Llamo a Leroy, que está todo emocionado de ver el juego de Sounders algún equipo de futbol de Salt Lake City, así que nuestra conversación es afortunadamente breve. Estará conduciendo el jueves para la graduación. El quiere llevarme fuera después para una comida. Mi corazón se hincha hablando con Leroy, y un nudo se instala en mi garganta. El ha sido mi constante a través de todos los altibajos románticos de mama. Tenemos un lazo especial que atesoro. Aun cuando él es mi padrastro, el siempre me ha tratado como suya, y no puedo esperar para verlo. Ha sido mucho tiempo. Su fortaleza de ánimo silencioso es lo que necesito ahora, lo que extraño. Quizás puedo canalizar mi Leroy interno para mi reunión mañana.
San y yo nos concentramos en empacar, compartiendo una botella de vino rojo barato mientras lo hacemos. Cuando finalmente voy a la cama, habiendo casi terminado de empacar mí cuarto, me siento calmada. La actividad física de empacar siempre ha sido una distracción bienvenida, estoy cansada. Quiero una buena noche de sueño. Trepo hasta mi cama y pronto me quedo dormida.
Paul está de regreso de Princeton antes de hacer una parada por New York para empezar de interno con una compañía de financiamiento. El me sigue alrededor de la tienda todo el día preguntándome por una cita. Es molesto.
-Paul, por enésima vez, tengo una cita esta noche.
-No, no la tienes, tu solo estás diciendo eso para evitarme. Tu siempre estas evitándome.
-Paul, nunca he pensado que fuera una buena idea salir con el hermano del jefe.
-Estas terminando aquí el viernes. No estarás trabajando mañana.
-Y yo estaré en Seattle el sábado y tú estarás en New York pronto. No podríamos conseguir ir mucho más allá por lo separados si lo intentamos. Además, tengo una cita esta noche.
-¿Con Finn?"
—No.
— ¿Entonces quien?
—Paul... Oh —Mi suspiro esta exasperado. El no lo dejara ir—. Quinn Fabray—No pude evitar la molestia en mi voz. Pero ese era el truco.
La boca de Paul se abre y me mira boquiabierto, lo deje mudo. Hum, aun su nombre deja sin palabras a la gente.
—Tú tienes una cita con Quinn Fabray —dijo el finalmente, una vez que salió del shock.
La incredulidad es evidente en su voz.
—Sí.
—Ya veo —Paul luce positivamente decaído, incluso atontado, y a una pequeña parte le molesta que debería encontrarse sorprendido.
Mi diosa interior también lo hace. Ella le hace un gesto vulgar y poco atractivo con sus dedos. Después de eso, el me ignora, y a las cinco estoy fuera de la puerta, pronto.
San me había prestado dos vestidos y dos pares de zapatos para hoy en la noche y la graduación de mañana. Deseo poder sentirme más entusiasmada por la ropa y hacer un esfuerzo extra, pero la ropa no es lo mío. ¿Qué es lo tuyo, Rachel? La pregunta susurrada por Quinn me persigue. Sacudiendo mi cabeza procuro reprimir mis nervios y decido que el vestido color ciruela es mejor para esta noche.
Es recatado y vagamente serio, después de todo estoy negociando un contrato.
Me baño, depilo mis piernas y mis axilas, lavo mi cabello y luego paso fácil media hora secándolo, para que caiga con suaves ondas sobre mi pecho y por debajo de mi espalda. Me peino para mantener un lado de mi cara sin pelo y me aplico rímel y algún brillo labial.
Raras veces llevo maquillaje, me intimida. Ninguna de mis heroínas literarias tuvo que lidiar con el maquillaje, tal vez yo sabría más si lo hubieran hecho. Me deslizo en los zapatos purpura con taco aguja que combinan con el vestido y estoy lista para las 6:30.
— ¿Bueno? —le pregunte a Santana.
Ella sonríe.
—Hombre, te ves muy bien Berry —Ella asiente con aprobación—. Luces caliente.
