¡Hooola a todos mis lectores! ¿Cómo están? ¡Yo estoy feliz, pero feliz de verdad! Hoy me devolvieron mi ensayo sobre la quema de libros durante la última dictadura militar argentina, ¡y obtuve un diez, la nota máxima posible! Por si fuera poco, la profesora dijo (delante de todo el mundo) que mi texto era un modelo en cuanto a la presentación y que hasta podía pensar en publicarlo. ¿Qué más le faltaba a este día para ser maravilloso? Actualizar mi fic, por supuesto, que es lo que estoy haciendo.
Aquí está el nuevo capítulo, que cierra una buena cantidad de incógnitas… y abre otras. Desde luego, los personajes bla, bla, bla, Stephenie Meyer bla, bla, bla, escribo sin fines de lucro bla, bla, bla.
¡Gracias por leer, y espero sus comentarios!
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Forks, Washington. Miércoles 29 de mayo de 2006. Interior del móvil patrulla de la policía de Forks, donde la agente encubierta Swan, Bella Swan, está siendo llevaba bajo arresto a la comisaría acusada del asesinato de Michael Newton.
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-¿Cuál es el castigo para quien presenta una falsa declaración en un caso de homicidio? –pregunté, interesada.
-Varía de una multa a varios años de cárcel, dependiendo de la gravedad de la mentira, y si fue deliberada o no –respondió Mark, mirándome con sospecha.
-Vayan preparando una cómoda celda para Jessica, entonces –me permití una sonrisa-. Soy inocente y puedo probarlo. ¿Vamos?
Mark pareció muy sorprendido, pero bajó del móvil patrulla, abrió mi puerta y me hizo descender. Caddy bajó detrás de nosotros, con una expresión de sospecha en la cara. Mark me tomó del codo con expresión casi de disculpa.
-Eh, yo debería haberte esposado, pero… -dudó.
-No te preocupes, no voy a escapar –le aseguré-. Tengo que desenmascarar a Jessica.
Entramos a la comisaría con Caddy pisándonos los talones, y Mark nos condujo de inmediato hacia el despacho de Charlie. En el pasillo me crucé con el señor y la señora Stanley, que me observaron con una mezcla de fascinación y repugnancia, la señora Stanley con menos disimulo que su marido. Era evidente que le creían a su hija; me pregunté con cierto desapego cuánta gente de Forks compartiría su punto de vista una vez que se corriera la voz.
Entré a la oficina, donde estaba Jessica, sentada en una silla y con rastros de haber llorado. Charlie estaba sentado tras su escritorio muy serio, aunque lo noté más irritado que preocupado.
-Ah, Mark. Muy bien –asintió hacia mí-. Condúzcalas a…
-¡Asesina! –chilló Jessica, furiosa. Se había girado a ver a quién la hablaba Charlie, y la cara se le había descompuesto de ira al verme-. ¡Asesina! ¡Te vi! ¡Vas a pudrirte en la cárcel…!
-¡Suficiente! –la acalló Caddy. Jessica guardó silencio de inmediato. Al igual que a cualquier persona con dos dedos de frente, el tamaño y el aspecto feroz de Caddy debían haberla intimidado.
-Puedo probar que la acusación es falsa –dije-. Sólo consulten el expediente.
-¿Qué del expediente? –preguntó Charlie, con el ceño fruncido.
-Las fotos del frente de la tienda, en especial las tomadas desde la calle –aclaré.
El ceño de Charlie se desfrunció de inmediato, y la sonrisa que apareció en su cara lo hizo parecer de pronto veinte años más joven. Él también había comprendido. Mark buscó las fotos con cara de incomprensión, y él y Charlie las estudiaron por un minuto. Charlie, satisfecho; Mark, confundido. Yo me quedé cerca de la puerta, con Caddy a mi lado.
-Señorita Stanley, me gustaría hacerle unas preguntas –empezó Charlie, amable, dirigiéndose hacia Jessica.
-Sí, señor –respondió ella, intimidada.
-Bien. Según su declaración, usted llegó al frente de la tienda a las 13:10 hs. –señaló Charlie, consultando el expediente-. ¿Es eso correcto?
-Sí, señor.
-A esa hora, ¿estaba abierta o cerrada la tienda?
-Cerrada… en ese momento –explicó Jessica-. Es que, la tienda estaba cerrada en ese momento, pero Mike llegó unos minutos más tarde, y aunque dejó la mayoría de las luces estaban apagadas, el cartel de la puerta decía que estaba abierto.
-Ajá. ¿El automóvil del señor Newton… de Michael Newton… estaba ya ahí?
-No, Mike llegó un poco después de mí y dejó el auto no en el estacionamiento para clientes, sino bajo un pequeño techo, al lado de la tienda, que era donde él lo dejaba siempre –explicó Jessica.
