N/T: Ha pasado demasiado tiempo que me parece que no tengo derecho a pedirles disculpas por la tardanza. He tenido bastantes problemas desde el inicio de este año, no termino de salir de uno cuando ya me meto en otro. Pero por fin me he dado un momento para terminar de escribir este capítulo, sobre todo porque ya solo quedan dos capítulo más.

Así que mejor los dejo con la historia ^.^


No importa cuánto tiempo caminó, ni cuán a menudo gritaba para que alguien le respondiera, las únicas cosas que se encontraban con ella eran el silencio y la oscuridad.

El tiempo era interminable mientras caminaba lentamente por la interminable habitación. El miedo ya se había instalado profundo dentro de ella—aunque nada había brillado todavía. Ni siquiera el eco de su propia voz podía ser escuchado en este vasto vacío. Nada más que su propia respiración estaba allí para hacerle compañía.

La ultima cosa que recordaba antes de despertar en esta tortura vacía era el rostro de Ichigo apretado con ira y miedo mientras él la llamaba.

¿Había muerto entonces?

¿El hombre sin nombre había cortado su garganta sin que ella se diera cuenta? Las preguntas sin respuesta giraban alrededor de su cabeza, pero ella nunca dejó de moverse. Había una sensación que le decía que, si se detenía, realmente sería el fin.

Sostuvo sus brazos delante de ella mientras caminaba, orando por entrar en contacto con cualquier cosa en este momento, sin embargo, no encontraban nada más que aire. Tenía que haber una manera de salir de este infierno. Tenía que volver con Ichigo y los otros. Todavía había demasiadas cosas que tenía que hacer.

De repente, su mano encontró una superficie solida directamente en frente de ella. Retiró su mano casi instantáneamente, asustada de lo que había encontrado. Cuando nada se lanzó sobre ella o habló de vuelta con furia, extendió una mano una vez más—lentamente deslizando sus dedos hacia la primera cosa que encontró a parte de ella misma en esta vasta oscuridad. Su mano paso sobre la superficie rugosa, los dedos sintieron la textura dura que no cedía a su presión. Se sentía casi como… madera.

Orihime colocó ambas manos sobre el objeto en frente de ella, ya no temiendo más represalias de tocarla. Cuando sus manos se deslizaron sobre la superficie, sintió otro objeto sobresaliendo alrededor de la altura de su cintura. Le tomó un momento darse cuenta de que era una perilla.

¡Había encontrado una puerta!

Con una oración llena de esperanza, giró la perilla—agradeciendo a cada kami cuando se abrió sin vacilación. Tuvo que proteger sus ojos cuando entró en la pequeña habitación. Cuando se ajustó a la luz, se encontró en la sala de un pequeño apartamento. La poca luz que se filtraba a través de las ventanas le dijo que era de noche.

Los muebles eran escasos. Un pequeño y lúgubre sofá colocado en el medio de la habitación—los cojines deshilachados alrededor de los bordes. Sonidos amortiguados venían de la TV que estaba en frente de él. El área de la cocina estaba en la esquina de la habitación. Podía oler el hedor de los platos sucios apilados en el mostrador. La vieja mesa estaba cubierta con botellas vacías y ceniceros llenos. Cuando el olor rancio del alcohol golpeó su nariz, sintió la necesidad de atragantarse.

Por alguna razón se sentía…familiar.

Un estruendo en la parte posterior del apartamento llevo su atención hacia la puerta en el lado opuesto de la habitación. Voces furiosas se gritaban la una a la otra a través de las paredes.

"¡Vete a la mierda! Te dije que solo estoy aquí para cambiarme de ropa."

"Bastardo desgraciado, ya debería haber tirado tu mierda."

"Adelante, no es como si algo de eso valiera la pena. No guardo ni una maldita cosa que me guste en este agujero de mierda."

"Hablas mucho ahora chico. ¿Crees que no puedo encargarme de ti?"

"Inténtalo viejo bastardo. Te patearé el culo como he hecho un millón de veces en el pasado."

