Capítulo 24.- Patrulla rota (II)

Barcelona, noche del seis al siete de octubre de 1934.

"Durante buena parte de la noche el tiroteo

entre ambos bandos [en la comisaría de orden público],

fue intenso aunque prácticamente inofensivo.

La actividad radiofónica también fue frenética e ininterrumpida,

alternando proclamas encendidas con informaciones descaradamente falsas,

con las que se pretendía dar ánimos a la población, y una enervante música regional patriótica."

"La rebelión militar de la Generalidad de Cataluña contra la República"

Alejandro Nieto.


Ni armas, ni apoyos, ni llamadas orejiles: sólo armada con el resplandor del mapa holográfico flotando sobre su antebrazo, Amelia siguió por los pasillos del edificio del CADCI ante la mirada alucinada de los chavales que iban de aquí para allá llevando munición o moviendo heridos. Un tipo con un fusil les paró al subir unas escaleras. Julián vio Amelia tocarle el pecho sin levantar la vista del mapa y con una descarga azul dejarle grogui en el suelo.

Luego encontró la habitación y de una patada a la puerta entraron.

Dos muertos, vio Julián, nada más abrir.

Eso y un resplandor de electricidad que se apagó justo al entrar.

Amelia respiraba violentamente, revisando las lecturas que le proporcionaba su holograma chupiguay. Julián fue a lo básico que era comprobar vitales. Tiros a la cabeza. No había quemaduras de pólvora. Muertos.

Lo había conseguido, comprendió Julián.

Alonso había escapado.

- Alonso debió matarlos -pensó en voz alta.

Amelia pensaba. Pensaba, con una mano en la cadera y el otro antebrazo escupiendo información frente a sus ojos. Finalmente lo bajó y apagó las lucecitas futuristas, tiroteo y los gritos aun bien cerquita.

- Alguien ha tenido que ayudarle a escapar por el portal -gruñó Amelia recuperando el aliento. Luego pareció controlarse y se acercó a los cadáveres. Buscó en sus bolsillos y encontró un par de aparatitos que no tenían pinta de haber salido de los años treinta del siglo XX-. Y quien le ayudó -suspiró-, no quería dejar testigos...

Julián bajó la cabeza por instinto al oir una ráfaga de ametralladora venir desde la calle.

- ¿Y ahora?

Amelia suspiró.

- Tenemos que ir a por Pacino. No podemos perderle a él también.


Dencàs había dejado a Pacino en lo que parecía una comisaría en Via Laietana, para luego irse con el coche. En la comisaría Pacino duró poco, porque después de un par de interrogatorios (esta vez sin ostias) y de presenciar una surrealista votación en la que los guardias de asalto decidieron democráticamente a las dos de la mañana que eso de enfrentarse al ejército, como que otro día, un mosso d'esquadra bastante nervioso recibió una llamada y le hizo levantarse de la silla donde le tenían esposado.

- Se viene usted a gobernación -gruñó.

Dicho y hecho, le metieron en otro coche y le llevaron Vía Laietana abajo entre disparos lejanos.

- Vaya una noche loca llevamos, ¿eh? -sonrió Pacino.

El mosso a su lado le miró como si le hubiese mentando a la madre y Pacino decidió cerrar la boca no fuera a ser que le sacaran otra muela. El trayecto en coche fue corto y sólo tuvieron que cambiar dos calles. De nuevo tiros, un poco más cercanos, y le metieron a través de una cochera a un patio central donde, muy nerviosos, un puñado de chavales vestidos con monos y de grasa hasta las cejas intentaban arreglar entre juramentos y maldiciones, faroles y linternas, lo que parecía un camión blindado.

Luego p'a dentro de otro edificio, la estampa repetida de cigarrillos, engominados que necesitaban un repaso y caras de agobio detrás de los fusiles. Le empujaron hasta otro despacho en donde el viejo amigo Dencàs indicó que le sentaran en una silla frente a su escritorio, mientras acababa una llamada de teléfono.

El despachito estaba tirando a los sótanos y no sería el oficial, porque no tenía muchos lujos. Taburetes, un escritorio de madera vieja y lo que parecía una emisora de radio con un micrófono negro de los años treinta que podía ser usado fácilmente como arma de mano. Cenicero hasta arriba. Una cafetera preparando más café. Olor a grasa de cuero y desagradable sudor de machote.