-¡Caliente! Aspiro a recatada y seria.
—Eso también, pero sobre todo caliente. El vestido realmente te satisface y el tono. La manera en que te ajusta —Ella sonríe con satisfacción.
— ¡Santana! —la regaño.
—Cuida el vestido. La tendrás comiendo de tu mano.
—Deséame suerte.
— ¿Necesitas suerte para una cita? —Sus frente se arruga, perpleja.
—Sí, San.
—Bueno entonces... Buena suerte —Me abraza y estoy afuera de la puerta principal.
Tengo que manejar descalza; Wanda, mi Escarabajo azul marino, no fue construido para ser manejado con zapatos con taco aguja.
Paro afuera del Heathman a las 6:58 y le doy las llaves de mi auto a un aparcador de coches para que lo estacione. El mira con recelo a mi Escarabajo pero yo lo ignoro. Tomando una profunda respiración y mentalmente preparándome, me dirijo al hotel.
Casualmente Quinn se inclina contra la barra, bebiendo una copa de vino blanco.
Esta vestida con un traje de ejecutiva, una chaqueta de cuero y una falda que llega hasta sus rodillas color negro y unos tacones negros muy elegantes. Su cabello esta tan alborotado como siempre. Suspiro. Desde luego ella luce magnifica. Me quedo por unos segundos en la entrada de bar, mirándola, admirando la vista.
Ella es más que hermosa. Mira, creo que nerviosa, hacia la entrada y se queda quieta cuando me ve. Parpadeando un par de veces, luego sonríe lento, perezoso, una sonrisa sexy que me deja muda y derretida por dentro. Haciendo un esfuerzo supremo por no morder mi labio, avanzo consciente de que yo, Rachel Berry, estoy con tacos altos.
Ella camina con gracia hasta alcanzarme.
—Luce sensacional —murmura mientras se inclina hacia abajo para besar brevemente mi mejilla—. Un vestido muy bonito, Señorita Berry. Lo apruebo —Tomando mi brazo, me conduce hacia una mesa aislada y le hace señas al camarero.
— ¿Que te gustaría para beber?
Mis labios se curvaron en una rápida y astuta sonrisa mientras me siento y me deslizo en la mesa. Bueno, al menos me está preguntando.
—Tomare lo que estas tomando, por favor — ¡Ves! Puedo jugar agradablemente y
Comportarme. Pienso.
Divertida, ordena otra copa de Sancerre y la desliza frente mío.
—Tienen una bodega excelente aquí —dice ella, ladeando su cabeza hacia un lado.
Poniendo sus codos en la mesa, coloca sus dedos sobre su boca hermosa, sus ojos verdes con alguna clase de emoción ilegible. Y ahí esta... el familiar tire y acuse suyo, conectado en un lugar profundo dentro de mí. Me muevo incomoda bajo su mirada, mi corazón palpitando. Debo guardar mi tranquilidad.
— ¿Estas nerviosa? —pregunta suavemente.
—Sí.
Ella se inclina hacia adelante.
—Yo también —susurro con complicidad. Mis ojos se alzaron para encontrar los
Suyos.
Ella. Nervioso. Nunca. Parpadee y ella hace una adorable sonrisa de lado. El camarero llega con mi vino, un pequeño plato de diferentes frutos secos, y otro de aceitunas.
—Entonces ¿cómo vamos a hacer esto? —pregunto—. ¿Repasando mis puntos uno por uno?
—Impaciente como siempre, Señorita Berry.
—Bueno, puedo preguntarte qué piensa del clima de hoy.
Ella sonríe, y baja sus largos dedos para recoger una aceituna. La hace reventar en su boca, y mis ojos se entretienen con ella, esa boca, que había estado sobre mí... Todas mis partes. Me pongo colorada.
—Pienso que el clima era particularmente normal hoy —Sonríe con suficiencia.
— ¿Te estás riendo de mi?
—Lo estoy, Señorita Berry.