Orihime retrocedió, temerosa de las personas gritando al otro lado de esa pared. Se dio vuelta para irse solo para descubrir que la puerta por la que había entrado ya no estaba allí. Sus manos pasaron sobre la sólida pared con incredulidad.

Estaba atrapada aquí.

Otro estruendo, esta vez más cerca, la hizo darse vuelta y pegarse a la pared. La puerta se estrelló contra la pared y un cuerpo salió volando de ella. Ella no pudo ver la figura gimiendo en el suelo, ya que estaba escondido detrás del sofá, pero el hombre de aspecto furioso que llenaba la puerta hizo que su corazón se apretara dolorosamente.

Su cabello estaba atado en una cola de caballo en la base de su cuello. Tres piercings recorrían su oreja izquierda y uno atravesaba su ceja. La camisa negra que usaba tenía un gesto grosero que ella rápidamente aparto la mirada. Cadenas colgaban del cinturón de sus pantalones rasgados. Nada en este hombre era igual, pero el rostro era uno que incluso veía en sus sueños. Su labio tembló y fue tan difícil emitir palabras.

"¿O…on…onii-chan?"

Salvajes ojos violeta la atravesaron y ella se estremeció ante la furia que contenían.

"¿Qué demonios quieres?"

No, no…no había manera de que este hombre pudiera ser su onii-chan, pero no había manera de negar esa cara. Ni siquiera cuestionó cómo estaba aquí de pie delante de ella sino por qué había cambiado tanto.

Lo miró en silencio sorprendida y él lo tomó como ofensa. Sus fuertes pasos resonaron en el suelo sucio cuando caminó hacia ella. Un grito involuntario dejó sus labios cuando él se inclinó cerca de su rostro.

"Te hice una maldita pregunta niñita," aunque el humo de cigarrillo que se aferraba a su cuerpo era espeso, no podía ocultar el olor con el que ella estaba tan familiarizada. "¿Qué demonios quieres?"

Ella se atrevió a mirar esos ojos familiares, aunque desconocidos que ella amaba tanto. El indiscutible odio que fluía de ellos cortó su alma.

"N…nada." Ella logró susurrar.

Sus labios se curvearon hacia atrás sobre sus dientes y ella temió que él la atacara físicamente. "Entonces no me molestes." Finalmente escupió él. Se apartó de ella y caminó hacia la puerta principal. "Eres tan estúpida, ¿sabes eso?"

Ella solo pudo mirarlo interrogante.

"Si tuvieras algo de cerebro en absoluto saldrías de aquí. Supongo que te gusta la mierda que te hacen pasar ya que te quedas aquí. Tch, no vengas llorando conmigo para ayudarte, perra tonta." Con eso, salió de la habitación ensombrecida cerrando la puerta de golpe detrás de él.

Orihime se dobló sobre sí misma cuando Sora la dejó en el apartamento.

Ahora lo sabía.

Sabía dónde estaba.

El hombre en el suelo se agarró del sofá y se levantó. Sus manos se mantuvieron firmes en el respaldo para enderezarse mientras se balanceaba cuando se levantó. La mirada vidriosa en sus ojos y el hedor que se aferraba a él le dijeron que estaba ebrio. Sus dedos escavaron en la pared detrás de ella, agarrándose para apoyarse mientras su mente se daba vueltas con la locura de todo.

Su amado y gentil hermano no estaba allí. En su lugar, el furioso hombre violento que era su hermano aquí simplemente la dejó en esta casa del infierno. Sus rodillas comenzaron a temblar cuando la espantosa realidad en la que fue lanzada se estrelló en su mente.

Sora nunca había hablado mucho de sus padres. Lo poco que ella sabía era lo suficientemente aterrador. Sabía que su padre había sido un alcohólico abusivo y su madre vendía su cuerpo a cualquier hombre dispuesto a pagar a el precio. Sora una vez le había dicho que temía que un día la mataran por lo que guardo el poco dinero que pudo y la llevo lejos de ese lugar en el momento en que se graduó de la preparatoria.