-Usted acaba de mencionar que las luces estaban apagadas. ¿Puede recordar a qué hora fueron encendidas? –preguntó Charlie, interesado.
-No todas las luces estaban apagadas –corrigió Jessica-. Algunas, las de alrededor de la caja registradora y del mostrador, estaban encendidas, pero no las del resto de la tienda.
-Una aclaración importante –asintió Charlie-. ¿Y a qué hora fueron encendidas las demás?
Jessica palideció.
-No… nadie… nadie las encendió…
-¿Está diciendo que el señor Newton pasó la tarde con la mitad de las luces apagadas? –insistió Charlie-. El martes 21 de mayo fue un día nublado, difícilmente podía verse dentro de los edificios sin luz eléctrica adicional. ¿Me está diciendo que el señor Newton mantuvo la tienda medio a oscuras?
-Yo… no… -Jessica empezó a retorcerse las manos, nerviosa.
-Está bien, no se preocupe. Pasemos a otro tema –indicó Charlie.
Algo muy raro estaba pasando… Charlie estaba siendo muy amable. Demasiado amable, según mi experiencia. Era el tipo de amabilidad casi empalagosa que Charlie solía mostrar frente a Edward, antes de soltar unos de sus mordaces comentarios, que dejaban a mi pobre novio tartamudeando.
-¿Dónde exactamente estaba estacionado su automóvil, señorita Stanley?
-Frente a la tienda, yo podía ver perfectamente por los ventanales –dijo Jessica, segura.
-Pese a que la mayoría de las luces estaban apagadas –asintió Charlie-, pero sigamos. ¿Reconoce el lugar de la fotografía? –preguntó, extendiéndole a Jessica una foto.
-Sí, claro. Es el frente de la tienda de Mike –exclamó ella.
-Fue tomada el día del asesinato, como parte de las evidencias –explicó Charlie-. Mírela por favor, y dígame si hay algo que le llama la atención. Mire con mucha atención, tómese todo el tiempo que necesite. Es importante.
Jessica miró la foto hasta casi quedarse bizca, de cerca y de lejos, hasta la puso de cabeza en un momento, pero no dio la impresión que hubiese descubierto nada trascendente.
-Lo lamento, pero no hay nada raro –dijo Jessica, confundida, devolviéndole la foto a Charlie.
-Mírela de nuevo –instruyó él-. Las ventanas. Mire las ventanas.
Jessica miró de nuevo, y entonces se llevó una mano a la boca para ahogar un grito de terror.
-Las persianas están cerradas –siseó Charlie, olvidada la pretendida amabilidad y dando paso a una mueca feroz-. ¡Señorita Stanley, usted no pudo haber visto al asesino, sea quien fuere, porque las persianas estaban cerradas!
-¡Bella cerró las persianas después de haber matado a Mike! –chilló Jessica, asustada-. ¡Ella entró por la puerta de atrás, mató a Mike, borró las huellas, cerró las persianas y volvió a salir, después corrió hasta la puerta del frente y simuló que acababa de encontrarlo…!
-¡No tiene prueba alguna de lo que dice, sin mencionar que otra vez está mintiendo! –ladró Charlie, enojado, dando un puñetazo en la mesa. Jessica empezó a sollozar de nuevo-. ¿No cree que sería mucho más sensato que un asesino cierre las persianas antes de cometer un crimen, señorita Stanley?
-¡Bueno, Bella no es una asesina profesional! –protestó Jessica-. ¡Cometió un error!
Charlie respiró profundamente varias veces y volvió a componer su expresión tranquila.
-Entonces, dice que vio a Isabella dispararle al señor Newton.
-Sí, la vi –sostuvo Jessica.
-¿Qué tipo de arma empuñaba? –preguntó Charlie con fría profesionalidad.
-Una escopeta de caza –repuso Jessica de inmediato.
-¿Cómo ésta? –preguntó Charlie, mostrándole un papel.
-Sí, exactamente como ésa –afirmó Jessica, convencida.
-¿Desde qué distancia, aproximadamente, disparó Isabella el arma?
-La punta del cañón estaba apoyada en la cabeza de Mike –dijo Jessica.
-El señor Newton, ¿estaba de pie o de rodillas al momento de recibir el disparo? Por favor, piénselo bien, es un dato no menor –subrayó Charlie.
-Estaba arrodillado –contestó Jessica, vehemente-. Bella lo obligó a arrodillarse antes de dispararle –añadió con una mirada de odio hacia mí.
Yo me contuve de dos cosas que me estaba muriendo de ganas de hacer. Una era rodar los ojos, y la otra era empezar a reír histéricamente. Jessica acababa de hacer todo el mérito necesario para ganarse unas largas vacaciones tras las rejas, con todos los gastos pagos por el Estado, inclusive el alojamiento en una prisión de mujeres.
