Ace despertó en una cama inusualmente cómoda, entre sábanas suaves y con la luz del día iluminando la espaciosa habitación. Se sintió un poco perdido, hasta que recordó que estaba en casa de Marco, concretamente en su habitación. Al lado de la cama, sobre el buró, una taza con el humeante té que solía beber para mitigar las náuseas le esperaba, y sonrió un poco al recoger una notita que estaba pegada al recipiente, y que rezaba un par de maravillosas palabras:

Te amo

El sonido del agua corriendo le sacó de su estado de felicidad y se levantó de la cama. El espejo del armario frente a ésta le devolvió su reflejo y sonrió ante lo que veía. Su vientre ya era totalmente visible, parecía que su bebé ya se había cansado de esconderse y de tener miedo, y ahora se dejaba ver. Acarició el bultito bajo el pijama y le dio los buenos días a su retoño, para después dirigirse al baño, de dónde provenía el sonido que había terminado por despertarle. Entró lentamente y vio a su novio metido en la bañera, éste le sonrió al verle y le hizo una señal para que se acercara.

—¿Saldrás? —preguntó Ace antes de darle un beso al ojiazul.

—No sin ti —contestó Marco—, pero no quise despertarte, parecías dormir muy bien.

El pecoso no pudo evitar sonreír ante la vista del torso desnudo del rubio, sumado a la manera en que le miraba, podría pasar todo el día contemplándole de esa manera.

—Ven aquí —pidió el mayor, extendiendo una mano hacía el azabache.

Él rio y comenzó a desvestirse, no sin sonrojarse un poco. Además de aquel día en la playa en que había quedado encinta, era la primera vez en cuatro meses que volvía a estar junto a Marco de esa manera, y ahora estaba embarazado. Era un poco raro, pero al parecer a su novio no le molestaba en absoluto que su cuerpo fuera diferente de aquella ocasión, así que entró a la bañera con cuidado y se recostó en el pecho del ojiazul, relajándose con el agua caliente y con el contacto de su amado.

El rubio acariciaba lentamente el cuerpo de su azabache, y se detuvo un momento en el bulto que era su vientre, dibujando pequeños círculos sobre éste, que hacían reír a Ace y que al parecer le gustaban al bebé, pues se movía un poco.

—¿A dónde iremos hoy? —preguntó curioso el moreno.

—Bueno creo que deberíamos comenzar a ver algunos departamentos, y podemos ir a comprar algunas cosas para el bebé.

El pecoso rio por lo bajo y besó la mejilla del ojiazul. Sin duda iba a ser un padre consentidor, y no había duda de que su bebé iba a ser igual o más mimado de lo que era él en esos momentos. Se sentía bien el poder estar de nuevo con Marco, pero no se acostumbraba a la ostentosa vida que le rodeaba, desde que era pequeño había aprendido a ser independiente, pero ahora había personas que estaban al tanto de todas sus necesidades a petición de su novio, y no sabía bien cómo reacción a eso. Ni siquiera había pensado en cómo dirigirse a las personas de servicio, para él bajar a la cocina por un vaso de agua era lo usual, en vez de que alguien se ofreciera a llevárselo.

Ace se acurruco en el pecho del rubio, algo nervioso ante todos los pensamientos que aquejaban su mente en esos momentos sobre su nueva vida. El mayor pareció percatarse de su creciente tensión y empezó a acariciar su cadera, haciendo que su cuerpo comenzara a sentirse cada vez más caliente y despreocupado. Con sus dígitos el pecoso comenzó a delinear el torso del mayor, y en un momento se hincó en la bañera para dar un largo y apasionado beso al ojiazul, quien le correspondió y acercó más su rostro al suyo enredando sus dedos en los negros cabellos del chico. Un segundo después sus lenguas se encontraban disfrutándose mutuamente, recorriendo la cavidad del otro y saboreándose cada vez con más intensidad. Cuando el oxígeno comenzó a hacer falta rompieron el beso, pero permanecieron a escasos centímetros del otro. El moreno jadeaba mientras su pulso estaba al mil.

—¿Estás bien? —preguntó Marco en un susurro, acariciando con la yema de los dedos los labios que se moría por seguir devorando.

Ace asintió mientras tragaba saliva y procuraba regular su respiración. Paseo su mirada por el cuerpo del otro, antes de volver a detenerse en sus ojos. Aquellos orbes azules le escrutaban, el deseo en esos océanos era maravilloso, quería pertenecerle de nuevo, quería que volviera a poseer su cuerpo, saberse de su dueño una vez más.

Volvió a besar con pasión los labios del ojiazul, esta vez poniéndose sobre éste, quien sostuvo firmemente su cadera y le estrujó un poco, haciéndole reprimir un gemido contra su boca. El pecoso se movió un poco, y al percatarse de la erección del mayor sintió como su cuerpo se encendía.

—Ace.