Y ahora ella estaba de vuelta.

"Estúpida perra… ¿qué mierda estás mirando?" el hombre que ella sabía era su padre le gritó. Las rodillas de Orihime temblaron con terror y sus dedos escarbaron en la pared.

"N…nada," ella tartamudeó.

Él agarró la primera cosa que pudo tocar con sus dedos—que paso a ser una lámpara en la mesa desvencijada junto al sofá. Él le lanzó la lámpara, tropezando un poco cuando lo hizo. Orihime se cubrió la cabeza y chilló cuando la lámpara se estrelló contra la pared junto a ella. La porcelana frágil se rompió, lanzándole trozos.

"¿Qué diablos dijiste?" gritó él de nuevo.

"¡Nada! ¡Lo siento!" gritó ella, sin liberar su cabeza de su cabello protector.

"Eso es joder," murmuró él y se tambaleó hacia la inmunda mesa de la cocina. Él arrojó su cuerpo en la silla rota; ella estaba sorprendida de que no colapsara debajo de él. "Estúpido cabron. Será mejor que ese imbécil no vuelva aquí sí sabe lo que le conviene." Su mano levantó cada botella que cubría la mesa. Encontrando una no del todo vacía, la levantó hacia su labio partido. No se molestó en limpiar el licor que caía por su barbilla.

La puerta principal del apartamento se abrió con un chirrido de las bisagras oxidadas. Orihime tardo en girar su cabeza hacia el sonido—asustada de lo que podría encontrar.

"¿Era el mayor el que me tope en la calle?" preguntó una voz ronca que carecía cualquier nota de preocupación.

Orihime finalmente se volvió para mirar hacia la voz femenina y sintió que sus piernas cedieron debajo de ella. Se deslizó hacia abajo en la pared, la punta de sus dedos raspando dolorosamente contra la madera mientras su cuerpo se acurrucaba sobre sí mismo.

El hombre en la mesa tenía la misma coloración que su hermano. Cabello negro, ojos oscuros, altura similar… ella no pudo ver inmediatamente nada físico que ella compartiera con él.

Esta mujer en la puerta… era asombroso.

El cabello brillante, ojos grises, la pequeña nariz que se levantaba ligeramente, labios llenos, incluso la forma de su cuerpo era similar. No había manera de que Orihime pudiera negar que esta persona era su madre.

Tal vez es por eso que le causo tanto dolor.

El gran pecho, que evidentemente ella heredo, estaba expuesto en exhibición para todos. La joven sanadora estaba avergonzada de solo mirar a la mujer mayor; ¿cómo es que sus pezones no se mostraban? Su falda apretada solo cubría la parte superior de sus muslos y Orihime sabía que, si se agachaba, incluso lo más mínimo, su trasero se mostraría a cualquiera que estuviera detrás de ella. Los ojos grises que solo eran ligeramente más oscuros que los de ella estaban desprovistos de cualquier emoción. Ella apenas echó un rápido vistazo alrededor de la habitación desordenada mientras caminaba hacia el armario de la cocina. Las manos decoradas con uñas brillantes sacaron una botella de whiskey sin abrir y bebió directamente del recipiente.

Las líneas que llenaban el rostro de la mujer mayor estaban mal cubiertas en una gruesa capa de maquillaje. Se quitó los tacones altos que cubrían sus pies, sin molestarse en señalarlos en cualquier dirección general mientras volaban.

"Sí, era el lamentable cabron de Sora."

"¿Por qué estaba aquí?" Orihime se preguntó por qué siquiera se molestaba en preguntar; nada en su cara mostraba que le importara la respuesta.

El hombre tomó un largo trago de la botella casi vacía. "Algo de su basura que dejo por aquí."

"¿Dónde está la otra?"

"Por allí, acurrucada en el suelo como un maldito perro."