—Usted sabe que legalmente ese contrato es inaplicable.
—Estoy totalmente consciente de eso, Señorita Berry.
— ¿Ibas a decirme algo de ese punto?
Me mira con el ceño fruncido.
— ¿Cree que la obligaría a hacer algo que no quiere y luego finja que tengo un aplazamiento legal en ti?
—Bueno, sí.
—No piensa muy bien de mí ¿no?
—No has respondido mi pregunta.
—Rachel, no importa si es legal o no. Representa un trato que me gustaría hacer contigo, que me gustaría de ti y que puedes esperar de mí. Si no te gusta, entonces no firmes. Si firmas y después decides que no te gusta hay bastantes clausulas que te permiten alejarte. Incluso si fuera legal, ¿crees que te arrastraría por los tribunales si decides escapar?
Tomo un largo trago de vino. Mi subconsciente me golpea fuerte en el hombro. Debes mantener tu inteligencia en esto. No bebas demasiado.
—Relaciones como estas son construidas con honestidad y confianza —continua—. Si no confías en mi, para saber cómo te afecto, que tan lejos puedo ir contigo, que tan lejos puedo llevarte; si no puedes ser honesta conmigo entonces no podemos hacer esto.
Dios mío, cortamos la persecución rápido. Que tan lejos puede llevarme. Mierda. ¿Qué significa eso?
—Entonces es bastante simple, Rachel ¿Confías en mi o no? —Sus ojos están en llamas, fervientes.
— ¿Tienes discusiones similares con um... ¿Las quince?
—No.
— ¿Por qué no?
—Porque ellas eran todas sumisas establecidas. Ellas sabían que querían de la relación conmigo y generalmente lo que esperaba. Con ellas era solo una pregunta para ajustar los límites delicados, detalles como eso.
— ¿Hay una tienda a la que vas llenas de sumisas?
Ella ríe
—No exactamente.
— ¿Como entonces?
— ¿Es eso lo que quieres discutir? ¿O iremos al grano? Tus puntos, como dices.
Trago saliva. ¿Confió en ella? ¿De esto se trata todo, de la confianza? Seguramente esto debería ser reciproco. Recuerdo su mal humor cuando llame a Finn.
— ¿Estas hambrienta? —pregunta, distrayéndome de mis pensamientos.
Ay, no... Comida.
—No.
— ¿Has comido hoy?
La miro fijamente. Honestidad... Mierda, no le va a gustar mi respuesta.
—No —Mi voz es baja.
Ella estrecha sus ojos.
—Tienes que comer, Rachel. Podemos comer acá o en mi suite. ¿Qué prefieres?
—Creo que debemos estar en público, en tierra neutral.
Ella sonríe irónicamente.
― ¿Crees que me detendrías? ―dice en voz baja, una advertencia sensual.
Mis ojos se abren, y trago fuertemente otra vez.
―Espero que sí.
―Ven, tengo un comedor privado reservado. Sin público. ―Ella me sonríe enigmáticamente y sale de la cabina, manteniendo su mano en alto hacia mí.
―Trae tu vino ―murmura.
Coloco mi mano en la suya, me deslizo afuera y me paro junto a ella. Me libera, y su mano se extiende hasta mi codo. Me lleva de nuevo a través de la barra y sube las grandes escaleras hacia un entresuelo. Un joven, vestido enteramente con librea (Heathman livery), se acerca a nosotras.
―Señora Fabray, por aquí.
Nosotras lo seguimos a través de un área de asientos de lujo, a un comedor íntimo. Sólo una mesa apartada. La habitación es pequeña, pero suntuosa. Bajo una lámpara brillante, la mesa esta toda predispuesta con lino almidonado, vasos de cristal, cubiertos de plata, un ramo de rosas blancas. El encanto del mundo antiguo y sofisticado impregna la sala llena de paneles de madera. El camarero retira mi silla, y me siento. Coloca la servilleta en mi regazo. Quinn se sienta frente a mí.