Al ser nombrado el pecoso sintió que podía perderse en esa voz que sonaba tan grave, rebosante de deseo. Mordió el hombro de Marco al sentir como éste acariciaba con cuidado su entrada, la sangre volviendo rojas sus mejillas. Miró al mayor con un poco de vergüenza y miedo, pero aquello se sentía demasiado bien, y no quería detenerse y quedarse con las ganas, y por la forma en que el rubio le miraba estaba claro que tampoco le dejaría ir tan fácilmente.

—¿Deberíamos hacerlo? —preguntó el moreno mientras miraba a su novio.

—Lo haré lento, lo prometo.

Ace asintió y rodeo el cuello del ojiazul con sus brazos, ocultando su rostro entre estos al sentir uno de los dedos del mayor entrando en él, sus intentos de ahogar sus gemidos perecieron y sólo podía arañar la espalda de Marco mientras éste le dilataba.

Solamente eran sus dedos los que tenía dentro, pero se sentía demasiado bien, le hacía temblar y sólo quería más. El rubio comenzó a besar su cuello y a morder unas cuantas veces mientras el moreno sólo jadeaba ante el contacto. Era increíble cómo podía ser tan sensible con el embarazo, pero aquello era mejor, así que Marco se dispuso a aprovechar aquella faceta de su novio y jugó con sus pezones mientras insertaba un tercer dedo en la entrada de éste. Se moría de ganas por poseer a Ace de nuevo, pero no quería hacerle daño ni a él ni al bebé, por lo que se controlaba, además de que también disfrutaba el ver como el pecoso se revolvía entre sus brazos de puro placer.

Cuando sintió que el azabache estaba listo, y su autocontrol comenzaba a ceder ante sus deseos, tomó al menor por la cintura y le hizo recostarse en la bañera, elevando un poco sus caderas. Se inclinó sobre él y beso sus labios con ansia, tenía ganas de devorarle, de en un momento hacerle tocar el cielo con los dedos entre ese placer que no sabía si era pecaminoso, pero por el que se atrevería a blasfemar ante todos los detractores.

Posicionó la punta de su erección en la entrada del pecoso y puso un poco se presión hasta sentir como comenzaba a entrar en esa estrecha cavidad, Ace dio un descomunal gemido que le hizo apretar los dientes. Debía recordar que no podía darse el lujo de embestir como un salvaje al azabache, pero los sonidos que salían de su garganta mataban poco a poco su cordura. Continuó penetrando al moreno, disfrutando de la expresión de éste, y cuando finalmente estuvo dentro de él esperó un momento mientras le daba atención al cuello del menor, que jadeaba y le abrazaba con fuerza, le sentía temblar.

En los meses que estuvieron separados el sexo fue lo último que cruzó por su mente, pero ahora que volvía a poseer ese cuerpo era que recordaba cuán magnifico era, y cuánto le provocaba. Se separó un poco de su novio y acarició su rostro con una de sus manos.

—¿Seguro que estás bien? —preguntó, escrutando la expresión del moreno, que no podía ocultarle nada.

Moría de ganas por continuar, pero si aquello ponía incómodo a Ace no le obligaría a nada.

El azabache asintió y le miró sólo para después besarle, abriendo la boca para dar paso a la demandante lengua del rubio. Fue el pecoso quien inició el vaivén al colocar una de sus manos en la cadera del ojiazul e incitarle a que se moviera. No tuvo que hacer esa petición dos veces, pues Marco comenzó a envestirle lenta pero firmemente. Los gemidos del moreno llenaron la habitación mientras el mayor intentaba elevar esa voz que le tentaba. A pesar de que el ritmo era lento se sentía bien, disfrutaba del contacto de su compañero, de cada sensación que le brindaba estar dentro de él. Profirió algunos gruñidos al sentir cómo Ace le apretaba con sus paredes y sujetó la cadera de éste, presionando un poco y haciendo que el chico diera un pequeño alarido de placer.

Aumento de a poco el ritmo y besó de nuevo esos finos labios, mordiéndolos un levemente y dándose tiempo de saborear la dulce saliva de su moreno, quien arañaba su espalda. Hacía eso para evitar ser brusco, pero el sentir como el azabache clavaba sus uñas en su piel y ahogaba su placer en ese beso le incitaba a dejarse llevar.

En un momento el pecoso arqueo la espalda y deshizo el beso para gemir ante el placer de su orgasmo, Marco esbozó una sonrisa triunfal antes de correrse dentro del menor, posando su frente en la de éste e intentando recobrar el aliento. Compartieron una mirada que fue seguida de algunas sonrisas y palabras de amor. No habían compartido demasiados momentos así, pero no era necesario vivir entre el placer carnal para saber que se amaban, no querían que fuera el sexo un determinante en su relación, más bien deseaban que fuera el complemento a todos esos sentimientos que crecían día con día.

Luego de un momento de descanso terminaron de asearse y salieron de la bañera.