Ella encendió un cigarrillo y le dio una larga calada mientras miraba a Orihime. Una sonrisa cruel de satisfacción apareció en su cara desgastada. "Bien. Tienes que asegurarte que no se la lleve."

"¿Por qué se molestaría?"

"Probablemente para quitarnos el dinero que ella nos hará ganar."

La mirada ebria pareció aclararse ligeramente de sus ojos cuando él se volvió hacia ella. Él le dirigió una mirada lujuriosa a su cuerpo, acomodando su gran mano en su trasero a penas cubierto. "¿Oh sí? ¿Finalmente encontraste un comprador decente?"

"Sí. Un abogado importante echó un vistazo a su fotografía y ofreció por ella."

Las manos de él se deslizaron bajo la falda corta, apretando su carne cuando el pensamiento del dinero lleno su mente. "¿Cuánto?"

Ella sopló el humo lentamente mientras su sonrisa se ampliaba. "Unos cientos de miles de yenes."

Él tomó un ávido trago de la botella que sostenía, vaciándola en el proceso. "Maldición…esto va a ser bueno."

"Diablos, sí." Ella volvió sus ojos, ahora relucientes con los pensamientos de que ella pronto sería premiada, gracias a Orihime. La chica todavía sentada en el suelo, las manos envueltas alrededor de sus rodillas mientras observaba a los dos adultos. "Sin embargo, tengo que preguntar," dijo ella y caminó hacia la chica aterrada. "¿Has ido y arruinado todo para mí?"

Orihime se sintió comenzar a temblar cuando la mujer se agachó, poniendo su cara justo en frente de la de ella. Los ojos indiferentes en el rostro demasiado familiar que la miraban fijamente tuvieron sus labios temblando.

"Y bien, ¿Deliberadamente has jodido las cosas para mí, Orihime?"

"Yo…no entiendo," logró decir.

Las uñas brillantemente pintas cepillaron su cabello hacia atrás con suavidad mientras su rostro se retorica en una imagen maliciosa ante ella. "¿Has estado follando con alguien?"

"¿Qu…qué?" Orihime susurró con asombro.

Las manos de su madre agarraron su cabello con fuerza y le dio un tirón hacia atrás, produciendo un grito de la chica. "Te pregunte si has estado abriendo tus piernas a alguien."

"N…¡No! ¡No, juro que no lo he hecho!"

La mujer mayor sonrió cruelmente de nuevo, sin liberar el doloroso agarre en el cabello de Orihime. "Buena chica. Asegúrate de mantenerlo de esa manera también. He estado buscando demasiado tiempo para que alguien saque suficiente dinero por tu patetico culo para que tú me estropees esto."

Orihime trato de contener las lágrimas de dolor y miedo que ardía en sus ojos. El hedor de los cigarrillos y el licor la abrumaron y los ojos de odio que esas dos personas tenían era demasiado para que su corazón soportara. ¿Estaban vendiéndola a alguien? ¿Podrían sus padres ser tan crueles con sus hijos?

"Finalmente vas a pagarme por los años de dinero perdido para comida y ropa para tu culo."

"Y escuchar tu boca todo el tiempo," él se apartó de su silla.

La mano tiró de su cabello hacia adelante una vez más—su mano libre subió para arrastrar las uñas falsas por su cara. "Ese coño virgen tuyo va a traerme una buena suma."

La mujer se rio ante la mirada detestable que se extendió en el rostro de Orihime. "Ahora Orihime, sabes qué pasara si pierdes esa preciosa mercancía tuya ¿no es así? ¿De verdad quieres él tenga que meter algo de sentido en ti?"

Su padre se rio ante la perspectiva. Ella se estremeció de miedo y asintió con la cabeza lo mejor que pudo. Su madre palmeó su cara nada suave y volvió a la mesa, recuperando su botella del hombre ebrio y entregándose ella misma a su contenido.