Charlie se puso de pie, se ajustó la insignia de la camisa y compuso su expresión más severa.
-Señorita Jessica Avril Stanley, queda usted arrestada por dar falso testimonio y obstaculizar la justicia –anunció, sacando un par de relucientes esposas plateadas, que debía ser la primera vez que se usaban.
-¡¿QUÉ? –chilló Jessica, tan fuerte que tuve el impulso de taparme las orejas con las manos-. ¡PERO SI YO NO…!
-Newton recibió un balazo de una escopeta, es cierto, pero el dibujo que yo le mostré es el de un rifle de aire comprimido. Además, la bala le fue disparada desde una distancia aproximada de quince centímetros; el cañón no estaba apoyado en la piel. Y por último, pero no por eso menos importante, Newton estaba de pie al momento de recibir el disparo –enumeró Charlie, fulminando a Jessica con la mirada mientras apoyaba las manos en el escritorio y se inclinaba hacia Jessica, que seguía sentada, lívida-. Ahora, tiene derecho a permanecer en silencio hasta consultar con un abogado, señorita Stanley, porque cuanto más siga hablando, más evidencia en su contra tendremos.
Jessica hizo una escena. Gritó, lloró, pataleó y hasta intentó morder a Charlie cuando él y Mark la esposaron con las manos en la espalda. Sus padres entraron corriendo al oír el escándalo; el señor Stanley empezó a quejarse a gritos, y la señora Stanley atacó a Charlie y Mark a golpes de su bolso de mano. Tuvo que intervenir Caddy para que la policía pudiese poner a Jessica en una celda.
Los Stanley se quedaron un rato en la comisaría, protestando y quejándose, antes de ir a hablar con su abogado, para sacar a Jessica de "esta apestosa cárcel" lo antes posible. Charlie y sus ayudantes los vieron marcharse con una expresión de intenso alivio.
Aproveché para deslizarme hasta la celda de Jessica, que estaba aovillada en un rincón de su camastro, llorando con la cara escondida entre las rodillas.
-Jess, soy yo. Quiero ayudarte –empecé, sabiendo que sería una conversación difícil.
-Lárgate –me gruñó ella. Sí, lo dicho: una conversación difícil.
-Jess… creo que te debo un par de explicaciones. ¿Quieres saber de qué hablábamos Mike y yo en el gimnasio de la escuela? –le pregunté, sabiendo que si había algo a lo que Jessica no podía resistirse, era a un buen chisme.
-No –me gruñó.
-Entonces no –dije en voz baja, y empecé a contar mentalmente.
... nueve… diez… once… do-
-Te estaba pidiendo que salieras con él, ¿no es cierto? –preguntó ella, la voz anegada de lágrimas-. Le dijiste que no y por eso él me siguió hasta el estacionamiento de la escuela y me invitó a salir a cenar. Fui la última que lo vio vivo…
Contuve la sonrisa de victoria, y en cambio le conté exactamente qué habíamos dicho y hecho Mike y yo, cómo yo lo había alentado a invitarla y él había estado contento con la idea. Ella se sentó muy derecha y me escuchó con toda atención, aunque para el final de la explicación, gruesos lagrimones estaban rodando por sus mejillas de nuevo.
-Fue todo mi culpa –sollozó Jessica-. Si yo hubiese entrado a verlo, a hablarle, en lugar de quedarme mirando desde afuera…
-Jess, no. Si es por eso, también es culpa mía –le respondí, conmovida-. Si yo hubiese entrado enseguida, en lugar de irme a esperar media hora en la parte de atrás de la tienda…
-El asesino te hubiese disparado también, si hubieses estado adentro –musitó Jessica.
-Lo mismo me dijo el señor Newton… y es lo mismo que te digo. No creo que hubiésemos podido impedirlo, ninguna de nosotras dos. Sólo nos hubiesen matado también –añadí en voz baja, poniéndole una mano en el hombro.
Al momento siguiente, y sin que yo comprendiese muy bien cómo, estábamos las dos llorando y abrazándonos a través de los barrotes de la celda. Aunque era raro, se sentía bien poder llorar por Mike junto a alguien que lamentaba tanto o más que yo la pérdida.
-Perdón, Bella –sollozó ella, deshecha en lágrimas-. Cuando me dijeron que habías estado ahí… circulaba un rumor… yo estuve tan enojada… y tan celosa… creí que si de todos modos eras culpable, si todo lo que faltaba era un testimonio… perdón, perdón… yo… yo lo amaba, Bella. Sin él no soy nada…
-No te preocupes, Jess –le dije en voz baja, conmovida al verla tan destruida-. Ahora tenemos que sacarte de aquí. Eso es lo importante.
-¿Vas a ayudarme a salir… después de lo que hice? –me preguntó Jessica con timidez.
