus labios y, maldición, como desearía tomarle una foto en ese momento.
—Los pingüinos pueden beber agua salada.
— ¿Huh? —Ryō miró a su costado, notando que Hanamiya lo miraba directamente y con esa sonrisa aún en el rostro. Por Dios, le ponía difícil resistirse a no hacer una tontería en público—.
—Tienen una glándula que les ayuda a filtrar el agua, por lo que pueden beber agua salada para sobrevivir.
—… En verdad le gustan los pingüinos, Makoto-san.
El mencionado sólo asintió, devolviendo su mirada al hábitat. Sakurai ya no lo pudo aguantar, tomó su cámara que colgaba de su cuello y se apresuró a sacar una foto del perfil sonriente de su novio. Miró satisfecho hacia el resultado, aunque sólo se ganó una breve mirada por parte del pelinegro. Se sintió nervioso por un segundo, preparándose para disculparse, pero Makoto le ganó cuando se movió cerca de él, le pasó el brazo por los hombros y tomó la cámara él mismo. Cuando alzó el brazo Ryō entendió lo que sucedía mirando hacia la cámara con una sonrisa. El obturador fue apretado y Hanamiya se apresuró en ver la foto, enseñándosela a Sakurai.
Ambos estaban sonriendo, Makoto con esa pura sonrisa que le encantaba y Sakurai pudo notar un par de dedos sobre su cabeza, cosa que le hizo reír un poco. Y para poner la cereza del pastel de fondo podían verse los pingüinos, en el momento exacto en que uno se cayó sobre el hielo y otro se deslizaba hacia el agua.
Era la mejor foto que pudiera haber deseado de esa cita.
— ¿Quieres ir a otro lado o ya podemos irnos?
—Me gustaría ir a ver a los tigres.
Makoto sólo asintió, comenzando a caminar hacia dicho hábitat.
Sakurai en verdad estaba feliz.
—Si le enseñas esa foto a alguien dormirás en el sofá con Coco durante el próximo mes.
Ryō sólo pudo reír, un tanto nervioso porque sabía que esa amenaza iba en serio.