Levanto la mirada hacia ella.
―No te muerdas el labio ―susurra.
Frunzo el ceño. Maldita sea. Ni siquiera sé que lo estoy haciendo.
―He pedido ya. Espero que no te importe.
Francamente, me siento aliviada, no estoy segura de que pueda tomar ninguna decisión más.
―No, eso está bien ―acepto.
―Es bueno saber que puedes ser sumisa. Ahora, ¿dónde estábamos?
―El meollo de la cuestión. ―Tomo otro sorbo de vino. Esta realmente delicioso.
Quinn Fabray elije el vino bien. Recuerdo el último sorbo de vino que me dio, en mi cama. Me ruborizo ante el pensamiento intrusivo.
―Si, tus dudas. ―Rebusca en el bolsillo interior de su chaqueta y saca un pedazo de papel. Mi correo electrónico.―Clausula 2. De acuerdo. Esto es para el beneficio de ambas. Lo redactare de nuevo.
Parpadeo hacia ella. Mierda santa... vamos a revisar cada uno de estos puntos uno por uno. Simplemente no me siento tan valiente en esto del cara a cara. Ella parece muy seria. Me armo de valor con otro sorbo de vino. Quinn sigue.
―Mi salud sexual. Bueno, todas mis parejas anteriores se han hecho análisis de sangre, y me hago pruebas periódicas cada seis meses por todos los riesgos de salud que mencionas. Todas mis últimas pruebas están limpias. Nunca he tomado drogas. De hecho, soy, con vehemencia, anti―drogas. Tengo una estricta política de no tolerancia con respecto a las drogas para todos mis empleados, e insisto en hacer pruebas de drogas al azar.
Wow... la obsesa del control se ha vuelto loca. Parpadeo hacia ella, sorprendida.
―Nunca me he hecho una transfusión de sangre. ¿Eso responde tu pregunta?
Asiento con la cabeza, impasible.
―El siguiente punto que mencione anteriormente. Puedes irte en cualquier momento, Rachel. No te detendré. Si te vas, sin embargo, eso es todo. Solo para que lo sepas.
―Está bien ―respondo en voz baja. Si me voy, eso es todo. La idea es sorprendentemente dolorosa.
El camarero llega con nuestro primer pedido. ¿Cómo es posible que pueda comer? Santo Moisés, ha pedido ostras sobre un lecho de hielo.
―Espero que te gusten las ostras ―la voz de Quinn es suave.
―Nunca he probado una.
Nunca.
― ¿En serio? Bueno… ―Ella alcanza una―. Todo lo que tienes que hacer es inclinarla y tragártela. Creo que puedes arreglártelas con eso. ―Me mira, y yo sé a lo que se refiere.
Me ruborizo de rojo escarlata. Ella sonríe, vierte un poco de jugo de limón en su ostra, y la inclina hacia su boca.
―Mmm, deliciosa. Sabe a mar ―dice sonriéndome―. Vamos ―me ánima.
―Entonces, ¿no la mastico?
―No, Rachel, no lo hagas. ―Sus ojos están iluminados con humor. Se le ve tan joven como parece.
Me muerdo el labio, y al instante su expresión cambia. Me mira con severidad. Extiendo la mano para coger mi primera ostra. Bueno... aquí voy. Escurro un poco de jugo de limón y la inclino. Se desliza por mi garganta, toda agua salada, el olor fuerte del cítrico, y carnosidad... ooh. Me lamo los labios, y ella me está mirando fijamente, sus ojos entrecerrados.
― ¿Y bien?
―Tomare otra ―le digo secamente.
―Bien ―dice con orgullo.
― ¿Elegiste esto deliberadamente? ¿No son conocidos por sus cualidades afrodisiacas?
―No, son el primer artículo en el menú. No necesito un afrodisiaco cerca de ti. Creo que ya lo sabes, y creo que reaccionas de la misma forma cerca de mi―dice con sencillez
―Así que, ¿dónde estábamos? ―Le echo un vistazo a mi correo electrónico, mientras extiendo una mano para alcanzar otra ostra.