- ¿Y bien? ¿Cuándo será? -preguntó Dencàs nada más colgar el auricular del teléfono.

Pacino se quedó mirando a los mossos detrás para asegurarse de que la pregunta había ido hacia él.

- Pronto -recordó Pacino-. En unas horas la Generalitat se rinde. ¿Qué va a hacer usted?

Dencàs se levantó de un salto. La camisa la tenía desabotonada en el cuello y los correajes que antes le habían cruzado el pecho, le colgaban de la cintura de los bombachos. Se acercó con calma a Pacino tras sus gafas redondas y se encendió un cigarrillo que luego le puso en la boca.

Pacino agradeció sentir el gusto de algo que no fuera sangre. Aunque fuese tabaco negro del malo.

- ¿Quién es Amelia Folch? -preguntó entonces Dencàs.

Pacino no pudo evitar extrañarse. Algo habría hecho Amelia. O que Dencàs, o alguno de los suyos, no era tan inepto y la habían fichado. La pregunta era intencionadamente abierta, para sacarle información o para ponerle en contexto. Observó los ojos tras las gafitas. Pacino tenía claro que Dencàs no era un agente del Ministerio de Amelia, pero tampoco tenía una certeza completa de si era su marioneta.

- Un bicho malo -resumió Pacino-. Alguien muy influyente. Y con medios.

- Verá... Eso es lo que me extraña -sonrió el otro-. Su familia... Siempre ha tenido posibles, pero... No tantos... ¿Está con ustedes?

- Ni sí ni no. Tiene sus propios planes -se sinceró Pacino-. Ni con nosotros, ni con ustedes. Y al final, siempre gana.

Dencàs asintió. Pacino no estaba muy seguro de qué habría hecho Amelia para ponerse en su radar, pero una cosa era segura: no le gustaba.

- Me temo señor Pacino -sonrió Dencàs-, que se va a quedar con nosotros -informó. Luego miró a los mossos-. Den voz a Badía y a la gente del Estàt. Que estén preparados.


No había tiempo para los otros.

Debían continuar la misión sin ellos, ¿verdad?

Irene y Ernesto siguieron sus sabonetas hasta el mercado de la Boquería. Allí, en la oscuridad y bajo la imponente cubierta de metal, esquivaron a un somnoliento piquete sindical y avanzaron entre los puestos. Irene no estaba segura si la huelga general habría mantenido los tenderetes cerrados por mucho tiempo, pero desde luego, de noche y con algún tiro lejano Rambla arriba, aquel lugar le parecía un cementerio; de personal sólo tuvieron que esquivar a un par de tipos con monos de trabajo armados con palos y, con respecto a ruido, sólo sus propios pasos resonaban bajo la impresionante techumbre modernista.

La luz les sorprendió justo en mitad del mercado, arremolinando periódicos y algunos restos de hortalizas con un pequeño vendaval.

- ¡Joder! -murmuró Ernesto.

La cosa no era para menos: aquel portal era diferente. Más grande. Más ruidoso. Más luminoso. Mucho menos discreto. La electricidad y la ventolera se hicieron demasiado ruidosas para ser soportables e Irene levantó la vista hacia la cubierta metálica, con miedo de que aquella cosa la hiciese volar por los aires o, directamente, se la tirase encima.

- Què collons és aixo? (*1) -chilló un muchacho que apareció tras un puesto de pescado.

Irene volvió la vista atrás. El estruendo había despertado a varios piquetes quienes, desde una distancia prudencial, observaban la movida como si fuera una aparición mariana. ¡Joder, joder, joder!

- ¡Chispitas! ¡Información! ¡Qué coño es eso! -gritó Irene apuntando la PDA hacia el gigantesco portal.

- ¡Creo...! -contestó Chispitas- ¡Creo que es el atajo! ¡Si mis lecturas son correctas, es el atajo!

Los portales anteriores se habían venido pareciendo a esferas de unos dos metros de diámetro, más luz que electricidad y ruido. Aquello que tenían delante seguía creciendo a toda mecha y amenazaba con hacerlo llevándose medio mercado en su camino.

Entonces, como una burbuja recién formada en el ojo de un huracán, vendaval y rayos desparecieron y sólo quedó delante de ellos una forma ovalada del tamaño de un autobús.