-Actuaste con buenas intenciones, aunque los métodos estaban completamente mal. Querías ayudar, aunque hacerlo diciendo mentiras no es el modo –no pude evitar sermonearla un poco-. Sí, voy a ayudarte… y creo que ya sé cómo.
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Forks, Washington. Miércoles 29 de mayo de 2006. Interior de la estación de policía, más concretamente, el despajo del Jefe Swan.
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-¿Cómo que Jessica Stanley quiere hacer un trato? –bufó Charlie, incrédulo.
-Exactamente así –respondí, imperturbable-. Jessica ofrece una declaración completamente sincera de todo lo que vio durante las horas que estuvo frente a la tienda, incluyendo una descripción física del conductor del automóvil de chapa patente del otro Estado, a cambio de que se la deje en libertad.
-No hay trato –se negó Charlie de plano-. Stanley está presa por falso testimonio, y presa se queda.
-Papá, dirán que es algo personal tuyo contra Jessica porque ella me acusó a mí, acabarán pidiendo que te aparten de la causa, y a ella la liberarán con una disculpa –le hice ver-. Además, la policía tiene mucho que ganar con los nuevos datos que puede obtener de Jessica.
-La declaración no es un bien con el que negociar, es una obligación –objetó Charlie, testarudo-. Su situación sólo se complicará más si no colabora.
-Es el primer delito de Jessica, le darán trabajos comunitarios para hacer o le cobrarán una multa que pagarán sus padres y no ella –insistí-. Jessica no irá presa, y todos sabemos eso.
Charlie gruñó y protestó. Iba contra su sentido de la justicia hacer tratos con delincuentes, aunque esos "delincuentes" fuesen alguien tan mayormente inofensivo como Jessica. Costó un arduo trabajo de persuasión entre Mark, que observaba el intercambio con asombro, y yo, que Charlie accediera a tomarle declaración de nuevo a Jessica.
Esta vez, Charlie dejó de lado las pretensiones de amabilidad y en cambio fue todo lo policía feroz y desalmado que podía. Interrumpió a Jessica, que ya estaba muy asustada, continuamente. Volvió sobre las preguntas, insistió hasta en los más mínimos detalles, le hizo contar las mismas cosas dos y tres veces. Tuve que interceder a favor de Jessica un par de veces, cosa que no hizo muy feliz a Charlie, pero es que él se estaba pasando de la raya.
Jessica estaba al borde del ataque de llanto, y yo pasando vergüenza ajena, cuando Charlie decidió que era suficiente y le permitió marcharse a Jessica, con la advertencia que si se le ocurría volver a acusar a un inocente él mismo se ocuparía de encerrarla a pan y agua. Aunque yo sabía que legalmente él no podía hacer eso, aparentemente Jessica no lo sabía, porque se tomó la amenaza muy en serio.
Jessica y yo estábamos saliendo de la comisaría, con Caddy pegada a nuestras espaldas, cuando nos encontramos con el señor y la señora Stanley en la puerta, acompañados por Paul Yorkie, el papá de Eric. Recién entonces supe que el señor Yorkie era abogado.
El reencuentro de Jessica con su madre fue digno de una película cursi. Se abrazaron como si llevaran años sin verse, en lugar de un par de horas, sollozando y murmurando tonterías. Caddy bufó detrás de mí. El señor Stanley estaba confundido, como si no comprendiera muy bien cómo era posible que Jessica estuviese libre y a mi lado, cuando pareció pensarlo mejor y se dirigió a mí con la cara enrojecida de furia.
-¡Papá, no! –chilló Jessica, desasiéndose del abrazo de su madre-. ¡Bella me ayudó, de no ser por ella yo todavía estaría presa! ¡Ella me explicó cómo hacer un trato con la policía para que me dejen libre!
-¿Qué? –la señora Stanley estaba atónita.
-¿Hiciste un trato con la policía? –repitió el señor Stanley, asustado.
-¿Qué tipo de trato? ¿Qué es lo que firmaste? –preguntó el señor Yorkie, preocupado.
Jessica, desvalida, miró en mi dirección con cara de súplica.
-Ejem, Jessica sólo firmó una nueva declaración, que corrige la anterior –expliqué-. Afortunadamente, la declaración anterior no estaba firmada todavía, de modo que no tiene tanta validez jurídica. En realidad, no tiene ninguna si no lleva la firma del testigo –admití-. Esto del trato fue más bien una artimaña jurídica. Mi papá no podía pasar por alto la primera declaración por una cuestión burocrática, pero esa declaración deja de tener validez cuando aparece el trato y la segunda declaración, más completa, entra a formar parte del expediente.
-La señorita Stanley nunca estuvo en verdadero peligro –exclamó el señor Yorkie.