Ella reacciona de la misma manera. Yo le afecto... wow.
―Me obedeces en todo. Sí, quiero que hagas eso. Necesito que hagas eso. Piensa en ello como las reglas del juego Rachel.
―Pero me preocupa el que me puedas hacer daño.
―Hacerte daño, ¿cómo?
―Físicamente. Y emocionalmente.
― ¿De verdad crees que haría eso? ¿Traspasar cualquier limite que no puedes tomar?
―Has dicho que has hecho daño a alguien antes.
―Si, lo he hecho. Fue hace mucho tiempo.
― ¿Como les heriste?
―Les suspendí del techo de mi cuarto de juegos.―
Alzo mi mano pidiendo que se detenga.
―No necesito saber nada más. Así que, ¿no me suspenderás, entonces?
―No, si realmente no quieres. Puedes poner ahí un límite duro.
―Está bien.
―Así que obedecer, ¿crees que puedes manejar eso?
Ella me mira fijamente con sus intensos ojos grises. Los segundos pasan.
―Podría intentarlo ―susurro.
―Bien ―Sonríe―. Ahora el plazo. Un mes en lugar de tres es muy poco tiempo, especialmente si quieres un fin de semana lejos de mi cada mes. No creo que vaya a ser capaz de mantenerme alejada de ti durante todo ese periodo de tiempo. Apenas puedo manejarlo ahora ―hace una pausa.
¿No puede permanecer lejos de mí? ¿Qué?
― ¿Qué te parece, un día mas de un fin de semana al mes para ti misma―pero tengo a cambio una noche entre semana de esa semana?
―Está bien.
―Y por favor, probémoslo durante tres meses. Si no te parece para entonces, puedes irte en cualquier momento.
― ¿Tres meses? ―Me siento acorralada. Tomo otro sorbo de vino y trato de auto
Controlarme con otra ostra. Podría aprender a apreciar esto.
―Sobre el asunto de la posesión, esa es solo la terminología y se remonta al principio de obediencia. Es para lograr entrar en el estado de ánimo adecuado, para entender de donde vengo. Y quiero que sepas que tan pronto cruces mi umbral como mi sumisa, yo hare que te guste. Tienes que aceptar eso y por voluntad propia. Es por eso que tienes que confiar en mí. Te follare, en cualquier momento, de cualquier manera, en que quiera―en cualquier lugar que quiera. Te disciplinare, porque meterás la pata. Te entrenare para complacerme. Pero sé que no has hecho esto antes. Inicialmente, lo tomaremos con calma, y yo te ayudare. Vamos a construir diversos escenarios. Quiero que confíes en mí, pero sé que tengo que ganarme tu confianza, y lo hare.
Ella es tan apasionada, fascinante. Esta es, obviamente, su obsesión, su forma de ser... No puedo quitar mis ojos de ella. Realmente, realmente quiere esto. Deja de hablar y me mira.
― ¿Todavía conmigo? ―susurra, su voz rica, cálida y seductora. Toma un sorbo de su vino, su mirada penetrante manteniéndose fija en la mía.
El camarero se acerca a la puerta, y Quinn, sutilmente asiente, permitiendo ha que despeje la mesa.
― ¿Querrías un poco más de vino?
―Tengo que conducir.
― ¿Un poco de agua, entonces?
Asiento con la cabeza.
― ¿Con o sin gas?
―Con gas, por favor.
El camarero se va.
―Estas muy callada ―susurra Quinn.
―Eres muy detallista.
Ella sonríe.
―Disciplina. Hay una línea muy fina entre el placer y el dolor, Rachel. Son ambas caras de una misma moneda, una no existe sin la otra. Puedo mostrarte como motivo de placentero puede ser el dolor. No me crees ahora, pero esto es a lo que refiero con la confianza. Habrá dolor, pero no hay nada que no puedas manejar. Una vez más, todo se reduce a la confianza. ¿Confías en mi, Rach?