- ¿A dónde nos llevará? -dijo al acercarse Ernesto.

- Quiets! (*2) -gritó uno de los hombres, que se acercaba.

- A algún punto del siglo XIX -pudo decir Chispitas, tras procesar. Su tono de voz no era emocionado, pero desde luego no era el que empleaba para explicar las cosas con calma-. Probablemente principios. No puedo dar más información. El modelo ha cambiado. Todo ha cambiado... Necesito más tiempo de proceso...

- No tenemos más tiempo, me temo... Esperemos que aun siga siendo el atajo -murmuró Ernesto, avanzando.

Irene trató de fijar la vista en el paisaje que se veía. Era difícil, porque al otro lado también era de noche. Se veía un campo... Y montañas al fondo. Volvió la vista a los sindicalistas quienes, poco a poco, habían perdido el miedo al acercarse.

- ¡Ahora o nunca Irene! ¡Vamos!

Ahora o nunca, había dicho Ernesto.

No era el momento de desobedecer, ni para pensárselo, pero Irene no pudo evitar dudar un momento, Chispitas en su mano animándola a pasar. ¿Qué iba a ser de Pacino? ¿Y de Alonso? Sentía que les estaba abandonando después de todo y algo, muy dentro de ella, le impidió dar un paso más.

Luego suspiró.

Aquello había sido lo acordado, se repitió. Pacino y Alonso habían aceptado. Y ella debía hacerlo también.

Así que Irene siguió a Ernesto, dentro del nuevo portal y vio tras ella, al cambiar noche por noche, cómo el mercado de la Boquería desaparecía y junto con Ernesto y Chispitas quedaban en mitad de ninguna parte en una fresca noche de lo que parecía primavera.


(*1) ¿Qué cojones es eso?

(*2) ¡Quietos!


Estaba a punto de amanecer.

Por lo poco que había podido pillar de aquí y allí Pacino, en conversaciones sueltas, tanto en el CADCI, como en todos los demás puntos de resistencia, el ejército había acabado por imponerse. En el Palau, era un rumor que daba por cierto por las caritas de desesperación en la gente de gobernación, Companys se había rendido.

Cuando le despertaron para lo que creía que era llevarle de nuevo al despacho de Dencàs, se encontró que le llevaban al pation con un montón de peña metiéndose por una tapa de alcantarilla. Pacino no protestó y siguió a los hombres en su huida, evitando que los mossos armados que llevaba detrás le tuvieran que empujar demasiado.

Avanzaban agachados, pestazo a mierda que lo flipas, las pantorrillas abriendo camino en el agua con cosillas flotando que mejor no bajar la cabeza para ver lo que eran. Pacino afinó la vista y esperó a un recodo o a un escondrijo, para dar un empujón y perderse, pero no vio oportunidad: debía esperar a la salida.

Muy probablemente, además, le querrían como moneda de cambio si se encontraban con alguien de Batet: por ahora no estaba en peligro.

Cuando tras lo que parecieron varias horas de paseo por los túneles de villacaca, siguió a los de delante a una escalerilla hacia la calle, pudo respirar por fin un poco de aire limpio y la luz le dejó ciego durante unos segundos.

- Aquí lo tiene -era la voz de Dencàs-. Tal y como acordamos.

Pacino parpadeó, mientras sentía que le crecían unas orejas de burro enormes al oír la voz de mujer mezclada con los sonidos del día.

- Tiene allí un coche esperando para llevarles a usted y a los suyos a donde quieran. Gracias, conseller -dijo Amelia Folch-. Nosotros nos hacemos cargo de él a partir de ahora.

Pacino pudo acostumbrarse a la luz por fin. Vio la sonrisa de Amelia, por delante del ceño fruncido de Julián.

Se preguntó, mientras los matones de Amelia le agarraban de los brazos, si al menos Irene y Ernesto lo habrían conseguido.


NdA: Así acaba Barcelona. No quería separar a la patrulla, pero la historia me ha dado dos sopapos y me ha dicho que así o que no sigue, así que a ver qué pasa a partir de ahora. Irene y Ernesto perdidos en el algún lugar del siglo XIX, Pacino prisionero en el siglo XXIII y Alonso, por fin, en Asturias... Nos leemos pronto, espero :)