-Y lo del trato es sólo para poder sacar de en medio esa falsa declaración sin que mi papá tenga problemas con sus superiores –asentí, y mirando a Jessica, añadí:- Es su obligación interpretar al policía rudo, pero él nunca te hubiese encerrado de verdad. Yo sólo… ayudé un poco.
Después de eso, el señor y la señora Stanley estuvieron más apaciguados y hasta me dieron las gracias por ayudar. Jessica, a todo esto, seguía convencida que yo la había liberado de los Infiernos, poco menos, y no dejó de agradecerme una y otra vez. El señor Yorkie mantuvo una cara de póquer envidiable, pero me pareció que después de notar que su presencia no era en verdad necesaria, empezó a buscar la forma más diplomática posible de irse.
Por fin, los Stanley se metieron en un automóvil y regresaron a su casa; el señor Yorkie iba con ellos. Caddy suspiró y sacudió la cabeza.
-Creí que te habíamos perdido, hoy cuando llegó ese alfeñique para arrestarte –murmuró-. Estaba buscando el modo de simular un atentado en tu casa para sacarte de ésta cuando se resolvió todo. Ahora, dime, ¿esa chica es completamente idiota? ¿Cómo va a decir que vio a alguien disparar cuando ni siquiera vio nada? Si hubiese declarado que creyó ver, que le pareció, que escuchó ruidos extraños cuando estabas cerca… -Caddy sacudió la cabeza con incredulidad.
-Es una suerte que Jessica Stanley no sea astuta para incriminar a alguien –me reí-. ¿Alguna idea de cómo llegamos a casa?
Mark nos había llevado en el móvil patrulla cuando me buscó de la escuela. Habitualmente Edward me llevaba a casa en el volvo, el mismo en el que llegábamos a clases.
-Podríamos ordenarle al alfeñique que nos lleve a tu casa –propuso Caddy.
-Hey, deja a Mark en paz. Es un buen policía, y después de todo, sólo seguía órdenes. Podríamos… -empecé, cuando un flamante y muy familiar volvo plateado que se detenía delante de nosotras me hizo interrumpirme.
-Señoritas, ¿puedo acercarlas a algún lado? –preguntó Edward, saliendo del automóvil.
Feliz y aliviada, salté a sus brazos y le estampé un beso. Él no sólo no opuso resistencia, sino que hasta colaboró activamente, debo decir.
-Ejem, ejem… estamos en un lugar público –hizo notar Caddy, aunque sonreía.
-Vamos a casa –pedí, escondiendo la cabeza en el hueco bajo el mentón de Edward, que me abrazaba con suavidad. Él me dio un pequeño beso en la coronilla y deshizo el abrazo.
-Agente Frazer, por favor, si gusta… -le indicó Edward a Caddy, señalando la puerta trasera, que acababa de abrir para ella.
Caddy pareció atónita por un momento, antes de sonreír y sentarse en el asiento trasero. Edward luego me abrió la puerta del asiento del copiloto y la cerró antes de dar la vuelta dirigiéndose al lugar del chofer.
-Wow, Bella, elegiste bien –me susurró Caddy-. No sólo es atractivo, también sabe cómo tratar una chica. ¡Cásate con él!
Yo abrí la boca para dar una respuesta que insultara la institución del matrimonio cuando Edward abrió su puerta con una enorme sonrisa y se sentó. Era obvio que había escuchado a Caddy.
-¿De qué hablaban? –preguntó Edward con inocencia, cerrando la puerta.
-Nada, de nada –respondí, irritada. Edward tenía una enorme sonrisa en la cara, y aunque habitualmente me alegraba verlo feliz, cuando su diversión era a mi costa, el asunto tomaba otro cariz.
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Forks, Washington. Miércoles 29 de mayo de 2006. Casa del Jefe Swan, la egente encubierta Bella Swan y su niñera a prueba de balas Candance "Caddy" Frazer.
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Una vez en casa, me dediqué a escribirle un largo correo electrónico a mi madre, que seguía insistiendo en que dejara Forks y me fuera con ella a Florida. Le expliqué lo bien que Charlie estaba llevando adelante el caso, y que no tenía sentido irme tan poco tiempo antes de terminar el último año de clases. De todos modos me iría a la Universidad del Sudeste de Alaska el siguiente año lectivo, unos meses más en Forks no harían diferencia.
-Sobre Alaska aún no está todo dicho –opinó Edward, desde detrás de mí. Debía haber leído el correo por encima de mi hombro-. Estoy seguro que Dartmouth te encantaría.
-Y yo estoy segura que me gustaría darle un uso al regalo de Charlie, y no me refiero a la Chevy –bufé-. No todos podemos obtener todo lo que queremos, resígnate.
-Yo no me niego en absoluto, sólo es hasta que tenga el "sí, acepto" de tus labios.