!Rach!
—Si —respondo espontáneamente, sin pensarlo… porque es verdad… confió en ella.
—Bien entonces, —se ve aliviada. —El resto de las cosas son solo detalles.
—Detalles importantes.
—Bueno, vamos a hablar de eso.
Mi cabeza esta nadando con todas sus palabras. Debería haber traído el mini reproductor de San para poder escuchar esto otra vez. Hay tanta información, tanto para procesar.
El camarero vuelve a emerger con nuestros platos: bacalao negro, espárragos, y puré de papas con una salsa holandesa. Nunca me había sentido menos que la comida.
—Espero que te guste el pescado —dice Quinn suavemente.
Apuñalo mi comida y tomo un largo trago de mi agua con gas. Vehemente deseo que fuera vino.
—Las reglas. Hablemos de ellas. ¿La comida es un tema de discusión?
—Sí.
— ¿Puedo modificarlo diciendo que comerás al menos tres veces al día?
—No. —No estoy dando tanta marcha atrás en eso. Nadie me va a establecer lo que como. Como follo, si, pero comer... no, de ninguna manera.
Aprieta sus labios.
—Necesito saber que no estás con hambre.
Frunzo el ceño. ¿Por qué?
—Vas a tener que confiar en mí.- Le digo.
Me mira por un momento, y se relaja.
—Buen punto, Rachel —dice en voz baja—. Acepto lo de la comida y el sueño.
— ¿Por qué no puedo mirarte?
—Eso es una cosa de dominación/sumisión. Ya te acostumbraras a ello.
¿Lo hare?
— ¿Por qué no puedo tocarte?
—Porque no puedes.
Su boca se tensa en una rebelde línea.
— ¿Es por la Señora Robinson?
Ella me mira con curiosidad.
— ¿Por qué piensas eso? —E inmediatamente entiende—. Crees que ella me traumatizo.
Asiento.
—No, Rachel. Ella no es la razón. Además, la Señora Robinson no tendría nada de esa mierda de mí.
Oh… pero yo lo tengo. Hago un mohín.
—Así que nada que ver con ella.
—No. Y tampoco quiero que te des placer a ti misma.
¿Qué? Ah, sí, la clausula de la no masturbación.
—Por curiosidad… ¿Por qué?
—Porque quiero todo tu placer. —su voz es ronca, pero determinada.
Oh… no tengo una respuesta para eso. A veces esto aumenta de nivel como "quiero morder ese labio" y otras, es tan egoísta. Frunzo el ceño y tomo un mordisco del bacalao, intentando evaluar mentalmente las concesiones de lo que he ganado. La comida, la dormida, puedo mirarla a los ojos. Ella va a ir despacio, y no hemos discutidos los limites suaves. Pero no estoy segura de que pueda enfrentarla mientras comemos.
—Te he dado mucho en que pensar ¿no?
—Sí.
— ¿También quieres hablar de los limites suaves, ahora?
—No en la cena.
Ella sonríe.
— ¿Escrupulosa?
—Algo así.
—No has comido mucho.
—Ya he tenido suficiente.
—Tres ostras, cuatro mordiscos de bacalao, y un tallo de espárragos, no papas, no nueces, no aceitunas, y no has comido en todo el día. Dijiste que podía confiar en ti.
¡Por Dios! Tiene un inventario.
—Quinn, por favor, es que no todos los días me siento a tener conversaciones como esta.
—Te necesito en forma y saludable, Rachel.
—Lo sé.
—Y justo ahora, quiero sacarte ese vestido.
Trago saliva. Sacarme el vestido de San. Siento un tirón profundo en mi vientre. Los músculos que ahora tengo más acostumbrados, se aprietan con sus palabras. Pero no puedo tenerlo. Su arma más potente, usada en mi contra, otra vez. Ella es tan buena en el sexo – me he dado cuenta de eso.