Ambos se apresuraron a vestirse y bajar a desayunar, la familia del rubio ya había salido de la casa, por lo que sólo estarían ellos dos en la mesa. Las náuseas de Ace habían comenzado a menguar, así que podían comer sin contratiempos, o al menos eso creían.

El teléfono de Marco sonó y leyó el mail que acababa de llegarle, era de su hermano, Vista. Sus palabras anunciaban algo malo.

Tienes que ver esto.

Y debajo de ese corto texto una noticia aparecía, su moreno y él eran el tema central de aquella redacción. Fotos de ellos en el puerto y camino a casa aparecían mientras un escandaloso escrito se encargaba de plantar incógnitas. ¿Era por ese chico de pecosas mejillas que había cancelado su compromiso? ¿No fue sólo Bay quien salió a divertirse? Y lo más importante ¿era de verdad Marco Newgate gay? Miró de reojo a Ace, que leía entretenido uno de los libros que había tomado de la biblioteca de su padre. No sabía cómo decirle aquello, no quería ocultárselo, pero no podía saber cómo reaccionaría el chico, y no quería darle preocupaciones, menos aún en su estado. Sabía que en Ace todavía había un dejo de inseguridad por lo que ocurrió con Bay, y quería más que nada en el mundo que recuperar su confianza, pero no exponiéndole de esa manera ante todos. Era una suerte que los malditos reporteros no notaran el embarazo de su novio, pues no quería que su hijo terminara también siendo el platillo de toda la sociedad, pero era algo que no podría permanecer oculto por siempre, a menos que no salieran de esa casa en lo que les restaba de vida, y era algo a lo que no iba a someter a su azabache.

Reprimió un suspiro y se dispuso a fingir que leía el periódico mientras seguía comiendo, aunque el apetito que tenía se había esfumado. Sabía que su familia le ayudaría con ese asunto, pero ya no quería seguir dependiendo de ellos, principalmente porque era su responsabilidad proteger a su novio y a su bebé, y eso era justo lo que iba a hacer. Les indicó a las sirvientas que pasaban por ahí que les dejaran solos con un movimiento de la mano y tomó aire.

—Ace —llamó con cuidado a su moreno.

El pecoso dejó el libro y miró al ojiazul, pero un poco de nerviosismo se hizo presente en él al ver la expresión de su novio. Le conocía demasiado bien, y sabía que aparentaba la calma que le estaba mostrando, pero en sus ojos el miedo que seguro le haría calcular sus palabras estaba presente.

—¿Sucede algo? —preguntó el pecoso, y tomó una de las manos del rubio para intentar reconfortarle.

Marco sabía que no podía adornar las cosas con palabras bonitas siempre, así que tomó el celular y se lo dio a Ace, quien comenzó a leer lo que había en la pantalla, y segundo a segundo una expresión de pánico ocupó su rostro, hasta que le miró con los orbes bien abiertos, estaba claro que tenía miedo.

El rubio se levantó de su lugar y se apresuró a quitarle el teléfono de las manos antes de abrazarlo y acariciar sus negros cabellos con suavidad.

—No te preocupes —le pidió en un dulce susurro—, esto es algo que tarde o temprano iba a suceder.

—Pero, Marco —comenzó a hablar el moreno, su voz empezando a temblar ante las lágrimas que volvían cristalinos sus ojos— ¿qué va a pasar ahora? Tu familia, tu trabajo. No quiero que seamos un estorbo para ustedes…

El ojiazul deshizo el abrazo con que sostenía a su amado y calló sus miedos con un corto beso mientras sostenía sus mejillas con sus manos, antes de hablar de todas esas cosas con su compañero.

—Nunca vuelvas a decir eso —espetó el mayor con voz seria mientras miraba fijamente los ojos del moreno, quería dejar bien en claro ese punto— ni tú ni nuestro hijo van a ser un estorbo jamás. Tú eres lo mejor que me pudo pasar en la vida, y mi familia está feliz teniéndote aquí, así que no me importa lo que digan todos. Tú eres mío, y si no les gusta entonces es su problema.

Ace miró con un poco de sorpresa al ojiazul. Siempre le había parecido una persona decidida y fuerte, pero ahora, mirándole de esa manera, con el coraje y la determinación en sus ojos de hielo, la manera en que afirmaba las cosas le daba una sensación de fortaleza. Entendió entonces que no debía temer ni por él ni por su bebé. Entre él y Marco ya habían hecho todo lo que podían para arruinar esa relación, y sin embargo ahí estaban. El rubio había ido a buscarle a la isla, siempre le había amado y ahora lo cuidaba como nunca. Era tonto pensar que no podría dar su vida porque su familia estuviera bien, así que esbozó una genuina sonrisa y abrazó de nuevo al mayor, teniendo la sensación de que todo estaría bien, no importaba si el mundo estaba lleno de detractores, mientras tuviera a Marco a su lado podría enfrentar todo y a todos.