-Mala suerte, porque tendrás que seguir esperando –repliqué-. Además, tampoco es que yo me niego por completo, es sólo que la universidad es una de las experiencias humanas que no me preocupa perderme. Ahora, necesito que me hagas un favor.
-Te escucho –asintió Edward, aunque parecía un tanto desconfiado.
-Necesito que vayas a tu casa y busques a Alice –instruí-. Es posible que ella haya tenido algunas visiones. Si las tuvo, presta toda la atención posible a lo que haya visto, y luego vienes y me cuentas. En caso que no haya visto nada, no le digas que te envié por eso. Ah, otra cosa –añadí rápidamente, mientras él se ponía de pie-. Voy a necesitar un poco de mano de obra discreta y eficiente. ¿De cuántos Cullen crees que puedo disponer?
-¿Cuántos necesitas? –preguntó Edward, que parecía un poco perdido.
-Hum, dos deberían bastar, quizás tres, sólo para estar seguros… para que puedan rotar turnos –reflexioné-. Es para tareas de vigilancia.
-¿Y qué quieres vigilar? –inquirió Edward, decididamente curioso.
-A Jessica –admití, volviendo a fijarme en la pantalla de la computadora, donde tenía escrito el correo electrónico para mi madre. Añadí "besos" al final y mi firma.
-¿Crees que va a meterse en problemas? –preguntó Edward, preocupado.
-Creo que ya está metida en problemas –repuse, apretando el botón de "enviar" en la página del correo electrónico-. Me preocupa que alguien quiera matarla después de lo que declaró hoy. Más que vigilar, es cuidar, proteger… vigilar que no le pase nada malo.
-Voy y vuelvo –prometió Edward, impresionado-. ¿Cuándo deberíamos empezar a vigilar a Jessica?
-Ahora mismo –respondí, cerrando el programa de Internet-. La muy tonta no tiene idea de en qué se metió, pero su declaración significa un avance gigantesco en la causa del asesinato de Mike, y en cuanto se sepa, habrá quien se pondrá muy nervioso y preferirá acallar a Jessica del modo más contundente posible.
-¿Acaso Jessica vio al asesino? –inquirió Edward, confuso.
-Sí, sólo que en ese momento no se dio cuenta. Creyó que era un cliente –bufé, esperando que se apagara la máquina-. Pero todo cambió después de lo que declaró esta tarde. Hasta tenemos un identikit. ¿Entiendes por qué querrán eliminar a Jessica antes que pueda dar más información?
-Entiendo –asintió Edward, sobrecogido-. Y también entiendo que me encantará escuchar un relato detallado de qué pasó en la estación de policía en esa hora que tardé en llegar, desde que el ayudante de Charlie te llevó hasta que pasé a buscarte, pero eso puede esperar a después de asegurarnos que Jessica Stanley siga viva y de una pieza.
Me giré en la silla a tiempo de ver un borrón salir de mi habitación. Parecía que cuando se trataba de salvar la vida de un testigo en peligro, Edward se tomaba las cosas muy en serio.
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Mientras Caddy se instalaba en el living de casa, aproveché a hacer un par de llamadas telefónicas importantes y a enviar unos mensajes desde el blackberry. Después, cocinamos juntas la cena, mientras nos poníamos al día sobre la vida y obra de nuestros compañeros de la Academia. Me enteré con bastante dolor que Justin, uno de mis compañeros favoritos y uno de los primeros que había confiado en que yo podría ser una buena agente, había muerto en un enfrentamiento con una pandilla en Los Ángeles. Olga, una compañera jactanciosa y bastante insoportable, había dejado la fuerza para convertirse en modelo, y no le estaba yendo nada mal. Joseph, introvertido hasta el punto que dudábamos que supiera hablar, había desarticulado casi él solo una red de robo y venta de bebés. Melibea, que tenía una figura perfecta, cabello rubio, ojos azules y un vocabulario que consistía en un noventa por ciento de blasfemias, palabrotas e insultos, había llegado a Directora de Investigaciones en el departamento del FBI de Dakota gracias a su trabajo duro e implacable, contradiciendo a todos los que afirmaban que ella era sólo una cara que parecía de muñeca y una boca que parecía una letrina.
El timbre sonó mientras Caddy y yo todavía nos reíamos por su descripción de la respuesta que recibió un subdirector que invitó a Melibea a "una cena informal en mi departamento", y que incluía más insultos que oremus tiene un misal. Caddy fue a abrir, mientras yo seguía pelando papas.
-Pasa, ponte de cara a la pared y con las manos arriba de la cabeza, con las piernas separadas y las manos apoyadas en la pared –oí a Caddy ordenar desde el vestíbulo.
-¿Por qué…? –preguntó Edward, confundido.
-Voy a palparte en busca de armas, jovencito –explicó Caddy, severa.
Dejé lo que estaba haciendo, dispuesta a correr a salvar a Edward de ésta. Desde la cocina, pude oírlos:
-¡Soy el novio de Bella, yo no tengo armas! –protestó él, ofendido.