Orihime se deslizó por el suelo sucio, esforzándose por no hacer ningún sonido mientras se tranquilizaba en la esquina. Las sucias cortinas que se arrastraban en el suelo se amontonaron alrededor de ella y se hizo tan pequeña como le fue posible en la esquina de la habitación. Su rostro permaneció vuelto hacia la pared, los ojos cerrados fuertemente y dio la bienvenida a la oscuridad. Sus manos se elevaron para cubrirse los oídos y trató desesperadamente de bloquear los sonidos del amor que venían de la habitación de en frente.

¿Su virginidad iba a ser vendida? ¿Su propia madre estaba preparándola para ser violada e incluso estaba amenazándola con que no tuviera relaciones sexuales antes?

¿Cómo podía esto ser real? ¿Cómo podría alguien ser así?

Su onii-chan la salvo tantas veces al llevarsela lejos de este lugar. Ella lo quería ahora más que nunca, pero el hombre al que había visto antes, ella no le importaba nada. Él era tan violento e indiferente como eran esas personas.

No había ninguna ayuda para ella aquí. Nadie vendría a salvarla.

Las paredes mugrientas de este maloliente apartamento se habían convertido en su nuevo infierno.


Ishida se sentó en silencio junto a la ventana en la sala de sanación del Escuadrón Cuatro. Por mucho que quería ayudar en alguna manera, sabía que no tenía conocimiento que fuera de utilidad para su amiga.

Orihime yacía bajo la brillante caja amarilla de kido de Unohana-taicho. Su rostro permanecía impasible, como si simplemente estuviera durmiendo. Sin embargo, después de hablar con Renji, él sabía que no era el caso.

El hombre tatuado no habló demasiado sobre lo que le había pasado bajo la influencia del coma falso del shinigami. Solo bajo ese conocimiento, Ishida sabía que Orihime tenía que estar sufriendo. Físicamente, parecía bien. A parte de un pulso ligeramente más bajo y el patrón de respiración, no había lesiones evidentes en su persona. Sin embargo, todavía tenía que despertar de su estado inconsciente.

Ichigo estaba sentado en silencio junto a la joven sanadora…muy lejos de sus acciones anteriores.

El vizard se había controlado bien—al comienzo. Él estaba tan calmado como Ishida supuso que podría estar mientras corrían a los dominios de la Sanadora, Orihime acurrucada en los brazos de Ichigo. Unohana-taicho fue rápida al ordenarle que la bajara y ella comenzó a tratar de sanarla. Ichigo observó el proceso con ojos temerosos, sus manos extendidas sobre la caja que los separaba. Cuando casi media hora pasó sin cambios en su condición, él perdió la paciencia.

Ishida había luchado para conseguir que su amigo se calmara de un estado que él nunca siquiera había imaginado ver al peleador. Podía sentir el miedo alimentado el violento estallido del vizard y él solo pudo ofrecer palabras de esperanza y aliento que cayeron en oídos sordos. Otros miembros del Escuadrón Cuatro habían llegado y amenazaron con sacarlo de la habitación si no dejaba de gritar…

Ichigo dejó escapar varias obscenidades, terminando su larga y ruidosa diatriba al sacar su Zanpakuto y retarlos a hacerlo irse.

Por la salvaje mirada en los ojos de Ichigo, Ishida temía que el sustituto en realidad terminaría lastimando a alguien en su dolor temeroso.

Ishida, Renji y Rukia lo forzaron a entrar en la esquina de la habitación y le hablaron por un largo rato antes de que él pudiera calmarse de nuevo. Solo después de que él escuchó de cómo Renji fue sanado—y el tiempo que les tomó hacerlo—fue capaz de volver a su lado y sentarse sin más incidentes.

Varias horas habían pasado desde entonces sin ningún cambio de su condición. Ishida se mantuvo esperanzado ya que sabía todos los detalles de la sanación de Renji, pero eso no detenía la frustración que sentía al no poder hacer nada.

Después de que habían llegado a la Sociedad de Almas, Byakuya había sido llamado a la oficina del Comandante para informar de su infructuosa búsqueda. Una escuadra ya había sido enviada al mundo de los vivos para buscar al hombre que los había eludido una vez más. Gracias a Hitsugaya-taicho, Ishida había sido capaz de contactar a Urahara-san y lo dejó saber la situación. Él le informaría a Sado-kun también para que estuviera en alerta.