—No creo que esa sea una buena idea —murmuro en voz baja—. No hemos pedido el postre.
— ¿Quieres postre? —resopla.
—Sí.
—Tú podrías ser el postre —murmura sugestivamente.
—No estoy segura de ser lo suficientemente dulce.
—Rachel, eres deliciosamente dulce. Lo sé.
—Quinn. Usas el sexo como un arma. Esto es realmente injusto —susurro, mirando mis manos, y luego mirándola directamente.
Ella levanta sus cejas, sorprendida, y veo que está considerando mis palabras. Se acaricia la barbilla, pensativamente.
—Tienes razón. Lo hago. En la vida utilizas lo que sabes, Rachel. Eso no cambia lo mucho que te quiero. Aquí. Ahora.
¿Cómo puede seducirme únicamente con su voz? Realmente estoy jadeando – la sangre caliente corriendo por mis venas, mis nervios vibrando.
—Me gustaría intentar algo —ella respira hondo.
Frunzo el ceño. Me acaba de dar un montón de malditas ideas para procesar y ahora esto.
—Si fueras mi sumisa, no tendrías que pensar en esto. Seria fácil. —Su voz es suave, seductiva—. Todas esas decisiones… todo ese desgastante proceso de pensamientos detrás de ello. No tendrías que preocuparte por ningún detalle. Eso es lo que yo haría como tu Dominante. Y ahora, sé que me quieres, Rachel.
Mi ceño se profundiza. ¿Cómo puede saberlo?
—Puedo saberlo porque…
Santa mierda, ella está respondiendo mi pregunta no formulada. ¿También es psíquica?
—…Tu cuerpo te delata. Estas apretando y juntando tus muslos, estas ruborizada y tu respiración ha cambiado.
O, esto es demasiado.
— ¿Como sabes lo de mis muslos? —mi voz es baja, incrédula. Están debajo de la mesa por el amor de dios.
—Sentí el movimiento del mantel, y es una suposición calculada, basada en mis años de experiencia. Tengo razón ¿no?
Me sonrojo y miro hacia mis manos. Es por eso que estoy impedida en este juego de seducción. Ella es la única que conoce y entiende las reglas. Yo solo soy demasiado ingenua e inexperta. Mi única referencia es Santana, y ella no toma ninguna mierda de las mujeres. Mis otras referencias son todas ficciones: Elizabeth Bennet estaría indignada, Jane Eyre muy asustada, y Tess accedería, al igual que yo.
—No he terminado mi bacalao.
— ¿Prefieres ese frio bacalao que a mí?
Mi cabeza se agita hacia ella, y sus ojos verdes queman como plata fundida, con imperiosa necesidad.
—Pensé que te gustaría que acabara mi plato.
—En este momento, Señorita Berry, no puedo decirte nada por tu comida.
—Quinn. No juegas limpio.
—Lo sé. Nunca lo hago.
Mi diosa interior me frunce el ceño. Puedes hacer esto, persuade – jugar con ella que es la diosa del sexo en su propio juego. ¿Puedo? Está bien. ¿Qué se hace? Mi inexperiencia es un albatros alrededor de mi cuello. Cogiendo un poco de espárragos, la miro y muerdo mi labio. Luego muy lentamente coloco la punta del frio esparrago en mi boca y lo chupo.
Los ojos de Quinn se amplían infinitesimalmente, pero me doy cuenta.
—Rachel. ¿Qué estás haciendo?
Muerdo la punta de otro esparrago.
—Comiendo mí esparrago.
Quinn se mueve en su asiento.
—Creo que estas jugando conmigo, Señorita Berry.
Finjo inocencia.
—Solo estoy terminando mi comida, Señora Fabray.
Y bueno… llego la cita.
Espero que hayan tenido un buen día del amor y la amistad. Yo enferma y de reposo hasta unos cuantos días…
Depende de sus comentarios si actualizo mis días libres o no =) … Un besote