-Ponte de cara a la pared sin protestar, o no entras a esta casa –replicó Caddy.
Me lavé y sequé rápidamente las manos, prestando atención al ominoso silencio. Llegué al vestíbulo a tiempo para ver a Caddy recorriendo los muslos y pantorrillas de Edward con las manos. Las puntas de los dedos de Edward se habían clavado ligeramente en la pared, sólo rogué que Caddy no lo hubiese notado.
-Estás limpio, pasa –asintió ella, poniéndose de pie-. No es nada personal, se trata de proteger a Bella –medio se disculpó Caddy.
-Claro, claro –gruñó Edward, dándose vuelta.
-Caddy, Edward es pacifista –intervine-. Él no sabe ni cómo sostener una pistola.
-Eso no significa que no pueda tener una navaja escondida en los calzoncillos –repuso Caddy. Ante las miradas incrédulas de Edward y mía, se encogió de hombros-. ¿Qué? Ya ha pasado.
-No conmigo, puede creerme –se indignó Edward.
-Caddy sólo está haciendo su trabajo –intenté aplacarlo, abrazándolo. Él me devolvió el abrazo automáticamente, sin dejar de vigilar a Caddy con su visión periférica-. Entonces, ¿ya hay alguien cuidando a Jessica? –pregunté, tratando de distraerlo.
-Sí, Emmett está allá esta noche –respondió Edward, sin dejar de fulminar a Caddy con la mirada por el rabillo del ojo.
-Excelente. Le hiciste prometer que te llamaría a la menor novedad, ¿no? –quise asegurarme.
-Sí, va a pasar reportes periódicos –asintió Edward.
-Muy bien. Vamos a terminar de cocinar, en un rato llegará Charlie, y quiero tener todo listo –anuncié.
Fuimos todos a la cocina. Caddy parecía incómoda en presencia de Edward, y él no parecía haberle perdonado que ella buscara armas en su ropa interior, pero por suerte teníamos el caso Newton para explicarle a Caddy y discutir del derecho y del revés, de modo que al menos no hizo falta buscar tema de conversación.
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El filete con papas estaba a punto cuando Charlie llegó esa noche; la sincronización era perfecta, pese a que no habíamos coordinado. En el comedor, Edward ponía la mesa, mientras en la cocina Caddy acababa de darle los últimos toques a la comida.
-Buenas noches, papá –lo saludé cariñosamente, ayudándole a quitarse el abrigo y colgándolo en el perchero del vestíbulo-. El filete está casi listo, podemos comer enseguida.
-Huele bien –olfateó Charlie, apreciativo, dejando una carpeta sobre la mesita del vestíbulo. Yo sonreí ampliamente. Charlie definitivamente me conocía demasiado bien.
-Gracias. Tengo tus pantuflas aquí, ponte cómodo –invité, ayudándole a quitarse las botas y calzándole sus pantuflas sin consultarlo mucho.
Charlie suspiró, medio resignado y medio divertido, mientras me dirigía una sonrisa. Le sonreí de regreso, feliz y orgullosa.
Acabábamos de sentarnos a la mesa cuando sonó el timbre y Caddy fue a abrir la puerta. Regresó acompañada de Phillips, que saludó en general antes de sentarse. Los presenté a Edward y Phillips, que se midieron con la mirada un momento antes de estrecharse las manos e intercambiar unas frases corteses. Caddy fue a busca otro cubierto, y una vez que todos estuvimos sentados, comenzó la cena.
-¿No comes, Edward? –preguntó Caddy con intención al cabo de unos minutos-. Tampoco tocaste tu almuerzo hoy. No tienes anorexia, ¿no?
Charlie siguió comiendo como si no hubiese oído nada, pero yo casi me atraganté con un trozo de filete. Phillips miró un momento en dirección a Edward con poco interés, más preocupado por su propio plato que por el de Edward, o por la falta de plato.
-Cené antes de venir, gracias por su preocupación –respondió Edward con tono excesivamente amable-. Y mi padre es médico, puedo asegurarle que no soy anoréxico.
-El que tu padre sea médico no garantiza que no seas anoréxico –señaló Caddy.
-Es verdad. Del mismo modo que el que Bella sea agente encubierto no garantiza que le haya disparado a Newton –dijo Edward en el mismo tono conversacional.
La mesa quedó en el más completo silencio.
-Está al tanto de todo –se encogió de hombros Charlie, prestando más atención a su comida que a las expresiones alarmadas de los agentes del FBI-. Encontró el arma, y Bella le dijo. Con pelos y señas.
Phillips y Caddy intercambiaron una mirada penetrante, y Edward ocultó una sonrisa petulante detrás de una servilleta que no necesitaba.
