Capítulo 25.
—¿Hola? ¿Papá? ¿Sakura?—se escuchó. —La cocina ya esta limpia ¿Están ahí?—llamarón.
—¡Oh, Dios mio!—alzó un poco la voz Sakura. —Son los niños—Sakura se aferro con fuerza a él. —¿Que vamos a hacer?—susurró.
—No te muevas—susurro el hombre. —A lo mejor se van—inquirió Sasuke. Escucharon el sonido apagado que hacían los niños al conferenciar entre si. Sus siluetas se veían claramente en el umbral de la puerta. Sakura contuvo el aliento.
—¡Ya esta! ¡Ya lo tengo!—escucharon gritar a Daisuke. Un rayo de luz broto de sus manos. Recorrió la estancia y fue a posarse cerca de ellos.
—¡Maldición! ¡Tienen una linterna!—volvió a alzar la voz la ojijade. Sasuke salto de la cama como un gato escaldado. Menos de cinco segundos después, la luz comenzó a moverse hasta posarse al fin sobre ellos.
—Ah, están ahí—dijo Daisuke, triunfante. Bajo unos cuantos escalones, seguido de sus hermanos. —Pensamos que se habían perdido—comentó. —¿Se les ha caído la linterna?—preguntó.
—Apuesto a que se alegran de vernos, ¿eh?—sonrió Sanosuke. Sasuke levanto una mano para resguardar sus ojos de la luz.
—Si, mucho—soltó el Uchiha.
Su voz sonaba ronca y vacilante, como si acabara de hacer un esfuerzo. Sakura se ruborizo. Le temblaban las rodillas y lo único que conseguía mantenerla en pie era el brazo de Sasuke en torno a su cintura.
Nunca en su vida se había sentido tan débil, pero no se debía a la aparición de los niños, sino al hecho de haber comprendido que su pensamiento anterior era completamente cierto. Nunca se había sentido así, tan caliente, salvaje y fuera de control. Y sabia a que se debía.
Se había enamorado de Sasuke. En cuanto aquel pensamiento penetro en su cabeza, trato de negarlo. Aquello no era amor, sino una atracción exagerada.
—Están muy raros—dijo Sanosuke. —Tienen el pelo revuelto—indicó.
—Tiene razón—corroboro Daisuke contento. —Y la ropa también—susurró.
Sakura bajo la vista. Su sudadera colgaba de un hombro, la camiseta le caía por encima de los pantalones y le faltaba una zapatilla.
—Fantástico—murmuro Sasuke con disgusto. —Los mismos niños a los que les gusta ponerse los calzoncillos en la cabeza y bailar por la casa tienen que elegir precisamente este momento para volverse pulcros—dijo solo para él, más la pelirosa lo escuchó.
—¿Que hacian? —pregunto Sanosuke. Hizo una mueca.
—¿No lo ves?—hablo Daisuke. —Lo mismo que hace toda esa gente en los programas que le gusta ver a la señora Anko—comentó el mayor.
—Nada de eso—dijo Sasuke con firmeza. —Estábamos buscando la linterna—comentó. Sakura levanto la cabeza.
—Es cierto—asintió la pelirosa.
—No lo creo—musito Daisuke. —Yo creo...—interrumpido.
—¡Mira! —exclamo Sanosuke. —¡Es Katsuyu!—soltó.
—¿¡Dónde!?—grito Sarada.
—¡Ahí!—señalo el de en medio.
—¡Ya lo veo! —corroboro Daisuke.
—¿Donde?—repitió Sarada.
—¡Ahí! —grito Sanosuke.—¡Agárrala, agárrala!—exclamó. Hubo un ruido sordo, producido por la linterna al caer los escalones que faltaban, seguido de los pasos de los tres.
—¡Cuidado! —grito Daisuke.
Su advertencia fue seguida de un grito y el ruido de cuerpos al caer. Después se hizo el silencio.