Hasta el momento, el shinigami no había sido visto de nuevo.

"¡Orihime!"

Ishida saltó de su silla cuando la voz esperanzada de Ichigo lleno la habitación. Todos sus amigos rodearon su cama, observando con anticipación cuando sus parpados comenzaron a aletear. La caja de kido fue bajada e Ichigo agarró su mano—apretándola con suavidad, rogándole que abriera los ojos.

Una sonrisa de alivio se extendió en su cara ante la primera señal de sus hermosos ojos grises.

Esos ojos rápidamente se abrieron con miedo y luchó para alejarse de la multitud de personas alrededor de ella.

"No…por favor…" su voz aterrada lloriqueó. "Lo siento, por favor…no…"

"¿Orihime?" Ichigo luchó por evitar atraerla a su pecho. Estaba tan aliviado de tenerla despierta una vez más, pero el miedo que irradiaba de ella lo tuvo casi en pánico por ayudarla. "Orihime, dime qué está mal. ¿Qué pasó?"

Ella se apartó de sus manos mientras seguía apartándose de sus amigos. "Por favor…por favor no."

Renji apartó las manos de Ichigo—ignorando la mirada ofendida que le fue enviada—y agarró los hombros de ella. Aunque ella luchó contra él, él la sostuvo con fuerza y la obligó a mirarlo. "Está bien Inoue. No fue real, se acabó."

Las lágrimas se deslizaron por sus pálidas mejillas mientras lo miraba de vuelta. "Yo…yo no…"

"Fue solo un sueño Inoue. Nada de eso fue real." Renji habló con suavidad a la mujer asustada, tratando desesperadamente de transmitir su sinceridad en las palabras. "Estás bien. No era real."

"¿No…no lo era?" preguntó su voz temblorosa.

"No. Lo que hayas visto, lo que hayas pasado, fue solo un sueño."

Aunque sus manos comenzaron a caer, todavía no se veía como si creyera que estaba libre de cualquier infierno en el que había sido metida. Todavía estaba acurrucada sobre sí misma, su cuerpo recordándole a un pequeño animal aterrado en cautiverio.

Sus ojos se precipitaron por la habitación, aterrizando en su grupo de amigos que se paraban detrás de ellos con miradas ansiosas. Cuando contemplo a los shinigami en la habitación, la tensión comenzó a dejar sus músculos. La realidad se estrelló de vuelta recordándole que Sora estaba muerto y ella no tenía que vivir con el miedo de sus padres.

El alivio inundó su cuerpo, pero no pudo apartar los vestigios de miedo que la habían retenido por tanto tiempo. Su respiración se atoró y sus manos se elevaron para cubrir su rostro mientras grandes sollozos comenzaron a derramarse de ella. Orihime no estaba segura si él era capaz de escuchar el grito roto de su nombre, pero, no obstante, Ichigo rápidamente la tuvo envuelta en su cálido abrazo. Ella se aferró a su cuerpo como un salvavidas; sus fuertes brazos rodeándola y protegiéndola de todo. Su aroma picante lleno su cabeza y solo la hizo llorar más fuerte ya que sabía que ahora estaba a salvo. Ella lo sintió alejándose del murmullo de las voces detrás de ellos, pero no pudo molestarse en levantar su cabeza y ver a dónde estaban yendo.

No importaba; siempre y cuando ella estuviera en sus brazos, estaría bien.


La luz de las velas rebotó en las paredes del salón oscurecido cediendo a las omnímosas sombras a la vida mientras bailaban a su lado. Su vejez le había permitido ser testigo de muchas cosas—y aprender de cada una de ellas. Aunque sus movimientos eran lentos en el largo corredor, su mente aguda continuó reflexionando sobre todo lo que había visto y escuchó en las últimas semanas.