-¿Alguien quiere otra porción? –ofrecí en voz más alta de lo necesario.
El resto de la cena fue silencioso. Charlie estaba ocupado limpiando el plato, nada más le interesaba. Phillips también parecía estar ocupado con la comida, pero no dejaba de echar vistazos cuidadosos en torno de la mesa. Caddy vigilaba a Edward por el rabillo del ojo. Edward sonreía cálidamente, con un punto de ironía en su sonrisa torcida. Yo acabé mi comida lo más rápido que podía sin atragantarme.
-¿Café? –ofrecí, despejando la mesa.
-Hará falta –asintió Charlie-. Va a ser una larga noche.
Edward me ayudó a llevar platos, vasos y cubiertos a la cocina, y empezó a lavarlos velozmente, mientras yo sacaba las tazas y ponía en marcha la vieja cafetera eléctrica, un regalo de bodas que habían recibido mis padres y que casi no tenía uso.
-Deja, ya me ocupo yo –le dije, viendo cómo los platos casi volaban de tan rápido que los enjuagaba.
-Nada de eso, yo también puedo hacerlo, y sin ofender, pero soy más rápido –contestó él, lavando todos los vasos a la vez, o eso me pareció.
-Cuidado que no te vean –susurré, viendo cómo los cuchillos desaparecían en un lugar, sucios, y reaparecían en otro, limpios.
-Están muy ocupados –respondió Edward con una sonrisita burlona- interrogando a Charlie sobre si soy una persona confiable para guardar secretos –mientras hablaba, los tenedores sufrieron el mismo trato que los cuchillos.
-Son agentes del FBI, y Phillips especialmente, ocupados en misiones encubiertas –traté de explicarle, al tiempo que la fuente en la que se habían asado las papas casi zumbaba de tan rápido que Edward la fregaba-. Por favor, no se lo tomes a mal.
-No lo tomo a mal –me aseguró él, fregando la fuente de la carne-, es sólo que me da un poco de risa que les preocupe que yo divulgue algo. Tengo mucho que perder si llamo la atención sobre mí, no me conviene bajo ningún punto de vista delatarte, en el improbable caso que hubiese estado pensando en hacerlo, claro.
-Es raro que Caddy reaccione así ahora. Hoy más temprano le caías muy bien –mencioné.
-No es ése el problema –mencionó Edward-. No se trata de que yo no le caiga bien. Es que se comporta muy protectora contigo, y si bien no tiene nada personal contra mí, un novio es algo que no entraba originalmente en sus cálculos. Como se trata de mantener el secreto, está decidida a enrostrarme especialmente a mí lo muy en peligro que estás, y de paso probarme, a ver si en verdad te quiero y valoro lo suficiente como para seguir a tu lado cuando las cosas se ponen difíciles. Tiene buenas intenciones –sonrió él con aprecio, antes de añadir con un poco de burla-, pero su proyecto pierde cierto mérito cuando la escuchas planificarlo mentalmente.
Edward pasó un trapo por la mesada/encimera, quitando las salpicaduras de agua y detergente. Todo el proceso de lavar los cubiertos de la cena de cuatro personas no había llevado más de tres minutos.
-Eres el mejor lavavajillas que conozco… y el más atractivo –le tomé el pelo, dándole un beso en el cuello.
-Me siento honrado –bromeó él de regreso, susurrando en mi oído del modo que sabía que me daba agradables escalofríos-. ¿Conoces a muchos otros lavavajillas?
-Sólo el electrodoméstico de mi madre –admití.
-Vaya punto de comparación –rió Edward en voz baja en mi oído.
Me apoyé en su pecho y entrecerré los ojos mientras suspiraba satisfecha. No había un lugar mejor en el mundo en que estar, eso era seguro. Él me abrazó con delicadeza, y hasta empezó a tararear mi nana en voz muy baja.
Yo estaba por quedarme amodorrada, de puro confortable y contenta, cuando el timbre de la cafetera nos sacó de nuestra ensoñación. Di un pequeño respingo, separándome de Edward, que me dejó ir con cierta reticencia. Le sonreí, feliz, y él me sonrió de regreso.
Llevé el café y la azucarera al comedor, mientras que Edward se ocupó de las tazas. Una vez que todos (todos los humanos) tuvimos una taza de café humeante delante, Charlie suspiró en resignación y me entregó el expediente del caso Newton, oculto dentro de la carpeta de aspecto anodino, sin que yo le dijera nada, del mismo modo que tampoco habíamos acordado que él lo llevaría a casa. Sonreí más que nunca. Charlie me conocía mejor que a la palma de su mano.
Abrí el expediente, hojeé hasta llegar a la página de la declaración de Jessica, y entonces pasé la mirada por Edward, Phillips, Charlie y Caddy, que me observaban con atención.
-Ahora –anuncié-, a trabajar.
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