Quien sea que fuera elegido para ser el jefe del clan tenía que dedicar su vida a proporcionar orientación y protección a cada miembro del clan. Había reglas estrictas que siempre debían seguirse y nunca debían mostrar ninguna debilidad. Aunque Byakuya tenía pequeños lapsos en su opinión del resto del punto de vista de los ancianos, él había sido un buen líder. El joven hombre era un poderoso capitán del Gotei 13, un gobernante justo, y un fuerte líder para las personas de su clan.

Su clan había sido metido en esta batalla por el cobarde que se negaba a enfrentarlo cara a cara. Él podía ver el estrés que Byakuya estaba sufriendo últimamente, aunque como buen líder, él no permitiría que afectara sus deberes de cualquier manera. Las palabras que el shinigami desconocido había dicho a los humanos habían sido transmitidas a cada uno de los ancianos, pero tampoco tenían sentido para ellos.

Cierto, habían sido fríos con algunas personas—pero solo en palabras. No había nada que pudiera recordar que el clan Kuchiki pudiera haber hecho para justificar una odiosa venganza contra ellos. Cuando los ataques ya no eran solo contras los miembros del clan, sino también aquellos considerados cercanos a Byakuya—o la hermanita que había adoptado en el clan—la idea de que esto podría ser una venganza personal contra su líder surgió a la vida. Byakuya había cumplido con sus órdenes enviadas por el Capitán Comandante una y otra vez. ¿Tal vez alguien con quien había peleado antes había vuelto para ganar su venganza?

Los sonidos de la batalla lo habían despertado la noche anterior. Se movió tan rápido como pudo, maldiciendo cuando se golpeó los dedos en la pata de una mesita de noche. Una pequeña multitud ya se había reunido en los terrenos de la mansión para el momento en que él había sido capaz de salir. Buscó en los cielos a las partes involucradas, y aunque su vista no era demasiado buena, fue capaz de distinguir la figura de Byakuya justo por encima de ellos. La apretada línea de sus labios y la estreches de sus ojos dijeron al hombre anciano que el hombre que estaba delante de él era el mismo que había estado atacándolos todo este tiempo.

Dio unos pasos más cerca hacia el par; sus ojos nunca dejando el rostro del hombre desconocido. Desafortunadamente, no pasó mucho tiempo antes de que Abarai resultara herido y el shinigami estaba dejando la zona una vez más. Byakuya lo siguió de cerca.

Durante todo el día siguiente, el anciano tuvo la vaga sensación de familiaridad sobre este shinigami que no pudo deshacerse. Por más que lo intentara, no podía recordar un nombre o lugar que encajara con el hombre que estaba frente al líder de su clan. Ignoró la sensación, sabiendo que si pensaba en ello nunca llegaría a la respuesta que quería.

Es por eso que ahora estaba metido en la sala de registros en la parte trasera de la mansión a la mitad de la noche. Había estado a punto de quedarse dormido cuando recordó por qué ese rostro era tan familiar para él. Sus dedos desgastados se arrastraron por los numerosos libros que llenaban las estanterías a lo largo de la pared. Pasó muchos, muchos volúmenes hasta que encontró el año que estaba buscando. Mientras daba vuelta a las paginas, pensó de vuelta en ese día una vez más.

Hace 200 años, él había sido un miembro mucho más activo del consejo del clan. Si el siguiente jefe potencial del clan estaba bajo escrutinio por alguna acción—incluso una que no involucrara al clan directamente—era su trabajo supervisar el evento. Ahora podía recordar claramente estar sentado entre los miembros de la central 46 mientras escuchaban el testimonio de Byakuya de ese día.

Quitó la fotografía que estaba pegada a una página particular que estaba buscando. Mientras leía a través del largo y muy detallado recuento de aquel día, supo que había encontrado la evidencia que estaba buscando para respaldar sus recuerdos.

El anciano metió el libro bajo su brazo y caminó de vuelta por el oscuro corredor. El sol se elevaría pronto y él tenía mucho que preparar.